CAPÍTULO II
EL SUPERALMIRANTE
MIGUEL Ángel Aznar hallábase en la cámara de derrota del autoplaneta Valera en el instante en que en el planeta Noreh, a 30 millones de kilómetros de distancia, un grupo de compatriotas levantaba al cielo sus ojos emocionados.
Miguel Ángel Aznar, rodeado de un grupo de sus almirantes y amigos, hallábase de pie en el centro de una plataforma transparente circular, dentro de una esfera. Las paredes de la esfera en cuyo interior se encontraba el joven caudillo no eran otra cosa que una gigantesca pantalla de televisión, donde las imágenes tomadas por enorme número de objetivos formaban un mosaico de imágenes tan bien unidas entre sí, que la vista no llegaba a descubrir las juntas.
Desde el centro de aquella plataforma el observador creía encontrarse en mitad del espacio, rodeado por todas partes del negro abismo sideral, en cuyas tenebrosas profundidades titilaban las estrellas.
En este instante, el silencio más absoluto reinaba en el interior de la cámara. Los ojos estaban clavados en aquel rápido Rayo Azul que salía al encuentro de Valera.
El corazón de Miguel Ángel palpitaba aceleradamente. ¿Qué iba a ocurrir ahora? ¿Sería aquel rayo capaz de arrebatarle a Valera toda su energía eléctrica, tal y como ocurriera otra vez tres años atrás?
El Rayo Azul nahumita era el mismo. Sin embargo, las circunstancias eran distintas. Hoy Valera venía envuelto en una coraza electrónica que, al menos en teoría, debería protegerle de los extraños efectos del Rayo Azul. Lo delicado de la cuestión estribaba en que aquella coraza, recientemente instalada, no había sido probada todavía.
—Bueno —dijo el almirante Herrera, que se encontraba de pie junto a Miguel Ángel—. Ahí llega ese maldito Rayo Azul. Esperemos que no traspase nuestra coraza.
—No la traspasará —aseguró el profesor Campión, que se hallaba también junto al joven caudillo—. Si los buques de la Imperial Flota Sideral de Nahum pueden operar bajo el Rayo Azul protegidos por esta coraza electrónica, no hay razón para que la nuestra se deje traspasar por el rayo.
—¡Miren! —gritó José Luis Balmer—. ¡Aquí llega el Rayo Azul!
En efecto, el rayo, estirándose en el espacio como una fantástica lanzada luminosa, surcó velozmente el abismo de 30 millones de kilómetros que separaban a Valera del planeta Noreh y cayó sobre el planetillo como un deslumbrante relámpago que llenó de una hermosa luz azul eléctrica la cámara de derrota. En ese instante, y a pesar de la confianza que mostraba el profesor Campión, autor de la coraza electrónica, los corazones de cuantos se encontraban sobre la plataforma dejaron de latir. La experiencia les hacía temer los paralizantes efectos del Rayo Azul. Hubo un largo silencio en el que incluso dejaron de oírse las agitadas respiraciones. Luego, la regocijada voz del almirante Mendizábal exclamó:
—¡Magnífico! ¡Los aparatos de televisión continúan funcionando, lo cual quiere decir que el Rayo Azul de los nahumitas se detiene al chocar con nuestra coraza electrónica!
Miguel Ángel Aznar dejó escapar un profundo suspiro. Estrechó en elocuente silencio la palmeada mano del profesor Campión, el cual era de origen oceánide. El alivio que sentía el muchacho era proporcionado a los momentos de angustia y los días de incertidumbre que acababa de vivir. Valera, al fin, podía enfrentarse al imperio nahumita en igualdad de condiciones, oponiendo Rayo Azul por Rayo Azul, coraza por coraza, buque sideral por buque sideral y torpedo por torpedo.
Tres largos años había necesitado Valera para su total recuperación. Mientras surcaba el espacio, lejos de la galaxia nahumita, como un solitario vagabundo cósmico, los dos millones quinientos mil hombres y mujeres a que había quedado reducida su tripulación dedicábanse con frenesí a reparar las compuertas destrozadas durante el ataque de Miguel Ángel.
Valera era un planetillo de dimensiones parecidas a las de la Luna. Aunque estaba hueco y sus paredes sólo tenían un espesor medio de 100 kilómetros, su masa era equivalente a la del planeta Tierra. Esto era debido a que la materia de que estaba constituido el planetillo tenía una densidad igual a 20.000.
La superficie interior de esta gigantesca esfera era de veintiocho millones trescientos mil kilómetros cuadrados, de los cuales dos millones de kilómetros cuadrados estaban ocupados por las aguas.
La materia del planetillo, un metal llamado «dedona», era una rareza de la Naturaleza. Aparte de su extraordinaria densidad, tenía la curiosa particularidad de inducirse eléctricamente, originando bajo estas circunstancias un campo de fuerza antigravitatoria, que repelía la proximidad de otras masas.
Propulsado por gigantescos motores de partículas ionizadas, Valera no podría chocar nunca con otro cuerpo celeste. Su repulsión hacia las otras masas le haría apartarse de la ruta en la que se interpusiera otro planeta. Si el cuerpo celeste era de dimensiones inferiores a Valera, éste obligaría al otro cuerpo a apartarse de su trayectoria.
Herméticamente encerrado en su envoltura de «dedona» el mundo interior de Valera era como un pequeño y pintoresco paraíso. En la mitad del espacio hueco, allí donde las fuerzas de atracción se equilibraban y anulaban unas a otras, brillaba un sol artificial, un globo de veinticinco kilómetros de diámetro, obra del hombre, que proyectaba en todas direcciones raudales de luz y calor.
Allí, como en un abrigado invernadero, se extendían enormes bosques de coníferas que embalsamaban el aire y daban cobijo a una rica y multicolor fauna. El calor del sol arrancaba de los grandes lagos nubes de vapor. El sol empezaba a atenuar su brillo a las siete y media de la tarde, y se había apagado por completo a las ocho. Entre las once y las doce el vapor de la atmósfera se condensaba en forma de lluvia, la cual limpiaba de polvo el aire, dejaba brillante el asfalto de las calles y regaba los jardines, los parques y los bosques.
Los primeros meses fueron extraordinariamente duros y difíciles. Valera había perdido toda su atmósfera. El vacío sideral, con sus fríos extremados, ocupaba el espacio que antes llenara una atmósfera rica en oxígeno. La vida en aquellas condiciones se parecía a la de cualquier otro planetillo en el que no hubiera una sola molécula de aire. Las gentes tuvieron que vivir encerradas en sus herméticas armaduras de cristal.
El sol artificial de Valera, privado de sus rayos infrarrojos o caloríficos, alumbraba un mundo frío, muerto y desolado. El agua de los lagos que no llegó a evaporarse tenía la dureza de la piedra. Los ricos bosques mostraban por doquier sus ramas desnudas y esqueléticas. Ni una sola brizna de hierba crecía en la granujienta tierra. El sonido no podía transmitirse en un mundo falto de aire y el silencio más impresionante envolvía aquellas tierras donde sólo días atrás, toda una rica fauna llenaba el aire con el sonido de sus trinos, sus gritos y sus carreras.
Desarrollando un metódico plan de trabajo, los dos millones y medio de supervivientes procedieron, en primer lugar, a reparar las destrozadas compuertas con el fin de aislar el interior del planetillo del vacío cósmico. A continuación, las máquinas empezaron a fabricar oxígeno molécula por molécula. Esta fue la operación más larga de cuantas los valeranos tuvieron que realizar.
Pero mientras el aire iba ganando lentamente espacio al vacío, los 2.500.000 habitantes de Valera no permanecían con los brazos cruzados. La Armada había perdido en la catástrofe la tercera parte de sus buques. Hacía falta no sólo reponer aquel millón de buques, sino aumentar la fabricación de navíos hasta doblar, cuanto menos, la dotación normal del orbimotor.
A su vez, y para poder regresar a la galaxia nahumita en son de revancha, Valera precisaba de una coraza electrónica contra el Rayo Azul. Esta coraza debía ser instalada también a bordo de los seis millones de navíos de combate de la Armada Sideral.
Todas estas tareas bastaron y aún sobraron para ocupar hasta el último minuto. En cuanto a Miguel Ángel Aznar, éste tenía que añadir a todos las preocupaciones propias de un jefe, la de activar sus interrumpidos estudios para ponerse a la altura de los almirantes y los generales que tenía bajo sus órdenes, los cuales le triplicaban y aún cuadruplicaban en edad y en conocimientos.
Si en general, los 2.500.000 valeranos habían tenido muy ocupados cada uno de sus minutos, Miguel Ángel, no pudo desperdiciar ni uno sólo de sus segundos. Pero si bien intelectualmente había multiplicado por diez sus conocimientos, en lo físico seguía siendo un muchacho de veinticinco años. Era un joven alto, esbelto, ancho de espaldas, moreno, de oscuros e inteligentes ojos y negros y duros cabellos. Sobre la plataforma de la cámara de derrota, el joven caudillo erguía orgulloso su silueta a la vez que clavaba sus penetrantes pupilas en el lejano planeta Noreh, patria de los aborrecidos nahumitas.
Acompañaban a Miguel Ángel Aznar en la cámara, además de los seis almirantes de la Armada Sideral y otros tantos generales del Estado Mayor, su cuñado y amigo José Luis Balmer, la princesa Ondina y el profesor Campión, artífice de la coraza electrónica que actualmente protegía al autoplaneta.
Ondina y Campión eran de origen oceánide. Cuando abandonaron su mundo submarino para unir su suerte a la de Miguel Ángel, ambos respiraban en el agua por medio de branquias. Sus cuerpos, a excepción de las cabezas y los rostros, estaban cubiertos de doradas escamas. Sus pies y manos eran planos y palmeados como los de los anfibios terrícolas. Una hábil intervención quirúrgica, practicada por cirujanos oceánides, habíales adaptado para la respiración pulmonar. Los mismos doctores quitaron de sus manos y pies las membranas cartilaginosas que les daban un aspecto repulsivo. Pero asomando todavía por las mangas de sus trajes se veía el nacimiento de las finas escamas que cubrían su cuerpo.
—Bien, señores —dijo Miguel Ángel Aznar después de comprobar la eficacia de la coraza electrónica—. Ya nada debemos temer del Rayo Azul enemigo.
—La Imperial Flota de Nahum no tardará en atacar —dijo el almirante Herrera—. ¿No sería conveniente alejarnos un poco más de ese planeta?
—¿Para qué?
—La flota nahumita estará más lejos de sus bases e invertirá más horas en ir y volver para aprovisionarse de torpedos.
—Ya discutimos de esto al elaborar el plan de ataque —dijo el almirante Cicerón—. Finalmente llegamos a la conclusión de que merecía la pena sostenerse en esta posición. Desde Noreh puede vérsenos a simple vista. Esto molestará mucho a los nahumitas y mantendrá vivas las confianzas de nuestros compatriotas en una próxima e inminente liberación.
—Esperaremos aquí mismo a la Imperial Flota de Nahum —murmuró Miguel Ángel pulsando uno de los botones del cuadro de mandos que tenía ante sí—. Les dejaremos estrellarse contra nuestras defensas de superficie sin que por nuestra parte pongamos un solo buque en el espacio. Y ahora, si les parece bien, nos trasladaremos al polígono de tiro para presenciar la prueba de la bomba «verde» del profesor Marcos.
Una puertecilla acababa de abrirse en la pared de la esfera a la altura de la plataforma.
Por esta puertecilla y a lo largo de un corredor, el grupo llegó hasta la sala de control del autoplaneta.
La Sala de Control era un hexágono de cien metros de apotema, con una superficie de 34.500 metros cuadrados libres de columnas. El techo estaba formado por una bóveda excavada en la «dedona», superpesado metal que constituía la totalidad de la masa de Valera. Mil quinientos controladores y quinientos técnicos trabajaban en esta enorme sala en consolas y pupitres que formaban varios círculos concéntricos alrededor del puente de mando. Éste era una plataforma de doce metros de diámetro que se levantaba a dos metros de altura en el centro geométrico de la planta hexagonal.
El Estado Mayor cruzó la sala para atravesar el vestíbulo y salir a un espacioso aparcamiento subterráneo donde tomaron u no de los grandes ascensores que breves instantes después les dejaba en la planta inferior del Palacio Residencial.
En la anchurosa plaza de España, frente a la grandiosa escalinata del Palacio Residencial, esperaban al Estado Mayor algunos automóviles eléctricos. La princesa Ondina, el profesor Campión, Miguel Ángel Aznar y José Luis Balmer ocuparon uno de los aerodinámicos cochecillos. José Luis empuñó el volante y guió el coche a través de la plaza de España para enfilar una de las amplias y rectas avenidas.
Desde la cabina del coche se advertía la escasa animación de las calles de Nuevo Madrid. Esto se hacía más de notar en los arrabales de la ciudad. En otros tiempos, sólo tres años atrás, Nuevo Madrid contaba con más de 6.000.000 de habitantes, los cuales pululaban por las aceras, los «metros», los jardines y todo lugar público. Recordando el animado aspecto de la población en tiempos pasados, Miguel Ángel y José Luis creían encontrarse en una ciudad muerta. Actualmente sólo unos 100.000 habitantes vivían en la ciudad, congregados en los rascacielos del centro.
Dejando atrás los solitarios arrabales, José Luis Balmer condujo el automóvil por una magnífica autopista.
—Me pregunto si volveremos a ver algún día a Nuevo Madrid con su antiguo y viejo aspecto —murmuró el conductor mirando a derecha e izquierda—. Esto parece un cementerio.
Miguel Ángel sentía lo mismo que su cuñado. Mirando a uno y otro lado de la carretera, la vista no alcanzaba a ver sino dilatadas extensiones de una llanura polvorienta. Aquí y allá se levantaban todavía esqueléticos grupos de árboles secos. En los dos años transcurridos desde que Valera se recuperó totalmente, sólo algunas hierbas y matorrales habían crecido espontáneamente en aquel inmenso desierto. En otros tiempos, aquí crecían grandes y exuberantes bosques. Cuando Valera perdió su atmósfera, toda su vegetación, así como la fauna de sus bosques y lagos, habían sido exterminados por completo. Los supervivientes de Valera no habían tenido tiempo para dedicarlo a la rehabilitación de los perdidos bosques.
—Buena faena nos hicieron los malditos nahumitas —farfulló José Luis Balmer—. ¡Mal rayo les parta! Si yo estuviera en tu lugar, Miguel Ángel, no perdería el tiempo ni me expondría a nuevos peligros. Largaría una bomba «Doble Uve» contra cada uno de los planetas ¡y se acabó!
—No digas tonterías, José Luis —contestó Miguel Ángel sin dejar de mirar al desolado paisaje—. Tú sabes que no podemos hacer eso, ¿serías acaso capaz de torpedear a los planetas nahumitas, sabiendo que viven en ellos al menos cincuenta millones de nuestros compatriotas?
—En las condiciones en que viven nuestros compatriotas, éstos nos agradecerían que les libráramos de más penalidades, convirtiéndoles en polvo con los nahumitas.
—Bien —suspiró Miguel Ángel—. Es posible que sea así. Mas no seré yo quien ejecute por mi propia mano a cincuenta millones de seres humanos. Antes de llegar a este extremo apuraré todos los recursos para rescatarles.
—¿Y cómo? —rezongó José Luis—. Aunque hemos doblado nuestra Armada Sideral, la Imperial Flota nahumita nos supera todavía en más del doble. Durante siglos enteros esta gente se ha dedicado a construir buques y más buques de combate. Cuentan, sin duda, con la Flota Sideral más numerosa del orbe. ¿Y tú quieres derrotarla con sólo seis millones de navíos?
—La diferencia no es tan grande —repuso Miguel Ángel—. Cada uno de nuestros buques siderales vale casi tanto como dos nahumitas. Por lo tanto, nuestras fuerzas están casi igualadas.
—Muy bien —contestó José Luis—. Nuestras fuerzas están casi igualadas. ¿Y qué? ¿Cuánto tiempo podremos sostener este equilibrio? Ellos, con sus once planetas, sus incalculables recursos industriales y humanos, pueden construir buques de guerra tan rápidamente como los vayan perdiendo. Además, ellos están bien guarecidos en sus planetas. Les basta permanecer quietos y dedicarse a esperar mientras nosotros nos estrellamos contra su numerosa Flota. Desengáñate, cuñado. Pretender derrotar a los nahumitas y rescatar a nuestros compatriotas es un hermoso sueño, pero irrealizable.
—Nos queda la bomba «Verde» o anticatalizadora del profesor Marcos. Si la prueba de hoy tiene éxito todo puede cambiar. ¡Mira! ¡Ahí está el equipo de expertos!
Por la izquierda, no lejos de la autopista, acababa de aparecer un grupo de grandes camiones de transporte del Ejército. Algunos hombres se movían en torno al vehículo. José Luis frenó, sacó el coche del camino y lo metió a campo traviesa hasta detenerlo junto a los automóviles del Ejército. Un grupo de hombres avanzó hacia los recién llegados.
En el momento en que Miguel Ángel saltaba a tierra, se detenían los otros coches que vinieran en su seguimiento desde Nuevo Madrid.
—¡Buenos días, profesor Marcos! —saludó Miguel Ángel a un hombre de cabellos grises que le estrechaba la mano—. ¿Todo listo?
—Estamos preparados —aseguró el profesor.
Los almirantes y generales del Estado Mayor Expedicionario se reunieron con Miguel Ángel y el profesor. Este último hizo señas para que le siguieran y condujo al grupo hasta el pie de una plataforma lanzacohetes.
—Caballeros —dijo el profesor Marcos con voz grave, señalando a un proyectil cohete en cuyas entrañas estaban manipulando sus ayudantes—. La Humanidad está a las puertas de la Guerra Verde. Desde hace siglos conocemos el proceso llamado fotosíntesis, por medio del cual, las plantas verdes fijan el aire, el agua y la energía del sol transformándolos en azúcares y grasas. Nosotros hemos salvado a la Humanidad del hambre gracias a la clorofila, por medio de la cual el carbonato cobra formas asimilables por el organismo humano. La vida sería totalmente imposible para el Hombre sin los vegetales. El vegetal es la sustancia prima, y todos los demás alimentos posibles no son sino vegetales transformados. Incluso los combustibles que el Hombre utiliza; el carbón y la gasolina, son de origen vegetal más o menos remoto. Utilizando como materia prima elementos que existen en abundancia, el agua, el aire y la luz del Sol, nosotros hemos producido alimentos suficientes para saciar el hambre de todo el planeta. No hay región del Mundo, por pequeña y pobre que sea, que no pueda hoy día bastarse a sí misma.
El profesor Marcos señaló el proyectil dirigido, que acababa de quedar listo, y añadió:
—Este es el anticatalizador que puede dejar en libertad las energías que las plantas han tomado del Sol. Por un proceso inverso al que utilizamos para fijar la clorofila, este proyectil puede convertir en humo las plantas de una vasta extensión de la tierra. Con cierto número de bombas, todo un planeta puede quedar reducido a un desierto donde no exista ni una sola brizna de hierba. Esta súbita liberación de energía tiene alguna analogía con la liberación de la energía encerrada en el átomo, si bien es de efectos mucho menos dañinos para la criatura humana. Sin embargo, y para la prueba de hoy, nos mantendremos a respetable distancia del objeto que hemos tomado como blanco. ¿Quieren echarle una mirada con el teleobjetivo?
El profesor señalaba una fila de telémetros que estaban emplazados junto a los camiones. Miguel Ángel y los miembros de su Estado Mayor se aproximaron a los aparatos. Éstos estaban ya apuntados contra el objetivo. Miguel Ángel pudo ver a una distancia de 15 kilómetros un retazo de vegetación que surgía de la llanura como un oasis en mitad del desierto. Los arbolillos eran muy tiernos todavía y alzaban su verde claro sobre la masa verde oscura de los matorrales y las zarzas.
—¡Listo, profesor! —gritó uno de los científicos que había estado manipulando en el artefacto.
El profesor Marcos se volvió hacia Miguel Ángel.
—¿Podemos empezar?
—Sí, desde luego.
El sabio hizo una seña a los servidores de la batería. Éstos levantaron el proyectil con una grúa y lo depositaron sobre la rampa en posición de lanzamiento. Cuatro o cinco muchachas repartieron entre los observadores gafas ahumadas de color azul.
—El resplandor emanado de la explosión será muy vivo —advirtió el profesor Marcos. Y colocándose a su vez las gafas hizo una seña a los ocupantes de uno de los camiones.
Un altavoz rugió:
—¡Atención! ¡Faltan sesenta segundos para el lanzamiento!
Los dos observadores se situaron frente a los telémetros. El altavoz llevó la cuenta de los segundos que faltaban.
—¡Faltan quince segundos! ¡Faltan diez segundos!
Miguel Ángel puso los cristales de sus gafas en contacto con los oculares de su telémetro. La enervante voz del aparato gritó:
—¡Siete… seis… cinco… cuatro… tres… dos… uno!
Escuchóse un formidable silbido. La base de la plataforma lanzacohetes se llenó de humo. El proyectil salió como una centella, surcó el espacio lleno de sol… Estalló en el aire, a unos doscientos metros de altura sobre el objetivo.
No se produjo ningún sonido. Un vivísimo resplandor chisporroteó medrosamente allá donde se levantaba el oasis. Éste desapareció tras el enceguecedor brillo de un radiante sol que acababa de brotar del mismo desierto. La bola, dorada, como de oro fundido, centelleó un breve segundo y se extinguió sin dejar rastro. Pese a las gafas ahumadas, Miguel Ángel quedó deslumbrado por un minuto. Cuando volvió a ver con claridad, una tenue columna de humo se alzaba del lugar que poco antes ocupara el retazo de verdor. Del oasis no quedaba ni la menor huella.
Los miembros del Estado Mayor, hondamente impresionados por lo que acababan de ver, se irguieron apartándose de los telémetros. Una escuadrilla de automóviles se ponía en marcha a través de la llanura, dejando atrás asfixiantes nubes de polvo.
—¿Quieren ver ustedes lo que ha quedado del oasis? —invitó el profesor Marcos señalando a la lejanía—. No hay ningún peligro de radiactividad ni cosa parecida.
—No, gracias —se disculpó Miguel Ángel—. Nosotros hemos de volver inmediatamente a Nuevo Madrid. Ya me facilitará usted el informe completo de resultado del experimento.
Tras estrechar la mano del profesor, el Estado Mayor retornó a sus automóviles para volver a Nuevo Madrid.
—¡Bueno! —suspiró José Luis cuando conducía el automóvil eléctrico hacia la capital—. ¿Qué piensas hacer ahora, cuñado?
—Los nahumitas, al menos por lo que nosotros sabemos, todavía no utilizan para su alimentación el proceso industrial de la fotosíntesis —contestó el caudillo—. El problema de la alimentación no les ha preocupado nunca, puesto que cuentan con incalculables recursos humanos y once planetas que trabajan para ellos. Esta política va a costarles muy cara. Bombardearemos sus planetas con bombas anticatalizadoras. Los nahumitas verán disiparse en humo sus cosechas, sus plantaciones y sus bosques. Cuando el hambre les atormente, nosotros les impondremos nuestras condiciones.
El automóvil zumbaba sobre la autopista camino de Nuevo Madrid.