CAPÍTULO IV

LA noche les sorprendió antes que alcanzaran las costas del continente que habían explorado durante la mañana. Wantrous, en adelante, tuvo que servirse exclusivamente del radar y de su certero instinto de orientación para regresar a Olano.

Olano, según explicó Milvana II, era aquella ciudad sobre la que habían volado entre el nutrido fuego de la artillería antiaérea; la misma que tenía un importante puerto fluvial y una fisonomía francamente vetusta y desagradable.

Wantrous tuvo que volar sobre 2.000 kilómetros de costas y explorar alrededor de una docena de ríos muy caudalosos hasta que el contorno de la ciudad apareció en el cristal deslustrado del radar.

Olano, que seguía alumbrándose como en la Edad Media por el sistema de candiles de aceite, tenía todas sus luces apagadas. Pero al acercarse el “Omega” dejando atrás la doble estela de los rayos luminosos que lo impulsaban, los reflectores de la capital fueron encendidos y la artillería antiaérea comenzó a disparar con infernal estruendo.

—No podemos aterrizar en la ciudad —dijo Milvana. Y ordenó a Wantrous que volaran siguiendo el río hasta una casa-fortaleza que se levantaba en la cima de un cerro, a unos siete kilómetros de Olano.

—Aterrice al pie del cerro —ordenó Milvana—. Iremos andando hasta el castillo.

Wantrous apagó los proyectores y realizó un magistral aterrizaje en un prado entre el cerro y el río. Una de las dos lunas de Atioquita brillaba entonces en el cielo y su pálido resplandor bañaba por completo el interior de la cabina a través de la cubierta de “diamantina”.

El almirante Aznar apretó un botón del tablero de instrumentos y la sólida portezuela del aparato se abrió hacia dentro girando silenciosamente sobre sus goznes.

Milvana II retrocedió de espaldas hasta la portezuela y desde allí ordenó:

Levántese y vengan hacia aquí.

Pero los terrícolas no se movieron.

—Lo siento, señorita —dijo Miguel Ángel—. Hemos decidido continuar solos nuestro viaje.

—Ustedes son mis prisioneros. Les estoy apuntando con una pistola de las suyas —les recordó la muchacha.

Miguel Ángel sonrió.

—No sabe cuánto siento tener que desilusionarla, Majestad. Esa pistola es completamente inofensiva en sus manos. Nunca constituyó un peligro para nuestras vidas mientras usted la empuñaba. ¿Quiere devolvérnosla?

El joven alargó su mano. La muchacha se echó atrás. En sus bellas pupilas se leía el desconcierto y la duda. Sin embargo aseguró:

—Es una patraña muy inocente. La pistola es peligrosa, o de lo contrario no me habrían obedecido trayéndome hasta aquí.

—¿Por qué no? No le deseamos ningún mal. Usted, a bordo de nuestro aparato, es más bien un estorbo que otra cosa. Así que la dejamos en libertad y le deseamos…

—¡Levántense! —gritó la joven con ojos chispeantes—. Les doy tres segundos de tiempo para obedecer. ¡Uno!

Los terrícolas no se movieron.

—¡Dos!

Los terrícolas se miraron y sonrieron.

—¡Tres! —gritó Milvana. Y apartando la pistola de Miguel Ángel, apuntó al capitán Wantrous y apretó el gatillo.

Naturalmente, nada ocurrió.

La muchacha lanzó una exclamación de rabia y volvió a apretar el gatillo. Lo apretó dos veces más con idénticos resultados negativos. Luego masculló una maldición y se puso a mirar y palpar nerviosamente todos los resortes del arma.

—No se canse ni le busque ningún truco —le dijo Miguel Ángel Aznar sonriendo—. Esta pistola no funciona si no está enchufada a un generador eléctrico.

Ella se detuvo jadeante y miró al terrícola muy pálida. Por un instante pareció que iba a decir algo. De pronto se volvió y con la agilidad de un felino se lanzó de cabeza por la escotilla abierta, yendo a caer sobre la hierba del prado donde dio una espectacular voltereta antes de saltar en pie y echar a correr como un gamo.

Ocurrió todo con tanta rapidez, que los dos terrícolas estaban mirándola todavía con la boca abierta cuando ya ella corría velozmente por la suave ladera del cerro hacia arriba.

—¡Eh, que se lleva nuestra pistola! —gritó Wantrous saltando en pie como impulsado por un muelle.

—¡Déjelo!, yo iré —gritó a su vez Miguel Ángel saltando también de su asiento.

Y, como había hecho la amazona segundos antes, se lanzó de cabeza por la escotilla.

Cayó sobre las manos, dio una limpia voltereta en el aire y con el mismo impulso que llevaba se puso en pie echando a correr en persecución de Milvana.

Apenas se había lanzado en pos de la indígena, Miguel Ángel Aznar comprendió que acababa de cometer otro error. Jamás podría alcanzar a la muchacha. Toda la gracia felina de los movimientos de Milvana se manifestaba ahora en forma de una agilidad sorprendente, de una velocidad en la carrera que él podría emular quizá, pero nunca aventajar.

Y esto a pesar de que Miguel Ángel puso desde el primer instante toda la fuerza de su voluntad y de sus músculos en el empeño de alcanzarla.

Era preciso recuperar la pistola. La “luz sólida” constituía el último y, posiblemente, el más trascendental de los descubrimientos científicos de la nación terrícola aplicados a la guerra. Su naturaleza y la forma de producirla era un secreto celosamente guardado por la Armada Sideral.

Hasta tal punto se consideraba necesario mantener en secreto esta arma, que todos los aparatos de la Armada Sideral Terrícola equipados de proyectores de “luz sólida” llevaban un dispositivo especial para volar y destruir completamente los “cañones” de luz y la misma aeronave si en algún momento existiera peligro de caer en manos enemigas.

Y Miguel Ángel, por su exceso de condescendencia, en flagrante contravención de las Ordenanzas, había dejado que una persona extraña huyera llevándose su pistola eléctrica.

Tenía que alcanzar a la joven indígena, costara lo que costara y aunque fuera su último acto en esta vida.

Pero la joven le llevaba un buen trecho de ventaja y no parecía dispuesta, ni mucho menos, a ser alcanzada por su furioso persecutor. Y Miguel Ángel, en efecto, no la hubiera alcanzado nunca sin la oportuna intervención del capitán Wantrous.

Wantrous, plenamente consciente de la importancia que tenía para ellos recuperar la pistola, puso el “Omega” en marcha y volvió rápida y hábilmente los mandos saliendo en persecución de la muchacha. El aparato dio un brusco salto hacia adelante y, casi a ras del suelo, describió una curva para atajar a la fugitiva.

Milvana, o cualquiera que fuera su verdadero nombre, vio venir al “Omega” y tuvo que lanzarse de bruces al suelo para que la aeronave no la arrollara.

La máquina pasó sobre la muchacha y viró a estribor para volver contra ella. Milvana perdió unos preciosos segundos mientras estaba tendida en el suelo y se ponía nuevamente en pie para reemprender su carrera.

Miguel Ángel casi la tenía al alcance de sus manos y tan cerca estaba de ella que Wantrous, para no arrollar también a su almirante, encabritó el aparato pasando por encima de ellos.

Mientras tanto se habían encendido algunas luces en la casa-fortaleza de la colina y una bala pasó zumbando junto al oído de Miguel Ángel, seguida de la seca detonación de un arma de fuego.

—¡Auxilio… a mí! —chilló la muchacha con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Soy Milvana… La Reina! ¡A mí!

En este instante Milvana tropezó y cayó.

Un segundo más tarde, Miguel Ángel saltaba sobre ella y quedaba montado a horcajadas encima de sus riñones.

—¡Déme… esa… pistola! —jadeó atrapando la muñeca de la joven.

Milvana se revolvió como una lagartija bajo el peso del cuerpo del terrícola, que así quedó sobre su estómago. Y con la pistola, que había logrado zafar a la garra de Miguel Ángel, descargó contra el rostro de éste un golpe terrible.

La pistola le dio a Miguel Ángel en la mitad de la frente, dejándole atontado unos segundos.

De pronto, la amazona elevó sus pies por detrás de Miguel Ángel, aprisionó el cuello de éste con una hábil tijera y le derribó de espaldas.

Cuando el terrícola se incorporó lanzando una maldición, la muchacha corría ya hacia la casa-fortaleza y el grupo de gente que acaba de salir de ésta.

—¡A mí, a mí! —gritó la reina.

Wantrous intervino en ese instante.

El “Omega” estaba demasiado lejos para interceptar a la indígena, pero el capitán Wantrous recurrió a la treta de encender los dos proyectores de “luz sólida” de las toberas de proa.

La “luz sólida” de aquellos proyectores, de la densidad y la fuerza de un violento chorro de aire, alcanzó a Milvana y la revolcó por el suelo como hoja arrastrada por el viento.

Comprendiendo que era la última oportunidad de recuperar la pistola antes que llegara la gente que acudía en socorro de Milvana, el almirante Aznar apretó los dientes con fuerza y echó a correr hacia donde la amazona se incorporaba.

Esta vez, Milvana no huyó.

Le hizo frente pasando la pistola a su mano izquierda y lanzó su puño derecho como un proyectil contra la cara de Miguel Ángel.

Al llegar aquí, el terrícola se despojó bruscamente de sus escrúpulos. Su único pensamiento era recuperar la pistola. Ella era un enemigo, a despecho de su condición de mujer. Miguel Ángel esquivó el puñetazo y contestó con un directo al corazón de la muchacha.

El aire escapó silbando por entre los labios de la joven, junto con un gemido de dolor.

Se inclinó ligeramente hacia adelante. El puño izquierdo del terrícola subió como un ariete para estrellarse contra la mandíbula femenina. Milvana II retrocedió dando traspiés y cayó al suelo de espaldas.

Miguel Ángel saltó en el aire como un tigre para caer sobre la amazona. Pero ella levantó los pies y el terrícola, recibiendo nuevo y vigoroso impulso de las flexibles piernas de la muchacha, pasó por encima de ésta como un proyectil para aterrizar violentamente sobre el césped cuatro metros más allá.

Se pusieron en pie al mismo tiempo y bajo la claridad de la luna se contemplaron con ferocidad.

—Déme esa pistola —rugió Miguel Ángel.

Ella estiró el cuello y gritó:

—¡A mí… soy la reina!

A unos treinta metros estaba el grupo de gente armada que acudía en auxilio de Milvana. Venían corriendo, gritando y disparando contra la aeronave del capitán Wantrous. Miguel Ángel calculó que le quedaban treinta segundos para hacer un último intento por rescatar la pistola.

Se lanzó sobre la amazona. Ella rehuyó el encuentro dando un salto atrás.

Wantrous intervino de nuevo echando mano del último y más drástico de sus recursos. Apuntó toda la aeronave contra el grupo de indígenas que bajaba por la ladera y apretó un botón.

Los veinticuatro pequeños faros de proa del “Omega” lanzaron un haz de dardos luminosos contra el enemigo. Sólo alcanzaron a la retaguardia, pero aquellos diez o doce indígenas que fueron tocados por los rayos rodaron por el suelo como fulminados. Por desgracia, Wantrous ya no tuvo tiempo de disparar de nuevo.

Milvana había quedado un segundo inmóvil al ver caer a los suyos atravesados por aquellos terribles rayos amarillos y Miguel Ángel se aprovechó de su momentánea distracción para arrojarse contra ella.

Los dos rodaron por el césped, estrechamente abrazados. Breves segundos después los soldados de la guarnición de la casa-fortaleza, llegaban hasta los contendientes y se abalanzaban como una nube de abejas sobre el terrícola.

En aquel preciso instante el capitán Wantrous tenía a todo el grupo enfilado con sus proyectores de “luz sólida”. Le hubiera bastado apretar un botón para fulminarlos a todos con sus mortíferos rayos. Pero entre éstos se encontraba también el almirante Aznar. El capitán, por no matar a Miguel Ángel, no disparó.

Miguel Ángel comprendió los escrúpulos del capitán. Y aunque era joven y tenía en gran precio su propia vida, el almirante chilló a voz en cuello:

—¡Dispare, Wantrous… por todos los santos, dispare!

Porque el joven se encontraba en uno de aquellos momentos en que el hombre, furioso contra su suerte y contra sí mismo, podía enfrentarse con la muerte sin sentir miedo.

Pero Wantrous no le oyó. Y aunque le hubiera oído tampoco habría obedecido.

Con ello contravenía las Ordenanzas Militares, las cuales especificaban que, en un caso extremo, se sacrificaría sin vacilar la vida de los propios hombres en tal de mantener inviolado el secreto que pesaba sobre las armas de “luz sólida”.

Pero Wantrous no podía disparar contra su almirante, porque éste era su amigo.

—Wantrous, dispare… ¡se lo ordeno! —gritó Miguel Ángel entre los brazos de sus captores.

Milvana II ordenó que le hicieran callar. Y en efecto, le hicieron callar propinándole un tremendo golpe en la cabeza con la culata de una pistola.

Miguel Ángel Aznar perdió el sentido.

Mientras tanto, en la cabina del “Omega”, Wantrous se daba a todos los diablos maldiciendo de los indígenas, de Milvana II, de su perra suerte, de las majaderías de su almirante y de un montón de otras cosas cuya participación en los hechos era muy dudosa.

Wantrous esperó inútilmente a que su almirante se separara del grupo para poder disparar contra éste los rayos de “luz sólida”. Pero Milvana II debió comprender que sólo gracias a que el terrícola estaba entre ellos seguían aún con vida, y ordenó que sus amazonas se apelotonaran alrededor del exánime prisionero.

Todo el pelotón echó a andar apresuradamente hacia la fortaleza. Mientras se retiraban, los soldados no dejaban de disparar contra la aeronave.

Las balas no podían hacer ningún daño al aparato ni al capitán Wantrous, protegido por los transparentes de “diamantina”. Pero su continuo rebotar contra los cristales de la cabina, irritó todavía más al astronauta.

Wantrous, al fin, se decidió por seguir al pelotón ladera arriba.

Casi a ras del suelo, el “Omega” echó tras los indígenas. A unos diez metros de distancia Wantrous encendió los proyectores delanteros. Los dos chorros de “luz sólida”, actuando como mangas de agua a enorme presión, cayeron sobre el pelotón que huía y lo dispersó como un montón de hojas.

La mayor parte de los indígenas rodaron por el prado. Y los que no fueron derribados por el doble chorro de “luz sólida”, tuvieron que arrojarse al suelo para eludir al aparato que pasó muy lentamente por encima de ellos.

Naturalmente, Wantrous no podía distinguir a la simple claridad de la luna quién de entre toda aquella gente era su almirante. Pero esperaba que, de seguir vivo y en conocimiento, Miguel Ángel aprovecharía la ocasión para librarse de la garra de sus captores y saltar dentro del “Omega” por la escotilla posterior, que seguía abierta.

Pero Miguel Ángel seguía sin sentido y ni siquiera se dio cuenta que el “Omega” estaba pasando por encima de Milvana, que se había echado a tierra junto a él.

Cuando el “Omega” hubo pasado sobre los indígenas, uno de éstos saltó ágilmente en pie y echando a correr detrás de la astronave, arrojó dentro de ésta, por la escotilla abierta un objeto cilíndrico que resultó ser una granada de mano.

Hizo explosión con terrible estrépito.

Wantrous, que ni esperaba ni vio entrar la granada, creyó que una bomba atómica estallaba detrás de su cabeza. El sillón en que iba sentado tenía un apoyo para la nuca, como los clásicos sillones de barbería. El respaldo de diamantina salvó la vida a Wantrous. Pero el apoyo de la nuca no alcanzaba a cubrir todo el cráneo del piloto.

Una esquirla de metralla hirió a Wantrous en la cabeza produciéndole un corte profundo en el cuero cabelludo.

Wantrous sintió que se desmayaba, temió que pudiera morir e hizo un esfuerzo para alcanzar el botón que provocaría la explosión instantánea de la aeronave.

Pero el botón estaba lejos, precisamente para que el piloto no lo confundiera con ningún otro. Wantrous no pudo alcanzarlo. En cambio empujó con la rodilla, sin darse cuenta, la palanca aceleradora de los proyectores de popa.

El “Omega” fue brusca y violentamente impulsado hacia adelante, remontó como un bólido la suave pendiente de la colina y pasó sobre la casa-fortaleza estando en un tris que no se estrellara contra uno de los recios torreones del edificio.

Luego se alejó ganando altura, con su piloto caído de bruces sobre el tablero de instrumentos.