CAPÍTULO VIII
EN el amplio apartamento que ocupaba la familia Aznar, se esperaba con ansiedad a los viajeros. Miguel Ángel presentó su familia a la reina y luego todos se sentaron a almorzar.
Allí, mientras las mujeres conversaban por un lado, Miguel Ángel relató a su padre la aventura de Atioquita. Del mismo relato había hecho durante el viaje un informe que, entregado por Wantrous, debía estar siendo examinado por el Consejo.
Como el almirante mayor ya sabía de las magníficas condiciones de habitabilidad del planeta explorado, Miguel Ángel le relató sucintamente las observaciones efectuadas y pasó a hablar seguidamente de los nahumitas. Aquí, el joven sí que proporcionó una sorpresa a su padre al hablarle de la resurrección del Imperio de Nahum; ahora Imperio Milenario.
—Ese estúpido Imperio de Nahum tiene más vidas que los gatos —refunfuñó Miguel Ángel Aznar—. Dos veces lo aplasté con mi propia mano, y otras tantas ha vuelto a levantarse. Bien, supongo que “Valera” habrá llegado allí mientras estos “girkas” hacían el viaje, y lo habrá destrozado por tercera vez.
—No es muy seguro —apuntó Miguel Ángel—. Al parecer, el Imperio Milenario de Nahum es ahora más fuerte que nunca. Y nuestro bravo “Valera” no está equipado con los rayos de “luz sólida”, porque éstos todavía habíamos de tardar cuarenta años en descubrirlos cuando “Valera” zarpó de la Tierra.
—Indagaremos hasta qué punto es fuerte el Imperio nahumita. Si existieran razones para temer que “Valera” sea incapaz de destrozar al Imperio Milenario, entonces deberíamos mandar uno de nuestros autoplanetas al encuentro de “Valera” para dar a conocer a la Armada Expedicionaria nuestras nuevas armas de “luz sólida”.
Miguel Ángel aprobó esta idea, previendo ya la posibilidad de que le tocara en suerte ir al encuentro de “Valera” para reunirse con la Armada Sideral Expedicionaria.
Hasta aquí, el joven se había abstenido de citar a la emperadora Ambar de Nahum. Pero ya de sobremesa y mientras las mujeres salían para enseñar a las amazonas el aparato de televisión y presenciar un programa, los hombres quedaron solos y Miguel Ángel soltó la noticia; la actual emperadora nahumita, era la hija de la princesa Ambar de Nahum, hija del almirante.
El almirante recibió la noticia con incredulidad. Luego arrugó el ceño y murmuró:
—¡Mi hija! ¿Será posible que tal monstruo de perversidad sea hija mía? ¡Dios bendito!
Y quedó anonadado.
Su cuñado, don José Luis Balmer, trató de quitar importancia al asunto. Si Ambar de Nahum había abandonado hacía cuatro mil años el cuerpo con el que nació a la vida, y si luego efectuó incesantes cambios de cuerpos para eternizar su existencia ¿qué quedaba en aquella criatura monstruosa de la hija del almirante? ¡Nada!
—De todas formas, yo di el ser a ese cerebro diabólico —aseguró el señor Aznar, el cual parecía haber envejecido súbitamente.
Y allí surgió una discusión acalorada, insistiendo el almirante en que Ambar tenía algo suyo, y negando su cuñado el parentesco que pudiera quedar entre ambos.
—Creo que debo ir personalmente a Nahum —acabó diciendo el señor Aznar.
Y fue a encerrarse en su despacho para rumiar a solas sus terribles dudas. Tan profundamente afectado resultó de la noticia que horas más tarde se excusó con una indisposición y no acudió a la reunión del Consejo.
Como su mismo nombre indicaba, el Consejo estaba formado por un grupo de personas que, ejerciendo las funciones de un gobierno y respaldados por los grupos a quienes representaban, tenían atribuciones para decidir cualquier asunto relacionado con la pequeña nación.
El Consejo acordó por unanimidad intervenir en Atioquita en defensa de los indígenas, destruir o apresar a la flota nahumita y parlamentar con la Sociedad de Naciones Atioqueña, a fin de fijar los términos de una alianza.
Como no había tiempo que perder si se quería salvar a los atioqueños de la destrucción y la captura, se acordó marchar inmediatamente sobre el planeta con toda la flota.
Cinco minutos después de firmarse el acta, los tres autoplanetas: “Orión”, “Ascrea” y “Santa Fe”, se ponían en marcha acelerando continuamente en dirección a Atioquita. Los mil trescientos cruceros de la menguada Armada Sideral exilada, recibieron orden de estar apercibidos para entrar en combate “en cualquier momento”. E igual orden recibió el pequeño aunque eficiente Ejército Autómata.
Mientras tanto, Milvana II y su ayudante la capitana Amatifu, eran reconocidas por las doctoras terrícolas y sometidas a un tratamiento especial que arrancaría de sus organismos la mortal radiactividad absorbida en ocasión de la explosión atómica del destructor “girka”.
A las pocas horas de encontrarse a bordo del autoplaneta “Santa Fe” y luego de haber descansado del viaje, Milvana II fue recibida oficialmente por el gobierno exiliado terrícola.
Fue un momento triunfal para la Reina de las Amazonas; un acto que no olvidaría jamás.
Esto fue que los terrícolas, que echaban de menos el bombo y el fausto de los prehistóricos desfiles reales, le prepararon a la Reina Milvana de Nabistán una recepción desproporcionada con la verdadera importancia de su Reino —considerada desde el punto de vista terrícola, se entiende.
Precedida de varios automóviles con sirena y ocupando un coche descubierto, Milvana II desfiló por las interminables avenidas de la ciudad-concha entre los aplausos del público, para ser recibida en la Residencia del Gobernador de la Plaza. La amazona, vistiendo ropas de mujer, presidiendo un banquete y escuchando discursos que no entendía muy bien, se sentía en aquel ambiente como un pez fuera de su líquido elemento.
En los dos días siguientes, la Reina no paró un solo momento. Visitó los museos y los monumentos, fue entrevistada ante las cámaras de televisión, asistió a la ópera y a competiciones deportivas, presenció en películas retrospectivas toda la historia de la nación terrícola a partir del remoto siglo XX y fue llevada a admirar el funcionamiento de máquinas maravillosas, entre éstas, una que fabricaba alimentos a partir de la luz como principal materia prima.
Abrumada, aplastada materialmente bajo el peso de tantas, tan diversas y tan nuevas emociones, Milvana II se movía como un ebrio entre aquel mundo ruidoso fantásticamente complicado y absurdamente feliz.
Al cabo de tres días, Milvana aseguró que iba a ser víctima de un ataque de nervios.
—Ha vivido usted demasiado intensamente estos días —le dijo Miguel Ángel—. Será cuestión de que se tranquilice un poco apartándose del ruido y el ajetreo.
Y aquella noche, la última que Milvana pasaría en Santa Fe, el almirante la llevó a pasear en automóvil por las afueras de la ciudad.
Aunque pareciera absurdo hablar de “noche” en una ciudad iluminada por focos eléctricos, la noche se producía en los autoplanetas con regularidad cronométrica.
Los terrícolas, viajando a través del Cosmos y enormemente lejos de su patria, seguían conservando a bordo de los autoplanetas las mismas costumbres establecidas por las leyes que regían en su antiguo mundo. La noche no sólo era necesaria en este sentido. Se había demostrado científicamente que la noche era beneficiosa para la salud humana, aquel espacio de tiempo en que el cuerpo se recuperaba con mayor rapidez y eficacia de las fatigas del día.
Todos los “días”, a las ocho de la “tarde”, sobrevenía la “noche” en las ciudades concha de los autoplanetas.
Los potentes focos de “luz solar” del techo de la gigantesca caja metálica se apagaban completamente. Entonces se encendían los focos de las avenidas, las luces que indicaban las entradas y salidas del metro, y las ventanas de todos los rascacielos.
En el techo, a mil metros de altura sobre el pavimento de la ciudad, brillaban titilantes las estrellas. Eran estrellas artificiales, desde luego. Pero vistas a través de la atmósfera del recinto parecían completamente auténticas.
En este momento el habitante de la ciudad-concha tenía que hacer un poderoso esfuerzo para convencerse de que se encontraba a bordo de una máquina construida por el hombre, volando a velocidades astronómicas a través del Cosmos. La oscuridad, el silencio de la ciudad dormida, los faroles de las calles y las ventanas iluminadas que se iban apagando una tras otra le hacían creer que era víctima de una pesadilla y no se había movido jamás de la sólida superficie de su planeta nativo.
Entonces, el ciudadano astronauta se ponía su pijama e iba a acostarse en el antepecho de una ventana. Invisibles y silenciosos ventiladores renovaban el aire de la ciudad. Soplaba una brisa fresca.
El ciudadano-astronauta bostezaba; estornudaba quizá, y frotándose los brazos, friolero, iba a meterse en la cama para dormir con sueño tranquilo y feliz.
Teniendo por fondo este paisaje de rascacielos que brillaban en la noche como tableros de damas, aquella “noche” salieron a pasear la Reina de las Amazonas con el almirante de la Armada Sideral Terrícola. Siendo la ficción tan realista, la joven soberana no tardó en tranquilizarse.
—Realmente —dijo cuando su acompañante detuvo el automóvil en las proximidades de un gigantesco estadio—. Hacéis tan bien las cosas que no sé en este momento si me encuentro en el espacio o en una de aquellas ciudades de la Tierra que he visto en vuestras películas.
—Digamos que es una combinación de las dos cosas —rió Miguel Ángel.
Hubo una larga pausa. Luego, ella preguntó si serían así las ciudades que en el futuro se levantarían en Atioquita.
—Las ciudades que construyan los atioqueños para su uso, probablemente, serán como ésta. El indígena, sediento de las novedades que ofrece la urbe, se apiñará en pequeños espacios como ocurría en nuestras generaciones más antiguas. Luego el hombre siente la llamada de la naturaleza y cansado del bullicio y la estrechez de las ciudades, regresa al campo de donde se escapó. Las ciudades que construyan los terrestres no serán como ésta. El terrestre está harto de vivir en apartamentos como cajas de zapatos, entre escaleras y muros de rascacielos. Cuando levante su nueva casa lo hará en un paraje solitario, rodeado de árboles y de montañas de flores y de sol. Una casa así es como yo la sueño para mí.
—¿Para vivir con su mujer?
—Sí, para vivir con mi mujer.
Se produjo otra nueva pausa. Ella murmuró:
—Nuestras costumbres son distintas a las de ustedes.
—Ya lo sé —contestó Miguel Ángel dolorido—. Su mundo es un gigantesco matriarcado. Entre ustedes, quien manda es la mujer. El hombre no tiene derecho a opinar, que viene a ser lo mismo que les ocurría a nuestras mujeres de la Edad Antigua.
—¿Cree que esa diferencia de costumbres dificultará las buenas relaciones entre los atioqueños y ustedes, Miguel Ángel?
—Espero que con el tiempo, los derechos se distribuyan equitativamente entre el hombre y la mujer atioqueños, como ocurre en nuestra sociedad. Así como nuestra mujer se emancipó e igualó sus derechos con los hombres, confío en que nuestro ejemplo cunda entre ustedes y se le dé al hombre la igualdad de derechos y oportunidades que ahora tiene la mujer atioqueña.
—¿Y si no fuera así?
—Tiene que ser así, por fuerza. De lo contrario nuestras dos razas no podrían fundirse en una sola. Ningún terrícola se casaría con una muchacha tiránica e intransigente. Aunque, claro, los varones de Atioquita se sentirán encantados con nuestras costumbres y saldrán en defensa de sus fueros. Ustedes, las amazonas, no tendrán más remedio que ceder o quedarse solteras. Porque supongo que también ustedes se enamorarán alguna vez ¿no es cierto?
El terrícola clavó sus ojos en el rostro de la amazona, la cual dio muestras de visible turbación.
—Sí… claro —murmuró.
A Miguel Ángel el tema le pareció de pronto muy interesante.
—¿Cómo siente una amazona cuando se enamora de un guapo atioqueño? —preguntó—, ¿se siente protectora… o le gusta sentirse protegida?
—Creo que se siente un poco… maternal —contestó ella sonriendo. Y añadió—: La culpa debe ser de nuestros hombres. Ellos no son como ustedes fuertes, arrogantes, inteligentes y… autoritarios. Claro que es posible que tengamos nosotras parte de la culpa si son así. Desde muy antiguo se les considera poco inteligentes… bastante estúpidos en general. Ellos no tienen opción a escoger entre nosotras, sino que somos nosotras quien les tomamos como marido cuando nos gustan o, simplemente cuando les necesitamos para asegurar nuestra descendencia. Acostumbrado a realizar los trabajos más bajos y groseros, a cuidar de nuestras casas, de nuestros hijos y de nuestros campos, el varón atioqueño es rudo e ignorante y se ha encontrado siempre en notoria inferioridad intelectual frente a las mujeres. Debe ser por eso que la mujer atioqueña se siente maternal con su marido. Eso no ocurriría si el atioqueño fuera más inteligente que las mujeres. Pero, claro. Para que gane en inteligencia, debe tener la oportunidad de instruirse, y nosotros no se la damos… ni él la pide.
Ahora fue el terrícola quien guardó largo, reflexivo silencio.
—Milvana —dijo de pronto—. Debo confesarle una cosa. Estoy enamorado de usted.
Ella se volvió a mirarle con asombro, con alegría e incredulidad a la vez.
—Se… se está burlando de mí, Miguel Ángel —balbuceó.
El terrícola negó lentamente con la cabeza.
—No ¡qué ocurrencia! ¿Por qué había de burlarme? Es usted muy bella, enloquecedoramente hermosa, y yo… bueno. No creo que un hombre tenga que dar razones del porqué de su amor. Estas cosas son así. Uno se enamora… y… en paz.
—Pero yo… ¡soy una salvaje comparada a usted, Miguel Ángel! —exclamó la muchacha con ansiedad—. Una ignorante… una tosca reina de un mundo que vive diez mil años atrasado respecto a su brillante civilización.
Él le cogió una de sus manos. Aquella mano, fría y temblorosa, apretó la suya casi con desesperación. Y en las grises pupilas de la reina, Miguel Ángel leyó el temor, la ansiedad y el amor.
—Milvana —murmuró—. Mi civilización andará quizá diez mil años por delante de la suya, pero el amor… el amor es eterno e inconmovible como el mismo cimiento de la vida. Yo siento positivamente igual que sentían mis lejanos abuelos al confesar su amor a la mujer querida, y usted, si me amara…
—¡Oh, pero si yo te amo! —exclamó ella arrojándose impetuosamente entre los brazos masculinos.
Y Miguel Ángel Aznar la besó con el mismo ardor y entusiasmo que sus más antiguos tatarabuelos besaron por primera vez a la virgen fragante y hermosa que deseaban tomar por esposa.
* * *
Cinco días más tarde, el primer contingente de exiliados terrícolas desembarcaba en el planeta atioquita. La esperada batalla con los nahumitas no llegó a realizarse porque los cobardes “girka”, después de haber visto cómo una navecilla ridículamente pequeña aniquilaba a toda una escuadrilla de cincuenta destructores siderales, se apresuraron a poner pies en polvorosa al saber que había tres grandes autoplanetas desconocidos volando en dirección a Atioquita.
El primer desembarco tuvo lugar precisamente en la misma extensa meseta donde el almirante Aznar y el capitán Wantrous, fueron a aterrizar en su primera visita al nuevo mundo. Y para presenciar el desembarco de los forasteros, debidamente autorizados por Milvana II, reina de Nabistán. Acudió a la meseta una muchedumbre de nabisteños que habían estado ocultos en las montañas próximas.
Por encima de la meseta, a unos treinta mil metros de altura, flotaba un gigantesco disco gris desde el cual bajaban grandes plataformas cargadas de montañas de cajas.
También bajaban de allá unos extraños aparatos de forma alargada que, zumbando, se posaban en tierra firme y descargaban de una sola vez dos o tres centenares de personas.
Estas personas, que hablaban un idioma extraño, sonoro y armonioso vestían ropas estrafalarias de abigarrado color y no se conducían como gentes normales.
Nada más saltar de sus poco tranquilizadores buques, los forasteros se echaban de rodillas al suelo y besaban la tierra entre grandes extremos de alegría. Algunos se la comían a puñados. Muchos lloraban alzando las manos al cielo. Los más locos brincaban y daban zapatetas en el aire.
Los nabisteños los contemplaban muy divertidos y se reían de sus disparates.
También miraban los nabisteños llenos de curiosidad las mil cosas raras que los extranjeros estaban echando a tierra. Traían la mar de juguetes preciosos metidos en cajas de cristal.
Un grupo de amazonas robó de un montón una caja transparente que tenía dentro un bonito automóvil. No era como los automóviles del país, sino de formas más redondeadas, extraordinariamente bellas y elegantes. Parecía un vagón de ferrocarril por sus muchas ventanas, pero era un automóvil.
Las amazonas se llevaron la caja lejos. Probaron a abrirla, y como eran por temperamento impacientes acabaron por descerrajarle un tiro en la tapa.
Y entonces ocurrió la cosa más extraña e increíble.
El automóvil de juguete empezó a echar una luz azul muy intensa y se hinchó por todos lados como un monstruo mientras las amazonas echaban a correr. Corrieron un trecho que les pareció respetable y se volvieron.
¡Cosa increíble! Aquel automóvil de juguete se había transformado en un mastodonte capaz de cargar con sesenta o noventa personas. Había salido de la caja, todos lo vieron. Mas ¿cómo pudieron meterlo allí los forasteros?
Los nabisteños más viejos se mojaban la oreja y decían que aquello era cosa de brujería. Los jóvenes, que no creían en aquellas tonterías, se reían. Las nabisteñas más sabias, que habían venido a ver cómo desembarcaban los forasteros, escuchaban explicaciones la mar de complicadas y asentían. Asentían, aunque no comprendían nada.
Los indígenas empezaron a respetar a los extranjeros. No estaban tan locos, después de todo. Al contrario, eran unos tipos muy sagaces. Haciendo uso de su extraordinario poder habían metido en cajas de cristal millares y millares de máquinas que, al ser sacadas de las cajitas, empezaban a chisporrotear y recobraban su tamaño natural.
Naturalmente, de aquella forma los extranjeros podían llevar en muy poco espacio máquinas gigantescas.
¡Y que máquinas!
Los ingenieros nabisteños decían que eran “de otro mundo”. Los profanos las contemplaban por el simple gusto de verlas trabajar. La mayoría de estas máquinas parecían poseer un cerebro propio. Realizaban tareas múltiples, y las ejecutaban con una rapidez y maestría maravillosas.
En Atioquita, desde que el mundo era mundo nunca se había visto cosa igual.
Y mientras tanto seguían llegando forasteros. Saltaban al suelo, se echaban a tierra y se la comían a besos. Pero los atioqueños ya no se burlaban de ellos. Reflexionaban que, puesto que los extranjeros besaban su tierra nada más bajar del cielo, era porque la amaban hasta el extremo de verter lágrimas sobre ella.
Una gente que se comportaba de esta forma no podía ser mala ni desear nada malo para la misma tierra que los indígenas amaban hasta derramar sangre sobre ella. Quizá los forasteros estuvieran también dispuestos a derramar su sangre sobre la tierra que les acogía generosa.
Y los atioqueños acertaban.
F I N