La explosión original borró la cepa del Amo. El resto de los vampiros se evaporaron en el momento de la inmolación. Desaparecieron. Ellos lo constataron en los días siguientes al aventurarse de regreso a tierra firme, cuando las aguas retrocedieron. Y luego, mediante la comprobación de exaltados mensajes a través de Internet, que ahora ya funcionaba. Más que celebrarlo, la gente divagó en una neblina postraumática. La atmósfera aún estaba contaminada, y las horas de luz eran escasas. La superstición continuó y la oscuridad era aún más temida que antes. Los informes de vampiros esporádicos aparecían una y otra vez, pero con el paso del tiempo fueron atribuidos a la histeria colectiva.

Las cosas no volvieron a «la normalidad». De hecho, los isleños permanecieron varios meses en sus asentamientos, trabajando para recuperar sus propiedades en tierra firme, pero reacios a comprometerse todavía con las viejas costumbres. Lo que todos creían saber sobre la naturaleza, la historia y la biología se demostró que estaba equivocado, o al menos era incompleto. Y al cabo de dos años, habían llegado a aceptar una nueva realidad y un nuevo régimen. Las antiguas religiones habían sido desmanteladas; otras se habían reafirmado. Pero todo estaba sujeto a discusión. La incertidumbre era la nueva plaga.

Nora se contaba entre aquellos que necesitaban tiempo para asegurarse de que la vida, tal como había sido para ella en otro tiempo, volvería a prevalecer. Que no habría otras sorpresas desagradables aguardando a la vuelta de la esquina.

—¿Qué vamos a hacer? Tenemos que regresar a Nueva York en algún momento —le dijo Fet un día, planteando el tema con toda delicadeza.

—¿De veras? —replicó Nora—. No sé si quiero hacerlo todavía. —Le agarró la mano—. ¿Y tú?

Fet apretó la de ella y miró hacia el río. Dejaría que se tomara todo el tiempo que necesitara.

Nora y Fet no regresaron nunca. Aprovecharon la Ley de Reclamación de Propiedad Federal propuesta por el gobierno provisional y se trasladaron a una granja en el norte de Vermont, fuera de la zona muerta causada por la detonación de la bomba nuclear en el río San Lorenzo. No se casaron —ninguno de los dos sentía esa necesidad—, pero tuvieron dos hijos, un niño llamado Ephraim y una niña llamada Mariela, en honor a la madre de Nora. Fet publicó las anotaciones sobre el Occido lumen en Internet, que ya funcionaba correctamente, y procuró conservar su anonimato. Pero cuando su veracidad fue cuestionada, se embarcó en el Proyecto Setrakian, editando y publicando la totalidad de los escritos y las fuentes del viejo profesor en la red, y dando libertad de acceso a todo aquel que estuviera interesado. Fet centró su proyecto de vida en rastrear la influencia de los Ancianos a lo largo de la historia humana. Quería saber los errores colectivos que habíamos cometido y se dedicó a evitar que se repitieran.

Durante un tiempo hubo disturbios y se habló de adelantar procesos penales para identificar y sancionar a los culpables de violaciones de los derechos humanos bajo la sombra del Holocausto. Los guardias y los simpatizantes eran identificados y linchados ocasionalmente, e incluso se habló de asesinatos por venganza, pero, al final, surgieron más voces tolerantes para responder a la pregunta de quién había sido el responsable de aquel estado de cosas. Todos lo fuimos. Y poco a poco, a pesar de todo nuestro rencor y los fantasmas que cargaban con el lastre de nuestro pasado, la gente aprendió a coexistir en paz una vez más.

A su debido tiempo, otros afirmaron haber eliminado a los strigoi. Un biólogo divulgó su supuesto hallazgo de una vacuna en el sistema de agua potable, los miembros de algunas pandillas —exhibiendo toda clase de trofeos— reclamaron para sí la autoría de la muerte del Amo, y, en el giro más insospechado, un creciente grupo de escépticos comenzó a negar la existencia del virus. Atribuyeron la epidemia a una conspiración gigantesca del nuevo orden mundial, alegando que todo lo sucedido era un golpe de Estado preparado. Decepcionado, pero sin ninguna amargura, Fet reabrió su negocio de exterminador. Las ratas volvieron, proliferando una vez más; otro desafío al que había que hacer frente. Él no era de los que creían en la perfección o en los finales felices: aquel era el mundo que ellos habían salvado, con ratas y todo. Pero un puñado de partidarios convirtió a Vasiliy Fet en un héroe de culto, y aunque él se sentía incómodo con cualquier tipo de fama, terminó aceptándolo, y agradeció lo que tenía.

Todas las noches, mientras dormía a su pequeño Ephraim, Nora le acariciaba el cabello y pensaba en su homónimo y en su hijo, y se preguntaba qué final habrían tenido. Durante los primeros años, ella se preguntaba con frecuencia cómo habría sido su vida con Eph si la cepa vampírica no se hubiera extendido nunca. A veces lloraba en silencio, y en esas ocasiones, Fet sabía que era mejor no indagar. Esa era una parte de Nora que él no compartía —que él no compartiría nunca—, y le dejaba espacio para que se lamentara a solas. Pero a medida que el niño creció, siendo muy semejante a su padre y sin que nada recordara al que le había dado su nombre, la realidad de los días eliminó las circunstancias del pasado, y el tiempo siguió su curso inalterable. Para Nora, la muerte ya no era uno de sus temores, porque ella había vencido su opción más maligna.

Llevaba consigo aquella marca en la frente: la cicatriz del disparo de Barnes. La consideraba como un símbolo de lo cerca que estuvo de sufrir un destino peor que la muerte, aunque en los últimos años se había transformado en un símbolo de esperanza para ella. Ahora, mientras Nora contemplaba la cara de su bebé —sin cicatrices y llena de paz—, una gran serenidad inundó su espíritu, y de repente recordó las palabras de su madre: «Mirando hacia atrás tu propia vida, verás que el amor es la respuesta a todo».

Cuánta razón tenía.