V
El torreón del castillo voló por los aires, realizó un doble mortal con triple tirabuzón (que le habría supuesto un 9'065 - 9'15 - 9'355 - 8'25 y 9'725 de no ser por el lamentable aterrizaje; pero aún le quedaban dos intentos) y se estrelló con un estrépito y con muchas piedras junto a la garita del guardia que estaba en la puerta. Tras recuperar el control de su vejiga y quitarse de encima los escombros, el guardia juró que en agradecimiento por seguir vivo no volvería a beber en horas de servicio. Por lo menos, hasta la tarde.
Todos en Sakrabita sabían a quién tenían que echar la culpa por el pequeño accidente. Los pequeños accidentes como aquél ocurrían a menudo si vivías cerca de Frank N. Stein. Y el Preste Juan decidió que empezaba a cansarse de sufrir pequeños accidentes. Hacía algún tiempo había pensado tener una conversación muy seria con Frank, pero Fray Marcos le había pedido que tuviera un poco de paciencia, que le diera la oportunidad de cambiar. Le pidió un poco de tiempo.
Pues bien, ya habían pasado más de ciento treinta años desde aquel día y la paciencia del Preste Juan empezaba a agotarse. Le había dado su oportunidad de cambiar al chico. Y la había aprovechado. Desde luego, había cambiado: Ahora no sólo perdía el tiempo. Ahora, además, destruía Sakrabita en sus ratos libres. Aquello tenía que acabar.
El Preste Juan se dirigió con paso ágil hacia el torreón... o lo que quedara de él. Uno de los soldados se asomó mientras pasaba y le preguntó:
— ¿Habéis estornudado, señor?
— No —contestó el hombretón, sin detenerse.
El soldado se volvió hacia uno de sus compañeros y le comentó:
— Ya te dije que había sido un ruido muy flojo para ser uno de sus estornudos.
El Preste Juan salió al patio de armas, que ahora parecía un gallinero. Todos los habitantes del castillo (y Juan estaba seguro de que los habitantes de Sakrabita también) estaban mirando la delgada columna de humo negro que brotaba de la base de la torre. Tampoco podían evitar darse cuenta de que la torre en sí no estaba en su lugar. Como jamás había manifestado su voluntad de querer irse a tomar unas copas (cosa que los sakrabitanos habrían podido comprender) y todavía llovían aquí y allá algunos cascotes, dedujeron que no se había marchado sino que había sido demolida. Claro que aquella especulación tenía sus eslabones débiles. Por ejemplo, estaba el hecho de que no se viera por ninguna parte los restos de la torre (el guardia de la puerta, más adelante, aclararía el misterio de la desaparición del cuerpo del delito). Tampoco había en las inmediaciones ninguna catapulta que pudiera haberlo hecho. Y si el Preste Juan tampoco había estornudado... Bueno, todo aquello significaba que estaba pasando algo muy raro.
Y "raro" también quería decir "Frank N. Stein".
No, no es que hablaran diferente en la Edad Media (que lo hacían, pero bueno). "Raro" también significaba para ellos "especial, extraordinario por lo poco frecuente". Pero se trata de otra de esas licencias literarias.
La cuestión es que el Preste Juan llegó a la base de la torre. Unas piedras rodaron cuando el rostro ennegrecido de Frank emergió de las profundidades. Miró a su alrededor, confuso (cosa lógica considerando a lo que acababa de sobrevivir) y comenzó a salir de entre las ruinas.
— Bueno, muchacho —dijo el Preste Juan—. Parece que te estás olvidando de que tener la eterna juventud no es lo mismo que ser inmortal, ¿eh?
Frank, aún aturdido, tardó un poco en contestar.
— Estooo... Sí, creo que sí.
— ¿Y se puede saber en qué estabas perd... trabajando ahora?
— Pólvora, señor —respondió, consiguiendo desenterrarse del todo.
— ¿Pólvora? ¿Qué es eso?
— Pues... Es un polvo negro que explota.
El Preste Juan volvió a mirar los restos de la torre.
— Felicidades —dijo—. Te ha salido rematadamente bien. ¿Te parece bonito ir inventando polvos negros que explotan?
— No... No es esto lo que tenía que haber pasado.
— A mí me parece que has logrado lo que querías: Un polvo negro que explota.
— Ya, pero yo creía... Yo quería usarlo para otros fines. Fines artísticos.
— ¿Artístico como qué? ¿Como escribir tu nombre en la muralla con letras de dos metros?
— No, más bien como... Como una especie de fuego artificial. Lucecitas, ruido... Para hacerlo las noches de fiesta.
— ¿Fuego artificial? Mira, las lucecitas y los ruidos ya los has logrado. ¡Pero ni pienses que voy a dejar que hagas esto cada vez que haya una fiesta! ¡Acabaríamos viviendo en un valle, en vez de en una montaña!
Frank asintió y bajó la cabeza. El Preste Juan se sentó a su lado en el montón de escombros.
— Tenéis razón, Preste Juan —se derrumbó el joven—. Soy un desastre.
— Bueno, lo cierto es que... Frank no le dejó seguir.
— El hecho de que tenga estas ideas constantemente en mi cabeza no es excusa para mi comportamiento, ni para los desastres que causo.
— Claro, sí, aunque...
— Por supuesto, por supuesto, sé lo que vais a decir. Que, en cierta manera, lo que yo tengo es una habilidad que el Todopoderoso me ha dado.
— Eeeeh... Sí, claro, eso mismo...
— Por un lado, debería pulir esa habilidad, ¿no es eso? Intentar explotar al máximo mis capacidades, puesto que para eso las tengo.
Al Preste Juan, además de parecerle que la palabra "explotar" no era la más apropiada dadas las circunstancias, le estaba resultando difícil seguir la conversación. Fundamentalmente porque no recordaba haber dicho la mitad de las cosas que se suponía que estaba diciendo. Aún así, no se rindió.
— Bueno, sí, pero...
— Sí, sé lo que queréis decir. Está bien intentar pulir mi habilidad, pero una gran habilidad conlleva una gran responsabilidad. Os agradezco el consejo profundamente.
El adalid de Sakrabita se sorprendió de lo sabias que podían llegar a ser sus palabras. Especialmente considerando que no las había pronunciado y que lo más ingenioso que había dicho nunca había sido: "Todavía te quedan tres extremidades. ¿Quieres que siga cortando?".
En aquel momento, el guardia de la puerta (con los pantalones todavía húmedos) llegó corriendo. No era un paso muy marcial (más bien iba haciendo eses y tanteando con las manos como si viera doble), pero era presuroso. Se cuadró frente a una viga caída, vio que se había equivocado y escudriñó hasta encontrar al Preste Juan. Entonces volvió a cuadrarse.
— Sheñor, shoy el centinela, sheñor. Informo de que he shido atacado por una torre, sheñor.
— ¿Lo veis? —dijo Frank—. He atacado a nuestro propio centinela.
— No, no fuishte tú. Fue una torre. Créeme, conozco la diferencia. Tú no dejash tantosh cashcotesh. Ademash eshtá el tamaño... El tamaño esh importante...
El Preste Juan hizo señas a los pocos soldados que todavía estaban sobrios para que se llevaran al centinela y lo pusieran a dormir la mona. Mientras obedecían sus órdenes, el guardia fue balbuceando sinsentidos como "hizo una vuelta preciosha antesh de caer, ¿shabesh?" y "¿shignifica esho que va a llover? ¡Imagina! ¡Lluvia de torresh!".
— Soy un desastre —repitió Frank.
— La verdad, no creo...
— Tenéis razón para estar furioso. He causado más destrozos que cualquier plaga bíblica.
El Preste Juan volvió a tener la sensación de que aquel diálogo iba en piloto automático.
— Yo no he dicho que esté furioso, pero...
— Una y otra vez lo intento, pero la buena voluntad no lo arregla todo.
— Ya, no te falta razón, pero...
— Exactamente. Ahí está el problema. Soy un peligro para la seguridad de todos los que me rodean.
— ¿Te siguen funcionando las orejas?
— Eso es exactamente lo que tendría que hacer. Dejar de poner al mundo en peligro.
— Parece que no...
— Buena idea, señor. Si me marcho, no sólo tendré tiempo para perfeccionar mis habilidades de inventor, sino que podré dejar que la paz vuelva a Sakrabita por un tiempo.
— Pero...
— Tenéis razón, es lo que debo hacer. Y cuanto antes me vaya, mejor.
Frank se levantó con decisión y se alejó camino de sus habitaciones. Uno de los soldados del castillo, distraídamente, se acercó al Preste Juan.
— ¿Qué le habéis dicho? —preguntó.
— No sé —meditó el hombretón—... Creo que lo he desterrado...
— Oh.
— La verdad, espero no haber sido muy duro con él.
A lo largo y ancho de la Historia, siempre ha
habido hombres como Frank N. Stein. Hombres que se han adelantado a
su tiempo. Lo que pasa es que Frank no sólo se había adelantado a
su tiempo, sino que había dado treinta vueltas al circuito, había
parado dos veces en boxes, había ganado la carrera y lo había
remojado con champán. Su tiempo hacía mucho que lo había perdido de
vista.
A Frank siempre se le ocurrían ideas totalmente innovadoras. El problema era que, de tan innovadoras, le resultaban inútiles. Como lo de la pólvora. No había sido capaz de conseguir lo que realmente quería. O aquella vez que pensó que con un par de lentes bien colocadas podría ver las cosas lejanas y sólo consiguió prender fuego al pajar al enfocar el aparato al sol.
O aquellos pantalones que había inventado. Quería hacer un tejido que soportara la dura vida del sakrabitano típico. Uno más eficaz que los débiles jubones. Logró hallarlo. Para asegurarse de su calidad, lo sometió a las más peregrinas pruebas de resistencia y la prenda las pasó todas. Finalmente, los llamó "pantalones vaqueros", en honor a la prueba final que tuvieron que sufrir. En un psicótico arrebato de originalidad, Frank decidió dárselos de comer a una vaca. Y los pantalones resistieron el proceso digestivo rumiante, más o menos con la misma forma y textura, aunque no con el mismo olor.
Frank no logró que gozaran de mucha popularidad entre los sakrabitanos. Ni pudo explicarles lo que era "lavados a la piedra". Muchos le dijeron que mejor los lavara al fuego, pero lejos de allí.
O aquella vez que se levantó con la idea de desarrollar e implementar un sistema operativo que funcionara según los principios de la multitarea cooperativa, con un accesible interfaz gráfico amigable con el usuario, que utilizara iconos y ventanas, muchas ventanas. Pero Frank no sabía lo que significaba "implementar", "sistema operativo" o "interfaz gráfico", así que el proyecto quedó en agua de borrajas (afortunadamente para el mundo de la informática; en otros universos menos venturosos, alguien destrozó todos los ordenadores del planeta con un proyecto similar).
De manera que ahí estaba él, guardando todas sus pertenencias en un hatillo. Sabía que iba a pasar mucho tiempo fuera de la ciudad, pero prefería no ir demasiado cargado. Así que decidió llevarse sólo aquello que le fuera estrictamente indispensable. Una muda de ropa; una hogaza de pan; un cuchillo; sus dos kilos de herramientas mecánicas (entre ellas la práctica pelafruta que sólo cortaba un dedo de cada quince); una lente de aumento; los bocetos sobre la máquina voladora en la que estaba trabajando (conocida y temida tanto por aquellos que inicialmente se habían prestado a probarla —y habían perdido algunos huesos en el proceso— como por las aves del lugar, que en las noches de tormenta susurraban a sus hijos terroríficas historias acerca de la monstruosa figura de madera que a veces aleteaba frenéticamente sobre el lugar gritando "¡malditofrankmevoyamataaaaar!");...
Echó un vistazo al montón apelotonado sobre el pequeño paño que pretendía usar como hatillo y decidió que sería conveniente un reajuste. Sacó la muda de ropa y la hogaza de pan, distribuyó los demás objetos de forma que ya no parecieran una pirámide invertida y volvió a contemplar su obra. No estaba satisfecho. Hiciera lo que hiciera, parecía que no iba a caber en su equipaje la imprenta. Era una lástima, pero tendría que dejarla en su habitación.
Mientras intentaba con todas sus fuerzas (no muchas) anudar el hatillo, la puerta se abrió y Fray Marcos, que no era muy dado a respetar la intimidad de los demás, intentó entrar. Puesto que las puertas del castillo no habían sido diseñadas para gente de la envergadura del sacerdote, aquello suponía un esfuerzo similar al necesario para mantener orbitando un sistema solar de tamaño medio. Sin embargo, ya fuera porque la grasa de su carne era de una variedad extra-resbaladiza o porque a los quicios les daba miedo quedarse con él atascado por siempre jamás y lo ayudaban a pasar, el religioso siempre acababa cruzando cualquier umbral (un trovador supuestamente ingenioso había llegado a decir que con Fray Marcos y el Preste Juan en la misma ciudad, la vida de un quicio de puerta tenía que ser realmente desquiciante; al menos luego había tenido la decencia de pedir perdón). La gente de Sakrabita estaba tan acostumbrada a ver tales maniobras de escurrimiento habitacionil, que nunca había captado con su pleno sentido los sermones acerca de que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de Dios. Al parecer de cualquier sakrabitano, a través de un ojo de aguja podían pasar cincuenta camellos bailando una conga si les daba la gana. Comparado con lo que hacía su cura, no tenía ningún mérito.
Tras quedarse atascado un par de veces, Fray Marcos logró cruzar el ídem. Su propósito al ir a ver a Frank era llegar a su corazón con las palabras. Sabía que en aquel momento se sentiría perdido y desamparado, así que quería decirle que todo en la vida forma parte de un inconmensurable Plan Divino. Quería decirle que no existe la casualidad sino la causalidad y que las dificultades que aparecen en el camino tienen por objeto convertirnos en personas mejores tras superarlas. Quería hablarle del libre albedrío y de cómo éste permite a los seres humanos, pináculo de la Creación, alterar la historia del mundo y la pureza de su propia alma con actos en apariencia pequeños. Quería revelarle, en fin, que Dios escribe recto con renglones torcidos y que los caminos del Señor son inescrutables.
En vistas de la gran ayuda que todo aquello hubiera supuesto para Frank, casi fue de agradecer que Fray Marcos tuviera una resaca de caballo por la merluza que había pillado el día anterior cuando se entusiasmó con la Eucaristía. Lo único que dijo fue:
— Así que te vas <eructo> de aquí...
— Sí.
— Puesss... Buen viaje <eructo; tos seca>.
Como ya hemos comentado, la evangelización no era una de las especialidades de Fray Marcos.
Hardy Stern había encontrado un propósito en la
vida. Por supuesto, hasta aquel momento había tenido una profesión
de la que disfrutaba y una madre a la que adoraba. Cada momento de
su existencia había sido dedicado por él o bien al disfrute o bien
a la adoración, y en aquel sentido se podía decir que su trabajo y
la autora de sus días eran el propósito de su vida. Nada le
producía tanto placer como apresar, torturar o echar a los perros a
un nuevo esclavo; por lo menos nada salvo saber que su mamá estaba
bien, que le habían gustado las cortinas y que le mandaba
abrazos.
Sin embargo, el hallazgo del Ídolo Mangante había dado un giro de trescientos sesenta grados a su vida. No, no me he equivocado. No quería decir "ciento ochenta grados", porque lo que el Mangante había hecho con la vida de Hardy era permitirle ver todo lo que tenía alrededor y luego colocarlo de vuelta donde estaba para que se aprovechara de lo que había aprendido con el paseo. Y pensaba hacerlo.
Aunque a veces lo asaltaba la duda y se preguntaba si quien pensaba hacerlo era él o aquella misteriosa voz que le había hablado en su tienda. No importaba. Aquella voz le había abierto un mundo de posibilidades, un mundo de poder inimaginable... Y un mundo de incomodidad. La gorguera lo estaba matando.
Hardy sentía la necesidad de comunicar a la humanidad la gran Verdad que le había sido revelada. Y como lo más parecido a humanidad que corría por aquellos andurriales era Biggs, a él le estaba explicando con los ojos iluminados de un fanático decenas de cosas que el hombre no debería saber. Y la mujer tampoco.
— ...me ha abierto un mundo de posibilidades, un mundo de poder inimaginable —explicaba; con muy poca originalidad, todo sea dicho.
— Ya —contestó el capataz, siempre tranquilizador. Desde lo que los esclavistas llamaban "el incidente", Biggs procuraba ser siempre tranquilizador en sus conversaciones con su jefe. El hombrecillo podía no tener mucha inteligencia comparado con él, pero sus instintos más primarios le gritaban que si tras entrar en un templo maldito de repente el patrón hablaba con alguien que no estaba ahí, se ponía muy nervioso y acababan vestidos como mariposas con retención de líquidos, era mejor que nadie estuviera nervioso. Aunque no tuviera el carácter... digamos un tanto arisco... de Stern.
Por eso siguió escuchando, fingiendo que atendía. Entonces Hardy le explicó la parte interesante y Biggs escuchó, fingiendo que no se estaba haciendo pipí en los pantalones a cuadros.
Como saben muchos religiosos, místicos y
vendedores de seguros, la muerte no es el final. Sólo es un peldaño
más en la escalera, el fin de un tomo de la enciclopedia, el
intermedio para los anuncios. Los seres humanos recorremos esta
escalera, o leemos el tomo, o vemos la película, creyendo que eso
es todo y que no hay nada más allá del escalón, página o aburrida
escena intelectual en la que nos encontramos. Entonces llega la
muerte y nos damos cuenta de que nos habíamos equivocado, de que
nuestra concepción del universo no era la correcta. Descubrimos que
hay mucho más en el Cielo y la Tierra, Horacio, que lo abarcado por
nuestra filosofía. Y algunos acaban pensando que el nuevo escalón,
página o escena de tiros y explosiones son verdaderamente todo lo
que hay. Somos así de perspicaces.
Dicho de otro modo: La muerte es un estado de tránsito hacia una nueva realidad. Pero hay gente que no lo sabe y que lo aprende por las malas,... y luego hay gente que nunca llega a aprenderlo. Esa gente se queda atrapada entre dos mundos, en el rellano de la escalera como si dijéramos (vale, o en la bibliografía de la enciclopedia, o leyendo los títulos de crédito de la película; está visto que aquí no hay quien pueda usar una metáfora, caramba). Esas almas perdidas vagan por toda la eternidad en la convicción de que su forma de existir es la única posible o, peor aún, creyendo que todavía siguen vivos.
Afortunadamente la escalera donde se encuentran, como si perteneciera a unos vecinos particularmente antisociales, no permite volver a bajar los peldaños; una vez traspasada la puerta, ésta se cierra a tus espaldas. Y digo que afortunadamente porque, tras siglos y siglos de seres vivos muriendo, las almas que uno puede encontrar en este limbo son casi incontables. Si todas quisieran volver al mundo de los vivos estando muertas... Bueno, baste decir que los seres humanos no estamos tan bien organizados como los elefantes. El mundo de los vivos, para un ente cuyas únicas posibilidades normalmente son "estar ahí" o "ir hacia la luz", es un auténtico parque de atracciones sin guardias de seguridad.
Pero supongamos que hay una llave. Una ganzúa que un vecino avispado ha hecho para poder subir sin permiso a la terraza e instalar una antena parabólica. Supongamos que esa llave, que en buenas manos serviría para establecer una comunicación entre los vivos añorantes de sus parientes difuntos y dichos parientes, haya caído en malas manos. Supongamos que ya no está en la cerradura y el candado ha caído. Supongamos que los muertos están empezando a descubrir que la puerta al mundo de los vivos vuelve a ser accesible para ellos.
Y supongamos que la llave se llama "Ídolo Mangante" y que ahora la tiene Hardy Stern. ¿Ha quedado ya claro o tengo que deletrearlo?
— ¡Oh! —dijeron a la vez Jane y Biggs. Pero
como estaban a kilómetros de distancia la una del otro y ella es
más guapa, mejor nos centramos en la reportera.
— El Templo Mangante se construyó sobre un foco de poder psicoquinético —siguió explicando Yuyu, que a pesar de ser más feo que Biggs por lo menos decía palabras cultas—. Desde el Templo, cualquier chamán bien adiestrado puede entrar en contacto con la sabiduría de los ya fallecidos. Pero toda esa acumulación de poder es peligrosa. La realidad es frágil y si los Grandes Espíritus han separado el mundo de los vivos del de los muertos es por algo. Así que hay que procurar que no exista una sobrecarga de poder psíquico. Nuestros antepasados edificaron el Templo con ese propósito. Toda su estructura tiene como fin canalizar la energía a un punto. Un punto que haga como de chimenea de poder.
— El Ídolo —musitó Gayumbo.
— El Ídolo —repitió Yuyu, fastidiado porque hubiera preferido decirlo él de forma más teatral y sobrecogedora—. Su material y los hechizos que le han lanzado lo convierten en absorbente psíquico. Todo el exceso de energía pasa al Ídolo Mangante, que la absorbe y se la queda. De ahí su nombre.
— ¿Y por qué un hombre blanco querría robar el Ídolo? —preguntó Gayumbo, quien no había tenido el suficiente contacto con los exploradores como para responder por sí mismo a esa pregunta.
— Los hombres blancos a veces son estúpidos —dijo Jane, con el ceño fruncido. Bueno, no era la mejor de las respuestas pero ya nos vale—. Lo que quiero decir es que seguro que ha sido por el dinero. Aunque no os lo creáis, hay gente que pagaría una fortuna por un cacho de piedra esculpido con una forma graciosa, sólo con que le dijeras que viene de muy lejos, aunque sólo le vaya a servir de pisapapeles.
— Pero es que hay algo más —siguió Yuyu, ominoso. Con el tiempo había aprendido a parecer ominoso cuando quería y había alcanzado un punto en el que podía producir escalofríos a alguien incluso llevando un vestido de novia, peineta, un matasuegras en la boca y un merengue estampado en la calva.
Claro que principalmente sería porque a él no le haría ninguna gracia ir con esas pintas.
Pero bueno, incluso en circunstancias normales a Yuyu se le daba bien adoptar poses ominosas. Debe de ser algo que viene en los genes de todo anciano y venerable chamán. Y la pose ominosa que adoptó entonces fue la mejor de toda su carrera. Hasta Angagua, que escuchaba a hurtadillas la conversación, se estremeció.
— ¿Algo más? —preguntó, casi temerosa, Jane.
— Sí —Yuyu maldijo a los Grandes Espíritus por no haber hecho aparecer un conveniente relámpago con su igualmente conveniente trueno en aquel momento; pero sabía que no podía esperar mucho en mitad del verano más caluroso de la historia de la sabana africana—. El Ídolo puede ser de utilidad a cualquiera que lo robe. Pensad un poco. Es lo normal. Si pones un ídolo mágico para que haga de tapón en algo que es el equivalente sobrenatural de un volcán, lo que conseguirás en el mejor de los casos será un tapón al rojo vivo. Lo que quiero decir es que, con todo este tiempo de absorber emanaciones mágicas, seguro que el Mangante ya no es una estatua normal y corriente. Debe de tener algún poder.
— ¿Qué poder? —quiso saber un desesperado Gayumbo. El aprendiz estaba dándose cuenta de que Yuyu le había ocultado muchas cosas a lo largo de su enseñanza y no le gustaba. A saber la de secretos que todavía no le había confesado. A saber la de catástrofes que la pura y axiomática tozudez de su maestro podía causar aún.
— Eso no lo sé —admitió el anciano—. Puede ser cualquier cosa. De hecho, será mejor que nos hagamos a la idea de que probablemente sea cualquier cosa. Hasta puede que a la vez.
No había más que decir al respecto, así que nadie dijo nada. Ni siquiera Angagua, que había estado dándole vueltas a un par de preguntas que tenía, se atrevió a romper el silencio. Dadas las circunstancias, el paquidermo pensó que era mejor que no se dieran cuenta de que los había estado espiando mientras hablaban. Eso era de muy mala educación también para los proboscídeos.
Siguieron el camino. De repente tanto a Gayumbo como a Jane se les había quitado el apetito y lo único que se comieron fue la cabeza pensando en cientos de millones de espectros y muertos vivientes manifestándose en el plano de la existencia que normalmente conocemos como "realidad". No fue un plato fácil de digerir, así que dejaron las sobras para la cena.
— Y, ¿dónde viven esas Masayás? —preguntó con aire casual Jane. Como pasó un rato sin que nadie contestara, Yuyu le habló a su aprendiz.
— Te ha hecho una pregunta. Responde.
— ¿A mí? —se sorprendió Gayumbo— ¡Pensaba que te la hacía a ti!
Otro silencioso rato pasó de puntillas porque no quería molestar.
— ¡Oh, no! —gimió Gayumbo llevándose las manos a la cara— ¡Otra vez no!
— ¿Qué pasa? —inquirió Jane.
— ¿Que qué pasa? —dijo, al borde de la histeria, el joven Pigmento— ¿Que qué pasa? ¡Que tampoco sabe dónde viven las Masayás! ¡Eso pasa!
Yuyu, que iba montado sobre Angagua delante de Gayumbo y Jane, mantuvo la mirada fija en el horizonte sin replicar.
— Tenía que haberlo esperado —se descorazonó el aprendiz—. Era la cadena lógica de acontecimientos. A mi maestro no le da la gana de nombrarme chamán, aunque supero la prueba. Luego, mi maestro deja que roben un ídolo sagrado del que se supone que es el guardián y que puede ocasionar el fin del mundo tal como lo conocemos. Lo de que no cogiera víveres para el viaje era casi de esperar. Y, por supuesto, tal y como están las cosas era mucho pedir que supiera a dónde narices nos dirigimos.
Yuyu siguió sin responder.
— Claro. Es más fácil dejar que nos lleve el elefante a donde él quiera. Seguro que tarde o temprano acabaremos apareciendo en mitad de la aldea Masayá. A menos, claro, ¡que no lleguemos nunca porque un espíritu sediento de sangre venido del más allá nos descuartice y nos utilice de rascador de espalda por toda la eternidad! —Gayumbo hizo una pausa para respirar y terminó espetando— ¡Lo que no sería muy distinto a tenerte de maestro!
Yuyu se volvió lentamente y miró a su rebelde aprendiz con irritación. Abrió la boca para decir algo...
... y entonces una figura salió de detrás de una roca y sopló con fuerza una cerbatana.
Flup. Flup. Flup.
Los tres pasajeros de Angagua cayeron al suelo, totalmente rígidos, mientras el hombre recargaba su arma con rapidez. Antes de que el paquidermo supiera lo que pasaba (flupflupflupflupflup), él también cayó.
Primero fue un cosquilleo que le hizo reír y
luego un dolor lacerante por todo el cuerpo que le explicó que lo
de la risa había sido muy mala idea. Después pudo abrir los ojos y
descubrir que la luz del atardecer todavía podía causarle más daño.
Tras adaptarse intentó mover los músculos y averiguó que sólo podía
moverse de cuello para arriba con gran esfuerzo. Entonces una cara
desdentada ocupó todo su ángulo de visión, llenando sus pulmones de
un penetrante olor a naturaleza. A naturaleza puesta al sol
demasiado tiempo, esto es.
— Jejejejejejejeeee —se carcajeó el hombre, exhalando podredumbre olfativa—... ¿Nos estamos despertando? Biennn, biennn... Mejor despiertos...
Gayumbo vio que se trataba del individuo de la cerbatana, que todavía llevaba en su mano derecha. Debía de tener unos cuarenta años, ser de la estatura de Jane y tener la misma complexión física que Yuyu. Su taparrabos de color anaranjado pertenecía a alguna tribu a la que el Pigmento no era capaz de identificar. Su pelo rizado era tan abundante que le hacía parecer un arbusto móvil. Y luego estaba su sonrisa, toda encías... Aquella sonrisa... Era una sonrisa como la que utilizan personas que tienen la sensación de que su difunta madre les ordena cosas, una enorme actitud antisocial y un cuchillo apuntando a tu hígado. Una sonrisa que evoca sillones con perturbadores aparatos médicos, una luz a la cara y una voz que dice: "Abra la boca, le aseguro que no le va a doler". Una sonrisa que hacía pensar en miedos ancestrales imbuídos en la memoria racial.
Pero Gayumbo no podía sentir esos miedos, porque todavía notaba el cosquilleo y estaba conteniendo las carcajadas.
— Buena constituciónnn la tuya —siguió diciendo el desconocido mientras comenzaba a examinar al aprendiz de arriba abajo, deteniéndose especialmente en la cabeza—. Buennn ejemplar. Buena caza. Nada menos que seis presas en buennn estado de conservaciónnn. Jejejeeee. Esto vale unnn premio. Tendránnn que decir que soy el mejor.
— Ji, ji, ji, ay, uy, au —contestó alguien.
Un doloroso giro de cuello permitió a Gayumbo ver que las onomatopeyas pertenecían a su maestro, que estaba recuperando la consciencia. El misterioso salvaje también se puso a observar a Yuyu de forma concienzuda, siempre sin abandonar su risa y su manía de alargar las enes finales.
— Au —dijo Gayumbo—. ¿Estás bien? Jeje.
— Ji, uy —respondió Yuyu—. Creo que sí. ¿Qué ha pasadooouch?
— Pffft... ¡Jua, jua! Perdón. Ay. No lo sé. Pero no me gusta. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!
— Jejejejeeee... Os molesta el veneno, ¿verdad? —dijo el desconocido, en un tono no del todo carente de cinismo—. Tranquilos, no es letal. No todavía. Lo mejor para luego. ¿No?
— ¿Y éste, ay, quién es? —bufó Yuyu.
— No lo sé. Ay. Je, je.
— Soy Kukamona el Invencible, y vosotros sois mis prisioneros. Jejejejejejeee.
Con unas risas seguidas de un quejido, Jane volvió en sí y entró en aquella animada conversación.
— No me puedo mover. ¿Qué ha, ayyy, pasado? Jiji —dijo, mientras Kukamona examinaba su cabeza desde todos los ángulos.
— Que somos sus, ua, prisioneros —respondió Gayumbo, señalando vagamente con el cuello hacia su captor—. Se llama Kukamona y nos ha envenenado. Ja, ja, ja...
— ¡Trwyyyytw! ¡Twf, twf, twf!
— ...Y parece que también a Angagua. Ay.
— Yo, uay, sé qué eres, Kukamona el Invencible —anunció Yuyu—. Je, je. Sólo los Joróvaros envenenan a sus víctimas, ay, con Pikapika.
¡Y aquí viene otro secreto del África! Pero tranquilos: Para no agobiar vamos a ser breves, aunque minuciosos.
Joróvaro: N.m. Nativo del continente africano perteneciente a la tribu del mismo nombre. También conocidos como "Agrandadores de Orejas", los Joróvaros se caracterizan por usar unas técnicas de embalsamamiento especiales con los cadáveres de sus víctimas, lo que hace que todo el cuerpo se pudra normalmente salvo las orejas, que crecen de forma desmesurada. Esas orejas son trofeos entre los Joróvaros. La verdad es que nadie sabe por qué. La opinión más generalizada es que todo hombre necesita una afición para los fines de semana. Ver también: Copito, Pikapika.
Pikapika: N.m. Veneno en polvo que se obtiene a partir de las olorosas secreciones de la planta pikapikatia odorans. Sus síntomas son parálisis, risas y dolor si es administrado en dosis pequeñas, y la muerte, risas y dolor si es administrado en dosis grandes. Conviene no ingerirlo.
— Jejejejeeee —replicó Kukamona, provocando al reír un bactericidio masivo en el aire cercano a su boca—. Y tú eres muy listo para ser Pigmento. Seguro que eres chamánnn. Pues tranquilo, chamánnn. Dentro de unnn rato, el Pikapika dejará de molestaros. Y si os dejo más rato, podréis comenzar a moveros. Y más rato después, podréis moveros sinnn que la sangre os parezca de cristal.
— Qué bien. Ay —dijo sin mucha convicción Jane.
— Pero no voy a dejar que pase tanto tiempo, claro. Unnn poco más de Pikapika, y... ¡Muertos! Jejejejejejejeeee.
— Ja. No sé por qué, me lo imaginaba.
Kukamona el Invencible comenzó a juguetear con sus dardos envenenados, y a mirar a sus prisioneros como si no supiera por quién empezar. Que era, naturalmente, lo que estaba pasando.
— Oye —intervino Gayumbo—, ay, ¿se puede saber qué te hemos hecho? ¿Por qué nos quieres matar?
— Oh, nada personal, nada personal. Jejejeee. Es sólo que me encuentro ennn una búsqueda espiritual —el tono de voz de Kukamona se tiñó de un evidente matiz de orgullo—. Los chamanes de mi tribu hablaronnn connn los espíritus y éstos les dijeronnn que yo y sólo yo debía viajar ennn busca de grandes trofeos que nos trajerannn nueva gloria. Ya casi nadie se acuerda de los Joróvaros, ¿sabéis?
— Una verdadera lástima —respondió Yuyu con todo el sarcasmo que le permitía la incómoda rigidez del Pikapika—. ¿Y tenías que hacer la maldita búsqueda tan lejos de tu tribu? Porque, por si no lo sabes, esto no queda muy cerca del territorio Joróvaro. Me molestaría haber sido asesinado por alguien que se había perdido.
— Ah, si es por eso no te preocupes —dijo el Agrandador de Orejas, al tiempo que seguía manipulando alegremente sus herramientas profesionales—. He venido por aquí a propósito. Los espíritus dijeronnn que debía conseguir las piezas de unnn Copito. Tienennn mucho pedigrí entre mi gente, los Copitos. Grandes guerreros. Buena pieza.
— ¿De qué, ay, trofeos habla éste? —preguntó Jane.
— De nuestras orejas —fue la respuesta del chamánnn... digooo chamán—. Son trofeos entre ellos. Las agrandan todo lo que pueden.
— Pues vaya. Supongo que serán toda una ayuda para los otorrinos de la zona...
— Jejejejeee... Qué graciosa... Creo que empezaré contigo.
— ¡Espera! —dijo Gayumbo, interrumpiendo a un Kukamona listo para disparar el dardo definitivo contra Jane—. No creo que nosotros merezcamos la pena. No somos Copitos ni nada. Sólo somos dos pequeños Pigmentos y una mujer. No sé si somos dignos de la atención del Gran Kukamona el Invencible, ¿no te parece?
El Joróvaro dejó su cerbatana en el suelo, hizo una leve mueca de fastidio y se acercó al joven Pigmento.
— De acuerdo. De acuerdo. Me has pillado.
— ¿Pillado? ¿Significa eso que nos vas a dejar ir? —preguntó Gayumbo, aliviado.
— ¡No, claro que no! Sólo significa que os voy a decir la verdad. Ennn realidad no me llamo Kukamona el Invencible.
— ¿Ah, no?
— No. ¿Recuerdas que las orejas sonnn trofeos entre nosotros?
— Sí.
— ¿Ves el collar de orejas que llevo puesto?
— ¿Qué collar?
— A eso me refiero. Ni unnn solo trofeo ennn treinta años. Ennn la aldea todos me llamannn Kukamona el Plasta. Lo de Invencible me lo he inventado yo. Igual que este viaje espiritual. Lo he hecho para que ennn la aldea me respetennn y todos me llamennn Invencible. Así que necesito todos los trofeos que pueda conseguir, de la mejor calidad, antes de regresar. Jejejee.
— ¿Eres un Joróvaro frustrado? —se sorprendió Yuyu— ¿Y nosotros seremos tus primeras presas?
— Sí a las dos, chamánnn. Jejejejeeee.
— Pues vaya un honor —replicó Jane con sarcasmo—, ser precisamente nosotros los que acabemos con esa mala racha de treinta años...
— Me alegra que lo hayáis entendido —dijo Kukamona, quien creía que el sarcasmo era una enfermedad de la piel—. Ahora, si eres tannn amable de no moverte, no te dolerá mucho. Jejejejejeee.
En parte por la sensación de déjá vu y en parte por la histeria de tener al Agrandador de Orejas al lado cargando su cerbatana, Jane le gritó:
— ¡Por lo menos podrías dejar de reírte!
Kukamona volvió a detener el proceso de carga.
— Jejejejejeeee... No, no puedo. Es unnn efecto secundario de trabajar connn Pikapika. Verás, normalmente hay que guardarlo ennn bolsas hechas de hojas. Pero yo no tengo dinero para comprarlas, así que tengo que guardar el Pikapika ennn mi boca. Lo cual no es muy sano, precisamente. Jejejejeee...
Bueno, yo ya había dicho que conviene no ingerirlo, pero como nadie me hace caso...
— ¡Genial! —bufó Jane— ¡Me va a matar un salvaje pirado!
Entonces los Grandes Espíritus volvieron a iluminar a Gayumbo y a poner las palabras adecuadas en su boca. Los Grandes Espíritus hacían esto a menudo con el muchacho (tal vez para que no se sintiera tan mal con su nombre) y Yuyu lo sabía; éste era uno de los dos motivos por los que había elegido a Gayumbo como aprendiz. Y resultó ser una suerte que el chamán se lo hubiera llevado en aquella aventura.
— ¡Puede que no! —intervino, con una sonrisa de picardía—. Podemos revelarle el secreto...
— ¿Qué secreto? —dijo Kukamona, deteniendo una vez más su relajada actividad homicida.
— ¿Qué secreto? —dijeron también Jane y Yuyu. Y Angagua también se preguntó de qué secreto hablaba, pero se abstuvo de mencionarlo.
— No hace falta que disimulemos... Kukamona es demasiado inteligente para nosotros. Tarde o temprano habría averiguado que sabemos el secreto.
— ¿Qué secreto? —repitieron los tres oyentes humanos. Y supongo que ustedes también lo habrían hecho de estar allí.
— Orejas —respondió Gayumbo con una sonrisa—. Orejas tan grandes que te podrías hacer un collar sólo con una de ellas.
Kukamona meditó un instante y luego guardó su cerbatana.
— De acuerdo, Pigmento. Tienes toda mi atenciónnn. Háblame de esas orejas.
— Lo siento, Kukamona, pero no hablaré hasta que se pase el efecto del Pikapika.
— ¡Entonces podríais atacarme!
— Pero si lo hiciéramos, los miembros de tu tribu harían una misión espiritual para vengarte y aniquilarían a toda nuestra aldea, ¿no es cierto?
— Hmmm... Sí, claro —dijo el Joróvaro, quien parecía no haber captado las sutiles implicaciones de que su propia gente lo llamara "el Plasta"—. Pero, ¿qué me impedirá envenenaros otra vez cuando me hayas contado el secreto de las orejas? ¿Eh?
— Que para entonces mi maestro, el Gran Chamán de la Tribu de los Pigmentos, ya tendrá algún poderoso hechizo preparado. Antes nos pillaste por sorpresa, pero no podrás volver a hacerlo. No tenemos más remedio que confiar el uno en el otro.
— Hmmm... Está biennn. De acuerdo. Esperaremos. Jejejejeje.
Y esperaron. Mientras se desvanecía el efecto paralizador del Pikapika, Kukamona estuvo paseando inquieto de un lado a otro, imaginando descomunales orejas y los tres prisioneros en proceso de liberación se entretuvieron jugando a las palabras encadenadas. Angagua, por su parte, mantuvo un reflexivo silencio. Pero en realidad nada de esto importa demasiado para el desarrollo de la historia, así que no ahondaré en detalles.
Al rato, el temible veneno Joróvaro ya no surtía efecto alguno.
— El temible veneno Joróvaro ya no surte efecto alguno. Jejejejeje. Ahora habla.
— Todavía no. Hemos de negociar. Te diré el secreto a cambio de algo.
— ¡Eh! —gritó Kukamona, ofendido— ¡Eso es trampa! ¡Habíamos dicho que me lo dirías a cambio de que os dejara vivos!
— No. Yo sólo dije que no hablaría hasta que se pasara el efecto del Pikapika, no que ése fuera el precio de la información. Pero tranquilo, es un precio que podrás pagar sin problemas. Sólo queremos saber —Gayumbo volvió a sonreír, esta vez mirando a su maestro— por dónde se va a la aldea Masayá.
Yuyu bufó.
— Hmmm... Está biennn —cedió el Joróvaro—. ¡Pero nada de trucos! ¡Cuando os lo diga, tendréis que decirme por dónde se va a esas orejas gigantes!
— Prometido.
— Está biennn. Sigue el camino hasta los tres baobabs y luego desvíate al este. No tiene pérdida.
— Gracias. Ahora, mi parte del trato: Para encontrar las orejas gigantes, debes caminar hacia el sur hasta que veas un montón de huesos en el suelo. Entonces, habrás llegado. Te garantizo que nunca has visto tantas orejas, ni tan grandes —y Gayumbo pensó "ni tan de cerca".
Bajar del Kilomanjares no fue un problema para
Frank N. Stein, dado que estaba siendo acompañado por varios
guardias de Sakrabita. Éstos iban con él movidos por un
inquebrantable sentido del deber para con sus conciudadanos y por
tener la seguridad de que el inventor abandonaba efectivamente la
Gran Montaña. Traían con ellos bastantes provisiones para el viaje
de bajada y de subida. Había cantidades de vino, fruta, vino, agua,
vino, pan, vino, carne, vino, pescado y vino suficientes para
aguantar el doble de lo necesario.
Aunque a la mitad del trayecto ya casi no quedaba vino.
Pero entonces llegaron a la falda de la Gran Montaña. Los soldados se despidieron de Frank (con más risas de las que éste consideraba apropiadas, a pesar de la borrachera múltiple) y se alejaron en un rumbo que tarde o temprano (si las teorías sobre la curvatura del universo son ciertas) los acercaría a Sakrabita, mientras cantaban todas las canciones que conocían sobre el vino. A la vez.
Y Frank tuvo que apañárselas solo por primera vez en su vida.
Las escasas reservas de comida que había llevado consigo apenas le duraron un día de marcha. Después de eso, su estómago demasiado acostumbrado a las opíparas comidas sakrabitanas empezó a quejarse. Frank N. Stein decidió que, aunque no tuviera poderosos músculos, con su intelecto lograría sobrevivir.
Encontró un lago y pensó en pescar algún pez. Después de todo, había muchos salmones nadando por allí. Uno de ellos le llamó la atención. Era tan grande que lo bautizó como "el Rey Salmón". Se dispuso a capturarlo.
Fabricó una tosca caña de pescar y buscó en sus bolsitas un peso que podía servir de plomada. Y se dio cuenta de algo sorprendente. El plomo se había transformado en una gran pepita de oro. Al parecer, una piedra que llevaba en la misma bolsa —y a la que había tratado con una sustancia destilada por accidente en su laboratorio— había realizado tal alquimia. Era curioso, sí, pero en su situación no le servía de mucho. No era cuestión de filosofar por una piedra, así que la tiró lejos. Se sumergió con un "plop" en las aguas del lago.
Dado que su plomada ahora era una orada, buscó algo para sustituirla y terminó su caña. Después, arrojó el sedal y esperó a que picaran. Mientras esperaba se preguntó si la piedra que había tirado al lago convertiría también las rocas del fondo en oro. Sería como si bajo las aguas hubiera un montón de minas del dorado metal. Pero nadie iría a buscar aquellas riquezas. Las minas pertenecerían a los peces. Serían las Minas del Rey Salmón.
Frank N. Stein sacudió la cabeza y volvió al mundo real.
Siguió esperando a que picaran. Y el tiempo pasó.
Después de darse cuenta de que con aquella caña no iba a pescar ni un resfriado, se propuso buscar otra manera de conseguir alimentos. Ya que la pesca no se le había dado bien, pensó en la caza. Se adentró en la espesura y encontró un lugar apropiado para la emboscada. Limpió la zona de ramas y comenzó la fabricación de una máquina que se le había ocurrido siglos atrás, cuando era joven y todavía vivía en Copenhague. Su funcionamiento era muy simple:
En el punto X, el punto donde estaría la pieza a cazar, se ponía el cebo. Una manivela, al ser accionada, permitía que cierto contrapeso comenzara a bajar. Al hacerlo, movía una serie de ruedas dentadas. Cuando las ruedas giraban, cuatro brazos de madera extensibles, con una tabla en el extremo, se acercaban por los cuatro costados al punto X. En aquel momento, con la pieza a cazar inmovilizada por todas partes salvo por arriba, el contrapeso bajaba del todo y se colocaba encima de una palanca, a la que hacía bascular. Este movimiento activaba otros engranajes que hacían caer el techo de la jaula sobre la presa. Ésta, que seguramente ya estaría intentando escapar por arriba, recibiría un golpe mortal en la cabeza, lo que reunía en un solo movimiento el sacrificio del animal y su encierro definitivo en la caja de madera.
Si la máquina funcionaba, pensaba patentarla. La llamaría "el Invento del Profesor Frank de Copenhague".
Frank necesitó horas para terminar la máquina. Pero cuando lo hizo, quedó satisfecho del trabajo realizado. Aquella mole de varios cientos de kilos de madera y decenas de metros cúbicos sería capaz de capturar cualquier animal. Sólo quedaba poner el cebo y esperar entre los arbustos.
Al cabo de unos minutos, una ardilla se acercó al trozo de pan duro que había en el punto X. Emocionado, Frank activó la manivela. El contrapeso comenzó a bajar. Las ruedas dentadas comenzaron a bajar. Los brazos de madera, las tablas y el techo de la jaula comenzaron a bajar. Engranajes, poleas y tablones comenzaron a bajar. Todo menos la manivela, que seguía estando en la mano del inventor, comenzó a bajar. La máquina se desplomó como un edificio en demolición sobre la ardilla, que miraba aterrada la escena preguntándose qué pasaba y no tardó en averiguarlo.
Frank quedó un momento mirando el montón de maderas sueltas en que se había convertido el Invento. Una rueda dentada rodó entre las tablas.
Bueno, no había funcionado exactamente como estaba previsto, pero el objetivo de encerrar a la presa entre maderas lo había conseguido. Sólo hacían falta unos leves reajustes menores.
No se puede decir que la ardilla asada (y
levemente quemada) acabara con su hambre, pero menos era nada. Tiró
un hueso roído. Luego, lo pensó mejor y fue tras él para seguir
royéndolo. Lo buscó a cuatro patas entre los matojos. Y encontró
los negros dedos de un pie.
Alzó la vista y vio unas musculosas pantorrillas.
Alzó más la vista y vio un taparrabos indígena.
Alzó la vista hasta casi romperse el cuello y vio, allá lejos, cerca de donde viven los satélites, unos fuertes brazos que sostenían una lanza.
Con un esfuerzo supremo volvió a alzar la vista y vio una cabeza con unos ojos que lo contemplaban desde las alturas. Cayó de nalgas.
Frank N. Stein acababa de conocer a su primer Zulucu.