CAPÍTULO PRIMERO

DESDE cincuenta millones de kilómetros, los grandes telescopios de los autoplanetas terrícolas permanecían fijos en el planeta Thorbod.

El primero y más intranquilizador de los enigmas estaba resuelto. Aquel planeta, que don Miguel Ángel Aznar creía reconocer como el mismo donde él habitó durante dos años en su primera visita al sistema solar de la Bestia Gris, poseía una atmósfera compuesta principalmente de oxígeno.

El análisis espectroscópico realizado por los astrónomos terrícolas señalaba también la presencia de clorofila, aquella materia maravillosa mediante la cual formaban las plantas su cuerpo vegetal.

Midiendo con aparatos muy sensibles la proporción de vapor de agua y la temperatura del planeta, los astrónomos habían llegado a la firme convicción de que aquel mundo era perfectamente habitable para el hijo de la Tierra.

Más aún; aquel planeta estaba habitado por criaturas que no debían diferir mucho en aspecto ni en naturaleza de la misma criatura terrestre.

Las cámaras fotográficas aplicadas a los gigantescos telescopios electrónicos, habían proporcionado clisés en donde, después de haber sido ampliados, se apreciaban pequeñas manchas borrosas que los expertos en interpretar esta clase de fotografías aseguraban eran ciudades muy grandes.

¿Ciudades habitadas?

La lógica más elemental así parecía indicarlo. Difícilmente se concebía un mundo en donde la vida era perfectamente posible y que tuviera grandes ciudades completamente desiertas.

¿Pero habitadas por quién?

He aquí el segundo de los enigmas que faltaba desentrañar.

Los autoplanetas “Santa Fe”, “Ascrea” y “Orión” acababan de realizar un viaje de 60 años a través del espacio desde la Tierra a los planetas thorbod. El propósito de sus 12 millones de tripulantes era establecerse en los planetas de la Bestia Gris —los cuales se suponían deshabitados— para fundar en ellos una segunda patria.

La primera sorpresa de los terrícolas fue comprobar que sólo uno de los planetas thorbod reunía las condiciones indispensables para que la vida pudiera prosperar en él.

—Sin embargo —aseguró don Miguel Ángel Aznar— había por lo menos cinco planetas que tenían una atmósfera rica en oxígeno y eran perfectamente habitables la última vez que estuve aquí.

Lo cual, no pudiendo dudarse de la palabra del señor Aznar, parecía indicar que algo que ocurrió en el lapso de tiempo transcurrido desde su última visita había afectado a los cuatro planetas restantes transformándolos en mundos desiertos e inhóspitos.

—Probablemente —dijo don José Luis Balmer— los nahumitas cumplieron su promesa de atacar a la Bestia en sus propios planetas. Y para aniquilarla, debieron torpedear estos planetas con “bombas Doble Uve” volatilizando completamente sus atmósferas.

Pero esta suposición, que parecía bastante acertada, no arrojaba ninguna luz sobre la identidad de los actuales habitantes del planeta thorbod.

El joven almirante Aznar, hijo de don Miguel Ángel, apuntó:

—Si los nahumitas vinieron y aniquilaron a la Bestia Gris, probablemente dejarían aquí un destacamento de sus fuerzas para asegurarse que el thorbod no reaparecería en el único planeta que quedaba en condiciones de ser habitado. Los actuales habitantes de este planeta podrían ser los descendientes de aquel destacamento, el cual se habría multiplicado enormemente en los cuatro mil años transcurridos desde que mi padre estuvo aquí por última vez.

Opinión que podía aceptarse sin más que hacer una pequeña observación.

Parecía imposible que los nahumitas fueran descuidados hasta el extremo de no tener siquiera una pequeña fuerza sideral patrullando el espacio contiguo a su planeta.

Los nahumitas, sin embargo, habían dado en el pasado algunas muestras de ser excesivamente confiados y despreocupados en lo que a la seguridad de sus planetas se refería. Y como la Bestia Gris jamás hubiera cometido un error de tanto peso, los terrícolas dieron por seguro que eran nahumitas, no los thorbod, quienes habitaban en el planeta objeto de sus pesquisas.

—De todas formas no podemos correr el riesgo de equivocarnos —observó don Miguel Ángel Aznar—. Yo creo que antes de acercarnos demasiado con nuestros autoplanetas debiéramos mandar exploradores que establecieran sin lugar a dudas la raza de esa gente.

—Yo mismo iré si ustedes me lo permiten —dijo Miguel Ángel.

Y como nadie que tuviera mayores derechos reclamó para sí una misión que no estaba exenta de riesgo, se delegó en el joven almirante la misión de llegar hasta el planeta thorbod y determinar personalmente la identidad de sus habitantes.

Los jefes de la expedición, por lo demás, sabían que confiaban la tarea en buenas manos. Aunque era “joven”, Miguel Ángel contaba a la sazón 80 años de edad. No era pues un chiquillo alocado e inexperto. Todo lo contrario; Miguel Ángel era de todos los presentes, a excepción de su propio padre, aquel que contaba con mayor experiencia en esta clase de misiones personales y arriesgadas.

En Miguel Ángel se juntaban la prudencia de sus años y sus experiencias anteriores con el entusiasmo y vigor de la juventud.

Porque entre esta Humanidad supercivilizada, cuyo período normal de vida oscilaba entre los 200 y los 300 años, un hombre que tuviera 80 años no sólo se consideraba joven; lo era en realidad.

Miguel Ángel Aznar, a los 80 años, era el mismo muchacho rubio, esbelto, de pupilas azules a la vez maliciosas y candorosas de 60 años atrás. Ningún signo exterior acusaba su verdadera edad. Y él no era el único de entre los doce millones de exilados que podía presumir de un cutis terso y una activa vitalidad después de haber vivido 80 años.

Otros hombres y mujeres que contaban entre ciento y ciento cincuenta años de edad, se encontraban en las mismas condiciones de lo que pudiera llamarse “juventud estacionaria”, a pesar de doblarle en años. El mismo don Miguel Ángel Aznar, con ser dos veces centenario, sólo acusaba con algunas canas y arrugas el deterioro inevitable de sus largos años de vida.

Y todo era posible gracias a un régimen alimenticio escrupulosamente científico y la acción vitalizadora de ciertas hormonas sintéticas incluidas en los alimentos.

A los 80 años, el almirante Miguel Ángel Aznar era capaz de hacer positivamente todo lo que hiciera un muchacho de 20, estando en condiciones de sentir su mismo entusiasmo por todo cuanto significara riesgo y aventura, y mucho más maduro para gozarlo en toda su intensidad.

Así que, aun a riesgo de llevarse una tremenda desilusión, Miguel Ángel hizo los preparativos para realizar aquella misión con el mismo entusiasmo que hubiera empleado al encaminarse hacia un mundo misterioso y desconocido.

Lo primero que hizo, fue escoger un compañero para que tripulara con él la pequeña aeronave que había decidido utilizar con preferencia a un crucero sideral, por considerar que un buque sería tanto más fácil de ser descubierto cuanto mayor fuera su tamaño.

La designación recayó sobre Abel Wantrous, capitán de navío que unía a su larga experiencia como piloto sideral, el sereno juicio de sus 65 años y cierto amargo poso producido por una ambición de llegar a vicealmirante, que no tuvo ocasión de realizar.

Miguel Ángel hizo llamar al capitán y le dijo:

—Wantrous, prepárese usted porque vamos a salir de jira campestre. Propiamente se trata de ir hasta ese planeta que parece habitado y averiguar qué gentes habitan en él.

—¡Dios mío! ¿Lo dice en serio? —exclamó Wantrous. Y luego que Miguel Ángel afirmó, añadió—: ¡Ya tenía ganas de respirar aire puro! Pero dígame, Almirante. ¿Es seguro que en ese planeta que vamos a explorar, hay árboles y plantas?

—¡Oh, seguro! —exclamó Miguel Ángel riendo—. Y también bosques, ríos, montañas, océanos y un cielo azul surcado de hermosas nubes.

—No puedo creerlo… no puedo creerlo —murmuró Wantrous. Y exclamó vehementemente—: ¡Sesenta años encerrado entre los férreos pisos, las paredes y los techos de esta maloliente caja de metal! ¿Sabe lo que voy a hacer en cuanto pise tierra firme, Almirante? ¡Comérmela a puñados!

Expresión esta, que sintetizaba el más ferviente deseo de los doce millones de almas que tripulaban los autoplanetas.

Un par de horas más tarde, el joven almirante Aznar y el capitán Wantrous, se embutían en sus armaduras de “diamantina”.

Estas armaduras, de un cristal azul tan duro como el diamante, venían a ser como el equipo obligado de todos aquellos que, al embarcarse en una aeronave sideral, temían ser objeto de algún ataque, o de los que por circunstancias especiales, habían de participar en misiones que entrañaran un riesgo personal, cual era el caso de los astronautas de la Armada Sideral y de las Fuerzas de Comandos.

Las armaduras, auténticas corazas impenetrables a las balas, constituían un caparazón hermético lo mismo contra los agentes exteriores que contra la carencia total de aire. En ellas iba contenida una buena provisión de oxígeno, estando equipadas también con calefacción interior y aparato emisor-receptor de radio.

Añadiéndole un “back”, estas armaduras se convertían en el sueño dorado de toda fuerza de comandos.

El “back” era como una mochila de un material llamado “dedona”, que tenía la propiedad de crear un enérgico campo magnético al ser inducido eléctricamente. La fuerza de gravedad terrestre quedaba anulada y un pequeño impulso ascensional bastaba para elevar como una pluma al hombre que iba equipado con este aparato.

No se necesitaba más que otro impulso ligeramente mayor para arrastrar al hombre-pájaro en sentido horizontal.

Los “back” que Miguel Ángel y el capitán Wantrous adosaron a la espalda de sus armaduras, eran del último modelo especial, propulsados por un rayo de “luz sólida”.

También era de nuevo modelo la pequeña aeronave que se proponían utilizar. Ésta no medía más de seis metros de longitud por tres metros y medio de envergadura. Tenía la curiosa forma de una herradura y se la conocía con el nombre de “Omega”, por su gran parecido con esta letra del antiguo alfabeto griego.

La “herradura” formaba a modo de un ala estrecha y gruesa alrededor de un cuerpo central que era la cabina; ovalada por arriba y casi completamente plana por debajo.

A la cabina se llegaba por una pequeña escotilla situada en la parte posterior, entre los dos extremos de la herradura donde estaban las toberas. Por esta escotilla entraron los dos astronautas, ya completamente equipados con sus armaduras y escafandras, así como de sus respectivos “backs”.

También llevaban una cámara cinematográfica.

Y pistolas, por lo que pudiera pasar.

Los dos hombres ocuparon sus respectivos asientos haciéndolo el capitán Wantrous ante los mandos. El aparato se elevó un metro sobre el suelo. Dos rayos de luz amarilla y brillante salieron de sus toberas y el “Omega”, empujado hacia adelante por reacción entró lentamente en la esclusa estanca.

Una sólida compuerta se cerró a espaldas de los astronautas.

—Bueno, Wantrous —murmuró Miguel Ángel—. Empieza la aventura.

Otra compuerta se abrió en el extremo opuesto del largo y enorme tubo. El aire que estaba contenido a presión dentro de la esclusa lanzó al “Omega” al espacio como un torpedo.

Los dos hombres se vieron de súbito en el negro vacío interestelar, alejándose lentamente del férreo costado del autoplaneta. A su alrededor brillaban a la vez el sol y todas las estrellas.

Era la primera vez que salían al espacio después de 60 años y ambos sintieron una profunda y maravillosa sensación de libertad.

Podían volar en cualquier dirección a través del inconmensurable vacío interestelar y lanzar su mirada hasta las incognoscibles profundidades del Universo misterioso, solemne y eterno. Pero en realidad sólo deseaban alcanzar aquel diminuto punto del espacio que era el planeta, y hacia él enderezaron el rumbo.

El capitán Wantrous movió la palanca aceleradora. Dos chorros de “luz sólida” salieron de las toberas de popa que remataban los extremos de la “herradura” e impulsaron la máquina hacia delante.

Se experimentó a bordo el fuerte tirón de las fuerzas gravitatorias que oprimían las espaldas de los tripulantes contra el respaldo de los asientos.

El “Omega” emprendía la travesía del espacio hasta el lejano planeta aumentando su velocidad en diez metros por segundo, equivalente a un “G” o fuerza de gravedad, que era exactamente de 9‘81 metros.

Al cabo de una hora llevaba un impulso de treinta y seis mil metros por segundo; o sea, una velocidad de ciento veintinueve mil seiscientos kilómetros por hora.

Y seguía acelerando, segundo tras segundo.

Cuatro horas más tarde volaba a razón de seiscientos cuarenta y ocho mil kilómetros por hora.

A las diez horas de haber abandonado su base del autoplaneta, el “Omega” tripulado por Miguel Ángel y el capitán Wantrous, surcaba el espacio como un meteoro con una velocidad de un millón doscientos noventa y seis mil kilómetros por hora, habiendo recorrido hasta entonces seis millones cuatrocientos ochenta mil kilómetros.

Después de veinte horas de vuelo la velocidad del aparato era del orden de dos millones quinientos noventa y dos mil kilómetros por hora y llevaba recorridos veinticinco millones setecientos veinte mil kilómetros, encontrándose por lo tanto a mitad camino entre su punto de partida y el planeta thorbod.

En este punto había de comenzar la operación de frenado, so pena de irrumpir en la atmósfera del planeta como un bólido y que el aparato entero se volatilizara al violento frote con el aire.

El capitán Wantrous empujó a cero la palanca aceleradora y “encendió” los proyectores de “luz sólida” de proa.

Al comenzar el frenado los tripulantes experimentaron un suave y enérgico empuje hacia adelante. Miguel Ángel Aznar, que se había quedado dormido en su sillón extensible, despertó en este momento mirando a su alrededor con alarma.

—¿Qué ocurre?

—Nada, almirante. Hemos recorrido veinticinco millones de kilómetros y nos encontramos a mitad camino. Empezamos a frenar.

Miguel Ángel miró a través de los transparentes de la cabina hacia el planeta thorbod que brillaba en las negras profundidades del espacio con el diámetro de una naranja. Luego examinó la pantalla del radar.

—¿Ningún aparato avistado?

—Claro que no, señor. Ninguno. De lo contrario le hubiera avisado.

—¡Qué cosa tan extraña! —murmuró Miguel Ángel. Y después de hacer algunos nuevos comentarios sobre lo extraordinario que resultaba no encontrarse con ninguna patrulla de vigilancia añadió—: Déme a mí los mandos y recuéstese usted un rato, Wantrous. Estará cansado.

El capitán cambió de asiento con el almirante y se recostó para echar un sueño de cuatro horas.

Comieron, bebieron, charlaron y hasta jugaron un par de partidas de ajedrez sobre un diminuto tablero. El piloto automático mantenía el aparato en su rumbo.

No avistaron un sólo aparato de vigilancia en todo el viaje. Las últimas horas parecieron hacerse más largas, porque la velocidad del “Omega” era menor segundo tras segundo; precisamente más reducida cuanto más se aproximaba al planeta thorbod.

Del planeta eran ya perfectamente visibles los contornos de los continentes. El momento de mayor emoción fue aquel en que la aeronave descendió sobre el hemisferio del planeta iluminado por el sol.

Los tripulantes habían vuelto a ponerse las escafandras y Miguel Ángel empuñaba la cámara cinematográfica dispuesto a filmar cualquier cosa que apareciera ante sus emocionados ojos.

A cien kilómetros de altura sobre la superficie del planeta el capitán Wantrous enderezó la proa del aparato y apuntó oportunamente:

—¿Por qué no probamos de nuevo con el aparato de radio? Quizá tengamos más suerte ahora que estamos prácticamente dentro de la atmósfera del planeta.

El aparato de radio, en realidad, seguía encendido y mudo. Todos los esfuerzos anteriores por captar alguna llamada habían resultado infructuosos. Pero Miguel Ángel probó de nuevo con todas las ondas conocidas.

Al cabo de un rato de estar moviendo el dial surgió del tornavoz el característico pitido de una estación de T.S.H. transmitiendo en algo que parecía alfabeto Morse.

—¡Hola! —exclamó Miguel Ángel requiriendo papel y lápiz.

Y comenzó a trazar rápidamente una línea de letras sobre el papel.

Escribió dos líneas más y se detuvo con el ceño fruncido. Los caracteres por él escritos carecían de significado. Las letras formaban grupos caprichosos pero no correspondían a idioma alguno de los conocidos por el joven almirante.

Y Miguel Ángel hablaba y escribía correctamente el español, el inglés, el nahumita y el intrincado idioma thorbod.

—Quizá estén transmitiendo en clave —apuntó Wantrous.

—Bueno, no importa. Al menos sabemos una cosa. Los habitantes de este planeta conocen la telegrafía sin hilos. Siga descendiendo.

El “Omega” había estado descendiendo todo el rato y se encontraba en estos momentos a sesenta mil metros de altura. Siguió descendiendo. La resistencia del aire era cada vez mayor y la velocidad del aparato apenas si llegaba a los mil kilómetros por hora.

Un extenso campo de nubes ocultaba la faz de la tierra. A veinte mil metros aproximadamente las nubes se desgarraron y los astronautas vieron bajo sus pies una inmensa mancha parda; la tierra.

—¡Descienda, descienda! —apremió Miguel Ángel lleno de ansiedad.

Wantrous, cuyo rostro aparecía rojo de excitación tras el frente de cristal de la escafandra, empujó una palanca.

El aparato descendió vertiginosamente. La tierra subía rápidamente al encuentro de los viajeros. Surgía el relieve de las montanas, las hondonadas los ríos y los bosques.

Miguel Ángel dejó que rodara el fino hilo de acero que dentro de la cámara cinematográfica se iba impresionando de las imágenes que desfilaban ante el objetivo.

Mientras tanto la aeronave seguía descendiendo y avanzando. A tres mil metros de altura rebasó una cordillera de montañas y sobrevoló un ancho valle cuyas suaves laderas estaban cubiertas de espeso bosque.

Un río se deslizaba por el fondo de la hondonada. El bosque se interrumpía cediendo paso a campos de cultivo. Allí vieron las primeras casas. Al parecer se trataba de granjas.

—¡Ahí hay gente! —exclamó Miguel Ángel—. Pero están demasiado lejos… no puedo verles con claridad. Descienda más, Wantrous.

Wantrous aquilató con mirada experta la distancia que mediaba entre el aparato y las montañas que cerraban el valle por el lado opuesto. De pronto vio algo que hizo dilatar sus pupilas de asombro.

—Mire allá, almirante. ¡Una vía férrea!

Miguel Ángel, que estaba filmando por el lado de estribor a las granjas que quedaban atrás, se enderezó con la cámara apercibida. Detrás del cristal de la escafandra sus ojos relampagueaban.

—¡Vire a babor, Wantrous! ¡Vamos a seguir esa vía!

El “Omega” viró bruscamente. El “derrape” le llevó justamente encima de la vía férrea, que estaba al otro lado del río y un poco alta. Se trataba de un ferrocarril clásico de dos carriles sobre traviesas, y no faltaba incluso su línea telegráfica tendida de poste a poste sobre aisladores de cristal.

—¡Qué cosa más absurda! —murmuró Wantrous haciendo descender la máquina a unos quinientos metros de altura sobre la vía. Y luego señaló una columna de humo que parecía venir rápidamente a su encuentro.

El “Omega” volaba valle abajo a casi mil kilómetros por hora. Así que fue cuestión de breves minutos divisar la máquina que venía por la vía férrea lanzando torrentes de humo tirando de una fila de vagones que eran auténticas piezas de museo.

Los vagones, sin embargo, no eran tan interesantes como la misma locomotora que tiraba de ellos. Era una antiquísima y auténtica máquina de vapor.

La aeronave y el tren se cruzaron como un relámpago, pero los astronautas tuvieron tiempo de fijarse en los detalles más esenciales.

—¡Madre mía! —exclamó Wantrous pegando un brinco—. ¡Esa máquina tiene más años que Matusalén!

—¡Dé la vuelta y eche detrás! —gritó Miguel Ángel en el paroxismo de su entusiasmo—. Vamos a sacar unos metros de película.

—¿Estarán celebrando un festival con desfile de vehículos antediluvianos? —preguntó el capitán mientras hacía virar bruscamente el “Omega”.

La violencia del viraje impidió hablar a Miguel Ángel. Pero cuando cesó la fuerza “G” y el aparato volaba ya en persecución del tren dijo:

—O mucho me equivoco o estamos frente a algo todavía más increíble. Wantrous, ese tren podrá ser una antigualla para nosotros, pero para los habitantes de este planeta, es seguramente el más moderno medio de locomoción.

—¡No diga tonterías, eso es imposible! —exclamó Wantrous en flagrante desconsideración al rango de su compañero. Y sin darse cuenta de ello, porque estaba muy excitado, señaló al tren que avanzaba a paso de tortuga frente a ellos—: ¡Mírelo, ahí va! Y lleva detrás…

Lo que el arcaico tren llevaba atrás era un furgón blindado con un cañón antiaéreo y un par de ametralladoras.

Una nubecilla de humo salió de la boca del cañón y el pequeño aparato en forma de herradura dio un brusco salto al encajar de lleno en la proa la granada antiaérea.