CAPÍTULO VI
GUERRA DE CORSO
POR espacio de siete semanas, Miguel Ángel Aznar estuvo operando con su escuadrilla de cruceros en torno a las rutas comerciales interplanetarias del Imperio de Nahum. Este nuevo sistema de lucha pilló desprevenidos a los nahumitas. A lo largo de las primeras jornadas, la flota pirata terrícola infligió graves pérdidas al enemigo. Los nahumitas, considerándose dueños del espacio, expedían sus aeronaves mercantes sin ninguna escolta, y raras veces formando grupos de más de diez unidades.
Surgiendo inesperadamente de las profundidades del espacio, las escuadrillas terrícolas destruían a estas naves solitarias y se alejaban inmediatamente para reaparecer poco después en puntos muy distantes.
A lo largo de aquellos días, los destructores y cruceros de la Armada Sideral terrícola podía decirse que tiraron al blanco contra los buques de Nahum. Pero los nahumitas reaccionaron en seguida suspendiendo la navegación interplanetaria. Luego, los navíos mercantes volvieron a surcar el espacio convenientemente escoltados por buques de guerra. Las operaciones entraron en su parte más peligrosa. Los buques terrícolas espiaban a los convoyes desde gran distancia, largaban sus torpedos en el momento oportuno y se retiraban. En ocasiones, cuando la flota nahumita se encontraba en inferioridad numérica con la terrestre, ésta atacaba de frente empeñando breves y violentas batallas en las que siempre salían maltrechos los nahumitas.
Los nahumitas tuvieron que reforzar la escolta de sus convoyes y mandar al espacio a otras flotas más numerosas, cuya misión consistía en buscar a las escuadrillas terrícolas y barrerlas del cielo.
Prosiguiendo su táctica escurridiza, los terrícolas sólo presentaban batalla cuando eran superiores o estaban igualados al menos con los contrarios.
Hasta este momento, la Imperial Flota de Nahum no había tenido ocasión de medir sus fuerzas con la armada que tenía por base al autoplaneta Valera. Hoy, sin embargo, la Imperial Flota de Nahum tuvo que abrir los ojos ante la evidencia de la sagacidad y potencia ofensiva de sus despreciados enemigos.
En general, los sistemas de combate de los nahumitas eran toscos y anticuados. Hacía millares de años que la Imperial Flota de Nahum no había tenido enfrente a un antagonista de su talla. Durante muchos siglos, la Imperial Flota de Nahum no tuvo más misión que pasearse orgullosamente de uno a otro extremo del sistema planetario que dominaba y aplastar las rebeliones que se producían en sus colonias. Aunque amante de la violencia y adorador del Dios de la Guerra, el nahumita era indolente por naturaleza. Sus fáciles conquistas le habían endiosado creándole un complejo de superioridad que debía serle fatal.
En contraposición con la Imperial Flota de Nahum, la Armada Sideral terrícola no había dejado de perfeccionarse desde que el primer Aznar la creó allá por el siglo XXIX. La Armada Sideral terrícola había librado primero sangrientas batallas contra la Bestia Gris, a la que derrotó y expulsó del planeta Tierra. En la misma campaña, una importante flota nahumita llegó al sistema planetario de la Tierra con ánimos de aniquilarla. La flota de Nahum logró su propósito y dejó arrasados a la Tierra y a todos los planetas vecinos, pero no sobrevivió a los millones de terrícolas y de venusinos que por su causa hallaron la muerte. La Armada Sideral barrió literalmente del cielo a la Imperial Flota de Nahum. A su regreso a Redención, la Armada Sideral terrícola tuvo que disputar por segunda vez a la Humanidad de Silicio la posesión de aquel planeta.
Este perfeccionamiento continuo de las máquinas de guerra no se interrumpió siquiera en los largos períodos de paz. Los buques de manufactura terrestre se mantenían a la altura de los últimos adelantos de la técnica.
A bordo de su buque, Miguel Ángel sentía crecer su satisfacción y su confianza a la vista de los magníficos triunfos alcanzados en esta operación. Los nahumitas se veían obligados a distraer una parte considerable de su Flota, no sólo en la escolta de sus buques mercantes, sino también en la protección de sus planetas-colonias. Siempre que veían un hueco en las defensas enemigas, los buques terrícolas se aproximaban a los planetas y les largaban sus bombas atómicas. Los daños causados por estos proyectiles no debían tomarse en cuenta, pero ellos constituían un aviso que los nahumitas no podían desoír.
Al cabo de siete semanas de ininterrumpidas operaciones, el éter estaba cruzado en todas direcciones por las angustiosas llamadas radiotelefónicas de los almirantes nahumitas. Éstos tomaron tan a pecho la tarea de limpiar el cielo de buques terrícolas que Miguel Ángel consideró oportuno retirarse al planeta Oceán. Esta retirada, además, venía a satisfacer las constantes peticiones de la princesa Ondina.
El planeta Oceán era de dimensiones más pequeñas que las del planeta Tierra, pero en él no podían hallarse más tierras que las de algún arrecife de coral. Toda la superficie del planeta estaba cubierta por un único e inmenso océano. Su atmósfera era tan pobre de oxígeno que ni un simple pajarillo podría vivir a expensas de ella, ni reaccionaría bajo una bomba «Doble Uve».
Tres años atrás, al escapar del autoplaneta Valera, invadido por los nahumitas, Miguel Ángel Aznar y los ocho mil buques que le seguían vinieron a refugiarse en este planeta. Aquí, bajo las aguas, Miguel Ángel corrió las más sorprendentes aventuras y conoció a Ondina. En los abismos oceánicos estaba la patria de la princesa oceánide. Ésta, como era lógico, deseaba regresar a su ciudad natal, al menos para saber qué había sido de su padre.
Esto, sin embargo, no era tan sencillo. Al salir de Ciudad de Coral, la capital del reino oceánide, Miguel Ángel y Ondina lo hicieron con alguna precipitación. El duque Cloris, primo de Ondina, acababa de destronar a Tritón II y se erigía en rey de Oceán, bajo el nombre de Tritón III. Cabía esperar de Cloris que no recibiera muy amablemente a su prima y al caudillo terrícola.
La suerte favoreció sin embargo a Miguel Ángel y a Ondina. Apenas la flota terrícola se había sumergido en el océano cuando los buques de Miguel Ángel avistaron a un sumergible oceánide que navegaba solo e intentaba escapar. El Superalmirante ordenó a sus tripulaciones autómatas que cercaran al sumergible. Poco después, un grupo de oceánides eran conducidos a bordo del buque almirante. Con gran sorpresa de Miguel Ángel, uno de ellos era el duque Cloris.
Cloris, a su vez, no parecía menos sorprendido que el terrícola y Ondina.
—¡Caramba… caramba! —exclamó Miguel Ángel—. El mundo es un pañuelo, ¿eh, Cloris?
El oceánide, que por respirar por branquias tenía que llevar la cabeza cubierta con un yelmo para respirar en un buque lleno de aire, hizo una mueca de resignación.
—La Fortuna es decididamente adversa para mí en estos últimos días —murmuró.
Miguel Ángel se echó a reír.
—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó—. Debieras alegrarte de vernos. O al menos, de ver a tu prima. Tú decías amarla…
Cloris clavó la melancólica mirada de sus ojos en los severos y relampagueantes de su prima.
—Y la amo todavía —confesó—. Sin embargo, después de lo ocurrido entre nosotros, admito que la he perdido para siempre.
—Me pareces muy diferente de la primera vez que nos vimos en Ciudad de Coral —dijo Miguel Ángel, esta vez sin ironía—. ¿De dónde vienes? ¿Hacia dónde te dirigías?
—Han ocurrido muchas cosas desde que huisteis de Ciudad de Coral —aseguró el joven oceánide—. En los primeros momentos mi golpe de Estado fue afortunado. El Consejo de Ministros me apoyaba. Hice encarcelar a mi tío, el padre de Ondina, y me proclamé rey. Pero el pueblo no me quería. A partir de este instante las revueltas se sucedieron. Estallaban en todas las ciudades oceánides y las tropas eran incapaces de contenerlas. Finalmente, hasta las tropas se sublevaron contra mí. Un grupo de generales y almirantes levantaron a la nación y se arrojaron sobre mi Gobierno… Poco más hay que añadir. Yo y los pocos ministros que todavía me eran fieles escapamos de Ciudad de Coral en un sumergible, y desde entonces andamos errantes, sin saber a dónde dirigirnos.
—¿Y mi padre? ¿Qué hiciste de Tritón II? —interrogó Ondina anhelante.
Cloris levantó sus ojos del suelo.
—¡No creerás que lo asesiné! —protestó—. Al fin era hermano de mi padre y me había educado como a un hijo. Aunque disentíamos en muchas cosas yo le quería… y era tu padre. Durante mi borrascoso reinado siempre me animó la esperanza de que el terrestre fracasaría en su intento de reconquistar su autoplaneta y regresarías a Ciudad de Coral.
—¡Pues ya ves como al fin he vuelto! —exclamó Ondina—. Pero no en las condiciones que tú soñabas. Miguel Ángel consiguió reconquistar su orbimotor. Hemos permanecido todo este tiempo lejos de Nahum, reparando averías y preparándonos para el asalto final contra el planeta Noreh. Ahora estamos de regreso con una poderosa Armada Sideral.
Cloris miró a Miguel Ángel entre sorprendido y admirado.
—Tal vez no me creerás si te digo que me alegro de tu triunfo —murmuró.
—¿Por qué no? —contestó Miguel Ángel—. Al fin y al cabo eres un oceánide, y todos los hombres que en esta galaxia aspiran a ser libres debieran alegrarse de mi triunfo, puesto que significa también el triunfo de sus ideales. Hemos vuelto a Oceán, no para humillarte con la evidencia de nuestra victoria, sino a invitarte a que te unas a nosotros en la cruzada contra el Imperio de Nahum.
Tras el yelmo de cristal y el agua que llenaba éste, los grandes ojos de Cloris se dilataron de estupor.
—¡Cómo! —exclamó—. ¿Venías a proponerme una alianza creyéndome todavía rey de Oceán?
—Eso mismo. Y no importa que ya no seas rey de Oceán. Aunque en cierta ocasión me hiciste correr un buen susto, no te guardo rencor por ello. ¿Quieres estrechar mi mano y ser mi amigo y aliado?
Cloris miró estupefacto la mano que el caudillo terrestre le tendía. Súbitamente, lanzando una exclamación de alegría, asió con sus dos manos palmeadas aquella que se le ofrecía y la sacudió estrechándola con fuerza.
—¡Gracias, terrestre! —murmuró ronco de emoción—. Tu magnanimidad me hace sentir como un gusano. Fui un estúpido cuando me ofreciste esta alianza tiempo atrás y yo la desdeñé por conservar mi pequeño y mísero reino. Cuenta con Cloris para lo sucesivo. A vida o muerte… siempre, seré tu más fiel y leal amigo.
Miguel Ángel golpeó las húmedas y escamosas espaldas del duque. A partir de este instante, Miguel Ángel Aznar contaría con un amigo de lealtad a toda prueba. La princesa Ondina no opuso reparos a perdonar a su primo, y los jóvenes oceánides se reconciliaron bajo la risueña mirada del caudillo terrícola. También los ministros que habían sido fieles a Cloris siguiéndole en la fuga reclamaron para sí el perdón de la princesa y del poderoso aliado de ésta.
Inmediatamente después de esta escena, la escuadra sideral terrícola se puso en marcha hacia Ciudad de Coral. El rey Tritón II salió a recibirles con todos los habitantes de la ciudad. La princesa Ondina, que ahora se veía obligada a vestir una escafandra para moverse en el que había sido su elemento, se abrazó a su padre llorando de alegría. La emoción impedía hablar al majestuoso Tritón II cuando intentaba dar las gracias a Miguel Ángel. Luego fue la cólera quien estranguló sus palabras al ver descender del buque a su sobrino Cloris y los ministros fugitivos.
Miguel Ángel intercedió a favor de Cloris.
—Bueno —refunfuñó Tritón—. Después de todo quiero a este tunante. Ven y dame un abrazo, muchacho.
En el ruidoso ambiente, los ánimos estaban predispuestos al perdón. Los ministros también fueron perdonados. Los terrícolas desfilaron triunfalmente por las calles de la ciudad sumergida y fueron a alojarse en el Palacio Real. Tritón II escuchó extasiado el relato de Miguel Ángel Aznar y de Ondina y se mostró dispuesto a aceptar la invitación del caudillo terrícola. Éste acababa de sugerirle que evacuara las ciudades submarinas y que toda la nación oceánide —un millón largo de personas— se trasladaran al autoplaneta Valera.
—¡Pero nosotros no podemos respirar aire! —exclamó Tritón.
—También en Valera tenemos grandes lagos —repuso Miguel Ángel sonriendo—. Sobra espacio allí para que habite toda la nación oceánide, al menos hasta que podáis ser adaptados a la respiración pulmonar.
La nación oceánide acogió esta propuesta de evacuación con indescriptible entusiasmo. Se empezaron inmediatamente los preparativos, y una semana más tarde la escuadra sideral salió a la superficie del océano, se remontó en el espacio y puso rumbo al autoplaneta Valera. Los buques iban llenos de agua para que los oceánides pudieran respirar en ella hasta que fueran vertidos en las templadas aguas del Lago Mayor del autoplaneta Valera.
En el momento en que su buque almirante penetraba en la esclusa de admisión del autoplaneta, Miguel Ángel Aznar sentía su corazón oprimido por una extraña ansiedad. Pensaba que dentro de unos minutos podría abrazar a su madre y a sus hermanos y sentía una honda emoción, pero ésta no era la sola causa de su regocijo.
Durante aquellas semanas, Miguel Ángel Aznar no dejó de pensar ni un solo instante en la hermosa y altiva princesa de Nahum. En los breves descansos, entre combate y combate, el muchacho gustaba de echarse en su litera y tejer en su imaginación los sueños más fantásticos.
Miguel Ángel hubo de reconocer que se había enamorado de la princesa Ambar, y la misma intensidad de este amor le asustó. Nunca había querido a una mujer como ahora. En otros tiempos, Miguel Ángel tuvo una novia llamada Ángela Balmer, pero el cariño que había profesado a aquella infortunada joven no podía compararse a la pasión que sentía hacia la princesa de Nahum.
En el amor que Miguel Ángel llegó a sentir por Ángela Balmer intervenían varios factores. Juntos corrieron aventuras llenas de peligros y ansiedades, compartiendo amarguras y esperanzas. Se trataron, se conocieron, hubo choque de caracteres y finalmente acuerdo… Pero en el caso presente todo era distinto. Ambar era una princesa, era nahumita, era una enemiga de su pueblo, de su cultura y de su Dios. Sólo había vivido junto a ella unas breves horas. No sabía apenas nada de su carácter, y lo poco que sabía era altamente desagradable. Y sin embargo la quería. La amaba como jamás había amado a Ángela Balmer, con toda la pasión irreflexiva y arrolladora de sus veinticinco años…
El buque almirante entró finalmente en las entrañas del planeta hueco seguido de la escuadrilla sideral. Inmediatamente, los buques fueron a sumergirse en el Lago Mayor para depositar en su fondo a la nación oceánide que transportaban. Miguel Ángel se despidió por televisión del rey Tritón II y de la princesa Ondina, que acompañaba a su padre y a su primo, y ordenó hacer rumbo a la base sideral más próxima a Nuevo Madrid. Allí le esperaban q) almirante Herrera y el almirante Mendizábal.
—Voy a trasladarme a Nuevo Madrid en una falúa —les dijo Miguel Ángel—. Podrían acompañarme y hablaríamos por el camino.
Instantes después, Miguel Ángel Aznar y los dos almirantes volaban en una falúa en dirección a la ciudad.
—¿Hay alguna novedad? —les preguntó el joven.
—Ninguna. Las escuadrillas regresan periódicamente a Valera para aprovisionarse de torpedos, cambiar de tripulación y hacerse de nuevo al éter. Nuestro plan se desarrolla con normalidad. Los nahumitas han tenido que retirar gran número de unidades del núcleo de su flota para emplearlas en la escolta de sus transportes. La fabricación de bombas anticatalizadoras entra ahora en la fase de producción en serie. Hemos visitado uno tras otro a los planetas Ursus, Naujan, Ibajay y Bagoah transmitiendo saludos en morse a nuestros compatriotas allí cautivos. La Imperial Flota de Nahum no se acercó por aquí en todas estas semanas.
—Todo marcha bien entonces —dijo Miguel Ángel—. Les hemos destruido o averiado a los nahumitas cerca de un millón de buques. Hemos conseguido distraer sus fuerzas. Sólo falta que estén listas nuestras bombas anticatalizadoras para desencadenar la Guerra Verde… Estoy muy cansado. Con permiso de ustedes voy directo a mi casa para abrazar a la familia.
La falúa se posó en la azotea del Palacio Residencial. El joven caudillo estrechó la mano de los almirantes y saltó a la terraza, viendo cómo la pequeña aeronave se alejaba. Inmediatamente tomó un ascensor que le depositó en breves minutos en el piso donde vivía la familia Aznar.
Al empujar la puerta de su casa, Miguel Ángel sentía el corazón golpearle bruscamente en el pecho. No habiendo avisado su llegada creía dar una sorpresa a su familia. Un hormigueo de alegría le cosquilleaba en las plantas de los pies mientras avanzaba por el pasillo en dirección al comedor.
La verdad era que los muchachos de la Sala de Control, al recibir la comunicación de la escuadrilla que regresaba de su raid, comunicaron la noticia al domicilio particular de Miguel Ángel. Alguien le esperaba, y ésta era la princesa Ambar.
Al asomarse al comedor, Miguel Ángel la vio de pie ante el gran ventanal que daba sobre la monumental plaza de España. Ella vestía un trajecito casero cuya falda le llegada por las rodillas. Un bonito delantal le cubría la parte delantera del cuerpo y el pecho, y se anudaba con un coquetón lazo a la cintura. La muchacha sostenía en sus brazos a la pequeña Mercedes, la hija de Estrella y José Luis Balmer. La niña y la mujer atisbaban a través de los cristales sin presentir la presencia de Miguel Ángel a sus espaldas. El joven contempló extasiado aquel grupo de patente belleza.
La princesa de Nahum, vestida como una mujercita de su casa y desprovista del aire belicoso que le daba el traje en que Miguel Ángel la conoció, aparecía a los ojos de éste como una muchachita de su propio pueblo.
Fue la niña quien, cansada de su atenta observación, se revolvió en los brazos de Ambar y vio por encima del hombro de ésta a su tío.
—¡Miguel Ángel! —gritó la niña tendiendo sus bracitos.
La princesa de Nahum volvióse con rapidez. Sus pupilas doradas, dilatadas por el asombro, se clavaron en las de Miguel Ángel. Sus mejillas se cubrieron de rubor.
Permanecieron un breve instante contemplándose por encima de la mesa. Súbitamente, Ambar se inclinó para depositar en el suelo a Merceditas. La niña dio vuelta a la mesa y saltó para caer entre los brazos de Miguel Ángel. Mientras besaba a su sobrina, Miguel Ángel fue al encuentro de Ambar. Ésta habíase serenado en el entretanto y recibió al joven con una débil sonrisa.
—Hola, Ambar —saludó él—. Te encuentro muy cambiada. Diríase que no lo has pasado mal mientras yo estaba ausente.
—Tu madre y tus hermanos son gente muy distinguida y simpática. Lamento haberles causado disgustos durante los primeros días de mi estancia aquí, porque ellos no lo merecían.
—¡Ah! —exclamó Miguel Ángel—. Me alegra que lo reconozcas así.
—He tardado bastante en comprenderlo. Sin embargo, me he persuadido de su sinceridad. Lamentaré tener que separarme de ellos para regresar a mi patria.
La frente de Miguel Ángel ensombrecióse al recordar su promesa.
—Así —dijo—, ¿deseas volver con los tuyos?
—Noreh es mi patria, y los nahumitas mi pueblo. Todo sería distinto si nuestras naciones no estuvieran empeñadas en una guerra. Pero así… ya ves. ¿Crees que puedo sentir amor hacia quienes pretenden destruir a mi pueblo?
—Las enseñanzas de mi familia no han sido buenas… o tú no las has entendido, Ambar —dijo Miguel Ángel—. Los terrícolas no deseamos mal alguno para los nahumitas, a pesar del daño que nos han hecho. Sólo queremos disuadiros de vuestro afán de dominio, aconsejaros que concedáis la libertad a vuestras colonias… demostraros que una nación puede ser grande y poderosa sin mantener sojuzgadas a grandes masas humanas…
—Los nahumitas ocupan una posición preeminente y se encuentran muy bien en ella —contestó la princesa Ambar—. No desean cambiarla por ninguna otra.
—Pues tendréis que hacerlo por grado o por fuerza, Ambar —refunfuñó Miguel Ángel ceñudo—. No podemos marcharnos de aquí ni regresar a la Tierra sin dejar liquidado este asunto. Los nahumitas constituís un serio peligro para todas las razas del Universo. Si hoy os dejamos continuar sojuzgando a estos planetas, mañana aspiraréis a unir los planetas cristianos a vuestro Imperio.
—Y si los nahumitas se dejaran convencer y desarmar por vosotros, el Imperio de Nahum pasaría a ser una colonia del Imperio Terrícola —aseguró la princesa de Nahum.
Miguel Ángel Aznar fijó en la muchacha una larga mirada de consternación. Agitó pesimistamente su morena cabeza.
—Decididamente —murmuró—. Los dos meses que has vivido con nosotros no te han enseñado nada. Dices haber reconocido la sinceridad de las palabras de mi madre y mis hermanos, pero desconfías todavía de la sinceridad de las mías. Comprendo ahora que adopté contigo una táctica equivocada. Crees que la deferencia de que aquí has sido objeto se debe únicamente a la circunstancia de que eres una princesa de Nahum. La verdad es que si te escogí a ti entre los demás prisioneros nahumitas se debió a que, por ser hija del Gran Tass, me animaba la esperanza de que a tu regreso a Noreh pudieras referirle las cosas que aquí has visto y oído… Bien, reconozco mi derrota. De todas formas no es probable que el Señor de los Cielos y los Planetas se dejara convencer por tan poca cosa… Volverás a Noreh, princesa.
—¿Cuándo? —preguntó la joven con rapidez.
—Cuando quieras —murmuró Miguel Ángel sintiendo una honda amargura.
—¿Ahora mismo?
Miguel Ángel apretó los labios y aspiró profundamente el aire por las vibrátiles aletas de la nariz Tuvo que hacer un gran esfuerzo para decir:
—Ahora mismo, si tú quieres. Tenemos algunos buques nahumitas de los que quedaron averiados aquí cuando reconquistamos el autoplaneta. Esos buques fueron reparados y están en condiciones de prestar servicio. Te pondré a bordo de él, juntamente con algunos otros nahumitas… y te dejaré partir cuando tú quieras.
La princesa de Nahum miró en torno con pupilas brillantes. Por un momento Miguel Ángel esperó anhelante que ella hubiera cobrado cariño a esta casa y a sus habitantes y prefiriera quedarse en Valera… Pero no era así.
—Entonces —dijo Ambar— emprenderé el viaje en seguida.
Miguel Ángel Aznar sintió como si un puñal atravesara su corazón.
* * *
La alegría de su regreso había quedado súbitamente eclipsada por la tristeza que le producía la marcha de la princesa Ambar. Miguel Ángel Aznar desarrolló tal actividad en los preparativos de marcha de la princesa, que más bien parecía tener prisa en desembarazarse de ella.
La realidad era que el muchacho abreviaba los preparativos acuciado por el temor de ser débil a última hora e impedir la marcha de Ambar con algún pretexto o sin él. En aquellos momentos Miguel Ángel lamentaba no ser nahumita. De haberlo sido ni siquiera hubiera necesitado de una excusa para retener junto a sí a la mujer qué amaba. Pero Miguel Ángel Aznar no sólo no era nahumita, sino que luchaba contra la inmoralidad de esta raza. Por lo tanto estaba obligado a cumplir su promesa y permitir la marcha de Ambar.
La familia Aznar acompañó a la princesa hasta la base sideral más próxima a Nuevo Madrid, adonde Miguel Ángel había hecho llevar el buque nahumita completamente reparado. La señora viuda de Aznar, Estrella y Merceditas besaron llorando a la hermosa joven, José Luis y Miguel Ángel estrecharon su mano. Los terrícolas sentíanse llenos de tristeza. La princesa de Nahum, aunque también parecía embargada por la emoción —cosa extraordinaria en una nahumita— no daba muestras de sentir su marcha. Ella, al fin y al cabo, iba a incorporarse a los suyos. Volvía a su patria y a su hogar. Como siempre había ocurrido, la despedida era más dolorosa para los que quedaban que para la que partía.
Miguel Ángel decidió ser breve:
—Adiós, princesa —dijo cuando estrechaba la mano de la muchacha—. Si lejos de Valera reflexionas con calma y comprendes al fin la honradez de los sentimientos que nos guían, intercederás acerca de tu padre el Gran Tass en favor de una paz entre nuestros pueblos. De todas formas, para bien o para mal, volveremos a vernos en Noreh.
—¿Es una amenaza? —preguntó la princesa clavando en las de Miguel Ángel sus doradas y hermosas pupilas.
—No. Es solamente una promesa, —repuso el joven caudillo. Y señalando a la negra y estilizada aeronave nahumita que aguardaba, añadió—: Ve. No aumentemos el dolor de esta despedida con una nueva discusión. Feliz viaje… y hasta la vista.
La princesa de Nahum miró largamente al caudillo de los terrícolas. Por unos instantes pareció que iba a decir algo. Sus hermosos ojos tenían brillo de lágrimas. Súbitamente giró sobre sus talones y echó a correr hacia el buque. Miguel Ángel la vio desaparecer por la escotilla de acceso. La puerta se cerró y la negra aeronave, dejando oír el sordo zumbido de sus motores atómicos, se elevó en el aire y empezó a navegar en busca de la esclusa de salida al espacio.