CAPÍTULO III
EL “Omega” dejó atrás la alta meseta esteparia, sobrevoló una cordillera y se asomó a una extensa llanura cruzada por un río muy caudaloso, junto al cual había una ciudad.
—¿Cómo se llama esa ciudad? —preguntó el almirante a su prisionera.
La joven plegó los labios en un mohín enérgico, que denotaba su firme voluntad de no contestar a ninguna pregunta que pudiera servir de información a sus enemigos.
—Bueno, no importa —murmuró Miguel Ángel—. Descienda sobre ella, Wantrous. Vamos a fotografiarla.
El “Omega” viró suavemente a babor y descendió sobre la ciudad describiendo espirales.
Cuando se encontraban a 5.000 metros de altura los cañones antiaéreos de la ciudad rompieron a disparar todos a la vez, llenando el cielo de negras nubecillas de humo.
Miguel Ángel miró al rostro de su prisionera, el cual expresaba gran ansiedad.
—¡Oh, no se preocupe! —exclamó riendo—. El casco de nuestra aeronave está hecho de un metal que no pueden agujerear esas granadas.
—Eso lo veremos —contestó la aviadora.
Y por el acento de sus palabras Miguel Ángel comprendió que ella no temía por su vida, sino que esperaba con gran ansiedad que los cañones consiguieran echarles abajo.
Ella no tuvo que esperar mucho para convencerse de la invulnerabilidad del aparato en que viajaba.
Cuando el “Omega” había descendido a 3.000 metros, una de las granadas le acertó de lleno en la quilla. El aparato dio un salto hacia arriba y se bamboleó. El ruido fue espantoso, pero el “Omega” siguió volando con toda normalidad entre las granadas.
Las esquirlas de metralla resonaban como una pedrea en su casco metálico, pero en ninguna ocasión lo agujerearon.
—Ya lo ha visto usted —dijo Miguel Ángel—. Sus artilleros podrían ahorrarse el trabajo de disparar contra nosotros. No sé por qué lo hacen. Nosotros no les hemos atacado.
—Esta vez no esperaremos a que nos ataquen. Atioquita ha cambiado algo desde la última vez que ustedes estuvieron aquí. Quizá nos destruyan, pero no nos cogerán esclavos.
—¿Se llama Atioquita su país?
—Atioquita es todo este mundo; el planeta donde habitamos. No sé cómo lo llamarán ustedes.
—Mi padre cree que este planeta es el mismo que él visitó hace cuatro mil años y bautizó con el nombre de “Exilo”. Entonces estaba habitado por un pueblo de hermosas y valientes amazonas que atravesaban una Era semejante a nuestra Edad de Bronce y vivían en las montañas como trogloditas. Si usted es una descendiente de aquellas amazonas, por fuerza habremos de reconocer que Exilo o Atioquita como le llaman ustedes, ha cambiado bastante en los últimos milenios. Por cierto, que en aquella ocasión mi padre ni los suyos no se llevaron de aquí ningún esclavo.
—Los Girkas han cogido esclavos todas las veces que estuvieron en Atioquita. Y no hace mil años que estuvieron aquí por última vez, sino solamente veinticinco —repuso la muchacha secamente.
—Entonces es que nosotros no somos los Girkas —dijo Miguel Ángel.
—¡Oh, claro que lo son! Nuestros telescopios han visto sus grandes aeronaves interplanetarias rondando Atioquita desde hace varios días. Vienen por otros millones de esclavos. Como la última vez. Como todas las veces anteriores, desde hace miles de años.
Miguel Ángel contempló a la muchacha con el ceño fruncido. Mil sospechas inquietantes acudían a su imaginación. ¿Estaría todavía la Bestia Gris en alguno de los planetas próximos? ¿Serían los hombres grises aquellos que los atioqueños conocían por “girkas”?
Wantrous llamó la atención del almirante acerca de la conveniencia de alejarse de la ciudad antes que un cañonazo a bocajarro les acertara como había ocurrido cuando volaban en persecución del tren.
El “Omega” volaba a muy baja altura sobre la ciudad, seguido de una granizada de balas de ametralladoras apostadas en las azoteas de los edificios y en reductos fortificados de las afueras de la población.
Miguel Ángel puso en acción su cámara cinematográfica. Descubrió que por todas las calles que desembocaban en el campo, salía apresuradamente de la ciudad una muchedumbre fugitiva de gentes cargadas con fardos de ropa, con niños, con trebejos de cocina y todo aquello que constituía el ajuar elemental de una familia.
Todas las carreteras que salían al campo estaban invadidas de una apretujada fila de carros de todos tipos y tamaños que, tirados por bestias parecidas a caballos, huían también hacia la montaña seguidos y rodeados de gentes de a pie y de animales domésticos de características semejantes a los búfalos que Miguel Ángel vio en la meseta.
En una estación de ferrocarril sobre la que voló el “Omega” entre descargas de ametralladora se veía un tren colmado de viajeros a punto de salir.
Por las calles de la ciudad corrían alocadamente las gentes y los carruajes. Pero entre estos últimos, detalle curioso, no se veía un solo automóvil. Todo eran vehículos tirados por caballerías.
El “Omega”, al dar la vuelta, pasó sobre el río y los barcos atracados a los muelles.
La ciudad debía ser muy importante como puerto fluvial. Amarrados a los muelles, se veían algunos barcos de hasta 2.000 toneladas. Eran vapores de casco metálico y alta chimenea coronada de negros humos, como los que habían existido en la Tierra a principios del siglo XX.
Como metrópoli sin embargo, la ciudad parecía andar muy atrasada con respecto a los adelantos técnicos del país. Los edificios, bajos y ruinosos, se amontonaban desordenadamente dejando apenas espacio a las calles estrechas, tortuosas y deficientemente empedradas.
El “Omega” dio dos vueltas a la ciudad seguido de una nube de proyectiles hasta que Miguel Ángel ordenó:
—Vámonos, Wantrous.
—¿Para dónde?
—Hacia el oeste. Daremos un salto de cinco o seis mil kilómetros para ver si en otra parte del mundo están las cosas como aquí.
Wantrous “encendió” los proyectores de la quilla. El aparato, cabalgando sobre dos rígidos rayos de “luz sólida”, se elevó como un cohete hacia la estratosfera.
La prisionera acercó su pálido rostro al transparente de la cabina para contemplar con pupilas agrandadas por el asombro cómo la Tierra se hundía bajo sus pies y se iba confundiendo los relieves del paisaje en una sola, dilatada y borrosa mancha parda.
El cielo, a medida que ganaban altura, se iba volviendo negro.
De pronto, ante la sorpresa de la prisionera, todo el cristal de la cabina empezó a oscurecerse.
—Polarizamos el cristal —le dijo Miguel Ángel—. Los rayos cósmicos son muy perjudiciales fuera de la atmósfera del planeta.
—¿Qué son “rayos cósmicos”? —preguntó la muchacha.
Miguel Ángel trató de explicárselo. Ella no comprendió nada o comprendió muy poco, pero Miguel Ángel pudo sacar al menos una deducción; la muchacha tenía una cultura muy superficial y rudimentaria.
—¿Hace mucho que descubrieron ustedes el motor de reacción? —preguntó el terrícola.
—Hace unos diez años. Pero los primeros aeroplanos no consiguieron elevarse. Hemos tenido que hacer muchos ensayos y pasar por otros tantos fracasos antes de conseguir lo que buscábamos —contestó la joven.
Después de lo cual, considerando sin duda que estaba proporcionando información al enemigo, se encerró en obstinado silencio negándose a contestar a nuevas preguntas.
Mientras tanto la aeronave había dado un prodigioso salto de más de 5.000 kilómetros a través de un océano y descendía sobre un nuevo continente. El sol quedaba ahora a espaldas de los viajeros.
El nuevo continente sobre el cual volaron estaba cubierto de extensas y exuberantes selvas vírgenes, cruzado de ríos muy caudalosos y de imponentes cordilleras. Las ciudades, allí, parecían ser muy escasas. En cambio, las que encontraron, eran muy grandes y sorprendían por el recto trazado de sus calles, en contraste con la angostura de la ciudad que habían visto al otro lado del océano.
Las ciudades de este país eran relativamente modernas, de edificios grandes y sólidos, si bien sobrios y sencillos en su arquitectura. Algunas de las más populosas tenían un tosco tranvía eléctrico que recorría dando tumbos las calles llenas de barro o de polvo.
En todas ellas, la aparición de la aeronave fue acogida con grandes extremos de temor y de alarma. Las gentes corrían como alocadas por las calles y abandonaban apresuradamente la ciudad para perderse en el campo. Los cañones antiaéreos vomitaron fuego y metralla contra el “Omega”.
Una escuadrilla de reactores despegó de un aeródromo y se remontó como una bandada de palomas para lanzarse en persecución del aparato intruso.
Los aeroplanos eran en líneas generales parecidos a los que unas horas atrás sucumbieron bajo los rayos de “luz sólida” de las pistolas de los terrícolas. Tan lentos y tan torpes de maniobra eran que el capitán Wantrous no tuvo que esforzarse siquiera en aumentar la velocidad de su “herradura volante”.
—Ya tenemos bastante película —dijo Miguel Ángel Aznar—. Vamos a remontarnos para informar a la base.
El “Omega” volvió a atravesar como una centella las capas de la atmósfera. A 800 kilómetros de altura se detuvo. El almirante lanzó la contraseña por radio y esperó.
Como los autoplanetas se encontraban a unos 50 millones de kilómetros de distancia hubo que esperar un minuto hasta recibir la contestación: “Autoplaneta “Santa Fe” a la escucha. Comuniquen”.
Miguel Ángel informó de cuanto les había ocurrido así como de todo lo que llevaban visto, y añadió:
—No hemos encontrado rastro de la Bestia Gris, ni tampoco indicios del paso de los nahumitas por este planeta. Los nahumitas, si estuvieron aquí para exterminar a los hombres grises, debieron marcharse sin dejar atrás destacamento alguno. Los nativos hablan un idioma thorbod muy corrompido, lo cual demuestra que estuvieron en contacto con la Bestia en alguna remota edad. He pensado si podrían ser los mismos indígenas que vivían en “Exilo” cuando los desterrados de “Valera” fueron abandonados en estos planetas. De cualquier forma, el atraso de estas gentes es evidente. Apenas hace unos años que empezaron a desarrollar su industria, y ésta parece haber recibido un impulso especial en lo que se refiere a los armamentos. La razón de esta deferencia debe estar relacionada con el temor que sienten hacia los “girkas”. Ellos creen que nosotros somos los “girkas”. Los “girkas”, por lo poco que hemos podido saber de nuestra prisionera, han venido por aquí otras veces para coger prisioneros destinados a ser esclavos. Si esto resultara cierto tendríamos que admitir la existencia de la Bestia en alguno de estos planetas que creemos desiertos… a menos que fueran los nahumitas quienes vienen de vez en cuando para coger esclavos. Esto parece absurdo, desde luego… ¡Esperen un momento! Acaba de ocurrírseme una idea.
Miguel Ángel abandonó el micrófono y volviéndose hacia la prisionera le preguntó:
—¿Ha visto usted alguna vez a los “girkas”?
—No. Yo aún no había nacido la última vez que estuvieron en Atioquita.
—Pero otros los verían ¿Cómo eran?
—Demasiado lo sabe usted.
El almirante requirió un bloc de notas y con un lápiz dibujó en cuatro rasgos la cara de un thorbod.
—¿Conoce usted a esta criatura? —preguntó.
La joven retrocedió espantada ante el papel que el terrícola le ponía ante los ojos.
—¡El thorbod!
—¿No es un “girka”?
—No, es un thorbod. Ellos habitaron en este mundo hace quizá un millón de años. Hemos encontrado restos de su civilización en algunas excavaciones muy recientes… restos de objetos y algunos bajorrelieves antiquísimos en los que aparecen representados los thorbod. ¡Eran una raza de seres horribles!
—Así, los “girkas”… ¿tienen un aspecto completamente humano?
—Le estoy mirando a usted, y no me parece una persona distinta a cualquiera de nosotros —contestó la joven concisamente.
—¿Están ustedes completamente seguros de que los “girkas” no proceden de algún punto inexplorado de este mismo planeta?
Las grises pupilas de la aviadora chispearon maliciosamente.
—¿Por qué me lo pregunta? Usted debe saberlo. ¿Acaso no es un girka?
—¡NO! —chilló el almirante incomodándose—. ¿Se cree que perdería el tiempo haciéndole preguntas tontas si lo fuera?
—Usted quiere engañarme.
—¡Váyase al cuerno! —gruñó el terrícola.
Y volviendo a empuñar el micrófono terminó su informe diciendo:
—Aló, “Santa Fe”. Aquí el Almirante Aznar reanudando su informe. La prisionera distingue perfectamente entre los thorbod y los “girkas”. Estos últimos deben ser personas como nosotros… gentes de otro mundo, según todas las apariencias. Puesto que los atioqueños vigilan el espacio con sus telescopios, cabe de ellos la seguridad de que son gentes que vienen tripulando máquinas interplanetarias. No veo ninguna razón para que no empecemos a desembarcar mañana mismo en este mundo. Claro que los atioqueños nos tomarían por estos dichosos “girkas” y ofrecerían una resistencia terrible. Parecen dispuestos a dejarse matar antes que rendirse a los “girkas”. En fin; aquí quedamos a la espera de sus órdenes. Ha transmitido Miguel Ángel Aznar. Corto.
Llegó la respuesta:
—Aló, Almirante. Aquí autoplaneta “Santa Fe”. Recibido su mensaje. Procedemos a pasarlo al Consejo. Permanezca a la escucha. Corto.
Los astronautas decidieron entretener la espera comiendo. Como además era muy remota la posibilidad que fueran atacados por atioqueños, thorbod ni “girkas” en aquellas alturas, optaron también por ponerse cómodos desembarazándose de las armaduras que llevaban puestas 48 horas seguidas.
Ya a sus anchas, y de buen humor por cierto, Miguel Ángel brindó algunas tabletas de alimentos concentrados a la prisionera.
Ella se negó a comer. No debía inspirarle mucha confianza aquellas pastillas de aspecto tan poco atrayente.
—No sabe lo que se pierde usted —le dijo Miguel Ángel—. Si comiera de estas píldoras todos los días se mantendría tan joven y tan bonita como es ahora por espacio de más de cien años. Véame a mí. ¿Represento setenta años?
—No.
—¿Cuántos cree que tengo?
—Unos doce o trece.
—¡Oiga! —chilló Miguel Ángel—. ¿Me está tomando el pelo?
Wantrous se echó a reír a carcajadas. La prisionera, en cambio seguía mirándole con la mayor seriedad.
—Bueno, bueno —refunfuñó el almirante incomodado—. No hay para tanto, capitán. No hay para tanto.
—¡Pero hombre! —exclamó Wantrous—. No sabe de qué me río. Usted no representa en realidad más que doce o trece años… de Atioquita ¿No oyó decir que este planeta tiene una revolución sideral doble larga que nuestra Tierra, y que cada año de aquí son dos de los nuestros?
Esto era verdad, pero Miguel Ángel lo había olvidado.
—Perdone —se disculpó ante la prisionera—. No tuve en cuenta que sus años son doblemente largos que los nuestros. Bueno, pues sí. Represento doce o trece, según su cuenta. Pero en realidad tengo… treinta y cinco. Que son justo setenta años de los nuestros. Esa es mi verdadera edad.
La muchacha sonrió por primera vez desde que cayera prisionera de los terrestres. No podía creer una mentira tan grande, de manera que Miguel Ángel tuvo que extenderse en una serie de explicaciones que les llevaron muy lejos por el intrincado camino de la regeneración de las células, el metabolismo y otras zarandajas por el estilo.
Ella no dio muestras de haber comprendido gran cosa. Pero al fin se comportó como mujer, pidiendo algunas de aquellas píldoras mágicas.
Del tornavoz del aparato de radio brotaron los pitidos de la contraseña de la emisora del “Santa Fe”.
—Aló, Aznar. Transmite “Santa Fe”. Vamos a retirarnos otros cincuenta millones de kilómetros en dirección al sol. Acabamos de detectar una flota de autoplanetas desconocidos en ruta hacia Atioquita. Por la misma causa deben regresar ustedes inmediatamente a la Base.
El capitán Wantrous dejó escapar un largo silbido de asombro.
—¡Hombre, esto era lo que nos faltaba! —exclamó—. ¿Cómo diablos vamos a dar una carrera de cien millones de kilómetros con este cacharro averiado?
Miguel Ángel empuñó el micrófono para preguntar a qué distancia se encontraban los autoplanetas desconocidos.
—“A unos diez millones de kilómetros de Atioquita” fue la respuesta del autoplaneta.
Miguel Ángel explicó lo que ocurría. No podían emprender el regreso a la base sin antes reparar la avería en el sistema de dirección del aparato.
En el vacío interestelar, donde no existía el aire, las astronaves tenían que dirigirse por medio de suaves impulsos laterales de gases o, como en el caso del “Omega”, de rayos de “luz sólida”. Ahora bien; por la misma carencia de aire, cualquier impulso que desviara a la astronave se conservaría indefinidamente hasta que un nuevo impulso contrario contrarrestara la fuerza del anterior. Pero a menos que hubiera una compensación de impulsos laterales el aparato no podría ser dirigido jamás en línea recta.
A lo sumo podría encaminarse hacia cualquier punto del espacio haciendo zig-zags. Pero una astronave que hiciera “eses” en su camino tendría que llevar forzosamente una velocidad muy pequeña.
Sería cuestión de semanas alcanzar a los autoplanetas que se retiraban en dirección al sol.
Esto fue comprendido inmediatamente a bordo del autoplaneta “Santa Fe”, donde hasta los niños tenían nociones de astronáutica y mecánica clásica.
El señor Aznar, padre de Miguel Ángel, se puso personalmente al aparato para advertir a su hijo que disponía de muy poco tiempo para reparar la avería y escapar antes que llegaran las aeronaves que seguramente destacarían los autoplanetas forasteros.
Miguel Ángel contestó que puesto que tendrían que destacar exploradores más tarde para ver lo que hacían los forasteros, era un absurdo hablar de escapar desperdiciando tan magnífica ocasión de permanecer en Atioquita y presenciar los acontecimientos desde primera fila.
Miguel Ángel decidió quedarse.
—Ten mucho cuidado, hijo mío —suplicó el viejo aventurero.
El joven prometió hacerlo, por la cuenta que le tenía, y se despidió de su padre dando fin a la comunicación.
El capitán Wantrous dijo:
—Bien, ya estamos metidos en harina. ¿Y ahora, qué?
—Hemos de aterrizar y tratar de reparar esa maldita avería. Luego nos esconderemos en una arruga del terreno a esperar a ver qué pasa.
—¿Cree que esos forasteros puedan ser los “girkas”?
—Sí, eso es lo que creo. Vamos para abajo.
Wantrous empuñó los mandos.
—Un momento, vuélvase hacia aquí —dijo a sus espaldas la prisionera.
Los astronautas se volvieron. La muchacha estaba apuntándoles con la pistola eléctrica de Miguel Ángel, la cual debía haber sacado de la funda que pendía del respaldo del asiento mientras el almirante estaba entretenido con la radio.
—Dispararé contra ustedes si no siguen al pie de la letra todas mis instrucciones —prometió la joven. Y en sus grises pupilas se leía la firme determinación de apretar el gatillo tal y como aseguraba.
—¡Oh, miren la mosquita muerta! —exclamó Wantrous guiñando un ojo a Miguel Ángel—. Estaba conspirando a nuestras espaldas.
Miguel Ángel sonrió. La amenaza de la prisionera no había acelerado ni en una centésima de segundo los latidos de su corazón, Porque la pistola, tal y como la empuñaba la muchacha era totalmente inofensiva.
Para que un proyector de “luz sólida” pudiera funcionar tenía que estar conectado a una fuente de energía eléctrica. Cuando Miguel Ángel vestía su armadura de cristal, la pila atómica del “back” proporcionaba esta energía y por un hilo fino, introducido en el mismo material de la armadura, la hacía llegar hasta un círculo de metal de la palma del guantelete de cristal.
Al empuñar la pistola, cuya culata era metálica, quedaba establecido un contacto y el arma se encontraba automáticamente en condiciones de disparar. A falta de este contacto, la pistola tenía que empalmarse a una línea eléctrica.
Pero tal y como la empuñaba la muchacha la pistola no podía lanzar ni uno sólo de sus mortíferos rayos.
Sin embargo, por seguir la broma que Wantrous había iniciado, Miguel Ángel exclamó:
—¡Eh, cuidado con ese chisme, pequeña! ¿Sabe lo que ocurriría si se disparara?
—No me importa lo que ocurra —contestó la muchacha—. Dispararé, pase lo que pase, si alguno de ustedes se acerca o ejecutan alguna treta para librarse de mí.
—Pobre chica —murmuró Wantrous en español—. Casi va a saberme mal tener que desengañarla. ¡Oh, mírela… mírela como centellean sus ojos!
—Se siente dueña de la situación —dijo Miguel Ángel, también en español—. Apuesto a que ahora contesta a todas nuestras preguntas.
—Dejen de hablar en ese horrible idioma —dijo la muchacha—. No entiendo lo que dicen.
—Yo le decía a mi compañero: “¡estamos perdidos!” porque en sus ojos leo la irrevocable decisión de matarnos —dijo Miguel Ángel en idioma thorbod.
La joven se humedeció los gordezuelos labios con el extremo de la lengua.
—Quizá les perdone la vida, si me conducen ahora mismo a mi país —aseguró.
—Nos costaría mucho trabajo volver allá con una avería en el sistema de dirección —apuntó Wantrous con toda seriedad—. Además; ¿para qué diablos vamos a esforzarnos en complacerla, si luego nos matará de todos modos? También nosotros sabemos morir como héroes, amiguita. Así que apriete el gatillo y acabemos de una vez.
—No les mataré, palabra que les perdonaré la vida si me conducen a Olano y se entregan prisioneros.
—¿Entregamos prisioneros? ¡Oh, no! Ni que lo sueñe. Usted parece buena chica y cumpliría seguramente su palabra. Pero su palabra no compromete la de sus superiores. ¿Verdad que no? Ellos…
—Mi palabra es ley en Nabistán. Yo soy Milvana II, reina de las Amazonas.
—¡Apaga y vámonos! —exclamó Wantrous en español—. Era lo único que nos faltaba por saber.
Pero Miguel Ángel Aznar no participaba del escepticismo de su piloto. No podía excluirse la posibilidad de que la muchacha estuviera mintiendo para hacerse obedecer. Pero también podía estar diciendo la verdad.
—¿Cómo es eso que siendo reina nos lo ha ocultado hasta ahora? —preguntó.
Y ella contestó:
—Porque siendo yo Milvana y ustedes girkas habrían pretendido quizá que se les entregara un fuerte rescate por mi libertad. O quizá me habrían utilizado para inmovilizar a mi Ejército con la amenaza de matarme. Seguramente no habrían conseguido ninguna de las dos cosas, pero el espíritu combativo de mis amazonas habría decaído mucho al saber que su reina era prisionera de los girkas.
Wantrous miró a Miguel Ángel y como le viera vacilar exclamó:
—¿Usted no creerá en las trolas que nos está contando esta intrigante, verdad, almirante?
Miguel Ángel reflexionó unos instantes y luego preguntó:
—Supongamos que continuamos la farsa y nos dejamos llevar prisioneros hasta… ¡bueno! hasta donde ella quiera. ¿Qué cree usted que podría ocurrirnos?
—Nada bueno, se lo aseguro.
Y Miguel Ángel reconoció para sí que su plan era demasiado temerario.
Sin embargo, deseaba congraciarse con la joven, demostrarle que ellos no eran girkas ni deseaban mal alguno para su pueblo. Y como de todas formas la muchacha constituía una carga molesta de la que habría que desembarazarse cuanto más pronto mejor, se decidió por un plan mixto que consistía en llevar a la reina hasta Olano, fingiéndose prisioneros, y luego desengañarla y proseguir solos su misión.
—Eso parece bastante sensato —aprobó Wantrous—. Aunque antes debiéramos aterrizar en cualquier parte y ver de arreglar esa dichosa avería.
Miguel Ángel habló con Milvana asegurándole que no podrían regresar a Olano sin antes reparar los desperfectos del sistema de dirección. La joven, que por ser piloto tenía algunos conocimientos técnicos, accedió a regañadientes.
—Pero usted y yo permaneceremos a bordo mientras su amigo baja y repara la avería —advirtió a Miguel Ángel.
El “Omega” aterrizó en un paraje solitario cubierto de bosque y Wantrous echó pie a tierra para reparar la avería. Se trataba simplemente de cambiar dos faros alojados en el interior de la tobera destrozada por otros que llevaba de repuesto en el pañol.
Los trabajos duraron dos horas, permaneciendo todo este tiempo Miguel Ángel en su asiento encañonado por la desconfiada soberana de las Amazonas.
Wantrous recogió las herramientas que había utilizado, trepó al aparato y volvió a empuñar los mandos.