8. Que trata de las olas en el amor de Melinda y Dragomán
CON SUS MOVIMIENTOS:
Hablibabli
A Melinda
La realidad del tiempo
El Tango
En la esquina del Parque Tompkins
Un adulterio muy burgués
Los círculos de Melinda
Final provisional de la partida
Hablibabli
La última vez que Dragomán se sintió a gusto en un lugar fue fumando un narguile llamado hablibabli en la Vía Dolorosa, concretamente en el café de Ahmed Husseini. Primero un sol abrasador y luego, a eso de las once, el granizo, con piedras del tamaño de un huevo de codorniz. Los santurrones judíos se ponían una bolsa de plástico sobre los sombreros, los santurrones árabes se subían las chilabas que les llegaban al suelo. Los santurrones, en general, corrían que daba risa. Los peregrinos que pasaban por la Vía Dolorosa —ingleses, holandeses, alemanes, todos muy rubios y muy curiosos—, fotografiaban, con una sonrisa en los labios que pretendía expresar una agradable sorpresa, a Dragomán sentado junto a Husseini en la alfombra, fumando los dos un narguile. Se había encontrado en el café con un antiguo compañero de escuela, un chico judío de Budapest que había estudiado en Lovaina y que ahora era jesuita y profesor de filosofía. Con la autorización de sus superiores, montó un hogar para niños judíos, cristianos y musulmanes para que se formaran juntos y para que se demostrara la inutilidad de tantas rivalidades. Los niños recibían formación según la religión de cada uno: judía, musulmana o cristiana. En el fondo, se llevaban la mar de bien y la adscripción religiosa no representaba un muro de separación entre ellos. Sin embargo, poco a poco se volvían no creyentes. Dragomán se mostró encantado con tal evolución y celebró su regocijo dándose palmadas en las rodillas. Según el jesuita, cada uno buscaba su propia religión, cosa esta que no le molestaba en absoluto.
—Oye, ¿nunca se te ha ocurrido pensar que todas esas religiones son una enorme estupidez? —preguntó Dragomán.
—Vaya, ¿lo dices tú que has escrito un libro sobre la poesía mística?
Cuando Dragomán se quedó solo, manifestó al propietario del café su deseo de conseguir un poco de hachís libanés, rosado, sublime. A lo cual el cafetero se limitó a contestar con estas palabras:
—Tranquilo, amigo, tranquilo. Puedes pasarte siglos sentado en esta alfombra con tu narguile. Al mediodía comeremos falafel y pita y por la tarde sorberemos un té de menta. Hay costumbres que no hace falta cambiar. También es costumbre que el hombre sólo se arriesgue por sus amigos y sólo se meta en asuntos turbios cuando lo acompaña alguien de su confianza.
A nuestro hombre ya lo esperaba su propio narguile, bien guardado en un estante. Su cobre se había puesto verdoso con el paso del tiempo. Cuando se extinguía la brasa, Alí, un muchacho de quince años que andaba todo el tiempo con los ojos clavados en el suelo, traía más carbón. La casa no tiene por qué ser nueva. Ya van bien estos locales de unos cuantos cientos de años. Dragomán pensó en la posibilidad de quedarse y de alojarse, como judío errante húngaro-americano, en una de las habitaciones de la pensión de Ahmed Husseini situada en la ciudad vieja de Jerusalén. Dragomán, hombre de andar acelerado, prefería a los árabes, gente de movimientos pausados, a los siempre presurosos judíos. Quizá le resultara más entretenido charlar con los musulmanes que con los cristianos. Así estaba él, un tunante urbano, en aquel café árabe de Jerusalén, entre otras cosas porque esta ciudad no tiene un buen café judío al estilo centroeuropeo. ¿Cómo vais a esperar al Mesías sin un café como Dios manda? ¿Adónde creéis que va a ir el Mesías a exponer sus ideas? ¡Pues a un café al estilo centroeuropeo, claro que sí!
Dragomán, que ha dado la vuelta al mundo dándole a la sinhueso, ahora se dedica a divertir a guapas y bienintencionadas estudiantes nórdicas en la Puerta de Damasco, a encandilarlas con su discurso en la Puerta de Jaffa y en el Muro de las Lamentaciones, ante el cual no reza ni se inclina y en cuyas grietas tampoco introduce papelitos con ruegos dirigidos a Dios. Se despide:
—Mañana tal vez, en el café de Ahmed.
Pero ya se ha acabado la loca cacería, ya no sube a su habitación con una mujer distinta cada día, ya no padece la obsesión de abordar en cada ocasión una presa nueva. Dragomán se ha vuelto prudente. De hecho, la inexistencia de bares en este lugar le resulta beneficiosa. La otra vez sintió dolor de cabeza tras una botella de aguardiente de ciruela kosher, y eso que el producto había madurado durante doce años y se subía a la cabeza de una manera inspiradora. A veces se le duerme la mano izquierda o le duele la pierna izquierda. Su madre le llamó la atención en varias cartas: «Ten cuidado, hijito, ya sabes que en la familia de tu padre todos murieron de un síncope». Y agregaba mamá: «Quizá te sirva de consuelo que tu familia materna sufrió una plaga de suicidios». Díganme: un hombre que espía su cara en el espejo, que recibe con enorme tristeza la aparición de cada nueva arruga alrededor de los ojos… ¿es acaso un hombre?
Hay allí, en uno de los escalones de piedra de la Puerta de Damasco, dos o tres jóvenes judíos vestidos de uniforme, con ametralladoras y postura relajada, pero con los ojos bien alerta. Seguridad por encima de todo. Fuman, intercambian dos o tres palabras o hacen un amago de conversación para luego volver a los monosílabos. El estado de ánimo propio del hablibabli tiene sus altos y bajos. Aquí conviene hablar varias lenguas, aquí se suele sonreír a los invitados, aquí el comerciante rechaza las armas, pero dado el caso las compra, las esconde y las vende. El comerciante y el guerrero representan dos mundos diferentes. No se los puede confundir, como no se puede confundir un dátil con una naranja. Los cafeteros y los comerciantes no aceptan que la gente armada se adueñe de las callejuelas. Sin embargo, aquí también aparecen las armas y matan a tiros o apuñalan por detrás a algún judío o a un turista inglés extraviado.
—No te será fácil conseguir hierba —dice el cafetero árabe—. Por culpa de los tuyos. Pretenden proteger a sus hijos de la contemplación porque la consideran dañina para la práctica militar. Cogieron a un traficante de hachís árabe y le dieron una buena tunda; el tipo delató a otros trescientos y a cada uno de éstos le caen entre tres o cuatro años de condena en tus cárceles. En total, mil años si no me equivoco. Un regalito para los colegas.
—Yo no tengo cárceles —responde Dragomán.
—Pero eres judío.
—Sí.
—¿Apruebas la existencia de un Estado judío en este lugar?
—Sí.
—Pues entonces estas cárceles son también tuyas. ¿Qué crees que recibió de vosotros ese pobre traficante? Un uniforme. Ahora él también hace de policía, deambula por aquí, se da aires, nos espía y al mismo tiempo tiembla ante nuestra presencia. Le pagáis para que nosotros tengamos a quien escupir, para que podamos escupir sobre uno de los nuestros. Ninguna persona con dos dedos de frente apostaría por su vida. Comprenderás el riesgo que corro dándote alojamiento, puesto que formas parte de quienes pretenden excluir a sus hijos de los beneficios del costo. Si al menos les gustara el vino. Sois un peligro porque no conocéis la embriaguez, salvo la de leer y escribir. Estás loco y no eres como los demás. Yo ya me conozco a los locos como tú. Sin embargo, yo pertenezco a este bando y tú al otro.
Dragomán solía encaminarse por la calle de Etiopía al Mea Sharim, el barrio sagrado con sus tortuosas callejuelas. Casas centenarias de dos pisos construidas de manera improvisada; fachadas de hojalata, techos caídos. Viejos y jóvenes judíos con sombreros negros de ala ancha, caras muy pálidas y largos tirabuzones. La Tora habla de no cortarse los extremos de la barba: así pues, los tirabuzones crecen hasta donde pueden. Hay quienes se los rizan y algunos muchachos se los enrollan alrededor de la oreja. Dragomán se concentra en el estudio de los puntos de vista de las diversas escuelas de tratamiento de los tirabuzones. Hay una librería en la que venden los zizit, los chalecos de oración guarnecidos con borlas. Los hombres van de negro; la vestimenta de las mujeres, en cambio, no está reglamentada y hasta puede ser de color rosado. En los escaparates se ven libros sagrados y kitsch. Descubre una sastrería en la que se apilan las telas. Muchas academias talmúdicas se anuncian: Tora para principiantes. Este barrio de la ciudad está marcado por la competencia entre diversas escuelas y doctrinas. Viven de la tradición.
Desde miles de kilómetros de distancia, judíos de otros países dan dinero para que esta gente estudie la Tora y el Talmud: cantando, discutiendo, inclinando todo el cuerpo. Si uno no logra conciliar el sueño podrá subir allí a estudiar: siempre encontrará a alguien. Jóvenes con los nervios desgastados se hallan uno frente al otro, robando horas al sueño; se pasan la vida analizando los límites entre lo permitido y lo prohibido. Una pequeña tienda de venta de diamantes es compatible con la santidad y uno también puede dirigirse al casco antiguo en busca de una puta árabe; eso sí, el sábado se mantiene siempre intocable.
Inclinándose sin cesar, los judíos estudian instalados en cojines sobre bancos colocados a lo largo de una mesa en una sinagoga. El maestro, que lleva el sombrero de ala ancha exageradamente echado hacia atrás, gesticula. Entre los alumnos hay tanto jóvenes como gente mayor; el hombre puede estudiar a cualquier edad. Cuando llega la pausa para el té, un joven besa el libro antes de cerrarlo. Las mujeres sólo pueden sentarse en la parte posterior de la sinagoga, en un lugar separado, y no pueden participar de la enseñanza. Dragomán no se siente atraído por esta religión masculina que excluye a las mujeres. Ni siquiera se puede ir por la calle cogido de la mano. Frente a él se acerca ahora una bella pareja; no se tocan. El hombre lleva los típicos pantalones negros que le llegan hasta las rodillas, caftán, barba y gorro de cola de zorro. La esposa parece una actriz del siglo pasado; caderas anchas, quizá demasiado para su edad. Un pasillo conduce por el exterior del primer piso de un edificio alargado; alboroto infantil, chicos con tirabuzones corretean de un lado a otro, se empujan… Están protegidos por una reja para que no caigan; uno de ellos saca la lengua al paseante. Los demás viandantes también lo miran extrañados. Son judíos húngaros ortodoxos. Dos maestros hablan en tono serio en un extremo del pasillo; aquí mandan ellos, los enseñantes. Se perciben olores dulces y grasientos, huele a pescado. Como antaño en los barrios judíos de las pequeñas ciudades de Europa oriental. Uno podría adaptarse también a este modo de vida, como a un monasterio. Según dicen, la uniformidad externa oculta una gran diversidad, incluso una anarquía interna. No podríamos vivir así; sin embargo, estos judíos significan más que los israelíes mundanos y constructores de casas que los sábados comen carne a la brasa en sus jardines. Los mundanos son idénticos a la gente normal y materialista de todo el mundo. Aquí en el Mea Sharim, en cambio, las preguntas apasionadas se acercan a tientas a lo esencial. Para éstos nada es bastante sagrado. La esencia siempre se encuentra más allá y la verdad siempre es más profunda. Por mucho que uno se incline hacia atrás y hacia adelante durante ocho horas seguidas, siempre pisará los talones a la verdad y nunca la atrapará. La separación del cuerpo y de la mente no le va a estas personas. Impulsadas por la pasión de la verdad, cantan y se balancean, leen y cierran los ojos, siempre con una profunda tristeza en el semblante ante la imposibilidad de satisfacer a Dios. A Él no se lo puede contentar nunca; de ahí también la profunda insatisfacción de los judíos con los propios judíos. Un padre con vestimenta negra sale un sábado con sus hijos a bloquear la carretera. Ha puesto una máscara a sus hijos, los ha vacunado contra el deseo de querer algo más que estudiar toda la vida el Talmud en el barrio de Mea Sharim, donde aún se puede oír hablar en húngaro, puesto que la lengua de la Sagrada Escritura no debe usarse para asuntos profanos. Algunos entran, otros salen, pero la comunidad cerrada se mantiene intacta. Quien llega aquí se convierte en un monje con familia. Podrá buscar la respuesta a todo en la ley y en su interpretación. Instalarse aquí y vestirse como ellos sería para Dragomán un nuevo programa de vida; la estabilidad de la vida reglada le gustó hasta en la cárcel.
Dragomán está sentado al lado de su tío en el coche.
—Mira a ese imbécil —dice Pali en voz baja.
El imbécil tiene a sus tres hijos cogidos de la mano, detiene el coche y amenaza con el puño. Es sábado y Dragomán acompaña a Pali al cementerio militar.
—¿No te atrae la religión?
A lo cual Pali contesta así:
—Con el paso de los años, uno cría barriga y se pone sentimental. Me gustaría evitar ambas debilidades.
La hija de Pali murió asfixiada en Auschwitz; después de la liberación, él encontró en el campo a la que sería su mujer, y los dos se vinieron a Jerusalén. Aquí nacieron sus otros dos hijos; el chico murió en la guerra del Yom Kipur en 1973 y la hija ya tiene sus propios críos. Pali se niega a que sus nietos sean obligados a cosas que ellos mismos no aprueban. Pali y János arreglan la tumba en silencio; tampoco hay mucho que hacer. Llega un autobús con turistas norteamericanos y el guía se hace el importante:
—¡Qué mal gusto! —estalla Pali.
Antes del crepúsculo, Dragomán coge el teléfono y apunta un nombre y una fecha con la pluma. Ha profanado el sabbath. Cuando anochece y la oscuridad se cierne sobre la ciudad bajo la luna llena, los jóvenes salen a pasear por las calles peatonales de Jerusalén. Se pasean chicas preciosas, con cabellos que les llegan hasta la cintura; arman alboroto, y sus rojizas lengüitas trabajan unas gigantescas bolas de helado; son capaces de devorar porciones increíbles y ríen muchísimo. ¡Ya están hartas de sus familias! Los sábados pesan sobre ellas.
—Imagínate —dice Dragomán en tono distendido—, aquí en la avenida Ben Yehuda me encontré con una estudiosa de Wagner de veintitrés añitos. Se le iluminaban los ojos y su pelo le golpeaba el trasero; tenía unos pechos magníficos, auténticos puntos de apoyo para las miradas masculinas, unos labios húmedos y una mirada con la que dominaba a tres hombres a la vez. En posesión de todas estas cualidades, la chica declaró estar escribiendo una tesis doctoral sobre Wagner bajo el título de El eros desdichado. A lo cual le pregunté sobre quién escribiría con el título de El eros afortunado. La chica soltó una carcajada y me devolvió mi ingenuo servicio: «Sobre mí misma, claro. Y le diré una cosa, caballero, a modo de información turística: sepa usted que está en una calle que es el mercado de las parejas duraderas. Aquí se pasean los futuros novios y novias. Es una calle para jóvenes que conduce a la tienda de la boda». Intercambiamos tarjetas de visita y auguré a la estimada colega que un día nos encontraríamos en algún prestigioso seminario internacional sobre estética. Volví a casa y me quedé sentado en la amplia galería de mi alojamiento, desde donde pude contemplar todo el casco antiguo, el valle de Hinnom, las montañas lejanas y rosadas del desierto de Judea y hasta más allá del Mar Muerto. Entre las cúpulas y los cementerios blanqueados por la luz de la luna escuché el delicado susurro de las ramas de los naranjos, movidas por una suave brisa. Y entonces pensé: bonito, muy bonito, pero a estas horas yo estaría en París, en el Select para ser exacto, con una amplia paleta de personas con las cuales podría conversar. Nadaríamos, como en el lago Tiberíades, en un mar de palabras intelectuales y sacaríamos a relucir las notas bibliográficas de pie de página, ¡sería una maravilla! Como aquí los santurrones y los historiadores religiosos se acuestan con las gallinas y se levantan con el gallo, he llegado a la conclusión de que los personajes de café centroeuropeos como yo, atraídos por cualquier cosa menos por la tienda nupcial, aquí no pueden sentirse a gusto. Además, soy una especie en extinción, independientemente de la geografía. La obsesión por el trabajo se ha apoderado de los hombres, el escenario ha quedado vacío, los maricones tienen miedo, los escritores no paran de escribir, los investigadores no paran de investigar, idiotas informatizados. Los catedráticos universitarios se valoran según el número de separatas publicadas. Tal vez los artistas de la vida al estilo voltaireano ya no encuentren sitio alguno en la tierra.
Poco después, Dragomán nadó en el lago Tiberíades, insatisfecho consigo mismo por querer ser al mismo tiempo santo y profano. Delante de él flota lo inasible. Nunca lo alcanzará. En los instantes más cercanos a la perfección sólo suele ver, por lo general, su propia imperfección. En resumen: se siente más cómodo con la tendencia budapestina de redondear las cosas que en la agudeza judía. Le gusta separar la etnografía de la metafísica. No se desvive por conservar las tradiciones. Sin embargo, desde que se aproxima a la vejez, reconoce con agrado el elemento judío en su personalidad: siempre busca la unidad y siempre encuentra la dualidad. No consigue disciplinar su múltiple y anárquico sentido del tiempo. La autojustificación y el autoodio van de la mano. Toda búsqueda de Dios acaba en dualismo. El otro nunca va por el camino recto. La clave para el hombre religioso radica en saber quién no tiene la razón. Siente antipatía por aquel que no la tiene. Si bien lo más importante es aprender, el peligro no reside en la ignorancia, sino en la difusión de falsas doctrinas. Según los religiosos, todo nuestro destino depende de si actuamos y pensamos correctamente. Un autobús choca contra un tren, mueren cuarenta y un niños, y el ministro del Interior ordena una investigación. Se comprueba que en la escuela cuarenta y una mezuzáh contenían faltas de ortografía. A esto se debió el castigo del Señor, en palabras del ministro del Interior, miembro de un partido religioso. Dragomán considera injustos casi todos los castigos del Señor. Muy demente ha de ser el Señor ese que mata a niños para castigar faltas de ortografía de otros. Pueblo retorcido y sacerdotal, siente poca inclinación por organizar de manera placentera las circunstancias de la vida. Caos y profundidad, ropa interior desparramada y cavilaciones retorciéndose los pelos de la barba. Viajar por diversos planos hacia las capas más profundas e inalcanzables.
Dragomán está sentado en otro café de la Puerta de Jaffa; vuelve a caer el granizo, la calzada se pone blanca; los hombres de caftán siempre llevan paraguas y si no lo llevan, corren. Calzan zapatos puntiagudos y tienen los tirabuzones mojados. Ahora llueve a cántaros, pero luce el sol. Turistas inglesas, ya entradas en años y con sombreros de tela blanca, disfrutan de las adversidades del tiempo. Llevan en la mano guías turísticas de Tierra Santa, del país bíblico. Entra en el café una joven árabe con pañuelo de color morado. Dragomán bebe el zumo de tres naranjas recién exprimidas. El amor de las tres naranjas. Un joven judío del casco antiguo, un chico guapo, esbelto y de hombros anchos, pasa por delante del café: traje oscuro, camisa blanca y sombrero con el ala doblada hacia arriba. Clava la mirada en la mujer árabe, se miran por unos segundos y luego entornan los ojos. Dragomán ha elegido una pipa y una cajita y se dispone a regatear; el hombre será turista hasta en el infierno. Más allá de los cincuenta, el futuro se reduce y el pasado se multiplica, pero ¡qué se le va a hacer! En vez de autocompadecerse, él siente gratitud. Nubes y claros, estados de ánimo cambiantes. Parece ser que borrará la ciudad santa de la lista de utopías capaces de solucionar la vida. Pronto se irá de aquí, pero algún día volverá. Es algo que él no acaba de entender todavía.
A Melinda
Dragomán se dirige a ver a Melinda. Un ciruelo se alza con todo el peso de sus frutos azules junto a la acera; castañas en el suelo, los frutos puntiagudos del fresno, rosales espesos. Melinda pone la mesa en la terraza. Espera a Dragomán, que ha bebido mucho en el transcurso de la tarde; en esos casos, su puntualidad se relaja. Melinda sube un momento a la habitación de su padre. Desde allí también puede ver el jardín y otear su llegada. Cuando baja a la sala de estar, la televisión ilumina el ambiente y Melinda ve a Dragomán, que estira el brazo para coger un libro, se pone rígido por un instante y se desploma hacia atrás. La ambulancia, el infarto, la empresa de pompas fúnebres. Melinda le acaricia la frente, se acerca al televisor para apagarlo, se asombra pues no recuerda haberlo encendido, y su asombro crece porque, de hecho, el aparato incluso estaba desconectado. Baja a la verja del jardín y mira la calle.
Aquí estoy yo, Melinda, en la Leander utca. En nuestra casa hospitalaria se reúne gente que normalmente no suele encontrarse. Nuestra mesa siempre ofrece algo para comer y beber. Me siento en el centro, como la araña que, al tejer, va introduciendo las mosquitas en su infinito tapiz. Comprobaré con tristeza que, al final, los demás acabarán por entregarse a mí. Procuran ahuyentar mi tristeza. En el fondo de nuestro jardín se abre un hueco cavernoso, con el nogal delante y la mesa hecha de una piedra de molino. Oigo el chirrido de una puerta, me retiro a una esquina de la imagen. Tomo la iniciativa pero no me pongo en el centro. Mis dos hombres volverán, mas sólo después de un castigo, de una calamidad. Mi padre también regresará para morir. Al final, sin embargo, me quedaré sola en la casa.
Sé que János teme esta casa situada en una calle llena de castaños silvestres, llamada Leander… nombre poco adecuado y muy meridional. Últimamente pasa menos tiempo en el segundo piso, donde mi padre, el errante, ha dejado manuscritos, cartas y toda clase de papeles y fotos, además de una biblioteca. Dragomán se siente atraído por todo este material y piensa escribir un libro sobre mi padre. Aún duda en entregarse del todo a este proyecto, que todavía está verde en su mente. Tanto mi padre como él archivan hasta el cansancio los cachivaches del pasado. El viejo vinculó a Dragomán a una caja fuerte llena de interesantes escritos y de paso también a su hija. La incapacidad de János de rechazar la oferta me parece bastante vulgar. En su situación, otro hombre en su sano juicio habría elegido lo mismo. Es una casa amable; el dueño, Antal Tombor, era compañero de clase y amigo del invitado. Dávid Kobra aún viene a vernos; los tres eran los individualistas destructivos de la clase y hasta podría decirse que del instituto.
Dragomán viene en metro y en tranvía; le gusta viajar en metro, pero se estremece al pensar en la profundidad del tren subterráneo de Budapest. Cuando se fue, aún lo estaban construyendo. Se queda un buen rato en la escalera mecánica y contempla la corriente que viene en dirección contraria; ellos miran a Dragomán; las miradas se cruzan. ¿Con quién de ellos te gustaría hablar? ¿Quién es esa persona en cuyo rostro se dibuja una sonrisa interna? ¿Quién parece de pasta, quién de ladrillo? Caras rudas, decididamente inadecuadas para la publicidad de caramelos. El viajero medio viste correctamente, no llama la atención, ahorra hasta la sonrisa, lleva la persiana bajada, carece de expresión, y hasta sus arrugas se extienden y se curvan en sentido descendente. Muchos leen, algunos empujan, no se ven mendigos ni gamberros y tampoco abundan los chorizos. Hay un retén de la policía en cada estación. El extranjero se nota no tanto por la ropa, como por los ojos. Mira alrededor y no se muestra tan apático como los demás. Ahora bien, si se queda, se adaptará al tono grisáceo del ambiente. Los ojos vueltos hacia adentro no ven muy lejos. Dragomán observa a una chica bien sostenida por una potente musculatura. Ella sabe lo que sabe; tendrá una casa, tendrá un marido, tendrá hijos. Lo único malo sería si éstos llegaran demasiado temprano o no llegaran. Esta chica lo tendrá todo y, además, en su momento. Dragomán cierra los ojos. Los otros están muy cerca. Dragomán sueña con que está dando cabezadas en un tren de pasajeros lento y atestado, el convoy emerge de debajo de la tierra y cruza la gran llanura húngara, donde uno puede contar los objetos que emergen del horizonte. Olor a pan, a tocino, a carne rebozada, a zapatos.
—¿Adónde viaja usted?
—Aquí cerquita, a Denver.
Ellos asienten con la cabeza.
—Nosotros tampoco vamos lejos, vamos aquí, a Báránd.
Dragomán también asiente con la cabeza.
El convoy se detiene y las puertas se abren con gran estruendo. Dragomán es arrastrado por la multitud hacia la escalera mecánica. Si lo siguieran, él, astutamente, volvería a subirse en el último momento al tren; sin embargo, no lo hará porque ya se ha enterado de que en la próxima estación lo esperan más perseguidores. Que lo sigan. A veces tiene la sensación de que, efectivamente, lo persiguen. Cuando, por ejemplo, se reúnen los disidentes en casa de Kobra y él también se pasa por allí. Dragomán se deja llevar por la corriente humana, la escalera mecánica lo conduce hasta arriba, mientras otros vienen, descendiendo en dirección contraria: ¡qué muchachos tan barbudos, tan bigotudos, tan serios! Dragomán gira la cabeza para mirar hacia abajo y se asombra al ver la profundidad de la que procede. El recorrido parece no acabar nunca. ¿Cuánto tiempo lleva subiendo? Es como si no quisiera llegar y hasta tiene la impresión de alejarse cada vez más del mundo de arriba.
Dragomán se pasea mucho por la Körút y por el centro de la ciudad en tiempos de fiebre consumista e inflacionista. Lucha entre la multitud impaciente y los vendedores exhaustos. ¿Cuánta gente se mueve por la ciudad? ¿Qué quiere todo este gentío? ¿Adónde van tan presurosas las ancianas? ¿Se han vuelto todos locos? No obstante, lo más natural para mis errantes ojos es ver que los urinarios públicos siguen siendo verdes; los tranvías, amarillos; los autobuses, azules; y que los coches pequeños, viejos y hechos polvo, siguen transportando, diligentes, cantidad de trastos en sus bacas. Dragomán se mete en una callejuela, sabe que tarde o temprano vendrá a mi casa, pero posterga el momento. Mira la televisión en un café: un director general promete hacer cuanto esté en su mano; la nueva postura del partido y del gobierno ayuda, pero aún quedan muchas cosas por mejorar. Todo muy tranquilizador, como cuando uno oye el ruido del grifo en la cocina. Dragomán entra en un patio con varias pequeñas boutiques iluminadas: guirnaldas luminosas y chicas guapas y aburridas en las cuevas de la moda. No entiende del todo por qué ha venido a parar aquí. Por la mañana se mareó en la piscina y perdió la orientación. En vez de seguir recto por su calle, nadó hacia un lado, provocando las iras de los otros: un hombre en su sano juicio no hace cosas así en la piscina de agua fría de los baños Lukács. Lo conocen, puesto que se ven todos los días.
—¿Le ocurre algo?
Dragomán siente vergüenza. La piscina gira a su alrededor. ¿Cómo salir de aquí? Las numerosas bromas sobre escleróticos sólo coinciden en la gracia final.
Dragomán entra en una bodega a tomar una copa de borgoña añejo. Sirven el Blaufränkisch y el Traminer con una pinta de cobre que sumergen en unas tinajas de porcelana blanca. Dragomán se detiene junto a una mesa alta bajo un arco de ladrillos y se acoda en ella: se siente a gusto en su piel. Es una lástima que haya mirado hacia ese rincón porque alguien le hace una seña y enseguida se dirige hacia él. Le estrecha la mano y no se la quiere soltar. Tiene un aliento capaz de tumbar a cualquiera.
—Venga, hombre, ve a buscar dos copas —dice Dragomán y le da dinero.
El tipo se marcha en busca de vino, momento que Dragomán aprovecha para esfumarse. Cruza la plaza pisando hojas muertas. Allí, en las mesas de piedra, los eternos jubilados juegan a las cartas con quienes están de baja por enfermedad. Equipos de diferentes edades patean una pelota blanca. Chicas siempre románticas discuten algún tema en el tranvía de madera. El tobogán encuentra a su niña incansable que sube rauda la escalera con sus piececitos embutidos en medias blancas para luego deslizarse hacia abajo sobre los pantys también blancos. Cae sobre la arena, menea la cabeza y empieza de nuevo la escalada del tobogán. Dragomán se balancea en la barra fija, se estira y de golpe y porrazo percibe algo extraño, una laguna, una pausa, como cuando una burbuja de aire avanza de manera uniforme por el tubo transparente en una transfusión sanguínea. Suelta la fría barra de acero, cae agachado al suelo, apoya las manos en el suelo enguijarrado, y las piedrecitas húmedas se le pegan a las palmas. Dragomán se da ánimos: enseguida te levantarás. Se le ocurre aquel chiste del borracho que, tumbado en la acera, razona del siguiente modo:
—Si me puedo levantar, entraré de nuevo a tomarme otra copita. Y si no me puedo levantar, me iré para casa.
Ahora te sientas en este banco y reflexionas sobre lo ocurrido. Circundederunt te; lo impensable te ha rodeado sin que te dieras cuenta. Los insectos trazan círculos bajo la lámpara amarilla. Dragomán se retira al bar más cercano; es en ese ambiente espeso donde mejor se equilibran la presión interna y la externa. Recorre los escenarios de su memoria desplegados en el espacio y en cada calle encuentra algo fascinante, aunque sólo sea por su peculiar fealdad. Un jardín, una casa, cualquier detalle inocente le hace recordar su pasado, como si emergiera de un estado de amnesia. Lo cierto es que el tiempo y el espacio son inseparables en la conciencia humana.
En esta mesa me contuve cuando me disponía a propinar un buen puñetazo a aquel tipo de los dientes de oro. Allí escribí también mi carta de amor más larga, que luego no envié pero de la cual copié algunas frases y utilicé luego en otro contexto. Desde mi infancia, la señora Grünberg ofrecía peras, setas y pepinillos y otras verduras en vinagre en otoño y en las estanterías se veían las nueces, la miel, la amapola y las almendras. En esta casa entré una vez con un ramo de flores, subí al segundo piso, toqué el timbre, me senté confiando en que no me dirigirían la palabra, pero la hija de la casa se sentó a mi lado en el brazo del sillón, bailamos y yo hablé hasta por los codos, de tal suerte que la mamá me despidió como último invitado. En aquella esquina alquilé una habitación en el tercer piso para llevar allí a las mujeres que no quería volver a ver, pero a las que aun así deseaba despojar de su ropa.
Dragomán recorre las calles más tiznadas, más estrechas y abandonadas de Pest, grabando en vídeo los rincones de los patios. Entra en un bar con la cámara pegada a su costado, se olvida de desconectarla, se toma una copa de vino, ni siquiera toca el aparato, apoya el codo en la barra, se da la vuelta, se queda erguido, mira alrededor y al final se marcha. En la siguiente esquina se da cuenta de que, entretanto, la cámara había seguido su propia vida. Proyectó la cinta en esta habitación: la cámara había visto otra cosa que János. En el transcurso de varias repeticiones, siempre hemos visto algo diferente en esta serie de momentos que se destruyen al hacerse historia. ¿Cuántas hojas conozco de este nogal? Y mira que lo he visto muchas veces.
Dragomán llega a la terraza.
—¡Hola, Melinda! ¡Qué colores tan guapos llevas! ¡Y qué bien te queda ese jersey verde! ¡De maravilla!
—Eres puntual —digo yo porque pocas veces ocurre.
—¡Y tú, guapa! —exclama Dragomán sin reprimir su entusiasmo.
—Careces de competencias para alabarme.
—Tomar un coñac con usted en la terraza, señora, es un éxtasis para el alma.
—Mi marido también bebe coñac y tiene un buen saque. Me gustaría bailar con usted, caballero, pero sólo si usted mismo toca el piano.
Mientras callamos, Dragomán contempla el movimiento imperceptible de mis labios. Ligeros temblores que, al unirse, crean un texto que, sin embargo, no es exactamente el que sale de mi boca.
Don Juan calla. Ni siquiera me escucha. Ladea la cabeza un poquito. A mi entender, sabe perfectamente desde qué ángulo es preferible contemplar la cabeza de un hombre. Cada uno de nuestros paseos resulta memorable. Pregunta y se ríe de todo cuanto nosotros tomamos en serio aquí. Estamos juntos en sociedad y luego desaparece quién sabe cómo. En el transcurso de las reflexiones que cada uno hace por su cuenta muchas veces pensamos en la misma cosa. Cualquier mínimo detalle de nuestros itinerarios fijos de paseo significa algo.
Una voz familiar me susurra al oído que mi padre se presentará esta noche de manera no del todo inesperada. Hoy hace un año que se marchó para siempre. Luego me mandó en un mismo día una docena de postales de su puño y letra desde diferentes ciudades muy distantes unas de otras. Y como no creo que mi padre moleste a sus prójimos adoptando, mediante un proceso de mitosis, una docena de formas, debo suponer que ha hecho participar a varios amigos de esta pequeña broma. Siempre encontraba la manera de sacar adelante estas cositas. La generación de mi padre todavía entiende de inocentadas. La de hoy se precipita y olvida los detalles mágicos. Mejor no hablar de los hombres de hoy en día.
¡Vaya canalla que es este Dragomán! Habla de cierta amiga que tuvo, de una tal Estella, gran cocinera de caldos de verdura fríos. Tenía ojos verdes y pantuflas verdes. Siempre llegaba tarde a casa, porque sí, porque le daba la gana. Dragomán la golpeaba cada noche. La chica tenía la piel más manchada que un mantel. Luego dejó de pegarle y empezó a hacer tatuajes con ornamentos vegetales en el cuerpo de Estella. La chica se dedicaba a caminar desnuda por una pasarela pegada a la pared, en un bar selecto por lo caro. La clientela masculina estaba sentada a la barra, dándole la espalda, pero podía contemplar a la joven por el espejo instalado detrás del mostrador, bajo las botellas que colgaban mirando hacia el suelo. Claro que quien quería, podía darse la vuelta y observar sus evoluciones con una copa en la mano.
—¿Me permite oler sus flores? —preguntaban.
Cuando sus dibujos empezaron a cubrir casi todo el cuerpo de Estella, los clientes se enfadaron. Hombre, ¡no hemos venido a admirar a una cebra! Lo cierto es que no sólo llevaba vegetales en el cuerpo, sino que también le había pintado peces y planetas. No exagero si digo que tenía bastante buen aspecto. Un crítico felicitó a János por la magia postsurrealista de ese cuerpo. Los clientes, en cambio, se hartaron. Esto no es un museo, decían. Es sólo un bar. Dejé constancia de toda la historia del arte en Estella; todos los estilos tuvieron cabida. Nuestro amor se acercó a un punto crítico. Ya no quedaba más espacio en Estella y ya no quedaba dinero en mi bolsillo. Supongo, decía János, que Estella hubo de marcharse de aquel bar, pero supongo también que encontró empleo en otro sitio. Tal vez la contrataron en un circo o en algún lugar menos reacio a la locura. Hay hombres dispuestos a recompensar generosamente un cuerpo de estilo floral.
Dragomán planea organizar una fiesta de padre y señor mío. Alquilará todo el Hotel Fürdö de Ófalu; los invitados más afortunados verán el lago desde sus ventanas, aunque tampoco podrán quejarse los otros, cuyas ventanas darán al monasterio y al psiquiátrico situados en la falda de la montaña. Todo esto lo imaginaba desde mi terraza en la Leander utca. En el hotel de Ófalu, unas bolas con forma de huevo cuelgan de las llaves bajo los picaportes ribeteados de latón. Como las camas del hotel siempre renuevan su clientela, también se renueva la clientela en la cama de Franziska, la directora del establecimiento. Si no me falla la intuición, en este preciso instante el cliente que ocupa su cama es Antal, mi marido. La directora, mujer de formas opulentas, no oculta este hecho. ¿Será ésta la recepción para despedir a János Dragomán? Una última gran escena antes del final, un enorme alboroto y después ¡adiós, my golden baby, my sugar baby! El hombre sigue, la mujer se queda en su sitio. Don János levanta su campamento. El orden moral del mundo se restablece hasta la próxima oscilación del péndulo. Sin embargo, todavía oscila como la hamaca en el barco.
Dragomán ya conoce los sabores nocturnos de mi vientre después de despertar. El diálogo de los genitales se reanima con la certeza de que la unión puede engendrar descendencia. Dragomán delira con este hijo imaginario en las escaleras luminosas de una ermita en la montaña. ¿Qué se puede decir del hijo? ¡Que se me parezca! Se lo prometo. No obstante, cuando bajamos de la luz, siento que János ha vuelto a descentrarse; al esplendor de la mañana le han seguido los nubarrones. Un oscurecimiento duradero. En nuestra mente palpitan la luz y la oscuridad. Ahora se produjo la luminosidad máxima. Una boda secreta por la iglesia. Sólo yo sabía de ella. Por detrás de la montaña emergen las sombras y me rodean, sacan las cabezas detrás de mi nuca, se funden con el segundo plano, se deslizan hacia arriba por mis piernas y se enroscan alrededor de mi cuello como un zorro plateado. El maestro de las máscaras de la reencarnación ininterrumpida me coge del brazo. El arrobo de la metamorfosis se escabulle de sus diversos papeles y espera nervioso. Mariposa oscura y transnacional, reconoce la muerte en todo. Preferentemente en la repetición, es decir, en mi elemento. Pretende esconderse de ella y por eso va siempre enmascarado.
Me divierto mucho con los desfiles de moda de János. Como es delgado, se pone varias capas para no pasar frío. Cuando el día es fresco, se pone varias camisetas, camisas de franela y jerséis y protege su cuello con una bufanda de seda adornada con flecos. Le gusta teñirse el pelo de un color plateado y pintarse los labios de rojo y no le importa que lo consideren ridículo. En él, la ropa es más variada y expresiva que en otros. Siempre se está quitando o poniendo algo y arreglándose el pelo; se sienta en el suelo con las piernas cruzadas y entonces su cuello o su cintura empiezan a realizar movimientos serpenteantes; finalmente decide acomodarse en un sillón, porque el ambiente no es muy propicio para posturas extrañas. Observa el efecto que la lámpara de pie colocada en el rincón del cuarto tiene sobre su aspecto. Ora busca un sitio más oscuro, ora uno más iluminado. Mientras Kobra escucha a todo el mundo y pone las cosas en su lugar con un breve discurso, Dragomán no para de moverse. No encuentra su sitio en ninguna parte y cambia continuamente de interlocutor. Dragomán es todo sensibilidad: un comentario trivial basta para desanimarlo; entonces sale al jardín o incluso se larga sin decir palabra. En este momento está haciendo dengues bajo la pantalla de seda china, se queja y dice tener tanta hambre que le entran ganas de vomitar. Se acerca la bandeja con los sándwiches y de cada sándwich picotea esto y aquello, preferentemente el huevo duro y las anchoas. Espera verme furiosa, tratando de controlar el tic de mi cara. El tontito.
Entramos en un bar de mala muerte donde ya han apuñalado a más de uno, pero donde el aguardiente de frutas mixtas es bastante bueno. Bebo mi copa de un trago. Dragomán pone la mano en mi nuca:
—¿Por qué tanta prisa?
Apoyado en la barra hay un muchacho moreno, con los dedos entre el pantalón y el cinturón claveteado. Bajo la chaqueta de cuero, un puñal curvo en una funda de cuero, puñal que se puede desenfundar en cualquier momento y que sirve para degollar tanto a un hombre como a una gallina. Se dirige a Dragomán:
—Midamos las fuerzas.
Dos perfiles enfrentados. Prueban a tumbar la muñeca del contrario sobre la mesa. Se esfuerzan, inmóviles, los brazos tiesos como estacas. Ambos especulan con el cansancio del otro. Se miran a los ojos; la mirada decide más que los bíceps. Cada uno tiene una copa de vino tinto en la mano izquierda… Lo primero, la elegancia.
—Ya está bien —digo—. Caballeros, estrechen las manos.
No lo puedo creer, pero lo cierto es que me obedecen.
Dios mío, concedamos una hora a la melancolía. Melinda pasa por delante de Dragomán. Me dejo caer sobre tus fantasías como sobre el lecho nupcial. Dragomán pregunta:
—¿Es verdad o he soñado que aún quedan dos botellas de tokay en la nevera? ¡Vamos a ver! Subiremos un poco la intensidad de la luz. ¡Qué azules tienes las uñas, Melinda, y qué rojos los labios! Ahora vendría bien contigo una cama con baldaquín y un espejo ligeramente inclinado en la pared, de modo que quien mire pueda hacer al mismo tiempo de acteur y de voyeur.
Comunico a todos que Melinda está poseída por el demonio. No soy la criada de la familia. Me sigues, querido, y salvas los alambres de espino en lo alto de un muro de ladrillos. Escapas del parque de un castillo con los dedos ensangrentados. No veo cómo has llegado allí. Me sigues y no sé adónde. Te conduzco a tu lugar, a esa cama materna que ahora ya no sólo te pertenece a ti, sino también a mí, en exclusiva. Mucho me temo que eres un psicópata, querido. Te enamoras de una ciudad y luego la abandonas. Lo mismo haces con las mujeres y con los libros. Con una maleta liviana, eres capaz de dar la espalda a estos muebles imantados por el peso de los recuerdos comunes. Quédate en mi casa. Te ataré con un hilo de seda. Inyectaré la claustromanía en tu corazón, al lado de la claustrofobia. Quédate en este paisaje lento e introvertido e instálate en nuestra común ruina. Reduce el radio de tu vagabundeo, que es lo que corresponde a tu edad. Encuentra tu propia paz en ese piso venido abajo en que aún se pueden sentir los tormentos de la vida cotidiana de una anciana.
Dragomán llama por teléfono. Me comunica que está en su casa y que me espera. Intento escabullirme de mis deberes familiares y hacer una escapada para verlo. Siempre tiene la cantidad de visitantes que necesita. Se siente cada vez más a gusto en la casa, no pretende tener más de lo que tiene y nunca le falta de nada. Considera su cuarto su castillo, lee sentado en un sillón a la luz de una lámpara, sale al balcón a contemplar la luna y los árboles, dice cosas ingeniosas por teléfono, le llegan pilas de periódicos, le envían el correo a la nueva dirección, empiezan a aparecer también los amigos extranjeros y le piden que les muestre algunos de los secretos de Budapest, arma un poco de revuelo en la ciudad, todo cuanto hace y dice es un acontecimiento, los jóvenes no lo dejan tranquilo y mucho me temo que las sesiones de fumar en pipa acabarán llamando la atención de las autoridades. Él, por su parte, extiende la alfombra de la confianza e invita al recién llegado a sentarse en la otra punta. Después de largos silencios, Dragomán da paso a largos monólogos. Sumerge el cerebro en el lago de la calma y de las profundidades emerge una historia. Aún no hay nada listo, pero el espíritu ya llama a la puerta; así como el Señor dio ayer, hoy vuelve a dar. Es preciso aceptar el regalo. Ha aceptado la oferta de Jeremiás, pero trabaja en ella con moderación. Dedica su tiempo a los manuscritos no siempre legibles del viejo maestro y ve en ellos las diferentes capas de una obra. Una vez organizada por orden cronológico, ocupa más espacio que la Enciclopedia Británica. Viene a la Leander utca, pero no se ha instalado aquí. Se ha quedado en el piso de su madre, compuesto de un cuarto y una alcoba, de gusto excéntrico y atestado de objetos como suele ser habitual en los pisos de las ancianas. Encontró una asistenta y mantiene el orden y la limpieza. Vació el escritorio de su madre y puso allí las libretas amarillas. No las usa mucho: la mente pocas veces empuja la pluma a recorrer el papel. En ocasiones, una tendinitis impide a Dragomán utilizar la mano derecha, pero siempre se muestra contento cuando aún no ha contado alguna historia y como mínimo yo estoy dispuesta a escucharlo. Entonces pone la bebida y la pipa con sus utensilios a su lado. Ya tiene su próxima hora ocupada.
Dragomán recuerda a una monja haitiana que por las mañanas se arrodillaba en el reclinatorio y por las tardes se sentaba en sus brazos. Dragomán valoraba sobremanera tal dualidad. Dominus vobiscum, estoy un pelín borracho. Tengo frío, los días de fiesta pasan, no queda nada salvo el resfriado. Lo cierto es que ayer tuve un encontronazo con alguien, de ahí mis gafas rotas. El tipo me dio un buen golpe. Cuento a todo el mundo que hubo un terremoto y que me caí de la cama. No debería haber bajado a esa bodega en la roca. Habría sido mejor subir en el funicular.
Dragomán está de camino a la casa de Melinda, se acerca a la Leander utca, cruza el parque mojado. En el banco amarillo sigue, inamovible, la misma anciana con su perra gorda, ciega y canosa. La perra, tumbada en un trozo de alfombra, a veces traga una galleta de miel. Pero he aquí que aparecen los malvados: un viejo lascivo con un perro bastardo e igualmente lascivo, que no puede dejar de olisquear el culo de la matrona ciega y canosa.
—¡Viejo verde! —chilla la anciana.
A su lado se sienta su amiga, la viuda de un antiguo magistrado de la Corte Suprema, que se arrastra sobre dos piernas parecidas a palillos y que siempre da la impresión de estar a punto de derrumbarse. Saluda amablemente a Dragomán, el cual no puede darle menos de lo imprescindible para una copita de coñac. Junto a él pasa un hombre, director de alguna oficina pública, que se suicidará de un tiro en la sien el año que viene. También pasa otro director de una oficina, pero éste será asesinado de una puñalada en el corazón, aunque luego en las noticias hagan pasar el luctuoso hecho por un suicidio. Enfrente se pasea el príncipe de los escritores húngaros con un joven colega y le explica que las nuevas generaciones deben preservarse para aspirar a metas más altas. Hasta alcanzar tan elevadas metas, habrá que pasarlas canutas. Dragomán recuerda un texto que leyó esa misma mañana en la biblioteca del Palacio Real. Pasan treinta y tres carros otomanos por el escenario. Van cargados hasta los topes de cabezas cogidas por los bigotes o por los pelos que han sido arrojadas allí. Entre ellas hay cabezas de reyes y de pícaros, de tontos y de genios, todos ellos decapitados. Mi casa ha quedado reducida a cenizas, murmura Dragomán con cierto alivio.
La realidad del tiempo
En esta tierra has de ser longevo para ser real. El viejo es más real que el joven, porque el viejo ya es como es. El joven, en cambio, todavía se entusiasma: se apasiona con esto, aprende aquello y enloquece por alguna novedad. El amor necesita tiempo para asentarse y para adquirir una naturaleza capaz de evolucionar. Se necesita tozudez y confianza en el tiempo para que una empresa se haga con un nombre, para que un hogar madure, para que la obra de una vida se realice, para que una tradición permita rebelarse contra ella. Debo pasar mucho tiempo en una habitación para que mi corazón sienta nostalgia de ella, para que vuelvan a ella mis pensamientos conscientes e inconscientes. Se necesita tiempo para desarrollar los vicios y las virtudes ciudadanas; la voluntad de vida de la forma se manifiesta en la obstinada resistencia al tiempo. Se necesita tiempo para adquirir carácter, gusto y calidad para la belleza de las cosas visibles. Una civilización que no se toma tiempo para sus obras y para sí misma no llegará a ser real; será una simple envoltura en la tierra, una escenografía de cine desmontable en cualquier momento, algo práctico y barato, pero carente de realidad.
El arte no es minimalista, sino maximalista. No pretende conseguir el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo. Pone en la obra lo que ésta merece. Con el minimalismo se le van a uno las ganas de vivir. Al principio te gusta el pastel, pero luego te fijas y te das cuenta de que es comprado. Si se puede comprar un coche y una casa, el mobiliario y la ropa, todo listo para su uso, si se puede coger el catálogo de los grandes almacenes en el buzón y pedir hasta el más mínimo detalle lo que uno necesita, ¿por qué no adquirir, ya confeccionados, al cónyuge y a los hijos, la cultura y el grupo social en el que uno pretende moverse? ¿Por qué no comprarme a mí mismo, ya hecho? ¿Por qué no estar hecho antes de tiempo? ¿Cuánto cuesta la historia más barata, ya confeccionada, envuelta en plástico y con los portes pagados? También pido de paso los recuerdos de mamá, con un descuento, claro. Dios llega a casa por televisión, con su permiso y el del régimen correspondiente. El sacerdote, recién salido de la peluquería, se mueve con la agilidad de un cantante de música pop. Ojalá su discurso sea de fácil consumo y digerible, ya que sólo dispongo de media hora para Dios. Que el sacerdote cante y baile, pues así no me duermo. Entre el espectáculo de la pantalla y alguna cosa para masticar, mi atención se mantiene despierta.
Según Dragomán, ser oriundo de Budapest no está mal para la carrera universitaria en los Estados Unidos. Uno cuenta con predecesores en todas partes, matemáticos y físicos, lingüistas y sociólogos. No es peor punto de partida que Praga, Varsovia, Odesa o Vilna, partes con ventaja si intuyen una historia detrás de ti y si estás familiarizado con la cultura europea, que no supone para ti una lección aprendida, sino que te viene de nacimiento. Esa cultura fue la que mamó Dragomán, de ella tenía un hambre de lobo, con ella quiso construirse a sí mismo. Con ella encaló sus paredes, con ella amoldó sus sentimientos. Aprendió a mirar con la pintura, a escuchar con la música, a pensar y a decir bromas con la poesía. Sin embargo, quiso hacer totalmente portátil esa maraña imaginaria que era él, Dragomán; quiso volverse norteamericano. Y la cosa funcionó bastante bien, porque cuando uno se lo propone, lo consigue. Cuando el territorio es amplio y existen muchas ciudades, también abundan las universidades. Y éstas compiten por birlarse a personajes tan excepcionales como Dragomán. Lo llamaron. Pudo elegir. Era una persona solicitada. Jugó con las diferentes ofertas. Se puso de moda. En todas partes le ofrecían un extra. A partir de una determinada edad pasó cada año en otro sitio y se dedicó a seducir a la Facultad correspondiente. Cuidaba las relaciones sociales, cocinaba comidas húngaras e ilustraba con ejemplos palpables lo que los otros sabían de Centroeuropa, de los húngaros y, en particular, de los círculos intelectuales de Budapest. No obstante, esta tendencia al nomadismo nos hace pensar en la posibilidad de que, de hecho, nunca nos hemos detenido en un lugar, de que sólo hemos captado los modales del otro, de que al alejarnos en el espacio sólo nos hemos quedado con un envoltorio de celofán en la mano, sólo hemos retenido una sonrisa amable y un gesto amistoso que tiene los minutos contados para no resultar impertinente. Quedarse así en la superficie es una forma de protegerse; así cuida Dragomán su fluidez, su capacidad de seguir adelante. Se luce en la conversación y quizá no vuelva a ver a su interlocutor; a lo sumo en alguna conferencia. Y si la persona no pertenece al ramo, ni siquiera allí.
Si hubiera tenido un hijo, le habría resultado extraño digerir el hecho de perderlo al cumplir el muchacho los dieciocho. Porque, claro, a los dieciocho años el niño se aleja de su padre y se traslada a vivir a otra ciudad. Debe cursar sus estudios universitarios en otro lugar para crecer y para independizarse de Dragomán. Y cuando acaba, se va a trabajar donde ha recibido una oferta de empleo, y si en otro sitio gana más, pues allá donde la oferta parezca más ventajosa. Es lo normal. Padre e hijo se verán en determinadas ocasiones festivas, el día de Acción de Gracias, por ejemplo, y el día de Navidad. Así, pues, Dragomán tendría un hijo comprado ya hecho, al que acabaría de pulir. Y cuando el hijo hubiera acabado del todo, cuando tuviera el doctorado, ya apenas tendrían algo que ver el uno con el otro. El chico vive en una casa parecida a la del padre, pero lejos; se ha montado su nido, mientras el padre trabaja un tiempo en la ciudad universitaria y se traslada luego al sur. Se instala en una residencia de ancianos para que sus viejos huesos no pasen frío, para tomar tranquilamente el sol y morir. De su estancia en ese lugar forma parte la naturalidad con que elude la sensación de tristeza por la ausencia del hijo. A mal tiempo, buena cara. Sonríe porque te has quedado solo. En esta frialdad sonriente radica la lección. Y de su mano llega, sonriente, la muerte.
Después visitó Budapest, pero por poco tiempo. Vino a vernos, a estar con nosotros. Nuestra habla le resultaba extrañamente familiar. Conversar con nosotros significaba una común aventura. Solíamos pasear juntos por las laderas de las colinas y pasar largos ratos en diversos bares. Nos quedábamos en mi sala de estar y en mi terraza y nos entusiasmábamos con un tema. Nos unía también el hecho de que la mayoría de nosotros fuéramos magníficos conversadores, gente poseída por la bendición o la maldición de la palabra, gente que jugueteaba con las historias, con las bromas y las burlas, con las llamadas telefónicas, porque hasta una llamada telefónica había de sustentarse en una forma. Esas reuniones se caracterizaban por cierta estética del exceso, y es eso lo que hoy en día considero mi mayor tesoro. Somos conscientes de nuestros tropiezos camino de la muerte.
Dragomán dixit:
—Es delirante… Vuelvo al cabo de veinte años y el imbécil de Kobra me dice: ¿qué, cómo va eso? Todo sigue allí donde lo dejé. Recordamos nuestras opiniones de otras épocas, de aquéllas en las que nuestros puntos de vista no coincidían con los de hoy. Ignoro las causas de todo esto, pero aquí existe y en otros sitios no. Una evolución que queda en suspenso y hace un alto en un punto determinado. Quizá esta ciudad está impedida en su funcionamiento natural y por eso se acumulan en ella las fuerzas. Quizá sea éste el mejor estado, porque si se abriera la herida y se produjera la ruptura, la ciudad perdería su extraña ambigüedad. Y cuando la ciudad sea normal será también más aburrida y más transparente, es decir, como las otras.
A juicio de Dragomán, el ciudadano satisfecho consigo mismo no se alegra de que se planteen nuevas cuestiones y no es capaz de poner emociones desmesuradas sobre el escenario. Irremediablemente moderado y desarrollado, no permite el choque de los extremos en su interior, no experimenta, sino que prefiere defenderse y teme por sus propiedades y conquistas. Pretende vivir en la creencia de que su persona, su mundo, su nación, su ciudad son los mejores, los más sensatos y los más ricos, y que han de asumir la responsabilidad de cuanto ocurre en el mundo. Cuando el hombre quiere poner su comunidad por encima de las otras, no tiene más remedio que recurrir a la ostentación de la cantidad. Si tuviera conciencia de la calidad, aceptaría de modo natural la coordinación de las diversas y deslumbrantes calidades en un sistema espacial misteriosamente complejo. Las estrellas no compiten entre sí.
A decir verdad, los poetas tampoco compiten entre sí, como tampoco lo hacen las mujeres guapas: pueden estar juntas y ser hermosas. A pesar de sus celos, se llevan bien. A mí me resulta hermoso un mundo que es como una novela. Es decir, prefiero el mundo pequeño al grande. Es buena una compañía que se reúne con frecuencia en el mismo sitio. Y es bonito que una cultura tenga una gran articulación interna, con calidades maduras e inimitables. Nos podemos permitir el lujo de dejarnos guiar por nuestro sentido de la belleza y establecer nuestros deseos y rechazos de acuerdo con él. Con la edad nos volvemos cada vez más receptivos al aura de los otros y nos refugiamos en el calor de la persona cuyo resplandor conocemos. Desde lo más conocido, pasando por lo menos conocido, estiramos la mano hacia lo desconocido. El punto luminoso se expande por un tiempo, ocupa toda la pantalla, luego se reduce, se vuelve más opaco y desaparece; el diálogo entre la fluidez y la duración. La importancia de los colores de transición es de todos conocida. Los grandes observadores ya han descrito el erotismo de lo semiconocido y de lo semidesconocido. Girando en este remolino, ¿podemos sorprendernos unos a otros? Después de la cuantomanía viene la cualitomanía. Se plantea la siguiente pregunta: ¿cómo aparece la compleja mística de la calidad en la pantalla? Es el paso mágico de lo espiritual a lo material; es la primera característica de la siguiente era histórica, de la sociedad artística que seguirá a la sociedad industrial. El científico, el empresario, el político… todos querrían ser artistas, cosa nada fácil, desde luego. Aprovechar el tiempo… ésa será la primera materia a aprender en la escuela primaria. Lo dice mi harúspice, que quiere complacerme con la nueva filosofía o en cuya boca pongo estas palabras, porque me gustaría verlo convertido.
En estos últimos años he traducido algunos clásicos modernos, obras sobresalientes que se enriquecen con el paso del tiempo, que se vuelven más misteriosas con cada lectura, que maduran con los años como el aguardiente. Han sobrevivido a sus hermanas, las otras obras. Han acumulado cierta fuerza vital. De su época sólo quedan ellas.
No afirmaría que Dragomán no aprendió nada en sus viajes. ¿Por qué renunciar a las exigencias de lo duradero? Una mesa y un sillón deben ser duraderos. Un par de zapatos y un abrigo también. Uno puede viajar y quedar bien en cualquier sitio con sólo tres trajes. Se nota que lo que llevas puesto es tuyo y que no acabas de pasar por los grandes almacenes. Los trapos se han amoldado a su dueño. No olvides, sin embargo, que todo ha de caber en tus dos grandes bolsos de viaje. Puedes enviar los libros más importantes a tu nueva dirección antes de partir. Y también puedes conformarte con lo que encuentres en tu destino. Lo decisivo es tener el equipaje más reducido posible para poder emprender el viaje en cualquier momento. Las compañías aéreas siempre aceptan dos maletas, incluso aunque superen los veinte kilos. Una persona sabia recorre el mundo con dos bolsos que se puedan colgar del hombro y que, además, tengan ruedas. Se vincula durante un tiempo a un lugar y luego se las pira.
¿Vivir siempre bajo la sombra opresora del padre y de la madre? ¿Bajo ese doble control? Queridos, emprendemos el vuelo como las aves migratorias. Y regreso porque ésta es una ciudad para volver. Esta ciudad podría ser el escenario de nuestro entierro, nuestra necrópolis. Aquí uno siempre se encuentra con algún conocido en la calle, aquí vas a comprar a pie, no rodeas tu cuerpo con la coraza del automóvil, te arrimas a otro cuerpo en el tranvía, dispones de una gran libertad de movimiento, cruzas la calle para ir al encuentro de fulano o para evitar a zutano, te acercas o te alejas, realizas toda clase de movimientos inverosímiles, llegas a tu meta pese a desviarte por callejuelas y también quieres comprobar si se halla en el bar de la esquina aquel amigo al que no quieres ver en su casa, pero sí en el Tango. Budapest es una ciudad en la que se puede caminar y pasear sin rumbo fijo, porque hay muchas calles, porque las calles tienen aceras, porque mientras esperamos, los recuerdos nos arrastran a otros sitios, como también nos arrastra lo desconocido. Aún nos queda por descubrir un matiz en estos tonos grises, aún no hemos entrado en aquella fonda, aún no hemos doblado por esa esquina ni nos hemos enterado de la existencia de los bancos amarillos en esa alameda.
Las alegrías en el extranjero eran otras: las largas noches de soledad, el enorme silencio, la agenda sin compromisos previos cuando alguien nos invitaba a cenar. Daba dos clases cuatro veces a la semana, con lo cual me quedaban tres días libres. Y también tenía muchos meses libres. Puedes andar en bicicleta, leer, tocar el piano y dispones de tiempo para conversar con la persona con la que compartes tu vivienda. En aquella época, Laura aún estaba en Budapest, y yo vivía con una mariposa que un buen día voló. Me cocinaba, venía a mis clases, me llevaba en coche a la montaña y se alegraba de los hermosos zapatos que le traía al volver de una gira de conferencias. Luego, sin embargo, aceptó la oferta de un papel secundario en un grupo teatral de aficionados de Houston, Texas. Y de allí se largó con un diseñador.
Han pasado los alumnos ante mis ojos. Nuestra relación se caracterizaba por una agradable superficialidad. Recibían de mí lo que les correspondía. Yo me entregaba a mis clases y preparaba cada una de ellas a fondo. La materia me apasionaba. Siempre descubría maravillas en los libros, en las obras, y los alumnos se dejaban guiar, encantados, hacia ellas. Me desvivía por ellos, mira esto, mira aquello, les mostraba toda suerte de detalles interesantes, les abría las puertas de las cámaras del tesoro. Así, claro que el aula se llenaba y el número de alumnos ascendía a veinticinco, el máximo permitido. Entraba en el aula con un tazón de café en la mano, siempre con chaqueta, siempre un pelín achispado, siempre sin guión previo, siempre sólo improvisando, construyendo la clase in situ, dejándome llevar por el oleaje del diálogo. Al mediodía salía exhausto de las clases, porque había estado preparándolas por la mañana de cinco a diez. Después me instalaba a la mesa de algún colega en el comedor universitario y me comía un bocadillo, iba al centro a echar un vistazo a una librería o a una tienda de quesos, tomaba un capuccino en una pastelería alemana, bebía un whisky en uno de los lounges de ladrillos rojos y después volvía a casa, saludando en el camino a unos y a otros.
No estaba seguro de si quería llamar a mis vecinas, la joven colega especialista en filología clásica o la campeona de natación y profesora de cerámica, para que vinieran a mi casa, por cierto muy parecida a las de ellas. Noté cierta frialdad, una especie de desilusión previa, sí, presentí mi falta de fascinación y de asombro. Ahora bien, sin fascinación y asombro, ¿qué gracia tenía la cosa? Queda por ver si realmente deseaba dejarme sorprender. ¿De dónde me venían de pronto tanta aspereza y tanta exquisitez? No tenía ganas de morder ni un bocadillo ni una mujer. Me parecía un poco a un gato europeo entre aves australianas. En Australia no existen los depredadores; por tanto, los pájaros no tienen miedo y confían en los otros animales. Esperan tranquilamente al gato y, del todo confiados, le ponen el cuello entre los dientes. Mientras, observan que hace buen tiempo. El gato europeo suelta su presa de entre los dientes y siente cierto hastío en el fondo de su alma.
Hay tantas cosas en apariencia y tan pocas en realidad. Tampoco está mal que se establezca cierta distancia entre los seres humanos y los objetos. Así no nos sentimos atados a las cosas. Concedemos menos tiempo a lo de menor importancia. Hay comida para una semana en la nevera. No es preciso comprar cada día. Tus platitos no son precisamente para sibaritas, pero están bien. No hay que pasar mucho tiempo en la cocina. Bebí muy poco durante meses. Me levantaba y me acostaba temprano. Me compré unas pesas. Consumía vitaminas, tomaba el sol, me untaba con cremas y mantenía el peso ideal. Aprendí a hacerme masajes en los pies e hice un muñeco de nieve para los nietos del vecino. Todo era cómodo y agradable. Organicé una simpática fiesta de despedida, cogí los dos bolsos de viaje provistos de ruedas y abandoné la ciudad en avión, sonriendo agradecido. ¿Cómo iba a guardar yo rencor a la mariposa, si también me iba volando de todas partes?
El Tango
Dragomán mira por una ventana: hay dos testas canosas junto a una mesa, plantas de interior, el arco de un espejo. El escaparate de una peluquería, peinados nupciales, provincianos y parecidos a pagodas, permanentes frías y calientes, rulos arcaicos. Coches pestosos y embarrados, aceras llenas de polvo. Se ven plantas de interior en todas las ventanas y hasta encima de los armarios. Un niño gordo se monta sobre el grifo de bronce. Ella, cinturón de color negro, vestido de punto de color crema y ligeramente transparente, sin sostén, con pendientes grandes y rosados y las uñas pintadas de rojo:
—¡Venga, Lacika, nos vamos para casa!
La llamativa madre de Lacika llama a una ventana en la planta baja y desde dentro se oyen tres golpes a modo de respuesta. Un trapero barrigudo y provisto de bastón escarba con un hurgón en el contenedor de basura. Chicas vestidas con shorts comen helado sentadas en la barandilla de hierro de la plaza. En un balcón se ven petunias y una motocicleta, así como una joven con traje de baño que levanta los brazos y se arregla el moño en la nuca. Un yeso blanco rodea el tubo de salida del calentador. Una mitad de la acacia vive, la otra está muerta. Una mamá regordeta, con chándal de color lila, labios pintados, zapatos de tacón alto, fumando:
—¡Szilvi! ¡A casa! ¡Allí podrás ver Ricsi por la televisión! Vamos, ¡que Ricsi empieza en cinco minutos!
Szilvi hace la rueda. Una señora con muletas y las piernas vendadas se sienta, agotada, en uno de los bancos de la plaza. Un niño gordo y con gafas quiere acariciar a un perrito, pero el perrito ladra; el niño espera. Dragomán se ha citado con Melinda en una hora en el Tango. El traqueteo y el zumbido de la máquina de barrer de color naranja. Dos ancianas con sombreros de paja cogidas del brazo. Un coche blanco y azul de la policía, con un gran foco en el techo. La viña silvestre que trepa por la columna de un balcón. Una funda de almohada, sujeta con pinzas de la ropa, cuelga de la cuerda en un balcón. La parada de un tranvía: se oye el tintineo de la campana y el chirrido de los frenos en la vía. Un médico barbudo avanza al otro lado de la calle y lleva un pesado maletín. Un pastor alemán confinado en el balcón no para de ladrar. Piernas de ancianas. Los labios estrechos y cerrados de señores ya entrados en años. Caras y cuerpos arruinados. El estado depresivo consigue deformarlo todo y hacer que cualquier esfuerzo parezca inútil. ¿Por qué te aferras a todo esto? Un punto de vista: la perfección es peor que su idea. No es lo de Dragomán. Y otro: es más que nada. No resulta estéril pensar a partir del depósito de cadáveres.
Ayer se pasó el día deambulando por la ciudad con Melinda. Saltaron sobre los últimos argumentos de los reyes, los viejos cañones tirados en el suelo, y se besaron apoyados en los parapetos del castillo. En un parque, en el cruce de dos caminos con fuerte pendiente, un gorrión cayó muerto a sus pies.
—Contémonos historias obscenas —propone Melinda ante una copa de vino caliente.
Pasan por una hilera de árboles. Sus piernas los llevan; sus botas de siete leguas les permiten salvar cualquier obstáculo. A tiro de piedra, dos ancianas suben poco a poco la colina. A izquierda y a derecha, las laderas de la montaña con sus casitas, los tejados y los patios arracimados. Dragomán no suelta esa cálida mano. Una pareja juega al billar en un bar. En una mano tienen la jarra de cerveza y en la otra el taco. Discuten y se persiguen alrededor de la mesa de billar. Festejan algo y empiezan tomando orujo. El aniversario de boda bien merece un gran juego. La mujer es la que más persigue; el hombre huye. Después de jugar les suben los colores debido a la sopa de pescado. Apuestan a quién puede comer más pimiento molido.
Dragomán sopla su cálido aliento en la nuca de Melinda, debajo del moño. Un chillido y piel de gallina. Dragomán observa a Melinda comer una manzana grande y roja. Melinda ha roto todos los palillos, mientras demostraba la imposibilidad de algo. Si el hombre disfruta de las maravillas de la ciudad, también deberá rendirse a su moral. Existen horas de desconcierto en las que conviene sentarse en una iglesia y callar no al lado del otro. Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros. La eterna coreografía de los comulgantes: dos filas avanzan por el centro, se separan ante la sagrada hostia y las personas fluyen entonces hacia los lados y regresan a sus sitios. Se les nota en la mirada que se han trasladado un piso más arriba.
Dragomán está sentado en el Tango. Después de veinte años, Micike tiene más arrugas, pero se ha perfeccionado como camarera. Trae el café, el coñac y la soda con la suavidad de una bailarina. En la sala interior del Tango se ve el espejo con marco dorado en la pared. Dragomán no entiende cómo desde ese ángulo puede ver el reflejo de su cara en el espejo. Las mesas son de madera y con tableros de mármol artificial. Los turistas alemanes se sientan juntos a la mesa, beben cerveza, se estiran, bostezan y se relajan. La sonrisa de complicidad de la camarera. Pone una canción en el tocadiscos. Dragomán pide otro café y otro coñac. Entran dos mellizas de mediana edad cogidas del brazo, seguidas de un hombre con un enorme bigote, un comerciante de coches de segunda mano. El hombre las riñe; de la conversación se deduce que es el hermano mayor. Un taxista aparca su coche en la plaza. Su relevo lo espera en el Tango. No llevan mucho tiempo trabajando juntos y sólo ahora empiezan a conocerse. Se sientan a charlar un rato. El chófer que acaba de llegar comparte piso para poder vivir. Cuenta que un excolega, un taxista jubilado, lo llamó por teléfono y le ofreció un contrato de asistencia, de esos que permiten quedarse con la otra parte del piso tras la muerte del beneficiario. La funcionaria del sindicato le insinuó esa posibilidad. ¿Sabe usted cuál es la situación? Pues que a la esposa le dio por beber. Al principio sólo tomaba medio litro. Después empezó a perder peso, pasó a beber un litro diario y apenas comía. Cuando el taxista volvía a casa, siempre la encontraba en la cama. Un buen día, la esposa declaró no aguantar el olor del taxista.
—Ante los tribunales, un hombre no es que tenga pocas posibilidades, es que no tiene ninguna. La juez estaba tramitando su propio divorcio y concedió el piso y la custodia de los niños a mi mujer.
El viejo está sano, sólo tiene problemas de equilibrio. A veces se cae. El taxista trabaja de noche y por las tardes cocina, lava y limpia para el anciano. Dragomán se muestra prudente. Últimamente le duele la cabeza cuando bebe más de un copa de coñac. Le arde el estómago debido a las comidas fuertes y demasiado condimentadas y a veces siente una presión en el pecho. Percibe la decadencia: se le mueve una muela, precisamente la que sostiene el puente, y no sabe a qué atribuir la pequeña y discreta hinchazón en el costado. Pero, bueno, vamos a beber otra copita, la tercera de este coñac particularmente saludable y luego echaremos un vistazo a esa tía jamona, a esa puta gitana de color café con leche que se ríe junto a la barra y no para de soltar bromas a diestro y siniestro. Tiene los labios pintados de un rojo llamativo, menea el bolso y se contonea. Se acerca a Dragomán y se dirige a él en tono de arrullo:
—¿No está permitido seducir al caballero?
—En este preciso momento, no.
—Pues yo tengo ganas de hacerlo ahora. Sabe usted, señor artista, yo no hago régimen y como pata de ganso y tarta de chocolate. Vivo la mar de bien, aun siendo tan gorda.
Lanza una mirada profesional alrededor para ver si hay algún cliente aprovechable aparte de Dragomán, pero no considera digno a nadie. El viejo Sanyi no tiene ni dinero ni nada. El viejo Sanyi:
—En mi soledad escucho el murmullo del mar…
La jamona:
—Pues sigue escuchando.
Un jovencito le sonríe con dulzura.
—Tú no sonrías. Muestra lo que tienes. ¡No detrás de la bragueta, sino en el bolsillo!
Y volviéndose a Dragomán:
—No me mire así gratis, señor artista, que me pongo cachonda. No es usted el que busca clientes, sino yo. Y no me haga esperar mucho. Escuche, lo digo por si le interesa: cuando yo no esté aquí y usted tenga ganas de verme, dígale a las chicas o al pianista cojo que busca a Fruzsina. Puede llamarme Fruzsi también, si quiere.
La mujer está totalmente convencida de su encanto. Seguro que se acerca contoneándose a la cama y se sienta encima con su enorme trasero como si pusiera un ganso asado en el centro de la mesa.
—Tengo una combinación larga, de color negro que se desabrocha atrás, de arriba abajo. Mire usted, señor artista, váyase ahora a casa y en media hora llamaré a su puerta, que yo sé donde vive. Llevaré puesta la combinación. Y dejaré que me la desabroche. Verá cómo le vienen las ganas cuando haya acabado con todos los botones. Se lo dice la Fruzsi, o sea, que lleva sello de garantía. Cuando me veas en pelotas, se te abrirá el paracaídas, cariñito.
—Dejemos este programa para otro día —dice Dragomán.
Una joven pareja de gitanos llama la atención de Fruzsina. La chica, inmóvil, sufre visiblemente. Su marido tiene la cabeza gacha. Los rodean hombres de rostros anchos y grandes barrigas. Fruzsina, dirigiéndose al marido:
—¿Por qué carajo no te vas a la mierda, si no sabes follar?
Le enseña con el dedo cómo hacerlo. La esposa suplica a su marido, retorciéndose las manos delicadas y pequeñas:
—¡Ve con ella y aprende! —Dirigiéndose a Fruzsina—: Es todavía un pollito, ¡tiene miedo! Que se vaya contigo, a ver si lo espabilas. Mi mamá te pagará, pero no le pidas mucho. A mí sólo consigue ponerme nerviosa. —Y al marido—: Ve con la puta, pero ¡que no me entere!
Las mellizas se sientan a la mesa de Dragomán cuando el hermano mayor se ha marchado a hacer sus negocios.
—Haga usted justicia entre nosotras. ¡Esta mocosa me ha llamado vieja furcia!
—¡Dígale, por favor, que no me trate de mocosa!
—El que sea una jovencita no le da derecho a echarme mierda encima.
—¿Me permiten preguntarles qué diferencia de edad hay entre ustedes?
—Casi diez minutos. Mi hermana mayor no para de echarme en cara, señor, que todavía necesito a los hombres. No digo que cada día, eso no, pero una vez a la semana… pues todavía sí.
—Imagínese, se acuesta con su yerno.
—¡Si no me lo hace mi marido!
Dragomán pregunta a las dos brujas qué desean beber. Micike, la camarera, ya trae las dos copas de vino.
Un hombre con grandes mostachos se queja de haber perdido jugando a la lotería. Una niña permanece de pie junto a su madre, una mujer con una cicatriz en la cara, y toquetea, aburrida, sus bucles grasientos. Clava la mirada en una señora con abrigo de piel que, con precisión de relojería, se ajusta la prótesis dental cada cinco segundos y saca la lengua. Un tipo grandote y con barba apoya la mano en la de mamá. Se acerca un hombrecito y le importuna con alguna bagatela.
—Si hay una cosa que odio son los hijos de puta como tú.
Palabras del barbudo. El hombrecito no se deja intimidar; los dos parecen conocerse.
—¿Por qué? ¿Tú qué te crees? ¿Te crees capaz de seguir con el baile acrobático? ¡Si ya te han borrado del programa, hombre!
—¡Lárgate, mosquito portador de la malaria, que te aplasto!
Hombres gordos, mujeres gordas. Dragomán y la niña se miran y observan luego a la vieja del abrigo de piel, que llama su atención por su tic de sacar la lengua.
Las sillas ya estaban en la época de la emigración de Dragomán. El tapiz de la pared, en cambio, es nuevo. Tuberías sin pintar se extienden por el exterior de las paredes. El experto en lotería exclama:
—¡Se acabó, señores! ¡Venga un ron!
—Su familia lo ha abandonado. El hombre vendió hasta los colchones —susurra Micike al oído de Dragomán—. El que se ha sentado junto a él es un aficionado al fútbol que sigue a su equipo a todas partes. Así también se puede arruinar a la familia. Y eso que era un buen marido, se ponía un pañuelo de lunares rojo en la cabeza y sacudía el trapo en la galería. Pero no había quien lo aguantara los sábados.
La mujer del pelo sin lavar dice a su amigo:
—Hay crisis. Hay crisis entre nosotros, ¿entiendes?
El barbudo grandote reflexiona:
—Le das el chorizo caro al perro y a mí el barato.
El viejo Sanyi, que toma zumo de frambuesa, pregunta al viejo Józsi, que bebe cerveza:
—Oye, ¿te acuerdas de Dezsö, el carnicero? ¡Mira que tiene una mujer agresiva! El pobre Dezsö sale a pasear todas las mañanas y tardes, aunque llueva o truene, porque allí al menos la arpía no se pelea con él.
Los viejos salen a mear. La señora del abrigo de piel ahora ya saca la lengua cada cuatro segundos. El hombrecito calificado de hijo de puta vuelve al bar y se dirige al barbudo.
—Yo te pago el aguardiente y tú me echas, ¿eso cómo se explica?
Contesta el grande:
—¿Pero quién te paga el gas y la electricidad?
Y el pequeño:
—Ahora porque llevas barba, pero antes eras una mujer. Hasta has parido hijos. ¿Qué coño quieres de esta hembra? Era el ideal de un auténtico capitán de barco hasta que un criminal a sueldo le roció la cara con lejía con una pistola de agua. ¡Ahora es tuya!
El hombrecito se vuelve hacia Dragomán y le dice en tono de queja:
—Se gasta todo su dinero en médicos y ora se pone una inyección para ser hombre, ora otra para ser mujer.
Entra Melinda. La camarera cambia el disco. Let’s Twist Again, una pieza de hace un cuarto de siglo. La bailaba a comienzos de los sesenta en los guateques con Laura y otras. Ya en aquel entonces, Kobra era demasiado viejo para estos bailes. Y Tombor demasiado perezoso, lo cual viene a ser lo mismo. En una de las animadas y concurridas fiestas de sábado noche del verano anterior, Melinda bailó con Dragomán. Ambos observaban a Tombor. Éste permanecía de pie. También los miraba. Se bañaban bajo la luz de sus ojos. Se echaban hacia atrás, tensaban los músculos de las piernas, empujaban la ingle hacia adelante, a veces se saltaban un compás, se mecían, flotaban, se quedaban inmóviles. Antal Tombor observó la cara de su esposa y luego se retiró. Al cabo de media hora, Melinda lo buscó y lo encontró en otra habitación. Antal no bailaba, estaba sentado en un sillón. Frente a él, también sentada, una chica, a la que había visto cuando atravesaron el vestíbulo atestado de gente al entrar. Antal se levanta, se apoya en el marco de la ventana, y la gata silenciosa se apoya en él y le manosea la corbata. Melinda lo registra todo. Tombor frunce un poco la nariz, como si se burlara de la situación, pero enseguida y ante la mirada de todos pone la mano sobre la cadera de la chica de pelo negro, dando a entender que es un gesto del todo natural y que ella le pertenece. Melinda, sin embargo, no deja que la situación vaya a más y llama a Antal. Se quedan solos un rato, pero la chica, vestida de negro de pies a cabeza, no tarda en aparecer de nuevo; trae un saxofón y se lo entrega a Tombor. Él se pone a tocar y susurra algo al oído de su mujer. Le comunica que se irá con la chica, porque ella sabe cuándo es preciso traer el saxofón. La chica ha vuelto a desaparecer, pero enseguida regresa con una botella de coñac armenio y tres copas. Tombor deja de tocar, bebe el coñac y acompaña a la chica en coche a casa.
Luego se marcha a Ófalu. Allí sale a primera hora de la tarde a tocar el saxo bajo los frutales silvestres del antiguo cementerio. Abajo fluye el agua en el arroyo, donde las mujeres lavan la ropa descalzas. Tombor se tira al estanque alimentado por el agua del arroyo. Después vuelve al jardín del hotel. Esta tal Franziska es bastante peligrosa, no sólo por el volumen de su cuerpo, sino también por su pericia en el arte culinario. Siempre llama a Tombor a la cocina, abre la puerta del horno y se agacha para mirar en su interior. Sabe que Antal no sólo observará la costilla de cerdo rellena, sino también su cuerpo voluminoso y bronceado. Se contonea con la seguridad de un ama de casa y hace sonar sus llaves. Franziska ha cubierto de cortinas el balcón de su piso en la última planta del hotel y allí toma el sol en pelota. Antal, por su parte, toca el saxo en la colina del cementerio, desde donde tiene una excelente vista sobre dicho balcón. El boyero taciturno y chiflado también escucha la música de Antal. Es él quien, al amanecer y con un tono prolongado de su cuerno, llama a las vacas de Ófalu para conducirlas luego a los pastos azulados. Tombor toca para esa mujer. Franziska, tumbada, levanta una pierna. Antal espera; él no pierde la paciencia. Él nunca abre enseguida las cartas y siempre tarda en darse por enterado de alguna buena noticia: que las cosas esperen en el umbral de la conciencia. Espera el día en que todas las señales lo inviten a la cama de Franziska. Melinda quiso seguirlo a Ófalu y traerlo de vuelta, pero no decidió qué excusa ponerle: «Además, comunicaré a Antal que estoy resfriada, que tres pañuelos rodean mi cuello, que he perdido el apetito, que esta mañana sólo he comido un poquito de muesli con yogur, pero al cruzar el puente Erzsébet en el autobús de la línea cinco me sentí muy a gusto mirando el Danubio».
Dragomán y Melinda se encuentran en el ascensor enclenque y chirriante. En principio iban a almorzar en el Vidám Harcsa, pero prefirieron quedarse los dos solos en la cama de Fáni, la suicida. Melinda, volviéndose hacia atrás:
—¿Qué quieres de mí, maligno? ¿Por qué no te largas a tus Estados Unidos? Si tuviera un hijo tuyo, sería un pájaro grande y con garras como tú.
Dragomán da la respuesta adecuada:
—Tú lo organizas todo a tu alrededor. Quisiera que también me organizaras a mí, me gustaría encontrar la calma a tu sombra. Sería como mirar el cielo entre el ramaje de un olivo.
Junto a Melinda, la virilidad de Dragomán se eleva como el arte gótico. En las horas robadas hacen el amor hasta la saciedad. A veces, sin embargo, se multiplican las ofensas y las omisiones.
Hay en el edificio una o dos ancianas que aprueban su relación. El relojero tuerto con el parche de seda negra también saluda a Melinda con bastante amabilidad. El gato del relojero es un salvaje, empeñado en atacar a los demás gatos hasta hacerlos sangrar. Amália se queja del gato y el relojero se burla de ella. Kálmán, el joven novio de Amália, le augura un final violento. El relojero tuerto no necesita más: enseguida se remanga la camisa.
—¡Ya verás, blandengue, ahora mismo bajamos y te aplasto contra el hormigón!
Kálmán no baja para no ensuciarse las manos con la asquerosa cara del relojero. En la barandilla de la galería apoya los codos, cual eterna estatua, un hombre marchito, un excruz flechada que en los años duros del socialismo hizo méritos como vigilante en una cárcel de los Servicios de Seguridad del Estado y que ahora ejerce de voluntario de la policía. Se le mueve el bigote cuando observa a alguien llamar a la puerta de Dragomán. En todos los momentos críticos ha espiado, observado y denunciado a ese guaperas. Allí está al acecho delante de la puerta, acodado en la barandilla todo el día, por si algún fenómeno sospechoso y digno de ser denunciado penetrase en su campo visual. No obstante, pese a que va estrechando el círculo gracias a su atenta mirada, todas las tardes se abre un agujero a la hora punta. Durante ese tiempo la puerta de Dragomán se queda sin vigilancia, porque el buen vecino se pone el brazalete de voluntario de la policía a cambio de una remuneración mínima y baja a la esquina a hacer señales a los coches. Les mete prisa cuando el semáforo se pone en verde y los para con la mano en alto y con gesto autoritario cuando el semáforo está en rojo. Una sensación de éxito lo invade cuando los automóviles le obedecen. Verde: avanzan. Rojo: paran. Sólo le molesta que en la otra esquina un joven imbécil, gordo y siempre jadeante, haga exactamente lo mismo. Permite y prohíbe y lo hace con mayor expresividad que el viejo porque dibuja una sonrisa más amplia cuando el semáforo está verde y porque amenaza con gesto más sombrío cuando está en rojo. El imbécil tiene más éxito que el vecino y algunos conductores muy atentos hasta le saludan. El viejo sicario sólo recibe burlas. Son malos los hombres en la actualidad. Mucho sufre él por el orden.
—¿Acaso no es eso lo bueno, señor Dragomán? El orden, quiero decir…
En la esquina del Parque Tompkins
Desde la ventana que da al norte en mi despacho de Nueva York puedo ver el East River y la punta de Lower East Side. Más hacia el oeste, el Empire State Building, iluminado por las noches y con diversos tonos de luz durante el día. Desde la ventana que da al oeste veo el World Trade Center. El primer elenco de rascacielos mitológicos del mundo. Todo cuanto puede verse es una estructura hecha de techos y torres, una escultura formada por la línea desigual de las columnas verticales. Cuando trabajo hasta el alba, las torres bañadas primero por una luz de color rosado pálido y luego de color púrpura se alzan ante un fondo azul. Cada amanecer es una fiesta. Después viene la noche, ideal para sumergirse en ella: las luces anaranjadas del alumbrado, los muros de ladrillo rojo. En el fondo, Nueva York es una ciudad con el color de la carne.
También forman parte de la ciudad la mugre, la dejadez, la edad de hierro improvisada y caduca, las diversas manifestaciones de la deformación tanto psíquica como física. Y también pertenece a ella el peligro. Ciudad brutal, no está hecha para los débiles y los enfermos. No es conveniente ir a un lugar donde uno puede comprobar con total lucidez la propia nulidad. Si uno va a Nueva York, constatará su nulidad. O bien constatará que es alguien. La ciudad te dice que te aceptes como eres. El éxito es tu éxito, el fracaso es tu fracaso. Es preferible el pecado oculto al esclarecimiento exagerado. La gente tiene la sensación de poder hacer algo por sí misma. No se muestran cautelosos cuando los escuchas y te cuentan, encantados, sus autobiografías. Son colegas serios, amistosos, de sonrisa benévola, un tanto inseguros, razonables y muchas veces muy eruditos, aunque no muy ingeniosos. No son particularmente dados a la ironía y se muestran respetuosos y siempre imparciales. Llegados a un punto, pierden el interés. Durante mucho tiempo sentí una nostalgia cualitativa de Hungría, donde el grado de humedad del aire me sienta bien y donde las estaciones se suceden con regularidad, con suaves períodos de transición. Me veía paseando por los bosques de Buda o por la orilla del lago en Ófalu. Me mantendría alejado de la política y pasaría los años que me quedaran rumiando idílicamente y dedicando el tiempo necesario a la literatura, pero sin olvidar los placeres terrenales. Aguantaría lo que aguantan los demás y viviría con prudencia, a mi gusto pero con tiempo para las meditaciones intempestivas. Un retiro así me daría una existencia y un texto más densos. Lo deseaba sobre todo en los bochornosos días de agosto. Tal vez había alguna manera de huir de Nueva York; de hecho, sin embargo, no existía tal escapatoria. Quería derrotar el clima. Mi cara se llenaba de tics nerviosos, tenía la frente bañada en sudor, me dolía el hombro derecho cuando levantaba el brazo, no podía respirar en la calle, me enloquecía el zumbido de los aparatos de aire acondicionado, me resfriaba por el continuo cambio de frío a calor y viceversa. Me sentía débil y tenía la sensación de que esta ciudad era perniciosa para mi cuerpo. Las letras se pusieron borrosas ante mis ojos y me vi obligado a tumbarme en la cama. Entonces vislumbré la Klauzál tér tras mis párpados entornados. Luego aparecieron imágenes del parque vecino, el Tompkins Park. Poco a poco se me fue el espasmo; las dos plazas se parecían y hasta rimaban. Claro que el hombre tiende a buscar nuevos blancos para su odio. Una fuerza se encapricha en nuestro fuero interno: esto no me gustará porque no es como lo que me rodeaba en la infancia. El clima es malo, la comida también y hay artículos en cantidad y de mala calidad. Capitalismo caduco, puro y duro; la altanería del hombre de la calle. Durante mucho tiempo rechacé Nueva York.
Al principio viví obsesionado por el mito de aferrarme voluntariamente al terruño, mito del que responsabilizo tanto a Kobra como a Tombor, y en parte también a Jeremiás. Era un siervo del Estado, más o menos como vosotros. Este mito también podría llamarse realismo nacionalista-socialista. Y yo no podía convivir serenamente con él. En los años sesenta, después de salir de la cárcel, cuando me preguntaban qué tal, yo contestaba que de maravilla. ¿Cómo que de maravilla? Pues sí, de maravilla. ¿Por qué? Porque vivo tranquilo. Después me rebelé. ¿Por qué diablos haces el papel de un viejo criado chino? Tienes pies y manos y las fronteras no existen. Anhelas las luces y el torbellino. La luz tiene la cualidad de unirse a otras luces. No se expande de manera uniforme por la llanura. Una metrópoli significa desafío, competencia, prueba de fuerza. ¡Demuestra lo que puedes en la pista libre! En las pistas de carrera de Budapest el vencedor y el perdedor ya estaban decididos de antemano, al menos en la época en que opté por el exilio.
Gente como nosotros crea la metrópoli, haciéndola llorar o haciéndola reír. Bajo a pasear y siempre se presenta algo digno de atención. Un hombre de color pronuncia un discurso de cara al arco de triunfo, pero carece de oyentes. Cuando escribo, me basta con llegar a la siguiente frase; cuando me paseo, me basta con llegar a la siguiente esquina. Aquí en el Village me he sentido más libre de las atracciones y rechazos emocionales de mi país que cuando estaba sumergido en él. Empecé a ver en él todo cuanto era digno de verse. Mi apartamento del Village era el primero que tenía una mezuzáh en la puerta, el primero desde mi infancia. La mezuzáh estaba pintada con color rojo de la puerta de entrada, cuyas cerraduras resaltaban por ser grandes y de bronce.
Parto del hecho de que toda manifestación humana significa trabajo y creación y es, en definitiva, un producto. Parto, además, del hecho de que toda obra puede juzgarse desde el punto de vista de su eficacia estética. Puesto que no sólo lo bello, sino también lo feo posee su propia estética, ¿qué no la posee? Pensemos, por ejemplo, en la estética de la banda de música que recibía a las víctimas, así como en el césped cuidadosamente cortado de Auschwitz. Quieras que no, aquí en la región del Danubio te ves abocado a ser un moralista. Sólo en Occidente puedes vivir libremente como un abanderado de la estética. Admito que las circunstancias más favorables para la práctica del moralismo se presentan aquí. Cada cual desea entrenar un órgano determinado. Hasta los moralistas más rigurosos quieren ser bellos. Tengo entendido que también existe una estética militar. Hasta la banca internacional tiene su estética. Incluso los crímenes, las desviaciones y los monstruos poseen su distintivo estético. Cuando éramos jóvenes, Kobra no quería aceptar este punto de vista. Comprendo sus argumentos de carácter sentimental, pero no veo con buenos ojos que eche a perder su hermoso pastel poniéndole una capa de moralina. La vida de los bandidos no es peor como tema literario que la vida de los santos.
En nuestros encuentros yo solía hablar mucho más. Generoso, renunciabas a gran parte de tu turno de palabra en mi favor. Doy las gracias a Melinda por organizar mis encuentros contigo. Desearía que tu atención no decayera hasta la madrugada. Melinda puede dormitar. ¿Qué tomamos, maestro? ¿Qué fumamos, maestro? Como ya te he relatado varias veces, amigo mío, el hecho es que mi casa quedó reducida a cenizas y que mi mujer se suicidó. Podríamos interpretarlo como una ruina. La libertad creativa pagada está bien, diría yo. Y está bien escribir un libro sobre Budapest, diría yo. Y está bien haber heredado el piso de mi madre. Y llevar dinero en el bolsillo. Y tener asegurada la renovación del permiso de residencia. Sin embargo, todo me resulta muy sospechoso. Aun siendo profesor universitario, aspirante a una jubilación y persona provista de carné de conducir y tarjeta Visa, todo me resulta muy, pero que muy sospechoso.
La distancia ha convertido en bastante esquemáticos los recuerdos de mi juventud en Budapest. Todo se encuentra enmarcado. De pronto, alguna figura sale del marco. Mientras yo vagaba por el extranjero, por ejemplo, Kobra sacaba las páginas escritas una tras otra de la máquina de escribir. Cada una de ellas tiene alguna cosa digna de ser leída, junto a otros descubrimientos que son fruto del common sense. Ese tío obstinado no para de hacer girar la rueda del molino. Ya podía contar con que mi llegada provocaría cierta emoción en el círculo más íntimo, pero ¿quién desea la emoción ininterrumpida? Esta ciudad tal vez no sea una cueva de ratón para mí, sino una trampa para ratones. ¿En esto consiste hacerse viejo? Kobra sonríe ante mis dilemas con la simpleza de los imperturbables. El pastor no abandona su rebaño. Los creyentes no dan mucho crédito al párroco fugitivo. Pero yo no soy un sacerdote, sino todo lo contrario: el antisacerdote. En cambio, no poseo una casa tan sólida ni un jardín como vosotros. La casa de Melinda tiene su propia fuerza y no admite el vagabundeo. Existe este viejo piso, en este viejo edificio, en esta vieja plaza. Estas casas se llenan de un trajín cansino. En este porche puedo entregarme a la senilidad familiar; en este porche, un hombre de mi edad pueda echar una mirada retrospectiva sobre sus mariposeos. ¿Sería éste el lugar idóneo para morir? Os ahorro el olor animal de mis crisis creativas. Resulta fácil hartarse de mis monólogos. Melinda protege a su familia, mientras Kobra protege su sueño, porque yo me acuesto de madrugada y él, en cambio, madruga. Estos burgueses de Budapest se levantan todos temprano. Dime, ¿no te has convertido en esclavo de tus costumbres? Si el furor literario se ha apoderado de ti como una compulsión vegetativa, ¿no deberías consultar a un médico?
Dragomán se halla en casa en cualquier punto del globo terráqueo, pero no está en su sitio en ningún lugar. El legado genético de nuestros padres es como cuando contemplamos extrañados el inventario de una herencia que nos ha tocado de forma inesperada. Tal herencia no depende de mí. Ahora bien, resulta realmente inaceptable que un factor que de hecho depende de mí —mi lugar de residencia habitual— pueda determinar mi modo de pensar. Así es. Si me preguntas si la mente ha de sentirse orgullosa, yo contesto que sí. ¡Ha de sentirse todo lo orgullosa que pueda! Sin embargo, esto no quiere decir que me ponga a cebar mis identidades. He constatado que quienes alimentan sus identidades buscan algún pretexto para presumir. No es tarea mía identificarme con algún concepto colectivo. Quien atribuye una identidad al otro le está poniendo esposas. Hablo muchas lenguas para prestar atención al lenguaje interior, al que no recurre a la lengua. El hábito no hace al monje.
Lo cierto es, queridos amigos, que el lugar idóneo depende de la mujer idónea. Tu lugar está donde está tu esposa. Tu lugar se encuentra donde tu señora se siente a gusto. Yo, sin embargo, no creo haber llegado de manera duradera a tal intimidad. Las cosas no se ponen más fáciles cuando mi querida consta como casada en el documento de identidad, casada con otra persona, con alguien que es mi amigo y que en ningún momento ha mencionado su intención de divorciarse. Los pescados y los invitados apestan al cabo de tres días. No obstante, Jeremiás me confió su legado y me pidió que organizara sus observaciones de tal modo que configuraran una obra con pies y cabeza. Seguramente sentía en su fuero interno cierta debilidad especial, la misma que yo siento. Los hacedores de fragmentos se reconocen. Las auténticas obras no provienen de gente como nosotros; no provienen de lúcidos parlanchines.
Te ruego, mi querido Dávid, que cuando llegue el momento arrojes mis cenizas desde el Lánchíd, el Puente de las Cadenas, al Danubio. Hoy se me ocurrió pedírtelo. Se me ocurrió, concretamente, porque acabo de tirar la urna de Laura desde el Lánchíd al Danubio. Yo era la persona más próxima a Laura y siento que tú eres la persona más próxima a mí. O sea, que habrás de asumir la tarea. ¿Por qué allí? Sé que la idea es de un gusto más que dudoso. No obstante, considero que ese punto fluido en el centro del Danubio constituye el centro estético de Budapest. Ofrece la mejor vista de la ciudad. El conde y el ingeniero tendieron un puente de una belleza sensual entre Occidente y Oriente. En mi opinión, el centro de Centroeuropa se halla en el centro del Lánchíd. Allí merezco ese sepelio tan absolutamente discreto. Mi deseo es que lo hagas solo. Recibirás la urna de la funeraria. Ponte, te lo ruego, el recipiente de porcelana bajo el brazo y dirígete en tranvía —¡en taxi no, por el amor de Dios!— hasta el Lánchíd. Prefiero ser esparcido por el agua que por el polvo y el fango. En el paquete estará todo cuanto ha quedado de tu amigo. Arrójalo con las dos manos a las olas y observa luego la imagen verde-grisácea. Me verás tumbado en una cama de agua. No deberás tocarme; me verás incluso con los ojos cerrados. Piensa en mí cuantas veces cruces el Lánchíd. En la soledad de tus paseos reconocerás que algo he aportado a tu saber. Sí, sí, Dragomán, el provocador. Lanza la pelota roja hacia arriba y la pelota no cae. Allí estamos en el Lánchíd, holgazaneando, errando, y desde allí nos arrojamos al Danubio. Desde abajo gritamos a los peatones que cruzan el puente y que no sospechan nada: cariño, ¿quieres venir a dar una vuelta turística por las profundidades? Emerjo del Danubio: ven conmigo, mi pequeño Kobra. Te observo desde debajo del puente, yo, Dragomán, el que se ha ido nadando hace tanto tiempo. No tirites, pequeño y reprimido erotómano. Yo te llevo, canalla, y no tienes ni la menor idea adónde. Te llevo al fango marrón. Tú perteneces a la tierra, yo al agua; tú al fuego, yo al aire. Por lo visto, amigo, te gusta vivir como una estrella. Si no como una estrella amarilla, al menos como una estrella negra bajo la estrella roja.
Todo esto, maestro, ocurre aquí en la superficie, a enorme distancia del lucero vespertino. Cuando miro, por ejemplo, desde la ventana de mi piso viejo y bombardeado, veo hechos distintos de los que se producen en la Leander utca, donde pueden transcurrir cinco minutos sin que pase nadie. Bajo a la Klauzál tér y no me aburro. Esto es lo que también me gusta en el Tompkins Park, sitio más popular que aristocrático, donde los domingos, sobre todo los glaciales domingos de invierno, reparten sopa gratis a los sin techo, en su mayoría negros, que hacen cola con la cacerolita en la mano. ¿Cómo es en Budapest? Quien carece de un puesto de trabajo, ¿sigue siendo considerado un gandul, un peligro público? Si no trabaja, deberá ingresar en un psiquiátrico. ¿Conque no tiene ganas de levantarse por la mañana? ¿Conque el trabajo le resulta aburrido y agotador? Gente así siempre acaba en algún recinto cerrado. Los sin techo del Tompkins Park no lo tolerarían y su sindicato armaría un escándalo de padre y muy señor mío. Por otra parte, sin embargo, los policías montados no deben hacer guardia aquí en la Klauzál tér para proteger la seguridad ciudadana. En cambio, en la Klauzál tér tampoco puede uno manifestarse contra el acorazado con misiles nucleares fondeado en el puerto. No es probable que uno pueda alzar la voz contra el propio ejército. Tampoco lo haría, desde luego, porque como es sabido Hungría no posee ni mar ni acorazados con misiles nucleares. De todos modos, el griterío interesa a muy poca gente en el Tompkins Park. Recordemos también que, en aras de la seguridad (con el fin de evitar cualquier alteración del orden), hay cuatro o cinco coches de policía dando vueltas por ahí y que basta una llamada por radio para que se presenten cuarenta o cincuenta más. La gente echa un vistazo a la octavilla… Sí, son los del Partido Comunista de los Estados Unidos. Un señor mayor, de aspecto simpático, las reparte con unas cuantas chicas y un chico que instala el altavoz. La Klauzál tér es otra cosa. Aquí no hace falta ni abrir la ventana, ni abrir siquiera los ojos, para ver cuanto ocurrió en este piso el día de Navidad de 1944. Soy el inquilino más antiguo del edificio. Cuando nací, el piso tenía cuatro habitaciones. Después de la guerra alojaron aquí a unos inquilinos. En los años sesenta mi madre consiguió dividir el piso y liberarse de los coinquilinos y del baño. Por eso tuvo que montar, ilegalmente, una cabina de ducha en la cocina.
Ocurrió a finales del 1944, o sea, cuando el piso aún contaba con cuatro habitaciones y la Klauzál tér era el corazón del gueto rodeado de una empalizada de planchas de madera. Uno de los jóvenes vestidos con ropa militar, con brazaletes y botas de cazador mató a tiros, en la sala de estar, a una joven judía que no quiso ir con ellos. También mataron a un anciano que se levantó y dijo, mientras se le hacía un nudo en la garganta:
—¿Os dais cuenta de lo que habéis hecho?
—A ver si os calláis, judíos.
Así replicó uno de los jóvenes después de matar al anciano. Recuerdo la sonrisita con que me comunicó, a mí, al testigo de los hechos, su satisfacción por lo que consideraba una ingeniosa lección práctica sobre los buenos modales. Nos callamos. El joven era tal vez un maestro nato y simplemente se había equivocado de carrera. Quién sabe, quizá lo era de verdad. Quizá era de esos que pretenden oír volar hasta una mosca y, mientras no se oye, se pasean por el aula sin mirarnos directamente, con la vista perdida y amenazadora. Tienen sus propios y radicales métodos y un humor oportuno. En eso, el otro joven señaló a mi madre. Todos la miraron.
—¿Puedo pedirle que no me mate aquí, delante de mi hijo?
La cogí de la mano.
—Quédate.
Nos quedamos cogidos de la mano, sin despegar los ojos de ellos. El que acababa de disparar dijo:
—Si no quiere, déjala. No fuerces al judío a disfrutar de la matanza del cerdo.
Así es, mejor no hacerlo.
En torno al Parque Tompkins vive toda clase de gente, toda clase de lunáticos. Sería una ardua tarea enumerar los tipos de locos que frecuentaban la zona. Sin embargo, entre ellos no puede ocurrir ni pudo haber ocurrido algo así. Éstos no pueden decir que es preciso matar a aquéllos. No encontrarías comprador para tal clase de discurso. No obstante, puede ocurrir que abras la puerta exterior de tu edificio y te dispongas a abrir la interior con la llave que has sacado del bolsillo y sientas a través de tu chaqueta de cuero sendas puntas de cuchillo que se te clavan, por la izquierda y por la derecha, debajo de los omóplatos. Desaparecieron mi dinero, mi cartera y mi fiel pipa; no obstante, los tipos no se percataron, por fortuna, de mi pluma preferida, guardada en un bolsillo especial. Sin embargo, me siento más seguro en el Tompkins Park, donde todas las naciones organizan bailes callejeros los domingos por la mañana y todos bailan a su manera al son de la música de otro pueblo. Dame la botella que así evitaré pedirte una copa tras otra. Cuando esas imágenes emergen de los rincones del pasado cubiertos de telas de araña, me entran ganas de beber.
Dragomán tocó viejas piezas de jazz para Kobra en un bar de la costa. El público los rodeó poco a poco. Las conversaciones callaron, mientras Dragomán improvisaba al piano. Quién sabe por qué bebieron gran cantidad de café irlandés, tal vez por efecto de la luz del sol de la tarde. De pronto sintieron al mismo tiempo que era el momento de salir y de tumbarse en la playa. Los despertó el murmullo de la marea. Había ahí cerca un muelle largo de madera vieja. Era obligado atravesarlo corriendo y lanzarse al océano, a pesar de que empezaba a refrescar. Después de nadar un buen rato, el terror se apoderó de ellos simultáneamente. El oleaje se intensificó y la costa no se veía por ningún sitio. Tardaron en volver a la playa. Jadeando y tiritando de frío regresaron a la franja de césped de la costa, a la luz de la luna. Una risa incontrolable hizo presa en ellos, una risa cada vez más parecida al llanto. Se sentaron uno frente al otro, apoyando los codos en las rodillas. En tono ceremonioso, se perdonaron todo. Ya habían adquirido cierta práctica en los últimos tiempos. Se regalaron una gran cena a base de pescado y después regresaron al bar, donde acompañaron el whisky con cerveza de malta y lanzaron hasta la extenuación los pesados dardos de cobre contra el blanco de corcho.
Dragomán declara que sólo al borde de la fosa común estaría dispuesto a pronunciar la palabra «nosotros». Que sí, que tal vez se identificaría con quienes murieran tiroteados al borde de una fosa. Pero, de no ser así… ¿por qué identificarse con cualquier tipo de la calle? ¿Por qué con éste sí y con aquél no? Las calles europeas se parecen tanto vistas desde la lejana Norteamérica, desde la interminable América del Norte con sus casas unifamiliares y ajardinadas, que funciona y a la que le gusta funcionar. Vistas desde allí, se parecen tanto estas calles entre Lisboa y Budapest, calles eclécticas construidas a finales del siglo pasado y a comienzos de éste. Y en las calles parecidas, tipos parecidos en los cafés. Dragomán considera sus odios una cosa folclórica. En el fondo, ser cosmopolita y emigrante viene a significar lo mismo. Significa, entre otras cosas, que no se toma a pecho la política local. En la esquina del Tompkins Park su destino no depende de la victoria de este o de aquel candidato a presidente. La política no se encuentra por encima de él, sino a su lado, en la televisión. El gobierno no lo obliga a interpretar papeles absurdos y no lo coarta en nada. Un político ha de decir frases que gusten a su público. Cuanto más originales tus frases, tanto más escasas tus posibilidades como político. Esto no sólo vale para la dictadura, sino también para la democracia. El valor literario de un discurso reduce su valor político.
En otoño de 1956 me quedé aquí, en Budapest. Pensé: controlarán mi cuerpo, pero no mi mente. Por supuesto que también controlaron mi mente. Cuando los amigos salieron de la cárcel (con una o dos excepciones que, siguiendo la moda de un régimen anterior, fueron enterrados en tumbas anónimas) y empezaron a brotar los capullos de la consolidación, consideré que ya era hora de largarse. Ya me conocía ese gran invento llamado estatalización, del derecho y del revés. Ya no deseaba ser interrogado en el futuro. Consideraba el hecho de que rechazaran continuamente mis textos por consideraciones político-semánticas un síntoma del subdesarrollo, similar a la elevada tasa de mortalidad infantil. Lo dije en una reunión de la Asociación de Escritores. También se lo dije a un periodista inglés con el que me encontré por casualidad. Lo dije a mis compañeros de mesa en el café, entre los cuales había algún que otro confidente. Como respuesta, dejaron de publicarme. Comprobé que la aplastante mayoría de mis conocidos toleraba el control político de su vida ciudadana. Al comparar la manera de hablar de mis amigos antes y después de mi ingreso en prisión, comprobé también que los hombres amoldan el pensamiento a su adaptación práctica. En los años sesenta, los numerosos ahorcamientos y encarcelamientos aún estaban presentes en las conciencias y nuestras cabezas aún se resentían de los golpes con las porras.
Por aquel entonces todavía no existía una solidaridad disidente ordenada y pública. Existían los amigos, desde luego. Yo me instalé en una postura sobria de defensa de los derechos civiles. ¿Por qué no puedo salir en cualquier momento de donde vivo si puedo pagarme el viaje? ¿Por qué no puedo hacer imprimir cualquiera de mis ideas? ¿Cómo es posible que me espíen y me clasifiquen? Por el mero hecho de vivir aquí me veo obligado a depender de por vida de las calificaciones de un superclaustro. Me sentía degradado y abandonado. Tenía que encogerme para poder seguir existiendo. Un coche me llevó rápidamente a la célebre Gyorskocsi utca, y allí me tuvieron durante meses; y aunque el tribunal retiró la acusación de incitación a la rebelión contra el Estado, un coronel me dijo, cuando me liberaron, que bajara el gallo si no quería tener más problemas. Presentí entonces que aquí dentro no lograría ser un ciudadano libre en un plazo prudente. Y pensé que no era un topo para esconderme bajo la superficie de la madre tierra.
Por lo que oigo, aquí en Budapest lo que le va a la gente es la infelicidad y un ligero sentimiento de odio hacia todo. El fenómeno también se detecta en los libros y en las películas. Vosotros aquí consideráis humana la relación trágica con la vida. La trampa. La ratonera de la que no hay escapatoria. En el mejor de los casos, la crisis que no tiene remedio. De haber estado mis alumnos norteamericanos en la piel de Joseph K., se habrían marchado ante la posibilidad de una detención simbólica; ellos no entienden cómo el hombre puede quedarse en el lugar para demostrar sin esperanza alguna su inocencia ante un tribunal fantasma. Ellos, desde luego, se habrían largado enseguida a los Estados Unidos. «¿La cosa no funciona?», pregunta el norteamericano. «Pues algún fallo se habrá deslizado en la mente y habrá que agarrar el asunto por otro lado». «¿La cosa no funciona?», pregunta el buen centroeuropeo. «Es, por lo visto, nuestro destino. Que siga la juerga, amigos, pese al disgusto, que la cosa no funciona. No funciona ni adelante, ni detrás, ni por la izquierda, ni por la derecha, ni por el centro, no funciona ni así ni asá, ¡la madre que la parió!». Donde los norteamericanos hablan de fallos, vosotros decís: fatalidad o bien… estructura.
El impresionismo y el cubismo, el marxismo y el psicoanálisis, el surrealismo y el estructuralismo son fenómenos que nada tienen que ver con la comunidad nacional o estatal. Sólo se relacionan con dos docenas de personas que se reúnen en diferentes grandes ciudades. Es algo característico de los profetas protestar contra Babilonia desde el punto de vista de Jerusalén. En Babilonia hasta la prostituta está al servicio de Babilonia. Soy hombre de las urbes. Me siento a gusto donde estoy. En Nueva York puedo patinar y cantar en la calle. Vivo de pensar en escritos y prólogos sobre cosas que me interesan y mis libros se encuentran en algunas librerías. Cuando llamo por teléfono, no pienso en la posibilidad de que estén interceptando mi conversación. Miro por la ventana y siempre veo algún avión surcando el cielo. Bajo a la calle. Bolsas de basura negras; negros cortando una vieja alfombra de color negro. Una mujer negra de labios muy rojos cuenta alguna historia interminable a una mujer indigente apoyada en un bastón. Hace frío. El gordo dueño de una tienda de artículos de segunda mano está sentado ante su negocio, envuelto en ropa cada vez más gruesa, y lee el periódico. Un joven negro sentado en un banco al lado de un club nocturno mira al vacío, empuja su gorra blanca hacia atrás y fuma un porro con total tranquilidad. En el antepatio de la universidad se ven neoyorquinos vestidos con sencillez y comodidad. Parejas de universitarios pasean cogidos de la mano, reflexionando, explicando, charlando. Oscurece y una luz aterciopelada, de color entre rojizo y amarillento, ilumina la ciudad. En el solar vecino, chicos puertorriqueños bailan apoyándose en la cerviz y en los talones y levantando la cadera para formar un amplio arco. Una verja de hierro forjado y prostitutas sentadas en los escalones. Saludo a chinos y a ucranianos, a polacos y a mexicanos, a alemanes y a judíos, a blancos y a negros, a amarillos y a pardos. Corren, acompañados de grandes perros, los hombres de bigotes amariconados, vestidos con chándales rosados, provistos de auriculares en las cabezas, de anoraks de colores chillones, de gorros con viseras. En mi piso conviven ratones y cucarachas. Salgo del supermercado de la esquina. Soporto cada vez menos el olor a desinfectante. Comida basura, cara, pero de muchos colores. En el bar, hombres solitarios apoyan los codos en las mesas y miran a monstruos con enormes hombreras en la televisión. Familias judías presurosas con hijos; latinoamericanos bigotudos y regordetes con más hijos todavía. Una casa tiene un armazón de hierro y se apoya en pilares de hierro. Una cáscara de naranja pisoteada; resbalas, no, esta vez no te has roto una pierna. Una niña marca el compás con una cuchara de madera en una cocina. En este aparcamiento suelen atracar a la gente; en aquel restaurante chino puedes comprar platos buenos y baratos para llevar a casa. Un muchacho negro, musculoso, con casco de cuero y con una cinta de cuero claveteada en la muñeca. La acera con bordillo de hierro. Tomas de agua macizas, de acero fundido, pintadas de rojo para los bomberos. La acera está remendada a cada paso con alquitrán y asfalto. Objetos sólidos, contundentes, improvisados, fiables.
La estrella de Occidente colecciona secretos para poder venderlos. Quien no se anuncia es un mal jugador. ¿Qué le reprochas al Olimpo de las estrellas y al politeísmo que las inspira? Es la religión democrática. Una empresa va por buen camino si cuenta con posibilidades de éxito. ¿Por qué no nadar con la corriente? ¿Por qué ponerse tenso? ¿Por qué no te dejas llevar por la corriente? Cuanto más cambiante la mariposa multisexual, tanto más duradera. ¿Existe mayor justificación que ser una persona solicitada? Muchos quieren comprarte, contemplarte, llevarte a casa. Muchos quieren acostarse contigo. Muchos quieres participar de ti, tocarte, desgarrarte, comerte. Es la bienaventuranza. En un plano ideal, la estrella deja de existir. La han comprado y le han sacado hasta el último enigma. Es la realización. ¿A quién le importa que la estrella antes fuera así y que ahora sea asá? Eso sólo demuestra energía, capacidad de hacer virajes bruscos y, por tanto, de renovarse. My dear Kobra, tú con tu fidelidad eres un zoquete anticuado. Claro que también se puede vender la idea de que sabemos lo siguiente: perderemos, pero habremos jugado la partida hasta el final. El inglés ha adoptado pocas palabras del húngaro. Sólo dos: húsar y chacó. O sea que, chicos, ¡como buenos húsares, a arremeter con el sable contra las ametralladoras! Es un folclore histórico que se puede vender, exotismo oriental como los cuentos de los samuráis, pero vosotros no cobraréis por él. Vuestras caras aún no han aprendido a brillar cual anuncio publicitario. Sois anticuados, queridos míos, y pudorosos. Os aferráis a la idea de que no sólo existe el lenguaje del dinero. Tengo la impresión de que tomáis demasiado en serio esas cuestiones europeas: quiénes somos y qué somos. En Norteamérica no interesa mucho si uno proviene del Oeste o del Este europeo (mejor dicho, y perdonadme el lapsus linguae, de la Europa Central y Oriental), hasta qué punto uno es húngaro y hasta qué punto uno es judío. En esa ciudad sucia y loca, la gente es lo que puede ser. La gente llega hasta donde le da el cuero. Allí, la ciudad piensa en la administración como en un estado de provisionalidad controlada. Tú, en cambio, señor profesor, piensas, sobre todo, en que te gustaría considerar el gobierno un estado de provisionalidad controlada. Como dicen los ingleses: it’s not good enough.
Un adulterio muy burgués
Dragomán sobrevivió a una explosión; la pared no se le cayó encima. En un accidente de coche no estaba sentado en el lado donde se produjo el choque. Una teja cayó desde un quinto piso delante de sus narices, a no más de un brazo de distancia, y no le dio porque Dragomán acababa de darse la vuelta para mirar a una mujer. Un automóvil casi lo atropella, pero su amiga, a la que acababa de conocer un día antes, lo retuvo. Dragomán recibió un extraño paquete; presintió que era una carta bomba; primero la apartó y trató de ahuyentar su extraño presentimiento. Después empezó a elucubrar una trama relacionada con una carta bomba. Finalmente sacó la carta del montón, le sonrió y llamó a la policía. Morirás como un cerdo, dijo en húngaro una voz susurrante por teléfono en Nueva York. En las fronteras suele vivir situaciones desagradables; los aduaneros suponen que lleva algo y efectivamente encuentran un trocito de hachís. Una vez le ocurrió en Turquía. Lo encarcelaron y lo condujeron a una isla. Primero hizo negocios y luego huyó a nado. Logró subir a un barco pesquero griego. Su gobierno no hizo nada por él cuando se enteró de que el asunto estaba relacionado con estupefacientes. Se liberó y en el primer bar de Nueva York, en el que entró por mero azar, tuvo que tirarse al suelo detrás de la barra porque dos segundos más tarde iba a empezar un fuerte tiroteo. La policía sospechó que estaba implicado, pues debía de saber del inminente tiroteo; el camarero afirmó que cuando Dragomán buscó donde ponerse a cubierto, aún no había pasado nada de nada. ¿Qué explicación podía dar a tan extraño comportamiento?
Dragomán siempre prestaba atención a cualquier anuncio relativo al porvenir.
—¡Que me traes mala suerte, pájaro de mal agüero! —le dijo Cheryl, su amiga.
Tampoco le cayó bien que la policía irrumpiera en el estudio de Dragomán en París y lo encontrara allí con una menor de edad, por lo que fue acusado de pedofilia. Catedráticos universitarios intervinieron para conseguir su libertad y hasta el presidente de la república estaba al tanto del asunto. Dragomán pudo marcharse de Francia, pero se le dio a entender que no querían volver a verlo. Se fue con Cheryl a una luna de miel reconciliatoria; una vez los atracaron y otra vez quedaron atrapados en un huracán. Cheryl se despidió llorando a moco tendido de su demonio sonámbulo.
—Honey, las catástrofes estallan a tu alrededor como petardos.
Después de la ruptura, Dragomán se sentó en el Bradley’s Bar de la Quinta Avenida y se tomó trece Jack Daniel’s sin soltarse la corbata, mientras decía:
—Lo que quiere esa chica es una agencia de seguros.
Pidió un presupuesto a Murder Incorporated: ¿por cuánto dinero estarían ustedes dispuestos a asesinar a John Dragomán, el célebre crítico? Pidieron un precio muy alto, lo cual le complació. Por treinta y cinco de los grandes lo habrían liquidado; poseía justo esa cantidad. Sería interesante comprobar si conseguía huir. O incluso mandar al pobre asesino a sueldo al otro barrio. La muerte no implica nada malo, pero el suicidio no tiene más gracia que hacerse una paja. ¿O sea que el ser humano ya ni siquiera puede contar con un asesino como Dios manda? ¿Uno que aparte de querer la pasta tenga también algún motivo para cargarse a Dragomán? Porque ¿qué clase de hombre es aquél al que nadie quiere matar como es debido, que ha de pagarse su propio asesinato? A Dragomán se le iluminó la cara cuando oyó decir que alguien era su enemigo. Hay que darle al hierro mientras está caliente. O sea que enseguida llamó por teléfono al supuesto adversario y lo insultó en tono socarrón y sin miramiento. Había que motivarlo, claro. Desde luego, los treinta y cinco mil dólares que Murder Incorporated pedía por sus servicios se podían gastar de muchas maneras. ¡Los pobres diablos lo tienen mejor! A un tío insignificante se lo cepillan por diez mil. Entonces, ¿por qué no montar una fiesta en Hungría por ese dinerito?
La madre de János Dragomán fue enterrada en ausencia de su hijo. En esos días precisamente János había desaparecido y recorría Galilea a pie. Mientras se bañaba en el lago Tiberíades decidió quedarse. Nadaba por el centro del lago, por motivos de seguridad, por temor a que un francotirador apostado en los altos del Golán eligiera su cabeza como blanco. Dragomán se sintió invadido por una inmensa sensación de calma. El resplandor azul oscuro del agua, el fondo del lago bajo el agua transparente y las cimas de las montañas coloreadas de rojo por la luz del sol le hacían sentir un estado de levedad como en un sueño. Ahora todo saldría bien. Ahora dos peces y dos panes serían suficientes para todos. Ahora el alma tendría más poder que el cuerpo. Dragomán creyó comprender por fin la parábola de la Última Cena. Ya que el hombre entristecía a los discípulos con su despedida, al menos dejaría una buena nueva. El joven aún desconoce la trascendencia de su asesinato para la historia de la humanidad, pero sí sabe que cuanto ocurre en el Monte de los Olivos ya es sabido en la plaza del templo. La opinión pública está preparada y los reflectores se encienden. El joven ofrece su vida a la ley paterna con la misma dureza con que la ley paterna se la quita. A través de sus gafas submarinas, Dragomán contemplaba las arrugas de la arena y los reflejos temblorosos de la luz en medio del sofocante calor azul a una altura bajo el nivel del mar.
Lo invitaron a Jerusalén a un seminario sobre narrativa, a París para dar una conferencia sobre la identidad europea desde la perspectiva norteamericana y a Amsterdam, donde hubo de pronunciar un discurso titulado La gran ciudad y la cultura, cuando Amsterdam fue nombrada capital cultural de la Comunidad Europea. Vuelos cortos. Dragomán, el autor de moda, se mueve por todas partes, se vuelve cosmopolita y se aficiona al nomadismo. Una vez se abrió la urna de Laura en su maleta y una parte de las cenizas de su esposa ya no pudo ser rescatada. Los húngaros acuden en creciente número a Nueva York y todos procuran ponerse en contacto con Dragomán. En su patria ya empiezan a mencionar su nombre en las publicaciones y a sentirse orgullosos de él. Un joven lo llamó desde Budapest para pedirle una entrevista para la radio húngara. Te arrastras de continente en continente… A más vueltas, más superficialidad, diría Laura.
En el hotel ya lo esperaba el informe de Kobra sobre el entierro y las llaves de la casa. Tu madre dijo: que mi hijo venga a casa y que viva aquí. Y que duerma en mi cama. ¿Por qué no voy a dormir durante unas semanas en la cama de mi madre? La madre de János murió con su camisón más hermoso, sobre una almohada de damasco bordada. Se ató la quijada de antemano con un pañuelo de muselina, pero cuando la encontraron tenía los ojos cerrados. Dragomán recibió una foto de su madre, en ese estado. La fotografía fue realizada por el médico del distrito que había sido avisado en primer lugar por Amália, la vecina. Amália también tenía una llave del piso. El médico sacó una cámara Polaroid de su maletín, y cuando Fáni cobró vida o, mejor dicho, muerte en la placa, el médico dijo inclinando la cabeza con respeto y hasta cuadrándose un poco:
—Estimada señora, ninguno de nosotros podrá inventar cosa más macabra que ésta.
Resulta que el médico y la madre de Dragomán competían en quién era capaz de contar al otro la historia más macabra.
Al subir por la escalera de su vieja casa se encontró con una dama de mediana edad con la que otrora jugara, pero como ella no lo reconoció él prefirió no abordarla. Con la llave que tenía en el bolsillo consiguió abrir la puerta con suma facilidad. Recorrió el piso, abrió las ventanas y se sentó en la ancha cama de su madre, cubierta ahora con una manta de piel de camello. Volvió a ver el retrato de Döme Dragomán, letrista de canciones de moda y pianista de jazz, acodado en su piano con la mirada perdida. Demasiadas cosas rodean aquí a uno. Cuando János Dragomán se acostumbra al piso como el pie al zapato, no tolera la plétora de objetos en la vivienda. Invita a las chicas para que hurguen entre las blusas de seda y las combinaciones de su madre. Hasta en los peores años de Rákosi, Döme conseguía hacer traer cosas finas de París para Fáni. Tantos eran los clientes que iban al bar y que escuchaban embelesados la música de Döme Dragomán. De él quedaron algunos discos y cintas magnetofónicas. Fue uno de los mejores pianistas de jazz húngaros, cuando se concentraba.
—Ahora lo tiras todo. Es como si te tiraras de tus propios pelos —dijo Melinda.
Preguntó a Dragomán que por qué no había vuelto a visitar su patria en todo ese tiempo.
—Seguramente podría haber vuelto y no habría tenido mayores problemas. Pero si puedo volver a casa con comodidad, dejo de ser un emigrante y me convierto en un ciudadano húngaro residente en el extranjero que, como ya lleva mucho tiempo en el exterior, también puede vivir un rato en el interior. ¿Por qué no emigrar a Budapest? Si ahora me jubilara en la Universidad de Nueva York y de allí me mandaran mi modesta pensión, podría vivir tranquilamente en el piso de mi madre. Nadaría al amanecer, trabajaría en casa por la mañana, bajaría a almorzar al mediodía, daría un largo paseo por sinuosos recorridos hasta llegar por la tarde a la torre de Jeremiás, desde donde bajaría al piso inferior y aceptaría encantado tu invitación a tomar un té. Júzgalo tú misma, ¿qué es lo que más necesita un ensayista radical? Pues una modesta, pero segura renta vitalicia. Si me instalara aquí, no tendría que mover un dedo para conseguir dinero y podría ser un Oblomov de Budapest, un personaje ocioso, parlanchín, vagabundo y asiduo de los cafés.
Una copita de ron quizá le vendría bien al té. Una pizca de Assam, una cucharada llena de té ruso ligeramente sazonado con una esencia china ahumada. En la cocina algo desordenada de su piso en la Klauzál tér, Dragomán prepara la composición de la tarde extrayendo pizcas de té de diversas y hermosas latas. En sus dos maletas siempre lleva hojas de té y una pequeña tetera de barro. Obliga a elogiar largamente su preparado, no se contenta con simples fórmulas, hay que saborear la personalidad de la mezcla. La tisana parece un oscuro narcótico, aunque la aristocrática mesura y la imperial autoridad también pueden nutrirse de ella, digo yo, Melinda Kadron. A lo cual János Dragomán cita el refrán aquel que dice que cuando el maestro enseña la luna, el tonto mira el dedo. Dragomán afirma que el tonto es él, con lo cual pretende expresar que me mira a mí. Ya me he dado cuenta. Tocan el timbre. En buen momento. El médico del distrito:
—Yo, saben ustedes, tenía un acceso privilegiado a la estimada señora, por mi profesión —dijo el médico—. Todos estos viejos que viven a mi alrededor son bastante macabros. La querida madre de usted, señor profesor, fue una mujer hermosa y de un humor insuperable hasta en el día de su muerte.
Por fortuna, el médico se marchó enseguida y Melinda se echó sobre la manta de piel de camello durante diez minutos. Mientras, Dragomán desconectó el teléfono. Descarado adivinador de pensamientos, intuye cuanto hay detrás de las palabras de Melinda y se entretiene con sus segundas intenciones.
Hay una fotografía de los últimos días de la madre de Dragomán; muestra sus pupilas enormes y su mirada brillante. Cogía a los niños de la mano en el patio y los llevaba a bailar a la plaza. Una vez a la semana, el masajista había de complementar los masajes con una terapia sexual. A cambio recibía unos honorarios adecuados. La madre explicaba por carta a su hijo, de manera sumamente prolija, los motivos por los que solicitaba un aumento de la asignación mensual. Si renunciara a ese servicio periódico y me dejara llevar sólo por mis caprichos, te saldría más cara, exponía ella. Amália, la confidente de mi madre, contó que no daba ni siquiera la mitad del dinero al joven. Prefería ir con ella a cenar a un buen restaurante. Estaba perfectamente informada sobre los sitios donde mejor preparaban tal o cual plato en la ciudad.
—Sabes, Amália —decía Fáni—, sólo se puede comer a gusto con un marido viejo o con una amiga. Hemos enterrado al viejo marido y no me gusta sorber la sopa, masticar ruidosamente, ni lamerme los dedos en compañía de un nuevo novio. Tú, en cambio, no te molestas por todo esto. Incluso entiendes de estas comidas. Valoro mucho, querida Amália, la capacidad analítica de tu paladar. Así sólo comen los expertos.
Mamá sabía mucho de estas cosas, porque siempre observaba con atención cómo comía la gente. El arte más importante es del movimiento, decía mamá. Se instalaba en el sillón con agilidad y eurítmica perfección.
¡Chulo, tunante, hijo de puta! ¡Déjame salir de tu caverna! En defensa del dueño de la casa y raptor de mujeres, sea dicho que su armario contenía una selección de licores sólo limitada por el espacio. Tal vez el año próximo ya no estemos aquí; tal vez el año próximo estemos haciendo cola ante la cárcel de presos preventivos con bolsas para nuestros maridos y entonces yo llevaré dos bolsas. Dragomán pregunta:
—¿Quieres un poco de caldo? ¿Un trozo de cuarto trasero o de pierna de cordero, un trozo de esos que se deshacen en la boca? ¿Quieres que te prepare un solomillo a la plancha?
Sólo hay una persona cuyas comidas me gustan casi como las mías. Tú, bribón. El vil seductor me obliga a comer y a beber. Allí en la plaza está el mercado, está la bodega kosher, allí están en la esquina los pasteles rellenos de queso fresco y los recipientes con merengue y crema de vainilla, y tú te dedicas vilmente a engordarme y a relajarme. Devuelves la inocencia a las pobres y mortales chicas. Porque sospecho que, tras los ojos entornados, tu mente a veces vaga por otros sitios. La escena, por repetitiva, proyecta una sombra de duda sobre la atención de mi seductor. Antal es peor todavía. Los hombres están cada vez más entretenidos. Contigo es un poco diferente, porque en nuestro vínculo aún queda algún vestigio de relaciones jadeantes. La rabia, el placer, la agonía… hay tantas cosas que nos hacen jadear. En un cóctel, por ejemplo, nadie acostumbra jadear. Así como no se puede quitar la sangre de una toalla, tampoco se puede hacer desaparecer el olor a sangre del aire de una escalera. Las manchas de sangre acechan en el parqué de casa.
En la Leander utca aún no han matado a nadie ni se ha suicidado nadie. Allí sólo la muerte natural se ha cobrado sus víctimas sin prisas. Hasta el momento, en esta casa todo el mundo ha destacado por su longevidad. La gente prefiere huir de allí, porque todos huyen de la propia bienaventuranza. János dijo a Antal:
—Vamos a ver, yo no quiero quitarte a Melinda. No pretendo robar la propiedad de otro. No soy un salteador de caminos. Yo sólo desearía ser un simpático y ya no tan joven amigo de la casa. No seas tan reprimido, chico. Deja que Melinda suba a veces a hurtadillas a verme, que no te estamos quitando nada.
Ahora mismo estoy subiendo a hurtadillas. Cuando Dragomán se encuentra en la ciudad, mis pies me conducen hacia su casa y yo subo en ese lento ascensor por el hueco de la escalera de mármol color carne. Es el habitante más antiguo del edificio. Dragomán se acerca por el largo pasillo. Los vecinos observan mis visitas. No soy particularmente popular entre la población femenina del edificio. Una vez me perseguía y yo huía de él; todo el mundo lo vio correr detrás de mí, descalzo y en pijama. Aun así me lo echaban en cara. Dragomán me hace pasar. Parece celebrar mi llegada agitando el brazo. Es escandalosa su manera de sentirse en casa; pone los pies sobre el brazo del sillón, como si el sillón sólo hubiera esperado ese gesto. Una hora más tarde se apodera de mi cuerpo tal calma desde las plantas de los pies hasta las raíces del pelo que el pequeño chubasco posterior a los truenos y relámpagos me parece de auténtica magia. Mi padre lo llamó a mi lado; Dragomán está cumpliendo una misión y, la verdad sea dicha, la cumple a conciencia.
Cuando los hombres mencionan la poligamia, nunca he podido estar de acuerdo con ellos. No obstante, la idea de la poliandria siempre ha gozado de mis simpatías. El funcionamiento de este ménage à trois siempre ha sido responsabilidad mía. Esta fórmula aligeraría los remordimientos de conciencia de Antal por su poca presencia en casa. Contaría con un sustituto. Los hombres grandotes y famosos como él imaginan que donde ellos no están la tristeza se expande. Mientras ellos se divierten nos compadecen terriblemente por su ausencia. Los niños quieren a Dragomán y no les gusta que yo mienta. Registran la mentira con mucha más sensibilidad que Antal. Podría dar la lata a Dragomán, podría regañarlo en vez de regañar a Antal, podría montarle escenas de histeria, podría descubrir un escándalo tras otro, y él no sólo me consolaría sino que también me haría reír. Me acompañaría al mercado, llevaría la cesta de la compra, pelaría las zanahorias y las patatas y valoraría en tono de experto la conjunción de mi oreja, mi sien, mi moño y mis mechones sueltos mientras cocino. Dispensaría elogios matizados a mis platos y no los devoraría murmurando con la boca llena:
—Está bueno, buenísimo, cariño, nunca he comido cosa tan rica.
Antal no suele desarrollar mucho ingenio en sus cumplidos. Pronto festejaremos los dieciocho años de casados. Podría trabajar tranquilamente en Ófalu, tallaría la piedra y, cuando quisiera una mujer, montaría en la bicicleta e iría a ver a Franziska. Lo cierto es que sus acercamientos amorosos se hacen menos frecuentes a pesar de que mi deseo no ha decrecido. Sólo aumenta mi sospecha de que a mi marido le importa cada vez menos mi culo. Sonrójate, diario mío. Antal incluso se permite tirarse enormes pedos en mi presencia.
Si nos ciñéramos exclusivamente a la relación de fuerzas, Antal aplastaría a János. Sí, suele mencionar con sentido del equilibrio aquel directo con la izquierda con el que Dragomán lo mandó una vez al suelo en la clase de 6.º A de la escuela secundaria. János lo corrige:
—Sólo le di en la quijada. La cabeza de Antal se sacudió un poco, sus ojos se iluminaron con un brillo especial, dio un paso hacia mí y yo no me defendí. Puso la mano en mi hombro: ha sido un golpecito muy majo, dijo.
János suele golpear el pecho de Antal en broma:
—¡Vaya bestia! ¡Vaya animal! Ojo, muchacho, ¡que te rompo las costillas!
Mi marido irrita a los más frágiles con su enorme cuerpo. Gente totalmente extraña le busca las cosquillas y luego trata de congraciarse con él. En los largos años de nuestro matrimonio a veces he aprendido a creer que, bajo un quintal de peso, un hombre no es del todo un hombre, sino tan sólo un adorno del árbol de Navidad.
En los meandros de mi Leander utca deseo a mis queridos lo que me deseo a mí misma. Un millar de personas de por aquí estamos todas emparentadas, como quien dice, ligadas por lazos de amistad, de amor, de negocios o de política, de tal modo que la pandilla también podría llamarse un clan, una gran familia, una nación. Es pariente de sangre la persona con la que te has acostado. Es también tu pariente la persona con la que tienes o has tenido un amante en común. A través de Antal me he emparentado con gran número de conciudadanas.
Un año después de su llegada, Dragomán ya se había implicado bastante en la realidad local, cosa esta que me satisfizo bastante. Descubrió un sinnúmero de caminos entre la Klauzál tér y la Leander utca. Pasaba las tardes en mi casa; yo lo veía hacer, leer, conversar a veces con Ninon, una oyente de cuentos tan atenta que hasta obligaba a callar a los adultos a su alrededor. Yo también había sido una de sus atentas oyentes, quizá más incluso que ella. Las buenas oyentes también suelen ser buenas amas de casa. Mastican con minuciosidad y palpan los sabores de la comida con la lengua; son mujeres que cocinan bien, que huelen bien y que tienen buen gusto. Saben perfectamente que la palabra no siempre tiene que hacer ruido.
Sé, cariño, que ya quisieras largarte porque esto se te ha vuelto un tanto estrecho. En tus sueños fantaseas con el encanto del desierto y con autopistas de ocho carriles. Así como con el calor que se te echa encima cuando sales del Oldsmobile con aire acondicionado. Un amanecer te despertaste de golpe: si puedes volver a ver la estatua de la Libertad, apoyado en la baranda del Battery Park, te habrás salvado y nunca más dejarás la isla de Manhattan. Ahora, sin embargo, estás en la galería acristalada de mi sala de estar, leyendo El viaje de Mozart a Praga de Eduard Mörike. A la lectura se suma como complemento un aguardiente de pera más que aceptable. Es como si este rincón de lectura hubiera sido creado para ti por el ama de casa; hasta cuenta con un taburete para apoyar los pies. Junto al sillón hay un estante en que el lector encuentra al alcance de la mano un vaso, un cenicero y los utensilios para la pipa. Así como los libros que deseas hojear. El ama de casa deja en paz a su invitado y no pide que la entretenga. Se contenta con unas gotas de discurso masculino y prefiere leer o hacer alguna cosa. Antal quiere rodar una historia parecida a la nuestra en una casa parecida a la nuestra. Está eligiendo entre varias casas con jardín, cuyos dueños estarían dispuestos a alquilarlas por una buena suma a los estudios de cine. Necesita una exactamente igual a ésta, pero desde luego no quiere que los actores actúen en su propia casa.
El mundo no es lo que soy yo, pero sin mí tampoco es el no-yo. El perfil de Antal también puede describirse como una estrategia. Alcanza el éxito por su perseverancia. No hay en él ni rutina ni cálculo. Antal probablemente encontró su sitio y su camino de bebé. Las veces que ha recibido golpes, se ha levantado. Es más hábil que torpe y sabe defenderse. Un hueso duro de roer. Todos lo somos. Los gobernantes tosen, pero no pueden tragarnos ni quieren escupirnos. Antal es consciente de que lo saben todo sobre él y que podrían quitárselo todo. Pero puede que esto también haya acabado. Se está produciendo la reforma; se atasca y avanza un poquito; durará mientras aguantemos. Los políticos y los artistas se controlan mutuamente. No lo decimos todo. ¿Por qué habría que hacerlo? Con un gesto se expresa aquello que no decimos con palabras. Hay cosas de las que un adulto no habla porque son evidentes. Antal retrae las uñas y de la política sólo capta lo necesario para vivir. Le gusta poner los manjares preparados por él en nuestra mesa del comedor, delante de los notables del gobierno y de la oposición. Mientras consumimos el pescado hecho con páprika y cebolla, los conflictos políticos quedan entre paréntesis. Luego la situación cambia un poquito. Cada uno tiene algo que contar. Nuestra mesa grande y de color verde está rodeada de héroes aliquebrados, de reformistas conservadores, de reformistas radicales, de patriotas quejosos de la decadencia y de la futilidad de todo esfuerzo. Comemos y bebemos, lo ponemos todo como un trapo y damos a entender que nada funciona. Después nos separamos, nos acostamos, y al día siguiente cada uno va a lo suyo. De alguna manera conseguimos que, mal que bien, las cosas funcionen a pesar de todo. La discreción y la solidaridad maduran. Me gusta el cuerpo, la materia, me gusta tocarlo todo. Me gusta mezclar la carne picada con el panecillo mojado en leche, mezclar el bofe cocido con arroz. Las hojas de la parra se ponen rojas en la pared de la casa. En el mantel ya sólo quedan una copa y mi codo. Mis ojos se clavan en la cara de los árboles; ellos me devuelven la mirada, para ver si miento.
Los círculos de Melinda
Oigo los monólogos de mi familia desde las profundidades del agua de la piscina; nado de lado a lado lisamente, con los tics propios del nadador. Doquiera que vaya nadando, mis hijos y mi barriga siguen unidos mediante una especie de sutil cordón umbilical. ¿Para qué los habré parido? ¡Vaya pregunta! Para que existan. Cuando pude imaginar por primera vez a mi hijo István, que golpeaba tranquilamente mi barriga desde dentro, también estaba nadando aquí, en la piscina de agua fría de los baños Lukács. De pronto emergió con casi cinco kilos.
—¡Caray, parece un obispo! —exclamó la comadrona.
El simpático gigante se presentó ante nosotros. A pesar de mi delgadez, mi barriga creció de manera asombrosa en los últimos meses. Nada en mí engordó, sólo esa sandía que sobresalía. Era una panza pasmosa, tan hinchada que la gente no podía quitarle la vista de encima. En las últimas semanas no paré de suspirar: ¡este hombrecito dentro de mí se está pasando! ¡Sal ya! Y entonces salió, me desgarró el cuerpo, casi me lo partió en dos. Oí los ladridos de un perro en el exterior, oí el traqueteo del tranvía, vi las copas de los árboles perfilarse ante el cielo nublado, vi los azulejos de color verde claro. En aquel momento la comadrona era la persona más próxima a mí. Fue quizá mi momento más importante. Perdida con mi primer hijo, era más que nunca yo misma. Después del bebé, sin embargo, no salió toda la placenta. Se había pegado a las paredes de la matriz y hubo que desprenderla introduciendo la mano. Pese a los esfuerzos del médico, la matriz no quiso contraerse. Este estado se denomina hemorragia atónica. Dos médicos trabajaron con un celo enorme. Me dieron inyecciones para contraer la placenta y plasma sanguíneo. Entraron en mí las infusiones y transfusiones. Me sentía lánguida y muy distante; los suponía nerviosos, pero no me afectaba en exceso. Dicen que poco me faltó para morir desangrada y que me encontraba sumamente débil. En otros tiempos las parturientas morían en tales situaciones. Agradecí la buena mano del asistente que me cogió con sensibilidad por el lugar adecuado, que me levantó con el movimiento adecuado y me puso, con mis aberturas ensangrentadas, casi sin provocar dolor sobre la camilla. Mostré gratitud y obediencia. Hice que Antal trajera un gran ramo de flores a una de las enfermeras, la que me enseñó a dar el pecho. Cuando me pusieron al muchachito en pañales en los brazos, enseguida reconocí los rasgos de mi marido y de mi padre, así como algunos de los míos. Observé calma y gravedad en su carita; no estaba ni arrugada, ni ensangrentada, ni dolorida, sólo emanaba paz.
Hay pocas cosas tan gratificantes como coger a un bebé en brazos. Di el pecho a István y él se puso a trabajar como una esponja; me dolía cuando no chupaba lo suficiente. Ambos estábamos interesados en un trabajo hecho a conciencia, ambos conformábamos una máquina. Por primera vez en mi vida actuaba como una consumada y circunspecta estratega que había de organizar su tiempo con pericia y prever las probables dificultades. Lo que era malo para mí, también lo era para él. Por consiguiente, todo debía ser bueno para mí. Miraba un viejo nogal en el jardín; puse la camita de mi hijo de tal manera que él y el árbol se hicieran amigos. Luego vinieron, claro está, la inflamación de los pechos, las heridas en los pezones, la torpeza a la hora de dar de mamar, la continua somnolencia y la tristeza de la soledad, porque precisamente en esas fechas Antal hubo de marcharse a la India para hacer de cámara en una película. Para mi asombro, mamá trajinó a mi alrededor como una monja. Bastante se había ocupado ya de los hombres, ahora se ocupaba de ese pequeño sabio oriental. Estaba embriagada de su primer nietecito. Tardé dos meses en comprender a mi hijo y no sólo me despertaba a cada tono de su vocecita, sino que sabía: ahora refunfuña porque su brazo se ha quedado atascado entre los barrotes, o porque quiere ponerse boca abajo, o porque quiere comer, o porque no quiere comer, pero sí le vendrían bien un poco de té y unos mimitos.
Con un hijo el ser humano asume una tarea. Transmite lo que ha recibido. La historia no empieza ni acaba contigo. István era un caballerito correcto y reservado que no se ponía nervioso ni se agitaba mientras mamaba; un auténtico experto, comprendía nuestros asuntos con enorme serenidad. Todo giraba a su alrededor. Se ponía boca abajo, levantaba la cabecita, asía el dedo con fuerza, no le gustaba llorar y hacía muecas simpáticas. Cuando apoyaba mi cabeza al lado de la suya, su carita me parecía más interesante que vista desde arriba.
Después de volver de la India, Antal no paró de ir a la farmacia. Miraba a los médicos como si fueran semidioses. Uno de ellos escuchaba ciertos ruidos en el corazón de István, el otro no; el tercero sí, el cuarto no. Antal necesitaba dos médicos más para quedarse tranquilo; no se conformaba con la simple visión de nuestro muñeco gigante. Dormía solo y evitaba mi cuerpo, que ahora no era de su gusto. Apartaba la mirada cuando daba el pecho al bebé. Las empleadas de la farmacia se mostraban amables con él y toda la calle lo miraba con afecto cuando llevaba a István en una bolsa de canguro sobre el pecho. No esperaba más de él. A veces echaba un vistazo en el momento de dar de comer al niño, de bañarlo, de vestirlo o de limpiarlo. A veces yo salía de casa y él se quedaba con el bebé; entonces limpiaba la caca del culito de István con tal amargura que yo, cuando llegaba, leía cierta sorna en la mirada de nuestro hijito. No me quejaba de István por el hecho de que la maternidad me colmara del todo, como una tarea destinada a ocuparme toda la vida. Sin embargo, cuando íbamos de visita a algún sitio, o tan sólo paseábamos por la Leander utca, o nos tomábamos una copa de vino tinto en la fonda Bimbó que, por cierto, volvía a gustarme, me sentía de nuevo como un ser humano. Toda la familia se pone en marcha; yo adelante con los amigos; atrás, Antal y, en la bolsita marsupial sobre el pecho del padre, István con cara de superioridad y de satisfacción. Lo acompaña toda una corte: mi padre, mi madre, las tías, las amigas y algunos niños conocidos de la calle. A este chico le va estupendamente, caray. Dormita entre cosas bonitas, blancas, espumosas; cuando se despierta, lo mismo; duerme en la terraza, escuchando buena música y el susurro del follaje. Todos querrían cogerlo en brazos, todos le sonríen. Lo mejor es ser bebé. Cuando István se despierta, su madre le acaricia la cabeza y considera divertido, delicado y hasta sabio cualquiera de sus movimientos.
En el parto y en la lactancia el cuerpo se diferencia mucho del que conocía antes. Mis intereses y los de mi hijo coinciden de manera brutal. Me pongo enferma cuando István hace huelga. No es la época de los órganos sexuales; ya han realizado su tarea y han de esperar. Allí sólo quedan la cicatriz y el dolor punzante. La pareja humana vive su ignorancia con humildad. Cada célula seminal es una estructura de personalidad distinta; cada óvulo es místico. ¿De cuántas semillas nace una planta? ¿Quién nos derrocha? El asombro viene del padre, el esfuerzo de la madre. Ya voy, que me estoy lavando los pechos. Temblando después de dar de mamar, me pongo a preparar la comida. Me alimento para él y él se alimenta para mí. Me siento moralmente complacida cuando István ha mamado en abundancia. De vez en cuando los dos dormitamos un rato. Antal trae gran cantidad de leche y de frutas; consumo comida a granel, como si no pudiera hacer nada mejor. El poder de la familia se extiende y Antal defiende su refugio en el taller. Se acerca el otoño; ya he pasado lo más duro. István está tumbado en su cuna en la terraza, mi estado de debilidad se acerca a su fin. Nos hemos cansado un poco, pero todo ha ido bien. La luz del sol del atardecer brilla y calienta sin mesura. La ropa del bebé se está secando: la medida adecuada era la que yo creía excesiva. ¿Por qué se enorgullece el hombre de tener un hijo grande? Ya levanta la cabeza, pero no siempre logra sostenerla. Da manotazos, encuentra la boca con el pulgar; ya sabe coger las cosas y mirarnos y mostrarse ufano. Antal dice:
—Cuando necesites una visión optimista del mundo, coge un bebé, póntelo al pecho, ve por la calle y mira de reojo a tu alrededor. Sí, la gente sonríe.
El señorito concentra la atención de todo el mundo. Ahora mismo está llorando en el balcón, no sé qué le habrá dado. Banquero chino, canónigo borrachín, agita los brazos ante los nombres cariñosos que le damos, testimonios todos de nuestra debilidad mental. Estira el cuerpo mientras bosteza. Le encanta el agua y no tiene nada que objetar cuando Antal lo alza y lo baja en veloz movimiento. En esos casos cierro los ojos, asustada, y auguro que nuestro hijo vivirá eternamente en la planta baja y elaborará con su terapeuta el terror a los rascacielos y a los ascensores rápidos. Sin embargo, me doy cuenta de que a István le gusta volar y que ni siquiera pestañea cuando desciende en picado. Venga, venga, soldado, son dos en el potrillo y tres en el caballo. Yo también disfrutaba cabalgando sobre la rodilla de mi padre e István también disfruta. El placer de la necedad rítmica, de los sonidos estúpidos, se apodera de todos nosotros, de tal manera que los minutos parecen perlas en un hilo invisible. Ahora veo cada vez más casas, jardines y plantas capaces de maravillarme. Es una buena temporada para mi tendencia a contemplar las cosas; siempre he sido una chica mirona; podía pasarme horas junto a la ventana o en el jardín, con abrigo de entretiempo, viendo brotar la vegetación. Percibo mi afinidad con las ancianas de ciudades pequeñas que apoyan una almohada en el alféizar y se acodan allí para mirar. Y cuando sus piernas no las aguantan, usan un retrovisor para observar los acontecimientos de la calle. La soledad más deliciosa se presenta en la compañía de un lactante. Cuando nuestro hijo, metido en la bolsa de canguro, mira a diestro y siniestro, veo garantizada la continuidad. Luego vendrán las etapas, desde la época de la terquedad hasta la prepubertad. Ahora sólo puedo decir, ejerciendo de portavoz, que István se interesa sobre todo por la ornitología, la vulcanología y la poesía. Su primer relato, creado a los dos años de edad, trataba de una hormiga… Érase una vez una hormiga que, si bien lloraba cuando le lavaban el pelo, tocaba el piano de maravilla. Ahora prefiere escribir relatos cosmogónicos, en los que nuestra tierra aparece como una bolita insignificante.
Voy a visitar a mis pacientes en sus casas. Me siento un buen rato en las cocinas de esos pisos de una o dos habitaciones que dan al patio interior. A los padres y a los vecinos les gusta hablar conmigo; en la actualidad escasean los buenos oyentes. La gente persigue objetivos ficticios y es tan egoísta y desatenta que no tiene tiempo siquiera para escuchar a sus propios hijos. Prefieren hablar a prestar atención. A veces se me antoja que hablar es evacuar. No salgo de mi asombro: estos padres tan simpáticos aprovechan mi sed de narración. Quieren algo o tienen miedo de algo, el hecho es que se exponen.
En tiempos de incredulidad busco lo seguro, lo palpable, lo que tiene cuerpo. El encuentro con el primer caso de esquizofrenia o de incesto me conmovió por completo. Pero ¿cuándo ya van cien? El hombre recurre a cierto cinismo profesional, sabe que las buenas intenciones existen, pero que la meta de mañana volverá a ser el bar. La mente querría, pero la carne es débil. Gran parte del ser humano es materia quebradiza, superficial, y carece de resistencia. Conviene quitar las capas exteriores, aunque sólo sea con la mirada, porque la realidad se encuentra más allá. Sólo es real aquello que tiene fuerza. El revestimiento de cal carece de realidad. La contemporización no es real porque apenas se distingue de la muerte. ¿Que la muerte no es real? No, no lo es. Sólo el cementerio y el recuerdo y el hueco frío que dejamos. El niño es algo muy real. Los adultos no saben cómo tratarlo y tal vez ni lo desean. Después de la aventura siempre queda el niño, el ignorado, el olvidado. Por lo general, creo que los adultos tampoco son adultos, los veo un tanto inmaduros, como si no supieran qué hacer con su propio tiempo. Parecen torpes con ellos mismos y con los otros. Hacen demasiadas cosas sin importancia y muy pocas cosas importantes. Meten toda clase de sandeces en la cabeza de sus hijos. Les gustan los artículos de consumo carentes de valor; siempre prefieren la bulla al silencio y no son capaces de mirar a sus hijos a los ojos, de aguantar su mirada. Me encuentro ante la puerta de un piso, ¿quién vive detrás? Cuanto más conozco el modelo general, más especiales me parecen los casos particulares. Entro y me hago cargo de una desgracia familiar. Al salir a la escalera empiezo a borrar de mi mente cuanto acabo de oír y a crear un pequeño vacío en ella, para que se vaya preparando para la siguiente sacudida. Cinco minutos más tarde empieza otra historia en una calle vecina. De regreso a casa intento no pensar en mis quejosos clientes; pero después los necesito de nuevo, al día siguiente quizás no, pero al tercero sí, necesito ver los problemas de los otros para mitigar los míos. En esas casas ajenas consigo olvidar mi familia y mi corazón desgarrado. En el tranvía paseo la mirada por mis compañeros de viaje: cuán uniformes parecen desde lejos y cuán enigmáticos desde cerca. Intuyo lo que van a decir, pero a menudo me asombro; nunca puedo estar segura de lo mío. La gente sencilla no tiene muchas opciones. También puedo verme como una mujer sencilla. No somos ni muy sabios, ni muy disciplinados; nuestras vidas se vienen abajo porque no podemos controlarnos, y no siempre es castigado quien lo merece.
A mi juicio, he podido aguantar durante catorce años este trabajo en la asesoría pedagógica porque hay rasgos de prostituta en mi naturaleza. Convierto en placer la obligación de implicarme cuatro, cinco veces por día en las vidas de otros y desvincularme de ellas con la misma flexibilidad. Uno corre graves peligros cuando pretende ayudar a otros. Una ayudante profesional como yo rehúye con discreción la ayuda excesivamente personalizada. También me cuido de caer en la locura del altruismo y de la santidad práctica. El perfeccionismo no es más atractivo que el desatender los deberes. Sólo puede ser santo quien no sabe que lo es; y los otros tampoco lo saben, ni siquiera a posteriori. ¿Qué existe de verdad? ¿Qué puede un ser humano hacer por el otro? Nadie recibe amor suficiente; todos son olvidados y todos tienen motivos para la queja. Niños abandonados y problemáticos, tendemos a cometer el error de creer que no hemos recibido lo que nos correspondía.
Y todo acto se convierte en algo distinto de la intención inicial. La generación de mis queridos aprendió que la intención equivale a revolución y el acto a intimidación. Un buen consejo dicho en voz baja: métete en lo más hondo de un agujero de topo, métete con los otros que están al acecho. Sentada en la terraza de mi casa, pienso: lo poco también es demasiado. El mundo me engulle, soy quien soy y me gusta recibir visitas. Simpatizo con quienes se han quedado. Quien está abajo se queda. Quien es débil se queda. Quien está retenido por su corazón o su estupidez se queda. Sé que mi casa es mejor que los pisos de mis pacientes, sé que nuestros ingresos son más elevados; sin embargo, pienso que la diferencia entre mi persona y mis pacientes no deja de ser relativa. Comemos, bebemos y fornicamos à la hongroise. ¿Qué es el mal? Atrofiar la vida, ahogarla, convertirla en algo pálido, tonto y gris. La mayoría considera malo al valiente. Por eso le pone trabas. Los juicios erróneos obstaculizan el potencial evolutivo de la vida. La mayoría de los hombres cree correctos sus propios juicios falsos. El mal pocas veces se presenta con claridad, siempre trata de parecer bueno. Por eso considero el crimen colectivo más peligroso que el individual; porque provoca más desgracias el que muchos se convenzan al unísono de la bondad del mal. Puede que el mal exista. El mal absoluto, algo así como la lujuria de la muerte. Cuando me siento piadosa, percibo la presencia del diablo en mi fuero interno; cuando me siento agnóstica, todo el cuento sobre el diablo me parece una estupidez.
—Aceleradora de mis pulsaciones otoñales, Melinda, ¿cómo ofrecer mis servicios a tu atención asqueada de aburrimiento terrenal? ¿De qué manera podré seducir tu amabilidad? Me pongo de bruces ante tu portezuela, pero en vano… Te ríes de mí.
Así tonteaba Dragomán el verano pasado, en la terraza que flotaba inmersa en una luz de color de melocotón.
A lo cual le contesté:
—Caballero, ¡frénese, por favor! Y no derribe la puerta para irrumpir en mi casa. Consideramos su deseo, pletórico de olor a macho cabrío, tan simpático como impertinente y autocomplaciente. Sufre, señor mío, para conseguirme. Seré tuya porque quien quiere, lo consigue. Ahora bien, para merecerme, deberás recorrer un largo camino de tormentos. Pero no podrás atraparme. Antal Tombor —mi marido—, mi padre y mis hijos tampoco pudieron. Sólo agarrarse de mí. Tampoco logró atraparme. En mí no existe el arrepentimiento. No es que no pueda… es que no quiero corregir los instantes del pasado. Si me enamoro de ti, señor János, será porque está escrito en la palma de mi mano. Ahora bien, en tu lugar, querido, me pondría a temblar ante tal posibilidad. Para ti he inventado a la coqueta Melinda, que hasta ahora se mantenía en la penumbra. Podrás tocar un espejismo. Me postraré ante ti con esta ambigüedad mía, cándida e inevitable. Porque como es normal y previsible, me quedaré junto a mi marido, Antal Tombor, y mis dos hijos, István y Ninon… De eso no cabe la menor duda, es que es segurísimo. Sin embargo, ha llegado el momento de dejarme llevar por la locura y de fastidiar a mi marido. Antal sabrá que me lo merezco y que es algo justo. He pagado con muchos años de paciencia por esta historia con usted, señor Dragomán. Antes de la menopausia me gustaría resplandecer una vez más. No creáis que conozco el origen de esta Melinda. No puedo dominarme, como tampoco puedo dominar estos armarios; cuando esté a punto de poner orden en ellos, cosa imposible, habré olvidado las cosas que había encontrado en su interior.
Y tú, caballero, ¿qué pretendes de mí? ¿Qué pretendes de la esposa de tu amigo? ¿Quieres mirarme por el resto de tus días? ¿O durante menos días? ¿Pagarás por hora? ¿O es que realmente quieres charlar cada noche con una mujer fiel y amable, sobria y organizada, es decir, moderadamente romántica? ¿Quieres que yo, Melinda, me traslade a vivir a tu cráneo para nunca salir de allí? ¿Que no sólo perciba el perfume de una extraña en tu cuello, sino que adivine asimismo quién alimenta tus pensamientos? ¿Deseas que te domestique? Has venido con actitud frívola y de pronto lo has liado todo. Sé que te pido lo imposible. Deseo número uno: que seas el llanero solitario, el hombre que se marcha a caballo hacia la noche huérfana de estrellas. Deseo número dos: que te quedes pegadito a mi falda. Pero como la mente sombría es consciente de aquello que el corazón no quiere saber, despido al viajero y le digo: váyase usted, señor profesor. Déjeme la Klauzál tér con los viejos y ruidosos jugadores de cartas y con las putas del Bar Tango, déjenos como una nube blanca. ¡Que siga usted teniendo buenos ejercicios físicos! Interpreto lo ocurrido como si tu marcha fuera otra manera de cortejarme. Te has puesto humildemente en un marco. Tal vez reciba una postal tuya desde Manila dentro de un mes; me mandarás besos.
Tras unas vacaciones estivales de diez días fui a ver a Dragomán; llegué jadeando, pues había subido los escalones de dos en dos. Nos abrazamos en la entrada y posiblemente olvidamos cerrar la puerta con llave. Dragomán se había pasado los diez días leyendo, cocinando, tocando el piano y sobre todo esperándome. Yo también lo había pasado fatal en esos diez días. No estoy en mi sano juicio cuando no siento a János a mi alrededor. Moviendo los muslos con la velocidad de un rayo me quité las bragas de mis caderas de color de avellana y me despojé de todo. Lo tumbo en el suelo, él me mete el cipote, yo cabalgo y hago una danza del vientre sobre él. Y él me mira. Dejo que se apodere de mí la enfermedad contagiosa que me mantiene atada a ese cuerpo de hombre avejentado.
Tengo treinta y ocho años. La muerte forma parte de la plenitud humana. El destino ya me ha dado lo que me correspondía. Hasta creo haber sido demasiado bien recompensada. Sin embargo, cada mañana me despierto como un jugador empedernido al que le acaban de repartir las cartas. A veces me espanto al verme los ojos en el espejo: no me consuela saber que los monstruos también tienen un lugar en el gran teatro del mundo. Por eso me aferro tanto a Dragomán: porque en la cama no sólo puedo hacer las paces con él, sino también conmigo. Desnuda, me desperezo junto a su ventana y miro los juegos en la plaza. Me cobijo bajo la axila de Dragomán.
Esa misma tarde Antal también fue a ver a Dragomán. La puerta, normalmente cerrada con llave por dentro, esta vez se abrió al ser empujada. Antal entró sin hacer ruido. No nos dimos cuenta de su presencia y el hombre fue testigo de nuestro amor fogoso y chillón. Se quedó parado y luego retrocedió sin hacer ruido, tal como había entrado. Lo cierto es que en la escalera le entraron ganas de volver, de matar a palos a János y de estrangularme. No lo hizo; prosiguió su camino y tropezó con el cadáver de una paloma. «No cabe la menor duda de que Melinda se encontraba a gusto», pensó Antal. «¿Acaso iba a pasarse toda la vida escuchando única y exclusivamente mi voz? Este Dragomán errante también acabará sentando la cabeza». Antal recorrió algunos bares, pero no pudo olvidar cuanto había visto y oído. «¿Qué pasará ahora?». Antal se hacía esta estúpida pregunta, muy acorde con su situación. Esa misma tarde, al ir de la cama al baño, percibí el olor de la loción de afeitar de mi marido en el aire. Bajé el picaporte de la puerta de entrada: estaba abierta. Di gracias a Dios por seguir viva.
Antal se mudó refunfuñando a Ófalu, en donde planta, cava, se dedica a la apicultura, come fresas de nuestro huerto, bebe vino de nuestras vides y se está en el bar con chóferes ladrones y constructores de casas. Sin embargo, tiene presencia de ánimo suficiente para llevar el gran tronco del nogal al aserradero, para que allí corten tres tableros de mesa, dos para nosotros y uno para Franziska. Está mucho tiempo solo y en mi ausencia las horas transcurren con lentitud en la casa otoñal; nunca ha pensado tanto en mí. Todas las tardes baja en bicicleta a la orilla del lago, concretamente al restaurante ajardinado de la Zsák utca. El cabezota lleva una semana sin llamarme por télefono. Si hubiera un teléfono en casa, te llamaría; pero tú, cuando bajas en bicicleta a la Zsák utca, pasas de largo ante la cabina telefónica roja de las llamadas interurbanas y si bien tienes dinero en cantidad suficiente para llamar, prefieres sentirte amohinado, cariño mío. Supongo, aunque no puedo precisar los detalles de mi visión, que también ignoras los encantos mundanos del Bar Diana, donde la madre es guapa y también la hija, más parecida a la diosa de la caza que su mamá. Antal las evita y ambas se sienten ofendidas. Te sumes en la melancolía ante la taza de café, pasas nadando ante las miradas equívocas de tres o cuatro mujeres veraneantes y, aunque estés deprimido por mi infidelidad, a veces devuelves la mirada a una de ellas. Imagino que, después de meditarlo a fondo, bebes dos copitas de brandy casero, contemplas desconsoladamente la superficie rojiza del lago y finalmente consideras llegado el momento de comer una perca fresca hecha a la parrilla. A tu lado se sienta el veterinario vecino, que va y viene entre sus cerdos y cabras en invierno y en verano con un bañador como única prenda de vestir. Incluso habla con los animales, y hasta podría decirse que sólo se comunica con ellos y contigo, puesto que su mujer lo abandonó:
—Así es, señor artista, nos vamos a tomar estas copitas de matarratas. Sólo le diré una cosa: la Böbe es una magnífica mujer. Lástima que beba. Cuando bebe, gorronea. No es muy fiel. Dios ha dotado a Böbe de una gran belleza, pero no le ha dado suficiente cerebro. Es capaz de gorronear por medio decilitro. Me mudé y entonces llamaron a la puerta. Abrí. Era la Böbe que cayó para dentro como un ladrillo, borracha como una cuba. La acosté con cuidado. Al día siguiente llamé por teléfono a mi trabajo para decir que me tomaba el día libre. Compré todo lo que se necesitaba, el papeo, la priva, todo cuanto hacía falta. Preparé un gulash de ternera con nockel tan bueno que ni en tiempos del congreso eucarístico se ha comido en la sede catedralicia un gulash tan exquisito, pero cuando la comida estaba lista, la Böbe ya había desaparecido.
Los lugareños llaman «diablo» al veterinario, porque tiene unas cejas como las del señor de este mundo. Ambos contempláis la brasa bajo el caldero y la luna que se va hinchando, mientras se consume el riesling.
—Que la Böbe y su colega se cuezan en su salsa. Que junten sus sabores como el pecho y el lomo del cordero en la olla cuando se prepara un buen gulash. Yo, amigo mío, no quiero liar más la cosa. Me quedaré quieto aquí en Ófalu y no dejaré entrar a mujer en mi casa. Me conformo con pensar en la Böbe.
Escuchas las palabras del veterinario, cariño mío, y te vuelves a casa. No entiendes por qué te he hecho daño. Ahora, herido y sin confianza en ti mismo, ya ni siquiera te consuelan los estudios de tecnología erótica comparada con Franziska. Ya no te parecen maravillosas las ciudades y las mujeres extrañas. Ya no quieres ser otro en cada momento. Podrías comprender que una mujer cercana a los cuarenta y en su sano juicio desee un poquito de pasión. Cuando un matrimonio lleva años funcionando, siempre hay cosas que vengar. Si el otro es infiel, habrá que vengar la infidelidad. Si el otro no se te despega nunca, pues habrá que vengar eso… Te enfadas con él tanto si te pone los cuernos como si no te suelta. No hay que tomarse muy en serio las broncas de los hombres. Que cada uno se conforme con lo que recibe. Quien no se contenta, que se busque consuelo en otro sitio. No hay que compadecer particularmente a los hombres. Quererlos, sí, que es otra cosa.
Porque ¿cómo no iba a querer yo al bueno de Antal? Su viejo y mimado coche tiene una avería camino de Ófalu; hay que llamar a la ayuda en carretera y llevar al coche al taller en Fehérvár. ¿O sea que no voy a tomar el sol en Ófalu, después de haberme untado los muslos con manteca de cacao? Me los unto para tener buen color en mayo. Mientras practico el windsurf, me miro la cintura delgada y las nalgas prietas con los ojos de Antal. Seguro que Franziska pesa más que yo. Y también es seguro que no practica el windsurf. Me pongo a lloriquear y me quejo a Antal: que se ofenda, que perciba el pinchazo, que no se sienta tan seguro en su montura, que no sea ese imbécil grandote e intocable. Llevo la situación a tal extremo que el hombre realmente podría expresar su disgusto conmigo. Pero en vez de criticarme, Antal prefiere decir en tono gruñón que conoce cierto restaurante en Fehérvár. Y empezaremos con una cerveza de barril y con pastelillos de chicharrones todavía calientes, crujientes por fuera y suaves por dentro. No mencionaré ahora el resto del menú. De no haber existido el pequeño problema con el coche, Dios sabe cuándo habría ido yo a ese magnífico restaurante, donde el cordero asado al ajo y el Traminer bien seco resultaron inolvidables. Más tarde tuve que ir con unos colegas a Fehérvár por cosas relacionadas con el trabajo (una conferencia sobre psicopedagogía) y para jactarme de mis conocimientos del lugar, llevé a un grupo restringido al restaurante. Hacía calor, el aire era sofocante y los platos no tuvieron tanto éxito. No pude repetir la magia de aquel día.
Entre los muchos futuros veo uno que tengo la impresión de que ha ocurrido ya. Una noche, después de volver de su refugio de Ófalu a la Leander utca, Antal me miró en esta terraza con una cara de asombro como si me viera por primera vez. Y de repente cayó al suelo; babeaba. ¿Epilepsia? ¿Embolia? ¿Una apoplejía? Cuando recobró el conocimiento, me miraron unos ojos de niño. El médico encontró a un niño ensimismado sentado en el sillón. Antal no recordaba nada y se volvió más infantil que nuestros hijos. Me seguía como un perrito y se acurrucaba a mis pies. Le hacía cosquillas para que se riera y lo cuidaba para que no se manchara con la comida. Le gustaba trajinar cosas, pelar patatas y moler lo que fuera. También se divertía haciendo chocar mis zapatos como platillos. Nos mudamos a Ófalu, donde podía cavar la tierra, pero cavando sacaba hasta las verduras. Le di un palo con una brocha para blanquear, pero lo pringaba todo. Sacudía las ramas del nogal con bastante habilidad y también recogía del suelo las manzanas caídas. Se podía hacer cualquier cosa con él; tanto se le daban el retraimiento como la pornografía más dura y absoluta. Cuando le preguntaba algo que superaba su mentalidad de niño de cuatro o cinco años, se ponía triste, se encerraba en sí mismo y al cabo de un rato decía:
—No lo sé.
Se acostaba a mi lado y me agarraba. Ahora ya me era fiel e incluso estaba más juguetón que nunca. Debo confesar que en ese estado de hundimiento me provocaba más placer que antes. Su sonrisa adquirió un brillo apacible y celestial. Se escondía en mi armario y se reía cuando lo encontraba. Quería besarme la planta de los pies, cosa que me hacía cosquillas, pero él parecía haberlo olvidado… ¿o no? ¿Así se creía libre? Le apartaba el pie y se volvía loco, me tiraba al suelo, se apoderaba de la planta de mi pie, la frotaba con su barba y, jadeando, la cubría con su aliento ardiente. Me incorporé y lo despaché con dos rápidas bofetadas. Lloró en un rincón.
La conciencia de Antal se despejó poco a poco, recuperó la capacidad de hablar y cada día se mostró más listo. De todos modos quedaron rasgos de infantilismo en su carácter de los que antes carecía. Mimosos, sus dedos exploran mi piel. Su contacto me eriza la piel de la espalda como una piedra la superficie del lago cuando se juega a la cabrilla. El año pasado le pesa mucho en la cabeza. Lo miro como a un hijo y no lo suelto. Las vibraciones que vienen de Antal siguen siendo tan agradables como siempre. Si todo va bien, la semana que viene nos iremos los cuatro a esquiar al Tatra.
Final provisional de la partida
No me avergüenzo de mi jardín. Mis nogales y cerezos, mis perales e higueras con sus viejos troncos superan a los nuevos jardines de Buda. Son los árboles de mi abuelo. Fueron plantados por János, el padre de Jeremiás, que nació en 1830, se alistó voluntario a las fuerzas rebeldes en 1848, y en 1897, a sus sesenta y siete años de edad, engendró a Jeremiás, mi padre. Éste también esperó con paciencia hasta procrearme a los cincuenta y un años, hasta engendrarme con mi madre en una noche de relajo para que su jardín tuviera un heredero legítimo. Porque, según mi padre, el jardín y la casa constituían la auténtica saga familiar y, efectivamente, no había otra villa en toda la colina que cobijara en su vientre la misma familia desde la mitad del siglo pasado. La vivienda y sus habitantes se compenetraron profundamente, hasta tal punto que mi padre se sentía responsable de la casa. Por eso se esforzó tanto en volver y por eso me la dejó para que me encargara de ella. Lo único que no sé es por qué introdujo a Dragomán como espoleta. A papá tal vez le gustaba la idea de que las historias de amor brotaran en su casa, como los ciruelos de su jardín cuyas hojas ya amarilleaban en los bordes.
Papá me dejó este inmueble de mil doscientos metros cuadrados. El otro día se presentó un abogado que ya había anunciado su visita por teléfono y me dijo mientras se toqueteaba la corbata de seda italiana:
—Señora, mañana mismo pondré veinte millones sobre la mesa si nos vende esta casa y este jardín.
—¿Nos vende…? ¿Quiénes son ustedes?
—Unos constructores de lujo.
Tirarían la casa abajo, como es natural, pero el terreno no tenía precio. No les importaba pagar veinte millones por él. Me insinuó la posibilidad de negociar la cifra, me dijo que podría subir a veinticinco, porque sus mandantes, un grupo formado, entre otros, por un empresario, una célebre artista y una alta personalidad política, estaban fascinados con la vista. Se contruiría la más fantástica de las casas postmodernas para tres familias, como un trébol de tres hojas. En el centro habría una torre para la meditación y la vegetación verde y espesa de la azotea engañaría a quienes quisieran mirar desde fuera; habría allí un jardín, un penthouse, una moqueta de plástico verde que imitaría el césped a la perfección y una valla de vidrio de color ahumado que dejara mirar al exterior, pero que no permitiera mirar hacia dentro. Allí se organizarían magníficas fiestas y el pequeño lago artificial del jardín también se reanimaría; revestirían la piscina con azulejos de un color celeste deslumbrante. En una palabra, se crearía una obra maestra de la arquitectura de la época, una casa como no habría otra en toda Hungría. Ahora bien, si yo no quisiera dejar la finca, el trébol se transformaría por arte de magia en uno de cuatro hojas y me convertiría en la cuarta propietaria y estaría perfectamente acompañada. Tanto la alta personalidad política, como el empresario y la cantante de ópera, cuyas actuaciones en el extranjero tanto habían aportado a la patria, desearían conocerme, a mí, a mi familia y a mi círculo de amigos, entre los cuales también se hallaban, según tenía entendido, importantes personajes de la oposición. Debió de observar un brillo especial en mis ojos, pues iba entrando cada vez más en calor. Creía que me gustaba su oferta o incluso que él mismo me gustaba y me confesó que el afortunado empresario era él en persona, porque quien se ocupa de temas de propiedad inmobiliaria y no es tonto suele tener éxito. Vamos, que hay que tener mucho talento para no forrarse, dijo. La gente quiere vivir en paz y sin conflictos, añadió, y entonces me vi a mí misma sonriéndole en la sala de meditación, mientras él hacía ejercicios de respiración. Le pregunté si le interesaba la meditación trascendental. Se estremeció:
—¿Cómo lo sabe?
Había acabado un curso de relajación. Golpeó la mesa con la derecha:
—¡Tensión!
Acarició la mesa con la izquierda:
—¡Relajación!
Le sonreí y le tiré a la cabeza una hermosísima manzana de color rojo y sabor a vino, luego otra y después unas cuantas nueces. No le lancé las peras y traté de no estropearle el traje Burberry. El hombre se puso a chillar, que me cobraría la cuenta de la tintorería y que fuera con cuidado, que su amigo, el político, no se andaría con chiquitas y me haría pagar las manzanas estas. ¿Acaso me estaba buscando un enemigo?
—¡Ya nos veremos las caras! —gritó.
También había naranjas en la cesta. Como tengo buena puntería, cogí una y acerté en el traje de color beige claro de ese petimetre, de ese pillo con collarete, de ese aficionado a los deportes de moda.
—¡Ya volveré a tu casa, gata salvaje! —gritaba.
O sea que no venderé la casa. Podrá ser bombardeada, pero a quien quiera quitármela, a mí o a mis hijos, lo haré trizas.
¡Y papá también volverá! De momento estoy sola, pero los aventureros regresarán algún día. Papá dejará esa tontería de dar la vuelta al mundo. ¿Por qué no va a querer ser enterrado en su propio jardín? Mi padre yacerá en el jardín, donde también reposa mi abuelo y donde también reposaré yo. No da igual dónde yace el ser humano. Duermo en la cama en que me concibió mi madre. Incluso he soñado con mi hijo y mi hija sentados en el jardín como marido y mujer. István, en la tumbona, tapado con una manta. Las grandes peras Williams caen con estruendo sobre el césped que siego de vez en cuando. No dejo que lo toque la cortadora de césped: lo deshonraría. Esta casa lleva su vida tranquila en el tiempo. Aquí no cambian los habitantes, ni los hábitos morales, ni los clásicos, ni las ceremonias. Nos expandemos con suma cautela y tratamos de no destruir nada. A nuestros ojos, lo nuevo es tan sospechoso como el nuevo rico. No es fácil querer lo nuevo. Las viejas y hermosas máquinas, los viejos y hermosos libros, los viejos y hermosos abrigos, la vieja y hermosa vajilla, todo ello ha de quedar con vida. Se necesita mucho tiempo para conseguir un objeto; también se necesita tiempo para reparar en él, para descubrir su tacto, su resistencia, su temperatura, para reparar, por ejemplo, en el mango de hueso de nuestro cepillo para el pelo o del cuchillo para cortar las verduras.
A János le gusta conducir de noche y cruzar la frontera al alba. Después de la fiesta de despedida se sentó en el coche de madrugada y se dirigió hacia Viena; por la zona de Mosonmagyaróvar se detuvo en el arcén, se apeó del coche, se puso a andar camino de la frontera y quizo pasar entre las alambradas. Lo cogieron. No abrió la boca. Lo registraron y vieron que llevaba el pasaporte y el visado en regla: era un ciudadano norteamericano de origen húngaro, su permiso de estancia en Budapest había sido prolongado y estaba en regla, con los sellos válidos. Los guardias fronterizos no entienden nada, lo interrogan, pero él sigue sin contestar; lo llevan al hospital psiquiátrico más cercano. Tiene una chaqueta y una tarjeta de crédito norteamericanas; se ponen en contacto con la embajada de los Estados Unidos, la cual avisa a Kobra. Dragomán se queda en cuclillas tras las puertas de cristal del vestíbulo del psiquiátrico llamado instituto de terapia laboral. De golpe se levanta y atraviesa el lugar pisando únicamente las baldosas negras; luego vuelve a su punto de partida, se pone nuevamente de cuclillas y mira el parque del castillo por la ventana. Después de su incomprensible e inmotivado intento de violación de frontera, Dragomán pasa casi un año en el hospital psiquiátrico de Ófalu. Permanece meses enteros sin decir palabra y en cuclillas en el vestíbulo, detrás de la puerta, contempla los muérdagos en los plátanos y las cornejas que levantan el vuelo precipitadamente cuando se acerca la ambulancia con un nuevo paciente. Los enfermos forman un pasillo ante Dragomán en el vestíbulo cuando, con la cabeza bien alta y los párpados entornados, cruza el lugar con pasos que parecen de baile. Dragomán aparta tranquilamente a la persona que, sea por error, sea por ignorancia, se interpone en su camino y luego se entrega a sus ejercicios de respiración reglamentarios.
¿Quién aparece en la entrada de los coches, la psicóloga morena y bajita o la rubia y alta? Cuando hay que abrir las dos alas de la puerta, Dragomán se retira amablemente. No habla con nadie, pero mira con atención a quien le dirige la palabra.
—Supongo que este hombre finge —dice la profesora morena y bajita a la alta y rubia.
La vida transcurre ruidosa alrededor de Dragomán; él escucha lo que hablan en la entrada para vehículos. Con la cara vuelta hacia el sol, Samu, el psiquiatra, un hombre de pelo rubio y rizado y con gafas, habla con Kinga, la profesora morena y bajita, y con Bori, la rubia y alta.
—Profesor Dragomán, ¿no tendría usted ganas de fumarse un purito con nosotros? —pregunta el doctor Samu—. Una de estas señoras, la pequeña Kinga, dice que tal vez esté usted fingiendo, que sólo ha venido a hacer yoga, con los gastos pagados no por el Estado húngaro, sino por la aseguradora norteamericana. De esta manera se aportan divisas para recompensar nuestra modesta hospitalidad, pero no a nuestra institución sino a la propia República Popular Húngara, que es la que nos acoge en su seno. Quiero hacer hincapié en el hecho de que sus sólidos fondos de divisas y el hambre de hard currency de nuestro Estado se han encontrado felizmente, de tal modo que podrá usted quedarse hasta que se aburra de nosotros. Su señoría podrá pedir por tanto lo que desee, un electroshock, una camisa de fuerza o un tratamiento con fármacos. Podemos introducir un poco de corriente en su ducha y hasta en su pito, si así lo desea; por dólares podemos torturar a su señoría como su señoría disponga. Pero si usted desea salir de este alucinante viaje de autocastigo, ¿no tendrá ganas, señor profesor, de jugar un poco al bridge y de conversar un ratito en nuestra compañía… Esta noche, por ejemplo, cuando los demás pacientes estén durmiendo, con buena comida y bebida, con buena música de fondo y con algunos objetos de arte para complacer la vista?
El doctor Samu tiene la impresión de que el profesor Dragomán lo escucha y lo comprende perfectamente. La voz de la pequeña Kinga tranquiliza al paciente.
—Sé muy bien que no puede usted aceptar esta invitación. Sin embargo, el discurso extravagante del doctor Samu quizá le divierta, y podría usted obviar incluso su mordaz ironía que, no me cabe la menor duda, bien merecería una respuesta contundente. Pero también sé que nuestro divertido y pasmado jefe, que parece un oso, se ha granjeado su simpatía. Por eso mismo, podría venir usted a nuestra reunión esta noche. Yo ahora sólo le pido que contribuya a que yo pueda ejercer de médium. Mi misión consistirá en adivinar sus deseos, las declaraciones que usted quiera realizar al mundo, y su misión consistirá simplemente en mirarme, en mirarme con fijeza y concentración, de tal modo que pueda ponerme de pies a cabeza, como quien dice, bajo el influjo de todo cuanto usted me quiera comunicar. Por favor, indique entornando una sola vez los párpados si está de acuerdo con su intérprete. Bien… Y si puedo confiar en que algún día me visitará en mi casa, entonces hágame un guiño con el ojo izquierdo.
Al cabo de un rato, Dragomán hace un guiño con el ojo izquierdo.
Así estaba la cosa. ¿Acaso no iba a captar yo el extraño tono en la voz de la pequeña Kinga cuando me informó por teléfono sobre la evolución del paciente? ¿Se cree que va a vencerme? Le di las gracias por informarme de la convalecencia de nuestro amigo y al día siguiente ya estaba en cuclillas al lado de mi amado, de ese hombre capaz de engañar hasta en el ataúd. Puse en su mano una piedrecilla de color grisáceo que un día me diera como amuleto y que froto y toqueteo con el pulgar cuando estoy nerviosa. Dragomán la dejó caer. La recogí, se la puse en la mano y la dejó caer de nuevo. Repetimos la operación exactamente setecientas setenta y siete veces. Más tarde Dragomán se desternilló de risa cuando le dije este número. Él iba contando, claro está, y sabía que yo sabía que él iba contando, para ponerme a prueba y porque se había impuesto una meta cabalística. Pasé el examen. El siguiente capítulo consistía en que él me devolvía la piedrecilla. Yo no debía quitársela de la mano: él me la daba. Trescientas treinta y tres veces, dije católicamente para mis adentros. La cosa funcionó y me devolvió la piedrecilla. A partir de allí todo fue un juego de niños. Al cabo de un tiempo, Dragomán empezó a hablar y se vino con nosotros. Calvinista testarudo y judío testarudo, aquí os veo sentados en la sala de estar y aquí estarán asimismo el abuelo, la abuela, las amigas y los amigos, los rivales y los cómplices, los adultos y un bebé en el que acecha el redentor, aquí estarán en mi casa todos mis seres queridos. Porque no hay en la tierra voluntad más tiránica, amados míos, que la voluntad del amor.