CAPÍTULO V

PLANES DE INVASIÓN

UNAS horas más tarde, el Estado Mayor Expedicionario terrícola volvía a reunirse bajo la presidencia de Miguel Ángel Aznar a la vista de los informes obtenidos de los oficiales nahumitas prisioneros.

—Según se desprende de estos informes —dijo el almirante Herrera—, Noreh, la cuna de la raza y la civilización nahumita, es un planeta de proporciones idénticas a las de la Tierra. Aquí, los continentes ocupan las dos terceras partes de la superficie total del planeta. Sobre estos continentes viven, prácticamente amontonados, siete mil millones, de nahumitas a los que hay que añadir otros dos mil millones de esclavos al servicio de los nahumitas. Noreh es el planeta más densamente poblado de este sistema solar. Los nahumitas no son amigos de abandonar su propio domicilio para irse a vivir a los otros cuatro planetas que en este sistema solar les ofrecen aceptables condiciones de habitabilidad. La razón es muy sencilla. La obra colonizadora de los nahumitas en Ibajay, en Bagoah, en Ursus y en Naujan no ha ido más allá de levantar unas cuantas ciudades-fortaleza, en las cuales viven, en constante alerta y en eterna alarma, los funcionarios del imperio que ejercen el gobierno sobre aquellas colonias. En estos cuatro planetas las revueltas y los disturbios se suceden sin interrupción. El Imperio de Nahum mantiene sujetos a esos pequeños pueblos utilizando el sistema de sostener una fuerte guarnición de «ibajays» en el planeta Bagoah; una guarnición de «bagoabitas» en el planeta Ursus; legiones «ursitanas» en el planeta Naujan, y, como es lógico, tropas «naujanas» en el planeta Ibajay. Estas legiones extranjeras operan bajo el mando de oficiales superiores nahumitas y están respaldadas por la Imperial Flota de Nahum. En general, los nahumitas prefieren habitar en su propia patria, y conceptúan como un deber molesto el tener que prestar temporalmente sus servicios en cualquiera de los cuatro planetas designados.

El almirante Herrera se detuvo para volver la hoja de su block de notas, y continuó diciendo:

—Ibajay, Bagoah, Ursus y Naujan son de dimensiones parecidas a las de nuestro planeta Tierra. Pero en los seis restantes planetas de esta galaxia, la vida es todavía más desagradable para los nahumitas. Como saben ustedes, los miembros, el corazón y la composición del terrestre están condicionados al calor y la luz que reciben del Sol, a la composición de la atmósfera que respiran y a la fuerza de gravedad de su mundo de origen. En los seis planetas restantes de Nahum, la temperatura, la composición y presión de la atmósfera y la fuerza de gravedad de sus masas difieren mucho de las de Noreh. El hombre de Noreh o de cualquiera otro de los cuatro planetas semejantes, no puede vivir en estos planetas sin el auxilio de molestos artificios. Ningún prisionero terrícola ha sido llevado a estos mundos. Según se desprende de la declaración de los prisioneros nahumitas, nuestros cincuenta millones de compatriotas se hallan repartidos entre los cinco planetas donde pueden vivir en condiciones normales; cinco millones en el planeta Noreh y de diez a doce millones en cada uno de los planetas siguientes, Ibajay, Bagoah, Ursus y Naujan…

—O lo que es lo mismo —terció aquí Miguel Ángel consultando los papeles que tenía sobre su carpeta—. Los nahumitas han encontrado poco grata la servidumbre de nuestros compatriotas.

—Así parece ser —prosiguió diciendo el almirante Herrera—. El terrícola, acostumbrado a la comodidad y a la libertad, no tolera la esclavitud que le han impuesto los nahumitas. Parece que los han destinado más bien al pesado trabajo de las minas y las plantaciones nahumitas que al servicio doméstico y directo de los notables de Noreh. Esta circunstancia favorece nuestros planes. Si atacamos el planeta Noreh con bombas anticatalizadoras y destruimos toda su vegetación, nos cabe el consuelo de que sólo una pequeña parte de los cautivos terrícolas en poder de los nahumitas sufrirán las penalidades de éstos. Por esta causa, porque sólo hay en Noreh una mínima parte de nuestros compatriotas, y porque Noreh es el planeta más densamente poblado, considero a este mundo como el más apropiado para ser atacado con nuestras bombas anticatalizadoras.

—Esa es también mi opinión —dijo Miguel Ángel Aznar—. La estructura del Imperio nahumita no es la misma que nosotros hubiéramos adoptado si para nuestra alimentación y vestido tuviéramos que de pender de la agricultura y, especialmente, de la agricultura y la industria de las colonias. Parece ser que cada nahumita es como un señor feudal que reside en un palacio de la capital del reino y tiene en provincias los vastos territorios que le proveen de todo lo necesario. En el caso de los nahumitas, sus provincias son los lejanos planetas que rigen bajo el cetro del Gran Tass. Noreh, como eje del Imperio nahumita y residencia del «Señor de los Cielos y los Planetas», es una tierra privilegiada. Allí apenas si hay fábricas, y las plantaciones no bastan para sustentar a sus nueve mil millones de habitantes. El país de las Maravillas tendría mucho que envidiar a esta nación donde las ciudades están formadas casi exclusivamente de palacios. Los nahumitas viven rodeados del lujo y la comodidad más refinada. Todo cuanto nosotros hemos conseguido con nuestro esfuerzo físico y la aportación de nuestras máquinas, lo tienen los nahumitas por el rudimentario sistema de mantener a su servicio una enorme legión de esclavos. Los nahumitas no trabajan. De las prosaicas tareas domésticas se encargan sus criados. Cuentan con una gran flota de transporte, y esta flota acarrea desde los planetas vecinos cuanto necesitan para su alimentación, su vestido, su comodidad o su regodeo… Noreh, en fin, se nos ofrece como un objetivo tentador. Sólo nos separa de él la Imperial Flota de Nahum, y a ésta es a quien hemos de vencer para invadir Noreh. Después de cuanto aquí se ha expuesto, creo que habrán muchos generales y almirantes sobradamente capaces para elaborar el plan que más se ajusta a las circunstancias.

Miguel Ángel Aznar recorrió con la mirada el círculo de rostros vueltos hacia él. Y como viera al almirante Cicerón agitarse inquieto en su silla le dijo:

—Veamos lo que tiene que decirnos al respecto nuestro estimado colega el almirante Cicerón.

Don Alejandro Cicerón saltó de su silla como impulsado por un muelle. Se parecía al alumno aplicado que sólo espera una seña del maestro para soltar de carrerilla la lección:

—El plan de ataque es bien sencillo —aseguró—. Puesto que Noreh es el eje del Imperio nahumita y el planeta se sustenta casi exclusivamente de los envíos que recibe de los demás planetas sojuzgados, lo que procede hacer es atacar a Noreh con bombas «verdes», privándole así de todos sus recursos naturales. Los siete mil millones de nahumitas que habitan en Noreh no podrán sobrevivir mucho tiempo alimentándose exclusivamente de las reservas que puedan tener en sus almacenes… Tendrán que esperar los envíos de sus colonias, pero para esto, su Flota Mercante tiene que volar millones y millones de kilómetros a través del vacío interestelar. Nosotros podemos atacar fácilmente estos convoyes, lo que quiere decir que tendrán que distraer un considerable número de sus buques de guerra para convoyar a los transportes…

—Creo que algo así estábamos pensando todos en este instante —contestó Miguel Ángel desde el extremo opuesto de la larga mesa—. Si convertimos en humo todas las legumbres frescas que se producen en Noreh y si interrumpimos los envíos de trigo y otros cereales básicos procedentes de las colonias nahumitas, la metrópoli se verá primero obligada a apretarse el cinturón… y luego a negociar una paz con nosotros.

Después de las horas de tensión que habían seguido al cauteloso ataque de los nahumitas, los miembros del Estado Mayor sintiéronse extraordinariamente aliviados.

Sin embargo, resultaba evidente que era mucho más fácil hablar del bombardeo «verde» de Noreh que llevarlo a efecto. En ningún otro planeta del sistema de Nahum eran tan robustas las defensas como en aquel donde la cultura nahumita había abierto por primera vez los ojos a la luz del sol. Los nahumitas, como era lógico, no permitirían a la Armada Sideral terrícola aproximarse tanto a Noreh que pudieran dejar caer sobre éste las aniquiladoras bombas anticatalizadoras de la clorofila.

—Me permito llamar la atención de sus excelencias hacia la circunstancia de que nuestras fuerzas están igualadas con las del enemigo —dijo Miguel Ángel—. No importa que la Imperial Flota de Nahum nos supere abrumadoramente en número. Los nahumitas tienen que proteger y defender a once planetas, mientras que nosotros sólo tenemos que guarnecer el autoplaneta Valera. Y aún éste puede bastarse por sí solo para rechazar un ataque enemigo. Si consideramos que los nahumitas tienen que defender a once planetas, resulta que la Imperial Flota de Nahum y la nuestra se encuentran poco más o menos con sus fuerzas equilibradas. Este equilibrio podría romperse a nuestro favor si, en vez de permanecer inactivos en Valera hasta que estén listas las bombas anticatalizadoras, nos dedicáramos a efectuar correrías cósmicas que pusieran en peligro a la navegación mercante del enemigo. Podríamos, por ejemplo, dedicarnos al ataque esporádico y sorpresivo de sus líneas de comunicación interplanetaria. Esto forzaría a los nahumitas a convoyar sus navíos de transporte, y para ello tendrían que emplear un fuerte contingente de sus fuerzas siderales.

—Hemos practicado la guerra de corso otras veces —dijo uno de los almirantes— y siempre obtuvimos magníficos resultados. El almirante Aznar acaba de hacer una sugerencia muy feliz. Pequeñas escuadrillas de destructores y cruceros, dotadas de gran velocidad y movimiento, podrían atacar las líneas interplanetarias del enemigo en diversos puntos a la vez, golpear fuerte y desaparecer.

Los almirantes asintieron satisfechos. Las objeciones que se hicieron fueron para aconsejar que también el autoplaneta Valera se pusiera en movimiento, visitando regularmente cada uno de los otros cuatro planetas donde habían prisioneros terrícolas para animar a éstos con mensajes luminosos en Morse. Se designó a las flotas 11, 12, 13, 14 y 15 para dedicarlas a la guerra de corso. Estas flotas, sin su acompañamiento habitual de acorazados, se dividirían en escuadrillas de un millar de destructores o cruceros que operarían por su propia cuenta en torno a las líneas de comunicación interplanetaria del enemigo. Siempre que la importancia del objetivo lo aconsejara, estos grupos corsarios se reunirían para atacar en un sólo punto y volverse a dispersar burlando la persecución de la Imperial Flota de Nahum.

Miguel Ángel pidió para sí el mando de una de estas flotas y se distribuyeron las cuatro restantes entre almirantes jóvenes y activos, que no formaban parte del Estado Mayor. La guerra de piratería sideral exigía hombres animosos y robustos, ya que las escuadrillas no irían tripuladas por personal humano y los comandantes deberían pasar semanas enteras lejos de todo contacto humano, en constante tensión y actividad.

—Zarparemos dentro de doce horas —anunció Miguel Ángel—. No será posible hacerlo antes porque hemos de pintar de negro nuestros buques. Los colores rojo y verde que llevan ahora son muy vistosos, pero nada apropiados para una acción de corso.

La asamblea se disolvió en una atmósfera de optimismo. Miguel Ángel subió a sus habitaciones particulares.

Doña Mercedes de Aznar trasteaba en la cocina mientras Estrella disponía la mesa para la comida. La princesa Ambar, con sus esbeltas piernas cabalgando una encima de la otra, permanecía reclinada en un cómodo diván, junto a uno de los grandes ventanales que daban al exterior, mirando hacia las montañas. Al entrar Miguel Ángel, ella volvió sus doradas pupilas y su bello rostro se iluminó en una sonrisa. Pero la sonrisa sólo llegó a una mueca. La joven echó atrás su áurea melenita en un gesto de orgullo y tornó a mirar al exterior.

—¡Ah! —exclamó Estrella al ver entrar a su hermano—. Siéntate, vamos a comer.

Miguel Ángel miró a hurtadillas a Ambar y entró en la cocina, donde indicó a su madre:

—Mamá, voy a salir dentro de unas horas al frente de una escuadra y estaré ausente por espacio de unas semanas. Quiero que entre tú y Estrella ayudéis a Ambar a comprender nuestra manera de ser. La pobrecita ignora lo que significa el calor de un hogar. Su padre es también padre de muchos hijos y no posee más conciencia que aquella que se pueda esperar de un hombre que al hacerse viejo hace trasladar su cerebro a un cuerpo joven.

—Desde luego, hijo mío —aseguró doña Mercedes—. Déjalo de mi cuenta. No te preocupes por Ambar y cuida de ti. No sé por qué sales al frente de esa escuadra. Tu deber, indudablemente, te obliga a dar ejemplo en todas partes y a correr riesgos. Pero no te extralimites, Miguel Ángel. Cuídate.

—Así lo haré, mamá. Y ahora, ¿qué te parece si empezamos a comer?

Miguel Ángel volvió al comedor al escuchar rumor de pasos y de voces. La princesa Ondina acababa de entrar seguida de José Luis y se detuvo haciendo un gesto de contrariedad al ver a la princesa de Nahum. Ondina era huésped a perpetuidad de la familia Aznar y hablaba ya con facilidad el castellano.

—¿Qué significa esto? —preguntó a Miguel Ángel señalando a Ambar—. ¿Por qué está aquí esa nahumita?

—Es nuestra invitada. Ondina. Vivirá con nosotros algunas semanas, hasta que regrese a su país.

En este instante, la princesa de Nahum saltaba de su asiento y se erguía ante Miguel Ángel.

—¡Esa mujer es una oceánide! —acusó señalando a Ondina.

—Sí —afirmó Miguel Ángel—. Permíteme presentártela. Es la princesa Ondina, hija del rey de los oceánides, Tritón II. Vive con nosotros en calidad de huésped desde que recuperamos el autoplaneta.

—¿Quieres decir que he de sentarme a la misma mesa que esta miserable mujer-pescado? —gritó Ambar escandalizada.

Ondina, rápida como un relámpago, asió un tenedor de la mesa, lo empuñó como un cuchillo y saltó sobre la nahumita gritando:

—¡Perra nahumita!

Miguel Ángel lanzó una exclamación y se arrojó a su vez sobre la princesa oceánide logrando desviar el certero golpe del tenedor. Las púas de éste, no obstante, dejaron cuatro surcos sangrientos en el cuello de Ambar. Por el impulso que llevaba, Ondina cayó sobre Ambar y la derribó sobre el diván.

—¡Recáspita! —gritó José Luis Balmer corriendo en ayuda de su cuñado, quien se esforzaba en separar a las dos irreconciliables enemigas.

Cuando al fin lograron poner a una lejos de la otra, las dos muchachas se contemplaron con odio. La sangre de las heridas de Ambar empapaba la fina blusa que vestía.

—¡Virgen Santísima! —gritó Estrella corriendo a comprobar la importancia de aquellos rasguños.

Ondina, quien mostraba la sangrante huella de las afiladas uñas de la nahumita en sus mejillas, se apartó con el pecho jadeante de excitación.

—¡Ondina! —le gritó Miguel Ángel rojo de ira—. ¿Qué forma de comportarte es ésta?

—Me ha insultado en el único punto que un oceánide no puede tolerar —rugió la muchacha—. Si nos vimos obligados a vivir en el fondo del mar fue por culpa de los tiranos nahumitas. ¡Y todavía se burlan de nosotros! ¡Miserables!

—¡Ondina! —volvió a gritar Miguel Ángel—. ¡Te prohíbo que hables así! ¿Cómo te atreves a insultarla dentro de mi casa y ante mi presencia?

Las verdes pupilas de la oceánide se llenaron de lágrimas.

—También yo soy tu huésped —murmuró—. Aunque caída en desgracia, también yo soy una princesa. ¿Por qué en igualdad de condiciones puede insultarme ella y no puedo, en cambio, responderle yo? ¡Di!

Doña Mercedes de Aznar y Estrella habíanse llevado a la princesa de Nahum hacia la cocina para restañarle la sangre. Miguel Ángel depuso inmediatamente su actitud airada.

—Compréndelo, Ondina. No es lo mismo —aseguró—. Aunque viniste a mi casa como huésped, nunca fuiste tratada como tal, sino como un miembro más de la familia. ¿Acaso no te amonesta mi madre como si fueras hija suya? ¿No te peleas con Estrella como si fuerais hermanas? ¿No te disputas con José Luis el cariño de la niña? ¿No te permites insultarme y hacerme víctima de pesadas bromas, según estés a mal o bien conmigo?

Ondina humilló su cabeza apoyando la barbilla sobre el pecho.

—Si todo esto es verdad, ¿por qué reclamas de pronto tu condición de huésped? —interrogó Miguel Ángel dolorido.

—Perdóname —balbuceó la muchacha—. Todo eso es verdad. Yo he llegado a sentirme aquí como en mi propia casa. Tal vez porque me considero en el sagrado recinto de mi propio hogar no pude soportar el insulto de esa… de esa… huésped.

Doña Mercedes y Estrella volvieron a entrar en el comedor llevando entre ambas a la princesa de Nahum.

—No ha sido nada, sólo un rasguño —aseguró doña Mercedes.

Ondina avanzó rápidamente hacia la nahumita. Ésta retrocedió un paso creyendo que iba a ser agredida de nuevo. Pero las intenciones de Ondina eran muy distintas.

—Te suplico que me perdones, princesa —murmuró la oceánide—. Mi conducta ha sido incalificable, sobre todo por ser yo también huésped de esta casa. ¿No quieres que me siente a la misma mesa que tú? No importa. Te libraré de mi humillante presencia yendo a comer a otra parte.

—¡Eh, alto ahí! —gritó Miguel Ángel—. Tú comerás en mi mesa, como todos los días.

—Entonces seré yo quien no coma en esta mesa —aseguró la princesa de Nahum.

Miguel Ángel frunció el ceño.

—Escucha, Ambar —dijo pacientemente—. Ondina no sólo es un ser humano como tú, sino que es también una princesa y huésped de mi casa.

—Ella procede de Bagoah. Ese planeta es una colonia del Imperio de Nahum. Todos los bagoabitas son siervos de mi padre. ¿Cómo quieres que me siente a tu mesa con una esclava?

—Ondina es una mujer libre —repuso Miguel Ángel hoscamente, poniendo su mano sobre el hombro de la oceánide—. Mas si tú no lo entiendes así, sólo cabe una solución: comerás sola en esta mesa. Los demás comeremos en la cocina con Ondina. Vamos, Estrella. Llevad los cubiertos allá.

Estrella y José Luis empezaron el traslado muy diligentemente, bajo la irritada mirada de la princesa de Nahum. Sólo dejaron en un extremo de la larga mesa —capaz para toda la numerosa familia Aznar de otros tiempos— los platos y cubiertos de una persona, así como alimentos en cantidad más que suficiente.

—Si necesitas algo más pídelo sin reparos —le dijo doña Mercedes—. Nosotros estaremos ahí al lado.

Estrella y José Luis desaparecían en la cocina llevando los últimos platos.

—Tuya es la mesa, Ambar —dijo Miguel Ángel—. Puedes empezar a comer cuando quieras.

Doña Mercedes, Ondina y Miguel Ángel se metieron en la cocina sin volver la cabeza. La princesa de Nahum quedó sola en el monumental y elegante comedor, de pie junto a la enorme mesa. José Luis Balmer, por la rendija de la puerta de la cocina, la vio vacilar mirando codiciosa a los manjares y sin tomar asiento. Finalmente, el apetito venció al orgullo.

—La princesa de Nahum acaba de sentarse a la mesa —anunció José Luis Balmer yendo a ocupar su silla y desplegando la servilleta.

—Lamento que esto haya tenido que ocurrir por mi culpa —se lamentó Ondina.

—¡Bah! —rió José Luis—. Tú eres de casa. Ella, al fin y al cabo, no tiene ningún lazo de conexión con nosotros. ¿Qué piensas hacer de esa muchacha, Miguel Ángel?

—Quiero que viva con nosotros unas cuantas semanas. Luego la devolveré a Noreh con un mensaje personal mío al Emperador Tass. Yo voy a salir dentro de diez horas para efectuar una correría por las proximidades de las rutas comerciales interplanetarias de la Flota Mercante de Nahum. Estaré ausente algún tiempo. Quiero que cuidéis de la princesa Ambar. Si me ocurriera algo recordad que le prometí la libertad.

—¡Oye! —exclamó José Luis—. ¿Vas a salir de correría y no me llevas contigo?

—No. Tú te quedarás esta vez. En cambio Ondina puede venir. Tal vez nos demos una vuelta por Oceán para visitar a Ciudad de Coral y decirle cuatro palabritas a Tritón III.

—¡Oh! —exclamó Ondina transfigurada por la alegría—. ¿Vas a ir a Oceán? ¿De veras?

—Pienso utilizar aquel planeta cubierto por mares como fondeadero secreto de mi escuadrilla. De paso iré a visitar a los oceánides y a invitarles a unirse a nosotros en la cruzada contra Nahum.

—Entonces iré contigo —dijo Ondina. Y mirando hacia el comedor por encima del hombro añadió—: Esto evitará también muchas molestias a la princesa de Nahum y a todos vosotros en general.

Diez horas más tarde, después de haberse despedido brevemente de la princesa Ambar y de su familia, el Superalmirante Aznar se embarcaba a bordo de un crucero recién recubierto de una capa de pintura negra. En su buque, equipado con una emisora transistora para mandar por control remoto el resto de su escuadrilla, sólo iban, aparte de él y de la princesa Ondina, un capitán de navío, tres oficiales subalternos y veinte hombres y mujeres de tripulación.

A la hora prevista, los gigantescos tubos de lanzamiento del autoplaneta empezaron a proyectar al vacío sideral chorros de destructores y cruceros de combate que, agrupándose en escuadrillas de un millar de unidades, se adentraron en el negro y misterioso espacio.