CAPÍTULO VII

AL elevarse por encima de la atmósfera los tripulantes del “Omega” divisaron la flota de los autoplanetas nahumitas que estaba anclada en una órbita de satélite alrededor de Atioquita. Los autoplanetas eran de forma esférica, de unos seis kilómetros de diámetro. Wantrous contó sesenta y exclamó:

—¿Será posible que los nahumitas hayan pensado en llenar esos autoplanetas de esclavos? En cada una de esas esferas deben de caber dos millones largos de pasajeros.

Miguel Ángel volvióse hacia la Reina. Ella vivía en estos momentos una experiencia inolvidable; aquella en que la criatura humana, nacida en el fondo de la envoltura gaseosa de un planeta, se asomaba por primera vez a la inmensidad aterradora del vacío interestelar y comprobaba de pronto cuán ridícula era su propia pequeñez frente a la grandiosidad sin límites de la obra de la Creación.

Miguel Ángel respetó el silencio de la joven. Tenía otras cosas que atender, y el prisionero nahumita era una de estas cosas. Le quitó la astillada armadura de cristal y le hizo un reconocimiento. El nahumita todo era quejarse y no hacía más que preguntar:

—¿Quiénes son ustedes? No me matarán. ¿Verdad que no me matarán?

Y tantas veces repitió la cantinela mientras le curaban que Miguel Ángel acabó por decirle:

—Amigo, tiene usted mucho miedo a la muerte.

—La muerte es horrible —aseguró el nahumita.

—Sin embargo no vacilan ustedes en darla a los desgraciados indígenas.

—Es ley de vida. En este mundo, vivir significa matar. La misma Naturaleza lo dispuso así al crear a seres más débiles y más fuertes. En la selva, el fuerte vive a expensas del débil. Y el débil, a su vez, tiene que buscar a otro más débil para comérselo.

—Pero eso es en la selva, amigo. Las personas no somos fieras que tengan que comerse unas a otras para poder vivir.

—Comer comer, no tenemos que comernos unos a otros —contestó el prisionero—. Pero si uno quiere sobrevivir tiene que quitarle a otro su cuerpo y meterse en él ¿no es cierto?

Miguel Ángel se quedó mirando al herido. Una idea atroz se abría paso en su cerebro. Pero era un pensamiento tan horripilante que no podía admitirlo. Sin embargo existían precedentes. Y preguntó:

—¿Qué está diciendo usted, desdichado?

El nahumita era ahora el sorprendido.

—Ustedes deben ser terrícolas —apuntó.

—Lo somos, sí. Y usted sólo puede ser nahumita —contestó Miguel Ángel con frialdad.

El nahumita adoptó una actitud cautelosa.

—¿Cristianos? —murmuró—. A lo mejor son capaces de no… ¡Pero eso es imposible! Ustedes, como nosotros, deben estar practicando hace tiempo el cambio de cerebros ¿verdad?

Impulsivamente el terrícola alargó sus dos manos asiendo al prisionero por la garganta.

—¡Canalla! —rugió—. Algo así estaba figurándome… pero no podía creerlo. ¡Cambio de cerebros! ¡Maldito, te voy a…!

El nahumita, asiéndose desesperadamente a las muñecas del terrícola, empezó a chillar como una rata pidiendo por compasión que no le matara. Pero sus gritos cobardes, lejos de mover a compasión a Miguel Ángel no hacían sino despertar en éste un deseo más ciego de acabar con la vida de aquel miserable. El nahumita, agudizando su ingenio en el póstumo segundo de vida, recurrió a la estratagema de gritar:

—¡Eres cristiano…! No puedes matarme. ¡Tu Dios… te castigará!

Las manos del terrícola aflojaron su presa alrededor de la garganta nahumita.

—Habla, maldito —rugió Miguel Ángel zarandeándole.

Y el nahumita habló. Temblando de terror, bajo la mirada del almirante terrícola, confesó la más horrible y sacrílega de las verdades.

El cambio de cerebros de un cuerpo a otro era un experimento muy antiguo entre la Bestia Gris. Esta habilidad quirúrgica de los thorbod había contribuido en gran manera al extraordinario desarrollo de su Ciencia. El sabio thorbod, después de haber acumulado en su cerebro la sabiduría de dos o tres siglos de experiencias no se veía como el sabio terrícola ante el inminente riesgo de ver interrumpidas sus elucubraciones mentales por la inevitable llegada de la muerte.

Los científicos más eminentes, los grandes estrategas y los emperadores thorbod eran seres casi eternos. Cuando una de esas notoriedades envejecía, empezando a sentir fatiga y los achaques propios de su avanzada edad, los diabólicos cirujanos le preparaban un cuerpo joven y vigoroso al que previamente habían quitado el cerebro y trasladaban a este cuerpo el cerebro del cuerpo anciano.

Injertado, o por mejor decirlo “acoplado” al cuerpo del joven, el cerebro del personaje anciano se recobraba prontamente de su fatiga y alimentado por la nueva y vigorosa savia de su morada mortal se encontraba en condiciones de vivir otros doscientos o trescientos años hasta que, envejecido de nuevo, volvía a “trasladarse” al cráneo de un cuerpo joven.

La Bestia Gris, en algunas ocasiones, demostró que este cambio de cerebros podía efectuarse también en las personas humanas; o sea de la Humanidad de la Tierra.

Entre la Humanidad terrícola el cambio de cerebros no se había practicado jamás sino a título de experiencias y, en algunos casos excepcionales, por personas sin escrúpulos que con este acto se colocaron fuera de la Ley.

El cambio de un cerebro viejo al cuerpo de una persona joven era un delito monstruoso que repugnaba a la conciencia. Este cambio no sólo implicaba necesariamente el sacrificio de una persona joven, lo cual era considerado en la práctica como un asesinato. Era también una rebeldía a las leyes de la Creación, la cual había establecido rigurosamente las reglas por las que se regía la Vida y la Muerte en su Obra Universal.

Los nahumitas habían caído en este pecado. En realidad y como no eran cristianos, ni siquiera lo consideraban un pecado. El cambio de cerebros era lícito entre ellos. Así lo confesó el prisionero, ingenuamente sorprendido de la expresión de horror que se pintaba en los rostros de Miguel Ángel y del capitán Wantrous.

Así quedaba explicada la mención del nahumita a la Ley de la Selva. Matar para poder vivir. La anarquía más espantosa reinaba en aquellos planetas donde el fuerte ejercía su poder sobre el débil. Difícilmente se podía imaginar un mundo donde el hombre, al llegar a una avanzada edad y presentir próxima la hora de la muerte, buscaba con ojos de codicia el cuerpo joven de un semejante para arrebatárselo y alojarse en él.

—Esta gente se ha vuelto loca de remate —aseguró Wantrous.

Miguel Ángel miró severamente al prisionero.

—Naturalmente —dijo—. Vuestras periódicas visitas a este planeta no persiguen más objeto que hacer acopio de cuerpos jóvenes para trasladar a ellos vuestros cerebros.

El nahumita confesó que así era. No siempre era fácil encontrar cuerpos jóvenes a los cuales trasplantarse en Nahum. Atioquita venía a ser como un vivero de cuerpos vigorosos al cual venían de vez en cuando los nahumitas para secuestrar unos cuantos millones de indígenas y llevarlos a Nahum.

—La desvergüenza de estos tipos es inaudita —murmuró el capitán Wantrous—. Espero que nuestro autoplaneta “Valera” haya llegado allá y les esté ajustando las cuentas.

—Y nosotros se las ajustaremos aquí —contestó Miguel Ángel.

Relatando a continuación para Milvana todo lo que acababa de saber por boca del prisionero.

El asombro de Milvana no tuvo límites. Los atioqueños, dijo, siempre habían creído que los “girkas” se llevaban a sus jóvenes para hacerles sus esclavos.

En los tiempos más antiguos, los atioqueños creían a los “girkas” hijos del cielo y celebraban grandes fiestas en su honor cuando venían a su planeta, considerando que se les dispensaba una gracia divina al escoger entre sus jóvenes de ambos sexos a aquellos que habían de servirles de criados en el mundo donde moraban.

Posteriormente, los “girkas” perdieron mucho de su dignidad celestial y empezó a considerárseles como una calamidad irreparable. Nabistán, nación donde se desarrollaba un matriarcado milenario, fue por el carácter guerrero e independiente de sus amazonas el primer pueblo que se rebeló.

Durante mucho tiempo Nabistán luchó completamente solo contra los corsarios “girkas”. Las continuas derrotas de qué fueron objeto agudizaron el ingenio de las amazonas. Ellas descubrieron la pólvora, el telescopio, la brújula y, posteriormente, la máquina de vapor y el motor de explosión.

Navegantes y conquistadoras, las amazonas extendieron sus dominios por todo el globo difundiendo a la vez que su dialecto, sus conocimientos y su irreverente desprecio hacia el “girka”.

Atioquita se contaminó del espíritu de rebeldía de las amazonas y los “girkas”, en cada nueva correría, encontraban por todas partes una mayor resistencia acompañada de medios defensivos más eficaces.

Claro que la defensa atioqueña se estrelló siempre contra la solidez de las armaduras de cristal y los impenetrables cascos de los buques aéreos “girkas”. Pero los atioqueños no se desanimaban y después de cada “razzia” de los corsarios se aplicaban con renovado esfuerzo a inventar nuevas y más eficaces armas.

Este noble esfuerzo empezó a dar sus mejores frutos en los últimos veinticinco años de Atioquita (cincuenta años de la Tierra). Aunque en los últimos siglos se progresó muy poco a poco, en realidad se habían asentado las bases de un enorme número de descubrimientos que luego empezaron a sucederse con rapidez.

El pueblo, desde luego, no pudo beneficiarse de nuestros adelantos —dijo Milvana—. Nuestra nación, como el resto del planeta, se ha dedicado por entero al esfuerzo de guerra descuidando todo lo demás.

Y Miguel Ángel Aznar, que ya desde un principio habíase sentido cautivado por la belleza de la joven reina, rindió a ésta el culto de su admiración. Un pueblo que lo sacrificaba todo para acopiar medios defensivos no merecía las crueles burlas que los terrícolas le habían prodigado mientras explotaban el país.

Como a bordo del “Omega” no podían hacer otra cosa sino dormir y charlar, Miguel Ángel tuvo ocasión de ir conociendo mejor a Milvana y al pueblo de las amazonas en las interminables conversaciones de aquellas cincuenta horas que duró el viaje.

Y cuanto más la trataba más prendado sentíase el almirante de las cualidades de la joven reina.

Mientras tanto ocurrió que el prisionero nahumita —se llamaba Deibo— supo que su aprehensor se apellidaba Aznar.

—¿No será casualmente pariente de aquel almirante Aznar que peleó contra el Imperio de Nahum hace cuatro mil años? —preguntó.

—Hijo del mismo que peleó dos veces contra el Imperio de Nahum y lo derrotó en las dos ocasiones —contestó Miguel Ángel con orgullo.

El nahumita mostraba cierta incredulidad. ¿Cómo era posible que sin practicar el cambio de cuerpos viviera todavía el hijo del almirante Aznar?

Miguel Ángel tuvo que recordarle entonces que mientras en Nahum transcurrían dos mil años, su padre invirtió solamente cincuenta en realizar la travesía del espacio durante su viaje de regreso a la Tierra. Como la actividad de la vida era “frenada” al alcanzarse grandes velocidades, el almirante había podido realizar esta hazaña y emplear otros sesenta años para regresar a la galaxia thorbod después de haber vivido setenta y cinco años en la Tierra.

—¿De manera que el viejo almirante está aquí? —murmuró Deibo asintiendo a la explicación—. ¿Sabe él que su hija vive todavía en Nahum?

—¿Una hija de mi padre en Nahum? Usted debe estar equivocado. Mi padre no dejó atrás ninguna hija al emprender el regreso a la Tierra.

Pero el nahumita insistió. Sí, el almirante dejó una hija en Nahum, aunque era posible que él mismo lo ignorara. ¿No estuvo casado el almirante con la princesa Ambar en Nahum?

Miguel Ángel asintió. En efecto, su padre se enamoró de la hija del Emperador Tass, la cual había caído prisionera de los terrícolas. Cuando sobrevino la estrepitosa derrota del Imperio de Nahum y el autoplaneta zarpó en busca de los planetas thorbod, el almirante llevó consigo a la Princesa y se casó con ella.

—Pero se separaron nada más llegar aquí —advirtió Miguel Ángel, que conocía muy bien la historia—. Mi padre la puso en un acorazado sideral con una tripulación nahumita y ella regresó a Nahum. Por cierto, que al volver a Nahum rehabilitó el odioso Imperio de su padre. Cuando el almirante regresó a Nahum poco después tuvo que luchar de nuevo contra el Imperio Nahumita. Ella, la Princesa Ambar, murió al ser desintegrada la atmósfera del planeta.

—Todo es como usted dice, excepto en un punto —dijo Deibo—. Al regresar a Nahum la Princesa traía una niña que nació durante el viaje de regreso. Era hija suya y del Almirante Aznar.

—¡Imposible! —exclamó Miguel Ángel—. Jamás tuvimos noticias de la existencia de esa niña.

—Porque la Princesa lo ocultó. Temía que el almirante quisiera apoderarse de su hija. Así, cuando el Imperio estaba a punto de derrumbarse por segunda vez y era inminente que no podría salvarse nada, la princesa, entonces Emperadora de Nahum, preparó la fuga de su hija y de los preceptores encargados de su educación. El almirante regresó a la Tierra y las repúblicas de Nahum organizaron una expedición para venir aquí y aniquilar a la Bestia. Los planetas nahumitas quedaron casi completamente desguarnecidos y durante la ausencia de la Armada Sideral Combinada se restableció por tercera vez el Imperio.

—¿Quiere decir que el Imperio de Nahum… existe todavía? —balbuceó Miguel Ángel sin poder dar crédito a lo que oía.

Deibo asintió:

—Sí, y ahora más fuerte que nunca. Su hermana de usted. Ambar de Nahum, sigue siendo la Emperadora. Ahora nuestro Imperio se titula Imperio Milenario.

—¡Eso es absurdo! —exclamó el joven—. ¿Cómo podría sobrevivir después de…?

Se interrumpió. Acababa de comprender cómo pudo sobrevivir la hija de Ambar a los cuatro mil años transcurridos. Practicando al cambio de su cerebro de un cuerpo a otro; así era como seguía viviendo en Nahum una hermana suya.

La noticia no le produjo ninguna alegría. Todo lo contrario, le trastornó profundamente. De la catadura moral de aquella hermana suya podía formarse una idea considerando que, durante miles de años, había burlado las leyes de la Creación trasladando su cerebro de un cuerpo a otro.

Era bochornoso. ¡Una Aznar Emperadora de Nahum! ¿Qué diría el viejo Almirante Mayor al tener noticias del monstruoso ser que había engendrado?

A partir de aquel momento el viaje empezó a hacérsele interminable. Por fortuna estaban llegando ya. Unas horas después los autoplanetas terrícolas podían distinguirse a simple vista. Miguel Ángel se olvidó de la terrible impresión para seguir atentamente las reacciones del bello rostro de Milvana.

A medida que el “Omega” se aproximaba a los autoplanetas y éstos crecían de tamaño, los ojos de la reina se agrandaban también por efectos del asombro.

—Nunca imaginé que sus autoplanetas fueran tan grandes —aseguró.

—Son de los más grandes de nuestra Flota; quince kilómetros de diámetro por tres de altura —especificó Wantrous con orgullo.

El “Omega”, que ya llevaba mucho tiempo en comunicación por radio con su autoplaneta-base, se acercó al férreo costado del “Santa Fe”. El diminuto aparato entró en un ancho tubo y una compuerta se cerró tras él.

Mientras esperaban dentro de la “esclusa”, Wantrous polarizó los cristales de la cabina dándoles toda la límpida transparencia de que eran capaces. El aparato avanzó a lo largo del gigantesco tubo y se detuvo, permaneciendo un instante envuelto en una fantástica luz roja.

—Están inyectando aire en este túnel —explicó Miguel Ángel a las amazonas—. Prepárense a abrir bien los ojos.

Pero la realidad era que las amazonas ya no podían abrir más sus desorbitados ojos. Pálidas, jadeantes, esperaban el momento de que se abrieran las puertas de la fabulosa ciudad volante. De pronto…

Brilló una potente luz verde. Allá enfrente se encendió un puntito de luz blanca que en seguida empezó a ensancharse como una monstruosa pupila. Y la ciudad-concha apareció resplandeciente y ruidosa a los estupefactos ojos de las amazonas.

El “Omega” salió de la esclusa deteniéndose en una enorme explanada donde se veían perfectamente alineados varios cruceros siderales de la Armada.

Lanzando roncas exclamaciones de sorpresa, las dos mujeres se restregaron los ojos. Allí, ante ellas, estaba la urbe de ensueño con sus esbeltos rascacielos de doscientos pisos. Caprichosos, artísticamente diseminados, se combinaban los edificios más altos con los más bajos, las agudas torres de la catedral y los pináculos de las iglesias, las plataformas-terraza y los toboganes de los ascensores-cohete, los atrevidos y frágiles puentes con las antenas de las estaciones de televisión.

Acero, plástico y cristal. Con estos tres elementos los arquitectos e ingenieros terrícolas, habían creado la ciudad más hermosa que Milvana II, Reina de las Amazonas, viera ni soñara en ver jamás. Todo resplandecía, todo chisporroteaba. Un rumor de colmena surgía de la urbe en contraste con el silencio solemne del vacío interestelar a que se habían acostumbrado sus oídos.

Torpemente, como temiendo pisar el suelo y ver desvanecerse todo en un sueño, las dos amazonas desembarcaron. Los hombres y las mujeres que se movían por allí las contemplaban con curiosidad.

Miguel Ángel Aznar hizo entrega del prisionero nahumita y pasó a ocupar un automóvil eléctrico con las dos mujeres. Wantrous se despidió y al estrechar la mano de Amatifu, la amazona ayudante de Su Majestad Milvana II, expresó su esperanza de que cenaran juntos “cualquier noche de aquellas”.

Amatifu y Wantrous habían simpatizado mucho durante el viaje.

Miguel Ángel hizo sentar a la reina junto a él y empuñó el volante encaminándose hacia el centro de la ciudad. De toda intención, al penetrar en el casco urbano de Santa Fe, rodó lentamente el automóvil para que las amazonas tuvieran ocasión de ver por sus propios ojos el ambiente de la ciudad.

Amplísimas avenidas, todas de más de diez kilómetros de longitud, se cruzaban a distancias regulares formando cuadras geométricas. Invariablemente, en cada cruce, se levantaba un monumento, una estatua o una artística fuente que arrojaba a enorme altura sus gorgoteantes surtidores de agua.

Allí estaban también las estaciones subterráneas del “metro” de cuyas bocas salían de tres en tres minutos verdaderos torrentes humanos.

Automóviles eléctricos pintados de brillantes colores, autocares y camionetas se deslizaban en veloz y silenciosa riada por las anchas calles de pavimento de acero, se detenían obedientes a las luces de tráfico y reanudaban su camino.

Todos los pasos para peatones eran subterráneos o aéreos.

Las gentes que deambulaban por las amplias aceras lo hacían sin prisas, sosegadamente. Vestían de modos muy diversos con telas que recorrían todas las gradaciones del arco iris, y la inmensa mayoría iba provista de objetos de deporte; raquetas de tenis, bastones de pelota base, palos de golf, guantes de boxeo, patines…

Mientras rodaban por la interminable avenida sonó una sirena. La gente apresuró el paso y fue a guarecerse en los portales.

Las amazonas, recordando sin duda las sirenas que en Olano advertían de algún peligro, dieron muestra de alarma.

—¡Oh, no se asusten! —dijo Miguel Ángel riendo—. La sirena indica que son las doce del día y va a llover.

—¿Llover… aquí? —murmuró sacando la cabeza por la ventanilla para mirar al cielo—. No veo nubes.

Sin embargo empezó a llover. Torrencialmente.

—Lo hacemos dos veces al día, a las doce del día y a las doce de la noche —explicó Miguel Ángel—. La lluvia purifica la atmósfera, refresca el ambiente y limpia las calles y las terrazas. No es lluvia natural, ya pueden figurárselo. El agua sale de una red de cañerías que corre por el techo.

Miguel Ángel miró a Milvana. La soberana de las amazonas había emprendido el viaje con las mismas ropas destrozadas que llevaba al ser rescatada de entre los escombros de su fortaleza.

—No están ustedes muy presentables con esas ropas —dijo el almirante—. Como no hay verdadera prisa vamos a entrar en un almacén para que se provean de vestidos.

Y en efecto, Miguel Ángel aparcó el automóvil en una plaza. Luego de andar un buen trecho llegaron a un edificio inmenso, lleno de gente que entraba y salía incesantemente. Allí, las amazonas presenciaron el espectáculo que había de sorprenderlas más que todo cuando verían en la ciudad-concha de los terrícolas.

La planta baja del inmenso edificio estaba enteramente consagrada a almacén de víveres. Los víveres de todas clases estaban en grandes hornacinas de cristal a la vista del público y un aparato los conducía hasta las manos del público.

La gente entraba, tomaba lo que quería, llenaba un cesto y se marchaba tranquilamente.

—¿No pagan por llevarse los víveres? —preguntó Milvana II.

—¿Pagar? —ahora era el terrícola el sorprendido. De pronto se echó a reír a carcajadas—. No, amigas mías. Aquí nadie paga nada. Todos pueden entrar, cargar y marcharse sin abonar un céntimo. Aquí no circula el dinero. No existe.

—Si eso fuera cierto —apuntó Amatifu— la gente entraría al saqueo y tomaría todo lo que pudiera dejando vacía la tienda en un momento.

—¿Y por qué habían de hacerlo? —preguntó Miguel Ángel—. Al momento siguiente el almacén volvería a estar lleno.

—Lo vaciaría otra vez.

—Bueno, se volvería a llenar. Y si el público avariento seguía llevándose los artículos a carretadas, entonces llegaría momento en que el codicioso, con la casa abarrotada de víveres, se vería obligado a dormir en la calle. En la realidad eso no puede pasar, porque estando los almacenes bien surtidos a todas horas, día tras día y año tras año, a nadie se le ocurre llevarse más de lo que pueda necesitar.

Filosofía simplista y que sin embargo tardaría bastante tiempo en ser comprendida por la plebe atioqueña con su hambre arrastrada de siglos.

No muy convencidas, las amazonas fueron acompañadas por Miguel Ángel hasta un piso reservado exclusivamente para proveer de ropas a las mujeres terrícolas. Una muchacha que estaba a cargo de la sección para aconsejar y ayudar a las “Clientes”, se hizo cargo de las dos muchachas.

Al salir del vestuario, vestidas de pies a cabeza, la opinión de las amazonas respecto a la nación terrícola, había sufrido un profundo cambio.

Acababan de ver ropas confeccionadas en cantidad suficiente para vestir a todas las mujeres de Nabistán.