CAPITULO V

En su oficina, Dick Launders levantó los ojos del periódico que leía y miró a Pike Steeple, que entraba seguido de Attwood.

—Acabo de dar muerte a dos hombres —dijo Pike sombríamente.

Launders pegó un respingo.

—¡Caramba! —exclamó—. ¿Quiénes son sus víctimas? ¿Qué ocurrió?

Fue el «deputy» quien contestó por Steeple.

—Las víctimas son Spence Murrey y Lee Marshall. Los dos cayeron ante la herrería de Durant, camino de la estación.

—¿Por qué en el camino de la estación? —preguntó Launders sorprendido, y miró a Steeple.

Ahora fue Pike quien contestó:

—No eran ellos, sino yo quien venía de la estación. Había un hombre ante la herrería que silbó al oírme llegar. Había otros dos individuos dentro de la casa de Durant. El que dio el silbido de aviso, y luego otro de los que salían corriendo, dispararon sobre mí. Yo dispararé a mi vez y alcancé a dos de ellos. Son esos tipos que ha citado Attwood. El otro logró escapar.

—¿Quiere decir que le agredieron sin que mediara provocación por parte de usted?

—Es fácil de explicar —dijo Pike—. Durant fue nombrado miembro del jurado en el proceso que el fiscal ha incoado contra Archer. Estábamos seguros de que los hampones intentarían coaccionar a los jurados, como parece que hicieron ya con los testigos, y el fiscal me ordenó proteger a los jurados sometiéndoles a vigilancia. Esos tipos, como presumíamos, visitaron a Durant en su casa y le amenazaron. Pero Durant es un hombre íntegro y parece que se negó a ceder. Aquellos dos cobardes le estaban golpeando cuando yo llegué y silbó en señal de aviso el que se encontraba en la calle.

Launders miró interrogativamente a su ayudante. El «deputy» levantó los hombros, diciendo:

—Parece que fue así cómo ocurrió. Le encontró con Steeple en la esquina, y él me hizo volver a la herrería. En efecto, Durant fue golpeado. Tenía el rostro magullado y una herida en la cabeza, de la que manaba abundante sangre. La habitación estaba en desorden, como si hubiese pasado un ciclón, mientras que la esposa de Durant y los críos lloraban aterrorizados.

—¡Esos perros cobardes! —rezongó Launders—. Bien cara pagaron su felonía.

—No todos —objetó Pike—. Hubo uno que logró escapar.

—Pero no sabemos quién es.

—Lo sabemos —replicó Pike con energía—. Durant no conocía a los otros dos, pero precisamente a ése sí. Se llama Davis, alias «Sugar». El fiscal quiere arrestarlo para hacer con él un escarmiento para todos los demás.

—¿De modo que quiere detener a «Sugar»?

—Sí. Y espero que usted me ayude a encontrarlo.

Launders se acarició la barbilla pensativamente.

—¡Hum! Si no recuerdo mal, «Sugar» Davis tiene una novia que trabaja en el «Mercury». Casi siempre anda por allí.

—¿Ustedes me acompañarán al «Mercury»? —interrogó Pike clavando sus ojos en los ojos del sheriff.

Launders bufó enojado.

—Usted debe ser nuevo en la profesión. De lo contrario sabría que es muy expuesto entrar en un saloon en busca de un tipo como «Sugar» Davis, que tiene allí amigos y confidentes para esconderle y protegerle. Espere a mañana. Tal vez Davis se confíe y podamos echarle el guante fuera del «Mercury».

—¿Qué pasa con ese saloon? ¿Acaso es una fortaleza medieval? —preguntó Pike con acento irritado.

Launders frunció el entrecejo, diciendo desabridamente:

—Vaya y compruébelo usted mismo.

—Así lo haré.

Pike se dirigía hacia la puerta cuando Launders le llamó:

—Señor Steeple —el aludido se volvió y el sheriff prosiguió—: ¿No se toma usted demasiado a pecho su cargo? Ya sé que le pagan trescientos mensuales, que es mucho más de lo que yo percibo por mi cargo de sheriff. Pero con este tren que ha tomado, no va a tener muchas oportunidades de disfrutar de tan jugoso sueldo. Siga mi consejo y tómelo con calma. Aun sin buscarlo, le sobrarán ocasiones de jugarse la piel j con tipos como «Sugar» Davis.

Pike se limitó a mirar a Launders con fijeza. Luego salió sin decir palabra.

Se dirigió en línea recta al «Mercury Saloon».

Los dos primeros días de la semana eran los más flojos a efectos de la concurrencia de vaqueros, soldados y trabajadores en los saloons de la ciudad, pero aun así había bastante gente y ruido en el «Mercury». Pike, que no había cenado, se dirigió al mostrador y pidió una cerveza.

Una muchacha vino a su lado y le pasó el brazo por debajo del suyo.

—Hola, polizonte. ¿A qué debemos el alto honor de verte aquí? ¿Vienes en comisión de servicio o se trata, nada más que de pasar el rato?

—¿Has visto a «Sugar» Davis por aquí?

—¿A quién?

—A Jack Davis, alias «Sugar». Creo que tiene su novia en este saloon.

—¿Para qué le quieres?

Pike no contestó en seguida. Los hombres que estaban ante el mostrador empezaban a apartarse. Desde las mesas se volvían a mirarle muchos pares de ojos hostiles.

—Está bien, no importa —dijo Pike quitándole importancia al asunto—. Sólo quería hacerle una pregunta. No hay verdadera prisa.

Don Wade, dueño del «Mercury», abandonó momentáneamente los naipes con los que estaba jugando sobre la mesa e hizo una seña casi imperceptible a la muchacha que estaba con Steeple. La chica se apartó del policía y fue hasta la mesa de Wade.

—Es ese el nuevo alguacil del fiscal, ¿no es cierto? —preguntó.

—Sí.

—¿Qué busca aquí?

—Preguntó por «Sugar» Davis. Pero no le di la información que deseaba.

—Está bien, vuelve con él y entretenle.

La chica regresó junto a Steeple. Wade se levantó de su mesa y se dirigió al rincón donde «Sugar» Davis cenaba tardíamente, amorosamente atendido por su novia.

—Lora, lárgate —dijo Wade sacando un cigarro del bolsillo de su levita y tomando asiento delante del pistolero. La muchacha se alejó y Wade gruñó entre dientes—. Con disimulo, Jack. Mira hacia el mostrador y dime si conoces a aquel tipo alto y guapetón que está con Kitty.

Davis miró en aquella dirección.

—Sí —dijo—. Es el nuevo alguacil del fiscal. Sólo le vi una vez en la calle, pero es él.

—¿No es posible que fuera él mismo quien estaba vigilando la herrería de Durant y os sorprendió mientras estabais allí?

Las azules pupilas de «Sugar» se clavaron en el rostro de Wade. Encajó las mandíbulas con fuerza.

—Tuvo que ser él —dijo entre dientes—. No le vi porque aquello estaba muy oscuro, pero es casi seguro que él estaba allí. A Launders y sus muchachos los conocemos. Ellos no nos habrían tendido esa cobarde trampa.

—Muy bien —suspiró Wade encendiendo su cigarro. — Steeple vino preguntando por ti. Eso, por sí solo, equivale a admitir que tuvo algo que ver en el asunto. Alguien te denunció.

—Sí, Durant. Sólo estuve una vez en su herrería, pero es posible que me recordara.

—Steeple vino a arrestarte. Claro que no te conoce y no puede echarte el guante si alguien no te denuncia. Y nadie te denunciará mientras él permanezca aquí. Pero ese fiscal es tenaz y no desistirá, y Steeple es tan tenaz como su patrón y tampoco renunciará a encarcelarte. De modo, Jack, que no tienes más que una salida. Tendrás que abandonar la ciudad… esta misma noche.

—¡Maldita sea, no puedo! —protestó Jack apurado—. No tengo dinero. Además, ¿dónde demonios voy a ir?

—El país es grande. Hay miles de sitios donde un hombre puede ir.

—No sin dinero. ¡Ni siquiera tengo un caballo, maldición!

—Yo puedo ofrecerte hasta cien dólares.

—¿De veras? —exclamó «Sugar» abriendo mucho sus sorprendidos ojos—. ¿Quieres decir que estás dispuesto a hacerme un préstamo?

—No hago préstamos a los amigos, tú lo sabes. No voy a prestarte ese dinero, pero te ofreceré una oportunidad de ganarlo. Mata a ese polizonte.

—¡Caramba, Wade! —exclamó el pistolero sin resuello.

—¿Por qué no? —preguntó el garitero persuasivo—. Todos te lo agradeceremos. Vengarás a Spence y a Lee y tus amigos te aclamarán como a un héroe. También ganarás cien dólares…

—Pero eso no evitará que tenga que marcharme de la ciudad.

—Tendrás que marcharte de todos modos. La diferencia está entre escapar como un ratón asustado, buscando un vagón de ganado donde esconderte, o salir dignamente con un caballo y cien dólares en el bolsillo. Hasta puedes llevarte a Lora. Cien dólares no es mucho dinero, pero con esa chica y tu habilidad con los naipes podrás abrirte camino en cualquier parte a donde vayas.

Jack Davis se pasó la lengua por los labios. Su expresión era claramente indecisa, al punto que Wade apartó su silla, disponiéndose a levantarse mientras decía:

—De acuerdo, Jack. Ya veo que tendrás que marcharte en un vagón de ganado.

—¡Espera! —dijo Jack deteniéndole—. Lo haré. Sólo me preocupa una cosa. ¿Crees que el polizonte será bueno con el, revólver?

—¿Qué importancia tiene eso? —repuso Wade—. No estás obligado a darle ninguna oportunidad. Ve por su espalda, empuña tu pistola y mátale. Si sientes alguna repugnancia o, simplemente, quieres satisfacer tu amor propio… llámale en el último instante para que reciba el balazo de frente.

—Sí, eso mismo voy a hacer —murmuró «Sugar».

Pike Steeple, desde el mostrador, vio con el rabillo del ojo al garitero cuando éste se levantaba y regresaba al interrumpido juego.

Ninguna de las maniobras de Wade había escapado a la fina percepción de Pike, aunque parecía muy entretenido en su insustancial charla con la muchacha. Pike no conocía a Wade ni al hombre de la mesa del rincón con quien fue a hablar, pero adivinó la personalidad de ambos.

Cuando Davis se levantó de la silla, Pike le estaba vigilando con disimulo. Luego, Davis salió de su campo visual al sortear entre las mesas buscándole la espalda. Pike entonces se volvió hacia el mostrador, dando cara al local y a Davis que avanzaba por entre las mesas.

El pistolero se detuvo, reflejando en su rostro todo el enojo que le producía la 'maniobra de su enemigo. Luego Davis debió tomar una resolución casi heroica. Avanzando en línea recta hacia Pike llegó hasta una corta distancia de éste y preguntó:

—¿Me busca a mí?

—¿Eres Jack Davis? —preguntó Pike a su vez.

—Sí.

—Pues quedas detenido.

Davis dirigió velozmente la mano hacia la culata del revólver. Pero en solo una fracción de segundo, Davis vio con horror cómo el policía le sacaba delantera, desenfundando y disparando con increíble rapidez.

El tiro de Steeple alcanzó al pistolero en mitad del corazón y lo empujó hacia atrás contra una de las mesas. Davis rodó por la tarima mientras los hombres se ponían en pie y gritaban de terror las mujeres.

También Wade saltó en pie. Pálido como un muerto, Wade miró al cuerpo de Davis y luego a Steeple.

Pike, con su larga experiencia en la profesión, sabía que lo mejor en aquellos casos era retirarse aprovechando el primer minuto de estupor. Empuñando todavía el humeante «Colt», se apartó del mostrador y retrocedió de espaldas hacia la puerta, teniendo bajo la amenaza de su arma a todos los que se encontraban en el saloon.

A los gritos de las mujeres, el estruendo de los muebles al volcarse y el rumor de pies que corrían, siguió un dramático silencio. Todos los ojos estaban fijos en Pike, quien retrocediendo alcanzó la puerta de la calle. La novia de la víctima fue la primera en moverse, lanzando un sollozo y corriendo hacia el cadáver.

Pike salió discretamente, fundiéndose en las sombras de la calle. Al alejarse lo hizo con rapidez, mirando frecuentemente atrás hasta que se consideró a salvo.

Alguien le llamó desde el centro de la calle. Era el sheriff, Launders. Pike le esperó en la sombra de los pórticos.

—Oí un disparo —dijo Lauders—. ¿Encontró a «Sugar»?

—Sí.

—Es usted obstinado, ¿eh? No vivirá mucho aplicando esa política de mano dura en esta ciudad. Mañana tendrá en contra suya a todos los pistoleros, tahúres y mujerzuelas de Cheyenne. Se lo aseguro, su vida va a hacérsele muy difícil aquí. Le conviene cambiar de aires.

—Puede que tenga razón. El aire es especialmente fétido en esta ciudad —repuso Pike con ironía. Launders nada dijo y Pike se despidió con un seco—. Buenas noches.

Cuando pasaba ante el edificio donde Olivia Towner tenía su apartamiento, tuvo que apartarse para no chocar con un hombre que salía del oscuro soportal. Era Lait. Él no le reconoció y se alejó por la acera, haciendo resonar sus pasos en los tablones. Pike levantó los ojos hasta la ventana iluminada del piso. Alguien corrió unas cortinas.

Pike continuó adelante hasta el hotel Pilgrim. Sus pensamientos fueron especialmente sombríos aquella noche, en aquel tiempo largo que tardó en calmar sus tensos nervios y logró conciliar el sueño. Se sentía cansado y descorazonado a la mañana siguiente, cuando se levantó pasadas las nueve.

Cuando pasaba por el vestíbulo en dirección al restaurante le entregaron un recado de Ditmare para que se personara a la máxima brevedad en su despacho.

Pike hizo caso omiso de la urgencia del recado, tomándose casi una hora para desayunar y leer el periódico. El «Daily Leader» solía redactarse durante la tarde para imprimirse en las primeras horas de la noche. La lucha de Pike con los hampones que golpearon a Durant, y luego el incidente en el «Mercury Saloon», se habían producido demasiado tarde para ser ampliamente comentados, pero los titulares habían sido sustituidos por otros mayores en los que se leía:

ESPANTOSA MASACRE EN CHEYENNE

Una breve nota daba cuenta de la lucha a tiros entre el alguacil de la oficina del fiscal y los tres hampones que resultaron muertos.

Mientras Pike desayunaba, tres chiquillos se introdujeron en el hotel y observaron curiosamente a Pike desde la puerta del vestíbulo.

—¡Ese es! —exclamó uno de los chicos.

—¿El que mató a los tres bandidos? —preguntó otro.

El administrador llegó en este instante y ahuyentó a los chiquillos. Estos echaron a correr haciendo «¡pum!; pum!». Pike sabía que cuando esto ocurría con los niños, era síntoma de que la fama de un hombre estaba a la orden del día en la calle y en los hogares.

En efecto, la ciudad, aun pareciendo la misma de todos los días, tenía algo nuevo para Pike cuando éste salió a la calle para dirigirse a la oficina del fiscal. La gente le miraba con una insistencia inédita, le señalaban con la mano y cuchicheaban a sus espaldas. Los chiquillos que el administrador expulsó del hotel le seguían a distancia mirándole con respeto.

Todo esto resultaba muy desagradable para Steeple, quien llegó a la oficina en un estado de irritabilidad nada frecuente en él.

—Buenos días, Steeple. Sé que le debo una explicación. Si usted quisiera escucharme…

—No sé de qué me habla, miss Towner, se lo aseguro —dijo Pike con frialdad.

—Ese hombre, Ray Lait…

—Oh, no tiene importancia —dijo él interrumpiéndola—. No entiendo por qué me ocultó que tenía novio, aunque no cabe duda que es libre de tenerlo, sin quedar por ello obligada a dar explicaciones a todo el mundo.

Olivia quedó como yerta, mirándole atónita con sus grandes ojos, que poco a poco se iban llenando de lágrimas.

Comprendiendo que la había lastimado, Pike empezaba a sentirse como un villano bajo el reproche de aquella mirada, cuando providencialmente se abrió la puerta del despacho que quedaba al fondo, apareciendo Ditmare, que le llamó al verle:

—¿Puede venir un momento a mi despacho, Steeple?

Pike empujó la puertecilla de la valla y entró en el despacho pasando por delante del fiscal, que sostenía la puerta abierta. Ditmare cerró a espaldas de Steeple y fue a ocupar su sillón al otro lado de la mesa.

—Espero que me dé una explicación por lo ocurrido anoche. En primer lugar, ¿fue absolutamente preciso que matara a esos hombres? Quiero que entiesa esto, Steele. El hecho de servir a la Ley, no le convierte en la Ley misma. No puede ponerse a matar villanos a diestra y siniestra, simplemente porque su instinto le indique que merecen la muerte, y porque al ejecutar a: un delincuente lo hace respaldado por el nombre de la Ley. Eso no es legal, ni justo ni permisible…

Ditmare parecía de mal talante aquella mañana, y a medida que hablaba se iba enardeciendo con sus propias palabras. Pike, que seguía de pie ante la mesa, levantó una mano.

—Alto —dijo, y Ditmare se interrumpió mirándole furioso. Pike continuó—: Me ha preguntado si fue preciso que matara a aquellos hombres. Permítame que le responda antes de seguir adelante. Sí, fue preciso.

—¿Por qué?

—Porque era su vida o la mía las que estaban en juego. Uno de ellos se hallaba vigilando la calle cuando le di el alto. Contestó disparando contra mí, obligándome a refugiarme tras la esquina de la casa. Yo disparé a mi vez y le alcancé. Los otros dos salieron corriendo de la casa y uno de ellos me disparó. Contesté haciendo fuego, y también ése cayó. Al tercero lo fui a buscar al «Mercury». No lo conocía siquiera, pero alguien le avisó que yo andaba preguntando y vino a mi encuentro. Le anuncié que estaba arrestado. Su respuesta consistió en empuñar el revólver. Ganó el más rápido de los dos. El cayó muerto. ¿Quiere decirme qué habría hecho usted en mi lugar?

Ditmare hizo una mueca de disgusto.

—No hay testigos que puedan demostrar que las cosas ocurrieron como usted dice.

—Los hubo en el incidente del “Mercury”. Respecto a lo que ocurrió en la calle, si es cierto que no hubo testigos que apoyen mi versión, tampoco los hay para desmentirme. Soy un agente de la justicia. Mi palabra, por lo menos, merece tanto crédito como la de quienes nieguen que las cosas ocurrieron así.

—Está en un error, Steeple. En realidad, su cargo le perjudica. ¿Quiere saber lo que a estas horas se piensa de usted? Pues que es un pistolero contratado ex profeso para abatir a balazos a los contraventores de la Ley, que un fiscal demasiado torpe no es capaz de llevar al patíbulo por los conductos legales. La masacre de anoche ha hecho de usted un hombre famoso esta mañana. Pero esa fama es nefasta, tan mala para usted como para mí, que le contraté.

Pike introdujo el pulgar y el índice en el bolsillo del chaleco, sacando un objeto ligero y brillante que arrojó sobre la mesa ante los ojos del fiscal. Ditmare cogió el pedazo de latón y lo miró sorprendido.

—¿Su placa? ¿Por qué?

—Se la devuelvo. Tal vez las cosas queden a su gusto si presento mi dimisión.

—Se equivoca, eso no haría distinta la situación. Además, no puede dimitir sin someterse a las consecuencias de su acto. Firmó un contrato por un año. Pero seguramente no leyó lo que firmaba, o de lo contrario sabría que le puedo echar. Pero usted no se puede marchar sin que yo le releve de su compromiso.

—Pues écheme —dijo Pike irritado.

—No pienso hacerlo. Le necesito. No abundan demasiado los hombres en quien uno pueda confiar.

La sorpresa y el disgusto hicieron permanecer callado a Steeple. Ditmare empujó hacia él la placa diciendo:

—Tome su insignia.

Pike la cogió de mala gana.

—¿Debo seguir vigilando a los miembros del jurado?

—Por supuesto. No debemos permitir que nadie ejerza presión sobre ellos, antes de ocupar el banco en la Corte. Debo obtener un veredicto de culpabilidad contra Archer. Fracasar en este primer intento equivaldría a un tropiezo de consecuencias funestas, tal vez decisivas. La ciudad perdería su fe en la nueva oficialidad, el hampa se sentiría envalentonada, y los grupos de vigilantes hallarían un buen pretexto para reorganizarse y volver a hacer de las suyas. ¿Comprende la importancia del asunto?

—Me doy cuenta.

—Pues vuelva a su trabajo. Nuestros jurados están desamparados mientras nosotros charlamos aquí, y yo tengo otros muchos asuntos que atender. Buenos días, Steeple.

Pike abandonó el despacho del fiscal, todavía bajo la impresión de haber recibido una reprimenda injusta. La señorita Towner no estaba en la oficina. Pike ganó la escalera y bajó hasta la calle felicitándose de haberla eludido.

Hasta que echó a andar hacia el camino de la estación, no advirtió cierto aire extraño en la gente que se movía a su alrededor. Un grupo de mujeres hacía animados comentarios ante el almacén de Worth. En la encrucijada de la Avenida Thomes y la Main Street había gran número de grupos dispersos, todos mirando hacia la estación.

Viniendo del camino de la estación, Joe Gurney pasó rápidamente entre los grupos, desde algunos de los cuales le hacían preguntas. El «deputy» siguió adelante sin detenerse. Poco después se encontraba con Steeple, el cual le detuvo.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

El alguacil señaló por encima del hombro.

—Acaban de asesinar a Durant.

—¿A quién? —preguntó Pike, creyendo haber oído mal.

—A Durant, el herrero. Su mujer había salido de compras llevándose al más pequeño de los chicos. Dos hombres entraron en la herrería, arrinconaron a Durant contra la fragua y le asestaron dos cuchilladas mortales. Luego, huyeron por el patio de atrás. Nadie les vio.

Gurney se disponía a reanudar su camino cuando Pike le retuvo por un brazo.

—Un momento. Si nadie vio a esos hombres, ¿cómo sabemos que fueron dos? ¿Habló Durant antes de morir?…

—No. Peno su chico estaba jugando allí y les vio.

Pike soltó al «deputy», el cual echó a andar alejándose con rapidez, al parecer en busca del sheriff.