CAPÍTULO V
EN la lóbrega mazmorra a donde fue conducido, Miguel Ángel Aznar tuvo tiempo de sobra para reflexionar acerca de las consecuencias que podían derivarse de su imperdonable falta de prudencia.
¿Cómo se le ocurrió seguir adelante aquella broma tan estúpida y conducir a Milvana hasta su propio castillo?
La respuesta era que, sintiéndose un poco Don Juan, el almirante no pudo resistir a la tentación de mostrarse gallardamente generoso con la bella reina de las amazonas. Especialmente, después que supo que era “toda una Reina”.
—Merezco que me ahorquen —se dijo el almirante.
Y en su amargura casi hubiera aceptado la horca como una liberación.
Pero en el fondo todavía alentaba esperanzas de que las cosas se arreglaran. ¡Si pudiera hablar y convencer a aquella testaruda muchacha!
Mas las horas transcurrieron y Miguel Ángel no fue llamado a comparecer ante la reina. Acabó por dormirse sobre la paja húmeda que cubría el piso de la mazmorra.
Despertó al amanecer con el ruido que hacían los cerrojos en la puerta de la mazmorra. La puerta se abrió y en el vano apareció un apuesto oficial revestido de todos los encantos inherentes a su sexo. Era una mujer.
La oficial, que venía acompañada de un piquete de cuatro soldados masculinos, indicó al terrícola que saliera. Miguel Ángel obedeció. Por un largo pasillo le condujeron hasta un sótano que estaba alumbrado por una solitaria y polvorienta bombilla eléctrica. En este sótano se veían, arrumbados y al parecer en desuso, cierto número de viejos aparatos de tortura estropeados y cubiertos de polvo.
Cerca de una chimenea en la que ardía un alegre fuego, había una recia mesa. Sobre la mesa descansaba la pistola eléctrica de Miguel Ángel y alrededor de ella se veían algunas mujeres vestidas como hombres, la mayoría de avanzada edad, y todas con rasgos inteligentes en sus graves rostros.
Milvana, la causante de todos los sinsabores del almirante Aznar, estaba también allí ocupando una recia poltrona en un extremo de la mesa.
En lugar del chaquetón de cuero que llevaba cuando la conoció Miguel Ángel, Milvana vestía ahora una casaca azul eléctrico muy ajustada y adornada con algunos cordones y bordados de oro. La casaca era de corte impecable, se ceñía provocativamente a sus redondeadas morbideces y la favorecía mucho.
Miguel Ángel la miró rencorosamente. Advirtió que ella mostraba un cardenal amoratado en la barbilla, señal del puñetazo que él le había propinado, y aquello le complació mucho.
Ella también le miró y sus grises pupilas chispearon maliciosamente.
—Aquí está el prisionero, majestad —anunció la oficial saludando con una inclinación de cabeza.
—Permanezcan junto a él y no le pierdan de vista un minuto —contestó Milvana. Y añadió acariciándose la barbilla—: Es muy peligroso.
La oficial se quedó junto al terrícola y Milvana, encarándose con éste, le dijo:
—Girka, le aconsejo que desista de todo acto de violencia y conteste con sinceridad a cuantas preguntas se le hagan. Su vida será respetada, tal y como le prometí. Sin embargo, en su condición de prisionero, no puede aspirar a recibir un trato mejor del que recibirá cualquier otro hombre en las mismas circunstancias. Tenga presente que disponemos de medios para arrancarle la verdad incluso contra su voluntad. ¿Cómo se llama?
—Miguel Ángel Aznar. Almirante Aznar, de la Armada Sideral Terrícola. Y no soy un “girka”, sino terrestre.
—Terrícola o “girka” debe de ser lo mismo —apuntó una mujer de cierta edad que vestía uniforme verde con profusión de entorchados.
—No, no es lo mismo —contestó Miguel Ángel. Y a continuación explicó quién era el pueblo que se titulaba a sí mismo “terrestre”.
Relató cómo, hallándose su nación disfrutando de una era de paz y prosperidad en sus planetas nativos, fue sorprendida por la llegada de una extraña raza de criaturas extraterrestres que, abriéndose paso por la fuerza, penetraron en el Reino del Sol yendo a establecerse como conquistadores en un planeta deshabitado llamado Urano[1].
El intruso sideral contaba con medios destructivos tan potentes que las Fuerzas Armadas Terrícolas no pudieron impedir su penetración en el Reino del Sol.
—No estábamos, desde luego, en condiciones de discutir con los intrusos en un plano de igualdad sus derechos a establecerse en uno de nuestros planetas —dijo Miguel Ángel.
Y como existía cierta similitud entre el caso de los “sadritas”, —que así se llamaban los intrusos—, y el mismo pueblo terrícola que ahora intentaba establecerse en Atioquita, Miguel Ángel se apresuró a añadir que, en realidad; “la nación terrícola estaba dispuesta a considerar el caso de los intrusos desde un punto de vista humanitario, reconociendo sus derechos a encontrar asilo en un planeta que los terrícolas no podrían habitar jamás”.
Lo malo, lo verdaderamente malo, era que la raza intrusa no estaba fisiológicamente constituida para habitar en los planetas terrícolas en las mismas condiciones que los indígenas.
El sol que alumbraba los días de los planetas terrícolas era dañino para aquellos extraños seres venidos de algún punto remoto del Universo. Y si el sol hubiera sido bueno para los intrusos, entonces sería malo para el organismo de los terrícolas, los cuales tendrían que marcharse de aquellos planetas donde la vida iba a ser imposible para ellos en adelante.
Esto lo descubrieron los sabios terrícolas, pudiendo decirse que desde el momento en que se realizó este descubrimiento se acabó la paz para el espíritu de los angustiados terrícolas.
Al fin, los intrusos se mostraron como lo que en realidad eran; una raza de criaturas de crueldad infrahumana sin el menor escrúpulo de conciencia. Habían llegado al Reino del Sol haciendo promesas de paz y buena voluntad, pero sus intenciones no correspondían al tenor de sus palabras.
Y no era que los terrícolas se fiaran de ellos. Los terrícolas sabían que ellos y los intrusos siderales no podrían vivir bajo el mismo sol, y que una de las dos razas tendría que abandonar el Reino del Sol en favor de su antagonista…
Para abreviar; los intrusos tenían hechos sus planes y no esperaron a que los terrícolas estuvieran preparados para lo que parecía, y en realidad era guerra inevitable. Lanzaron un gigantesco cuerpo celeste contra el sol de los terrícolas y lo transmutaron en un sol de helio como el que ellos necesitaban para poder vivir en el planeta que acababan de conquistar.
Después de aquello a la nación terrícola no le cupo más alternativa que emigrar de aquellos planetas donde había nacido y desarrollado su brillante civilización.
—Nosotros —terminó diciendo Miguel Ángel— somos aquel pueblo feliz expulsado de sus planetas por una raza de criaturas extrañas a nuestra naturaleza, a nuestra manera de sentir y a nuestra forma de pensar. No hemos venido aquí para hacer esclavos, sino en busca de una segunda Tierra donde podamos levantar nuestras casas y vivir en la misma paz física y espiritual que disfrutábamos allá en nuestros felices y ya para siempre perdidos mundos. No somos “girkas” ni tenemos la menor relación con ellos. Y esto podrá demostrarse muy pronto porque los “girkas”, los verdaderos girkas que tanto temen ustedes, acaban de llegar a este Reino Solar tripulando una flota de autoplanetas y parecen decididos a desembarcar en Atioquita. Pronto tendremos ocasión de conocerles. Y según ellos procedan con ustedes, nosotros procederemos con ellos. Porque la nación terrícola es pacífica, pero jamás ha eludido un riesgo ni un sacrificio, por grande que fuera, cuando ha habido que defender a los débiles o corregir una injusticia. En otras palabras; la nación terrícola les ofrece a los atioqueños su amistad y su protección.
Dicho lo cual, el almirante Aznar miró a la reina de las amazonas en espera de una respuesta.
Las mujeres cambiaron entre sí una mirada de perplejidad. Luego, todas las miradas convergieron sobre Milvana II, como esperando que la soberana decidiera por sí misma.
—Bien —dijo Milvana II—. Supongamos que aceptemos la ayuda de los terrícolas y les dejamos entrar en Atioquita como aliados. ¿Qué seguridad puede ofrecérsenos de que los que hoy llegan como amigos no pretenderán erigirse en nuestros amos?
Miguel Ángel protestó indignado. Su Majestad se equivocaba lamentablemente si creía a los terrícolas interesados en esclavizar a los atioqueños. Puesto que la reina desconocía la Historia de la cultura terrícola renunciaba a enumerar los casos en que la nación cristiana se había desangrado luchando contra la esclavitud en diversos puntos del inmenso Universo.
Apelaba a la lógica y preguntaba; ¿para qué iban a esclavizar los terrícolas a los atioqueños? No les necesitaban para labrar los campos, ni para tejer sus vestidos, ni para fabricar sus zapatos, ni para proveerles de ninguno de los múltiples objetos sin los cuales se hubiera sentido desdichado el terrícola.
—En nuestro mundo —dijo Miguel Ángel—, las máquinas se encargan de hacerlo todo. Nuestra economía no depende de la agricultura, ni nuestra comodidad del esfuerzo duro y cotidiano que se exige al atioqueño. Nuestro nivel de vida es tan alto que cada hombre puede sentirse completamente libre e independiente, dueño de sí mismo, de hacer lo que le plazca e ir a donde quiera. Un pueblo que es tan profundamente amante de la libertad e independencia no puede desear para otros la esclavitud y el sometimiento que detesta para sí mismo. Como seguridad, esa es la única seguridad que puedo ofrecerle en el sentido que la nación terrícola jamás ha aspirado ni aspira a tener esclavos.
—No es una seguridad muy convincente —apuntó la reina.
Y Miguel Ángel contestó:
—Los atioqueños tendrán pruebas de nuestra sinceridad en el futuro, a la vista de los hechos. Porque la nación terrícola se establecerá en este planeta, tanto si les gusta a ustedes como si no. No les arrebataremos ningún territorio rico ni densamente poblado. Todo lo contrario; buscaremos el paraje más pobre y solitario para establecer en él nuestras ciudades. No les haremos ningún daño ni trataremos de convencerles para que vengan a unirse a nosotros. Con el tiempo los mismos atioqueños vendrán por su propia voluntad a participar de nuestros trabajos y preocupaciones para percibir al cabo la misma parte de beneficios en el bienestar común.
Las grises pupilas de Milvana centellearon retadoras:
—Si quieren establecerse en este planeta por la fuerza tendrán que pasar por encima de nuestros cadáveres —aseguró.
—Hagamos entonces un pacto. Acójanos en Atioquita como amigos, no como a enemigos. Nosotros no queremos entrar aquí por la violencia, a menos que sea probada y absolutamente necesario. El deber de una buena reina, creo yo, consiste en procurar la paz y el bienestar de su pueblo. Su Majestad puede evitar una guerra a su pueblo absteniéndose de luchar contra nosotros. Que Su Majestad me acompañe hasta nuestros autoplanetas y se convencerá por sí misma de que también puede labrar la felicidad de sus súbditos con nuestra alianza.
—Nuestra Reina no puede aceptar esa invitación —aseguró una de las mujeres de más edad, la cual vestía uniforme con profusión de entorchados.
—¿Por qué no? —preguntó el terrícola—. ¿Acaso tiene miedo?
—¡Una Reina de las Amazonas no teme a nada ni a nadie! —se apresuró a proclamar Milvana II—. Si es necesario iré a tratar con ustedes en su propio terreno, pero sólo cuando sea absolutamente necesario. Usted acaba de contarnos la historia de una nación que tuvo que admitir a una raza intrusa por no estar en condiciones de discutir sus derechos a hacerlo en un plano de igualdad. Me apunto la lección. Acabamos de probar esta pistola, empalmándola a una línea eléctrica como usted dijo, y hemos visto que sus efectos son realmente extraordinarios. Ahora, las mujeres más sabias de Nabistán van a tratar de copiar esa pistola para armar con proyectores semejantes a nuestras Fuerzas Armadas. Si nuestra industria es capaz de fabricar armas de esta especie tan buenas como las suyas, entonces podremos discutir con la nación terrícola en un plano de igualdad.
—No me haga reír —dijo Miguel Ángel—. Esa pistola está hecha en su totalidad de materiales y aleaciones desconocidas para ustedes. Jamás lograrán hacer una igual.
—Eso es lo que dice usted. Nosotros vamos a intentarlo.
Dijo la Reina de las Amazonas, y siguió una pausa tensa mientras los dos se miraban desafiantes.
De pronto, en este silencio, se escuchó el alarido largo, agudo y penetrante de una potente sirena. Era una sirena de sonido particular, de notas muy agudas y desagradables. Miguel Ángel la reconoció al instante, y su corazón empezó a palpitar aceleradamente.
Era la sirena inconfundible de los antiguos destructores siderales de la Armada Terrícola. Sólo que como aquellos viejos destructores ya no existían, ahora se había equipado con ella a los modernísimos aparatos “Omega” de la Armada Sideral.
El sonido llegaba de lo alto y todos levantaron la vista hacia el techo. Miguel Ángel pensó: “Ésta es la ocasión”.
Y extendiendo sus dos brazos empujó a los dos soldados de la escolta que tenía a cada lado. Luego saltó hacia la mesa. Pero Milvana II se le adelantó una fracción de segundo cogiendo la pistola eléctrica y echándose atrás.
Miguel Ángel desistió de apoderarse de la pistola. Fue quizá la decisión más rápida e inteligente de cuantas había tomado en las últimas veinticuatro horas porque los soldados de la escolta saltaban ya hacia él con las manos abiertas y cualquier pequeña pérdida de tiempo hubiera significado su irremisible captura.
Miguel Ángel, en vez de insistir en lo que ya era inútil, saltó ágilmente de costado. Los soldados, por el impulso que llevaban, se fueron contra la mesa mientras el terrícola ganaba la escalera del sótano y la ascendía a grandes trancos.
A sus espaldas dejaba una confusión indescriptible formada de gritos, órdenes y disparos que ya no podían alcanzarle.
Por la escalera, que era de piedra y parecía dar vueltas en el interior de un torreón, Miguel Ángel fue a desembocar en un ancho corredor abovedado por el cual, atraídas por el ruido de los disparos, venían dos amazonas armadas de fusiles. El joven retrocedió de un salto y volvió a la escalera, siguiendo esta hacia arriba hasta un piso en el que había establecido un puesto de mando o algo así.
En el puesto de mando, donde se veía un transmisor de T.S.H., un par de máquinas telegráficas y algunos toscos y primitivos teléfonos, los oficiales y operadores se volvieron sorprendidos hacia el fugitivo que pasaba como una saeta a través de la habitación para ganar la escalera que continuaba en el extremo opuesto.
Con el corazón golpeándole brutalmente en el pecho, Miguel Ángel siguió subiendo escalones de tres en tres hasta un segundo piso que era, indudablemente, un verdadero puesto de mando y observación.
Allí se veía una mesa cubierta de mapas, un par de teléfonos y tres o cuatro telescopios montados sobre trípodes y apuntados al exterior por las troneras del macizo muro.
El terrícola atravesó a la carrera esta segunda habitación derribando al paso a una muchacha que vestía uniforme verde, y se lanzó hacia la escalera.
Allí había una sólida puerta de madera blindada exteriormente con planchas de acero. Miguel Ángel, se entretuvo un instante cerrándola, pero comprobó con desencanto que no tenía pestillo por la parte de afuera.
Dos saltos más le llevaron hasta la plataforma almenada del torreón. Allí había una ametralladora antiaérea y un par de amazonas tocadas con casco de acero puntiagudo que se irguieron mirándole con ojos desorbitados de asombro.
Por encima del torreón, a unos miles de metros de altura, estaba suspendido tranquilamente el aparato “Omega” del capitán Abel Wantrous.
Miguel Ángel se abalanzó contra las dos muchachas-soldado. A la primera la derribó de un empujón, a la segunda, de un puñetazo en la barbilla. Mientras las dos amazonas rodaban por el suelo, el terrícola levantó una caja de munición en peines metálicos y la lanzó por el hueco de la escalera.
Fue un golpe de fortuna. La caja quedó atascada entre el último peldaño del rellano y la puerta que estaba abriéndose hacia afuera. El tropel de soldados y oficiales que venían en persecución del fugitivo, no pudieron pasar por el estrecho resquicio que quedaba entre la puerta y el muro.
Mientras forcejeaban, Miguel Ángel lanzó otra caja. Luego le tiró una tercera caja a la cabeza de una de las amazonas que se incorporaba. Se puso a pelear a puñetazos con la segunda muchacha. Era una mujer alta, fuerte y dotada de músculos de atleta.
Desde mil metros de altura, el capitán Wantrous vio a las figurillas que peleaban sobre la plataforma del torreón y tuvo una intuición. Inmediatamente empinó la popa del “Omega”, y se lanzó en picado sobre la plataforma.
Miguel Ángel, sin dejar de luchar, atrajo a la amazona hacia el hueco de la escalera. Luego, de un certero puñetazo en la nariz, la lanzó de espaldas por la escalera contra la puerta blindada.
La muchacha se dio un golpe terrible con la cabeza, perdió el sentido y quedó sirviendo de cuña a la puerta.
La otra amazona se incorporaba penosamente con la cara llena de sangre. Tenía ganas de luchar. Miguel Ángel le golpeó con el puño izquierdo en la boca del estómago. Luego, cuando ella se inclinaba le asestó un gancho en la barbilla.
La joven retrocedió dando traspiés, tropezó con una de las cajas de munición y cayó de espaldas, dándose con la nuca en el piso. No volvió a dar señales de vida.
Miguel Ángel hizo señas a Wantrous para que se apresurara, y luego fue a asomarse a la escalera, extrañado de la tardanza de sus persecutores. Fue entonces cuando vio la forma en que la caja y la soldado hacían de cuña, y se felicitó por su suerte.
El “Omega” tripulado por el capitán Wantrous bajó como una centella. Cuando parecía inminente que se estrellara contra el suelo, el piloto encendió los proyectores de la proa y el “Omega”, frenado violentamente, se dejó caer sobre la plataforma del torreón contra la ametralladora, la cual aplastó con gran estrépito.
Fue cuestión de dos segundos que Miguel Ángel Aznar se introdujera por la escotilla posterior que ya estaba abierta. Apenas tenía medio cuerpo dentro, Wantrous encendió los proyectores de la quilla. El “Omega”, cabalgando sobre dos brillantes rayos de “luz sólida”, se elevó como un cohete en el espacio.
Miguel Ángel, aplastado contra el piso del aparato por la fuerza de gravedad, quedó un minuto sin respiro.
De pronto, un dardo de luz amarillo-brillante brotó del piso de la cabina y salió en diagonal a través de la cubierta de cristal.
—¡Cuidado, Wantrous! —gritó el almirante—. ¡Nos están disparando con la pistola eléctrica!
Wantrous, soltando sapos y culebras por su boca, movió las palancas de forma que el aparato oscilara graciosamente a un lado y otro. Como pudo, Miguel Ángel acabó de entrar y cerró la puerta. El “Omega”, balanceándose como una mecedora, volaba ya hacia adelante con creciente rapidez.
Miguel Ángel llegó hasta el asiento contiguo al de Wantrous y se dejó caer en él con un suspiro de inefable alivio. Miró a Wantrous, que llevaba una venda manchada de sangre alrededor de la cabeza, Wantrous le miró también y muy serio gruñó:
—¡Hola!
—¡Hola! —contestó el almirante.
—Bonita forma de terminar un idilio, saliendo por los tejados de la casa —refunfuñó Wantrous—. La próxima vez que venga usted en misión especial le acompañará su tía. En lo que a mí respecta… ¡una y no más!
—Reconozco que tiene usted toda la razón del mundo, Wantrous. Fue una necedad imperdonable hacerle creer a Milvana que era dueña de la situación con aquella pistola en la mano. A la postre, la broma se convirtió en realidad. ¿Pero qué tiene usted en la cabeza?
Wantrous contó cómo le habían lanzado una bomba de mano dentro de la cabina. Al recobrar el conocimiento estaba volando fuera de la atmósfera.
—La brusquedad de la arrancada debió de cerrar la portezuela de golpe. De lo contrario me habría muerto por falta de oxígeno y a estas horas estaría volando camino de la Eternidad.
Al recobrar el sentido, lo primero que hizo Wantrous fue soltar unas cuantas maldiciones más pintorescas. Luego empezó a frenar, se lió una venda a la cabeza y llamó por radio al autoplaneta “Santa Fe” para dar cuenta de lo ocurrido.
—Supongo —dijo Miguel Ángel— que los de allá armarían un escándalo.
—Se pusieron como no puede imaginar. Me ordenaron volver inmediatamente aquí y mandarlo todo a paseo con una bomba si las amazonas no entregaban la pistola y le dejaban en libertad a usted. Sobre todo —subrayó Wantrous— si no devolvían la pistola.
Después de lo cual, Wantrous volvió con el “Omega” a la atmósfera de Atioquita, “viéndoselas negras para encontrar aquel maldito país”.
—Cuando usted apareció en el torreón me disponía a lanzar un ultimátum por medio del amplificador —terminó diciendo.
—Yo reconocí la sirena y pude escapar. Desgraciadamente no conseguí rescatar la pistola.
—Entonces debemos volver al castillo. Tengo que dejar aquello más llano que la palma de mi mano. Yo les enseñaré a esos tipos a tirarme bombitas ¡a mí! Con la que yo les suelte no van a quedar ni los rabos de las lagartijas en veinte kilómetros a la redonda.