[1] Otro final (que lleva la indicación que lo confirma: «end») aparece en otra hoja del Espólio de Pessoa:
—En ese baile tampoco había nadie vestido de Mefistófeles, todo de rojo. De eso nunca me olvidaría… No había nadie vestido así, ¿verdad Antonia?
—No, yo no lo recuerdo… Seguro que no. Esas cosas así, sobre todo con colores muy violentos, nunca se olvidan.
—¿Y usted no bailó con nadie en ese baile, madre?
—Sí que bailé, pero sólo una vez. Con un hombre vestido de sabio, que me dijo que era el doctor Fausto. Por cierto, no volví a bailar con él. Era una criatura casi muda. Aparte de decirme que era el doctor Fausto, porque yo le pregunté, creo que no dijo nada más —y rompió a reír—. ¡Ah! Dijo, dijo… Aún me acuerdo de su cara: muy triste, muy abatida, como si estar allí fuera una condena. Lo que me dijo fue esto. Al despedirse de mí, dijo: «¡Adiós, Margarita!» Nunca entendí qué gracia podía tener aquello. Pero el desdichado estaba tan distraído, que, naturalmente, estaba pensando en cualquier otra muchacha. (Gretchen). Y fue todo cuanto sucedió en aquel baile… Lo curioso es eso de la calle y la luz de la luna. Pero quizá te haya hablado de eso alguna vez.
—Puede que sí… No me acuerdo, pero es posible… Habrá sido eso.