CAPÍTULO VIII

RUMBO A LA TIERRA

EL golpe asestado al Imperio de Nahum era mortal. El planeta Noreh había visto disiparse en neblina todas sus plantas verdes y sus habitantes no disponían de instalaciones industriales del estilo de las terrícolas, capaces de fabricar suficientes alimentos para millones de seres, tomando como materias primas la luz y el calor del sol, la humedad del suelo y el carbono del aire.

El nahumita era extremadamente refinado en sus gustos y prefería el sabor y el aspecto de los alimentos naturales a los fabricados por las máquinas. Por otra parte, los nahumitas no habían sentido hasta ahora verdadera necesidad de suplir con las máquinas los productos de la tierra. Su enorme y rico Imperio atendía con creces a todas sus necesidades.

Podía suponerse sin temor a error que los nahumitas se arrepentían ahora sinceramente de haber desdeñado la producción industrial de comestibles. Su situación debía de ser angustiosa y Miguel Ángel, desde la lejanía adonde había llevado al autoplaneta Valera, podía imaginar sin esfuerzo las condiciones de vida que regían en el planeta Noreh después de haber sido sometido al bombardeo de los proyectiles anticatalizadores de la clorofila.

Los primeros en perecer habrían sido los herbívoros. En cuanto a los nueve mil millones de almas que habitaban en el planeta, su alimentación tenía que depender en el futuro de las reservas de vituallas que pudieran contener los depósitos. La duración de las reservas de los almacenes no podía ser ilimitada y, a menos que recibieran ayuda desde el exterior, los siete mil millones de nahumitas de Noreh se verían obligadas a evacuar su planeta-metrópoli.

La situación del Imperio era comprometida en más de un aspecto. Los nahumitas, temiendo las continuas revueltas y los actos de sabotaje que incesantemente se producían en sus dominios, tenían en Noreh el 90 por 100 de su industria, que estaba alimentada por la aportación de los dominios en materias primas y obreros. Los nahumitas podían evacuar Noreh porque contaban con buques siderales en bastante número para ello. Pero no podían llevarse también sus gigantescas fábricas.

Les quedaba el recurso de traer provisiones desde sus planetas. Pero para ello debían contar con el permiso de la Armada terrícola, que bloqueaba su planeta. Y el Estado Mayor Expedicionario estaba dispuesto a no dejar entrar en Noreh ni un grano de alpiste. Después del bombardeo «verde», Valera había vuelto a aproximarse a Noreh y describía una órbita en torno a él. Su Armada bloqueaba a Noreh. Los nahumitas podían salir reuniendo todos sus buques y abriéndose paso a la fuerza entre las líneas terrícolas. Pero no podían librar una batalla por cada convoy cargado de cereales que llegara procedente de los dominios.

—No tenemos más que esperar —dijo Miguel Ángel Aznar a su Estado Mayor—. Esperar e impedir que los habitantes de Noreh reciban provisiones del exterior. Cuando el hambre les atormente, Noreh caerá en nuestras manos como una fruta madura.

Los terrestres, ciñéndose a su plan de operaciones, limitáronse a sostener el bloqueo de Noreh. Desde tan corta distancia, Miguel Ángel Aznar, con el auxilio de los poderosos telescopios electrónicos de Valera, podía ver cada día al planeta Noreh en sus menores detalles. Las imágenes eran tan considerablemente aumentadas por aquellos aparatos que el joven no sólo podía ver la torturada superficie del planeta, sino incluso las carreteras y los automóviles que circulaban por ellas. De haber sido Kindal una ciudad construida en la superficie del planeta, Miguel Ángel hubiera podido ver a vista de pájaro sus edificios, sus calles y también a los peatones que se movieran por las aceras.

Sin embargo, Kindal era —como las terrestres— una ciudad de proyección invertida. Sus «rascasuelos», en vez de levantarse hacia arriba, se hundían profundamente en las entrañas del planeta. Una formidable coraza de cemento, de granito y de otras materias sólidas y no desintegrables la protegía por encima de cualquier bombardeo atómico. Kindal, la capital del imperio, había tenido antes en su superficie enormes y bellos jardines que trazaban amplias avenidas. Nada quedaba de estos jardines, aunque todavía podían verse con toda claridad las huellas de su trazado.

Kindal era el objetivo predilecto de Miguel Ángel. El muchacho suponía que Ambar estaba allí y se preguntaba emocionado si alguna de aquellas diminutas figuras humanas que veía moverse no sería su adorada princesa. El poderoso objetivo del telescopio le daba una engañosa sensación de proximidad. Miguel Ángel creía hallarse volando sobre la ciudad imperial y en los transportes de su imaginación incluso creía estar respirando el mismo aire que respiraba su amada.

Los románticos sueños de Miguel Ángel tenían siempre un súbito y triste despertar, porque bastaba retirar los ojos del objetivo del telescopio para encontrarse a varios millones de kilómetros de distancia, lejos de la mujer amada que solamente la imaginación y el telescopio tenían el poder de aproximar.

Pero los gigantescos telescopios de Valera servían para algo más que para que Miguel Ángel Aznar pudiera espiar a Kindal. Gracias a ellos, los oficiales del Servicio de Información podían ver perfectamente las luces de las poblaciones de Noreh en aquel hemisferio donde reinaba la noche. Lanzando señales luminosas, el autoplaneta había pedido a los terrícolas prisioneros de Nahum que remitieran informes sobre la situación de Noreh. Los cautivos terrícolas, con la complicidad de sus guardianes y otros esclavos de los nahumitas, consiguieron buen número de linternas. Con éstas y durante la noche, los cautivos lanzaban muchos mensajes telegráficos luminosos en morse, que eran captados por los objetivos de los telescopios y debidamente interpretados por el Servicio de Información.

Cada mañana, Miguel Ángel hallaba sobre la carpeta de su despacho un «digest» o resumen de las principales noticias recibidas por el sistema de señales luminosas. Así, el joven caudillo terrícola pudo seguir en las semanas siguientes la marcha de los acontecimientos que se producían en Noreh. Allí, toda la vegetación había desaparecido sin dejar rastro. Al día siguiente de producirse la catástrofe, los nahumitas dejaron de dar alimento a sus dos millones de esclavos. Adivinaban, y no se equivocaban, que la escasez de alimentos se agravaría en los siguientes días.

Los esclavos se dedicaron a la búsqueda de lombrices, caracoles, ratones y otros bichos que habían sobrevivido a la desaparición de las plantas. Los demás animales de Noreh fueron sacrificados por orden del Emperador y sus carnes saladas y congeladas para su ulterior uso. Cuando los bichos que repugnaban a los nahumitas fueron exterminados por los esclavos, éstos tuvieron que comer cosas tales como papel, cueros reblandecidos con agua caliente, grasas animales y aceites minerales que podían requisar y que la mayoría de las veces eran nocivos para el organismo.

Pronto los nahumitas imitaron a los esclavos, disputándose con éstos los alimentos más extraños y abyectos. Como era de esperar, la nobleza nahumita, agrupada en torno al Emperador, era la mejor librada de aquellas crisis de hambre. El Emperador no sólo había mandado decomisar todas las existencias de los almacenes, sino que ejercía también un severo control sobre la pesca y la extracción de algas del mar. Pero la nobleza no era todo Nahum. Aunque hubiera mil millones de nobles y de altos jefes de la Flota y el Ejército Imperial, seis mil millones de nahumitas a quienes no alcanzaba el favoritismo del Emperador se veían obligados a mascar cuero y otras materias diversas.

Estos seis mil millones de nahumitas hacían prevalecer su superioridad sobre los dos mil millones de esclavos oriundos de otros planetas. De esta mañera, y de abajo arriba, los que más sufrían los rigores del hambre eran los cautivos terrícolas; luego los esclavos de Nahum; en tercer lugar la población nahumita, y luego los oficiales del Ejército y la Flota, en orden de categoría hasta la nobleza. El hambre debía detenerse a las puertas del Palacio Imperial. El Gran Tass, «Señor de los Cielos y los Planetas», era seguramente el único que no pasaba hambre en Noreh.

Miguel Ángel Aznar sabía todo esto por los informes diarios que le llegaban desde Noreh. Sabía que los esclavos contemplaban con ojos amenazadores a sus dueños, que el pueblo de Nahum murmuraba y gruñía contra los nobles, y que los nobles y los altos jefes de las Fuerzas Armadas imperiales despertaban bruscamente a la realidad de la trágica situación del Imperio y recontaban con los dedos de una mano las escasas probabilidades de victoria que les quedaban. El fermento de la revolución se agitaba y reproducía velozmente en las bajas esferas de la sociedad nahumita, y la levadura estaba constituida por los cautivos terrícolas. Éstos hacían propaganda a favor de la causa de los suyos. Aseguraban que el caudillo de su pueblo, Miguel Ángel Aznar, podía convertir igualmente en humo la vegetación de todos los planetas de aquel sistema solar, que la industria valerana era la única capaz de salvar a los habitantes de Noreh gracias a sus máquinas que podían fabricar rápidamente fabulosas cantidades de alimentos.

La nación nahumita, reprimida por la propaganda y las amenazas del Emperador, conteníase, pero no estaba lejos el día en que considerarían como una bendición del cielo que los terrícolas invadieran su planeta metropolitano.

Los días, que transcurrían lentos para Miguel Ángel, se alargaban en el planeta Noreh. La situación no se había alterado. La Armada Sideral terrícola patrullaba el espacio en torno a Noreh y destruía las aeronaves que intentaban burlar su bloqueo.

La Imperial Flota de Nahum era todavía poderosa, superior en número a la terrícola. Pero tenía que repartirse las siguientes tareas: impedir que los terrícolas desembarcaran en Noreh; escoltar a los convoyes que intentaban aprovisionar a Noreh o suplir en esta tarea a la Flota Mercante; proteger a los planetas-colonia contra las bombas «verdes» de los terrícolas y, por último, librar incesantes combates contra la Armada Sideral valerana.

En oposición a las múltiples tareas de la Imperial Flota de Nahum, la Armada Sideral sólo tenía que cubrir un objetivo: impedir que los nahumitas entraran o salieran de Noreh.

De una forma u otra, los nueve mil millones de nahumitas que vivían en Noreh consiguieron sobrevivir a los primeros meses del bloqueo terrícola. Miguel Ángel Aznar tenía clavados en el alma a aquellos cinco millones de sus compatriotas que en el planeta Noreh desfallecían de hambre con los ojos puestos en el autoplaneta Valera, sostenidos solamente por la esperanza de vivir todavía cuando el ejército de invasión terrícola desembarcara sobre Noreh.

—«Si esto se prolonga una semana más» —decían los cautivos en sus mensajes— «tendremos que comernos unos a otros o lanzarnos sobre los nahumitas y morir matando».

—«Se rumorea que el Emperador ha escapado de Noreh hacia uno de los planetas vecinos a bordo de un buque sideral» —decía otro mensaje.

—«El pueblo empieza a mostrarse irritado».

En los siguientes días, Miguel Ángel encontró sobre su mesa-escritorio noticias crecientemente alarmantes.

—«Hoy, los habitantes de varias ciudades se manifestaron en protesta contra la Imperial Flota».

—«Hoy, una turba de nahumitas hambrientos asaltó los almacenes de la Intendencia Imperial. Las tropas cargaron sobre los asaltantes e hicieron una carnicería. Un oficial dijo: ¿No queríais comida? Pues ahí tenéis carne de perro. ¡Hartaos!».

—«De resultas de los sucesos de ayer, hoy hubo una sublevación de algunas unidades del Ejército. La sangre corre por las calles de muchas ciudades nahumitas».

—«Hoy, los habitantes de Kindal se manifestaron ante la residencia del Emperador. El Señor de los Cielos y los Planetas salió al balcón de su palacio para llenar de insultos a sus siervos. El pueblo le silbó. El Señor de los Cielos y los Planetas se retiró, y la Guardia Imperial cargó contra los manifestantes dispersándoles a tiros».

El fruto de la paciencia maduraba. Aquella noche el ligero sueño de Miguel Ángel fue interrumpido por una llamada del almirante Herrera.

—Almirante Aznar: Un crucero sideral nahumita se acerca. La tripulación quiere rendirse.

—Perfectamente —contestó Miguel Ángel—. Acójanles con las precauciones debidas, denles de comer y pulsen su estado de ánimo. Prepárense un informe con sus declaraciones.

Dos horas más tarde, Miguel Ángel tenía en su poder el informe solicitado. Los oficiales nahumitas aseguraban que si su pueblo tuviera la seguridad de no ser tratado con idéntico rigor al que los nahumitas habían empleado para con los valeranos, se rendirían incondicionalmente dentro de las próximas cincuenta horas. La Flota, con su férrea disciplina resquebrajada después de ver pulverizada su moral, estaba dispuesta a rendirse a la Armada Sideral terrícola.

Desgraciadamente, Miguel Ángel no disponía de ningún medio para comunicar con los nahumitas ni invitarles a la rendición. No había posibilidad material de arrojar octavillas, y en cuanto a los aparatos de radio de Nahum, éstos no podían captar los mensajes radiados desde fuera del planeta debido a la enérgica interferencia de las emisoras imperiales.

La fruta, ya madura, tenía que caer del árbol por su propio peso… y cayó. Pocos días después de haberse entregado el primer buque nahumita, la Imperial Flota de Nahum se desmembraba por completo. Los buques marcharon por millares a entregarse a la Armada Sideral. Sus hambrientas tripulaciones podían hacer esto porque el alma nahumita no estaba educada en los conceptos del honor, la dignidad y el sacrificio del terrícola. Su lealtad al Emperador y al Imperio no estaba garantizada por ningún juramento, ya que ellos no daban valor alguno a las promesas.

Al mismo tiempo, las revueltas y manifestaciones de protesta estallaban en todos los puntos del planeta Noreh. Con la rendición de la mitad de la flota de Nahum, el Ejército Expedicionario Autómata tenía el camino abierto hacia el planeta. Los mensajes que se recibían a bordo del autoplaneta eran tan angustiosos que decidieron al Estado Mayor a precipitar el asalto de Noreh.

El Ejército Autómata, que había permanecido intacto a través de todas las vicisitudes de Valera y de la Armada Sideral, se puso en marcha con la fría precisión de una máquina. Mil «discos volantes», que cuando no eran utilizados estaban alojados en unas depresiones en la sólida corteza del planetillo, se pusieron en marcha hacia el planeta nahumita. A su alrededor describían círculos los destructores y cruceros de la Armada Sideral. La fuerza de gigantescos acorazados descendían en formación de combate para abrirles paso entre las fuerzas siderales nahumitas que todavía combatían.

Tomaba parte en el asalto una división oceánide de Tropas Especiales mandada por el duque Cloris, y Miguel Ángel Aznar marchaba con ellos en el mismo «disco volador». Éste medía 15 kilómetros de diámetro y estaba dividido interiormente en cien pisos superpuestos, repletos de esferas de «dedona», tarántulas «robot» y plataformas lanzacohetes. Las esferas, las tarántulas y las plataformas sustituían a las antiguas concepciones de la fuerza acorazada de tanques, a la infantería y a la artillería, aunque funcionaban de manera completamente distinta. La ansiedad por ser de los primeros en entrar en Noreh y saber qué había sido de la princesa Ambar fue quien indujo a Miguel Ángel a participar personalmente en la invasión. Ésta, aunque facilitada por la desmoralización de las fuerzas armadas nahumitas y su estado de debilidad física, ofrecía todavía sus riesgos.

Las fuerzas armadas de Nahum carecían de moral y tenían una tortuosa concepción del honor. Pero la tradicional sumisión al Emperador y el temor a éste suplían a la voluntad de luchar por causas más sublimes. Además, los nahumitas temían la venganza de los terrícolas.

La fuerza de acorazados penetró como un ariete en las formaciones enemigas y abrió una enorme brecha por donde se lanzaron los «discos volantes» protegidos por la fuerza de destructores y cruceros. Al tocar en las capas superiores de la atmósfera, las baterías antiaéreas emplazadas en la superficie de Noreh abrieron el fuego de una manera esporádica y desigual. Ocurría que los cautivos terrícolas, aliados a los esclavos de otros planetas de Nahum, estaban asaltando aquellas baterías para facilitar el desembarco de los terrícolas.

Al sonar a bordo del «disco volante» el claxon de aviso, Miguel Ángel Aznar se caló la sólida escafandra de cristal que se ajustaba herméticamente a su vítrea armadura de color azul. Las Fuerzas Especiales iban equipadas con «back». Éstos eran a modo de mochilas que daban a los soldados la facultad de flotar en el aire y moverse en cualquier dirección a 1.000 kilómetros por hora.

—¡Mira! —dijo el duque Cloris, que estaba junto a Miguel Ángel.

El terrícola miró hacia la pantalla televisora que le señalaba el noble oceánide, igualmente protegido por una coraza de cristal. Vio cómo los gigantescos «discos voladores» empezaban a lanzar al espacio su cargamento de esferas, de tarántulas y de plataformas lanzacohetes. Todas estas máquinas estaban construidas de «dedona» y poseían por lo tanto, la facultad de flotar en el espacio a menor o mayor altura del suelo según la corriente eléctrica que pasaba a través de sus apretadas moléculas. Vistas de lejos parecían descender hacia tierra suspendidas por invisibles hilos.

Las fuerzas de desembarco, mandadas por control remoto, descendieron entre el crepitar de los proyectiles atómicos y se posaron en tierra.

—No desembarcaremos hasta que los blindados hayan hecho callar a las baterías antiaéreas —anunció Miguel Ángel—. Una explosión atómica causa poco daño en nuestras máquinas, pero sería fatal para nosotros, sobre todo si estallaba entre nuestra formación.

Los blindados y la infantería electrónica, formando un cinturón de acero, avanzaron hacia la ciudad imperial envueltas en nubes de humo y de polvo. La resistencia no existió prácticamente en otras ciudades de Noreh, pero sí en Kindal, por ser ésta la sede del Emperador y de la crema de la nobleza nahumita. Estos sabían positivamente que su época de grandeza caducaba con la invasión de los terrícolas. Pistola en mano obligaban a los desfallecidos soldados a continuar luchando cuando ya las siniestras tarántulas «robot» de los terrícolas estaban a las mismas puertas de Kindal barriendo literalmente cuanto hallaban al paso con sus cañones atómicos.

—La misión de la infantería autómata termina en el momento en que cubra la parte superior de la ciudad —indicó Miguel Ángel a Cloris—. Las máquinas difícilmente pueden abrirse paso hasta la ciudad subterránea por los ascensores y las escaleras. Si hay resistencia allí, a nosotros nos corresponde acabar con ella.

Los altavoces del «disco» bramaron:

—¡Atención, fuerza de comandos! ¡Prepárense para desembarcar!

Las tropas oceánides fueron a apelotonarse en torno a las escotillas de gran tamaño que se veían en el piso. Cuando las escotillas se abrieron, los comandos vieron bajo sus pies, a tres mil metros de profundidad, la cubierta superior de la capital subterránea.

—¡Atención, tropas de comandos! ¡Salten! —gritó el altavoz.

Los oceánides saltaron al espacio llevando asidas en una mano la ametralladora atómica, y con la otra puesta sobre los botones de control.

Miguel Ángel y Cloris saltaron al mismo tiempo. Todos los soldados estaban comunicados entre sí y con el comandante por radio. El descenso fue veloz, y sólo al hallarse cerca del suelo dieron los comandos energía a sus «back» para aterrizar suavemente.

—¡Las puertas de la ciudad están abiertas! —gritó alguien por la radio.

Así era. Las puertas de Kindal acababan de ser abiertas desde dentro por los propios nahumitas. Éstos salieron corriendo y gritando en un esfuerzo poderoso de sus organismos debilitados por el hambre. Alzaban los brazos hacia el cielo… intentaban detener a los oceánides para hacerles patente su alegría…

—¡A la ciudad… a la ciudad! —ordenó Cloris por radio.

Los comandos, eludiendo las efusiones de los esclavos, muchos de los cuales eran oriundos de su mismo planeta Bagoah, se vertieron como regueros por los huecos de las amplias escaleras y penetraron en Kindal. En el interior de ésta reinaba una tremenda confusión. Se escuchaban explosiones y tiros. La gente llenaba las calles, corría, caía, gritaba… El Imperio de Nahum se venía abajo con estrépito.

Al llegar a los subterráneos inferiores los comandos se tropezaron con un tremendo alud de gente que intentaba ganar las escaleras. La multitud se apiñaba, se arrollaba y se mataba entre gritos de terror. Miguel Ángel, que descendía con Cloris por el hueco de la escalera, pescó en el aire a un hombre que había sido empujado por el pasamanos.

—¡Habla! ¿Qué ocurre? —le preguntó Miguel Ángel en lengua nahumita, al tiempo que le zarandeaba.

—¡El Emperador se ha vuelto loco! —chilló el hombre con los pelos de punta—. ¡Quiere hacer volar a toda la ciudad!

Miguel Ángel devolvió al nahumita a la gimiente riada que subía en busca de la superficie.

—¿Será verdad? —murmuró, más para sí que para que le oyera nadie.

Pero Cloris le oyó por radio.

—¡Si es verdad y salta la ciudad… nosotros y todos los habitantes de Kindal seremos reducidos a polvo! —exclamó.

—¡Retroceded! —ordenó Miguel Ángel imperiosamente.

—¿Y tú?

—Tengo que seguir adelante… he de buscar a una persona.

—¿A quién?

—A la hija del Emperador… a Ambar —dijo Miguel Ángel roncamente.

—¡Voy contigo!

—¡No! ¡Retrocede… ocúpate de que la división evacúe en seguida la ciudad!

—Iremos contigo —insistió Cloris—. Seguramente habrán todavía nahumitas, especialmente nobles, con ganas de combatir. ¡Adelante, oceánides!

Miguel Ángel no podía perder tiempo en discusiones. Se lanzó como un bólido escaleras abajo, seguido de los comandos oceánides. Al llegar abajo, a una de las grandes avenidas abovedadas, Miguel Ángel volvió a atrapar a otro nahumita.

—¡Suéltame, por piedad! —chilló el hombre—. ¡El Emperador ha enloquecido y va a hacer estallar varias bombas atómicas a la vez!

—¡Espera… dime por dónde se va al palacio imperial!

—¡Por ahí… recto… hay una plaza… está muy cerca! —balbuceó el nahumita. Y de un tirón se liberó de la mano del terrestre y se mezcló con la multitud.

—¡Vamos, por aquí! —gritó Cloris a sus tropas.

Unos doscientos hombres se lanzaron en seguimiento de Cloris y de Miguel Ángel. Los techos de la bóveda eran sobradamente altos para que los comandos pudieran volar por encima de las cabezas de la multitud. Ésta empezó a disminuir, y finalmente sólo se vieron algunos grupos aislados que corrían cuan aprisa les permitían sus escasas fuerzas.

El pavimento de la venida estaba cubierto de cadáveres aplastados por la tromba en huida. El grupo de comandos llegó a una enormísima plaza, cuya bóveda se perdía en las sombras. Se veían cadáveres por todas partes, automóviles abandonados y prendas de ropa. No se escuchaba más ruido que el rumor de los lejanos gritos de los nahumitas. La fachada del palacio imperial se veía brillantemente iluminada por ocultos focos. Como todos los edificios nahumitas era de una severidad rayana en lo hostil. Todas las ventanas que daban sobre la plaza estaban iluminadas interiormente.

—¡Ahí! —gritó Miguel Ángel señalando al palacio—. ¡Entrad por las ventanas… registrad todas las habitaciones y prended a cuantos halléis dentro! ¡Pero no matéis a nadie!

Los comandos ganaron altura y se lanzaron contra los ventanales como proyectiles. Miguel Ángel escogió para entrar el hueco central de un gran balcón. Su escafandra golpeó contra los cristales y los echó abajo con estrépito. El muchacho se asió a un pesado cortinaje para frenar su impulso. Cayó rodando por la sala, a medias envuelto en la cortina. Tras él, el duque Cloris entró como una bala de cañón y aterrizó como un aeroplano, arrastrando consigo una mesa y otros muebles. Debió darse un buen porrazo, pero el acolchado interior de su armadura le salvó.

—¡Adelante… no hay tiempo que perder! —gritó Miguel Ángel desembarazándose de la cortina y pasando a una sala contigua.

El palacio imperial, al parecer, estaba desierto. Los recios pasos de los comandos sonaban en los inmensos y fríos salones como en la crujía de una gran catedral. Se escuchaba el golpeteo de las puertas que se abrían y cerraban con violencia. Una mortal angustia clavaba su garra en el corazón de Miguel Ángel. ¿Qué habría sido de la princesa Ambar? ¿Se habría unido a su padre para participar también en el apocalíptico fin de una ciudad que saltaba en pedazos bajo el brutal empuje de formidables explosivos atómicos? ¿Estaría viva? ¿Estaría muerta?

De pronto, al abrir una puerta, Miguel Ángel lanzó un grito ronco:

—¡Ambar!

La princesa de Nahum estaba sentada en un sillón, en mitad de una lujosa alcoba que debía ser la suya propia. Vestía un rico traje de color rojo. Un enorme manto se ceñía a sus hombros y se desplegaba sobre la tupida alfombra. Llevaba una corona sobre las sienes, y empuñaba una especie de cetro que era un dragón metálico de color verde.

—¡Ambar! —repitió Miguel Ángel echando a correr hacia la muchacha.

La princesa levantó sus hermosas pupilas doradas y las clavó en la figura vestida de vidrio que avanzaba hacia ella. Su mirada tenía el errátil brillo de los pensamientos ausentes y lejanos. Parecía mirar a través de los objetos y ver algo que se encontraba mucho más allá. Miguel Ángel llegó hasta ella de un salto y la zarandeó brutalmente por los hombros.

—¡Ambar…, despierta! ¡Soy yo… Miguel Ángel Aznar!

—Miguel Ángel… —murmuró ella mirando a la escafandra azul con aire estúpido.

Miguel Ángel se arrancó de un tirón la escafandra. Su cabeza morena quedó al descubierto. Su cara, extremadamente pálida, pareció devolver el sentido a la absorta princesa de Nahum.

—¡Tú… tú! —exclamó saltando en pie.

Miguel Ángel la tomó en sus brazos. Ella soltó el cetro y la corona rodó por la alfombra.

—¡Miguel Ángel… Miguel Ángel! —murmuró con el extraño acento nahumita en que pronunciaba el nombre español.

El duque Cloris había entrado en seguimiento del terrícola. En la puerta habíase detenido un grupo de oceánides enfundados en trajes de vidrio. Éstos presenciaron en silencio cómo Miguel Ángel cerraba los labios de la princesa con un beso.

De pronto, ella se desasió de los brazos que la apretaban contra la coraza de cristal. Sus doradas pupilas se agrandaron de terror.

—¡Huye, Miguel Ángel! —gritó—. ¡Mi padre está en el sótano preparando una explosión que hará saltar a todo Kindal!

El terrícola dio un brinco de sobresalto. Le animaba la esperanza de que el terror de la multitud se debiera a un falso rumor.

—¿Es verdad eso? —balbuceó con los cabellos erizados de horror.

—¡Sí… HUYE! ¡El gran Tass se ha vuelto loco… hizo traer algunas bombas de hidrógeno a los sótanos! ¡Ahora está preparando los fulminantes… la ciudad saltará de un momento a otro!

—¡Hay que evitarlo! —gritó Miguel Ángel soltando a la princesa y corriendo hacia la puerta.

El duque Cloris le detuvo.

—¡Deja, nosotros iremos! ¡Toma tú a la muchacha y sal de la ciudad!

—¡No puedo permitirlo! ¡Debo ir yo!

—No te permitiré que vayas solo. Por lo tanto, si hemos de correr el riesgo los dos…, ¿por qué no me dejas ir solo? ¡Vamos, oceánides! —gritó Cloris echando a correr.

Los comandos oceánides salieron en seguimiento de su jefe. Miguel Ángel quedó un momento inmóvil. Luego volvióse hacia Ambar y la asió de uno de sus desnudos brazos.

—¡Vamos, Ambar!

La muchacha asió la muñeca masculina cubierta de vidrio y se resistió a andar.

—No, Miguel Ángel —dijo—. Debo quedarme aquí. Soy la última princesa de Nahum… mis hermanos murieron combatiendo contra la Armada terrícola… El Imperio de Nahum cae y yo debo caer con él.

—¡Estás loca! —chilló Miguel Ángel—. ¡Sería estúpido que murieras cuando nada te obliga a ello! ¡No puedo permitirlo. Yo te amo, Ambar… te necesito!

—También yo te amo, Miguel Ángel. ¡Ah, si lo hubiera comprendido cuando estaba en tu orbimotor! Pero sólo descubrí mi amor cuando me vi lejos de ti… sin esperanzas de volverte a ver.

—Bien, ya me tienes a tu lado, Ambar. ¿Qué importa si hemos perdido estas semanas? ¡Ven conmigo! Todavía es tiempo… podemos ser felices…

—¡Pero es que la ciudad va a estallar!

—Por eso mismo… ¡Vamos. No debemos perder la esperanza en tanto nos quede un segundo de vida! —gritó Miguel Ángel.

De un zarpazo arrancó el manto de los hombros de la princesa. Luego la asió de un brazo y la sacó de la habitación.

—¡Por aquí! —indicó Ambar—. El palacio tiene una salida excusada hasta la superficie… donde estaban antes los jardines imperiales.

—¡Pues adelante!

Al cruzar los enormes y solitarios salones iban encontrándose con algunos grupos de comandos. Miguel Ángel les llamó para que fueran con él. La princesa les guió hasta un ascensor interiormente acolchado, capaz para unas veinte personas. En el momento en que cerraban las puertas se escuchaba muy apagado el restallar de unas secas detonaciones. Eran los comandos del valiente duque Cloris.

El ascensor subía con no mucha rapidez. Miguel Ángel sentía su corazón paralizado de angustia. Esperaba verse saltar en el aire de un momento a otro. Se preguntaba qué estaría haciendo Cloris en aquellos instantes. ¿Habría encontrado al Emperador loco? ¿Llegaría a tiempo para detener la explosión?

El ascensor se detuvo bruscamente. Las puertas se abrieron y entró un alegre rayo de sol. La princesa, el terrícola y los oceánides salieron apresuradamente. Vieron a la gente correr a la desbandada. Los gigantescos «discos volantes» de la Armada Sideral terrícola que estaban sobre Kindal también se alejaban.

—¡Ayúdame, muchacho! —gritó Miguel Ángel a un oceánide—. ¡Levantaremos a la princesa entre los dos!

El oceánide asió a Ambar por un brazo mientras Miguel Ángel lo hacía del otro. Dando toda la potencia a su «back», el terrícola sintió cómo sus pies se separaban del suelo. Se elevaron con desesperante lentitud. Miguel Ángel no llevaba escafandra, y Ambar ni siquiera coraza. No podían subir a gran altura sin adecuada protección.

—¡A la derecha! —gritó Miguel Ángel.

El grupo dio marcha a sus eyectores atómicos. Éstos, lanzando chorros de partículas ionizadas, les impulsaron por la espalda a gran velocidad. Pese al escaso esfuerzo físico a que estaba sometido, el terrícola respiraba con dificultad. ¡Aquel maldito Emperador con sus bombas de hidrógeno!

—¡Es inútil… es inútil…! —sollozó la princesa—. ¡La explosión nos alcanzará antes que…!

—¡Almirante! —gritó el oceánide que ayudaba a Miguel Ángel en el transporte de la princesa—. ¡El duque Cloris acaba de comunicar por radio! ¡Han matado al Emperador y quitado el fulminante de las bombas! ¡No habrá explosión!

Miguel Ángel tragó saliva.

—¡Alabado sea Dios! —murmuró alzando los ojos al cielo. Y sintiendo que súbitamente desfallecía de emoción ordenó—: ¡Vamos a tierra!

Instantes después el comando se posaba en el suelo. El aterrizaje fue algo violento en cuanto a Miguel Ángel, Ambar y el muchacho oceánide que les ayudaba. Los tres rodaron por tierra. La princesa se echó a llorar de bruces en el suelo. Miguel Ángel se arrastró hasta ella, la incorporó y la estrechó contra su corazón…

La gente se detenía y gritaba. El gigantesco «disco volador» de la Armada Sideral volvía sobre Kindal y empezaba a arrojar paquetes de alimentos que los hambrientos nahumitas capturaban ávidos en el aire.

* * *

EPÍLOGO

Seis meses más tarde, en la superficie de Kar, la capital del planeta Bagoah, el Superalmirante de la Armada Sideral Expedicionaria terrícola —Miguel Ángel Aznar— se despedía de Tritón II, de la princesa Ondina y del duque Cloris, almirante de las fuerzas Armadas bagoabitas.

—Es lástima que os marchéis tan pronto, antes de celebrarse la boda de mi hija Ondina con mi sobrino Cloris —se lamentaba Tritón II.

—No podemos retardar por más tiempo nuestra partida —repuso Miguel Ángel sonriendo a la princesa Ambar—. Vuestros planetas están pacificados. Hemos desarmado a los nahumitas, les hemos obligado a salir de los planetas que dominaban y les hemos recluido en Noreh. Sin más flota sideral que la indispensable para garantizar su seguridad personal, con todas sus industrias de armamento desmanteladas, no pueden rehabilitar su viejo Imperio.

—¡Oh! —exclamó Cloris—. Los nahumitas ya no nos preocupan. Cada planeta de esta galaxia tiene ahora sus propios medios y recursos para defenderse de sus afanes imperialistas, si por caso volvieran a resucitar.

—Confío en que no volverán a sentir jamás el afán de dominio universal —dijo Miguel Ángel—. Les hemos dado nuestras máquinas que fabrican alimentos para suplir su actual escasez de recursos agrícolas. Ellos son el pueblo más avanzado de esta galaxia y se recuperarán pronto. La República de Noreh será fuerte, pero no en buques de guerra. Su avanzada técnica fabricará todos los artículos necesarios para elevar el nivel de vida de los nahumitas hasta un punto que jamás alcanzaron en la época del Imperio. Tendréis mucho que aprender de ellos.

—Aprenderemos —prometió Cloris—. Y en cuanto a guerras no es probable que las haya después de la Policía Sideral que has creado, haciendo entrar en ella a todas las naciones.

—Bien. Pero una Policía Sideral no es bastante garantía de que no habrán guerras en esta galaxia si el afán de paz no está en los mismos corazones de sus habitantes. Os dejamos muchas muestras preciosas de nuestra civilización y nuestra cultura, máquinas que os liberarán del trabajo, de las inclemencias de la Naturaleza y del hambre… pero lo más precioso que os dejamos aquí es esa estupenda legión de misioneros que os está enseñando la doctrina de Cristo.

—Sí —aprobó Ondina—. Eso es verdad. Ningún instrumento para crear la paz y la felicidad será tan efectivo como las enseñanzas de esos santos misioneros.

La conversación pareció caer en un bache. Hubo un momento de silencio, y en este silencio se escuchó el roncar de una sirena. Todos levantaron hacia el espacio sus ojos irritados. Sobre Kar, la capital de Bagoah, había un crucero de las Fuerzas Siderales terrícolas. Más lejos, presentando a los habitantes de Bagoah una parte de su superficie iluminada por el Sol, el autoplaneta Valera brillaba en cuarto menguante.

—Bien —suspiró Miguel Ángel apretando el mórbido brazo de la princesa Ambar—. El comandante del buque nos reclama…

Una falúa acababa de desprenderse del navío y descendía majestuosamente. Los ojos de Ondina se llenaron de lágrimas. Su mano estrechó la de Miguel Ángel. Luego a Ambar mientras Miguel Ángel estrechaba las manos de Tritón y de Cloris.

—Adiós —murmuró el terrícola con voz ahogada por la emoción.

La falúa acababa de posarse en tierra, junto al grupo.

—Adiós… adiós —murmuraron los oceánides embargados por la tristeza—. Nunca os olvidaremos… nunca… nunca…

Ambar acababa de apretar las manos de Tritón y de Cloris. Súbitamente echó a correr hacia la aeronave. Miguel Ángel Aznar, Ondina, Tritón II y Cloris se contemplaron un minuto en silencio, como si quisieran grabar bien en sus mentes aquellas facciones tan queridas. Luego, sin añadir palabra, el caudillo les volvió las espaldas y siguió a Ambar hasta el interior de la aeronave. Ésta se puso inmediatamente en marcha, elevándose en dirección al crucero sideral.

—¡Y no los veremos más! —murmuró Ondina con los ojos arrasados en lágrimas—. Su mundo está inmensamente lejos… ellos pueden ir a la Tierra y volver antes de que se acabe su vida. Pero si ellos volvieran no nos hallarían a nosotros, sino a nuestros descendientes en varias generaciones. ¡Habrán transcurrido miles de años! ¡No los veremos nunca más!

El crucero volaba ya hacia el autoplaneta Valera cuando los tres oceánides todavía permanecían de pie entre los macizos de flores de los jardines de Kar. Siguieron allí hasta que la aeronave fue achicándose y, finalmente, dejó de verse.

Unas horas más tarde, el autoplaneta, brillando como una barquilla de plata en la tranquila y aterciopelada noche de Bagoah, se envolvía en un halo más luminoso que se encendía y apagaba con rapidez formando los puntos y rayas del alfabeto telegráfico Morse. Era su despedida. El autoplaneta Valera, recuperados sus 50 millones de tripulantes y llevando algunos millones de hombres y mujeres nacidos en esta galaxia y deseosos de ver la Tierra, se ponía en marcha de regreso a la patria de la humanidad terrícola.

En la cámara de derrota del orbimotor, donde tantas horas de angustia viviera, Miguel Ángel Aznar estrechaba contra su corazón a la princesa Ambar. Ésta lloraba silenciosamente mientras Noreh, Bagoah, Ursus, Naujan y los demás planetas del cortejo de Nahum iban achicándose en la lejanía. El autoplaneta Valera, acelerando constantemente, recorría los primeros millones de kilómetros de una singladura que había de llevarle algunas decenas de años… mientras en Nahum y en la Tierra transcurrían en el mismo tiempo largos siglos…

FIN