Ocho
Al igual que la aldea Zulucu, Sakrabita tiene centinelas. A diferencia de la aldea Zulucu, en Sakrabita el puesto no es un castigo sino parte de un deber cívico comprendido y aceptado por todos. La guardia de Sakrabita está compuesta por gallardos y valerosos soldados que decidieron mucho tiempo atrás dedicar sus vidas a la protección de sus compatriotas. Han permanecido guiados por este espíritu durante siglos y el magnético liderazgo del Preste Juan ha potenciado aún más si cabe esta innata forma de ser. Todo ello se exterioriza en un grupo militar consciente de sus obligaciones y dispuesto a cumplirlas. Un grupo que sabe que la vigilancia de la ciudad es prioritaria para su defensa y que, actuando en consecuencia, pone sus seis sentidos en máxima alerta ante cualquier anomalía que pueda perturbar la merecida paz de la que disfrutan. Con este grupo al cargo, los sakrabitanos se sienten seguros en... en...
¿A quién quiero engañar? Estamos hablando de Sakrabita.
Es cierto que el puesto de guardia no es un castigo en la ciudad del Preste Juan, sino parte de un deber que la mayoría comprende y acepta. Esta mayoría comprende, por ejemplo, que hacer guardias es una buena manera de librarse de otras tareas más pesadas hasta la hora de la comida. También resulta útil para echar el sueñecito tranquilo de la borrachera en un lugar donde nadie moleste. Por eso nunca faltan voluntarios para hacer guardias.
Más que gallardos y valerosos, los soldados del ejército de Sakrabita son gordos y perezosos. El mejor de ellos podría ser definido, siendo magnánimos y estirando el significado de las palabras, como "un fofo y apestoso odre de vino incapaz de hablar y caminar al mismo tiempo". Y si nos oyera describirlo así, seguramente nos daría las gracias por tan bellos epítetos.
De cualquier modo, en Sakrabita hay centinelas (o algo parecido). En el momento en que empieza este capítulo dos de ellos estaban frente a la puerta del castillo bajo la tenue luz del amanecer. A uno ya lo conocemos, pues tiene una cierta tendencia a perder el control de su vejiga ante insignificancias como torres que se le desmoronan delante. El otro es un joven atractivo y menos borracho que la media (lo que significa que su hígado todavía no puede confundirse con un queso gruyere podrido) pero con una debilidad por las apuestas. Para pasar el rato, estaban manteniendo una conversación al estilo sakrabitano:
— Hizo una vuelta preshiosha antesh de caer, ¿shabesh?
— Qué aburrimiento. ¿Qué habrá hoy de comer?
— Pero nadie me cree <hipo>.
— Te apuesto lo que quieras a que volvemos a comer ave.
— ¡Imagina que todash lash torresh empezaran a shaltar encima de los guardiash!
— Te apuesto lo que quieras a que no lo vuelven a hacer.
— ¡Hashta podríamosh amaeshtrarlash!
— Te apuesto lo que quieras a que no.
Como pueden ver, Sakrabita no había perdido el arte de la conversación sino que lo había llevado más allá del realismo y el romanticismo, justo hasta el dadaísmo y el surrealismo. Lástima que pareciera no poder salir de ahí. Afortunadamente, un acontecimiento iba a interrumpir este diálogo (por llamarlo de algún modo).
— Oye —dijo el apuesto apostador apostado en la puerta, escudriñando en la lejanía—, ¿qué es eso?
Su compañero intentó otear, cosa que no había hecho en décadas, con lo que logró taparse la cara y meterse los dedos en el ojo hasta que colocó la mano en la posición correcta.
— Parece... Parece una cosha que vuela...
— Algo grande...
— ¿Esh un pájaro? ¿Esh una torre?
— No... Es...
Los centinelas se miraron con expresiones de terror absoluto al comprender lo que estaban viendo.
— ¡La máquina voladora de Frank!
Al instante, la campana de alarma de Sakrabita estaba sonando. Como varios siglos de desuso habían dado cierta ventaja al óxido, en vez de un sonoro repique hizo un ruido parecido a "cloclotoprof" antes de caer al suelo y hacerse añicos.
Pero no hacía falta dar la alarma. El ser humano está preparado para sentir amenazas ocultas que puedan poner en peligro su existencia. Gracias a eso, nuestra especie ha logrado escapar ilesa de tigres dientes de sable, de escorpiones venenosos, de ornitorrincos psicópatas, de inspectores de hacienda,... y de la máquina voladora de Frank N. Stein.
Los sakrabitanos se metieron en sus casas y cerraron puertas y ventanas. Algunos, un tanto más paranoicos que la mayoría, tapiaron las chimeneas y las fosas sépticas. Muchos acabaron debajo de las camas. Al poco, las calles de Sakrabita estaban totalmente desiertas. Incluso los animales de granja habían hecho caso a sus instintos y, recordando aterrizajes pasados de la máquina de Frank, habían decidido que el lugar más seguro estaba bajo la paja de los establos.
De hecho, cualquier lugar blando servía. La máquina voladora de Frank N. Stein, como sabían todos sus inocentes pilotos de pruebas, siempre aterrizaba sobre sitios duros. Duros y grandes. Y, a ser posible, con muchas aristas afiladas y punzantes partes quebradizas. Debía de ser parte del diseño del vehículo.
Encogidos en sus hogares, los sakrabitanos esperaron a oír el estrépito que anunciaría que el inventor y su máquina habían regresado para vengarse.
Pero el estrépito nunca llegó. En vez de eso, pudieron oír el chirrido de cuatro ruedecillas tomando suave contacto con el suelo y un aleteo demasiado controlado como para pertenecer a la temida máquina.
En la calle principal de Sakrabita, Jane y Frank bajaron del armatoste volador.
— No parece muy habitada, tu ciudad —dijo la reportera.
— No te preocupes. Están escondidos. Siempre lo hacen cuando uso mi máquina.
— Comprensible...
— En realidad, siempre lo hacen cuando invento algo.
— Ajá...
Al ver que nada se rompía y que su inventor estaba hablando con una desconocida, la curiosidad de los sakrabitanos pudo más que su prudencia y empezaron a salir lentamente de sus casas. Cuando vieron en el suelo y en perfecto estado la máquina infernal, algunos se acercaron cautelosamente, como si temieran que fuera a estallar. Otros se encerraron de nuevo, convencidos de que iba a hacerlo.
En aquel momento, la guardia del castillo dirigida por el Preste Juan llegó al lugar.
— ¡Frank! —dijo el hombretón— ¡Has vuelto!
El inventor se aproximó a su líder.
— ¡Sí, y traigo malas noticias! ¡Un grupo de esclavistas viene hacia aquí y tienen un ídolo indígena que les da poderes extraños y quieren bañarlo en la fuente para abrir la puerta a los espíritus y si no los detenemos será el fin del mundo y habrá lagartos gigantes peleando con chimpancés gigantes por toda la eternidad! ¡Y como nadie les dará fruta, se despiojarán todos!
Los sakrabitanos se miraron entre sí. El Preste Juan puso una de sus manazas sobre el hombro de Frank.
— Esto... Frank... ¿Te encuentras bien? Creo que tu máquina tiene efectos secundarios. Ven, te llevaré a un sitio donde podrás descansar. Eso es, aquí, a la sombra...
Los sakrabitanos volvieron a sus quehaceres al ver que todo volvía a ser como antes. Frank seguía siendo el mismo loco.
— ¡Esperad! —gritó Jane, de quien todos menos ella se habían olvidado— ¡Dice la verdad! ¡Esos esclavistas vienen hacia aquí! ¡Esta ciudad es lo único que puede impedir que cumplan sus planes!
El Preste Juan se detuvo, meditabundo.
— Hummm... ¿Decís que vienen unos esclavistas peligrosos?
— ¡Peligrosísimos! ¡Con un armamento muy superior al vuestro!
— ¿Y que somos la última línea de defensa?
— ¡Sí!
— Vaya, vaya... Me recuerda mis días de juventud, cuando estaba en las Cruzadas... ¡De acuerdo, mujer! ¡Sakrabita detendrá al invasor! ¡Soldados, a formar!
Los soldados formaron.
Lo primero que formaron fue una línea curva, intentando colocarse en su sitio. Algunos lograron seguir de pie tras llegar al lugar que les correspondía. Entonces, se pusieron firmes. Sacaron pecho, metieron barriga y algunos no vomitaron al hacerlo. El Preste Juan pasó revista a las tropas, mientras en el silencio sólo se escuchaba los ronquidos de un soldado que se había dormido de pie.
Jane, un tanto desilusionada ante lo que veía, se dirigió con diligencia al dogmático dirigente de los sakrabitanos.
— Ejem... Señor... No pretendo resultar maleducada, pero... ¿No hay nada más que pueda defender la ciudad?
Incluso el Preste Juan tuvo que admitir que tal vez sus hombres hubieran perdido algo de forma física. Se rascó la barba, pensativo. Entonces miró a Frank. Y sonrió.
— Frank... Creo que tú podrías ayudar.
El inventor se sorprendió.
— ¿Yo? ¿Qué puedo hacer yo?
— Bueno, me preguntaba... Me preguntaba si todavía sabes hacer ese polvo negro que explota...
— ¡Maestro! ¿Hasta cuándo va a seguir volando
este bicho? ¡Me estoy cansando!
— ¡Je! Pues mira, resulta que en eso te tiene ventaja. No es un bicho. Es magia pura animando unos huesos. No se cansará de volar nunca, porque es lo que la magia le ordena que haga.
— ¿Qué? ¡Pero entonces iremos a parar muy lejos de Sakrabita!
— Eso parece, sí... Pero no te preocupes, todo tiene solución.
— ¿Ah, sí?
— Sí. La magia que lo anima, la magia del Mangante, no es eterna. Su poder durará unas cuantas horas, un día como mucho, y después... Bueno, desaparecerá la carne, quedarán los huesos y no habrá magia para sustentar el vuelo.
Gayumbo se horrorizó ante la perspectiva.
— ¿Y entonces caeremos?
— Es muy probable, sí.
Gayumbo, lejos de desanimarse, examinó entonces la anatomía de la criatura alada. Después, con unos movimientos prácticamente felinos, trepó por la pata de la que colgaba, se agarró al ala izquierda, se dio impulso hacia arriba y terminó tumbado sobre el lomo del animal (que no lograba entender lo que estaba pasando).
— ¿Qué haces?
— Creo que va siendo hora de tomar el control de la situación.
Gayumbo se sentó a horcajadas en el cuello del pterodáctilo.
La ascensión del Kilomanjares hubiera
desanimado a muchos corazones valerosos. Sin embargo, el de Hardy
Stern estaba inflamado por un fuego incombustible, un fuego que le
daba fuerzas para seguir adelante en aquel momento que tan cerca
estaba de lograr su objetivo. Esa energía la transmitía a los
hombres que todavía seguían con él, con o sin zapatones.
Y tranquilos, lo del fuego en el corazón era otra metáfora; no hay que tomarlo al pie de la letra.
Mientras el sol subía por el cielo, los esclavistas iban ganando metro tras metro a la enorme montaña. Ellos se habrían desanimado mucho antes que Stern, pero su carisma los animaba a continuar sin dar muestras de fatiga. Su carisma, su revólver y su tic en el ojo bueno. Por eso no se fijaron en el hambre, ni en la sed, ni en el creciente calor, ni en los mosquitos, ni en el simple miedo ante lo que seis hombres vestidos de payaso podrían hacer para conquistar toda una ciudad de guerreros medievales. Bueno, sí se fijaron un poquito en todo esto. Pero cuando Stern miraba, ellos disimulaban con una sonrisita.
El premio a su esfuerzo llegó por la noche. A poca distancia podían ver la ciudad de Sakrabita y su castillo. Sacaron sus revólveres y los amartillaron. Hardy Stern acarició el Ídolo Mangante con un semblante que delataba su psicótica satisfacción. Entraron en la ciudad como si fueran sus amos...
...y descubrieron que posiblemente lo eran. Sakrabita estaba completamente desierta.
— ¿Qué significa esto, señor? —preguntó Biggs— ¿Han dejado sus casas? ¿Se han ido?
— Sí, Biggs, sí. Se han ido al lugar donde iba la gente de la Edad Media cuando se veía en peligro —señaló a la edificación que tenían sobre ellos—. ¡Están todos en el castillo! ¡Vamos!
— ¡Maestro! ¿Has visto eso? ¡La tierra se ha
acabado!
Gayumbo había estado intentando que el pterodáctilo diera la vuelta, sin lograrlo. Ahora tenía ante él una descomunal masa de agua. El joven Pigmento nunca había visto tanta junta.
— Vaya —respondió Yuyu, que se sentía mucho mejor de los achaques de la edad desde que las garras del saurio alado le masajeaban la espalda—. Mi abuelo me habló de esto.
— ¿Qué es?
— Se llama "O-sea-no".
Gayumbo se extrañó.
— Qué nombre más raro, ¿no?
— A mí, que me registren. Se lo pusieron los hombres blancos. Son así de raros, los hombres blancos. ¿Puedes hacer que este bicho nos lleve a Sakrabita o no?
— Pues, de momento, no. Aunque... ¡Espera, tengo una idea!
Girando sobre su cintura, Gayumbo encaró el flanco derecho del pterodáctilo. Acto seguido, levantó los puños y los dejó caer con fuerza sobre el ala. Al sentir que se descompensaba su vuelo, la criatura aleteó con más fuerza por la derecha. El resultado fue un viraje a la izquierda.
— ¡Ya lo tengo! —gritó Gayumbo, triunfal— ¡Ahora podremos decirle hacia dónde debe volar!
— Vaya. Buen trabajo. Oye, ya puestos,... ¿puedes hacer que me masajee un poquito más fuerte el omoplato derecho?
Era ya noche cerrada cuando los esclavistas
llegaron a las inmediaciones de la gigantesca fortificación.
Volvieron a sacar sus revólveres y a amartillarlos, pero había un
cierto aire de duda en sus movimientos.
— Señor Stern —dijo uno—, yo sé que usted sabe lo que hace y todo eso porque no me creo las historias que cuentan los demás, ni siquiera después del,... del "incidente", pero... Eso es un castillo, señor Stern. Sólo somos seis. Nosotros solos no podremos conquistarlo. Es imposible. Tal vez... ¿Tal vez la estatua nos ayudará también ahora?
— ¡No! —gritó Stern, haciendo que todos retrocedieran medio metro— ¡No vamos a gastar su poder en tonterías! Escuchadme. De acuerdo, es un castillo. Pero estamos ante unas gentes sin civilizar. Nuestra ciencia es mucho más avanzada que la suya. Desde aquí podemos matarlos sin esfuerzo mientras ellos, como mucho, nos tiran flechas que no llegarán. Cuando disparemos nuestras armas, los asustaremos. No conocen la pólvora. Será coser y cantar. Así que pongámonos detrás de uno de estos pedruscos. En cuanto veáis a alguien, tirad a matar. Estoy harto de tonterías.
Los esclavistas hicieron lo que decía su jefe, aunque la duda no había desaparecido en absoluto de sus mentes. Se parapetaron tras una enorme roca y esperaron a ver en las almenas algún movimiento. Sin embargo, lo que vieron fue un leve resplandor que se encendió en el suelo junto a la muralla del castillo. Un pequeño resplandor que se movía, bajando por la montaña con ritmo tranquilo. A su paso se oía como un chisporroteo.
— Señor Stern, ¿qué es eso?
El jefe esclavista frunció el ceño.
— Si no fuera imposible, diría que eso es la mecha de...
— ¿De qué? —preguntó Biggs el inteligente.
Pero Stern ya había caído en ello. Por eso tenía esa mirada de asombro cuando gritó.
— ¡Al suelo todos!
Y entonces hubo una detonación, provocada por una gran cantidad de polvo negro que explota, que había sido producido a marchas forzadas mientras los esclavistas escalaban el Kilomanjares. La explosión abrió un cráter en las entrañas de la tierra y arrojó cascotes en todas direcciones. Como estaban protegidos tras la roca, los hombres de Stern apenas sufrieron leves magulladuras. Pero aquél no era el verdadero problema.
La astucia de los sakrabitanos no había estado en provocar una explosión, sino en el lugar donde lo habían hecho: Un sitio elevado, con muchas piedras descomunales por doquier. El polvo negro de Frank N. Stein acababa de provocar una avalancha en el Kilomanjares. Que, cosas de la vida, iba directamente en dirección a Stern y los suyos.
— ¡Mierda! —dijo un esclavista, logrando colar una palabra malsonante en este libro tan políticamente correcto. Sus compañeros se dieron cuenta de lo difícil que es protegerse de una avalancha de rocas en una montaña cuya composición es: Materia pétrea 98%, árboles resecos fácilmente astillables 2%, esclavistas (cantidad no apreciable).
Viéndose en peligro, Stern levantó el Ídolo Mangante de forma instintiva, esperando que los protegiera de algún modo con sus poderes sobre la vida y la muerte. Y lo hizo.
Todo acaba falleciendo tarde o temprano. Los seres vivos lo hacen de forma más evidente que el resto de la Creación, pero eso no significa que sean los únicos con el privilegio de desaparecer y reencarnarse en otra cosa. Los objetos fabricados por el hombre mueren al romperse. Los ríos mueren al secarse. Los planetas mueren cuando muere la estrella que orbitan. Incluso las ideas mueren al ser superadas por otras o, en el caso de las ideas realmente buenas, al encontrarse la fórmula para comercializarlas.
Por supuesto, las rocas también pueden morir y el Ídolo Mangante lo sabía. Así que usó su poder para acelerar el proceso y matar a aquellas que ponían en peligro a su portador humano. En cuestión de segundos, las rocas se convirtieron en pedruscos, éstos en cantos, que a su vez pasaron a ser guijarros, que rápidamente formaron grava, que acabó convertida en la arena que se desparramó dulcemente sobre los esclavistas.
Stern apretó la mandíbula. Respiró. Contuvo la furia. Puso diques a la locura de nuevo emergente. Se sacudió el polvo parduzco y dijo:
— ¡Hola, mamá! ¿Te apetece tomar una tacita de té?
Él no estaba loco y un trozo de piedra no dirigía su destino.
Los sakrabitanos vieron con estupor cómo sus
esperanzas de victoria se desmenuzaban tan rápidamente como las
rocas del Kilomanjares.
— ¡No puedo creerlo! —dijo el Preste Juan— ¡El truco del polvo negro ha fallado! Pero así había sido. La magia del ídolo pagano acababa de tirar por tierra (nunca mejor dicho) los planes de defensa de la ciudadela. Ello había causado un gran desconsuelo entre las gentes que se agolpaban en el castillo y los soldados con armadura completa que se suponía debían protegerlos. Peor todavía, pues si había algo de lo que los sakrabitanos tuvieran realmente miedo era de la hechicería. Nada podía acabar con ese temor supersticioso. Ni siquiera los enardecidos sermones de Fray Marcos hablando de que la brujería nada podía contra... Bueno, tal vez gracias a los enardecidos sermones de Fray Marcos hablando de que la brujería nada podía contra aquellos con fe verdadera.
Mientras los sakrabitanos se deprimían, en virtud de la hermosa simetría del universo, otro tanto ocurría entre los esclavistas. En este caso se trataba de que la ventaja táctica que les daba la tecnología avanzada acababa de desaparecer. Si la gente del castillo podía hacer pólvora, seis miserables armas de fuego poca cosa iban a hacer para asustarlos. De hecho, era más que probable que tuvieran sus propios trabucos, o comoquiera que los llamaran. El hecho de que la cordura de su jefe fuera más efímera que las promesas electorales de un partido de coalición no ayudaba excesivamente a aumentar la moral. Fue Biggs quien transmitió estas ideas a Stern, puesto que como capataz le correspondía ser el que estuviera en primera línea de fuego ante los enfados de su superior.
— Señor —dijo, tragando saliva—, creo que deberíamos reconsiderar todo esto...
— ¿Sí? —respondió Stern, con la mirada perdida.
— Sí, señor. Ellos son muchos. Nosotros, pocos.
— ¿Sí? —el tic en el ojo bueno volvió a saludar.
— Sí, señor. Nuestras armas no sirven. Esto no es vida. Es mejor que demos la vuelta y sigamos con nuestro trabajo honrado como negreros.
— ¿Sí? —Stern reprimió el impulso de abrazarse y comenzar a balancearse adelante y atrás.
— Sí, señor —Biggs aprovechó ese momento de debilidad para tomar a su jefe por el brazo y llevarlo lejos de allí—. Venga conmigo. Todo va a ir bien. Ya verá.
— ¡NO! —el grito de Stern pilló por sorpresa a Biggs y a su incontinencia.
El portador del Mangante se soltó del brazo del capataz. Su cara, irradiando ira sólida en un área de cinco metros, se volvió hacia aquellos que osaban desafiarlo desde el castillo. Brotó una risa nacida en un punto más allá de la locura. Hardy Stern era amo de su destino. Ningún trozo de piedra lo controlaba.
— ¡No! —repitió— ¡No me vencerán! ¡No ahora! ¡No mientras pueda seguir usando... ESTO!
De nuevo, alzó el Ídolo. De nuevo, la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos fue rasgada.
Una luz cegadora envolvió a los esclavistas. Cuando desapareció y sus ojos dejaron de ver los brillos danzantes causados por el resplandor, se dieron cuenta de que seguían viendo los brillos danzantes. Y, mucho peor, que era lo único que veían.
La montaña, el castillo, las rocas,... Todo había sido reemplazado por la negrura y los escalofriantes fuegos fatuos.
— ¿Q... Qué ha pasado? —se atrevió a preguntar uno de los hombres de Stern.
— Estamos al otro lado —respondió el líder, con una voz más tranquila de lo que recomendaban los índices mundiales de salud mental.
— ¿Al otro lado, señor? —dijo Biggs, temblando—. Al otro lado, ¿de qué?
— De la vida —respondió Stern, simplemente.
— Ah... En... Entonces todo está bien, ¿no, señor?
— Sí. Hemos de ir hacia la luz.
Dicho esto, los guió a través del negro túnel hacia una luminiscencia ligeramente más brillante que las demás. Sus hombres lo siguieron principalmente porque no les hacía ninguna gracia quedarse solos en aquel fantasmal paraje desolado. Cuando alcanzaron la luz, se sumergieron en ella.
Sakrabita reapareció, junto con el Kilomanjares y el castillo. Pero desde una perspectiva diferente. Ya no estaban en el exterior, buscando la manera de entrar. El viaje a través del mundo de los muertos los había hecho avanzar también conforme a la geografía del de los vivos. Se encontraban dentro de las poderosas murallas del castillo, a varios metros de las espaldas de los sakrabitanos.
Los payasos asesinos habían llegado a su destino.
La luz que los había transportado hizo volverse a los sakrabitanos que se agolpaban frente a las almenas. Al ver que el invasor estaba dentro, los guardias sacaron sus armas prácticamente al primer intento y se prepararon para dar su vida por la defensa de la ciudad. El Preste Juan se colocó a la cabeza del grupo, sujetando su hacha de guerra con una mano.
— Sólo son seis —dijo—. ¡A muerte!
Pero sus hombres parecían reacios a cargar contra aquellos seis brujos en potencia. Stern sonrió y decidió aprovecharse del recién descubierto miedo.
— Yo no lo haría —recomendó—. O volveré a usar el Ídolo Mangante para arrancaros la piel del cuerpo.
Los soldados dudaron. La guerra psicológica estaba funcionando. Con todos menos con el Preste Juan,... y con Jane. La reportera se adelantó y dijo:
— ¿Y quién nos asegura que el Mangante sigue teniendo poder? ¿Eh? ¡Yuyu nos explicó que no debía de quedarle mucho! ¡Si pudieras hacer eso que dices, ya lo habrías hecho!
— Eso —convino el Preste Juan—. Somos muchos más que tú. No podrás con todos.
Sin embargo, era fácil ver que sus valientes palabras sólo las creía él y Jane. Los demás soldados estaban todavía más aterrados que antes. Fray Marcos, dándose cuenta de todo, se adelantó a trompicones y se interpuso entre ambos bandos.
— ¡Haya paz! ¡Haya paz! <Eructo>. Vamos a ver... Vosotros, ¿qué queréis? —preguntó, dirigiéndose a los esclavistas.
— Lo sabes muy bien —respondió Stern, sabiéndose el amo de la situación—. Buscamos vuestra famosa fuente de la eterna juventud. O nos decís dónde está o la buscaremos... ¡Después de demoler toda vuestra ciudad con vosotros debajo!
El Preste Juan amagó una embestida suicida, pero Fray Marcos lo detuvo. Era el único con la envergadura necesaria para hacerlo, todo sea dicho.
— ¡No hagáis el loco, mi señor! ¡Seréis más útil vivo!
— ¡Jamás rendiré mi castillo a esta escoria!
— No tenéis que rendirlo, mi señor. Si les decimos dónde está la fuente, se marcharán —y, antes de que nadie tuviera tiempo de impedirlo, se volvió a Stern y añadió—. Está en la iglesia del castillo. En la pila de agua bendita.
Hardy Stern sonrió y se dirigió hacia el recinto sagrado, seguido de cerca por sus hombres. Nadie intentó detenerlos. El Preste Juan miró a Fray Marcos con cara de extrañeza y éste se encogió de hombros y se encaminó igualmente hacia la iglesia.
— ¡No! —gritó Jane— ¡No lo permitáis!
La reportera quiso abalanzarse contra los esclavistas, pero Frank la retuvo. Stern, haciendo caso omiso de todo lo que ocurría a su alrededor, entró en el templo junto con sus hombres. Fray Marcos se quedó en el umbral y, con expresión de pesar, le señaló la pila de piedra donde brotaba la fuente mágica. Pero cuando él y sus hombres ya estaban bien dentro de la iglesia, Fray Marcos cerró y atrancó las puertas desde fuera con movimientos sorprendentemente presurosos.
— Dejadle —dijo Stern a sus hombres—. Tenemos lo que hemos venido a buscar. Una puerta no nos retendrá.
Y, con gesto triunfal, bañó el Ídolo Mangante, cerradura de la puerta entre el mundo de los vivos y los muertos, en la fuente mágica de la eterna juventud.
Sólo para darse cuenta poco después de que lo que tenía en las manos no era el catalizador esotérico de ninguna reacción cósmica, sino un cacho de piedra mojado. Aquella fuente era tan mágica como la borla de su sombrero. ¡Le habían engañado!
— ¡NO! —gritó, fuera de sí, dando vueltas a grandes zancadas por la iglesia— ¡NO!
Sus hombres se apartaron de su paso. Stern paró junto a la puerta y les ordenó:
— ¡Echadla abajo!
— E... Es de madera maciza de diez centímetros de grosor, señor —respondió Biggs—. No podremos hacerlo. Además, si abrimos seguro que nos estarán esperando fuera. Hemos perdido el,... éste... El elemento sorpresa. Es mejor que nos rindamos, señor.
Hardy Stern se sintió desfallecer. Después de tantos esfuerzos, había fracasado. Las palabras de su capataz eran sensatas. Debía entregarse, devolver el Ídolo y permitir... Un momento.
El portador del Mangante se levantó y miró por una de las pequeñas ventanas de la iglesia. Lo que vio le devolvió la fanática sonrisa y el ansia de poder. Frente a él estaba el cementerio de Sakrabita.
Los sakrabitanos estaban congregados ante la
puerta de la iglesia.
— De modo que esto era lo que pretendías —dijo el Preste Juan—. Pero, ¿de qué nos sirve tenerlos ahí?
— Pues, yo, esto, pensé que... La señorita dijo que le quedaba poco poder. Así que cuanto más le hagamos perder, más débil será, ¿no? Si quiere salir, va a tener que usar ese ídolo pagano.
— Pero, ¿qué pasa si lo usa para destruirnos? —quiso saber un ciudadano.
— Que moriremos con honor —respondió el Preste Juan—. Además, dudo que ese esclavista tuviera la intención de dejarnos vivir de todos modos.
Entonces un temblor de tierra interrumpió la conversación. Reconociendo los efectos de la hechicería del Mangante, Jane y Frank se miraron y se preguntaron qué clase de maldad habría ideado en aquella ocasión Hardy Stern. No tardaron en averiguarlo.
Bordeando la iglesia, procedentes de decenas de grietas abiertas en el camposanto, un destacamento de soldados putrefactos avanzaba lentamente hacia las gentes de Sakrabita, con los brazos extendidos. Algo en su manera de gemir daba a entender que no los tenían así para abrazar a sus parientes, que digamos.
Los muertos se habían alzado de sus tumbas. Habían despertado de un oscuro sueño de siglos. Y parecían tener muy mal despertar.
— ¡Gayumbo! ¿Qué tal va el pilotaje de este
animal?
— ¡Bien! ¡Incluso corre más que antes! ¿Por qué?
— ¡Pues porque está empezando a deshacerse!
El joven Pigmento miró las alas del pterodáctilo. Pequeños jirones de piel coriácea estaban separándose poco a poco del conjunto.
De forma inexorable y tambaleante, las legiones
de sakrabitanos revividos fueron avanzando hacia los sakrabitanos
no revividos. Éstos, fieles a su compromiso de no enfrentarse a
nada sobrenatural para seguir conservando los órganos corporales
donde deben estar, retrocedieron a su paso. El Preste Juan comenzó
a gritar a sus fieles guerreros que mantuvieran la línea de
defensa. Los fieles guerreros, por su parte, decidieron mantener
dicha línea varios metros más atrás.
Intuyendo que Juan preferiría morir luchando a rendirse, Fray Marcos, Jane y Frank alejaron al hombretón del camino de las docenas de zombis. Al ver que su actuación era sensata, el adalid de Sakrabita pronto dejó de quejarse porque le hubieran apartado de una muerte digna de un guerrero. Tal y como estaban las cosas, parecía que iba a haber demasiadas oportunidades de morir como un guerrero. O como cualquier cosa, ya puestos.
Si los cadáveres alzados parecían volver a la vida, los habitantes de la ciudad se estaban muriendo de miedo por la situación. A cada paso que avanzaban los muertos vivientes, los vivos murientes retrocedían dos. Pronto llegarían a las murallas y entonces no podrían retroceder más. Aquello supondría el final, porque los muertos superaban a los vivos —con o sin eterna juventud— en una proporción de tres a uno. El panorama era preocupantemente favorable a los esclavistas, quienes contemplaban todo desde la iglesia.
— ¡Así aprenderán! —gritó, eufórico, Hardy Stern— ¡Van a morir todos!
— Tal vez sí, señor —replicó Biggs—, pero... Pero nosotros seguimos atrapados.
— ¡No importa! ¡Cuando esos palurdos sean descuartizados, salir de aquí será una mera cuestión de tiempo! ¡Mis esclavos zombis me ayudarán a salir! ¡Y entonces nada podrá detenerme!
Lo que demuestra que Hardy Stern tampoco había oído hablar de Murphy, porque de lo contrario no se habría atrevido a hacer semejante afirmación. Pero, por otro lado, podemos perdonarle ya que es la típica frase estereotipada que dicen los villanos en situaciones como ésta. Qué se le va a hacer.
— Señor —dijo entonces Biggs—... No se ofenda, pero creo que no va a salir tan bien.
— ¿Ah, no? ¿Y por qué no?
— Porque sus esclavos zombis ya no están persiguiendo a los palurdos. Se han desviado de su camino.
— ¿Qué? —graznó Stern, volviendo a ser víctima de su tic nervioso.
Cuando miró por la ventana para verificar lo que su capataz había dicho, pudo comprobar que era cierto. Los sakrabitanos ya estaban apelotonados en los límites del castillo, atrapados entre la muralla y los muertos vivientes. Pero éstos habían variado inesperadamente de rumbo, girando noventa grados a la derecha. Las legiones de cadáveres pasaron de largo con su lento caminar, seguidas de cerca por un Yorkshire terrier zombi que se tambaleaba entre ladridos. Mientras tanto, todos los habitantes de la ciudad se preguntaban qué estaba pasando.
— ¿Qué está pasando?
— Que se marchan, tonto.
— Eso ya lo veo, pero... ¿Adónde van?
— Oye, creo... ¡Creo que van directos a la bodega!
— ¡Qué? ¡Se beberán el vino! ¡No podemos consentirlo!
— ¡No! ¡A por ellos! ¡A la carga!
Hay hábitos de los que resulta difícil prescindir, incluso si llevas varias décadas muerto. Uno de ellos es la afición por el vino. Al notar que el Ídolo Mangante los resucitaba, los zombis no pudieron evitar hacer lo que habían hecho día tras día mientras estaban vivos: Ir a echar un trago.
Naturalmente, los sakrabitanos "en activo" no podían permitirlo. De modo que dejaron de lado su temor a los sobrenatural, sus dilemas morales sobre si era o no correcto enfrentarse a sus antepasados y su vagancia habitual, y pasaron al ataque. La posteridad recordaría aquel encuentro con el épico nombre de "la Batalla de las Bodegas". Para Hardy Stern simplemente fue "otra pifia".
— No... No es posible —dijo—... Deberían obedecerme... ¡Deberían atacarlos!
Un estrépito interrumpió el desespero del esclavista. Uno de los zombis, rezagado del pelotón, acababa de reventar la puerta de un manotazo y estaba entrando.
— ¡Detente! —gritó Stern, con el Mangante en alto— ¡Debes obedecerme! ¡Debes obedecerme!
Haciendo caso omiso, el zombi se tambaleó hasta el altar, tomó el cáliz de la Eucaristía y comenzó a beber tranquilamente.
— Se... Señor. —gimió Biggs—... ¿No cree que deberíamos escapar?
— ¿Sí?
— Sí. Venga conmigo. Déme la manita.
— ¿Sí?
— Sí. Ahora verá como todo sale bien y se lo podrá contar a su mamá.
— ¿Sí?
— Sí.
Cogiditos de la mano, salieron de la iglesia. He aquí lo que vieron. Notando que los vivos iban a impedirles la entrada a las bodegas, los zombis se habían enfurecido y habían cargado contra ellos. En aquel momento, el Preste Juan volteaba su hacha de guerra a diestro y siniestro, haciendo que los muertos vivientes procuraran estar lejos de él (vale, y los vivos también). Uno de los cadáveres, menos precavido que el resto, se había aproximado demasiado y había perdido con ello un brazo, que ahora utilizaba como porra. Fray Marcos, biblia en ristre, había intentado realizar un exorcismo; pero como no tenía muy por la mano el tema, se había equivocado de página y acababa de unir a dos zombis en santo matrimonio. Un sakrabitano huía despavorido de su difunta suegra, que iba detrás de él gritándole que nunca sería nada en la vida. El brazo-porra de uno de los muertos vivientes salió despedido y fue atrapado al vuelo por el Yorkshire terrier zombi, quien inmediatamente buscó un sitio para enterrarlo. Jane y Frank estaban tirándoles piedras a los cadáveres que se les acercaban pero, tan pronto como caían, los difuntos volvían a alzarse. Un sakrabitano, pensando que todo estaba perdido, bajó a las bodegas a salvar todo el vino que pudiera (o eso dijo cuando más tarde lo encontraron borracho como una cuba). El terrier zombi, después de perseguir su propia cola y olfatearse, decidió enterrarse a sí mismo. Los guerreros, entre gritos de lucha, procuraban mantener cada centímetro de terreno ante el implacable avance de los cadáveres. Pero, por mucho valor que mostraran los sakrabitanos en la defensa de sus sagradas bodegas, tenían las de perder. La ventaja estaba del lado de sus adversarios, que luchaban con una fuerza nacida del rigor mortis y con una invulnerabilidad nacida de la mors mortis.
— ¡Maestro, mira! ¡Hemos llegado!
A base de puñetazos en las alas, los Pigmentos habían conseguido que el saurio se dirigiera raudo hacia Sakrabita, que ahora tenían justo delante. Como el Kilomanjares era una montaña tan alta, apenas estaban elevados respecto a la Ciudad Perdida.
— Lo veo. ¿Qué ocurre ahí abajo?
— ¡Creo que están peleando! ¡Voy a descender!
Hubo una pausa durante la cual el pterodáctilo siguió volando. Finalmente, Yuyu habló.
— Bueno, ¿a qué esperas? ¡Desciende!
— ¡Maestro, no sé cómo hacerlo!
— ¡Fantástico! ¡Un rescate brillante, mi joven aprendiz! ¡Permíteme que te felicite!
Al ver surgir de nuevo el cinismo de su mentor, la parte rebelde de Gayumbo volvió a tomar el control. Justo cuando estaba a punto de iniciar uno de sus diálogos cortantes, la rebeldía del aprendiz vio algo en lo que su pensamiento consciente nunca hubiera caído.
— Si golpeando las alas he hecho que gire —murmuró—, golpeándole la cabeza lograré que baje. Es lógico.
De tan lógico que era, acertó. El problema es que acertó en demasía. Cuando el pobre pterodáctilo recibió el fuerte puñetazo en su cabeza coriácea, hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su lugar: Desmayarse.
La primera noticia que tuvo el pobre zombi de lo que se le venía encima fue un grito a dúo que provenía de las alturas. Cuando alzó la vista, pudo ver el primerísimo primer plano de un pterodáctilo montado por dos Pigmentos en caída libre. Sin demasiados preámbulos ceremoniales, Gayumbo y Yuyu volvieron a enterrar con su brusco descenso al muerto viviente.
— ¡Mire, señor! —dijo Biggs, que había visto la escena— ¡Los enanos!
Stern, todavía envuelto por las brumas de la locura, adoptó un aire nostálgico.
— Los enanitos del circo... —musitó, perdido en su mundo particular.
Recuperándose del aturdimiento de la caída, Gayumbo y Yuyu se incorporaron y contemplaron el desarrollo de la gloriosa Batalla de las Bodegas. Los sakrabitanos estaban siendo acorralados poco a poco por las hordas resurrectas. Tan desesperada era la situación, que por un momento Yuyu creyó que se encontraban ante espíritus traídos desde el Más Allá por la magia del Mangante, que aquel era el momento de victoria de Hardy Stern.
Éste, en cambio, no parecía estar disfrutando de ningún momento de victoria. Había una sonrisa en la comisura de sus labios, sí, pero era producida por un vago recuerdo de la infancia, poblado de circos, enanitos y los momentos felices en los que la cordura todavía le acompañaba. Y, precisamente en aquel momento, la susodicha cordura decidió regresar como un bumerán al cerebro que le pertenecía. Stern parpadeó, como volviendo de un largo viaje mental, y murmuró casi inconscientemente:
— No están usando pólvora.
— ¿Perdón, señor? —dijo Biggs, sorprendido ante el nuevo tono de voz de su jefe.
— No están usando pólvora, Biggs. Míralos. Pelean como jabatos, pero con armas primitivas. No usan pólvora. Eso quiere decir que ya no tienen. Si la tuvieran, como antes, la usarían. Pero no la usan, así que se les ha acabado. ¡Podemos derrotarlos!
Biggs asintió, asombrando por la sabiduría de Stern.
— ¡Es verdad!
— Claro que es verdad. Yo nunca me equivoco —el esclavista hizo una pausa mientras analizaba lo que había a su alrededor—. Por cierto, Biggs... ¿Por qué estamos cogidos de la mano?
El capataz se soltó rápidamente.
— Porque usted... El zombi... Es que cuando... —pensó en todo lo que iba a tener que decir y explicar y decidió zanjarlo con un simple—... Por nada, señor.
Era mucho más fácil así.
A cierta distancia de allí, los Zulucus de
Shaka subían el Kilomanjares. Los dinosaurios habían ido
desapareciendo poco a poco y ellos habían decidido ir a buscar más
entretenimiento bélico allí donde sabían que lo iban a encontrar.
Además, le debían dos a Hardy Stern: Una por atacar a sus amigos
los Pigmentos y otra por contravenir las sagradas leyes de la lucha
haciendo que otros peleen por ti.
— ¡Karamba kuánta kuesta! —dijo uno de los Zulucus, llamado Traska.
— ¡Poka kuesta keda! ¡Aguanta! —respondió Shaka— Kon kuesta, Sakrabita. Kon Sakrabita, kinki Zuluku.
— Kuando Zuluku alkanza, ¿ké? —preguntó alguien.
— ¡Pumba! —sugirió un Zulucu fervoroso.
El que había hablado meneó la cabeza.
— Kinki Zuluku poko pumba. Komo kangueli, nunka kombate.
El centinela levantador de rinocerontes asintió ante esa muestra de lógica.
— Kuando pumba, kinki enkanta yayo iguana ke akude. Yayo iguana poko yupi —corroboró.
— Aunke pumba —matizó otro Guerrero del Norte.
— Nunka pumba yayo iguana kuando kinki Zuluku yupi —discrepó un anciano conocido como Toktok.
Los Zulucus se volvieron hacia su líder para que resolviera el problema con su saber indiscutible. Shaka se acarició el mentón un momento y finalmente dijo:
— Kuando Zuluku alkanza, pumba. Kuando yayo iguana akude, pumba. Kuando kinki Zuluku nunka Mangante, pumba.
Los Guerreros del Norte asintieron, emocionados, ante una manera tan elocuente de mostrarles el camino de la sabiduría.
Un tiro al aire puso fin a la lucha. El Preste
Juan dejó de voltear su hacha. El zombi manco dejó de desenterrar
su brazo. Fray Marcos dejó de pasar apresuradamente las páginas de
su biblia. Los zombis recién casados dejaron de hacer planes para
la luna de miel. Jane y Frank dejaron de tirar piedras. La suegra
zombi dejó de perseguir a su yerno. El sakrabitano oculto en la
bodega siguió bebiendo.
Los seis esclavistas tenían sus armas de fuego en la mano y apuntaban a la multitud.
— ¡Esto se ha acabado! —gritó Stern— ¡A partir de ahora, se hará lo que yo diga! ¡Si alguien se resiste, lo mataré de un tiro! —al ver la expresión de indiferencia de los zombis, matizó la última amenaza—. Y si es un muerto viviente, usaré mi magia para que sea un muerto a secas. ¡Y cuando digo a secas quiero decir que no le dejaré beber vino nunca más! —al ver que aquello había aterrorizado a los cadáveres hasta el punto de convertirlos en sus leales servidores, sintió que el universo volvía a estar en su sitio—. De acuerdo. Veo que nos entendemos. Ahora, quiero que encerréis a todos esos —señaló a los vivos— en las mazmorras. A todos menos al grandullón de la armadura. Él y yo tenemos que hablar sobre cierta fuente.
Las mazmorras de Sakrabita nunca habían sido
utilizadas, pero no por ello resultaban menos eficaces. Eran los
sótanos de uno de los edificios, una amplia estancia comunal para
delincuentes. La única conexión con el exterior era una sólida
puerta de madera con un pequeño ventanuco. Allí habían sido
llevados los sakrabitanos, los Pigmentos y Jane, tras desposeerlos
de cualquier clase de arma.
Al poco de estar allí, intentaron salir. Primero Fray Marcos usó su masa corporal para echar la puerta abajo a empujones; en seguida descubrió que tales esfuerzos resultan inútiles en una puerta que se abre hacia dentro. Acto seguido aprovecharon que la cerradura se encontraba tanto por el interior como por el exterior de la celda y probaron suerte con ella. Frank puso en práctica sus conocimientos de la ley de la palanca. Con ello logró añadir un nuevo postulado a dicha ley: Si aplicas una palanca de forma equivocada a una cerradura, consigues una palanca quebrada y un fragmento de la misma que rebota hasta el ojo más próximo con una fuerza directamente proporcional a la aplicada.
Entretanto, la puerta seguía sin querer abrirse, traidora ella.
— Una cosa hay que admitir —se resignó finalmente Gayumbo, mientras Frank todavía se frotaba el ojo a la virulé—. En esta ciudad hacen las prisiones realmente seguras. De aquí no nos vamos a escapar.
Yuyu, que había estado paseando de un lado a otro acariciando una idea que no le hacía demasiada gracia compartir, se decidió a romper su silencio.
— Puede que sí —dijo—. Hay algo que no te he contado.
Gayumbo se llevó las manos a la cabeza.
— ¡Ya estamos! ¡Otra vez no!
— ¡Es algo bueno! ¡Es algo bueno! ¡No te pongas nervioso! Es algo sobre tu nacimiento.
El joven Pigmento puso cara de extrañeza.
— ¿Mi nacimiento?
— Sí. Fue uno de los motivos por los que te elegí para ser mi aprendiz. El día que tú naciste hubo señales. Señales que indicaban que uno de los Grandes Espíritus había elegido tu cuerpo para habitar en él.
— ¿Un Gran Espíritu? —preguntó Gayumbo, desconcertado.
— Sí. Concretamente, el Espíritu de la Pantera Negra. Ha vivido siempre contigo. Es parte de tu alma. Te elegí porque sabía que tarde o temprano su poder se manifestaría y podría ser útil.
— Pero eso no es posible. Hasta ahora no se ha manifestado y no creo que...
— ¡Vaya si se ha manifestado! —interrumpió Yuyu—. En tu carácter, sobre todo. Pero también en tu agilidad, en tus sentidos, en tu astucia... Créeme, tú no te has dado cuenta, pero yo sí. Si ahora lograras concentrarte, podrías conseguir una manifestación completa. Tu cuerpo se transformaría en el de una pantera negra. Entonces podríamos usar tus músculos para salir de aquí sin problemas.
Gayumbo estaba indeciso. Desde luego, su maestro no elegiría aquel momento para ponerse a bromear, así que debía de ser cierto.
— No pierdo nada por intentarlo —dijo.
Se concentró. Intentó sentir el Espíritu en su interior, animarlo a que tomara el control. Sintió su fuerza. Sintió su poder. Sintió su energía. Sintió que no pasaba nada.
— Esto es ridículo —masculló—. No voy a...
Se detuvo a mitad de la frase. Algo estaba pasando. Como una pulsación de fuerza interior. Esperó. Los demás también esperaron. Lo volvió a notar. Un poco más fuerte. Y otra vez. Entonces, el Espíritu de la Pantera Negra terminó de despertar y transformó el cuerpo de Gayumbo. Un oscuro pelaje recubrió todo su cuerpo, tapando sus tatuajes. Una larga cola asomó por entre el taparrabos. Se puso a cuatro patas mientras su cráneo adoptaba evidentes rasgos felinos. Sus manos se convirtieron en zarpas. Sus ojos cambiaron de color. Sus orejas se estilizaron. Entonces, el proceso terminó. Todo su cuerpo había cambiado. El Espíritu de la Pantera Negra había moldeado la fisonomía del Pigmento a su imagen y semejanza. Todos en la celda estuvieron un momento en silencio. Hasta que Jane habló.
— Yuyu, eso no es una pantera. Eso es un gato negro.
Efectivamente, Gayumbo se dio cuenta de que todos lo miraban desde lo alto. Eso no debía pasar si era una pantera. Intentó rugir y se oyó un maullido. Yuyu trató de ocultar su azoramiento.
El Espíritu de la Pantera lo había intentado de verdad. Pero el pequeño cuerpo de Gayumbo tampoco daba para más.
— Bueno, es como una pantera pero a tamaño Pigmento —replicó Yuyu, que no deseaba perder protagonismo por aquel errorcillo de cálculo sin importancia—. Además, todavía nos puede ser útil.
— ¿Útil? —repitió Jane— ¿Cómo, Yuyu? ¿Bufará a los esclavistas hasta que huyan despavoridos? ¿Les ronroneará para obligarlos a acariciarle y dejarlos con las manos ocupadas? ¿Les robará la comida de la mesa hasta que mueran de inanición? ¿Se afilará las uñas en las cortinas para que le persigan y se olviden del Mangante?
— Muy graciosa, Jane, muy graciosa. Si te fijas, verás que ahora Gayumbo cabe por la ventanilla de la puerta. Puede salir y robarle la llave de la prisión al guardia.
— Qué idea tan original —se admiró sinceramente Frank—. Nunca se me habría ocurrido.
— En fin, por probar que no quede —concedió la reportera.
Ayudaron a Gayumbo a colocarse en la ventana. El aprendiz descendió por el otro lado con su recién adquirida habilidad felina. Todavía se estaba adaptando a los cambios. Notaba que su olfato era mucho más sensible. Sus ojos le permitían ver con facilidad en el pasillo tenuemente iluminado en el que se encontraba. Sus vibrisas percibían sin problemas las variaciones en las corrientes de aire cercanas. Se movía con sigilo y agilidad. Sentía las zarpas ocultas, esperando la orden para ser usadas. Era una forma corporal llena de posibilidades. Lo único que le resultaba difícil hasta aquel momento era reprimir el impulso de perseguir moscas.
Vio que el pasillo donde estaba terminaba en una pequeña escalinata ascendente, que conducía a la única salida. Subió y pudo ver, en el corredor contiguo, a Biggs sentado sobre dos patas de una silla a la que mantenía en un precario equilibrio mientras se balanceaba. En su mano tenía la codiciada llave de la celda, sin quitarle el ojo de encima.
Gayumbo buscó una manera de robarla. Se le ocurrió que podría esperar a que el guardia se durmiera, pero descartó esa idea tan rápidamente como había venido. Semejante plan suele funcionar en las películas, pero Biggs sabía perfectamente lo que Stern hacía a los que se dormían durante la guardia, por lo que siempre se mantenía despierto. Además, Gayumbo no podía esperar.
Se le ocurrió que podía subirse al regazo del esclavista, ronronear y, mientras le estuviera acariciando, robar la llave rápidamente y correr hacia... No.
Pensó en maullar y hacer que Biggs lo siguiera hasta un lugar donde le encerraría y... No.
Podía ir a buscar ayuda fuera y... No.
"A la porra", se dijo.
Erizó el pelo del lomo, movió la cola de un lado a otro con fuerza, bufó a pleno pulmón y se abalanzó sobre la cara de Biggs, mordiendo y arañando.
La inesperada aparición de aquella pequeña furia negra pilló por sorpresa al capataz. Dio un respingo, con lo que la silla perdió el poco equilibrio que tenía. Biggs se golpeó la cabeza contra la pared al caer, quedando con ello inconsciente. Gayumbo se bajó de su cara ensangrentada y fue hacia la llave.
Una cosa había que admitir: Catorce años de entrenamiento con Yuyu le habían enseñado a dejarse de monsergas y elegir la opción más práctica.
Al poco, Gayumbo entró de nuevo en la celda,
con la llave en la boca. Con un leve esfuerzo mental, logró
recuperar la forma humana.
— ¡Esto es fantástico! —dijo, eufórico, tendiendo la llave a Frank—. ¡La de cosas que habríamos podido hacer si me lo hubieras contado antes! ¡Con este cuerpo habría podido...! Habría podido....
La euforia de Gayumbo desapareció. Yuyu, que intuía por dónde corría el tren de pensamientos de su aprendiz, disimuló mirando cómo Frank era incapaz incluso de abrir una puerta con su llave. Pero Gayumbo estaba teniendo una visión. Por fin sabía la respuesta a una pregunta que se había hecho muchos días atrás. Todo había encajado en su sitio de forma inesperada.
Cuando le das muchas vueltas a los problemas y no encuentras la solución, tarde o temprano se activa el pensamiento lateral. Pero éste sólo aparece en casos como el que acababa de vivir Gayumbo: Después de que hayas estado pensando durante horas y el pensamiento consciente se haya ido, bostezando, a hacerse un vaso de leche y meterse en la cama. Por eso todos los grandes genios del mal trabajan de noche en sus máquinas infernales para dominar el mundo. En ese estado, las respuestas a todas nuestras preguntas aparecen sin que nadie las haya llamado.
Gayumbo acababa de averiguar por qué no había pasado la prueba.
— Tú no querías que fuera chamán. ¡No querías que fuera chamán!
Yuyu no dijo nada.
— ¡Por eso me suspendiste! —siguió el aprendiz— ¡Tenías miedo de que te quitara protagonismo en la aldea!
— No creo que debamos discutir eso ahora —contestó el chamán. Luego se volvió a Frank y le espetó—. ¿Te falta mucho? ¡No es tan difícil!
— Está un poco atascada...
— ¡No lo entiendo! —continuó el aprendiz, dando vueltas por la celda— ¿Por qué tenías miedo? ¡Tú también tienes poderes! ¡Hablas con los animales!
Yuyu explotó al fin.
— ¡Tratas de comparar tu poder con el mío? ¡Tú transformas tu cuerpo! ¡Yo tengo que soltar ventosidades para hablar con los elefantes! Además, cuando tengas ochenta años te darás cuenta de una cosa: ¡Si te pones a charlar alegremente con los animales, la gente cambiará las palabras "gran chamán" por "demencia senil"!
Buscando apaciguar los ánimos, Fray Marcos se interpuso entre ambos Pigmentos.
— ¡Haya paz! ¡Haya <eructo>! Perdón.
Gayumbo y Yuyu se miraron a los ojos sin hablar.
— Ya está abierta —anunció Frank.
Gayumbo y Yuyu siguieron mirándose. Finalmente, Gayumbo bajó la mirada.
— No sirve de nada que sigamos discutiendo. Ahora hay que recuperar el Mangante. Vamos a por él.
— Estooo —dijo entonces uno de los sakrabitanos—... No sé si habéis olvidado que ahí arriba hay un montón de zombis invencibles. Si volvemos a subir, volverán a derrotarnos.
— Es cierto —dijo otro—. Además, ahora obedecen a ese Stern.
Jane sacudió la cabeza, sonriendo.
— Tranquilos. Ya he pensado en eso y tengo un plan. Escuchad...
Habían probado con sutiles amenazas veladas.
Habían probado con promesas de poder. Habían probado con latigazos.
Habían probado rompiendo un par de huesos de los dedos. Habían
probado incluso el método de los clavos, la colonia y el
hormiguero. Pero no había manera. El Preste Juan no les decía dónde
estaba la fuente de la juventud. Tan inútiles eran sus esfuerzos,
que el torturador en funciones estaba en aquel momento acurrucado
en una esquina conteniendo las lágrimas y diciendo que era injusto
que nadie respetara su trabajo. Unos zombis buscaban plumas para
hacer cosquillas al dirigente de Sakrabita. Stern paseaba
fastidiado de un lado a otro de la mesa de torturas, situada
provisionalmente en la forja del castillo.
— Vamos a ver —dijo—. Mi paciencia se está acabando. Lo repetiré sólo una vez más. ¿Dónde está la fuente de la eterna juventud?
El Preste Juan frunció el ceño sin decir nada.
— De acuerdo. No me dejas otra opción. Eres un líder valiente, eso nadie puede negarlo. No hay forma de sacarte nada. Así que... Voy a tener que traer aquí a alguno de tus ciudadanos —ante esto, el Preste Juan miró furibundo al esclavista, quien sonrió al ver que había tocado nervio—. Sí. Tus ciudadanos no serán tan fuertes como tú y acabarán hablando. Tendré que torturarlos, claro, porque no se rendirán sin luchar. Pero al final hablarán. Incluso podría probar con mujeres, o viejos, o niños... Ésos hablarán más rápido cuando empiece a torturarlos, ¿no crees?
El Preste Juan enrojeció de ira. Las cadenas que lo mantenían atado a la mesa de torturas se agitaron violentamente.
— ¡Felón! —gritó.
— ¿Felón? —se burló Stern— ¿Qué clase de palabra es ésa? En fin, dejemos de perder el tiempo. Creo que será mejor que te suelte ya y traiga a otro, en vista de que tú no vas a colaborar... ¿O sí?
Juan, sabiéndose derrotado, cedió.
— No tengo otra opción —dijo, alicaído—. Hablaré, y que Dios Todopoderoso me perdone. Hay que subir por la pared de piedra que tenemos justo encima. Arriba está la fuente.
Stern salió de la forja y miró el lugar que le indicaba el hombretón. Eran unos veinte metros de escalada casi vertical sin demasiados puntos de apoyo.
— ¿Ahí arriba? —preguntó, sorprendido— ¿He de ir hasta ahí arriba?
— Sí. No sabemos por qué, pero el agua que llega aquí abajo no tiene el poder. Has de beberla arriba. Si no te lo crees, puedes probar...
— ¿Creerte? ¡Pero si en esa pared no hay ni escaleras ni un camino ni nada! ¿Me dices que cada vez que queréis beber de esa maldita fuente escaláis esa maldita pared lisa?
— Nosotros creemos que el poder que nos otorga la fuente debe ser tratado con respeto y reverencia —respondió Juan, orgulloso de sus tradiciones—. Utilizamos ese esfuerzo físico como muestra de humildad y gratitud hacia el Creador. Puedes torturar a quien quieras, pero todos te dirán lo mismo.
Stern dudó un momento. Naturalmente, lo que el Preste Juan no le había dicho, y al esclavista no se le ocurrió preguntar, era que en las bodegas tenían unas cuantas barricas del agua de la eterna juventud para las emergencias. En Sakrabita tenían respeto y reverencia por la fuente, pero no eran idiotas.
— Si me estás engañando...
Stern no tuvo tiempo de decir lo que pasaría si le estaba engañando. Un potente grito de guerra retumbó por la montaña, procedente de cientos de voces. Los esclavistas tuvieron la sensación de que venía de muy cerca y se giraron hacia la entrada del castillo justo a tiempo de ver las hordas invasoras que se les echaban encima. El sol asomaba por el este. Los Guerreros del Norte habían terminado la escalada y deseaban combatir. La noche había sido de los muertos vivientes, pero el amanecer... Era un amanecer Zulucu.
El líder esclavista fue el primero en reaccionar.
— ¡A por ellos! —dijo, tanto a sus zombis como a sus pistoleros— ¡A por ellos!
Los muertos vivientes que se encontraban junto a la puerta de la fortaleza llegaron a tiempo para cerrarla antes de que el grueso de los Zulucus consumara su invasión. Algunos Guerreros del Norte, sin embargo, lograron pasar y comenzaron a luchar con denuedo contra los zombis. Estos se organizaron como buenamente pudieron, habida cuenta de la lentitud de sus movimientos. Las armas de fuego de los esclavistas no servían de mucho puesto que los cadáveres estaban en la línea de tiro. Al poco, la mayoría de los muertos vivientes rodeaba a los Zulucus. Uno de los zombis se había retrasado porque estaba intentando desenterrar su brazo, para acabar dándose cuenta de que lo que había desenterrado era un Yorkshire terrier que le ladró. Los Zulucus estaban disfrutando del combate. Sus rivales nunca se rendían, nunca retrocedían y parecían absolutamente invulnerables. Sólo por aquello merecía la pena haber escalado el Kilomanjares. Ayudados por los compañeros que habían logrado trepar por la muralla del castillo, volvieron a abrir sus puertas. Y toda la tribu Zulucu cargó al unísono.
De improviso, la puerta de la cárcel también se abrió y vomitó sakrabitanos al núcleo de la batalla. Frank N. Stein se separó del grupo principal y salió del castillo a toda prisa sin que nadie reparara en él. Sorprendidos ante la marea de guerreros que los acosaba por ambos flancos, casi todos los esclavistas fueron hechos prisioneros antes de que pudieran reaccionar.
Hardy Stern se dio cuenta de que aquello pintaba muy mal. Sus zombis eran invencibles, pero él no. Si le cogían los palurdos, todo estaba acabado. De modo que aprovechó el caos para desaparecer discretamente en dirección a la pared de piedra. Tenía que bañar el Mangante en la fuente. Entonces habría vencido.
Entretanto, Zulucus y sakrabitanos se dieron cuenta del inconveniente de luchar contra alguien que ya está muerto: Simplemente, no puedes vencer. Incluso Shaka y el Preste Juan —al que sus hombres habían liberado— empezaban a cansarse por la dureza del combate. Los zombis, en cambio, seguían tan frescos como antes (siendo "frescos" en este caso sinónimo de "ligeramente podridos, aunque incansables"). Pero ni los Guerreros del Norte ni los sakrabitanos se iban a rendir. Los primeros, porque eso de rendirse va contra las reglas. Los segundos, porque esperaban que el plan de Jane diera resultado. Entonces ocurrió.
Una sombra alada pasó por encima de los luchadores.
La pelea se detuvo. Era una sombra que producía un sonido rítmico de ruedecillas y alas de tela subiendo y bajando. Los sakrabitanos sonrieron. Frank había llegado y aquello sólo podía significar una cosa: El plan de Jane iba a funcionar.
Los zombis se miraron entre ellos, aterrorizados. Llevaban tiempo fallecidos, pero ni aún así se habían podido olvidar de Frank N. Stein y de sus inventos. Y mucho menos del más temible de todos: La máquina voladora. Innumerables recuerdos de huesos rotos por caídas y fragmentos de máquina desperdigados por la plaza del pueblo pasaron por la mente de los muertos. Un pánico residual de su vida pasada tomó el control y les obligó a escuchar a sus instintos de supervivencia, que les decían: "Aléjate de la máquina voladora". Tan rápido como pudieron, obedecieron a esos instintos.
Los zombis abandonaron la lucha y se dirigieron con celeridad de vuelta al cementerio. Una vez que estuvieran de nuevo en sus tumbas y enterrados, la máquina de Frank no podría hacerles daño. Los sakrabitanos los dejaron pasar y los Zulucus, un tanto decepcionados porque se hubiera acabado la lucha, hicieron otro tanto. La procesión de muertos vivientes se alejó hacia el camposanto. Un perrito que iba tras ellos se detuvo cuando empezaron a enterrarse, se lo pensó un poco, dio media vuelta y volvió con un brazo putrefacto en la boca. Al llegar a su tumba, el terrier se enterró a sí mismo y a la extremidad en el mismo hoyo. Aquello sí que era eficiencia.
Los gritos de alegría por la victoria duraron poco. Los interrumpió Gayumbo, que iba de un lado a otro preguntando:
— ¿Dónde está Stern? ¿Alguien ha visto a Stern? ¿O al Mangante?
Pero nadie podía contestarle. Entonces, Shaka señaló a la pared y gritó:
— ¡Kinki Zuluku kuesta mo 'nte!
Todos dirigieron sus miradas al lugar indicado por el guerrero. Allí estaba Hardy Stern, escalando la pared que lo llevaría a la fuente de la eterna juventud. Ya había recorrido más de la mitad del trayecto, cosa asombrosa teniendo en cuenta que con la mano izquierda debía mantener el Ídolo Mangante. Pero Stern, finalmente más allá de la cordura o la locura, ya sólo tenía un objetivo y a él dedicaba todas sus fuerzas: Debía bañar el Mangante en la fuente.
Varios Zulucus y el Preste Juan fueron a toda prisa hacia el pie de la pared. Comenzaron a trepar, pero todos los que seguían en el suelo se daban cuenta de que no iban a llegar a tiempo. Hardy Stern los vio subir, se detuvo y los apuntó con el Ídolo Mangante. Todos contuvieron el aliento, temiendo lo que la estatua pudiera hacer.
Pero no hizo nada.
Stern se asombró. El resto de la gente se alegró. Al Ídolo Mangante se le había acabado el poder mágico. Al ver que sus rivales, animados, reemprendían la escalada, Hardy Stern hizo otro tanto. Con o sin magia, iba a vencer. Bañaría el Mangante en la fuente.
Gayumbo se sentía inútil. Todo aquello había ocurrido por culpa de los Pigmentos. Debían haber sabido vigilar mejor el Ídolo, pero no lo hicieron y ahora todo el mundo estaba en peligro. Y él no podía hacer nada. Todo estaba en manos de los grandes guerreros. Pero ellos tampoco podían hacer nada. Nadie podía hacer nada.
— Eso no es cierto —dijo—. Stern no tiene magia. Hay algo que se puede hacer. Salió corriendo y se separó de la muchedumbre. Entonces gritó a Frank, que seguía pedaleando para mantener su máquina en el aire:
— ¡Acércate! ¡Vuela bajo para que me pueda montar!
Maniobrando lo mejor que pudo, Frank hizo un picado. Todos los sakrabitanos, más por la fuerza de la costumbre que por otra cosa, se tiraron al suelo. Cuando la máquina pasó junto a él, Gayumbo se montó de un salto.
— ¡Elévate! ¡Ve hacia la pared!
— ¡Estás loco? ¡Nos estrellaremos!
— ¡Entonces acércate todo lo que puedas y yo saltaré!
— ¡Te matarás!
— ¿Se te ocurre un plan mejor? ¡Hay que impedir que llegue arriba! ¡Necesitamos tener la ventaja del terreno elevado! ¡Si llego arriba podré tirarle piedras o algo, y daré tiempo a los demás para que le alcancen!
Frank asintió.
— ¡De acuerdo! ¡Agárrate! ¡Nunca he intentado una maniobra como ésta!
La verdad era que nunca había intentado una maniobra de ninguna clase, pero Gayumbo no tenía por qué saberlo todo. La máquina se colocó por encima de Stern, al que le faltaba poco para llegar arriba. Bordeando la pared de piedra —y, milagrosamente, sin estrellarse con ella—, Frank colocó la máquina en una inmejorable posición para el lanzamiento. Gayumbo aprovechó la oportunidad.
El salto hizo que los espectadores de abajo contuvieran el aliento. En un primer momento, dio la impresión de que el joven iba a alcanzar directamente el amplio hueco de piedra en el que gorgoteaba la fuente de la eterna juventud. Sin embargo, no logró asirse y siguió cayendo. Transcurrió un eterno segundo en el que pareció que todo estaba perdido. Pero con sus recién dominados reflejos felinos, el Pigmento pudo agarrarse con facilidad a un pequeño saliente rocoso. Aliviado, Gayumbo respiró hondo. Hardy Stern estaba por debajo de él. El aprendiz pudo ver con casi perfecta claridad el Ídolo que el esclavista todavía tenía en su mano izquierda. Debía subir hasta la fuente e impedir a Stern que llegara.
Entonces el saliente rocoso decidió que quería resquebrajarse y arrojar a Gayumbo al vacío. Y lo hizo. El Pigmento intentó buscar asidero mientras caía, pero sólo logró arañarse los dedos. Pasó junto a Stern y, con un rápido movimiento, intentó quitarle el Mangante. Pero el esclavista fue más veloz que él y apartó la estatuilla. Un par de metros por debajo, Gayumbo logró afianzarse. Stern siguió subiendo. Volvía a estar por encima de todos los demás y nadie podría impedirlo ya.
Gayumbo trepó con todas sus fuerzas. Él era el que se encontraba más arriba. Si alguien podía evitar que Stern triunfara, era él. Ni los grandes guerreros, ni la magia, ni las máquinas. Sólo él. Forzó sus músculos hasta un punto que no sabía que fuera capaz de alcanzar y aceleró la escalada. Él tenía ventaja. Era más ligero que su rival. Era más ágil. Podía usar ambas manos para trepar. En cambio, Stern... En cambio, Stern había llegado al borde de la fuente.
Agarrado con su mano derecha al espacioso saliente, con el agua salpicándole levemente la cara, el esclavista supo que había vencido. Ante él había una amplia oquedad sobre la que caía el arroyuelo mágico. Cuando bañara el Mangante en aquella hendidura, habría vencido.
Lejos de rendirse, Gayumbo siguió trepando. Era evidente que no llegaría a tiempo, pero ni siquiera eso podía detenerle.
Stern reía como un maníaco, sabiéndose triunfante. Afianzó su brazo derecho para sostener mejor su peso, alzó la mano izquierda con el Mangante en ella y gritó:
— ¡Tú no diriges mi destino!
Colocó el Mangante sobre la fuente y...
...Un picor le llegó de repente de su brazo izquierdo. Instintivamente, se dio un manotazo. Pero Zmbzzbzz ya no estaba allí, claro.
Y su mano derecha ya no se apoyaba en el saliente.
Durante un momento se mantuvo flotando en el aire, como si la ley de la gravedad se hubiera rendido definitivamente después de lo de la máquina de Frank. Pero, al poco, el suelo volvió a atraer a Stern como había hecho durante toda su vida.
El esclavista agitó las manos frenéticamente, intentando buscar un asidero. De forma inconsciente, soltó el Mangante. Con una parábola, la estatua fue a aterrizar de lleno en la fuente de la eterna juventud. Y Hardy Stern realizó la última acción de su vida: Caer.
Dio un par de vueltas en el aire, en total silencio, pasando junto a Gayumbo, el Preste Juan y los Zulucus. Entonces se estrelló contra el suelo. Lo último en llegar, planeando suavemente, fue su gorro con borla.
Tras unos segundos de silenciosa espera, Gayumbo recordó que debía recuperar el Ídolo Mangante. Terminó su escalada hacia la fuente de la eterna juventud. Allí, totalmente sumergida, reposaba la estatuilla. Gayumbo la cogió. Un poco del agua mágica se escurrió entre sus dedos. Notó el poder del Ídolo. Fluía hacia él. Una voz le indicaba que ahora él era el portador. Que ahora el Mangante obedecería sus órdenes. Sólo tenía que pedirlo y el mundo se postraría a sus pies. Sólo tenía que abrir la puerta del mundo de los muertos, de una vez para siempre.
Gayumbo alzó la estatua con las dos manos.
— ¡Ahora yo soy el portador! —dijo, y desde abajo todos le escucharon con estupor— ¡Ahora debes obedecer mis órdenes! Y te ordeno... —todos contuvieron el aliento— ¡Te ordeno que cierres totalmente la puerta del mundo de los muertos! ¡Te ordeno que restablezcas el equilibrio!
El Ídolo Mangante brillo con una fuerza cegadora. La tierra se estremeció. Hubo un largo zumbido y después todo cesó. El mundo quedó en una quietud absoluta. Gayumbo sintió que su orden había sido cumplida. El final había estado cerca, pero no había llegado.
Cuando llegó abajo, todos aplaudieron y
vitorearon a Gayumbo. El Pigmento alzó el Mangante, sonriendo, y
todos gritaron: "¡Victoria!". Y todas esas cosas.
Gayumbo se acercó a su maestro y le tendió el Ídolo. Yuyu movió la cabeza de un lado a otro y abrazó a su aprendiz con fuerza. Un sakrabitano salió totalmente borracho de las bodegas y preguntó: "¿Me he perdido algo?".
Yuyu y Gayumbo se soltaron y dejaron que la multitud los escoltara hacia el lugar donde estaban el Preste Juan y Shaka, quienes los felicitaron.
Entonces, Yuyu se fijó en que tenía un mosquito en su mano izquierda. Yuyu lo miró. El mosquito le devolvió la mirada inquisitiva. Gayumbo se dio cuenta y le dijo:
— Creo que quiere hablar contigo.
Yuyu asintió.
— Y yo creo que estás afinando tu instinto de chamán. Apartaos. Voy a hacer magia verdadera.
Yuyu repitió el hechizo de hablar con los animales que había hecho frente a los elefantes. Una vez más, su cuerpo se puso en tensión. Una vez más, el chamán utilizó todo su poder para controlar cada uno de sus músculos...
...Ya sé, ya sé. Están pensando que ahora diré: "Y una vez más, uno falló". ¿Verdad? Pues no, y deberían tener más confianza en las habilidades de nuestro venerable chamán. Le conocen lo bastante como para saber que su poder es grande. Puede que una vez le fallara cierto músculo, pero un accidente no tiene por qué...
PRRRRT.
Vale, ya me callo.
Todos mantuvieron un respetuoso silencio en torno a Yuyu, esperando que se comunicara con el mosquito. Y esperando que controlara mejor su anatomía.
— Pregúntale si nos ha salvado él —pidió Gayumbo.
Yuyu comenzó a zumbar. El mosquito comenzó a zumbar.
— Dice que sí —tradujo el chamán.
— ¿Y por qué?
Yuyu zumbó. El mosquito zumbó.
— Dice que nos ha estado vigilando.
El mosquito zumbó.
— Dice que los miembros de su raza son los guardianes del equilibrio entre la vida y la muerte.
El mosquito zumbó.
— Dice que querían ver hasta dónde éramos capaces de llegar.
El mosquito zumbó.
— Dice que hay poderes que los humanos no deberíamos manejar. Dice que tenemos potencial como raza, pero que aún debemos evolucionar para alcanzar su sabiduría.
— ¡Karamba!
Con esto, Zmbzzbzz se alejó volando, de vuelta al Templo Mangante. Y nadie supo nunca que él y su especie eran los verdaderos guardianes del Ídolo Mangante. Porque ellos pueden estar en todas partes sin que nadie se fije en su presencia.
Al poco, todos se olvidaron de él.
Había que celebrar la victoria.
Algunos hombres buenos estaban todavía
alrededor del cadáver de Hardy Stern. Posteriormente sería
enterrado y sus restos mortales descansarían para siempre,
recordando a la Humanidad dónde están los límites de la ambición.
Pero hasta que aquello ocurriera, los sakrabitanos sentían que era
necesario dar algún tipo de admonición de despedida a aquel hombre
que había estado a punto de destruir el mundo. Mientras la multitud
se alejaba con los triunfantes exploradores, tres figuras se
quedaron junto a Stern. Al final, se decidieron a decir lo que
pensaban.
— Nadie debería jugar con la Creación como hizo él <eructo>.
Los demás asintieron.
— Ha recibido su justo castigo.
Los demás asintieron.
— Era un malvado, pero una cosha diré shobre él. Shabía caer cashi tan bien como una torre...
Los demás lo miraron. Él se encogió de hombros.
— Esh la verdad. Creedme, shé de lo que hablo.
No les quedó más remedio que darle la razón.
Fin
…