CAPITULO IV

El Daily Leader, en su edición del lunes, publicaba un largo editorial elogiando la enérgica actitud del fiscal Ditmare, en su determinación por acabar con la violencia, el vicio y el crimen en la ciudad.

La noticia del arresto de «Long» Archer aparecía en otro lado, pero aunque el asunto ocupaba casi toda la primera página, en ningún lugar del periódico se citaba el nombre de Pike Steeple, ni siquiera a título informativo de la toma de posesión del nuevo alguacil adscrito a la oficina del fiscal.

La omisión del nombre de Steeple, sin embargo, no significó en modo alguno la permanencia de éste en el anonimato.

El domingo, casi veinticuatro horas antes de la aparición del Daily Leader (que no se publicaba), ya todo el mundo en la ciudad conocía al nuevo alguacil. Aquel día, el nombre de Steeple se citó tal vez centenares de veces en el ambiente cargado de humo de los saloons, las casas de juego y los prostíbulos de Cheyenne, y no ciertamente en forma muy reverente por lo que se podía adivinar.

El fiscal había anunciado su propósito de hacer comparecer a Archer ante un jurado, bajo la acusación de homicidio. Y el asunto prometía tener su miga, porque al menos hasta entonces, jamás se había condenado a nadie por haber dado muerte a un enemigo en duelo.

La gente en general se mostraba sorprendida. Los pistoleros, tahúres y mujerzuelas, estaban furiosos. Maldecían al fiscal, y aseguraban en voz alta que no permitirían que se declarara culpable a «Long» Archer.

Archer, pistolero de segunda fila, sujeto ruin y despreciable, al que ni siquiera los de su misma clase tenían estima, vino a convertirse de la noche a la mañana en un héroe y un mártir, peón de brega en un apasionante pugna de la gente del hampa contra las intenciones de Ditmare.

Porque la idea del hampa era que si la ley castigaba a Archer por matar en duelo a un enemigo, quedaría sentado un precedente ruinoso. Ello equivaldría a anular la ventaja del más rápido y el más valiente contra el torpe y el cobarde. Las pistolas ya no servirían para nada, ni serviría el prestigio de los mejores, ni valdría la pena que nadie se esforzara por dominar el difícil arte de «sacar» rápido el «seis tiros».

La petulancia del pistolero, el respeto que inspiraban los guardadores de los «gambling halls», la impunidad del tahúr que sostenía la validez de las jugadas sucias con la amenaza del «Derringer» y la altanería de los fulleros, gariteros y rufianes, sufrirían un golpe de muerte que acabaría de una vez para siempre con su desleal imperio. Y si dejaban de ser temidos, ¿quién les respetaría? Ellos naturalmente no podían consentir en esto. Por lo tanto, el hampa unida se aprestó a la lucha por la propia supervivencia.

El lunes por la mañana, mientras Pike esperaba al fiscal en la oficina, habló de esto con la señorita Towner.

—Espero que Ditmare sepa a dónde va en todo este condenado asunto —dijo Pike.

A lo que la señorita Towner contestó con convencimiento:

—¡Oh, el señor fiscal sabe lo que se juega en esto!

—Usted admira mucho a Ditmare, ¿no es cierto? —preguntó Steeple mirándola con fijeza.

Ella se ruborizó bajo la intensidad de la mirada de Pike, pero no contestó a la pregunta. Pike entonces preguntó:

—¿Qué clase de hombre es él en realidad?

—Usted debería saberlo mejor que yo. Le conoce más tiempo.

—Tal vez pensara que le conocía, o tal vez él cambió en estos años. Me da la impresión que es un hombre distinto. ¿Cómo le va en su matrimonio?

—¿Por qué pregunta eso?

—¿Sabe si es feliz?

—Supongo que lo es. Tiene una mujer joven y linda, una preciosa hija, una carrera, un brillante porvenir… Creo que, además de todo eso, posee una gran fortuna personal.

—Sí. Su padre posee un gran rancho allá en Texas, y Ralph es hijo único. También su suegro es rico, pero me pregunto si a pesar de todo eso no habrá algo que le tortura. Él no gasta muy buen humor, ¿verdad? Y no parece que esté enfermo.

El ruido de unos pasos en la escalera puso fin a esta conversación. Ditmare entró en la oficina, como siempre, con cara avinagrada y el ceño fruncido. Fijándose mejor en él, Olivia Towner se preguntó si realmente era aquella la cara de un hombre feliz a quien todo le sonreía en la vida.

—Buenos días —dijo Ditmare. Y encarándose con Pike—: ¿Tiene listos los testigos?

Pike le tendió una hoja de papel.

—Aquí están los nombres de seis personas que fueron testigos presenciales de lo ocurrido; primero, en la discusión de Archer con Lusty en el saloon, y, luego, en el duelo que sostuvieron en plena calle.

—Siéntese y espere. La señorita Towner le entregará en unos minutos las hojas de citación para las personas que formarán el tribunal. Las entregará en mano y hará que cada uno le firme el resguardo dándose por enterado.

Pike se sentó a esperar mientras la señorita Towner seguía a Ditmare al despacho.

Al cabo de un largo rato, Olivia Towner salió con un puñado de papeletas y se las entregó a Pike.

La tarea de Pike, durante toda la mañana, consistió en buscar a cada uno de los miembros del jurado y hacerle entrega de la correspondiente citación. Excepto un tendero llamado Fhiser, que refunfuñó alegando tener que hacer un viaje a Omaha en la misma fecha de la celebración de la causa contra Archer, todos los restantes miembros del jurado se mostraron encantados de servir a la causa de la justicia.

Poco después del mediodía, Pike fue a reunirse con la señorita Towner en el restaurante «La Pequeña China». La señorita Towner fingió sorpresa ante la comparecencia de Pike, pero éste no era tan inocente que no advirtiera la satisfacción que irradiaba de toda la actitud de la joven al verse acompañada de un hombre tan apuesto.

Pike ya había notado desde el primer día que le gustaba a la señorita Towner. Con otra mujer, acaso Pike se hubiera sentido llamado a poner pies en polvorosa, pero no con Olivia Towner. Al fin y al cabo, también a él le gustaba aquella buena moza de turgente busto y grandes y apasionados ojos. Antes, Pike jamás había pensado seriamente en el matrimonio. En cambio la aventura del matrimonio le tentaba con Olivia. Al menos ésta era una mujer con la que uno nunca llegaría a sentirse aburrido.

—¿Cumplida su misión? —le preguntó Olivia.

Pike asintió, añadiendo a modo de comentario:

—Todas las personas a las que entregué una papeleta parecían satisfechas de servir de miembros del jurado.

—Bueno, después de todo es motivo de satisfacción. Esta es la primera vez que se nombra un jurado en la ciudad, y es sabido que en estos casos siempre se escoge a las personas más honestas.

—Es posible que a la segunda vez no ocurra lo mismo. Los jurados, por lo regular, no pueden evitar verse sometidos a críticas y presiones. Eso siempre resulta molesto a la larga.

—A propósito de presiones —dijo Olivia Towner—, ¿No sabe una cosa? El fiscal encontró en el correo nada menos que tres cartas amenazadoras. Todas eran anónimas, por supuesto.

—¿De veras? ¿Y usted las leyó?

—Más o menos, todas venían a decir lo mismo. Ditmare se expondrá a graves peligros, incluido el de la pérdida de la vida, si no desiste de llevar a Archer al banquillo de los acusados.

—¿Ve usted? Yo sabía que ocurriría. Los hampones no se resignan a renunciar a su hegemonía. Lucharán, y lo harán de la única forma que ellos saben; con la coacción, amenazas, y todo lo demás. Ditmare quizá desdeñe esos anónimos, pero la realidad es que su vida va a estar en peligro de ahora en adelante.

Después de comer, Pike acompañó a la señorita Towner hasta la oficina, regresando a continuación al hotel con la idea de descansar un rato.

Al entrar Pike en el hotel, dos hombres salieron a su encuentro en el vestíbulo. Se trataba de Saford y MacGowan, dos de los testigos que se encontraban en el «Mercury Saloon» la mañana en que Archer y Lusty concertaron su famoso duelo. Los dos hombres formaban en la lista que Pike había entregado al fiscal aquella misma mañana.

—¿Podemos hablar con usted en reservado, señor Steeple? —le dijeron.

Con sólo mirarles a la cara, Pike comprendió que algo les ocurría.

—Vengan a mi habitación —dijo, señalando la escalera.

Los dos hombres le siguieron a la segunda planta, esperando en silencio mientras Pike cerraba la puerta de la habitación a sus espaldas.

—Venimos a disculparnos —manifestó Saford manoseando nerviosamente su sombrero—. No podemos servir de testigos. La verdad es que nada vimos de la disputa de Archer con Lusty. ¿No es así, Peter?

MacGowan asintió con rotundos movimientos de cabeza.

—Veamos —dijo Pike quitándose el sombrero y arrojándolo sobre la cama—. Ustedes se encontraban en el «Mercury» esa mañana, ¿no es cierto?

—Sí. Peter y yo discutíamos un negocio en la mesa del rincón. La gente empezó a correr hacia la puerta, pero nosotros ignorábamos qué estaba pasando. Cuando llegamos a la puerta, el grupo que la obstruía nos impidió ver la calle. Escuchamos los disparos, pero nada vimos.

—Eso es más o menos lo que declararon; sólo que en la primera versión, ustedes aseguraban encontrarse en la misma puerta, viendo todo lo que ocurría, mientras los demás parroquianos empujaban por detrás. Lo que yo quiero saber es esto, señores. ¿Mintieron entonces, o es ahora cuando están mintiendo?

—Nada vimos, se lo aseguro —dijo MacGowan—. Decir lo contrario fue una tontería… un necio empeño de adquirir notoriedad. Pero en vista de cómo se están poniendo las cosas…

MacGowan calló de repente al recibir un codazo de su compañero. Pike insistió:

—Termine, MacGowan. ¿De qué forma se están poniendo las cosas? ¡Dígalo!

—No diré nada más —aseguró el hombre asustado—. Ni aquí, ni, por supuesto, ante el jurado si me obligan a comparecer como testigo.

—¡Váyanse! —dijo Pike irritado—. Comunicaré su decisión de ustedes al fiscal. Él decidirá.

Los dos hombres abandonaron apresuradamente la habitación y Pike se quedó de pie junto a la ventana mirando pensativamente a la calle. Después de reflexionar unos minutos, Pike tomó repentinamente su sombrero y salió.

Cuando llegaba ante el edificio de la Corte, vio salir a un tal Gilbert, uno de los testigos de la disputa de Archer con Lusty en el «Hamper Gambling». Gilbert le vio a su vez, pero inclinando avergonzado la cabeza pasó por su lado sin decir una palabra.

Pike se dirigió al despacho del juez Cliford, donde encontró a Ditmare con el rostro acalorado. La ira de Ditmare se volvió contra Pike al preguntarle con violencia:

—¿Y usted qué quiere, Steeple?

Pike no estaba acostumbrado a que le hablaran de forma tan desconsiderada, pero se contuvo y dijo secamente:

—Otros dos testigos han fallado. MacGowan y Saford estuvieron a verme para decirme que retiran su declaración.

Ditmare entonces pareció desinflarse como un globo. Miró al juez. Este sacudió su blanca cabeza diciendo:

—Mal asunto. Alguien asustó a los testigos.

—¡No me importan los testigos! —rugió Ditmare—. Archer ha admitido que disparó contra Lusty.

—También le fallarán los miembros del jurado —advirtió Pike, deseando fastidiar a Ditmare.

—No pueden negarse a servir de jurado.

—Será peor. Ocuparán el asiento de los jurados, escucharán los cargos, y luego declararán a Archer inocente. Lo harán así para evitarse daños en sus propiedades, en sus personas, y las personas de sus respectivas familias… porque serán amenazados, y porque al fin y al cabo, lo que hizo Archer nunca se había considerado antes un delito… al menos en esta ciudad.

El juez asintió sacudiendo la cabeza, y dijo:

—Exactamente así ocurrirá. Ralph, abandona ahora que estás a tiempo de salvarte de un fracaso. Retira los cargos contra Archer y oblígale a salir de la ciudad. Siempre se hizo así.

—¡No! —Ditmare descargó un puñetazo sobre la mesa—. Se hizo de esa manera cuando en esta ciudad no había ley… cuando no existía un fiscal y sólo un tolerante e inoperante juez.

Cliford había sido el inoperante juez de la alusión de Ditmare, y con las palabras de éste enrojeció. Ditmare continuó:

—Pero la situación ha cambiado. ¡Esta ciudad réproba habrá de sentir el peso de la ley! ¡Archer se sentará en el banquillo de los acusados!

Tanto Cliford como Steeple guardaron silencio. Ditmare se volvió encarándose con Pike.

—Usted conoce a cada uno de los miembros del jurado; Hasta que se lleve a cabo la vista en la Corte el jueves, su única misión consistirá en vigilar a los jurados y asegurarse de que nadie intenta coaccionarles.

—¿Y si a pesar de todo lo intenta alguien?

—Arréstele y llévele a prisión. Yo me encargaré de que no vuelva a intentarlo jamás en lo que le quede de vida.

—Hay siete jurados y faltan dos días y medio hasta la celebración de la vista del jueves. ¿Cómo podré protegerles a todos?

—Eso es cuenta suya —repuso Ditmare abruptamente—. Le pagan para que haga esta clase de trabajos. Nadie insinuó siquiera que se tratara de un trabajo fácil.

—Ya lo veo —dijo Pike irónico. Y abandonó el despacho del juez, volviendo a la calle.

La reiteración de Ditmare en la dificultad de su trabajo y el alto sueldo que estaba cobrando, era algo que empezaba a fastidiarle mucho. Ditmare le había hecho venir adrede desde Carson City para confiarle aquel puesto. Sin embargo, más bien parecía que le invitaba a abandonar el empleo y marcharse.

Con una moral bastante baja, Pike dedicó el resto de la tarde a rondar a los miembros del jurado. Estos eran siete: un tendero, un cocinero de un restaurante, un herrero, un empleado de Banco, un transportista, un maestro de escuela y un veterinario. Excepto el veterinario y el transportista, que andaban por el condado dedicados a su trabajo, todos los demás se encontraban en la ciudad.

Ni el maestro mientras estuviera en su escuela, ni el empleado en el Banco, ni el tendero ni el cocinero serían molestados en horas de trabajo. Los hampones, por regla general, preferían las sombras de la noche y las calles solitarias para llevar a cabo sus siniestras intenciones.

Pike pasó por la herrería de Durant, sólo para asegurarse de que el hombre trabajaba con toda normalidad. Como por pura casualidad, también se encontraba cerca de la escuela cuando los chiquillos salieron y salió el maestro. Pike siguió al maestro desde lejos.

Caía la noche y empezaban a encenderse las luces en los saloons y las casas de juego. Regresaban a la ciudad los que estuvieron todo el día dedicados a sus ocupaciones fuera de ella, y la calle principal era un avispero de gentes y de carruajes moviéndose en todas direcciones.

Pike se encaminó a «La Pequeña China» para cenar temprano y continuar su vigilancia. Olivia Towner iba al restaurante a comer seis días de la semana, pero la comida de la tarde la realizaba siempre en su propio apartamiento.

Al entrar en el restaurante, donde todavía era escasa la concurrencia de parroquianos, Pike se encaminó por la fuerza de la costumbre a la retirada mesa que siempre ocupaba la señorita Towner.

Con gran sorpresa Pike, vio que la señorita Towner estaba allí. Pero no se encontraba sola. Un hombre ocupaba la silla donde solía sentarse Pike. El hombre se hallaba de espaldas a la entrada, pero Olivia levantó los ojos y vio a Pike.

Aunque el rostro de la joven ya aparecía enrojecido, todavía enrojeció más al descubrir a Steeple. Ella hizo un brusco movimiento, y Pike cayó en la cuenta de que una de las manos de la joven había estado prisionera entre las de su acompañante hasta que él entró.

Pike quedó paralizado por la sorpresa, al propio tiempo que sentía un regusto amargo en la boca.

Sorpresa, decepción y disgusto, se retrataron en la cara de Steeple de modo que ella pudo leer cada uno de sus sentimientos. Los ojos de Olivia se agrandaron, expresando tanto terror, que fue causa de que su acompañante volviera la cabeza en busca de la causa de su trastorno.

Tan pronto como vio a Pike, el hombre se puso en pie apartando su silla.

No era muy alto. Vestía con elegancia y tenía cierto porte distinguido, aun cuando sus facciones eran bastante vulgares. Una cicatriz le cortaba la mejilla desde la comisura de los labios hasta la patilla, lo que contribuía a darle cierto aire de feroz crueldad.

Las grises pupilas del sujeto relampaguearon.

—¿Quién es usted? —preguntó con acento irritado.

Pike no contestó. Olivia Towner dijo medrosamente:

—Él es Pike Steeple. Señor Steeple, le presento a Ray Lait.

—¿Es este tu amigo? —interrogó Lait sin apartar sus ojos de la cara de Pike.

—No es más que eso…, un buen amigo —balbució Olivia.

—Lárguese, Steele —pronunció Lait con ira—. Y no vuelva a acercarse más a Olivia. ¿Entendido?

Pike miró a la joven. La señorita Towner, pálida y asustada, hizo un leve movimiento de asentimiento con la cabeza. Pero esto no era suficiente para Pike, el cual preguntó:

—Dígame, ¿quién es usted, Lait? No le había visto antes por aquí.

—Acabo de llegar —repuso Lait fríamente—. Soy el novio de la señorita Towner. ¿Queda suficientemente clara la situación?

—Es suficiente para mí —repuso Pike secamente.

Y, dando la espalda a la pareja, abandonó rápidamente el restaurante.

Llegando a la calle, Pike echó a andar por la acera sin rumbo predeterminado. Se sentía furioso, pero hasta que analizó las causas de su desasosiego, no le fue fácil descubrir que estaba más interesado por la señorita Towner de lo que él mismo creyó.

Una cosa así no le había ocurrido jamás, si exceptuaba el desengaño de sus amores juveniles con Gem Tunney. Pero esto de ahora era diferente. Ni él era un joven e inexperto vaquero, ni Olivia era una niña coqueta, inconsecuente y superficial. Todo lo contrario, la señorita Towner era una mujer hecha y derecha, inteligente, llena de aplomo y sensatez. ¿Cómo entonces no fue sincera con él? ¿Por qué le ocultó que tenía novio?

La falta de sinceridad en Olivia era, de todo, lo que más le indignada. No pudo encontrar disculpa para ella, ni siquiera diciéndose que tal vez se lo ocultó por un pueril temor a que él perdiera al saberlo todo el interés que le había demostrado desde un principio.

Casi sin saber cómo había llegado hasta allí, Pike se encontró en las afueras de la ciudad, junto a los grandes corrales que la Asociación de Ganaderos estaba levantando en las proximidades de la estación del ferrocarril. La noche había caído con rapidez y a su alrededor todo era oscuridad.

Pike permaneció todavía unos minutos junto a los corrales, reflexionando. Su trabajo, la ciudad, la lucha de la Ley contra el crimen, Ditmare… todo había perdido de súbito interés para él. Lejano se escuchó el silbido de una locomotora cruzando la pradera. Pike experimentó de pronto unos deseos apremiantes de abandonar todo aquello, de viajar a cualquier parte… sin que importara la distancia ni el lugar, a condición únicamente que fuera lejos…

Aun cuando decidió que se marcharía, Pike se dijo después que no había verdadera urgencia. Esperaría a cobrar su primera paga, y luego…

Lentamente emprendió el regreso al centro de la ciudad.

Una de las primeras casas era la de Durant, obligado por las ordenanzas municipales a situar su taller en las afueras, donde el ruido del martillo sobre el yunque no molestara a los vecinos.

El Ayuntamiento estaba instalando faroles en el centro de la ciudad, pero esta mejora no alcanzaba todavía al resto de las calles ni a las afueras de la población. La oscuridad era casi impenetrable alrededor del taller de Durant, aunque se veía luz en una de las ventanas.

Al acercarse Pike a la herrería se escuchó un agudo silbido, lanzado por alguien que se encontraba en la calle. Pike conocía demasiado bien el significado de esta clase de silbidos y se detuvo echando atrás el faldón de la chaqueta.

—¡Alto! —gritó—. ¿Quién anda ahí?

La respuesta, brutal e instantánea, vino en forma de un boquete de luz anaranjada que estalló desde el cañón de un arma en seco estampido. Pike tuvo apenas tiempo de saltar tras la esquina del edificio, donde la bala rebotó con endemoniado aullido.

Veloz y seguro en sus movimientos, Steeple empuñó su revólver y saltó al lado contrario abandonando su refugio.

La puerta de la casa se abrió arrojando a la calle un rayo de luz. Dos sombras interceptaron la luz al salir apresuradamente a la calle, y Pike pudo ver entonces al hombre que le había disparado, de pie junto al poste donde solían amarrarse los caballos cuando los llevaban a herrar. Este hombre también vio a Pike y levantó la pistola que tenía en la mano.

Pike hizo fuego manteniendo la mano baja. El hombre giró bruscamente sobre sí mismo y cayó contra el poste, donde quedó grotescamente colgando con las manos tocando el suelo.

De los otros dos sujetos, uno de ellos disparó hacia atrás mientras corría. Pike disparó. El hombre, alcanzado entre los omoplatos, cayó pesadamente de bruces sobre el barro de la calle. El tercero siguió corriendo, perdiéndose en la oscuridad antes que Pike tuviera tiempo de disparar de nuevo.