—He vuelto con unos conocidos. Como también venían hacia aquí…

—¿Y cómo has venido? ¡¿A pie?!

—No. He venido en automóvil.

—¡No me digas! No lo he oído.

—No me han dejado en la puerta —dijo ella sin vacilar—. Pasaban por la esquina, y les he dicho que no hacía falta que me trajeran hasta aquí, porque quería andar este tramo de la calle a la luz de la luna, que hoy está preciosa. Es tan bonita… Voy a acostarme. Buenas noches…

Y se marchó, sonriendo, pero sin darle un beso, el de costumbre, que al darlo nadie sabe si es costumbre o es beso.

Ninguno de los dos se dio cuenta de que no se habían besado.

La criatura, un niño que nació cinco meses después, resultó ser —con el paso del tiempo en general y de su crecimiento en particular—, llegada la edad adulta, muy inteligente; un talento, acaso un genio, lo que quizás era verdad, pese a lo que dijeran algunos críticos.

Un astrólogo le leyó el horóscopo y le dijo que su Ascendente era Cáncer, y su signo, Saturno.