CAPÍTULO VI
MIGUEL Ángel Aznar señaló el agujero del transparente de la cabina.
—Milvana tiene ahora mi pistola —apuntó—. Y sabe utilizarla. Si volvemos allá disparará contra nosotros.
—¡Tonterías! A treinta mil metros de altura no hay lince que pueda vernos desde tierra. Las amazonas no tienen radar, al menos que sepamos. Ni nos verán a nosotros ni a la bomba. Pasarán a mejor vida sin darse cuenta siquiera.
—Wantrous —dijo Miguel Ángel serenamente—. No podemos asesinar a esa pobre gente como si fueran ratas. ¿Quién le ordenó semejante barbaridad?
—A mí me ordenaron que recobrara la pistola a cualquier precio. O, en su defecto, que la destruyera A CUALQUIER PRECIO.
—Bueno; yo no estaba delante cuando usted recibió esa orden. Pero como he vuelto a mi puesto y soy el jefe, asumo toda la responsabilidad. No arrojaremos ninguna bomba atómica contra nadie ¿se entera?
El capitán se encogió de hombros en un gesto que quería decir: “a mí me da igual”. Sin embargo, se permitió recordar al almirante algo que éste parecía no tener en cuenta. Ahora que tenía la pistola de “luz sólida”, Milvana la utilizaría para defenderse de los “girkas”.
—Los “girkas” —añadió Wantrous— no pueden ser nadie más que nuestros viejos conocidos los nahumitas. Los nahumitas, seguramente, ni tienen la “Luz Sólida”, ni saben que exista. Pero si ven funcionando esa pistola contra ellos y comprueban sus efectos destructores se sentirán inmediatamente picados de curiosidad y harán cualquier cosa por capturarla. Si la capturan, no va a serles muy difícil copiarla pieza por pieza. Poseen conocimientos técnicos y científicos suficientes para poder hacerlo… y lo harán con toda seguridad. Ésta es la razón por la cual hemos de impedir que los indígenas utilicen la pistola contra los nahumitas.
—Recuperaremos la pistola… a mi manera. Yo asumo toda la responsabilidad —dijo Miguel Ángel.
—Muy bien, usted manda. ¿Para dónde vamos?
Miguel Ángel le ordenó volver atrás y descender sobre las montañas. Se apostarían en un puesto de observación todo lo cerca posible de Olano y del castillo. Durante la noche, equipado con el “back” y armado de la segunda pistola eléctrica, Miguel Ángel volvería al castillo y trataría de recuperar el arma de “luz sólida”.
Wantrous hizo descender el aparato sobre las montañas que cerraban el fértil valle, por el lado contrario a la ciudad. Desde las montañas hasta muy próximo al río, el terreno estaba formado de pequeños cerros cubiertos de bosque.
Volando a ras de las copas de los árboles y serpenteando a veces por entre la depresión de los cerros, Wantrous guió la aeronave hasta un punto que sólo distaba unos seis kilómetros de la ciudad y del castillo.
—Aquí estaremos bien —dijo Miguel Ángel—. Meta el aparato bajo los árboles.
Miguel Ángel extrajo un telescopio de un armario, buscó un lugar apropiado en la ladera del cerro que miraba al río y montó el telescopio sobre un trípode.
El telescopio era lo suficiente potente para acercar las imágenes como si estuviera a sólo quinientos metros de distancia. Con él, Miguel Ángel podía ver a los soldados que estaban sobre el torreón del castillo, oteando en todas direcciones con largos catalejos.
Apuntando hacia la ciudad, el terrícola podía ver asimismo a los artilleros de una pieza antiaérea moviéndose alrededor de su cañón y a los tripulantes de los barcos que estaban atracados a los muelles haciendo preparativos para largar amarras.
Olano, por lo que podía observarse, había sido evacuado durante todo el día anterior. Casi todos los vapores se marcharon río abajo durante la mañana. En cambio, llegaban incesantemente a la ciudad tractores remolcando cañones y numerosos contingentes de tropas a pie que entraron en la ciudad o fueron a apostarse en los alrededores.
Los automóviles que vieron, eran pocos y toscamente construidos. Algunos de ellos hacían constantes viajes de la ciudad al castillo y del castillo a la ciudad, como si transportaran generales o llevaran despachos militares.
En un aeródromo próximo, se alineaban listos para despegar hasta un centenar de cazas reactores. Todo parecía indicar que las amazonas esperaban de un momento a otro la llegada de los corsarios “girkas”. Y no era necesario ser un lince para comprender que las belicosas mujeres de Nabistán, habían preparado una trampa al enemigo.
—Han sustituido a los habitantes de la ciudad por tropas bien armadas y han concentrado en los alrededores a la artillería antiaérea. Cuando los “girkas” caigan sobre Olano creyendo que van a sorprender a los indígenas, serán sorprendidos a su vez por el fuego de la artillería y las puntas de las bayonetas que les estarán esperando abajo —murmuró Miguel Ángel.
—Pero esas pobres chicas ¿se creerán que sus cañones ni sus bayonetas puedan afectar lo más mínimo a los nahumitas?
—Bueno —dijo Miguel Ángel—. Todavía no sabemos si son nahumitas en realidad.
—¡Oh, pues claro que lo son! Y traerán consigo sus reactores de “rayos Z”, como es natural. En como esos cañones empiecen a crear dificultades a los nahumitas, éstos les asestarán sus “rayos Z” y los desintegrarán en un segundo. Eso es lo que va a pasar.
Miguel Ángel se mordisqueó nerviosamente las uñas. Le tenía perplejo la actitud de las amazonas. Si los “girkas” eran los nahumitas, éstos traerían sus proyectores de “rayos Z”, como era lógico.
Los “rayos Z” tenían la propiedad de someter a todos los metales a una vibración tan violenta que acababan por romper la fuerza de cohesión molecular disgregando sus átomos en medio de una explosión. ¿Cómo era posible que las amazonas ignoraran un arma tan antigua?
La respuesta solamente podía ser una; los “girkas”, en sus anteriores incursiones sobre este planeta, no habían utilizado jamás sus “rayos Z”. Quizá no necesitaron emplearlos contra una nación primitivamente armada. Por lo que Miguel Ángel sabía, la última vez que los “girkas” efectuaron un “raid” sobre Atioquita, no encontraron más oposición que la de unos millares de toscos trabucos y unos cuantos cañones de bronce que disparaban bolas de hierro, clavos y pedazos de piedra.
Los “girkas” seguramente considerarían innecesario alarmar a los atioqueños con la terrible eficacia de sus “rayos Z”. Quizá los nativos hubieran buscado a partir de entonces una materia capaz de resistir a los “rayos Z”, y la hubieran hallado en el cristal por ejemplo. O en la misma “dedona” que debía existir en abundancia enterrada a poca profundidad en el suelo de su planeta, ya que la Bestia Gris habitó durante siglos en Atioquita y debían quedar restos de sus aeronaves y sus armas construidas de “dedona”.
De cualquier forma, los atioqueños habían fabricado todas sus armas de acero. Y el acero se desintegraría en humo al contacto con los “rayos Z” de sus enemigos. ¡Buen chasco se iban a llevar aquellas pobres gentes! Durante los últimos cincuenta años, lo habían sacrificado todo para crear un ejército moderno, capaz —así lo creían ellos— de vapulear a los “girkas” en su próxima visita. ¿Cuáles serían sus sentimientos al ver saltar sus cañones, sus fusiles y sus aeroplanos bajo la mortal caricia de los “rayos Z” nahumitas?
—Wantrous —dijo el almirante—. No está bien esto que vamos a hacer. Aun sin saber por qué vienen los nahumitas a este planeta de vez en cuando, nuestro deber consiste en proteger a esos infelices. Nuestra Armada debería estar aquí dispuesta a defender a los indígenas de sus poderosos enemigos.
—Bueno —contestó Wantrous—. Tampoco nosotros estamos en condiciones de arriesgar el tipo en un encuentro con los nahumitas. Sobre todo, sin saber cómo han progresado los nahumitas en los cuatro mil años que no sabemos de ellos. En ese tiempo pueden haber descubierto también la “luz sólida”. Además; todo ha ocurrido endemoniadamente aprisa. Incluso si optáramos por intervenir ahora mismo, tendríamos que esperar tres o cuatro días a que llegaran nuestros buques.
Miguel Ángel siguió observando a través del telescopio. Wantrous volvió al aparato para proceder a taponar los agujeros que abriera la pistola eléctrica en manos de las amazonas. Al cabo de un rato salió de la cabina para anunciar que el radar registraba la presencia de una flota aérea que se encontraba a 100 kilómetros de altura sobre la vertical.
—Son los “girkas” —murmuró Miguel Ángel. Y entró en el “Omega” para inclinarse sobre la pantalla del radar.
Wantrous señaló la conveniencia de equiparse con las armaduras de “diamantina”. Se enfundaron en sus recios trajes de cristal mientras la flota invasora —cincuenta aparatos— descendía verticalmente sobre la capital del reino de Nabistán.
Miguel Ángel, además, se echó al cinto la pistola eléctrica de Wantrous antes de volver junto al telescopio. Muy lejos, en la cima de una alta montaña, centelleó un heliógrafo que transmitía un indescifrable mensaje.
Los terrícolas supusieron la existencia de algún observatorio astronómico en aquella montaña y acertaron. La señal fue vista simultáneamente por los vigías de la ciudad y los observadores del castillo.
Las tropas apostadas en un cinturón alrededor de la ciudad empezaron a moverse. Los artilleros corrieron junto a sus cañones y todos quedaron a la expectativa. Iba a comenzar la batalla.
Siguieron unos minutos de espera. Del aeródromo empezaron a despegar los aviones.
—¡Ahí están! —señaló Wantrous hacia el cielo.
La flota invasora descendió rápidamente sobre la ciudad. A medida que bajaban los buques siderales se les veía mejor en todos sus detalles. Eran destructores siderales del mismo tipo que utilizaba la Armada Terrícola cuatro mil años atrás, un modelo ya en desuso, que imitaba la forma de los tiburones de los mares terrestres.
—¡Caray! —exclamó Wantrous—. Los nahumitas no han hecho grandes reformas en su Armada Sideral. La última vez que vi un destructor de ese tipo, fue en el Museo Arqueológico de Ascrea.
Y los dos terrícolas se quedaron mirando aquellos buques que tantos y tan nostálgicos recuerdos traían a su memoria.
Los destructores bajaron del cielo y cuando todavía se encontraban a ocho mil metros de altura, soltaron por la quilla sendos chorros de objetos que brillaban al sol y resultaron ser tropas equipadas de “back” y armaduras de cristal como las que vestían Miguel Ángel y Wantrous.
Los “girkas”, después de descender verticalmente un par de millares de metros, salieron suavemente de su vertiginoso picado y evolucionaron girando en espiral como un enjambre de avispas sobre la ciudad.
De pronto, las baterías antiaéreas de Olano rompieron a disparar todas a la vez con terrible estruendo. Las ametralladoras abrieron fuego a su vez desde las azoteas de los edificios y todo el cielo se llenó en un instante de las nubecillas negras de las granadas y el trazo humeante de las rastreadoras.
Algunos “girkas”, alcanzados de lleno por las granadas cayeron desde las alturas dando grotescas volteretas. Una escuadrilla de reactores pasó por encima de donde estaban los terrícolas, ganando altura para atacar a los destructores siderales que seguían bajando hacia la ciudad.
—¡Oh, ya está… lo que me temía! —gritó Wantrous dando una patada en el suelo.
Miguel Ángel miró hacia el castillo del otro lado del río. Del torreón, prologándose en el espacio desde una de las troneras, salía una delgada y rígida barra de luz amarillo brillante que fue a asestarse contra uno de los buques siderales atacantes.
—¡Nuestra pistola eléctrica! —masculló Miguel Ángel—. Esa loca de Milvana la está utilizando contra los aparatos nahumitas.
La barra de luz, que era muy visible incluso a pleno sol y entre las nubecillas de las granadas antiaéreas, se clavó en el destructor sideral como una aguja dorada de un naturalista que se clava en un escarabajo. A lo pronto no ocurrió nada, pero Wantrous murmuró:
—Si le acierta en los motores y estalla no va a quedar aquí títere con cabeza.
—Refugiémonos en el aparato —dijo Miguel Ángel.
Los dos hombres echaron a correr introduciéndose en la cabina del “Omega”. Wantrous polarizó los cristales apresuradamente.
En aquel instante ocurrió lo que estaban temiendo. El rayo de “luz sólida”, a fuerza de insistir, alcanzó al destructor en los motores atómicos.
El buque estalló como una bomba atómica. Un inmenso globo de fuego crepitó en el espacio arrojando una luz blanca, enceguecedora, que aniquiló a la propia luz del sol envolviéndolo todo en un espectral resplandor.
Una onda de intenso calor llegó hasta el suelo, seguida a continuación de la onda expansiva. Un trueno terrible y prolongado hizo temblar la tierra mientras la masa de aire desplazada por la explosión, asestaba un brutal mazazo contra la tierra, hundía las casas de Olano, hacía rodar por el suelo a las personas y estrellaba contra el suelo a la mayoría de los “girkas” que volaban equipados de “backs”.
Finalmente, la onda llamada “de succión”, arrancó todas las puertas y ventanas de la ciudad, se llevó las techumbres y provocó el derrumbamiento de las dos terceras partes de las casas de Olano. El mismo aparato “Omega” de los terrícolas, aunque pesaba varias toneladas en aquel instante, fue zarandeado, arrastrado y golpeado contra los árboles.
Al incorporarse instantes más tarde y hacer transparentes los cristales de la cabina, los terrícolas pudieron ver el inmenso hongo radioactivo que se formaba sobre sus cabezas. El día se había tornado súbitamente gris y Olano, al otro lado del río, desaparecía envuelto en una gigantesca nube de humo y polvo, entre el que se veía brillar el resplandor de los incendios y el fogonazo de las municiones que estallaban.
—¡Muy bien! —rezongó Wantrous—. Las amazonas aprenderán así a no citar cataclismos cuya fuerza no puedan prever. Mire, la ciudad ha quedado completamente arrasada.
Pero el almirante sólo dedicó una ojeada a la ciudad. Sus ojos estaban fijos con ansiedad en la casa-fortaleza del cerro. La casa no se veía a través del humo y del polvo.
Miguel Ángel tuvo una inspiración. Encendió el receptor de radio de a bordo. Casi inmediatamente captaron una enérgica interpelación en lengua nahumita. Un jefe de la flota invasora preguntaba de dónde había salido el rayo amarillo que estuvo asestado contra el destructor un minuto antes que estallara.
Varios testigos coincidieron en asegurar que habían visto salir aquel rayo de un castillo que estaba sobre un cerro, junto al río y a unos siete kilómetros de la ciudad.
Mientras se cruzaban estos mensajes, hubo una interferencia de cierto comandante que aseguró estaba siendo “acribillado” por un delgado y penetrante rayo de luz amarillo-brillante. El rayo, informó, había atravesado varias veces de parte a parte el casco de “dedona” de su buque, matando a un par de tripulantes que se encontraban en la trayectoria del mismo.
—Ahora sí que estamos listos —murmuró Wantrous—. Verá usted cómo investigan a conciencia el asunto.
Y en efecto, como un eco de las palabras de Wantrous, el jefe nahumita ordenó la retirada de la Flota en tanto un destacamento de Infantería aérea se acercaba al castillo y averiguaba quiénes manejaban aquel rayo misterioso.
Wantrous y Miguel Ángel cambiaron una mirada de angustia.
—Vamos a tener que intervenir —dijo Miguel Ángel—. No hay más remedio.
—Lo cual —comentó Wantrous— estaba usted rabiando por hacer desde que aparecieron esos destructores nahumitas. Bueno, vamos donde usted quiera. Después de todo, los “girkas” parece ser que ven ahora por primera vez un rayo de Luz Sólida.
Los dos hombres ocuparon sus asientos. Antes de salir del escondrijo, sin embargo, esperaron a que la escuadra nahumita se alejara a toda prisa. Luego Wantrous guió al “Omega” hasta el río y siguiendo el curso de este hacia arriba se acercaron cautelosamente a la casa-fortaleza.
El castillo, que había sufrido algunos desperfectos, estaba ardiendo por uno de sus costados. En aquel momento, un centenar de “girkas” equipados de “back” y armadura picaban como águilas desde las alturas sobre el edificio.
De diversos puntos del castillo, las ametralladoras antiaéreas empezaron a disparar contra los atacantes. De pronto, por una de las troneras del torreón, salió el dardo fino y tenso de la pistola de “luz sólida”.
Media docena de “girkas”, alcanzados por el rayo de la pistola, se descolgaron de las alturas dando volteretas para ir a estrellarse contra el suelo.
El resto de la formación se dispersó y rodeó al castillo por todas partes. Los “girkas” empezaron a disparar con sus pequeñas ametralladoras contra el torreón. Disparaban con diminutas balas atómicas, y cada proyectil al pegar contra los muros de sillares, arrancaba de éstos pedazos de granito.
Después de varios disparos, un proyectil atómico penetró en el primer piso por una de las troneras. Por todas las restantes troneras salieron nubes de polvo y humo. La pistola eléctrica no volvió a disparar.
En este momento intervino el “Omega”.
Sobre un botón del tablero de instrumentos había una pequeña placa con una indicación: “aire-a-aire”. Miguel Ángel Aznar apretó resueltamente aquel botón. Los veinticuatro pequeños proyectores de la proa del aparato se encendieron a la vez y, apuntados por radar automáticamente, giraban en todas direcciones lanzando un haz de rayos amarillos que se cruzaban como espadas flamígeras derribando “girkas” a diestra y siniestra con la velocidad del relámpago.
En un instante, el cielo quedó limpio de enemigos. Los proyectores, entonces, se volvieron hacia la escuadra nahumita que se encontraba a cincuenta kilómetros de distancia y treinta de altura.
La distancia era demasiado grande para que la vista pudiera ver los aparatos nahumitas. Pero la distancia, el humo y la misma enrarecida atmósfera, no eran obstáculos para el radar que controlaba el tiro de los proyectores. Los rayos de “luz sólida”, atravesando el espacio como lanzas, alcanzaron a la escuadra “girka” y saltaron velozmente de una aeronave a otra.
Cada impacto de “luz sólida” abría un agujero de entrada y otro de salida en el casco de los buques siderales. Atravesados por aquellas asombrosas lanzas luminosas, los “girkas” vieron saltar uno tras otro sus buques en medio de enceguecedoras explosiones atómicas.
Ni siquiera llegaron a comprender lo que ocurría. En un minuto, los destructores habían recibido tantas lanzadas de luz que quedaron prácticamente convertidos en coladores. A treinta mil metros de altura el oxígeno no existía en la práctica. El aire de las cabinas escapaba por los agujeros del casco. Los astronautas “girkas” morían por doble acción de la asfixia y la descompresión rápida. Cuando los rayos de luz tocaban en alguna parte vital de los aparatos, los motores atómicos explotaban como bombas y hacían explotar a su vez la munición atómica de a bordo.
Desde el “Omega”, los terrícolas no podían ver todo esto. Pero sabían cómo actuaban sus rayos sólidos y, por otra parte, veían brillar no muy lejos las explosiones atómicas en un largo, continuo y horrísono trueno.
Cuando todo terminó, los proyectores volvieron por sí solos a la posición de “parada”; esto es, apuntando recto hacia adelante.
Wantrous apagó los proyectores.
—Su Excelencia está servido —dijo irónicamente—. Ya “hemos intervenido”.
—Aterrice junto al castillo —le ordenó Miguel Ángel—. Voy a asomarme al torreón para ver qué ha ocurrido.
Wantrous gruñó desaprobadoramente mientras apretaba el botón que abría la portezuela de popa. Miguel Ángel, empuñando la pistola eléctrica, saltó a tierra. Accionó los botones incrustados en el muslo de su armadura y se elevó en el aire.
Fue a aterrizar sobre la misma plataforma del torreón donde aquella mañana luchó contra las amazonas. Junto a la ametralladora antiaérea yacían tres cadáveres destrozados por las balas atómicas de las ametralladoras “girkas”. Por el hueco de la escalera surgían torrentes de humo. Este humo, entrando en el interior de la escafandra, hizo toser y lagrimear a Miguel Ángel.
El terrícola abrió la espita de los depósitos de oxígeno de su armadura y ya respirando aire puro se asomó a la escalera. Vio que todo el piso del puesto de mando se había derrumbado sobre el piso inmediato inferior, que era aquel donde estaban los aparatos de transmisiones. Se había declarado un incendio y entre las llamas, el humo, las vigas y los cascotes se veían algunos cuerpos humanos.
Sirviéndose de un “back” como de un ascensor, Miguel Ángel descendió por el interior del torreón. Miró a los cuerpos de mujeres aprisionados entre los escombros. Algunas se movían y una de éstas, que vestía destrozada casaca roja, pugnaba por salir de debajo de un grueso madero.
Era Milvana, la Reina de las Amazonas. Junto a ella estaba la pistola eléctrica.
Miguel Ángel recogió la pistola, se la introdujo entre el cinturón y la armadura y levantó la viga por un extremo echándola a un lado. Luego asió a Milvana por debajo de los brazos y tiró de ella hasta ponerla en pie. Sus ropas humeaban y el terrícola la azotó con sus guantes de vidrio para apagarlas.
—Vaya hacia la escalera —le ordenó secamente—. Voy a ver si saco a alguien más.
—Yo le ayudaré —contestó ella con voz débil.
Entre los dos rescataron a otras cuatro mujeres de entre los escombros. El traje incombustible del terrícola permitía a este moverse de un lado a otro por entre las llamas. Milvana desobstruyó la escalera y arrastró hacia allí a un par de sus generales.
Miguel Ángel siguió trabajando entre el fuego salvando otras dos muchachas. Pero entonces, el fuego había tomado tal incremento que no era posible quedara nadie más con vida entre los escombros. El terrícola bajó por la escalera desobstruida reuniéndose con Milvana y las amazonas en aquel pasadizo largo y abovedado que viera en el momento de su fuga, aquella misma mañana.
El almirante miró a los rostros tiznados y ensangrentados de las amazonas. La impresión inmediata que se deducía de su actitud era que se sentían tremendamente asustadas.
—Bien —dijo Miguel Ángel Aznar—. Acaban ustedes de tener su primera experiencia atómica. Naturalmente, todas ustedes habrán recibido una dosis mortal de radioactividad.
Las mujeres miraron al terrícola sin comprender.
—¡Claro, no saben lo que es una explosión atómica ni tienen idea de la radioactividad! —murmuró Miguel Ángel—. El caso es, amigas mías, que por el simple hecho de haber estado expuestas al resplandor de la explosión de la aeronave Girka y por respirar el aire que ahora están aspirando han recibido ustedes unas lesiones internas de tal magnitud que habrán de morir irremisiblemente en el plazo de treinta días.
Las amazonas miraron al joven con aires de incredulidad. Se palparon a fin de asegurarse que no estaban heridas.
Miguel Ángel les explicó brevemente que sus heridas no eran visibles, pero no por ello menos graves que si lo fueran. Dentro de algunos días, quizá de unas horas, empezarían a sufrir vómitos y mareos. Mientras ellas se creían sanas la radioactividad iría destrozando los glóbulos rojos de su sangre. Empezaría a caérseles el cabello. Y finalmente, morirían. Podían creerle o no, pero la verdad era que sólo les quedaba un recurso para salvar sus vidas; tomar ciertas píldoras que él les daría y acompañarle hasta los autoplanetas terrícolas para ser sometidos a un tratamiento especial.
Milvana II miró con desconfianza al terrícola.
—¿No estará usted inventando un pretexto para hacer que yo le acompañe hasta esos autoplanetas? —preguntó.
Y Miguel Ángel contestó:
—Si yo quisiera llevarla prisionera hasta nuestros autoplanetas podría hacerlo apuntándole a la espalda con mi pistola. Es cierto que me complacería en extremo llevarla conmigo para que viera nuestras ciudades y aprendiera a conocernos mejor. Pero si usted no quiere venir por su propia voluntad, yo no la obligaré a ello.
—¿Cuándo hemos de emprender el viaje? —preguntó Milvana, todavía dando muestras de vacilación.
—En seguida, ahora mismo. Hemos aniquilado a la escuadra Girka con nuestros rayos y temo que a partir de ahora se empeñen en darnos caza. Nosotros solos, con nuestro pequeño aparato, no podemos hacer frente a los miles de torpedos atómicos que los Girkas nos lanzarán. Ellos conocen ahora la existencia de la Luz Sólida y no repararán en gastos para conseguir una muestra de nuestras armas.
Milvana II se volvió hacia sus amazonas.
—No vaya, Majestad —le contestó una de las generalas.
—¿Por qué no? —contestó la joven reina—. Acabamos de ver los efectos de una explosión atómica. Si los Girkas son capaces de lanzar bombas que exploten como ha explotado su buque, ¿qué podremos hacer contra ellos? Una sola bomba ha destruido Olano. Con una bomba para cada una de nuestras ciudades los Girkas pueden hacernos trizas y desmantelar nuestro país en una hora. No podremos impedir que hagan esclavos entre nuestras mujeres y hombres jóvenes. Y luego que se hayan marchado ¿en qué situación quedarán los que se salven de la esclavitud? Luego vendrán los terrícolas, también con sus bombas atómicas y sus rayos que lo atraviesan todo, y acabarán de destruir lo poco que haya quedado en pie. Somos un pueblo débil e indefenso, inmensamente atrasado respecto a nuestros poderosos enemigos. Iré a pactar con los terrícolas. Si al menos alejan a los Girkas y salvan nuestras ciudades y nuestras fábricas, Nabistán podrá seguir existiendo aunque sea sometido a los dictados de nuestros conquistadores terrícolas. De éstos al menos tenemos una promesa y una esperanza. ¿Pero qué cabe esperar de los Girkas?
Las viejas amazonas inclinaron la cabeza con gesto fatalista. Tanta tristeza y amargura expresaban sus rostros que el almirante Aznar sintió el impulso de animar sus espíritus describiendo para ellas las grandezas de la nación terrícola que les tomaría bajo su protección. Pero como el tiempo apremiaba y ya había hablado anteriormente de ello a las amazonas, Miguel Ángel suplió cuanto pudiera decir de agradable con una sonrisa optimista.
—¿Puedo llevar a alguien conmigo? —preguntó Milvana al terrícola.
El almirante le dijo que podía hacerse acompañar de un ayudante, a lo sumo. El “Omega”, era un aparato de cuatro plazas. Y antes de zarpar todavía tenían que capturar al menos a un “girka” para llevarlo prisionero a los autoplanetas.
Milvana II designó a una muchacha alta y atlética, de facciones enérgicas y agradables que vestía uniforme verde. El resto del grupo acompañó a la Reina hasta el “Omega” que aguardaba afuera, con el capitán Wantrous mascullando maldiciones.
Mientras Milvana se despedía de sus generales y ayudantes, distribuyendo órdenes e instrucciones acerca de lo que deberían hacer durante su ausencia, Miguel Ángel voló rápidamente alrededor del castillo deteniéndose a inspeccionar más de una veintena de cadáveres “girkas”.
Finalmente encontró uno a quien los rayos de “luz sólida” habían destrozado el “back” precipitándole al suelo desde una altura bastante respetable. El “girka” o nahumita, yacía de espaldas profiriendo lastimeros quejidos. Al parecer tenía rotas algunas costillas.
Miguel Ángel lo llevó por el aire hasta el “Omega”, donde Wantrous se hizo cargo de él. Las amazonas besaron la mano de Milvana.
—En cuanto a ustedes —les dijo Miguel Ángel— volveremos a tiempo para curarles de su enfermedad radioactiva. Les aconsejo que evacuen esta zona rápidamente. No toquen nada ni se lleven nada de aquí, ni siquiera las armas de los Girkas que encontrarán muertos. Todo está impregnado de radioactividad.
Después de lo cual, el almirante subió al aparato detrás de Milvana y cerró la portezuela. El aparato despegó inmediatamente.