9. La adolescencia de algunos personajes de mediana edad

CON SUS MOVIMIENTOS:

Primeras experiencias

En los márgenes de una vieja revista

Amália

Fáni y los otros

Aria a dúo sobre el año del cambio

El forzudo

Primeras experiencias

—Klára, Laura, Dávid, Antal y yo mismo nos reuníamos cada mediodía para ir a algún sitio juntos, al Danubio, por ejemplo, cuando hacía buen tiempo —cuenta Dragomán.

Laura tenía una lancha, y Antal un esquife de dos remos. La primera era el crucero y el segundo el torpedero; los cinco conformábamos la armada, capitaneada por los dos capitalistas, es decir, por Antal como almirante y por Laura como vicealmirante. El repelente poder de la propiedad. Kobra no cesaba de mirar la espalda morena de Klára en el bote, otro síntoma de obsesión por la propiedad, de capitalismo instintivo. Nuestro amigo se hizo más lerdo, hasta el punto de ponerme nervioso, y dejó de desternillarse de risa ante mis ocurrencias. Un amor funesto se apoderó de ellos, un amor que los hizo ciegos a todo lo exterior. Apartamos la mirada de la debilidad humana de Klára y de Dávid, sólo salvada por una fuerte dosis de perversidad, puesto que casi se trataba de un incesto, ya que los dos eran primos, es decir, Kobras; ambos eran capaces de herir a cualquiera con sus palabras y por eso mismo poseían la cortesía de un mandarín. Dos serpientes se retorcían, una frente a la otra, estirando el cuello.

Laura y yo estábamos convencidos de que no era de buen gusto mezclar amor y amistad. Que la amistad debía ser generosa, fraternal y libre de celos. En nuestra opinión, la amistad pertenecía a una categoría superior al amor por ser básicamente altruista. Se puede cometer un crimen pasional, un crimen de amor; la amistad, en cambio, nunca provoca un crimen. Pedid disculpas, decíamos a los Kobra. Laura y yo éramos los librepensadores e ilustrados del siglo XVIII, Klára y Dávid, en cambio, los románticos. Se exigían percibir y adivinar los pensamientos del otro. Klára rabiaba:

—¡Vaya zoquete!

Quizá yo sabía mejor lo que pensaba Klára, pero «tú no tienes esa llama fría con que Dávid alumbra a su alrededor» y que Klára también poseía. Yo también percibía un vínculo atávico en su relación. Tenían su propia historia: ya a los cinco años habían dormido desnudos uno al lado del otro, y una vieja bruja de institutriz les dio una buena paliza a la mañana siguiente por ese motivo. Luego pasaron el final de la guerra juntos, dos compañeros de desgracia de once años de edad. Sufrieron hambre uno pegado al otro. Kobra era el elemento popular, Klára la superurbana. Kobra era el personaje subhumano, Klára la acróbata. El hecho de no poder separarse nunca los abocó a cierta debilidad intelectual.

Laura y yo éramos más sociables, burlones y curiosos, y si bien lo intentamos mucho y varias veces, siempre acabábamos conviniendo en que no… Por contra, siempre podíamos contar el uno con el otro, siempre podíamos ir al cine, por ejemplo, o estar simplemente juntos. Íbamos juntos a todas partes, pero como dos personas independientes, con total libertad para ligar con quien quisiéramos en las fiestas. Cuando no tenía ganas de volver a casa, me quedaba a dormir en la de Laura. Su padre se alegraba, ya que así tenía alguien a quien contarle el desbarajuste que reinaba en su fábrica nacionalizada, donde a lo sumo estaban dispuestos a tolerarlo como mecánico. Antal disponía de una camarera voluminosa y morena a la que esperaba después de la hora de cierre. Con ella salía de juerga por las noches y la llevaba luego a su casa porque su padre lo permitía. Antal separaba su vida de adulto de nosotros, de sus amiguitos de tierna edad. La familia de Laura poseía una casita de veraneo construida sobre postes de madera en la isla de Lupa; no había sido nacionalizada, de modo que íbamos allí a remo, atracábamos y tomábamos leche con ron en la terraza. Llevábamos comida que siempre resultaba insuficiente. Sin ánimo de señalar a Antal con el dedo, he de decir que era capaz de atacar el pavo asado sin ceremonias y devorarlo todo. ¡Con guarnición! Laura era más lozana, Klára más nerviosa. A Laura le gustaba que usáramos su barriga como mesa y a Klára le gustaba usar la barriga de Laura como mesa. Allí se apilaban los panes con pimiento verde y queso. Prefiero tener la comida encima que dentro, decía Laura, siempre cuidadosa de su línea. No obstante, cuando Laura se ponía a comer, lo hacía con tan buen apetito que yo percibía la felicidad con que la comida se transformaba en puro poder nutritivo en su cuerpo musculoso, huesudo y deseable. Su cuerpo lo quemaba todo y evacuaba con regularidad y facilidad y con deposiciones siempre pequeñas. Era un cuerpo atrayente, fuerte y de buen olor, de un tejido muy elástico, como el mejor paño inglés, que uno puede arrugar cuanto quiere y que se pone liso a los pocos segundos. Laura siempre sabía cómo comportarse. Sabía qué podía permitirse y qué no. Sin embargo, ello no era óbice para que de vez en cuando se permitiera excesos de todo tipo. Excesos de descaro y de lujuria. Cuando Laura caminaba, su cuerpo echaba chispas ante las ávidas miradas de los hombres. Siempre guardaba reservas que emergían de la oscuridad como por arte de magia, aunque sólo consistieran en una bolsita de pegajosos caramelos de fresa. Y si tampoco quedaba de éstos, ella lo resolvía con su «sube a mi casa». Con lo cual se abría un nuevo capítulo en nuestra tantas veces interrumpida novela por entregas.

La idea del matrimonio me aterraba en la adolescencia, en parte debido a mis padres, qué duda cabe. No existe Estado esclavista capaz de oprimirme con el rigor de mi simpática y espantosa cónyuge. El matrimonio se parece al patriotismo. No es casual que los políticos lo apoyen tanto. Porque, la verdad sea dicha, ¿hay algo más interesante que salir a última hora de la tarde en la gran Budapest a ligar a alguna mujer? Y siempre queda la posibilidad de comprar una maravilla recién preparada y servida en caliente en un restaurante típico, en uno de esos que ofrecen carne viva, es decir, en hoteles reservados para una clientela fugaz, bautizados como casas de citas por unos y como casas de prostitución por otros. Sigamos los pasos de Dragomán con la debida discreción. Llega a una esquina, dobla a la derecha y entra por la primera puerta. Es un edificio de pisos de alquiler de estilo neoclásico, con un amplio patio y una escalera en espiral. Hay un restaurante en el patio; la vid silvestre se encarama por la empalizada verde y se siente el olor a carne picada con chucrut. Una alfombra roja y un tanto desflecada sube por el centro de la escalera de mármol rosado. El picaporte de latón está montado a bastante altura en la pesada puerta de madera. El timbre suena con delicadeza en el interior. En este preciso instante, Dragomán debería estar resolviendo complejos problemas universales en un largo poema filosófico; sin embargo, aquí se encuentra, ante esta puerta. Pronto aparecerá ante sus ojos madame Calipso, la suegra pública más memorable de todos los tiempos. Te ofrece la mujer adecuada mirándote simplemente la cara e intercambiando unas cuantas palabras contigo, como esos camareros viejos y sabios que lo miran a uno y enseguida se dan cuenta de si necesitas un buen caldo de col con chorizo o bien algo más picante. Desde luego, los clientes más audaces no sólo quieren las chicas de madame Calipso, sino que la asedian también a ella y no desfallecen en el intento. A Dragomán le entran ganas de emprender la retirada. Antes de darse la vuelta y de bajar las escaleras, sin embargo, una sirvienta con moño negro le abre la puerta, lo hace pasar al vestíbulo, donde lo invita a esperar unos instantes y pulsa un botón. Se abre una pared y en el escenario iluminado con luces de color malva se presenta ante Dragomán una mujer enorme de pelo rojo como el fuego. Tiene los ojos pintados de verde, los labios de color naranja y lleva una bata azul marino.

—¿De verdad que es la primera vez, mi pequeño duque? ¿Quieres un descuento y un trato especialmente amable? Ya sé, cariñito, lo que significa la iniciación y sé perfectamente a quien voy a llamar. Tú siéntate y bebe conmigo esta copita para brindar por nuestra amistad. Me gustaría que volvieras otras veces y espero que nuestra institución artística sepa ganarse las simpatías de las nuevas generaciones. Ahora te cubriré la cabeza con este manto negro y sólo te lo quitaré cuando puedas ver a quien hayas de ver. Y te diré una cosa más, mi pequeño duque: esto no es un examen. No tienes que resolver ninguna ecuación. Diviértete y no te preocupes por la falta de experiencia.

Oigo el ruido de las idas y venidas y percibo a través del manto que la luz se volvía más roja. Un piano ataca al fondo. Me quitan el manto de la cabeza y por el momento sólo veo al pianista: un señor calvo con gafas oscuras y bastón blanco, tan ciego como tú o yo. Suena una campanilla y entra contoneándose Dragina. Extraña coincidencia de los nombres. Tiene el labio superior un tanto levantado, ojos risueños y pelo rubio; todo su cuerpo guarda todavía el bronceado del verano. Lleva una capita de color limón y nada debajo; el vello del pubis también es rubio, quemado por el sol.

—¿Quieres? —pregunta y yo asiento con la cabeza. Ella sólo me acaricia la cara con el dedo pulgar y dice—: ¡Sígueme!

Un observador perspicaz notaría que Dragomán inclina la frente, consciente de que el pelo castaño y rizado caerá hacia adelante. Dragina seguramente mirará hacia atrás en el pasillo. Entonces, con un giro del cuello, János volverá a poner los bucles sueltos en su sitio. Se oye el trinar de unos canarios, y Dragina, volviéndose hacia atrás, coge a Dragomán por el cuello con gesto cariñoso.

—Mi pequeño seductor, primero te relajo y luego te meto un poco de marcha. Rápido, cierra la puerta con llave y paséate por la habitación, respirando tranquilamente; puedes mirar por la ventana. Mientras, me sentaré en este puf y estiraré mis largas piernas. ¡Puff! Hay muchos pufs en el burdel. Por si no lo sabes… soy una mezcla polaco-escandinava, una mujer noble y orgullosa. Cuando te hayas paseado por la habitación, mírame. Sí, aquí estoy, esta habitación es sólo mía, aquí no pueden entrar las otras chicas, aquí estás exclusivamente conmigo. No con mamá Calipso, de la que prefiero no contarte nada por el momento. Sabes, cariño, es un tema delicado. Dime, ¿cuánto llevas encima?

—Cien florines —dije.

—¿En qué billetes? —preguntó.

—Billetes de veinte.

—¿Y cuánto crees que cuesta? ¿Qué te han dicho?

—Tengo entendido que cincuenta.

—¿Y cuánto querías pagar?

—Sesenta.

—¡Eres un caballero! Porque nunca falta el que hasta regatea. No sé por qué, intuyo que es un tipo asqueroso y, sin embargo, lo elijo. Una vez, un hombre se murió encima de mí, y eso que no era tan viejo. El otro día me tocó un tío repugnante dispuesto a pagarme todo el oro del mundo por que lo acompañara en taxi al cementerio y me acostara con él sobre una tumba.

—¿La de su madre?

—¡Sí! ¿Cómo lo sabes? ¿Está escrito? Oye, que yo no paro de hablar para que te relajes un poco, porque sé que es la primera vez que estás con una mujer. Pobrecito, me imagino dónde tienes el corazón… en la garganta. Venga, dame esos cinco billetes de veinte. Quiero dejarte en pelotas. Luego pedirás dinero prestado o las pasarás canutas, pero me da igual, al menos pensarás en mí.

»Antes de acostarte a mi lado, si tienes suficiente valentía, mira desde tu posición este reino montañoso entre mis piernas. ¿Lo ves? Es tuyo. Acércate a él con cuidado. Acercarse y alejarse. Evita toda precipitación. En mí, el placer y el dolor entran al mismo tiempo por la puerta. Ven, cariño, mételo y agítame, desgárrame, amor mío. Y que nuestras gargantas emitan sonidos románticos y apasionados.

Así hablaba la maravilla rubia y así voceaba. Hasta las junglas más lejanas se estremecieron. Dragina tenía unos pechos pequeños y puntiagudos; todo su cuerpo era delgado y exhalaba un perfume exquisito e indescifrable. Reconocí el número de identidad de Auschwitz tatuado en su brazo izquierdo. ¿Polaca? ¿Escandinava? Tenía diecinueve años; yo, quince. Cuando volvió del campo de exterminio no tenía a nadie y se encontró con madame. A veces me despertaban sus gritos; soñaba con que la azotaban. Tenía un abrigo de piel y en ocasiones la esperaba un coche. A veces aceptaba mi dinero, a veces no. Vendí mis libros a un anticuario para poder verla. Se contoneaba y respiraba con un ligero silbido. Dragina mandaba sobre sus agujeros, pero también sabía entregarse a mi mando. Me encantaba confesarle mi amor, cosa que la divertía muchísimo. Según Dragina, no había nadie mejor que yo para hablar de política. Me sentó a su lado en la rebotica del burdel. Las chicas mostraban las piernas y comían pepinos de color blanco espumoso. Dragina me cogió de la mano y volvimos a su habitación. Me había presentado y luego seguimos follando, esta vez para complacerla a ella. Llevaba un corsé largo con cremallera, quién sabe por qué, porque era tan esbelta como una pluma Mont Blanc.

—Tú desconecta —decía y presentaba el culo.

Luego se casó y en 1956 emigró a Nueva Zelanda con sus hijos. Por las mañanas hace jogging, nada y practica la vela en una bahía que es suya.

En los márgenes de una vieja revista

Hace unos años, poco después del incendio, volví con Laura a Nueva York tras una larga gira de conferencias por Eurasia. Camino de casa en el taxi noté la magia de la ciudad: gigantesca y pobre. Deshicimos las maletas. Era una buena sensación ponerlas de nuevo en el armario y probar mi nueva adquisición, una pipa de cedro. Cogí con Laura el ascensor marca Modernistic, agradable por su vejez y sus familiares crujidos, y bajamos luego a las calles del East Village, calles en absoluto lujosas, en absoluto brillantes, calles un tanto aterradoras para muchos, calles que a veces desvalijan a los turistas alemanes, calles, sin embargo, que saludaban con amabilidad al habitante del lugar y que en las esquinas podían cruzarse fácilmente con la silla de ruedas, porque las aceras hacían pendiente. Esta vez conseguí que Laura expresara su reconocimiento:

—¿Hemos llegado a casa? Todos los demás sitios sólo sirven para pasar las vacaciones. Misiones académicas en la provincia.

Compramos jamón y gelatina en la carnicería del ucraniano, naranjas y tomates en la verdulería del coreano, pan en la panadería de la italiana de nariz aguileña. Todos se alegraron de nuestro regreso y preguntaron dónde habíamos estado y qué tal habíamos pasado las vacaciones.

A los europeos les gustaría considerar chiflada esta ciudad, porque los angustia, porque no es sólo Europa, sino todo el mundo. Los europeos rechazan un mundo que no sea blanco; por eso desprecian Nueva York. Vista desde fuera, esta gran capital parece indigna de su papel. Cuando el grande se siente a gusto y no se ocupa mucho de los pequeños, éstos se consuelan con la presunta ignorancia del grande. Quieren ir al grande, pero no lo hacen; prefieren abominar de él. Los profetas judíos de la provinciana Jerusalén, por ejemplo, fustigan la cosmopolita Babilonia con sus juicios morales. Sea como fuere, mis sátiras babilónicas cuentan aquí con un público más interesado y con los mejores precios de mercado.

Sí, en esos primeros días de otoño a comienzos de la década de los ochenta, los intelectuales también vivían bajo presión en Nueva York: la derecha metía bulla y los liberales se mantenían callados. Sin embargo, yo podía comunicar y enseñar lo que pensaba y nadie, ni el alcalde de la ciudad ni el presidente de la nación, podía intervenir. ¿Hasta qué punto tolera la política la literatura? Esta pregunta no se comprendería en Nueva York. Hace doscientos años, la Constitución la desactivó. No obstante, el ambiente no me era muy agradable: el estúpido triunfalismo conservador, los ajustes de cuenta intelectuales con ataques personales… Aparecieron los escritores judíos militantes de la derecha y el relativismo crítico europeo no se sentía en su sitio. Sin embargo, nosotros, turistas conferenciantes, realizamos declaraciones formales sobre la libertad de los escritores en los diversos lugares del mundo. Sabía que en Budapest viviría bajo el peso de la prohibición, obligado a participar en juegos conspirativos simplemente para que otros pudieran leer lo que he escrito. A mi juicio, el carácter multicolor y metropolitano de Nueva York resulta grotesco y entrañable. No nos vemos forzados a dedicar todo nuestro tiempo al estudio de las diversas represiones y frustraciones. Vistos desde aquí, son problemas de carácter local. Por encima de un determinado nivel, la cultura nacional no representa una barrera; para los caballeros andantes internacionales, la nación-Estado no significa más que el condado para el bandido. Basta con dedicar la mitad de nuestro tiempo a tan anacrónicos estudios históricos. El East Village es el lugar donde más autorizado me siento para considerar a los monstruos y a los santos como simples personajes de novela.

Cuando camino solo por la avenida A, jóvenes que merodean por allí pronuncian entre dientes las palabras smoke, smoke o sensi, sensi. Pero, ojo, no conviene comprarles sensimilia de Taiwán, porque seguramente se trata de algún yerbajo de Central Park. Un jovencito negro trata de vender un magnetófono que lleva bajo el brazo envuelto en una bolsa. Todos sospechan que es robado, pero es inevitable… los bienes van y vienen. Una cantidad de policías tres veces superior a la actual podría patrullar por la ciudad y pedir la documentación a chicos como éste, pero no gustaría a los votantes. El profesor Dragomán ha adquirido fama de vidente por una o dos profecías suyas que se han cumplido, por lo que decide visitar en su taller de tarot a una auténtica bruja, que suele dedicarse a la lectura junto a su ventana mientras espera a los clientes. Los de confianza pueden disfrutar de los perfumes de hierbas del sureste asiático y de Centroamérica en la rebotica. Es una maravilla ser bruja, piensa Dragomán fascinado por el gentío en la esquina de la Sexta Avenida y la calle Octava, ¡y ser acreedor del respeto del público y de una buena gratificación por ejercer de profeta ya es algo genial! El cacique siempre se golpeará el pecho y la bruja siempre se reirá de él. Se ha organizado un baile en la calle vecina. Las orquestas se turnan. Una mujer salta sobre una sola pierna e invita a los niños a bailar. El representante del concejo local manifiesta su alegría por el hecho de que gente de tan diversos orígenes se lleve bien en su comunidad y enumera toda una lista de nacionalidades. Por otra parte, se felicita de la presencia de una orquesta venida de la calle Novena. La verdad sea dicha, me asomaron las lágrimas a los ojos.

Hay en la acera novelas baratas, las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein, una traducción de Schopenhauer al inglés y, abajo, un cuaderno amarillo en la parte inferior y rojo en la superior, con un título en húngaro que me resulta familiar: Társadalmi Szemle. A Magyar Dolgozók Pártjának elméleti folyóirata (Análisis Social. Revista teórica del Partido Húngaro de los Trabajadores). Es el número de diciembre de 1949, con la foto de Stalin en la cubierta. Por esas fechas la humanidad progresista festejaba su quincuagésimo aniversario. El vendedor, un chico negro de pinta extraña, solía poner buenos libros de filosofía envueltos en celofán sobre una alfombra y venderlos exactamente a mitad del precio oficial de venta al público; no descontaba ni un centavo y no había manera de regatear con él. Hablaba de forma cuadriculada y arrogante.

—¿Sabe qué es esto? —pregunté al joven, después de pagar un dólar por el Análisis Social.

—No, pero sabía que usted lo compraría.

—¿Por qué precisamente yo?

—Todos los artículos encuentran a su dueño —dijo el joven negro y me dio la espalda.

Cogí el cuaderno impreso en papel de mala calidad y ya amarillento. Había convencido a su vendedor de que hasta los géneros más increíbles tienen alguna posibilidad de encontrar un comprador.

Diciembre de 1949. El pueblo húngaro agradecido envió el equivalente de un convoy de ferrocarril en regalos para el gran Stalin. Organizaron una exposición con una ingente cantidad de locomotoras y barcos en miniatura y con dibujos infantiles que representaban nuestras alegres, felices y hermosas vidas. En los escaparates de las carnicerías se veían retratos escultóricos del generalísimo hechos con grasa de cerdo fría. Por un busto, los escultores recibían el peso de su obra en grasa; por eso se sentían tan atraídos por el monumentalismo. Ya no le tengo miedo a este cuaderno. En aquel momento, el miedo se introdujo en nuestros corazones a hurtadillas, como el otoño en París según el célebre poema de Ady. Ahora ya no tendré que escuchar hasta las seis de la tarde, y a veces durante más tiempo todavía, la cantata Stalin interpretada por la banda de las Fuerzas de Seguridad del Estado. «¡Porque Stalin es nuestra lucha y Stalin es nuestra paz y porque el mundo será mejoor con el noombre de Staalin!». La melodía ensayada más de mil veces se me grabó en los oídos. El habitante del piso contiguo, secretario de Estado, acabó en la horca y la estética de la policía secreta ocupó su lugar. Era imposible no oír la esencia del cambio, interpretada por bombardones y timbales. El secretario de Estado era yerno del presidente de la República, un hombre bajito, rechoncho y lleno de amor propio; su esposa también era bajita, rechoncha y llena de amor propio. Y mira por dónde, de golpe y porrazo lo ahorcan. ¿Quién podía sentirse seguro? Desde mi ventana veía la tuba, los focos que iluminaban la orquesta desde arriba, los cortinajes rojos con letras doradas en los muros. Al cabo de un rato el coro también empezó a ensayar a voz en cuello, acompañado por los instrumentos de viento. Escuchada así, a fragmentos, la cantata Stalin resultaba más festiva todavía.

Por las mañanas me encontraba con Kobra en la Körönd, camino de la escuela. Por aquel entonces él vivía en algo así como un templo del vicio. Pero será mejor que le preguntéis a él por su vivienda. Sea como fuere, se alojaba en casa de una tal señora Éva, una pelirroja que trabajaba de costurera, que convivía con un marido viejo y embrutecido y que sabía mucho de la vida. Juntos íbamos a la escuela. Caían en la Körönd, antes Hitler tér, las hojas de los plátanos plantados en tiempos inmemoriales, y de uno de los nobles y viejos edificios solía salir Zoltán Kodály, un señor de barba blanca también nacido en tiempos inmemoriales. Cuando aparecía en el palco de la Academia de Música, el público se volvía hacia él, se ponía en pie y lo aplaudía. Cuando nos los encontrábamos en la Andrássy út, bautizada por breve tiempo como Stalin út, hacíamos una reverencia y el anciano maestro nos devolvía el saludo inclinando ligeramente la cabeza. Nos dirigíamos hacia el Oktogon, ahora November 7 tér, antes Mussolini tér. Nosotros decíamos Körönd, Andrássy út, Oktogon. El nombre que uno usaba revelaba su ideología. Dos esquinas más adelante habíamos de bajar a la calzada. Pesadas cadenas de acero se extendían por el borde de la acera ante dos manzanas de edificios y tampoco faltaban las macetas colgadas de pilones de hormigón. Las flores preferidas de las Fuerzas de Seguridad del Estado eran los geranios, la flor de los corazones humildes. El portal y las esquinas de las manzanas eran vigilados por tipos con ametralladoras y abrigos de piel; nadie se atrevía a pasar por encima de las cadenas, a nadie se le ocurría bromear con los guardias, nadie quería acercarse a los muros de esos edificios. El núcleo de las dos manzanas había sido la sede de los cruces flechadas. Era el número 60 de la Andrássy út, la actual dirección de una empresa de comercio exterior. Sin embargo, la casa no tiene una placa de mármol para recordarnos su historia. Resultaba interesante observar por las mañanas cómo el edificio —sede en aquel momento de la policía secreta de la República Popular— iba fagocitando las grandes y señoriales casas con pisos de alquiler, primero de esa misma manzana, luego de la vecina; apenas devoraba una, ya empezaba a sentir apetito por la siguiente. Desahuciaban a sus habitantes y enseguida aparecían los albañiles, prestos a transformar las viviendas y locales en oficinas para las autoridades. Los maceteros ocuparon los alféizares y se instalaron rejas en las ventanas que daban a los patios. Según cuentan, a la izquierda y a la derecha del despacho del comandante en jefe se instalaron dos comandantes detrás de sendos gigantescos escritorios, dos señores que en la década siguiente se convertirían en humoristas de moda. Suponíamos que varios conocidos que intentaron cruzar la frontera fueron detenidos y trasladados a estas dependencias de la policía. El peor crimen consistía en sustraerse al ámbito de influencia de esta casa. Al sustraerse la persona, evitaba que pudieran llevarla a sus sótanos. El peor crimen era querer demostrar que uno se pertenecía a sí mismo y no al Estado. Si el individuo no se detiene y sigue corriendo, hay que matarlo a tiros como a un animal rabioso.

Antes de proseguir con mi excitante descripción de la época debo decir algunas palabras sobre Kobra. Este inocentón, este mozalbete provinciano era un ingenuo difícilmente recuperable para la humanidad cuando llegó a Budapest con un simple gabán desde un pueblo cuyo nombre nadie lograba pronunciar. Creo que fue en otoño de 1947. El muy palurdo no tenía ni la menor idea de la homosexualidad e ignoraba el significado de la palabra «maricón». Cuántas veces le habré gritado en clase: «¿Eres maricón, cariño? ¡Quítame la mano de encima, cerdo!»… Y me contoneaba ante él. Kobra me miraba sin entender nada. No comprendía que se hallaba frente a la ironía de la ironía o, para expresarlo en el estilo de la época, frente a la negación de la negación. Pero era buen tipo. El hecho es, sin embargo, que Menyus Csillag puso la mano sobre el muslo de Kobra. Nuestro amigo había venido en pantalones cortos de su pueblucho situado donde Cristo dio las tres voces. Veo que el papanatas de Kobra no disfruta en absoluto con las caricias de Menyus, pero que no quiere ofenderlo por cortesía. Tal vez imagina que tales manoseos son formas extrañas, budapestinas y por tanto exageradas de manifestar la amistad. Al día siguiente en el recreo puse al virginal personaje provinciano al corriente de las cosas, diciéndole que sólo debía permitir el magreo si realmente lo quería, o sea, si tenía la intención de ligar con el maricón de Menyus, cuyo padre también lo era, pero que también sabía hacerlo con las mujeres, lo cual posibilitó la existencia de Menyus. Ahora bien, si no era ésa su intención, lo mejor era no mostrarse permisivo con Menyus; es decir, debía espabilar y darle un buen golpe en la mano, porque de lo contrario la opinión pública de la escuela lo encasillaría sin remedio entre los maricas.

—Menyus, gatito mío —le dije—, este pollito recién llegado no te pertenece. Déjalo para mis chicas, que lo soltaré entre ellas como los granos de maíz entre las gallinas, si me permites este símil. Ve, niño malo, ponte bajo las arcadas del cine Híradó y vende allí tu cuerpo de putilla esmirriada y llena de pecas. Revuélvete entre los travestidos del figón de tu padre, pero apártate sin rechistar de este chico de frente vellosa. Ya le enseñaré yo a pronunciar las palabras «pasión» y «Apassionata», ya le mostraré reproducciones de Vermeer y de Kandinsky, porque notre charmant Kobra es un diamante aún sin pulir. Ya lo abasteceré de lecturas, para que recorra los senderos turísticos del espíritu. No quiero que se dedique a dar vueltas contigo por los senderos oscuros y subterráneos del odio a su propia persona. Achica, gatito mío, el círculo mágico de tu lujuria tentadora y confórmate con el pequeño Helgoland, cuyos bucles rubios ya han sido arados por tus dedos garrudos. Escucha a tu viejo asesor y protector, que necesitarás de nuevo a un abogado del diablo ante el tribunal popular de la moral. Sabes, Menyus, pobrecito amigo mío, tú sólo ves que a este pequeño Kobra la ropa le quedó pequeña el verano pasado y que trata de peinarse el pelo castaño y rizado para atrás con un peine mojado, pero no te das cuenta de que este chico es peligroso. Si siguiera tu camino sería un maricón pendenciero y atrevido, de esos que sacan el cuchillo, pues tiene una mirada bastante decidida. Si no quieres que te ponga la cara como un mapa, Menyus, suéltalo y no te entremetas en mi ámbito de influencia.

Así, pues, di a Menyus palo y zanahoria y puse al pequeño Kobra bajo mi protección. Íbamos juntos a la piscina cubierta por la mañana, a los baños Lukács, pero algunas veces nos encaminábamos a las seis y media a las piscinas Palatinus. Nos gustaba atravesar la isla Margarita y el Danubio a esa hora del alba y siempre llegábamos tarde a la escuela. Nadábamos varios largos de la piscina y trazamos una línea nítida entre la noche y el día. Con la luz dorada de septiembre todo era igual que ahora. No olvides, querida Melinda, que quizás aún no habías nacido, no olvides, digo, la eternidad del cuerpo. En fin, que el pequeño Kobra recibió de su papá de provincias dinero para un traje con pantalones largos. Lo llevé a mi sastre, el señor Gulicska, convertido en guardián de la elegancia de todos nosotros. En su pequeño taller cosía trajes con telas traídas del extranjero y no ingresó en el gremio de sastres.

—Estimado señor Dragomán, allí sólo iré si me obligan. De este pequeño taller mío yo sólo saldré para ir a la sastrería de la cárcel.

Kobra, siempre simpático con los niños, alabó la belleza y la inteligencia de las hijas del sastre. El señor Gulicska asintió con la cabeza:

—Así es, señor Kobra, son producto de una pequeña empresa… ¿De qué lado lleva usted el paquete?

Así planteó el sastre, arrodillado y respetuoso, la pregunta esencial.

—En mi bolso —dijo Kobra.

Creía que el sastre se refería a su navaja de varias hojas que siempre llevaba consigo, a los alicates, así como a los diversos utensilios de escritura. Solía colgar el bolso del sillín de su bicicleta. El sastre hizo como si tosiera y dio la espalda a Kobra. Puse al pobre inocente bajo mi manto protector y así nos deslizamos por las regiones etéreas para conocer a Blake, a Coleridge y a Shelley.

—Me parece increíble que no sepas inglés. Aprenderás. Cien palabras por día. Son nueve mil palabras en un trimestre: suficiente para leer.

Kobra ni siquiera sabía qué era el Baghavad Gita. Mon petit campagnard, la educación de usted lleva un retraso terrible.

Kobra admiraba a todos sus compañeros de clase. A uno, un servidor, porque sabía tocar el piano; a otro porque tocaba el saxofón (Tombor); al siguiente porque era campeón juvenil de natación en la especialidad de mariposa; al cuarto porque dirigía las sinfonías de Beethoven con la partitura bajo el pupitre; al quinto porque se manifestaba como revolucionario fogoso; al sexto porque hizo saber a Kobra que era el fogoso representante de la contrarrevolución en la clase; al séptimo porque sabía interpretar la Rhapsody in blue de Gershwin a base de eructos. Cuando los amigos le mostraban sus bibliotecas, Kobra tenía la sensación de tener delante una mujer guapa que se desabrochaba el vestido blanco y veraniego, bajo el cual aparecía un vientre bronceado. Con un salto desde el trampolín, el alumno, el discípulo se instaló en Dostoievski y en Proust. Él era Raskolnikov y el envejecido y celoso Swann. Sin embargo, todo cuanto el maestro Kobra sabía de los celos reales provenía, creo yo, de las enseñanzas prácticas de Bori Székely. Le pregunté, para tentarlo, si sus intenciones respecto a Bori eran serias. El maestro se mostró inseguro.

—Porque las mías van muy en serio —dije yo—. ¿Renunciarías a ella por mí?

Se había enterado de que Bori Székely había leído en la piscina las cartas de amor de Kobra a los demás, tal vez por burlarse de él, tal vez por vanagloriarse. En efecto, mis intenciones respecto a Bori eran sumamente serias, si bien sólo a corto plazo. Quería inscribirme con ella como pareja en el registro de un hotel. Empezar con ella, con fraternidad y caballerosidad, el camino de la incertidumbre. Los versos son más fieles que mi amigo y que Bori, debió de pensar Kobra; estos dos se han olvidado de mí como de la comida del perro. Se consolaba con Csokonai y con Apollinaire cuando llamábamos a su puerta y lo llevábamos a las variedades Royal Revu o al Bar Plantage, al que Sanyi Madár, el chico más alto y más elegante de la clase, nos dejaba entrar sin problemas porque su madre era socia del bar, aparte de dedicarse a comerciar con objetos de plata. Kobra se comportó de manera bastante estúpida con Bori. Le di una oportunidad y no la aprovechó: apenas le dijo palabra. Me vi obligado a asumir la tarea de entretener a Bori, cuyas risas perlinas Kobra escuchaba con total indiferencia. Por aquella época, Kobra ya llevaba gafas, bebía vino y afirmaba con descaro sentir en la boca el sabor de las metáforas. Gracias a Sanyi Madár, nos servían ron con zumo de frambuesa en el Plantage y veíamos bailar Sziszi Henciday. Bori no paraba de reír por el feo culo de Sziszi. Mientras, yo notaba que Kobra, estupefacto, consideraba a Sziszi la personificación del torbellino.

Los budapestinos solían brillar con respuestas ingeniosas que la mente provinciana del maestro tardaba horas en captar. Veía la ciudad como una jungla llena de figuras geniales, tales como mi padre. Pianista bohemio, amigo de periodistas y poetas, asiduo de los hipódromos y de las mesas ocupadas por jugadores de cartas, conocía las costumbres y personajes de la noche y sólo el pudor le impedía marearnos con sus historias. Calvo y elegante, tenía una barba perfectamente recortada y usaba camisas tan planchadas que parecían espejos. Noctámbulo, llevaba un sombrero de ala ancha, pipa corta inglesa y el cuello del abrigo vuelto hacia arriba. Los más geniales pertenecían a las especies en vías de extinción. Los chicos raros de nuestra edad abandonaban la escuela, el país, a veces incluso las filas de los vivos. Hubo quienes fueron tragados por la política, se hicieron funcionarios del partido, soldados o habitantes de las cárceles; en definitiva, quedaron atrapados por la vida cotidiana de alguna institución. Hubo quienes consiguieron escapar a Occidente. Se fueron porque presentían que las puertas se cerrarían de golpe y posiblemente no volverían a abrirse. Luego se acabaron los pasos de las fronteras y creció el deseo de violarlas. Se redujeron las obras para leer. Se cerraron las bibliotecas privadas de préstamo y el material de las públicas fue sometido a una criba, basándose en un índice central. Evidentemente, quería conseguir a toda costa los libros censurados; yo iba a las bibliotecas de las embajadas; me pedían la documentación y me tocaban las pelotas. Desaparecieron el jazz de los programas radiofónicos y el tono cosmopolita de las clases. Y desaparecieron las conversaciones profundas en las que todo quedaba abierto y ningún punto de vista podía despreciarse. A nosotros, en parte por influjo de mi rigor, sólo nos preocupaba saber si un determinado texto era interesante o tedioso y no si era correcto o incorrecto. Sin embargo, a nuestro alrededor se extendía la sombría diferenciación entre lo correcto y lo incorrecto. Estoy equivocado, me decía, y podrido incluso, soy un mono renegado, corroído e infame en todos los sentidos, me decía después de haber leído los ensayos de Zhdanov (el compañero e ideológo de Stalin) sobre el arte y la literatura, un libro con cubierta de papel azul celeste ofrecido y recomendado en todos los rincones de Budapest del que pretendí deducir nuestro futuro intelectual. Fue entonces cuando estallé:

—Es lo que se nos viene encima y será cada vez más gordo. Al final sólo quedará esto. Ya ni siquiera me resulta cómico.

—¿Se habrá cansado su señoría de analizar la historia mundial? —preguntó Kobra.

No reflejaré mi respuesta en estas líneas por una simple cuestión de decoro.

Una de esas tardes de invierno en que oscurece tan temprano nos dirigíamos a casa después de nuestro vagabundeo por la ciudad y vimos iluminadas algunas de las ventanas del férreo puño de la dictacura del proletariado. Alguien quizás estaba empezando a comprender que o firmaba o le iba a doler. Vimos que se abría uno de los portales de la manzana y salía un tipo encorvado con un abrigo de mala calidad. En la otra esquina lo esperaba una mujer, sin moverse, sin atreverse a cruzar la calle para ir a su encuentro. El hombre se acercó con pasos titubeantes y se apoyó en la mujer.

—¡Por amor de Dios, tus dientes!

El hombre emitió una vocecita quejumbrosa.

—Me cosieron a patadas y me pisotearon en el suelo como a un perro.

Nosotros proseguimos el camino.

—¿Por qué como a un perro? ¿Quién suele patear y pisotear a un perro en el suelo? —corrigió Kobra a ese hombre desde una perspectiva estilística.

Durante un rato no nos cuestionamos el hecho de que un hombre se abrazara llorando a su mujer porque le habían pegado. ¿Qué habrían hecho con él? Convinimos en que la virilidad consistía en aguantar los golpes cuando no había posibilidad de devolverlos. Había oído por boca de alguien que era más práctico gemir y chillar. Según Kobra, él no se quejaría. Como nunca nadie golpeó a Kobra, no podemos saber si sus palabras se debían pura y simplemente a la vanidad. A mí sí me habían golpeado y yo no había gritado, no; pero ante Kobra argumenté de la siguiente manera:

—El dolor no es motivo de vergüenza. Si te quejas, ellos se darán por satisfechos antes de tiempo. Te golpean mientras les apetece. Son más y tienen más aguante que la víctima.

De estos temas hablábamos por aquel entonces.

Amália

Mientras Dragomán sube por la escalera con forma circular, desciende la bienoliente Amália, la simpática vecina. Se dirige a la iglesia y luego a hacer la compra. Más próxima a los setenta que a los sesenta, camina con pasos elásticos, girando un poquito la punta de los zapatos de tacón alto en cada escalón, lo cual transmite un agradable contoneo a la cadera. A ojos de Dragomán sigue siendo hermosa. Amália fue la segunda mujer desnuda que abrazó. Desde entonces han transcurrido cuarenta años. En aquella época los niños hablaban de Amália en el patio, las mujeres en el pasillo, y los hombres sentados a las mesas de la plaza jugando a las cartas. De ella se hablaba incluso en la bodega de vinos kosher de la comunidad judía. Amália, perfectamente construida, con moño grande y rubio, labios carnosos y pechos turgentes, descansaba sobre un sólido esqueleto. Su primer marido saltó del tercer piso al empedrado del patio, pero lo hizo de tal modo que tuvo tiempo de gritar antes de romperse el cráneo:

—¡Amália, te quiero!

Era comprensible. La placa de latón brillaba en la puerta de Amália y su despensa estaba a rebosar de potes con mermelada de albaricoque que parecían risas rescatadas del verano. El siguiente marido se ponía una camisa primorosamente planchada por la mañana y era esperado con un filete de carne recién hecho y una taza de té. El cuarto de Amália desprendía un olor exquisito gracias a la lavanda oculta entre la ropa interior.

Cumplidos los catorce, Dragomán siguió a Amália a una discreta distancia por sus caminos matutinos. Dragomán a la caza de la mujer. La joven vecina se dio cuenta. Una mañana Dragomán abrió la boca y dijo detrás de Amália, con una voz que a él mismo le sonó extraña:

—Le llevaré la cesta si quiere.

La cesta contenía una botella de leche, cerezas, huevos y una gallina viva. Cuando llegaron a la puerta de la cocina, volvió a expresar su deseo con la audacia de un salto mortal:

—Le ayudaré a quitar los huesos a las cerezas si quiere.

Fue admitido en la casa, lo cual lo sumió en un estado de éxtasis. Amália lo dejó sentarse en su taburete, delante de su bandeja, una bandeja campesina esmaltada en blanco en la que se fueron amontonando las cerezas deshuesadas y de piel resplandeciente, mientras el jugo de la fruta se acumulaba en el fondo. Entretanto su divina alteza, Amália, ya había retorcido el pescuezo de la gallinita, la había abierto con un cuchillo de cocina de hoja delgada y había realizado la operación con una celeridad tal que el pobre animalucho apenas tuvo tiempo de quejarse y ni siquiera se agitó mucho rato sobre las baldosas. Amália la abrió, la destripó y encontró varios huevos en proceso de formación en su interior, cosa esta que la alegró sobremanera porque darían sabor al caldo. De golpe y porrazo, Dragomán preguntó al ama de casa si podía besarla. Amália soltó una carcajada, se sorprendió un poco, se lo pensó otro poco y después dijo que sí, que adelante, que podía besarla. Sólo tuvo tiempo para dejar el cuchillo sobre la mesa. Nadie había puesto la lengua en la boca de Dragomán. La de Amália, blanda y carnosa, se movía con pereza. Dragomán intentó desgajar del sostén los pechos turgentes de Amália, cuyos pezones apuntaban hacia arriba. La vecina le arrimó el vientre y los pantalones de paño del muchacho se mojaron.

—Ven —dijo Amália y condujo a Dragomán a su habitación, donde había un sofá en un rincón al lado de la radio, a cierta distancia de la cama matrimonial, en la que se apilaban los almohadones, los edredones y los plumones. La cama estaba cubierta con una colcha de terciopelo rosada de tal manera que se creaba una construcción de perfecta forma rectangular y angulosa, como esos pasteles altos con crema de fresa que se nos pegan a los dientes. Dragomán habría querido saltar sobre la cama, pero no se atrevió. Amália encendió la radio; primero se oyó Mi cuarto es todo lágrimas y luego el parte sobre las inundaciones. Había llovido mucho ese verano, el Danubio estaba crecido desde Paks hasta Mohács y Amália dijo que le gustaban las riadas. Sobre el armario se veían conservas de ciruelas con ron, flores de cera y un crucifijo. En el rincón había una ducha y un bidé detrás de una cortina bordada muy coqueta, instalados por su anterior marido. Según una amiga, Amália se afeitaba y se perfumaba las partes pudendas. La había visto hacerlo en su casa. En aquella época, el que Amália se untara el cuerpo con cremas nutritivas se consideraba una forma de lascivia. Poseía algún perfume cuyo olor Dragomán sólo logró percibir en ella: ella misma se lo preparaba con un cocimiento de flores y quién sabe qué otras cosas.

Ahora se encontraba frente a Dragomán. Su vestido, con la hilera de botones delante, estaba abierto. Apartó un poco a Dragomán y buscó algo en la mirada del muchacho. Cuando Amália pasaba a toda prisa junto a los hombres jóvenes y maduros del edificio, contoneándose sobre los tobillos finos y musculosos como un vehículo con la suspensión en perfecto estado, ella misma se sonreía de su premura y resollaba simpáticamente. A un tipo que le tocó el culo en la calle le dio tal cachete con el dorso de la mano, que el agresor agredido llamó a la policía a voz en cuello. Todo el mundo le devolvía el saludo con un gesto que expresaba agradable sorpresa. Había quienes abrigaban deseos de vengarse de su propia debilidad. Algunos se sentían obligados a hablar mal de la rubia Amália. Naturalmente, eran los mismos que luego la saludaban con suma amabilidad. Existía una medida secreta para las malas lenguas cuando se hablaba de la diosa. Los habitantes del edificio conocían dicha medida, ignorada por los de fuera, los cuales insistían en hacer preguntas y se pasaban, por tanto, de la raya. En esos casos, los habitantes del edificio se cerraban en banda como obedeciendo a una señal secreta y cambiaban de tema. Porque nosotros saludábamos diariamente a Amália, que en aquellos días de principios de verano avanzaba delante de nosotros por su particular e invisible acera mecánica, con los brazos y pantorrillas de color de canela desnudos y con un vestido de seda rojo. Ella recibía las mejores chuletas en la carnicería y en la tienda de la lechera ya la esperaba la crema agria en su propio recipiente de porcelana. Si un buen día hubieran aparecido los embaladores con sus cinchas ante la puerta de Amália, todo el edificio se habría sentido abatido.

Cuando sus cuerpos se separaron, la radio emitía un tema de la Chappy-jazz-Band. Amália limpió primero a Dragomán con una toalla previamente humedecida porque tenía un poco de sangriza, se puso una bata y espió por la ventana. En el rincón estaban la máquina de coser y la ropa interior sobre unos estantes. Amália era costurera y su marido taxista. Un taxista puede permitirse el lujo de presentarse en su piso en el momento menos esperado. El sofá grande estaba cubierto con una funda con estampado de flores rojas, tapada a su vez con una manta igualmente roja. El despertador era rojo y la cubierta del sillón también. Sólo la cortina no era roja, pues habría resultado demasiado llamativa; era de color amarillo limón. A Amália le gustaba el rojo. Su madre era turca. Su padre la había traído de Bosnia en su época de militar por esas tierras. Las mujeres turcas son muy serviles y sus maridos viven como reyes. Amália procuraba vivir como una reina ella también. Después de charlar un rato, les entró el deseo de copular de nuevo, por aquí y por allá, así y asá, que el hombre quiere probarlo todo. De improviso resopló con fuerza y de manera muy extraña y dijo: ¡ay qué bien!, en un tono entre lánguido y ronco. Después se tumbaron uno al lado del otro, exhaustos. Y se inició de nuevo la operación de limpieza con la toalla y de espiar por la ventana. La radio pronunciaba duras palabras contra la reacción clerical. Amália, siempre al tanto de cuanto ocurría al otro lado de la ventana, esperó el momento oportuno y de repente echó a Dragomán al pasillo.

—¡Ahora vete!

Dragomán bajó a la plaza y en ese preciso instante apareció por la esquina, balanceando el gorro de chófer, el taxista. Amália siempre actuó con suma disciplina cuando se encontraba con Dragomán en la escalera; nunca se permitió familiaridades. Le gustaban el secreto y el riesgo.

El taxista no podía fecundar a Amália y ella, sin embargo, sí quería tener hijos… Después le tocó el turno a un chófer de autobús, un hombre feliz. Amália dio a luz a una niña. La vida cotidiana transcurrió con total regularidad durante años. El chófer volvía del trabajo a primera hora de la tarde, empujaba a Amália a la cama y luego merendaba una hamburguesa acompañada de una copa de vino. Cogía sus útiles de pesca y se iba a la escuela a buscar a la hija. Escuchando sin prestar demasiada atención, el chófer se enteraba de si la niña había hecho los deberes en el hogar en el que estudiaba por las tardes y se instalaba en la orilla del Danubio, al norte del puente Erzsébet bombardeado, donde las chicas estudiaban en los escalones con los libros en las manos y las parejas de amantes se besuqueaban. Allí se sentaba el chófer de autobús con su hija gorda y con sus gusanos. Mientras preparaba el anzuelo, la niña gorda entonaba todas las melodías aprendidas en el coro de la escuela. Su padre creía en el futuro de la hija como cantante de ópera. Amália le preguntaba en casa:

—Cariñito, ¿cuándo vas a parar de berrear?

Una tarde el chófer de autobús llegó a casa y se encontró con que, jugando, el amiguito del tercer piso, hijo de un oficial del ejército, había matado a la niña gorda con la pistola de su padre. Todo sucedió en casa de ellos, en la habitación. Amália estaba en la cocina, preparando bollos con mermelada para los niños. Mientras, ellos cuchicheaban dentro, tal vez enamorados. Amália no pudo creer que eso que acababa de oír en el cuarto era el estampido de una pistola. Los niños estaban jugando a ejecuciones. El vecinito del edificio le pegó un tiro en la nuca a la niña, que estaba arrodillada. No, ya no se levantará nunca más y nunca será cantante de ópera. El vecinito creía haber sacado todos los cartuchos del cargador, pero olvidó uno dentro. Encarcelaron al oficial y al niño lo mandaron a un correccional; la madre se mudó de piso. Sólo quedaron Amália y el otrora feliz chófer, pero sin hija. El marido, con la caña de pescar y el cubo vacío, volvía cada vez más mareado y tambaleante de la orilla del Danubio. Bajaba con una botella de vino, se olvidaba de la pesca y contaba a todo el mundo lo ocurrido con su hija. Afirmaba no ser capaz de asumir siquiera la posibilidad de un hecho así. Se hizo amigo de un hombre cuya esposa había puesto a su único nieto a dormir bien tapadito en el balcón un día no excesivamente frío. El aparato respiratorio del bebé se congeló; lo metieron dentro, felices y contentos, abrazando el saco de dormir forrado, pero ya no vivía. El anciano también solía traer una botella de vino. El chófer de autobús tenía un lunar en el cuello; se le infectó y empezó a dolerle; se lo extirparon en una pequeña intervención. Una semana más tarde recibieron un telegrama del hospital oncológico. Poco después, Amália vestía de negro.

Fáni y los otros

—¿Te he hablado alguna vez de mis abuelos? ¿De la abuela Elza, alta y encorvada, y del pequeñito abuelo Vilmos? —preguntó Dragomán.

Le acerqué la bata de cachemira, el vaso de té en el soporte de metal, el taburete para apoyar los pies, los utensilios para su pipa, y le rogué que me hablara de ellos.

Vivían en la Körönd, en un segundo piso, encima de la pastelería Stück. Frente a ellos se podía ver a veces a Zoltán Kodály en la ventana, haciendo ejercicios de respiración. Por aquel entonces aún se podían hacer ejercicios de respiración en Budapest. Luego aparecieron los automovilistas con sus funestas máquinas y desde entonces sólo se inhalan gases de tubos de escape. El abuelo debía de medir 1,60 m; la abuela, en cambio, 1,80 m. Los tres nos sentábamos alrededor de una mesa puesta con primor. La abuela, un tanto inclinada hacia adelante, se cernía sobre nosotros con su cara de pájaro afilada y amarillenta. El abuelo, pese a su estatura, ocupaba con dignidad la cabecera de la mesa y sólo se quitaba la pajarita para dormir. Para comer se ataba la servilleta de damasco al cuello, de modo que con las puntas del nudo parecía tener cuatro orejas. Su cabecita plateada emitía una voz potente desde detrás de la prótesis dental que movía hacia atrás y hacia adelante con la lengua. Era la voz de un importante vinatero retirado, consciente de su valía. No había sitio para la incoherencia ni para la charlatanería. El abuelo distinguía sin dejar lugar a dudas entre brebajes tolerables y abominables. El vino puro es cosa muy rara; el brebaje se aproxima más a la realidad. El abuelo apagaba su sed con agua mineral que acompañaba bebiendo vino a sorbitos como si se tratara de un licor. Después de levantar la mesa, nos quedábamos sentados y el abuelo me interrogaba sobre mi jornada y mis lecturas y declaraba convencido que Flaubert era mejor que Stendhal, opinión que yo le discutía. Según él, Madame Bovary representaba la cumbre de la literatura universal.

—Poesía y precisión —decía el abuelo en tono tajante, para añadir luego—: esa novela no es ningún brebaje.

El centro de la severa biblioteca negra del abuelo lo ocupaba una colección de separatas; a la derecha se encontraban los clásicos alemanes, a la izquierda los franceses e ingleses, todos con lomos dorados. El abuelo no se iba a dormir sin haber leído algún pasaje memorable de alguno de los clásicos. Su ídolo era Széchényi. «Es de valorar», decía, «que el más grande de los húngaros fuera un civil y no un militar. Un intelectual a gran escala».

El abuelo tenía los diarios de Széchényi en alemán.

—Es un auténtico drama que este hombre, que impulsó la consolidación de la clase burguesa, creyera haber provocado el baño de sangre que vino después. ¿Ha habido desde entonces un político húngaro que creyera ser el Anticristo? Abandonó a su familia, se escondió tras la máscara de la locura y se humilló. Se acusaba de no haber puesto su vanidad al servicio de principios espirituales más rigurosos. Aún no he leído ninguna novela interesante sobre ese hombre, que fue conde, oficial de húsares, diplomático, organizador, figura de la buena sociedad, tenorio, escritor romántico-cínico y persona temerosa de Dios.

El abuelo recordaba los planes del conde para plantar árboles en la colina de Buda, así como sus problemas con el Lánchíd o Puente de las Cadenas. Fue el primer ciudadano de la capital. El abuelo Vilmos sólo lamentaba que el conde no se mostrara liberal en el tema de la emancipación de los judíos. Esto lo volvía un poco melancólico y entonces se ponía a hablar del viejo ocho con timonel, del club deportivo cuyo socio fundador había sido y a mostrar fotos en las que se lo veía con gesto cómico y brioso en un campeonato de marcha atlética y luego, con la vestimenta correspondiente, sobre la tarima de los campeones en el Városliget, a comienzos de siglo.

Vivían cerca del Museo de Bellas Artes y los domingos por la mañana siempre se acercaban caminando al museo y se quedaban diez minutos contemplando algún cuadro, pese a haberlos visto todos hasta la saciedad; después se marchaban a toda prisa para no mezclar su impresión con las demás obras de arte. Conversaban paseando por el Városliget. La abuela llevaba la voz cantante. El abuelo la cogía del brazo; hasta podía decirse que colgaba de ella. La abuela Elza explicaba las maravillas que más le habían llamado la atención ese día entre las maravillas del cuadro contemplado. El viejecito ladeaba un poquito la cabeza y se asombraba de las muchas ideas que la abuela Elza dejaba caer desde su altura. Aprobaba algunos puntos de esas teorías asintiendo ligeramente con la cabeza y chasqueando la lengua.

Sí, la casa de los abuelos era oscura, dominada por el olor de los muebles viejos, por la débil iluminación, por el frío, por los sólidos marcos en las paredes, por las porcelanas y las figuras de marfil en los estantes. A decir verdad, el piso no atraía en absoluto; sin embargo, me mudé a la casa de los viejos a los quince años. Dejé a mis padres, harto de sus dramas, de los ataques de mi madre. Preferí escuchar al abuelo Vilmos, que decía que el hombre era la única obra de arte capaz de corregirse a sí misma.

Una vez al mes, mi madre se marchaba con el canario Zizi y su hermosa jaula de bronce, así como con la pantalla de color mostaza de una lámpara. Siempre había de discutir con los taxistas, porque no podía introducirse en el coche con todos sus bártulos. En esas ocasiones mi padre se sentaba al piano para molestarla y hacía como si la única forma posible de despedir a mi madre fuera tocando alguna pieza sentimental.

—Esta noche cantará Nusi —le decía, además, a modo de un adiós.

Normalmente habría cantado mi madre. Cuando mamá no cantaba, los clientes del bar sabían que las turbulencias atmosféricas habían asolado la casa de los Dragomán. Mi padre echaba leña al fuego con algún comentario estúpido. Al salir a toda prisa, mamá cogía un plato decorativo de la pared, lo tiraba al suelo y lo pisoteaba. Este gesto complacía enormemente a mi padre. Se encaminaba a una tienda de porcelanas próxima, compraba una copia exacta de aquel plato repugnante y lo colgaba en su sitio. La terrible capacidad de resurrección del adorno, así como la invencible tozudez de mi padre hicieron una vez que mamá, con su jaula y la pantalla de la lámpara, no pasara más allá del vestíbulo cuando se disponía a entrar. Le bastó ver el plato en la sala de estar. Mi madre lo cogió, lo tiró al suelo y se marchó de nuevo con sus pertenencias. ¿Adónde iba? A una casita de veraneo en Csillebérc que mi padre había comprado en los años treinta, en un acto de previsión y a precio de saldo. Terraza grande, cama grande, ducha, mucha ropa, perfumes y, desde luego, muchísimas lámparas, lo cual demostraba que mi madre sólo se llevaba la dichosa pantalla por amor al circo.

Después de una de esas huidas de mi madre perdí, jugando al póquer, furioso, sus zapatos de baile.

—¿De dónde has sacado, pillo, que ya no voy a ir a los bailes? A ver si te enteras de que estaré en el baile de la Ópera, con una invitación, sí señor, con una invitación. Si tu padre vuelve a rehuir la honrosa obligación de acompañarme a todas partes según mis deseos y caprichos, entonces lo hará el barón, y con mucho gusto. Tu madre es una mujer de categoría, que necesita un escolta para que no la molesten. Una mujer no luce sin un hombre. Con el barón quedo bien y no olvidemos que el barón queda bien conmigo.

El barón, hombre de cara bronceada, pelo cortado como un cepillo y pómulos marcados, pululaba alrededor de mi madre. Siempre se mostraba alegre y con una salud desafiante. No poseía nada salvo unos pantalones de golf de piel de ciervo, botas de excursionista, una chaqueta de tweed, así como un morral de cazador que contenía todo cuanto se necesitaba para acampar, desde una aguja hasta la Biblia.

—Siempre listo —decía, citando una consigna del movimiento scout.

—¿Qué quiere usted de mi madre, señor barón? Ni siquiera es bonita. Para mi gusto al menos.

A partir de mayo, mamá frecuentaba el solárium de nudistas de las piscinas Palatinus.

—János, hijo mío, tu madre me recompensa con creces la pérdida que me supuso la expropiación de mi finca de cuatro mil hectáreas.

A pesar de que mi madre me amamantó hasta los nueve meses, sus pechos mantuvieron una perfecta forma semiesférica y los pequeños pezones rosáceos se traslucían en los tejidos de punto. Sus manos, sus piernas, su cuello, todo en ella era largo y esbelto. Papá ocultaba los celos tras una máscara flemática y aceptó la presencia del barón. Quizá hasta le cayera bien.

—Es cierto que tu madre me engaña, pero al menos vive.

Desde luego, nuestro ángel de la guarda salvó a los dos de una muerte segura, por no mencionar mi propia persona. Papá regresó de Bor, de donde sólo volvieron trescientos de un total de tres mil hombres. Saltó del coche en una calle, se metió en el agujero abierto de una cloaca y huyó, pero cayó en manos de la Gestapo y lo encarcelaron. Sin embargo, salió del presidio por la puerta principal con un cubo de carbón en la mano. Volvió con mamá, a la Klauzál tér.

—En cierta medida soy un hombre afortunado —decía de sí mismo.

Porque este barrio de la ciudad se convirtió en el gueto en noviembre de 1944. Papá no tenía que trasladar sus enseres a otro sitio y podía dormir en su propia cama y tocar el piano, susurrando a quienes nos hallábamos bajo el instrumento:

—Pajaritos, quedaos ahí acurrucaditos.

Nos gustaba permanecer a su alrededor; mientras disparaban fuera, él tocaba. A veces tenía que bajar a echar una mano con el pico para abrir el suelo helado: uno debía enterrar a los muertos aun a costa de la integridad de sus dedos. Encaneció totalmente en Bor, se dejó crecer la barba y parecía más viejo de lo que era. Una vez se lo llevaron, pero regresó al gueto al cabo de una semana, para estar junto a mi madre. Lo que ocurrió en los días de ausencia sigue siendo un misterio hasta hoy. ¿Habrá matado a alguien? En ese ínterin por poco no mataron a mi madre.

Papá sobrevivió, pero se quedó exhausto. Carecía de fuerzas para ayudar a mi inquebrantable madre en sus excursiones dedicadas a la compra, excursiones interminables y ricas en acontecimientos. ¿Qué podría haber hecho, por ejemplo, cuando ella propinó una sonora bofetada a un vendedor de paños? Mi madre a veces sólo salía de casa para buscar camorra. Le encantaba impartir justicia. Insultaba a gritos a los hombres cuyas esposas llevaban pesados fardos. Cuando veía a una madre que pegaba a su hijo en las nalgas, le daba a la mamá castigadora en las nalgas.

—Es terrible que la gente no sepa ponerse en el lugar del otro —se quejaba.

En tales situaciones, el barón esperaba en la otra esquina, dispuesto a intervenir. Mi padre prefería sentarse en su cuarto a la débil luz de la lámpara de mesa y leer alguna curiosidad sobre los cetáceos, las amazonas o las epidemias. No habría sido capaz de aguantar una de las partidas de bridge de mi madre hasta el final. A veces permanecía junto a la ventana en la oscuridad, mirando la plaza. Volvió a triunfar como compositor de canciones sentimentales. Sin embargo, ocurría como algo secundario; y si bien todos vivíamos de esos éxitos, la protagonista de la casa siguió siendo mi madre.

—¡Barón, nos vamos de aquí! —ordenaba mi madre.

El barón ayudaba a empaquetar las cosas, ya sabía lo que debía coger y dónde estaban el bolso de viaje y el neceser para los cosméticos. Los dos hombres se despedían con suma cortesía y amabilidad hasta la próxima ocasión. Una sensación de calma se apoderaba de mi padre. Según sus cálculos, en dos o tres días habría de esperar la llegada de mi madre con una vela encendida sobre la mesa. Mamá siempre tocaba el timbre siete veces para anunciar su regreso.

—¿No te basta con tres? —preguntaba mi padre.

No. Aparecía mi madre en el umbral, con el barón, que era más bajito, a su espalda. Mi madre, de metro ochenta de estatura, se apoyaba, nerviosa, en un pie y luego en el otro; sus largas piernas llevaban maravillosas medias de malla. Daba unas palmaditas en el hombro de mi padre:

—Tranquilo, viejito… Si te portas bien, me quedaré contigo.

A veces, cuando estaba un pelín achispada, apoyaba la cabeza en el pecho de mi padre y sollozaba:

—Dios mío, Dios mío, ¿por qué me habrás elegido a mí, pobrecito desgraciado?

Papá le acariciaba la cabeza:

—Fáni, cariño, soy el cerdito de la suerte.

En la primavera de 1947 mi madre se declaró sionista convencida. Iría a un kibbutz a cavar la tierra rocosa, a regar, a coger naranjas, a conducir un tractor, a cocinar en una gran olla en la cocina comunitaria, a hacer teatro por las noches, a enseñar danza moderna de jazz. Estaba dispuesta a actuar y a cantar. Por las mañanas ordeñaría las vacas con la máquina y por las noches sería la reina de la escena. No obstante, no parecía fácil imaginar a mi padre en un kibbutz.

—Döme, ¡es usted un pequeño burgués decadente y urbano! Un caso perdido. Usted, hijo mío, sería capaz de pasar toda su vida en el mismo rincón. Comprenda, querido, que al lado de usted me voy atrofiando, y como usted es incapaz de renovarse, tampoco me permite evolucionar.

Mamá solía tratarlo de usted cuando las diferencias teóricas la alejaban de mi padre. Mi madre se volvió luego hacia mí en busca de un aliado.

—Tu papá ha echado raíces aquí en la Klauzál tér, entre las mesas de ajedrez y el tobogán; los pájaros anidan sobre su cabeza y las niñas juegan a la comba con su barba.

Papá parpadeaba y no decía palabra. Dibujó una fugaz sonrisa; según mi madre, una sonrisa repelente, asquerosa, amarga. Para él lo normal era bajar por las noches al Bar Tango (que había dejado de ser un café y se había convertido en bar) y entregarse allí a la melancolía, charlar y arrullar detrás del piano.

O sea que mi madre decidió que nos íbamos a la tierra de Israel. Casi todo estaba en perfecto orden. Mi padre, judío circunciso, aceptó finalmente el plan. Yo también lo acepté, aunque no estaba circuncidado. El barón también lo aceptó, pero no sólo no había pasado por la circuncisión, sino que ni siquiera era judío.

—¡Tódor será el miembro ideal de un kibbutz! —exclamaba mi madre, exaltada—. Es polivalente, experto en muchos temas, un agricultor musculoso y sin demasiadas exigencias.

—¿Por qué no hacerme judio? —se preguntaba el barón. Como agnóstico podía aceptar el judaísmo, aunque la idea no le resultara particularmente atractiva—. Será una estación más en la peregrinación de un observador.

El barón ya había pensado en convertirse al judaísmo como forma de protesta durante la guerra, por oposición al trato dado a los judíos. Después de reflexionar a fondo, sin embargo, decidió aceptar el cargo de comandante de un batallón de judíos condenados a trabajos forzados, a los cuales trajo sanos y salvos de vuelta a casa. Como recompensa le ofrecieron doscientas hectáreas de tierra, pero para ello debería haber declarado como testigo en la causa seguida contra un compañero suyo, un oficial acusado de inhumano y antidemócrata. Tal declaración tal vez se habría ajustado incluso a la verdad, pero el barón renunció a desempeñar ese papel, así como a las doscientas hectáreas. Le gustaba escuchar la música de mi padre en el Tango, bebía coñac, pensaba cada cuarto de hora una frase, sacaba su libreta de apuntes encuadernada en piel y hacía una anotación en ella con un lapicito de punta fina. Cuando había bebido gran cantidad de coñac, me leía algunas de sus frases (porque a pesar de mi tierna edad solía hallarme en el Tango hacia la medianoche). Las frases tenían un calado tan profundo como los aforismos en papel de color rosado ocultos en los pastelillos de la suerte de los restaurantes chinos.

—Si necesitara la hipótesis de la existencia de Dios para algo, preferiría ser judío a ser cristiano —opinaba el barón—. Y una vez tomada esta decisión fundamental, es decir, la relativa a la religión, los detalles técnicos se arreglarán por sí solos.

Así tranquilizaba el barón a mi madre y su propia conciencia. Para mi madre no existía ninguna clase de obstáculos. Yo, sin embargo, tenía la sensación de que el barón no necesitaba la hipótesis de la existencia de Dios.

La causa de nuestra emigración fue el gran Shlomo, jefe y gurú de un club cultural sionista que organizaba las salidas del país. Mi madre, totalmente sometida al influjo del espíritu radical del gran Shlomo, no sólo habría ido a Tierra Santa, sino incluso al Polo Norte. Ya se había peleado hasta con su zapatero y su pedicuro.

—¡No es verdad que tenga los pies más grandes! ¡A una mujer de treinta y ocho años no le crecen los pies, carajo! ¡Insulte usted a otra si quiere!

Al final tuve que ir a una clínica y la operación se llevó a cabo. Además del rabino, estaba también el gran Shlomo, que ejercía de padrino. Me habría tenido en brazos de haber sido yo un lactante.

—Un miembro circuncidado es más fácil de limpiar y dicen que más bonito —declaró el gran Shlomo; se veía que el suyo le gustaba. Sin embargo, me molestaba que a mi madre también. No me anestesiaron y me dolió mucho.

—Mamá, ese gran Shlomo es un imbécil de cuidado —dije, ya vestido, con los pantalones puestos.

—Tienes razón, es eso y nada más —admitió mi madre.

No obstante, ocurrió que en 1948, es decir, en el año del cambio, Shlomo también lo dio. Lo previsto era que muy pronto llevaría a nuestra pequeña tropa por los bosques de Bohemia hasta la zona americana situada en tierras bávaras, para que de allí pudiéramos dirigirnos con menos riesgos a Haifa. Parecía muy dispuesto a aceptar el riesgo de acabar capturado e incluso torturado. Pero de una manera inesperada para todos, la ética marxista-leninista iluminó su mente hasta tal punto que el hombre se dedicó luego a impartir clases sobre ella.

—Soy un modesto trabajador de la teoría comunista de los valores morales —dijo en tono grave a sus conocidos.

Modesto, porque había encontrado a una persona más perfecta que él. Sí, ni más ni menos que a Iósif Vissóriónovich Stalin, a un hombre que no estaba determinado por ética alguna, sino que determinaba él mismo las categorías éticas.

Mamá desapareció de la casa con dos trajes sastre de lino color azul. Se marchó con el gran Shlomo a un hotel del lago Balaton donde, sin embargo, se descubrió que Shlomo no tenía suficiente dinero. A mi madre no le gustaban esas groserías. El barón, por ejemplo, siempre llevaba dinero; antes de marcharse, papá le pasaba algo a escondidas.

—Para evitarte problemas, mi querido Tódor.

En estos asuntos no había motivos para quejarse del barón; no obstante, mamá le reprochaba no defender posturas radicales. El barón, resignado, asentía con la cabeza. Fue en aquel hotel del lago Balaton donde el gran Shlomo experimentó la iluminación, donde vivió su particular camino de Damasco, tal vez escandalizado por la mezquindad y el formalismo burgués de mi madre. Cambió esa pequeña religión local por el proceso revolucionario a escala mundial.

—Esto que hay bajo nuestros pies es la tierra santa. Aquí hay que construir el socialismo, el país del hombre. ¿Qué representa el nacionalismo religioso de un pueblo pequeño en comparación con el comunismo mundial?

Mi padre y el barón se pasaron dos semanas bebiendo cerveza, sumidos en la melancolía. En el Tango mi padre cantaba canciones de despedida que desgarraban el corazón. Un viernes, papá encendió una vela y trajo una cena caliente de un restaurante conocido. El barón le preguntó, pasmado:

—¿Cómo lo sabes?

Lo sabía, aunque fuera de manera intuitiva e imprecisa. Mi madre llegó, bronceada y con un vestido rojo como las amapolas. Tocó siete veces el timbre. Abrí la puerta, con mi padre y el barón a mi espalda: los tres debíamos de tener un aspecto lamentable. Las dos semanas de ausencia de mi madre me habían puesto de mal humor. No fui a la escuela y mantuve la intervención en secreto, por temor a que se rieran de mí. La herida tardó en curar. Caminaba encorvado y me protegía las partes con la mano. Mi madre soltó una sonora carcajada:

—Pero ¿qué te ha pasado, cariñito? ¡Pero si estás como una madre que acaba de parir! ¿Y por qué caminas con esos pasitos tan cómicos?

Llena de optimismo histórico y de firmeza combativa, se instaló en la cabecera de la mesa en un santiamén. Nos comunicó que, visto desde la perspectiva del materialismo histórico, el sionismo pertenecía al pasado. Definitivamente.

—¿De verdad, cariño? —inquirió mi padre. Su cabeza vacía creyó en un primer momento que el gran Shlomo estaba acabado, pero luego entró en razón y preguntó—: ¿Y qué piensa el gran Shlomo de esta cuestión?

—Los dos estamos de acuerdo en lo fundamental —contestó mi madre en tono reservado.

Los ojos de mi padre se nublaron.

—¿O sea que no viajamos? —preguntó el barón. ¡Vaya cabroncete!

Claro, él había postergado la pequeña intervención; los detalles técnicos eran secundarios. Mi madre ya ni siquiera recordaba adónde teníamos que ir. Hice mi maleta.

—Me voy con los abuelos —dije.

—Pero ¿por qué, cariñito, por qué?

Papá inclinó la cabeza y el barón asintió con gesto neutro.

Aria a dúo sobre el año del cambio

—De aquí habría que marcharse —dijo Dragomán a Kobra en otoño de 1949, cuando ya había empezado el curso escolar y concluido el proceso contra Rajk. Se habían enterado de que el cierre de las fronteras se había convertido en un cierre minado y la guerra les había enseñado que el hombre ha de huir de su encierro.

—Aquí tendrás que vivir hasta la muerte, that’s it —replicó Kobra, que en el ínterin se había dedicado a estudiar inglés, francés y ruso—. El gran patriota no da la espalda a su patria. El gran patriota a lo sumo acaba deportado. Sin embargo, habrá que analizar el plan de la hélice. Puede ser que haga falta en un momento dado.

La idea era convertirse en un submarino del Danubio, con una hélice bajo la barriga y un tubo de goma en la boca. La otra punta del tubo estaría camuflada con ramaje y flotaría mediante un corcho. Íbamos a dirigirnos a remo hasta Mohács, sumergirnos allí bajo el agua y emerger luego en Yugoslavia. Kobra había tallado el nombre de Tito en su pupitre; eso sí, abajo, para que no se viera. Este hombre, enaltecido no hacía mucho en los programas de radio de Londres y de Moscú y considerado ahora el más maldito de los herejes, gustaba a Kobra precisamente por eso. Los yugoslavos fueron quienes con más obstinación y éxito organizaron la resistencia en Europa. Fueron también los menos afectados por la cobardía. Desde Yugoslavia, pues, proseguirían su camino. Y no pararían hasta haber recorrido los cinco continentes. Bajaron a remo hasta Mohács para estudiar el terreno, durmieron en tiendas de campaña y, tumbados boca arriba en la lancha, se mecieron en el anchuroso Danubio. Fue una excursión muy placentera. Se bañaron en los brazos quietos del río y desde una esclusa destruida por los bombardeos se tiraron al agua verde, profunda y letal. Ésa fue su sensación a los dieciséis años, en 1949. En Mohács oyeron que habían instalado una red de alambre bajo el agua, que sólo levantaban para dejar pasar las embarcaciones provistas de un permiso oficial. O sea, que no era tan fácil cruzar la frontera a nado y aplazaron la idea de la emigración.

Diez años más tarde comentaron en un grupo este proyecto de huida con hélice. Los amigos no pararon de reír. Kobra y Dragomán no se ponían de acuerdo sobre si era más fácil montar la hélice bajo la barriga o encima del culo. Abajo podía lesionarte la picha; arriba te delataba. El plan presentaba algunas lagunas, y el espía sentado en una esquina de la mesa aprestaba el oído. Dezsö, el escucha, necesitaba aguzar las orejas porque era duro de oído desde la primera infancia. A Dragomán le encantaba tomarle el pelo:

—Me parece genial la idea, querido Dezsö, de hacerte espía con las dotes que tienes. Lo considero casi un acto de heroísmo. Si quieres, te pasaré una declaración política por escrito. Acabo de salir de la cárcel, o sea que la puedes vender, amigo. Al fin y al cabo, por qué no voy a ayudarte si hemos sido compañeros de clase y en aquella época ya revoloteabas alrededor de nosotros. Venga, Dezsö, que eres nuestro espía preferido. En una palabra, que he salido del círculo interior al círculo exterior. No digo que no haya diferencia, en absoluto; dentro, por ejemplo, no puedes pedir un vodka a una señorita. Pero, de todos modos, uno puede estudiar la antropología carcelaria. Y te voy a decir una cosa, Dezsö, aún quedan muchas cárceles en las que no he estado, o sea que mi base de datos empíricos aún puede ampliarse. Métete esto en la cabeza, Dezsö: no sólo vosotros observáis, nosotros también observamos. Uno puede observar incluso tirado en el suelo. Lástima que tu prosa tenga tan poca gracia, Dezsö, porque los historiadores del futuro se enterarán de muchas cosas por los buenos informes de los espías. Aunque también es cierto que, desde el punto de vista de la fiabilidad de las fuentes, un personaje tan sabihondo y pedante como tú, viejo Dezsö, con tu estilo decididamente impersonal, puede ser un buen informante para el futuro.

Poco después de esta conversación se inició un proceso judicial contra Dragomán. Lo detuvieron y llamaron a declarar uno por uno a sus amigos. Dragomán permaneció durante meses en prisión preventiva, pero si bien la fiscalía presentó una acusación, la juez la rechazó. Según la acusación, Dragomán había declarado en una reunión: donde una frontera está cerrada, todos son esclavos, incluidos los que se hallan en libertad. Como Dragomán no sólo lo pensaba, sino que también lo decía con frecuencia y sin prudencia, la acusación no podía ser del todo inventada. Lo asombroso era que decir tal perogrullada pudiera considerarse un delito y que entre los amigos no consiguieran encontrar a nadie dispuesto a declarar que Dragomán había dicho semejante cosa. Nadie se acordaba de nada. Por otra parte, las autoridades no querían quemar a Dezsö, es decir, no querían que declarara como testigo de la acusación. Quedaba una chica, una modelo medio tonta y medio putilla. Le metieron miedo y en los interrogatorios declaró y firmó haber oído las supuestas declaraciones delictivas. Cecilia, sin embargo, se aturdía con facilidad; su memoria y su olvido, en absoluto fiables, a veces eran microscópicos, a veces, caleidoscópicos. Tenía miedo de que la internaran por ejercer clandestinamente la prostitución. Ante el tribunal se mostró más confusa de lo que era realmente y ni siquiera se acordó de quiénes estaban aquella noche en la mesa del Café Metropol, pero sí recordó perfectamente que la canción preferida de Dragomán era la Internacional. No cesaba de tararearla. «¡Arriba parias de la tierra!». El defensor, otrora oficial de la policía secreta y luego abogado y confidente, había cambiado de chaqueta y sabía que otros también lo habían hecho. No tuvo problemas para refutar los argumentos de la acusación y consiguió que Dragomán fuera absuelto no por falta de pruebas, sino por falta de delito. Significó un gran cambio en 1963, cuando la mayoría de los presos políticos salieron de la prisión y se inició la posteriormente tan cacareada consolidación. Los demás salían por primera vez después de cinco o seis años de cárcel. Dragomán, que había permanecido dos años (dos años de más, según él) entre rejas, del 57 al 59, se vanagloriaba de haber salido dos veces de la prisión.

En 1949 era difícil no percibir en el instituto el final del breve período de libertad que siguió al derrumbe de los alemanes. Se acabaron las quemas del libro de clase, las respuestas insolentes, los balidos, los movimientos hacia atrás y hacia adelante de toda una fila de pupitres. Se acabaron las discusiones al mismo tiempo ceremoniosas y burlonas sobre Victor Hugo o Mallarmé, sobre Ady o Babits. Se acabó la democracia escolar; la pobre sólo aguantó hasta el 49. Nuestro viejo instituto contaba con un parlamento multipartidista, con dos periódicos y con un tribunal escolar independiente encargado de decidir exclusivamente sobre casos de carácter moral. Teníamos embajadores y personas de confianza con derecho de veto en las reuniones del claustro en que se decidían las notas. Después de la guerra logramos que los profesores se apearan del burro y abandonaran su autoritarismo arbitrario. Conseguimos, por ejemplo, que los profesores no pegaran a los alumnos. El profesor pasó a ser lo que era en realidad, es decir, lo que sabía. La juventud deseosa de aprender buscaba personas ejemplares en las filas del profesorado y sólo encontraba hombres tristes, padres de tres hijos, personajes burdos y torpes de pies a cabeza, dedos amarillos por el tabaco y grandes relojes de bolsillo. El profesor de química le gritó a Kobra al oído:

—¡Haga el favor de mirarme el puño de la chaqueta! ¿Qué ve? ¡Deshilachado! Míreme la camisa también. Deshilachada. Mi sueldo de profesor de química y biología no me alcanza para una chaqueta y una camisa nuevas. No sé si me entiende, pero en mis clases de química yo me entrego… ¿Y usted qué hace? ¡Lee poesía! Dígame, ¿cree que estoy bastante bien pagado para que me ofenda de esta manera?

Kobra se puso como un tomate y miró a su profesor con una mezcla de arrepentimiento y de simpatía. Sin embargo, siguió leyendo literatura. Todavía recuerda los puños del profesor de química y su propia vergüenza. No es mucha cosa, pero al menos puede afirmarse que la vida del profesor había dejado su impronta en alguien.

En aquella época Kobra y Dragomán, a los que se sumó Tombor, empezaron a visitar a Jeremiás. Conocieron a Melinda en la cuna. Los tres sabían hacerla sonreír, sobre todo Dragomán, claro, porque era imposible no reírse cuando ponía su cara de payaso. Cuando Melinda se quejaba, normalmente era Tombor quien la sentaba sobre sus rodillas. La tetera y las frutas del jardín ocupaban el centro de la mesa. Las nueces y las almendras se apilaban en una gran bandeja de madera y allí estaban también las herramientas adecuadas para cascar los frutos secos. Hablaban de lo ocurrido en la escuela. Kobra no reconocía las novelas soviéticas como la cumbre de la literatura universal, un motivo más para excluirlo de la asociación de estudiantes. Además, su profesor le insinuó que su ingreso en la universidad parecía cada vez más improbable. Antal Tombor declaró no leer novelas y estar más interesado en la fotografía y en la pesca, por lo que fue arrinconado y tratado como un pobre tarugo. Dragomán puso, feliz y contento, su libreta de miembro de la asociación estudiantil sobre la cátedra, en un pequeño gesto de solidaridad con Kobra.

—Me sentí aliviado —dijo a Kobra y le dio las gracias por haberle brindado esta oportunidad.

¿Miembro? ¿Por qué no miembro viril? El ser humano no debe ser miembro de nada. Jeremiás comentó que sólo tenía un camarada, Olivér, el papagayo. Cuando Jeremiás decía: «¡Imbéciles!», Olivér chillaba a voz en cuello: «¡Imbéciles!».

—¿Cómo voy a comprometer mis pensamientos futuros? No soy enemigo de mi mente, vamos.

Disfrutábamos con las últimas frases célebres del director del instituto, que había sido un derechista antibolchevique, luego un demócrata liberal y últimamente hasta se las arreglaba como marxista-leninista: el hombre se mantenía en forma y conservaba cierta elasticidad. Cuantos más cambios de chaqueta, tanto mayor el éxito del hombre. Desde el púlpito, nuestro director escudriñaba, guiñando el ojo y seguro de la aprobación, las filas de los estudiantes que escuchaban de pie, con crónico olor a pata, sus discursos festivos en el gimnasio de la escuela. No concedíamos significado alguno a las peroratas del director y veíamos que daba igual cuanto decía, porque en el fondo sólo afirmaba una cosa: que el director era él. Kobra, el gran artista del autoengaño, desarrolló la siguiente tesis:

—Veo la propaganda como una especie de niebla. Así todo el mundo parece interesante y da igual lo que diga cada uno. No hay que elegir a los mejores. Tanto el director del instituto como el alumno insolente participan de la misma función teatral.

Por aquella época Antal ya hacía cine, Kobra escribía relatos y Dragomán reflexionaba y comentaba.

Del edificio en el que vivíamos desapareció el viejo Laci, el incorruptible periodista comunista, demasiado amigo de los camaradas yugoslavos. También desapareció el estudiante universitario vecino; volvió de Siberia al cabo de siete años, totalmente calvo y con pocos dientes, y todavía no atinaba a comprender en qué conspiración clerical había participado. Los funcionarios de dieciséis años cuchicheaban con semblantes graves en el extremo de la fila de pupitres que había junto a la puerta. Miraban a Kobra y a sus amigos con el desprecio que merecen los opositores y sospechosos. Los alrededores de la escuela también perdieron encanto y se tornaron sombríos. Cerraron los cafés, los hoteles, los cines, los burdeles, las tiendas de antigüedades. Los pequeños negocios de las callejuelas se convirtieron en viviendas a las que se accedía desde la acera. No había necesidad de ampliar la oferta. Se extendía el realismo socialista, la nueva estética tan amorfa como delirante y artificiosa. Compañeros de clase totalmente normales en principio se volvieron locos de golpe. Por lo demás, eran tipos simpáticos. Nos conocíamos desde la infancia. El que uno u otro se grillara como afectado por una enfermedad no quita que fueran unos tíos simpáticos. Sea como fuere, nosotros tres no éramos marxistas, como tampoco éramos, por ejemplo, stendhalistas, si bien nuestro estilo se caracterizaba por un toque bastante stendhalien. Discutíamos entre nosotros y nos dábamos aires. Alguien mencionaba un gran nombre, exponía alguno de sus logros importantes y atractivos, ponía la mano en el fuego por él y de paso borraba del mapa los ídolos de los otros dos; éstos desde luego no lo aceptaban.

—No hay nada más placentero que derribar los ídolos de nuestro mejor amigo —decía Dragomán.

A Kobra y a Dragomán les encantaba pisotearse la gorra de piel de conejo sobre el suelo aceitoso de la clase. Lo hacían en lugar de pelearse; cada uno saltaba y bailaba sobre el gorro del otro. Los dos pobres gorros murieron en este proceso y a partir de ese día iban y venían con la cabeza descubierta incluso en invierno.

—No era fácil convivir con esas eminencias políticas, con los mierda de Bálint y compañía, porque no sabíamos a qué atenernos con ellos. Ora se nos acercaban amablemente, ora intrigaban contra nosotros con el mayor de los descaros. Decían por todas partes que no éramos marxistas, que éramos unos formalistas y decadentes, que Kobra se caracterizaba por su objetivismo burgués, Dragomán por su subjetivismo burgués y que Tombor podía ser calificado de populista bujarinista de derechas. Como Bujarin había sido ejecutado, la definición era cuando menos desagradable.

Kobra declaró no ser antimarxista, sino postmarxista, por el mero hecho de estar en condiciones de leer cuanto ocurrió desde la muerte de Marx.

—¿Y qué ocurrió después de la muerte de Marx? —preguntó entonces el escucha al narrador.

¿Qué venía después de Marx? Eso era lo interesante, según Kobra. Bálint esbozó una sonrisa sarcástica. András tomó nota de cada detalle. Kobra quería superar a Marx como se quiere superar la escarlatina. Le gustaban sus conceptos; con ellos el mundo parecía más fácil de ordenar. Admiraba a Marx como autor, quizá por su desenfado liberador; admiraba en él a la bestia salvaje que se abría paso en la espesura. Leyó dos veces el primer tomo de El capital, ese que por lo menos está bien escrito, y lo puso en la estantería entre los grandes escritores, cuya multiplicidad se convertiría en reflejo esplendoroso del politeísmo de Kobra. Los preferidos de todos ellos eran Montaigne y Erasmo, Spinoza y Voltaire. En este sentido la opinión era unánime, aunque por mero respeto también incluían en la lista a Kant, al que no habían leído mucho por su dificultad. También existía consenso respecto al carácter caduco del antiguo régimen. Había perdido desde un punto de vista material y moral, así como desde la perspectiva de una política nacional de largo alcance. Jeremiás también aceptaba este juicio. Con un oportuno estatuto de neutralidad se habría llegado a un nacionalismo inteligente. Los señores de antaño no eran ni inteligentes ni íntegros. Se adaptaron al nuevo poder cuando el nuevo poder lo permitió. Considerábamos un síntoma de poco carácter identificarse en exceso con lo que una persona poseía, es decir, con aquello que podían quitarle. Esto se oyó en la terraza de Jeremiás y el dueño de casa se estremeció levemente.

El primer día de clase de séptimo (hoy tercero) de bachillerato, a mis dieciséis años de edad, empezó de manera poco habitual. Entro en la clase y todo el mundo está sentado en sus pupitres; sólo hay dos en pie junto a la ventana: Dragomán y Tombor. Los alumnos sentados en los pupitres se muestran serios, entusiastas, severos: cantan canciones del Movimiento. El público observa con amenazadora atención a quien acaba de entrar. ¿Qué hará? Qué se siente en su pupitre y que sume su voz a las nuestras. Una clase, una comunidad, un alma, un corazón. Ahora, si no le hacemos falta, ¡pues que se ponga con los otros junto a la ventana! Y que haga como si charlara con el descaro y la podrida elegancia de los burgueses. De todos modos, recibirá lo merecido. Me coloco junto a János y a Antal. Chicos cultos y sarcásticos, nuestros libros preferidos eran Fiesta de Hemingway y Contrapunto de Huxley y nos creíamos unos Tácitos en miniatura. Atrapados en el cerco, acordamos observar la nueva distribución de papeles en el Teatro Nacional húngaro. Me pongo, pues, al lado de ellos, consciente de que los tres ya llevamos la estrella amarilla y que el terreno que pisamos se ha vuelto caliente. Las personas listas han de tener sentido del peligro. El jugador ha de saber con qué juega.

Vi cómo el amor total y el odio total unían a los jóvenes, apasionados por la política. Cuando impera la fiebre política, es decir, en la era de la política, uno no es ni sabio, ni equitativo, ni tolerante, sino apasionado e injusto. En esta nueva forma de fanatismo religioso, la familia se mostraba incapaz de moderar a los hombres y mujeres políticos. ¿Qué era el amor en comparación con la pasión devoradora que se expresaba en la política? En los círculos de militantes el amor equivalía a un adulterio en relación con los sentimientos legales del fervor político. La política exigía toda la vida, aupaba al poder a los muñecos humanos y los derribaba. No sólo piensa exclusivamente en el poder el que está de acuerdo con él, sino también el que se opone. Uno puede estar a favor o en contra, pero siempre pondrá su cerebro sobre el altar del poder. Y el sumo sacerdote encargado del sacrificio es asimismo una víctima. Muchos jóvenes, sin embargo, anhelaban eso: un juego al que pudieran entregarse y en el que pudieran torturar sus cuerpos. En el que el perdedor recibiera una paliza de verdad. En la era de la política, la vida del prójimo carece de dignidad, el dios escupe a los tibios y la verdad es más importante que el pan. La religión de la política necesita mártires y héroes, monstruos y traidores. Y al combatiente lo acompañan las viejas consignas: aguanta, no te rindas, arrostra la muerte. La persona que antepone su inútil vida al honor de la patria es un bribón y un tunante. Y cosas por el estilo. Encuentro de tiranos con jóvenes y románticos luchadores por la libertad. El revolucionario debe prepararse para matar, tarde o temprano. Con el revolucionario, el ser humano alcanza su plano más elevado. El hecho es que donde existen los héroes también existen los oprimidos. A más patetismo, más angustia. En tiempos crueles o, más bien, considerados crueles por la posteridad, la política es la continuación de la guerra por otros medios, una guerra civil sin escenas de batalla. ¿Se ha visto una revolución sin derramamiento de sangre? En la escuela aún reflexionábamos sobre la pregunta de si era lícito matar en determinados casos. Aquí estamos, con las huellas del tiempo grabadas en la cara, algunos de nosotros ya somos abuelos y el recuerdo de aquellos años se ha convertido en un panóptico del que se ha hablado demasiado. Se ha ido a pique aquella juventud mitológica, deseosa de asociarse, de liderar, de romper, de correr, de matar, de aguantar, sí, claro, de vivir peligrosamente. Sabían que los coches salían (o podían salir) de madrugada a recoger a los acusados. Sabían que quien se escondía no lo hacía por estúpido. En el futuro, algunos se hartarán tal vez de la reforma y del pequeño formato de la familia burguesa y entonces aparecerán los nostálgicos entusiastas del peligro, deseosos de subirse al momento histórico insensato y cruel como a la montaña rusa.

En 1949 ya no se podían ver las tortas, las arañas floreadas, las cortinas de terciopelo y las mesas de mármol a través de los cristales del escaparate de la vieja pastelería situada en la esquina de la Andrássy út y de la Izabella utca. Baldosines de vidrio sellaron las ventanas ante el mundo exterior y la vieja y renombrada pastelería Lukács se convirtió en sede del club de las Fuerzas de Seguridad del Estado. El sitio este debe de albergar un ambiente magnífico, decíamos para nuestros adentros. En esa pastelería nuestros futuros mártires y amigos aprendían sus papeles para poder acusarse a sí mismos con fluidez y precisión en el juicio oral. Los detenidos recibían pasteles y cremas si manifestaban cierto progreso y si se sabían de memoria las respuestas a las preguntas que les harían. Ya habían superado la fase preparatoria, la de los interrogatorios y torturas, cuyo marco arquitectónico eran las aguas en el sótano del edificio, el arroyo cavernario sobre el cual se paraba el preso apoyándose en una parrilla de madera. Hasta el mero hecho de estar erguido debía de resultar difícil. El hombre mira sus pies y ve el color marrón de ese arroyo que fluye con estruendo. Así arrastrarán las aguas su cuerpo, de la nada a la nada. Uno aprende a prepararse para todo. Es el cuerpo el que proporciona los argumentos a la mente. Los hombres se acusan a sí mismos y hasta se condenan a muerte. Ya nada vale cuando el preso se queda sólo en el sótano, cuando se mete a gatas en su celda cual animal exhausto. Y si mañana estampas tu firma, si pagas tu rescate, tomarás una ducha y podrás descansar; ahora sólo falta acabar los trámites, ahora cooperas en esta función teatral. Un ascensor conduce del sótano al cielo, al paraíso de la planta baja con sus ángeles dorados, sus arañas, sus guirnaldas, su nata y su aroma de vainilla. El padre de uno de nuestros compañeros de trabajo hacía de cámara. Se lo contó a su mujer, ésta a su hijo y éste a nosotros: los acusados eran filmados sin su conocimiento durante la vista de la causa, la cual había de repetirse varias veces. El acusado no sabía cuál era la verdadera vista. Luego montaban la versión definitiva de la película. ¿Podía ser que se hiciera todo para el cine? Pero ¿dónde han quedado las películas?

He visto caras marcadas por una mezcla de rigor y de embriaguez. Cada tarde, millones de gorriones se instalaban en los tilos y en los plátanos y convertían la Stalin út en un único torrente de trinos vibrantes.

—Las paredes rezuman miedo. ¿No tienes miedo de que te denuncie? —preguntó Dragomán a Kobra.

—¿Por qué ibas a denunciarme?

—¿Por qué no has dicho que no, que no tienes miedo? No lo has dicho porque lo tienes. Porque juegas bien al ajedrez. Si yo jugara bien al ajedrez, haría bien en temerte.

Contemplábamos las casas. Qué duraderas son, cómo sobreviven a los regímenes. Los almacenes fueron cámaras de tortura utilizados primero por los nacionalsocialistas, luego por los socialistas internacionalistas y han acabado siendo de nuevo lo que eran: almacenes. En un cuarto que fuera antaño el de los niños golpeaban a los interrogados en las plantas de los pies con tubos de goma. Considerábamos falaz la indiferencia de las paredes; las paredes ven mucho, oyen mucho, las paredes tienen oídos, pero también miedo. El crepúsculo miente; la inocencia de los gorriones engaña. El trastero de los pensamientos inconfesables se expande por el fondo de la conciencia. Donde existen sótanos, siempre hay lugar para construir más y más en las profundidades. Sótanos bajo sótanos. Allí, aislado de todos, aceptas el juego y te torturas a ti mismo. ¿Cuánto problema estás dispuesto a asumir por tu amigo? ¿Hasta dónde estás dispuesto a dejarte golpear a causa de él? En el sótano hay quienes afirman que, dicho sea entre nosotros, el amigo se ha empecinado. Que se está pasando de raya y ha perdido el sentido de la realidad. Que se ha excluido de forma deliberada y eso que sabe que el hombre es más útil dentro que fuera. Quienes votan contra él en la asociación lo están ayudando, quienes lo espían lo están ayudando, claro que sí. Un hombre honrado no pone sus principios al servicio de su ofuscación personal. Es el honor el que pide acusar públicamente al amigo.

¡Mira a Bálint en la hilera de bancos próxima a la puerta! Se vanagloria de haber ido como voluntario a la frontera en un coche de las Fuerzas de Seguridad del Estado para pillar a sus compañeros de escuela sionistas y miembros de la Congregación de María, decididos a cruzarla ilegalmente. Bálint sonreía con gesto de listillo ante tan interesante coincidencia. Los reaccionarios religiosos se encontraban. Tenía la frente un tanto curva; era un chico inteligente, simpáticamente burlón, pero su sarcasmo ocultaba poder; ya había sido nombrado secretario del partido en su distrito. Todavía venía con nosotros, pero ya formaba parte de quienes se reunían en los recreos, cuchicheaban en los pasillos y discutían temas graves y secretos del Movimiento. En tal caso, las personas no autorizadas no debían acercarse. Siete años más tarde Bálint se mostrará partidario de la desestalinización y será un científico prometedor, lleno de sabiduría y de escepticismo. Ha acabado sus estudios en Moscú, ha mirado alrededor, se le han abierto los ojos, confía en el renacimiento democrático del comunismo. Antes, sin embargo, en el otoño de 1949, fue Bálint quien pronunció el discurso en la celebración del cumpleaños de Stalin. Habló del águila dorada, dura como una roca, de su voluntad inquebrantable que busca imponer su verdad sin miramientos. Stalin es el héroe de pocas palabras. Bálint tampoco habló mucho. Procuró no dejarse debilitar por el miedo, la compasión y los amigos. A mí también me miraba con gesto burlón. De una novela titulada La carretera de Volakalamski leyó un pasaje, según el cual hay que cortar la carne gangrenada porque de lo contrario todo el cuerpo se pudre. Adornó la idea con un pequeño discurso y cada vez que repetía la palabra clave, «putrefacto», me miraba a mí.

En aquella época ya me habían excluido de la asociación estudiantil. Mi primer pecado: «Apoyar ideológicamente el humanismo objetivista, derechista y burgués de György Lukács, severamente criticado por el partido». Dije que Tolstoi y Dostoievski eran superiores a los escritores soviéticos. Mi segundo pecado: en mi redacción sobre el plan trienal preferí escribir sobre un trabajador cansado y me permití algún que otro comentario irónico sobre las frases huecas y entusiastas de los periódicos. Después de devolver en la clase las redacciones con las notas, nuestro profesor de literatura húngara no me entregó mi cuaderno y evitó dirigirme la mirada. Al acabar la clase me dijo:

—Mi querido Dávid, me he visto obligado a entregar tu cuaderno al camarada director. Tengo bastante aguante, pero te has pasado de la raya. No puedo responsabilizarme de esta redacción.

Según el profesor, el asunto superaba su ámbito de influencia. No creía correcto desde un punto de vista táctico que yo llevara la cosa tan lejos. Nuestro profesor de húngaro nos caía bien. Cuando sonaba el timbre, él, con su chaqueta shetland y su pantalón de franela gris, y la profesora de gimnasia venían por el pasillo cogidos de la mano. Llevaba un clavel en el ojal y un pañuelo de adorno en el bolsillo; usaba una loción de afeitar fuerte y de buena calidad. A veces me invitaba a su casa y me prestaba libros. Casi todos los libros que me ofreció fueron para mí pequeñas revelaciones. Encontré cosas magníficas hasta en los libros mediocres, como cuando uno lee por primera vez una novela en lengua extranjera. Supongo que yo también le caía bien. Sin embargo, me dijo:

—Ya has superado la escuela, Dávid, por lo que soy partidario de que estudies por tu cuenta.

Sus palabras me halagaron; no obstante, tenía la sensación de que el hombre quería deshacerse de mí, por molesto y comprometedor. Me obligaron a personarme ante el comité de disciplina. Su presidente, profesor de física y secretario del partido en la escuela, hablaba como un pajarito; me dormía en sus clases. Este profesor de física tenía un humor tan bobo que en mi opinión confirmaba los rumores según los cuales había sido funcionario del partido de los cruces flechadas en 1944. Por lo visto le gustaba la vida de partido. El fiscal, que más tarde sería amigo mío, un estudiante listo y culto, era un «comunista empedernido» según la expresión de aquella época.

—No estamos enfadados contigo, sino por ti —dijo. Con estas palabras pretendía manifestar que le dolía la evolución de mi destino. Levantó el cuaderno y lo dejó caer—. Esta redacción es la plataforma del enemigo —dijo—. ¡Tan bajo has caído!

En cierta medida resultaba halagador ver la importancia que concedían a mis pobres improvisaciones escolares. Entraron en la clase el director y el comité de disciplina en pleno y leyeron el texto de mi exclusión. Había en él una frase a tenor de la cual no me expulsaban por el momento de la escuela, pero se reservaban el derecho de hacerlo si yo proseguía en mi afán de seguir envenenando, teóricamente, los pozos. Cuando me tocó levantarme para acercarme a la cátedra, dejar allí mi libreta de miembro de la asociación estudiantil y abandonar luego el aula, pues dejaba de estar autorizado a permanecer en una reunión de dicha asociación, János también se levantó, puso su libreta junto a la mía sin decir palabra y salió detrás de mí al pasillo. Antal no tuvo la oportunidad de manifestar su solidaridad conmigo, por ser el único alumno de la clase que había conseguido que lo olvidaran; es decir, no pertenecía a la asociación estudiantil. Ahora, claro, es miembro de numerosas asociaciones y poseedor de un sinfín de premios en el Este y en Occidente.

János, Antal y yo invitamos al profesor a remar. Demostró valentía al aceptar la invitación, aunque se mostró un tanto tenso. El señor profesor se sentó en el asiento del timonel de la lancha de dos remos; tenía la barriga bastante desarrollada y los hombros también eran anchos. De todos modos, preferí no mirarle el cuerpo. Cuando ya nos habíamos alejado del embarcadero y nos encontrábamos en medio del Danubio, el profesor se declaró liberal burgués y afirmó que nos esperaban años difíciles y que el marxismo no servía para explicar la literatura. Que podía usarse para hacer sociología literaria, pero para nada más, dijo; no era útil para la estética. Comentamos el terror y él reaccionó con la típica cautela. Que la teoría era bonita, pero su ejecución problemática y que los fines nobles no justificaban el empleo de métodos innobles, etcétera.

—El terror es la fiesta sacrificial de la historia —dije.

—¿Conque una fiesta? ¿Incluso si la víctima eres tú?

—Se nace víctima. Hay quienes son llamados a la Tora, hay quienes no —repliqué en tono altivo.

El señor profesor no entendió mi comentario. Sentados en una heladería italiana camino de casa, parecíamos unos bebedores clandestinos.

—Este helado —dije— es el arrepentimiento de la idea alienada.

János sabía reírse de mis juegos de palabras hegelianos; el señor profesor, en cambio, no parecía haber leído a Hegel.

—El espíritu universal desea ir a un burdel —susurró János.

En el autobús el profesor nos miró cariacontencido cuando le contamos cómo hacíamos novillos para no ir al desfile del primero de mayo y cómo aprovechábamos el día para disfrutar del Danubio. El hombre no podía tolerar tal grado de complicidad; había gente que podía oír nuestras frases críticas.

—Que os divertáis, chicos —dijo el profesor y se bajó de buenas a primeras.

Estábamos convencidos de que lo hizo antes de la parada que le correspondía. Al día siguiente rehuyó nuestras miradas en la escuela. Un sitio miserable, con la estufa de hierro, el suelo aceitoso, los abrigos hediondos colgados de las perchas en la pared, la cátedra, el armario con los mapas. Y, para colmo, nuestro artista pedorrero… Lo contratábamos para que con nuestro dinero comprara panes calientes por las mañanas, se tirara unos pedos espantosos y ahuyentara de ese modo a los profesores. Algunas nubes de gas pestífero nos tumbaban sobre nuestros pupitres entre gritos y ayes.

El forzudo

Nunca me gustó ir al colegio. Odiaba las prisas para no llegar tarde a la siempre fétida institución. ¿A quién le gusta saludar a diestro y siniestro antes de las ocho de la mañana? A algunos sí, pero no a mí. La difteria y el verdugo acechan de entrada a todo hijo de Dios. Y también lo hacen los buenos maestros y los compañeros de clase. Darle una buena patada en el culo, hundirlo, quitarle las ganas de vivir de buena mañana. Si alguien necesita un poco de mala leche, ¡que vaya al colegio un lunes a las ocho de la mañana! El empollón de turno se vuelve hacia mí:

—Buenos días, Dávid, ¿cómo va eso? ¡Semana nueva, nuevas expectativas!

—¿Quieres que te ahorque?

El empollón se ríe. Por las mañanas, cuando mi mente aún estaba lúcida, no odiaba nada tanto como prestar atención a las palabras de otro. Por las mañanas sólo quiero leer a los clásicos o nada. ¿Escuchar esta cháchara? Era como si me echaran un cubo de agua de la colada en la cama. Sólo conseguía recuperar el buen humor dando rienda suelta a mi misantropía. Los prójimos parecen monos por la mañana. ¿Pasarse cinco horas en la jaula con cuarenta animales extraños? ¿Mirar sus zapatos, sus cabellos, escuchar sus miserables respuestas? Los primeros de la lista son siempre los tontos. Agamek, Balcó, etcétera. El tejado de pizarra viejo y marrón de la casa de enfrente representa un maravilloso prado para nuestros ojos. Gorriones invernales en el pararrayos y carámbanos en los canalones. En los días de deshielo, la nieve se desliza por el tejado en montones amarillentos y dibuja arrugas onduladas que reflejan la luz. ¿Cómo se le ocurre a este tipo extraño dirigirme la palabra?

—Señor Kobra, haga el favor de prestar atención a la clase.

Que se guarde los comentarios sarcásticos y trillados, las buenas notas, los calificativos. Enseguida le contestaré. ¿Sería tan amable, señor profesor, de prescindir de una valoración de mi persona? ¿Por qué? Porque soy una mimosa púdica, es decir, un ser sensible y pudoroso. No me pegue sus pegajosas observaciones.

Los mosaicos de la fachada del instituto, vistos desde el otro lado de la plaza, representan a las cuatro musas. El fondo dorado se ha vuelto marrón con el tiempo, al igual que la pared de ladrillos decorativos. En el interior todo es igualmente oscuro. El suelo ha sido aceitado para que no acumule el polvo. El alféizar verde grisáceo está lleno de inscripciones grabadas. Una luz de aspecto brumoso y tiznado penetra por los cristales limpiados con escasísima frecuencia. Me gusta sentarme atrás y mirar por la ventana. Que nadie se siente a mis espaldas. Que no me rasquen el lomo ni fisguen lo que estoy leyendo. Sentado en el último pupitre junto a la ventana, es como si no estuviera. Sólo me encuentro aquí en apariencia. Es aquí donde mejor se duerme. Antal me tapa y János me da un pinchazo en el costado cuando hace falta, única y exclusivamente cuando de verdad hace falta.

—Lo siento, señor profesor, pero sólo aguanto el colegio sentado en el último pupitre. O sea que renuncie usted a sus planes de obligarme a sentarme en otro sitio, profesor. O me quedo aquí o me tiro por la ventana.

¿Por qué coño vengo yo a clase?, me pregunto. Me encantaría pasar el período escolar durmiendo. Y no porque los profesores sean malos; todo lo contrario, son muy buenos. Lo humillante consiste en el timbre que nos conmina a entrar o a salir, en el hecho de no disponer de más de diez minutos para conversar. ¿Yo, obligado durante cincuenta minutos a abrir la boca sólo cuando me lo piden?

Dragomán tampoco aguantaba las clases. Siempre intervenía. Y el profesor:

—Señor Dragomán, preferiría tener sus tristes juegos de palabras por escrito.

Hasta que finalmente no podíamos más, sobre todo en primavera. Salíamos a leer a la isla Margarita o bajábamos al sótano de un salón de billar cercano. Pero luego vuelves a ese estado insoportable: piénsatelo, que te van a dar órdenes, te van a pedir cuentas, te van a castigar. Campo de concentración. Si no revolucionas la escuela, parecerá una colonia penitenciaria.

—Somos —decía Dragomán— los mensajeros de la revolución permanente individualista.

El escolar es una bestia domesticada. Vestíamos de negro riguroso y elegimos a un maestro, Bakunin. Marx se quedó con el sistema, Bakunin con Dragomán y Kobra. Ah, decíamos siempre, simulando un desmayo. A. H., la Anárquica Hidra. Dos cabezas, pero un solo cuerpo. Dragomán, según sus propias palabras, actuaba con cortesía ante el profesorado porque la juventud rebelde le resultaba aún más repelente que los maestros. El hecho es que el ser humano merece algo más que un aula con su característico olor diario a sobaco. El aristocratismo individualista de Dragomán me empujó a adoptar posturas cercanas al neopopulismo tolstoiano y quise presentarme voluntario a realizar trabajos físicos. Dragomán ni siquiera tomaba nota de tales tentaciones. ¿Ir a Dunapelente, a lo que él llamaba Villa Stalin? ¡Que se construya y se desarrolle sin él!

Kobra leía la colección de Rarezas de la Literatura Húngara. Estaba en la Biblioteca de la Academia, entrando a mano izquierda. A veces salía al Városliget, pues no hay nada mejor que pasear por el Jardín Inglés un día laborable del mes de mayo. Ya tenía dinero porque traducía del ruso a destajo, concretamente los artículos de la Konsomolskaía Pravda para el departamento de traducción de la Sociedad Húngaro-Soviética, a diez florines la holandesa. Una buena puta valía cincuenta. O sea que una tarde pertenecía a la traducción, la otra, a la libido. ¿Y a quién vio de pronto en el Városliget, empujando un cochecito de bebé? A su querido vecino de pupitre, a Dragomán, que sacaba a pasear y hablaba en lenguaje infantil con el bebé de la esposa del médico con quien compartían el piso. He observado repetidas veces que es una bestia proclive a la sensiblería. Pidió entrar en un jardín de infancia para poder jugar un rato con los niñitos. También le habría gustado juguetear en la calle Conti, en las camas de hierro de las señoras voluminosas como armarios o preferiblemente encima de ellas. En las mañanas de mucho sol nos sentábamos en el portal de un burdel; allí, las mujeres tejían sentadas en los bancos a ambos lados de la entrada. Como sólo dos de ellas podían permanecer apoyadas en las jambas de la puerta, el resto se quedaba dentro, bostezando. Dragomán divertía a las damas de maravilla, imitando a actores famosos. Lo bueno era ir con Tombor, porque sus músculos hercúleos hacían de contrapeso a las cómicas e imaginativas actuaciones de Dragomán. Podéis venir gratis si queréis, decían las mujeres, pero se referían sobre todo a Dragomán. Todo el mundo deseaba mimarlo.

He is the first wanted —decía Tombor, oculto tras su pipa inglesa.

Tombor aguantaba las clases mejor que nosotros. Lo puedes poner en cualquier sitio; ahí se queda, mirando alrededor. Tombor es tan terriblemente superior que desconecta y conecta a discreción. Dragomán y yo solicitamos estudiar por nuestra cuenta. Dragomán a veces se presentaba así: János Dragomán, cínico privado. Como no estábamos enfermos, nuestra socilitud fue rechazada. A partir de ese día, Dragomán contestaba a las preguntas de los profesores, ya sea susurrando, ya sea a gritos, pero siempre con brillantez.

—Sólo paso por aquí de vez en cuando y lo hago por ti, Tombor —decía.

Escribía sin escrúpulos los justificantes supuestamente de su padre para disculpar sus numerosas ausencias. De hecho, sin embargo, le encantaba odiar la escuela desde dentro. Cerraba los ojos e imaginaba a los muchachos como viejos y a los profesores como alumnos. Desarrolló cierta práctica interna para llevar a cabo esta transposición. Trastocar un poco la realidad, poner a la persona que tenía enfrente en otro contexto… Una diversión que ayudaba a soportar las situaciones desagradables o como mínimo insulsas. Sólo más tarde explicó a Kobra las cosas que hacía para confundir a sus interrogadores sin que éstos fueran conscientes de ello. ¡Les metía cada cuento! También disfrutó mucho en los interrogatorios, siempre con cara impasible. Porque, desde luego, las historias de Dragomán no pasaban de ser eso… meras historias. Y el hecho es que sus bufonadas le sirvieron para destacar como un payaso inofensivo.

Los profesores tampoco lo hacían mal. Todos manejaban el arte de exhibirse. Presentemos, por ejemplo, al maestro Arpád Bolensky, profesor de matemáticas. Empiece, señor profesor:

—El señor Kása puede sentarse. El señor Kása es un estúpido, es terriiiiblemente estúpido. Domokos Kása será toda la vida un estúpido, que lo digo yo. Por eso nada perturba al señor Kása, ni siquiera la hora de matemáticas. Siempre y cuando pueda ir mordisqueando su tentempié. La conciencia del señor Kása está del todo pendiente de su sándwich de paté de hígado de ganso. Porque él, claro, puede permitírselo. La imaginación del señor Kása sólo depende de los jugos gástricos. La geometría no euclidiana no influye en sus humores. El señor Kása lleva un traje de primera, unos zapatos de primera y con eso se conforma. ¿Verdad que no le importa, señor Kása, tener la mente en blanco? El señor Kása vivirá hasta el final de los tiempos mejor que el loco de Arpád Bolensky, profesor de matemáticas, física, griego y filosofía, graduado summa cum laude, que se dejó acribillar varias veces en el transcurso de dos guerras por miedo a desertar. Y ahora este pobre profesor, con una esposa fea y enfermiza en casa y con la fotografía de su única hija muerta durante los bombardeos en la cartera, se encuentra aquí y respira el olor de las tripas del señor Kása. Para mi consuelo comunico ahora a la juventud estudiantil que estoy leyendo por séptima vez Los hermanos Karamazov. Después de mi frugal cena aún me permito el lujo de un café y rasco la cabeza de mi perro Csöpi, que se ha puesto bajo el calor de la vieja lámpara de pie. Mi gato de dieciocho años se instala en el brazo del sillón. No es la infelicidad químicamente pura, no señores. Sin embargo, el profesor también manifiesta ciertos rasgos de razonable egoísmo. Estamos dispuestos a involucrarnos en una corrupción moderada, así, en público. Dejaré al señor Kása pasar al siguiente curso para evitar que siga como repetidor en esta escuela. Supongo que su familia carnívora tira bastantes huesos a la basura. Por eso le solicito, aquí ante testigos, que guarde los huesos (o pida a la cocinera que lo haga) y que los lleve a mi piso cada lunes por la mañana antes de acudir a clase, y ello para mi perro Csöpi, porque nuestra economía doméstica no dispone de mucho hueso sabroso y bien provisto de carnaza para el plato del pobre animal. A esto se le llama impuesto progresivo, señor Kása. Caballeros, ahora que les miro las caras, me parece que voy a reprimir un poco el patetismo de mis palabras. Bueno, aquí estoy y no puedo hacer otra cosa. Porque ¿qué va a hacer un profesor de matemáticas varias veces acribillado, perforado, podría decirse, que entrega todo su sueldo en un sobre a su esposa fea, enfermiza y, sin embargo, buena como el pan?

Desarrollemos un poco más esta escena. El ser vivo se siente atraído por los seres vivos, el cadáver por los cadáveres. Por tanto, no podemos tomar a mal que el fantasma se sienta atraído por los fantasmas. Venga, señor profesor. Aquí cada uno cuenta lo suyo. Lo esencial radica en que siempre intentan cazarte. Y la misión de la presa consiste en vivir, en escapar de los tiros. El señor profesor tiene derecho a regresar. Se acerca a nuestra mesa con el bastón de paseo en la mano, se acerca la Lámpara Sagrada, el apóstata arrepentido que, como bien sabemos, busca al Padre Eterno. Sin embargo, esto no basta para el verdadero arrepentimiento, el de veinticuatro quilates. Hay que meterse de lleno y sin miedo en la orgía de cuerpos que yacen unos sobre otros y que se lloran y se muerden. Sombrero de ala ancha, camisa blanca desabrochada y sin corbata, mejillas coloradas. La expresión de los ojos bajo las cejas pobladas y entrecanas es bastante extraña. Ha viajado desde lejos y tiene mucho que contar de su viaje. Conoce los momentos oscuros y conoce también los estados de ánimo elevados. Puede que no sea un charlatán. La salvación a través del pecado. El señor profesor ha venido a organizar el gran misterio mágico-cabalístico en la plaza de la Resurrección.

—Díganme, chicos —pregunta el señor profesor—, ¿qué tal la situación espiritual por estos pagos últimamente? ¿Creen que un número mesiánico puede contar con algún público por estas tierras?

»¿Quién ha sido? —De pronto se aparta de la pizarra y da media vuelta, como si se dispusiera a disparar con la pistola pegada a la cadera—. ¿Qué ha dicho, Kobra? A ver si lo repite, señor Kobra, si tiene huevos. Ajá… Lux perpetua luceat tibi! ¡Que la luz perpetua me alumbre! ¡Que la palme, ¿no?! Conque el señor Kobra ha expresado el eterno deseo de los alumnos respecto a sus maestros… Ahora, lo más natural sería que Kobra esparciera pimienta en un rincón de la clase y se arrodillara encima. ¡Sinvergüenza! Aquí se queda, a tomar sopa de tinta y albóndigas de papel. Los demás, que vayan a sus cosas y se recojan. Qué digo, al revés: recojan sus cosas y váyanse a casa. ¡Sapristi, rayos y relámpagos! ¡Fuera de aquí, Kobra! ¡Mucho ojo! ¡Tírese al suelo, boca abajo! ¡Como un palo! ¡No ponga las manos delante! ¡De bruces! No quiero oír volar una mosca, sólo el batacazo del cuerpo. Esta vez, Kobra no pone cara de socarrón. Tiene tanto miedo a la autoridad que le tiemblan hasta las tripas. No osa sentirse a gusto.

»Porque, estimado público, tienen ante ustedes a un ser humano. Este profesor de matemáticas, al que el bribón de Kobra desea la luz eterna, es un hombre infeliz hasta la médula, un hombre con numerosas y terribles cicatrices en el tórax. Si quieren, se las mostraré. Me arrancaré la corbata deshilachada del cuello igualmente deshilachado. He aquí una cicatriz. Y he aquí otra en el costado, y otra en la muñeca, y otra en el tobillo, en todas partes. En una palabra, que me han dejado como un colador: ¿Les he dicho ya que soy un polígrafo perforado, summa cum laude? Queridos, tienen ustedes una cualidad común y repugnante, concretamente la de sobrevivirme. Usted no se ría, Kása, quiero decir señor don Bobo, porque pasará volando como el Orient Express. ¡Siéntense, caballeros, ante sus insolubles problemas matemáticos! ¡A ver si crepitan esos grasientos cerebros! Incluso los genios las pasarán canutas hasta descubrir la solución. ¡Nada de pensar en putas mientras tanto! Porque en las putas pienso yo. ¡Apártate, sinvergüenza, que las guapas son todas mías! ¡Yo me quedo con la nata! ¿Quién es el rey del burdel? El maestro, el señor profesor Arpád Bolensky, no el alumnito. Usted, Kobra, es tan tonto que se lo puede mandar a una farmacia a comprar canis merda seca. Las mujeres me rodean en ese salón donde la iluminación de color de fresa alisa las arrugas. Me rodean mucho más que al burlón de Dragomán, a quien sólo podría comparar con el lenguaraz Tersites. Se carcajean a mi alrededor y hasta se mueren de risa mientras voy hilando espléndidas anécdotas. Fuegos artificiales humorísticos. Allí no ponen asquerosos petardos debajo de mi silla para asustarme. No echan polvos en el libro de clase para hacerme estornudar. Allí nadie me unta con ajo el cuello del sobretodo. Allí a nadie se le ocurre mugir mientras expongo algún tema. Allí nadie come pan caliente en la primera hora para pederse espantosamente ante mis narices en la segunda, que es la que me toca. Allí no me espera el geriátrico. Esas criaturas sencillas y desgraciadas no saben distinguir entre el oro y la arena. Porque ¿qué veo mirándolos a ustedes, mis queridos alumnos? ¡Cuarenta sacos de arena! Mejor ni hablar de ustedes, caballeros, porque ustedes sólo sabrán valorar a su maestro cuando ya se haya aplanado el túmulo sobre mi panza, pues nadie se ocupará de mi sepultura, y mucho me temo que ni siquiera las putitas lo harán. De momento, sin embargo, soy yo quien ocupa el escenario y soy yo quien habla. Y ustedes permanecen sentados y escuchan. Me escuchan a mí. ¡Y tú cierra el pico, pedazo de imbécil!

Voy presentando números de mi programa. Ya llevo tiempo presentándolo. Soy un recitador. A decir verdad, mi frac está un pelín gastado. Las alas de mi pajarita cuelgan tristemente. Comunico que mi próstata se encuentra bajo control. La bragueta de mi pantalón no se ha puesto amarilla por aquello de las gotas que quedan en la vieja picha adormilada después de orinar. La suerte es que aún podemos permitirnos un puente de oro en la boca y arreglarnos la papada con un lifting. Aún nos queda aliento, que lo del maestro es la eterna juventud. Es un jabalí indestructible, un semental de pura sangre. ¡Venga, abran paso para el princeps maximum! Uno de mis nombres artísticos es Hristo, el forzudo.

Tenía yo un número de órdago. En primer lugar entro agitando una barra de hierro y me golpeo con ella el bíceps izquierdo. La barra se dobla. ¡Adelante, señores! Los fortachones, los musculosos, ¡suban al escenario! Intenten ustedes enderezarla de nuevo o doblarla como quieran. A ver, ¿algún voluntario? Algunos suben. El desprecio contenido se dibuja en mis labios. Vamos, lo que hacen ustedes, señores, es patético.

En segundo lugar: una barra de hierro. De cada punta cuelga una cadena, con un asiento en el extremo. Vamos a ver, caballeros, ¿quién es el más pesado? ¿Dónde están los toros, los pesos pesados, los culones? Suben las masas de carne, se sientan, y levanto la barra. La levantaría con una sola mano si no temiera la reacción aterrorizada del público ante semejante monstruosidad. Pero todo esto no es nada. Eso sí, nadie ha sido capaz de imitarme, pero yo ya me he acostumbrado. Al final, el hombre se queda solo. En la tristeza, en la alegría, cuya recompensa se llama envidia.

Y entonces viene en tercer lugar el gran número. Dos hombres entran con dos gigantescas hojas de acero, puestas con el filo hacia arriba sobre dos caballetes. La orquesta toca la fanfarria y aparece Araukána, mi ayudante, una andaluza tremendamente atractiva de veinticinco años de edad. Abraza al maestro de ustedes, caballeros, y apoya la cabeza del mensajero de la buena nueva sobre su pecho. En ese momento, al tocar las tetas de la mujer, entro en trance. Mi cuerpo se pone rígido como un palo. Me instalan sobre las dos hojas afiladas como navajas. Una se halla bajo mis tobillos, la otra bajo la nuca. Permanezco tumbado sobre ellas, recto como un palo, y la calma inunda mi semblante como si descansara sobre un lecho blando.

Entonces entran corriendo dos colosos de enorme musculatura. Comparado con ellos, mi cuerpo parece el esbelto arco de un violín. Los dos señores traen luego una gigantesca roca en una carretilla. Recurriendo a todas sus fuerzas, con las caras coloradas, jadeando y gimiendo, levantan la roca y ¿dónde la ponen? A ver, ¿dónde? No lo adivinarán ustedes, no. Pues sí, sobre mi barriga. Allí la ponen, resoplando y tambaleándose. Al público no le queda gota de sangre en el cuerpo. El maestro de ustedes, caballeros, se queda inmóvil bajo el enorme peso. Su columna vertebral no se rompe, su cuerpo no se dobla: como si le hubieran colocado encima una burbuja de aire.

—¡Le cortará el cuello! —gritó una voz femenina.

Porque, claro, el filo de la hoja se encuentra bajo mi nuca. Araukána dibuja una sonrisa misteriosa. Y entonces ocurre algo terrorífico. Los dos colosos empiezan a golpear la roca con sendos martillos, uno desde la izquierda, el otro desde la derecha. Y que no se me olvide: personas ajenas al asunto pueden controlar los elementos de este número, pueden tocar las hojas de acero, mover la roca, levantar los enormes martillos y comprobar la ausencia de todo artilugio mágico. Todo es de una escalofriante realidad. Los gigantes son dos depravados Hefestos con las caras llenas de negras cicatrices, con pelos negros como el azabache en el pecho.

¿Veis el arco esbelto, el cuerpo del maestro bajo la masa rocosa? ¡Aguanta! ¡Dios de los cielos! Aguanta perfectamente. Descansa sobre las dos hojas afiladas como un puente sobre sus pilares. Esos bastardos diabólicos golpean el basalto a compás con sus bestiales martillos. Tienen ustedes motivos para la estupefacción; asombro sería demasiado poco para expresar la sensación que los embarga. ¿Por qué no corta esa hacha maldita el cuello de Hristo, o sea, de Arpád Bolensky? ¿Por qué no se comba su columna vertebral? ¿Por qué no se convierte el señor profesor en una masa de carne cuarteada y aplastada? Pues no. En absoluto. Posiblemente, es lo que ustedes desean, señores. ¿O no, panda de inútiles? Les iría bien un poco de cambio, de movimiento, ¿no? Querrían ser testigos, ¿no? Ver cómo su profesor queda cortado en trocitos, ¿no? Que haya un poco de acción, que es lo que hace falta. Sin embargo, los dos macizos ayudantes levantan de su lecho de hojas de acero a Hristo, que no presenta herida alguna, salvo unas insignificantes líneas de color rosado en la nuca y en los tobillos.

Me ponen de pie, Araukána me abraza, me cubre con su manto de color plateado y carmesí, y despierto de mi trance. Dejo entrar la luz en mis ojos desorbitados. Me pongo de puntillas y levanto con la mano derecha los dedos de lagartija de Araukána. Así les saludo, señoras y señores. Aparecen el bastón y la chistera y entran los ayudantes y me visten. Hago girar el bastón con guantes blancos, observo al público y venzo a los recalcitrantes. Pacifico los últimos nidos de la resistencia. Todos permanecemos tres minutos en silencio. No hay ni carraspeos, ni ruido de bolsitas llenas de dulces. ¡Y ahora vendrá la hora de la redacción! La moraleja de todo el espectáculo. Nuestro dinero está bien empleado. ¿Qué hemos visto? La materia se ha puesto al servicio del espíritu, el milagro se ha producido. Hemos contado con el apoyo de fuerzas sobrenaturales para nuestra lección. Aquí está el maestro, Lázaro de sí mismo. Y después ¿qué? Después, nada. Hago un gesto de resignación con la mano. Señoras y señores, lo cierto es que de momento me encuentro solo. Araukána es la ayudante de uno de los colosos, quizás incluso de ambos. A mí sólo me hace caer en trance y me despierta en el escenario. He procreado docenas de magníficos chicos, les he dado genes tan intrépidos que todos se han esparcido por el gran mundo, se han expandido por el planeta, para decirlo de alguna manera. En esta plaza, que se ha desgastado como yo pese a las reformas y a la iluminación, en esta plaza, digo, sólo queda uno de la gran familia: yo. ¿Para qué? Para hacer de poste de la tienda, de bisectriz del triángulo, de conservador de la cripta familiar, de espantapájaros.

—¿Sigues dándole a la sinhueso en el Korona, viejo? —preguntan mis hijas e hijos cuando me llaman por teléfono—. ¿Sermoneando y fanfarroneando? ¿Explicando cuentos provincianos a este público de segunda? Ya has quedado fuera de circulación, papá.

¿Qué busca usted por aquí, don Hristo? ¿No le han dicho que no puede venir? Quédese usted acurrucadito en casa. Fanfarronee usted en su casa. Nosotros fanfarroneamos aquí, pero lo hacemos discretamente porque tenemos muy en cuenta el lugar donde estamos. Porque nos gustaría mantener todavía el Korona y, en su interior, el Bar Éxtasis… qué digo, el Extasy Night Club. Hay que iluminar y poner un poco de música a las lúgubres noches. Tómese un aguardiente de pera, viejo, y no hurgue en la mierda.

Puede que abandone este circo materialista-gesticulante y que me entretenga en los pocos días que me quedan tallando fragmentos de pesimismo filosófico cultural. Sobre todo viendo que para esta gente las parábolas valen tanto como un pedo de mosca. Basándome en las experiencias de una larga vida plagada de amarguras demuestro que el odio del bien existe. Sí, señores, existe. No quieres, hijo de puta, que el bien tenga razón. Si los zurriagazos pueden desembocar en una orgía, ¿por qué no va a producir placer arrojar a un bebé contra la pared? No hay historia sin los excesos de la crueldad. La lucha es eterna, la reconciliación no existe; la paz, señoras y señores, es sueño porque ustedes, sinvergüenzas, no desean la paz en el fondo de sus almas o, mejor dicho, de sus corazones desalmados. No puedes quedarte, Araukána, en el lado embrutecedor y soleado de la esperanza por el mero hecho de ser una flor del sur. Los hombres no se atacan por mutua incomprensión. No, se atacan porque quieren. Al mal le encanta la pasión de los malentendidos. ¿El mal? En una palabra, el diablo. El que está sentado a la izquierda del Señor, pero quizás a la derecha. Observa una cosa, Araukána: a los hombres les gusta perseguirse. Fíjate, por ejemplo, en el guardia. Si quisiera, podría pegarle un tiro al prisionero. Si quisiera, podría soltarlo. Se divierte jugando al gato y al ratón, y hasta que no mate a su víctima, este insignificante guardia poseerá un poder que no siente ni el propio líder. Por tanto, señoras y señores, no es verdad que sólo el líder esté interesado en el crimen, también lo están los simples y modestos hijos del pueblo. Porque pueden acceder a la categoría de guardias. Además, el pollo asado que realmente apetece es el que has pillado en el gallinero, al que tú mismo le has cortado el pescuezo, sin olvidarte de recoger su sangre y de zampártela en el acto sobre un pan tostado en grasa frita con cebolla. Los expertos afirman que hay que matar con la propia mano. Y quienes se precian de contar con cierta experiencia en el arte de matar confiesan en sus momentos de sinceridad que ni siquiera follando han encontrado placer más intenso. En el transcurso de una de mis giras hablé con un director general que otrora fuera genocida, que sólo fue condenado a unos cuantos años porque lo necesitaban debido a sus conocimientos profesionales y que incluso fue puesto en libertad antes de tiempo. Le pregunté:

—Dígame, caballero, si arrancáramos de su respetable biografía todo el complejo de la matanza y la cárcel y pusiéramos en su lugar alguna cosita más inocente y familiar, ¿aceptaría usted esa reconstrucción de su memoria?

¿Qué contestó el hombre? No se lo he preguntado a usted, Dávid Kobra, ni a usted, compañero Zoltán Kobra, ni a Antal Tombor, y menos aún al pícaro de Dragomán… A ustedes no, mentes retorcidas, sino a los tontos de la clase. ¿Qué dice usted, señor Bakó? ¿Y usted, señor Agamek? ¿Y usted, señor Kása? ¿Y ustedes, cabezas huecas? A ver, hijos míos, ¿qué contestó? Pues que ¡una mierda! ¡Que no! ¡Ni pensarlo! Hasta me amenazó con el puño. Hizo lo que hizo y pagó por ello. Punto. Ahora ha ganado en experiencia. Ya sabe lo que significa y tampoco es cosa tan terrible. Al contrario. La sensación de poder cometer tal crimen es grandiosa. Todo es posible. Puedes destrozar una cabeza con la culata, como un huevo, y no pasa nada. Hasta se pueden aprovechar los restos. Valen más que el hombre, porque el hombre no vale nada, nada de nada.

Está bien. En nuestra infancia conocimos una tesis: que el otro es divino. Ahora se añade una mínima rectificación: el otro no es nada. Muchos lo barruntan y por eso se alegran de las guerras, para poder confirmar su sospecha. Reconozcan ustedes, queridos míos, que es síntoma de parcialidad empeñarse en el bien. Una fuerza superior ordena ofrendar algo al mal, aunque sea tratando al diablo con cortesía. Salúdalo, quítate el sombrero y no lo molestes tomándolo por una nulidad. ¿Por qué ha de ser el mal de color azulado, frío, plateado? ¿Por qué no ha de ser rojo? ¿Por qué ha de ser feo el mal? ¿Acaso no has visto un mal bonito? Claro que resulta difícil aceptarlo, porque el mal opera a través del bien. Las doctrinas y teorías convienen a los hombres, porque así pueden ser malos con la conciencia tranquila. Quien funciona sobre la base de teorías, puede odiar sin mala conciencia. La estupidez más insulsa, repetida por muchos, se convierte en fuerza demoníaca. La gente necesita de vez en cuando los acaloramientos religioso-teóricos. No hay manera de sacarles la pasión guerrera. Vivimos en la cultura de la matanza, señoras y señores. El poder busca más poder, así como el rico quiere ser más rico y el lujurioso desea más lujuria. Lo que más odian los guerreros es que alguien ponga en duda su buena consciencia.

Si no haces sólo el bien, sino también el mal, si respetas el equilibrio del orden divino, te parecerás a tu creador. De él proceden los santos y los monstruos. ¿De quién proviene la fuerza mágica de las grandes bestias? ¿Sólo el maná ha venido del padre? ¿La bomba no? ¿Él sólo envía los regalitos de Navidad? ¿Y los infartos no? Nosotros, los hombres, seres difíciles, no logramos competir con la polivalencia de nuestro creador. Es inútil callar la relación homosexual entre la creación y el diablo. El arte es una de las subespecies de la creación destructora. Lo esencial es que el mal… existe. El mal es la otra cara de la creación. Te gustaría creer que el mal es la carencia de algo, la carencia de sabiduría, por ejemplo, pero sabes perfectamente que no es así. Sobre el escenario reina la crueldad, al igual que el amor primaveral.

No hemos de adorar el destino, sino afrontarlo. Sea como sea, siempre te alcanza. Cuando matan a una persona querida, no me sereno pensando en la sabiduría de la providencia, sino que digo: Dios mío, esto no tiene perdón. Hay cosas que no se pueden perdonar ni a los hombres, ni a Dios. Los acontecimientos permanecen en el universo tal y como ocurrieron. Según el discurso blandengue de los consoladores, el Eterno se encuentra demasiado ocupado. No puede prestar atención a todos los detalles. Rey viejo y soñoliento, no se da cuenta de las oscuras maquinaciones que se producen debajo de su trono. Además, ¿por qué no es Señora? ¿Por qué es Padre y no Madre? Exagera su masculinidad. Todas esas prohibiciones, matanzas y venganzas de la Biblia, todas esas órdenes, amenazas, esa autoadoración irrefrenable y retorcida: muy fastidioso, vamos. Luego viene, por boca de los profetas, la furia del marido engañado. El viejo y caprichoso cabeza de familia, consciente de que ya no le hacen mucho caso. Su pueblo fornica en cada esquina con algún ídolo extranjero. Confiesa, Señor, que te has convertido en el precursor de nuestro patriarcado sacerdotal, marcado tanto por el esplendor como por la decadencia. Se lo digo yo, Hristo el forzudo, doctor Arpád Bolensky en la vida civil, un hombre que ya ha aprendido unas cuantas cosas sobre la decadencia de la virilidad, sobre todo en lo que respecta a Araukána.

De paso me gustaría recalcar que no estoy muy seguro de si quiero que seas Señora, Señor. Sí, es bonito y hasta deseable que la sabiduría sea tentadora para los sentidos. También me gusta la capacidad de la Señora de ocultarse en una castaña silvestre. Lo malo es que su arbitrariedad no le va en zaga a la de nuestro Señor. Su interés languidece cuando no se habla de ella. Que quede entre nosotros, señores y señoras, la divina dama no tiene mucha sensibilidad para los conceptos universales. O te hace feliz o desaparece y ya lleva dos millones de años coqueteando con nosotros.

Como viejo profesor y artista, sospecho que el bien necesita el mal y el mal necesita el bien, que las dos cosas se complementan. ¿A quién podría reprender si estos chavales haraganes no fueran tan insolentes? ¿Cómo resaltaría el perfume de mi moral inmaculada si no existiera el mal de los otros, si el mal no apestara y no mostrara su ignominia? ¿Y con quién va a fornicar el maligno con su olor a rancio, el más depravado de todos, al que la peluca apenas le tapa los cuernos, con quién va a fornicar, digo, sino con la virgen inocente? ¿A quién va a morder el lánguido, sino al sanguíneo? Señoras y señores, he envejecido, pero aún no tengo ganas de morir. Sería malo que me mataran. Percibo como negativa mi propia muerte; la de los otros no tanto. Tengo la impresión de que los demás reaccionarán a mi muerte con bastante indiferencia. Luego, no existe un bien común y un mal común. Grábense esto en la mente, señoras y señores. Hay quienes matan precisamente porque conocen la muerte y la temen. Tengo miedo de ustedes, señoras y señores. He visto enloquecer a gente como ustedes. No se dejan llevar tranquilamente por el paso del tiempo y se ponen a patalear de manera insensata e impaciente. Y son capaces de asesinar. Se desfogan, echan a sus amigos al pozo y luego bailan hasta altas horas de la madrugada. El otro puede significar tanto como un trozo de pan para el ser humano. O sea, poquita cosa. Hay quienes tiran el pan viejo. He vivido dos guerras mundiales y otras convulsiones: matar y palmarla siempre han obedecido a intereses altamente nobles. Acatar órdenes y mentir también han obedecido a nobles intereses. Uno puede escapar un poco de todo esto haciendo el payaso, pero no mucho. Los héroes de la obediencia rodean, vigilantes, el trono del Señor. Tienen los ojos bien abiertos. En una palabra, señoras y señores, que los hombres se aburren donde faltan los asesinatos; ahora bien, donde los hay, se vuelven apáticos. En resumen, que para un viejo nada está bien. Entiendo que los escritores recurran a la historia: el público quiere cadáveres en los cuentos. Los tiempos interesantes eran aquellos en los que se podía matar y morir, las épocas de guerras y de revoluciones. Uno olvida poco a poco a las víctimas, los tiranos se ponen de moda y las biografías de los malvados venden mejor que las de los buenos. Quien más ha matado, mejor líder ha sido. Así es. Señoras y señores, vámonos a casa… A dormir.