INTERLUDIO III
Occido lumen: Sadum y Amurah
El Ángel de la Muerte cantó con la voz de Dios mientras las ciudades eran destruidas con una lluvia de fuego y azufre. El designio de Dios fue revelado y la luz lo carbonizó todo en un instante.
Sin embargo, la violencia exquisita de la inmolación no significó nada para Oziriel; ya no. Anhelaba una destrucción más terrible. Sentía deseos de violar el orden, y al profanarlo, lograr el dominio sobre él.
Mientras la familia de Lot huía, su esposa se volvió y miró el rostro de Dios, siempre cambiante, increíblemente radiante. Más brillante que el sol, quemó todo a su alrededor y la convirtió en una estatua de sal, blanca y cristalina.
La explosión transformó la arena del valle en cristales puros, en un radio de casi ocho kilómetros. Y los arcángeles recorrieron el lugar tras cumplir su misión, antes de regresar al éter. Su tiempo como hombres en la Tierra había llegado a su fin.
Oziriel percibió la consistencia del cristal aún caliente bajo las suelas de sus sandalias, los rayos del sol sobre su rostro y un impulso maligno y creciente afloró en su interior. Alejó a Miguel de Gabriel con cualquier pretexto y lo condujo hasta un acantilado rocoso, donde lo engatusó para que desplegara sus alas de plata y sintiera el calor del sol. Excitado, Oziriel fue incapaz de controlar sus impulsos y se abalanzó sobre su hermano con una fuerza brutal, desgarrando la garganta del arcángel y bebiendo su sangre luminosa y plateada.
Fue una sensación extraordinaria. Una perversión trascendente. Gabriel llegó en medio del violento éxtasis, vio las alas brillantes de Oziriel completamente desplegadas, y se horrorizó. Tenían órdenes de regresar de inmediato, pero Oziriel, todavía preso de aquella lujuria demencial, se negó a volver e intentó apartarlo de Dios.
Seamos Él, aquí en la Tierra. Convirtámonos en dioses, y caminemos entre los hombres y dejemos que nos adoren. ¿No has probado el poder? ¿No te subyuga?
Pero Gabriel se mantuvo firme y convocó a Rafael, quien apareció en forma humana transportado por una flecha de luz. El rayo paralizó a Oziriel, fijándolo a la tierra que tanto amaba. Quedó atrapado entre dos ríos, los mismos que alimentaban los canales en Sadum. La venganza de Dios no se hizo esperar: los arcángeles recibieron órdenes de destrozar a su hermano y dispersar sus miembros en el mundo material.
Oziriel fue partido en dos pedazos, luego en siete, y sus piernas, brazos y alas fueron enterrados en los rincones más apartados de la Tierra, quedando únicamente su cabeza. Como la mente y la boca de Oziriel eran las partes más ofensivas para Dios, esta séptima pieza fue arrojada mar adentro y yacía en las arenas abisales del lecho marino, donde nadie podía tocar los restos. Ni tampoco sacarlos.
Permanecerían allí hasta el día del juicio al final de los tiempos, cuando toda forma de vida en la Tierra fuera llamada ante el Creador.
Pero, a través de los siglos, zarcillos de sangre brotaron de los órganos sepultados y engendraron nuevas entidades. Los Ancianos. La plata, la sustancia más afín a la sangre que bebían, tendría siempre un efecto negativo sobre ellos. El sol, lo más semejante al rostro de Dios en la Tierra, los eliminaba y los quemaba, y como en su propio origen, permanecerían atrapados entre masas de agua en movimiento y nunca podrían cruzarlas por sí mismos.
No conocerían el amor y podrían reproducirse solamente quitando la vida; nunca dándola. Y, si la pestilencia de su sangre llegara a propagarse, su aniquilación sería provocada por el hambre de su estirpe.