III



Si Hardy Stern hubiera tenido que explicar a qué se dedicaba para ganarse la vida, lo habría tenido fácil. Su profesión consistía en viajar a tierras lejanas en busca de personas a las que ofrecerles un puesto de trabajo vitalicio como mano de obra no cualificada, gastos de vivienda y manutención incluidos, trabajo en equipo y trato personalizado. Y llevarse a esas personas tanto si estaban interesadas en el puesto como si no. Hardy Stern era esclavista.

Llega un momento en la vida de todo esclavista en el que dejas de considerar a los esclavos como personas y acabas pensando en ellos sólo como mercancía prescindible (sí, algo parecido ocurre con las Empresas de Trabajo Temporal y sus trabajadores). La mayoría de las veces ese momento llega justo después de convertirte en esclavista. En el caso de Stern había llegado justo después de nacer. Por eso cuando Biggs, el capataz, vino a hablar con él, la conversación siguió más o menos estos derroteros:

— Señor Stern —comenzó Biggs—, nos estamos quedando sin provisiones y agua. 

Stern  siguió  caminando,  sin  aparente  preocupación.  Estaba demasiado concentrado pensando qué le regalaría a su madre para su próximo cumpleaños, por lo que su respuesta fue automática.

— Quitadle su ración a los esclavos.

— Pero... Eso ya lo hicimos hace dos semanas, señor.

Stern se detuvo. Aquello cambiaba las cosas. Que se muriera la mercancía no importaba (después de todo, estaban buscando más), pero sus hombres sí eran valiosos. Se giró hacia Biggs y lo miró con su único ojo. Hardy Stern era tuerto (los esclavos pueden resultar quisquillosos en algunas circunstancias) y llevaba un parche sobre el ojo derecho (que era, evidentemente, el ojo malo. Si no, además de tuerto sería imbécil). Otros rasgos distintivos de su fisonomía eran su negro y tupido bigote, su mirada monocularmente torva, su piel morena y la cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda. Algún día habría que hacer en África un concurso de tipos curtidos.

— Unas cortinas de encaje...

— ¿Perdón, señor?

— Unas cortinas de encaje, Biggs. A mi madre siempre le han gustado. Además, las que tiene son demasiado viejas, ¿no crees?

— Eh... Sí, señor. Claro. Pero, ¿qué hacemos con el agua?

— Bueno, según nuestros mapas cerca de aquí hay zona con mucha vegetación. Árboles y demás. Y los árboles viven del agua y dan frutos. Iremos hacia allí.

Biggs se quedó en el sitio.

— ¿Ocurre algo, capataz?

— No, señor. Es tan sólo que el guía nativo dice que ese bosque es terreno sagrado de no sé qué tribu y que no deberíamos entrar.

La mirada de Stern resumió perfectamente lo que opinaba de los guías nativos.

— Haré los preparativos, señor.


La selva tiene algo atractivo para el hombre blanco. No se trata de los recursos minerales o madereros, no. Es algo más poético y menos material. Se trata de belleza. Exuberante vegetación totalmente desconocida. Animales exóticos. Ruidos intrigantes. Olores que nuestra pituitaria creía que nunca tendría la oportunidad de percibir. En la selva hay magia. Tal vez por esto los hombres blancos hayan escrito tantas historias extrañas sobre lo que alguien puede encontrar en ella (la mayoría de ellas, inventadas).

El hombre blanco es una polilla y la selva es una lámpara encendida bañada en feromonas. La selva tiene su sex-appeal.

A menos, claro, que hayas tenido que recorrerla a pie durante casi cuatro horas, sin más signos de civilización que un hombre mono que camina tranquilamente a tu lado. Jane Austin Rover estaba dejando de idealizar los contenidos de la selva. En realidad, ya los había clasificado en tres grupos: Piedras, vegetales y bichos. Y no sabía en cuál de los tres grupos incluir a Tartán.

Una vez más, la reportera intentó iniciar una conversación. Tal vez así podría considerar oficialmente a Tartán como "vegetal".

— Perdona, Tartán. ¿Me quieres explicar a dónde vamos?

El hombre mono se paró y miró a Jane, sonriendo. No dejaba de hacerlo. Estaba poniendo histérica a la joven.

— Nosotros ir casa Tartán. 

Y volvió a caminar.

— Eso está bien. Y, ¿queda mucho?

— No. Pronto llegar.

— Tengo una duda. Disculpa si soy indiscreta pero, ¿nadie te ha enseñado a usar preposiciones y a conjugar los verbos?

Tartán puso su cara de pensar.

— ¿Qué ser "peprosiciones"?

Había muchas cosas que no hacían mella en el hombre mono. El hambre. La enfermedad. El cansancio. Y, sobre todo, el sarcasmo. Era como amenazar a un besugo bajo el agua con un mechero. Bueno, por lo menos eso servía para un cambio de clasificación. "Piedra" estaría bien.

De todos modos, Jane no era la primera persona que tenía problemas de comunicación con Tartán. Los nativos también lo llamaban "el hombre capaz de hablar con cualquier animal menos con los hombres".

— No importa —se resignó la joven.

Tartán se detuvo en seco y se volvió hacia Jane, siempre con su sonrisita.

— Y ahora, ¿qué ocurre? —preguntó, exasperada, la periodista.

— Nosotros llegar casa Tartán.

Jane levantó las cejas. A su alrededor sólo había selva. No había cambiado desde hacía horas.

— ¿Vives aquí? —por el tono en que lo dijo, podría haber estado preguntándoselo a una rata que la llevaba a conocer a su familia.

— Sí.

— ¿En mitad de la selva?

— Sí.

Jane intentó ser comprensiva, cosa que no hacía a menudo.

— Tartán, ¿te has parado a pensar que... ? Quiero decir, ¿no has notado que... ? —su deseo de ser comprensiva desapareció tan pronto como había llegado— ¡Por el amor de Dios, estúpido hombre mono! ¡Aquí no hay ninguna casa! ¡Ni siquiera una cueva, o un gran árbol hueco, o un claro en la espesura o algo parecido! ¡Estamos en mitad de la maldita selva! ¡Me quieres explicar qué diferencia hay entre esto y cualquier otro montón de hierbajos de por aquí?

— Esto ser casa Tartán.

Jane se desplomó sobre la hierba. Prefería mil veces hablar con el difunto capitán Perrin. Prefería mil veces hablar con el difunto capitán Perrin incluso después de que lo hubieran enterrado. Por lo menos, seguro que le daba respuestas más inteligentes. La reportera empezaba a estar realmente desesperada. Pero, aun así, fue grande el error que cometió.

En las frías noches africanas, las madres susurran a sus hijos historias. Saber secreto, acumulado de generación en generación. Reglas que nadie debe olvidar si quiere vivir en la selva.

Nunca juegues al Awalé en la época del monzón, porque puedes provocar grandes tormentas. La cura más eficaz contra el insomnio (en contra de lo que opinan Gayumbo y Yuyu) es la picadura de la mosca Tsé-Tsé. Aprende lo que es una hipérbole para ganarte la vida como guía. Si una hiena ve que eres más alto que ella, no se atreverá a atacarte. El chamán es tu amigo, obedece a tu chamán. Y, sobre todo, ésta: Por muy mala que sea la situación, por muy horrible que se presente el día, nunca pronuncies esas palabras.

Jane lo hizo.

— Bueno, ya no puede ser peor.

En fin, se comprende. En aquella época, Murphy todavía no había nacido y era imposible que Jane hubiera oído hablar de él.

Hubo un movimiento en la espesura y algo saltó a los brazos de Tartán. Era un chimpancé. Tartán lo abrazó con cariño y el animal miró a Jane. Y Jane vio que hacían una pareja perfecta. El chimpancé tenía la misma cara de inteligencia y perspicacia que su amo. No era la clase de chimpancé que te da ganas de darle unos cacahuetes. Hacer eso significaría que los cacahuetes utilizarían su intelecto superior para esclavizar al animal.

— ¿Y ese mono? —preguntó la periodista.

— Ser amigo Tartán. Llamarse Chitón.

El animal creyó oportuno presentarse personalmente, por lo que enseñó los dientes a Jane mientras hacía una serie de sonidos nasales difíciles de transcribir. Un reguero de baba simiesca eligió ese momento para saber lo que se siente estando en la cara de una reportera.

— ¡Tú gustar Chitón! —dijo, feliz como siempre, Tartán— ¡Tú amiga Chitón!

Jane contuvo sus deseos de abrazar muy, pero que muy fuerte a su nuevo amigo y se limpió la cara con su pañuelo. Después, se deshizo de él. Incluso pensó en quemarlo. O quemarlos.

— Ya... ¿Se llama Chitón por algo en particular?

— Sí. Ser nombre que hombre blanco poner. Cuando hombre blanco venir y pasar noche por aquí, Chitón cantar de alegría toda la noche, y hombre blanco llamar: "¡Chitón! ¡Chitón! ¡Cállate ya, maldito bicho!".

Jane empezó a pensar que "piedra" era demasiado. ¿Tal vez una cuarta categoría llamada "Tartán"?

— De lo perdido, saca lo que puedas —la reportera se quitó los zapatos y el salacot, abrió su bloc y comenzó a escribir lo que le había pasado aquel día. Cuando terminó, tachó el título de "Perrin y sus ineptos" y lo cambió por "África y sus ineptos". Entonces un racimo de plátanos se estrelló contra su cabeza.

Desde lo alto de un árbol, Tartán gritó:

— ¡Jane perdonar! ¡Tartán fallar puntería! ¿Jane daño?

La joven miró hacia donde estaba el hombre mono y contuvo su furia, lo cual fue una suerte para la selva. Aún era pronto para que se tuviera que hablar de la deforestación.

— No, no me he hecho mucho daño —respondió, mientras se limpiaba la ropa de los restos de plátano chafado— ¿Se puede saber qué haces?

— Dar comida. Jane hambrienta.

— ¿Y pretendes que me nutra a base de plátanos? Puede que eso vaya bien para tu pariente y para ti, pero yo prefiero una alimentación más equilibrada.

— ¿Qué?

— ¡Que me traigas otra cosa!

Tartán bajó del árbol. Jane se puso de pie y se acercó a él.

— Por ejemplo, carne. Verduras. Pan. Huevos.

— Carne, verduras, pan, huevos —repitió Tartán. Jane rezó por que el hombre fuera capaz de recordar algo más que la última palabra pronunciada. Se veía comiendo huevos el resto de su vida.

— ¿Has entendido?

— Sí. Tartán volver ahora.

Dicho esto, comenzó a correr entre los árboles. No tardó en oírse una caída y un grito diciendo: "¡Tartán bien, no preocupar!". Jane movió la cabeza de un lado a otro.

Y se dio cuenta de que el hombre mono la había dejado sola con Chitón.

El chimpancé había aprovechado el momento de distracción de Jane para dirigirse a donde estaban sus cosas y ponerse su salacot.

— ¡Especie de bestia! ¡Quítate eso ahora mismo! ¡Me lo vas a llenar de bichos! Como toda respuesta, Chitón se metió el sombrero en la boca, lo lamió y le pegó un mordisco.

— ¡Maldito mono! ¡Te vas a enterar!

Jane hizo el gesto de acercarse furiosamente a Chitón. El chimpancé se irguió, enseñó sus dientes, movió sus brazos y gritó en el idioma de los simios: "¡Adelante! ¡Alégrame el día!". Jane se detuvo. Chitón, sorprendido de su propia furia, vio que había demostrado quién mandaba y siguió examinando las cosas que Jane había dejado por ahí. Y encontró los zapatos.

— No te atrevas a hacerlo, maldito mono.

El tono que empleaba Jane para decir la palabra "mono" le habría causado problemas en otro universo. Habría acabado oyendo un furioso "¡oook!" y se habría encontrado con un orangután naranja descargando su ira sobre ella. Pero no era el caso. Chitón pasó por alto la amenaza y probó a qué sabía el zapato. Lo escupió enseguida. Además, no encajaba en sus pies llenos de barro. Aquello no era interesante.

Entonces vio el bloc de notas en el suelo. Jane palideció.

— ¡No! ¡Por lo que más quieras, Chitón, no lo hagas!

El chimpancé sonrió para sus adentros y para sus afueras. Había encontrado algo interesante. ¿Qué clase de juguete era?

— Chitón, viene Tartán. ¡Corre, ve a buscarlo!

Por más que Tartán y su simio fueran casi clónicos (y no sólo en inteligencia), Chitón seguía estando por encima de su amo en la escala evolutiva. Aquellos trucos podían funcionar con el hombre mono, pero no con el chimpancé. Se acercó al bloc.

Jane descubrió que todavía tenía un plátano chafado en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó. Chitón lo miró fijamente.

— Ah, ¿lo quieres? Pues ven a buscarlo. Vamos, monito lindo, ven a coger tu platanito —Jane lo movió de un lado a otro, intentando atraer al animal.

Chitón, por su parte, comenzó a saltar histéricamente al ver el manjar que le ofrecían. Jane sudaba con cada bote, puesto que el bloc estaba justo detrás del simio. Un pisotón y todo su trabajo quedaría reducido a una masa de barro y celulosa. Chitón no se acercaba a ella. Probó a darle el plátano para ver si eso lo distraía y podía acercarse sutilmente al bloc.

Chitón cogió el plátano y se lo comió rápidamente. Y luego, como muestra de agradecimiento y alegría, dio un salto mortal hacia atrás, como hacen tantos chimpancés.

FIUUU. CHOF.

Jane cayó de rodillas. Chitón miró inocentemente al suelo y vio que estaba pisoteando aquella cosa tan interesante. Vaya, ahora ya no servía para llevarlo a la boca. Al ver que no había nada mejor que hacer, se metió entre los árboles en la dirección a donde había ido Tartán. Jane masculló:

— Si este bicho es la única compañía que ha tenido Tartán durante años, no me extraña que sea así. ¡Odio África! ¡Esto ya no puede ser peor!

Los Grandes Espíritus sonrieron.


— ¡Hey, Smith! ¿Crees que esto es necesario?

— No seas ridículo, Cameron. Claro que es necesario.

— No me refiero a explorar. Es perfectamente comprensible que Stern quiera saber qué hay en esta maraña de árboles antes de meter a todos sus hombres. Pero me refería a venir aquí, para empezar.

Smith se detuvo.

— ¿Y qué quieres? ¿Que nos muramos de hambre?

— Es que... Los guías... Bueno, no es que les haga caso, pero me parece que por una vez tienen razón. Este sitio no es normal. No deberíamos estar aquí.

— Cómo se nota que eres nuevo en esto...

— Puede que sea mi primera expedición con Stern, pero no soy un cobarde. Y te digo que este sitio no es normal. Fíjate, no se oye ni un animal. Sólo los malditos mosquitos.

Smith tuvo que admitir que Cameron tenía razón.

— Sé lo que quieres decir. Yo también noto algo raro. Como si nos vigilaran.

— Y el tamaño de los árboles. Me siento como un niño de párvulos junto a jugadores de baloncesto.

Smith frunció el ceño.

— ¿Qué?

Cameron se rascó la nuca, nervioso.

— No, nada, perdona. No sé de dónde me ha salido la tontería que acabo de decir... Es este lugar. Me vuelve loco.

— Ya lo sé, pero nuestro trabajo es fácil. No tenemos que montar campamento ni nada. Nosotros sólo nos paseamos, encontramos algo de comer y avisamos a Stern.

Smith volvió a caminar y su compañero lo siguió.

— Ya, pero me preocupa que sea otra cosa la que haya salido a pasear y encuentre algo de comer. No entra dentro de mis planes el acabar en la barriga de una fiera. O de una planta —dijo, fijándose en la escalofriantemente exuberante vegetación que los rodeaba. Cameron estaba entrando a gran velocidad en el grupo de gente que desmitifica los contenidos de la selva.

Entonces llegaron al claro. Sus pies se detuvieron por voluntad propia.

— ¿Ves lo mismo que yo, Smith?

El esclavista no dejaba de mirar lo que se habían encontrado.

— Sí —contestó.

— Es un templo indígena, ¿verdad?

— Sí.

— ¿Tenemos que decírselo a Stern?

— Sí. Supongo.

— Pero ya le conoces. Nos hará venir y acampar aquí.

— Sí.

— Nos hará entrar.

— Sí.

— ¿Y si no le decimos que lo hemos visto?

Smith volvió al mundo real y se giró hacia Cameron.

— ¿Estás loco? ¿Es que no recuerdas lo que le pasó a Sullivan? 

Cameron tragó saliva.

— Sí. Perfectamente.

Ambos se quitaron el sombrero y guardaron un minuto de respetuoso silencio, recordando al viejo Sullivan. Y cómo lo hizo Stern. Era increíble lo que podías llegar a inventar con dos clavos largos al rojo, agua de colonia, una cuerda, una cerilla, miel y un hormiguero. Se necesitaba mucha imaginación para diseñarlo.

— Y eso —recordó Smith— que sólo le dijo que no le parecía muy serio que le mandara cartas a su mamá cada día.

— ¿Crees que estará bien ahí arriba, en el Cielo?

— Bueno, tal y como lo dejamos... Lo que sí te puedo decir es que este año habrá muchas hormigas por allí. Cuando tienen tanta comida, se reproducen como conejos.

Hubo una pausa. Los dos seguían mirando al templo.

— Lo mejor es que avisemos a Stern, ¿no? —preguntó Cameron.

— Sí. Es lo mejor.

Ambos exploradores comenzaron a caminar hacia el campamento.

— Oye, Smith.

— ¿Sí?

— Sólo para estar seguro. Ese templo... Tenía forma de calavera, ¿verdad?

— Sí.

— Tenía que preguntarlo.


Tartán volvió a casa con una nutrida provisión de huevos de todas clases y colores. Había huevos de muchos animales diferentes, huevos grandes y pequeños. Incluso huevos que todavía estaban enteros. Pero a Jane ya no le importaba. Tartán había tardado tanto que ella había decidido apañarse con lo que encontrara. Y descubrió que era buena con la lanza. Y que sabía hacer fuego. Así que había podido cocinarse algo decente. Un poco de sal no hubiera estado mal para la carne (Jane se repetía constantemente que estaba comiendo filete de ternera, que aquello no lo había cazado reptando por el suelo), pero no se quejaba. Desde luego, era mejor que lo que Tartán había traído.

Cuando vio la improvisada cocina, al hombre mono se le cayeron los huevos (los que había robado de los nidos de animales, malpensados). Aquellos que aún estaban en condiciones de hacerlo, se rompieron. Jane saludó a Tartán con la mano, como si nada.

— ¿Sabes, Tartán? He estado pensando. Tu nombre es ridículo, perdona que te diga. Te voy a llamar de otra forma. John, por ejemplo. Es un nombre que siempre me ha gustado. Johnny puede quedarte bien. Incluso te puedo buscar un apellido. Por ejemplo... ¡Ya sé! Weissmu... No, no me acaba de convencer. Demasiado largo. Te puedo apellidar White. Después de todo, Weiss y White significan lo mismo. Pues está decidido. A partir de ahora te llamas Johnny White.

Johnny "Tartán" White cerró su boca. 

— ¿Yo Johnny?

— Sí. Johnny White.

— Yo Johnnywhite. Tú Jane.

— ¡Es verdad, no me había fijado! —dijo la reportera, riendo— ¡John y Jane! ¿A que queda mono?

Johnny —para variar— no acababa de comprender.

— Mí gustar Tartán. Pero bueno, si Jane querer... Tartán haber estado pensando.

— ¿Y no te ha dolido? —el sarcasmo era una costumbre difícil de perder. Jane estaba sopesando su lanza y preguntándose a qué velocidad corrían los chimpancés.

— Tartán construir casa.

— Vaya, por fin una idea decente. Es la primera, ¿no? ¿Qué se siente?

— Hacer tres habitaciones. Tartán y Jane, Chitón y pequeñín. 

Jane miró fijamente a John.

— Explícame más despacio eso de las tres habitaciones.

— Ser fácil. Tartán comprender, Jane comprender. Habitación nosotros juntos, una. Habitación Chitón, dos. Habitación pequeñín, dos.

— ¿Nosotros juntos? ¿Pequeñín?

— Sí. Hijo nuestro. Y Jane pensar por dónde ir pais Jane. Cuando hombre blanco secuestrar pequeñín, Tartán y Jane ir a salvar y Jane enseñar Tartán pais Jane y hacer ropa rara para Tartán y Tartán gritar en ducha y...

— Un momento, un momento. ¿Hijo nuestro?

— Tartán pensar ser lo lógico. Poder llamar Niño.

— ¿Niño? Johnny, es el nombre más estúpido que he oído en mi vida.

— Oh... Tartán creer que...

— ¿Y un secuestro? ¿Nos conocemos desde hace unas horas y ya estás planeando el rescate de nuestro hijo secuestrado?

— Tartán creer ser idea lógica. Tartán tener muchas ideas hoy. Por ejemplo, yo enseñar grito Tartán a Jane y Niño. Así Jane y Niño poder llamar siempre Tartán. Como hacer monos. Pero grito Jane y Niño distinto grito Tartán. Yo hombre.

— Johnny, creo que vas muuuuuy deprisa.

— Más que gacela.

— ¡No me refiero a eso! ¿Te das cuenta de las tonterías que dices? ¡Hablas como si tuviera que quedarme a vivir aquí contigo! —se le escapó una cara de asco y añadió— Y tener hijos tuyos.

— Tartán pensar...

— Pues no lo hagas a menudo, que no te sale bien —el rostro de Tartán adoptó una expresión de miserable tristeza a la que ni Jane se pudo resistir. Intentó explicárselo—. No es por ti, John. Creo que podría acostumbrarme a vivir contigo. Eres... Eres agradable. Hasta podría decir que eres —trató de encontrar alguna virtud que definiera a Tartán, pero sólo se le ocurrió una palabra—... mono. Pero no es eso. Johnny, yo no pertenezco a la selva. Mi lugar está con los hombres blancos. ¿Comprendes?

— No.

— ¡Lo que quiero decir es que no me voy a quedar a vivir contigo! ¡Quiero volver a mi casa!

Tartán volvió a sonreír.

— ¡Ah! ¡Si Jane empezar por ahí, todo más fácil! ¡Tartán llevar casa Jane!

El corazón de Jane dio un vuelco. ¿Sería posible que por fin Jo... Tartán pudiera hacer algo útil?

— ¿Quieres decir —preguntó, emocionada— que sabes cómo puedo volver con los míos?

— No.

Jane volvió a sopesar la lanza, con los nudillos blancos.

— Pero Tartán saber quién saber. Los grandes sabios saber. Tartán amigo suyo. Tartán llevar con ellos y ellos llevar Jane a casa.

— Bueno, eso está mejor. ¿Quiénes son esos sabios? —una idea terrorífica pasó por su mente—. ¿No serán familia tuya?

— No —Jane suspiró, aliviada—. Ser tribu. Llamarse Pigmentos.


Un mosquito ávido de sangre revoloteaba alegremente por las inmediaciones del Templo Mangante. No estaba alegre porque acabaran de contarle un chiste o porque supiera el final de esta historia —que lo sabía—, sino por lo que había olido: Humanos. Decenas de ellos. Humanos repletos de glóbulos rojos acercándose a su territorio. Éstas eran muy buenas noticias, especialmente teniendo en cuenta que el Templo Mangante no era un lugar donde abundara la comida.

Hacía rato que nuestro mosquito (cuyo nombre era Zmbzzbzz, que significa Zmbzzbzz) había percibido el aroma de la respiración humana. Al igual que los tiburones captan la sangre a kilómetros de distancia, los mosquitos pueden captar nuestra respiración. Zmbzzbzz zumbaba de excitación. No sólo se acercaban humanos, sino que iba a poder elegir entre muchos.

Entonces hizo su aparición el primer grupo: Curtidos hombres blancos con látigos obligando a caminar a unos más curtidos hombres negros. Era el grupo de Hardy Stern.

Los esclavistas se detuvieron a contemplar el Mangante y Zmbzzbzz comenzó a decir para sus adentros: "Pito, pito, colorito...". Desde su perspectiva aérea observó cómo Stern hacía señas a uno de sus hombres para que se metiera en el templo. Obediente, el secuaz atravesó el umbral.

No tardó en oírse un grito aterrador y después el silencio. Zmbzzbzz frunció el ceño. Ahora tenía un humano menos donde elegir. Mientras intentaba averiguar cuál de los supervivientes tendría una sangre más nutritiva, llegaron a él las palabras de una conversación entre Hardy Stern y Biggs:

— Parece que el guía tenía razón en esto, señor. El templo está lleno de trampas.

— Ya lo he visto, Biggs.

— Es una pena que usted mandara decapitar al guía por mentiroso... Stern miró fijamente a su capataz.

— ¿Tratas de insinuar algo, Biggs? ¿Estás diciendo que me equivoqué? —preguntó, con inocencia.

— ¡No! ¡No, señor! ¡No! ¡De ninguna manera, señor! —se apresuró a contestar el interpelado— ¡Todas sus decisiones están bien tomadas, señor!

— Eso demuestra lo estúpido que eres, Biggs. Me equivoqué.

— Eeeeh... Claro. ¡Claro! Usted se equivocó. Metió la pata hasta el fondo, señor. Fue la decisión más estúpida de su vida, señor.

— Biggs.

— ¿Sí, señor Stern?

— Cállate.

— Glup. Sí, señor.

— Ahora tenemos que encontrar un modo de entrar ahí sin que las trampas nos maten. Si el guía acertó en lo del templo, seguro que acertó también en lo de los tesoros sagrados ocultos.

Zmbzzbzz pensaba: "A los esclavos, mejor no picarles. Están en las últimas. No tendría ni para empezar. Mejor a los blancos. Más rellenitos. Más sangre. Pero, ¿a cuál de ellos? Hmmm... Pito, pito, colorito...".

— Biggs, ya lo tengo.

— ¿Sí, señor?

— Usaremos a los esclavos. Tenemos de sobras. Además, están en las últimas. Que vayan entrando de uno en uno. Así harán saltar todas las trampas. Al final, todas estarán desactivadas y podremos llegar al tesoro tranquilamente. Venga, Biggs. Que empiecen a pasar.

Mientras el capataz obedecía y el primer esclavo era arrojado a las negras fauces del edificio sagrado, Zmbzzbzz se decidió: "...pim, pom, fuera. Ya está. Le ha tocado al tuerto del bigote. Allá voy". Pero entonces, algo lo despistó. Otro olor. Más humanos. Dos. Un hombre y una mujer. Y... Sí, aquel olor lo conocía. ¿Qué mosquito no conoce el olor del gran Tartán? Ningún mosquito olvidaría ese olor.

Bueno, ningún humano tampoco. Jane, por lo menos, no iba a poder hacerlo.

La pareja estaba agazapada entre la espesura, espiando a los esclavistas. Junto a ellos se rascaba frenéticamente Chitón, regando por aspersión la selva (y, todo sea dicho, a Jane) con sus fluidos salivares. Zmbzzbzz se acercó al trío. No fue para variar su menú, no. Ningún mosquito picaría a Tartán (a saber qué cosas raras te transmite). Jane parecía tener muy mala sangre. Y, desde luego, lo de picar a Chitón estaba totalmente descartado; no sólo porque fuera difícil encontrar carne entre tanto pelo, sino porque en lo que se refería a chimpancés, los papeles de depredador y presa podían intercambiarse con preocupante rapidez.

En realidad Zmbzzbzz se acercó a ellos por el instinto más poderoso en toda raza inteligente: La curiosidad. Gracias a esto, pudo oír el diálogo que mantenían (si es que se puede llamar diálogo a algo en lo que interviene Tartán).

— ¡No me importa que sean esclavistas, Tartán! ¡Lo que me importa es que no tenemos por qué meternos en sus asuntos! ¡Demos un rodeo!

— No —contestó, serio, el hombre mono—. Esclavistas malvados. Tartán pelear hombres malvados. Siempre hacer.

Jane, que había empezado a desarrollar un talento natural para la "psicología tartaniana", comprendió que la idea estaba anclada firmemente en el diminuto cerebro de su compañero. Intentó otra aproximación:

— Así que siempre peleas con los hombres malvados... Y bien, ¿por qué lo haces? ¿Por altruismo? ¿Por un oculto deseo de venganza? ¿Por satisfacer tus agresivos impulsos primarios frente a aquellos que invaden tu territorio?

Tartán puso su cara de pensar. Su neurona empezó a dar vueltas sobre sí misma en la inmensa oquedad de su cráneo, hasta que quedó tan mareada que no podía distinguir entre la derecha y el amarillo. Cuando alcanzó ese punto (lo más parecido que Tartán tenía a una conclusión), el hombre respondió:

— No saber. 

Jane se rindió.

— Bueno, vale. Vas a atacar a esos tipos. Ahora piensa un poco. Ellos son veinte, sin contar a los esclavos. Tú eres uno (porque yo no pienso meterme en tus líos). Dos si cuentas a tu mono —Chitón le enseñó los dientes—. Ya sé que es mucho pedir que sepas matemáticas, pero hasta tú te darás cuenta ¡de que estás en desventaja!

— No, yo no estar.

— ¿Ah, no?

— No. Yo pedir ayuda.

Entretanto, junto al templo, el número de esclavos había ido reduciéndose. Smith y Cameron miraban con tranquilidad la escena.

— Te apuesto mi tabaco a que ahora son saetas envenenadas —dijo Smith.

— Ya llevamos cuatro trampas con saetas envenenadas. Si quieres mi opinión, ahora toca un trozo de suelo quebradizo. De ésos sólo ha habido dos.

— Ya, y cinco cuchillas, tres túneles desmoronados, seis estacas con resorte y una cosa rara que hace explotar a la gente desde dentro. Pero yo digo que ahora tocan saetas. Tengo una corazonada.

— Suelo quebradizo.

— ¿Aceptas mi apuesta o no?

— Vale. Me juego mi reloj.

Ambos esperaron. Finalmente, oyeron el eco de piedra sonando sobre piedra. Luego fue como si algo grande y pesado golpeara el suelo y luego rodara un poco. Smith y Cameron se miraron.

— ¿Qué ha sido eso? —preguntó Cameron—. No sonaba como suelo quebradizo. Ni como saetas. Vaya, era una trampa nueva. Hemos empatado.

El siguiente esclavo entró, temeroso, en el Templo. No le hacía gracia meterse ahí, pero existía la remota posibilidad de que las trampas ya se hubieran acabado. De hecho, esa posibilidad aumentaba con cada nuevo explorador. Pero si se quedaba fuera tenía muy claro lo que Stern le haría. Personalmente.

Tragó saliva y entró. Sin embargo, no tardó demasiado en descubrir que, efectivamente, ya no había trampas. Encontró el Mangante en la cámara principal del Templo, junto a una enorme roca esférica ligeramente teñida de rojo. Salió con el Ídolo en la mano y una enloquecida sonrisa que indicaba que su sistema cardiovascular se había ido de vacaciones a recuperarse de la experiencia, dejando el recado a su secretaria de que no le pasaran llamadas. Stern cogió la estatua y la miró.

— Bueno —dijo—. No ha sido tan difícil, después de todo.

¡Ay, Murphy! ¡Qué necesitados estaban entonces de tu sabiduría! Sonó un grito inhumano. Sí. Ése grito inhumano. 

¡Aaaaaaaoaoaaaaaaaaoaoaaaaaah!

Jane miraba a Tartán con satisfacción y —no le avergonzaba admitirlo— un poco de admiración.

— ¡Esto cambia las cosas! ¡Vaya si las cambia! ¡Debiste decirme que podías llamar a los elefantes! Dime, ¿cuántos acudirán a tu llamada?

— Unos veinte o treinta.

La sonrisa de Jane superó a todas las de Chitón.

— ¡Ja! ¡Eso hace lo menos un elefante por esclavista! Perfecto. Ahora sí que te ayudaré. Con mi cerebro. Verás, cuando lleguen los elefantes, coloca a dos en cada flanco y que los otros avancen en cuña. Se trata de atrapar a los esclavistas entre tus amiguitos y el templo...

— Jane.

— ...Los de los flancos se mantendrán separados, como tropa de refresco y para pillar a los esclavistas que escapen. Entonces...

— Jane.

— Estoy tratando de pensar, Tartán. A la gente normal también le cuesta. Sobre todo si no paras de interrumpir. ¿Qué quieres?

— Yo no controlar elefantes.

El estado de ánimo de la reportera cambió de euforia a algo que por comparación convertiría a un sepulturero psicótico con hemorroides en un agradable vecino.

— ¿Qué?

— Elefantes sólo venir y destrozar todo. Yo poder llamar, nada más.

Jane meditó un momento y su espíritu práctico destronó a su desesperación. "Bueno", pensó, "Aún se puede sacar alguna ventaja. Por lo menos Tartán puede aprovechar el caos para cubrirse y...".

Tartán, sin embargo, quiso arreglarlo a su manera.

— Pero Jane no preocupar. Problemas con elefantes no durar mucho. Elefantes asustados de templo. Cuando llegar aquí, ellos huir despavoridos.

El proceso mental de Jane se detuvo para considerar la idea de veinte despavoridos elefantes locos pisoteándolo todo junto a ella. O sobre ella. Tartán la vio preocupada.

— Tú tranquilizar —dijo, mientras se alejaba para pelear con los esclavistas—. Quedar aquí y subir a árbol. Y si elefantes derribar árbol, tú correr mucho.

Chitón y él se perdieron entre la vegetación.

Stern miraba a su alrededor y no creía lo que veía. Todos los esclavos estaban como locos, por un simple grito. ¡Temían más a un enigmático grito que a la realidad de los látigos! No obstante, ni en sus sueños más alocados hubiera esperado ver a un hombre desnudo salvo por un taparrabos a cuadros enfrentarse a él y a sus hombres.

— ¡Tú marchar, hombre malvado! ¡Marchar y soltar esclavos! 

Stern movió la cabeza de un lado a otro, lentamente.

— Imbécil...

El esclavista sacó su pistola y apuntó directamente a la cabeza de Tartán (aunque si hubiera sabido algo sobre él, habría entendido que el concepto de "órgano vital" es diferente en el hombre mono).

Entonces, el suelo tembló. Y se oyó un barritar colectivo. Y la selva, como el telón de un teatro new age, se abrió. Y decenas de elefantes se desparramaron en todas direcciones. Y tanto esclavos como esclavistas huyeron para evitar ser uno con la naturaleza, en el sentido menos espiritual y más aplanador de la frase.

La manada de paquidermos pasó entre Tartán y Stern, cosa que los separó. Al llegar al Templo Mangante, los animales empezaron a chocar no sólo con los alrededores, sino también entre ellos, procurando huir (cosa que hizo que aquello pareciera una gigantesca partida de billar a tres bandas). Algunos de los esclavistas (que en paz descansen) intentaron algo con sus armas, pero sólo para comprobar lo bien que se les daba a los elefantes el claqué. Los esclavos, más acostumbrados a los avatares selváticos, aprovecharon el momento para automanumitirse y desaparecer entre los árboles.

Respecto a Chitón, se lo estaba pasando en grande. Uno de los esclavistas había dejado caer su arma y el simio había tratado de averiguar si era comestible. Al ver que no lo era, intentó descubrir para qué servía. Y lo descubrió: Servía para jugar al pilla-pilla con los hombres de Stern. Sólo tenías que señalarlos con la cosa de metal, y ellos empezaban a correr, buscando refugio entre los amorosos brazos de los elefantes. Chitón saltaba de un lado a otro, esquivando con facilidad a los paquidermos y disfrutando como un mico con las carreras aterrorizadas de los esclavistas. El juego mejoró tan pronto como la mascota de Tartán descubrió el concepto de "gatillo".

Stern se dio cuenta de algo y lo gritó a sus hombres a pleno pulmón:

— ¡Los elefantes no se acercan al templo! ¡Venid todos aquí!

Esquivando como pudieron a cincuenta y seis patas frenéticas y un simio armado, los hombres de Stern trataron de obedecer la orden. Algunos hasta lo consiguieron. Entre ellos se encontraban Biggs, Cameron y Smith, por la obvia razón de que no me apetece pensar más nombres para personajes.

Lo cual salvó a los esclavistas, pero Tartán empezaba a saber lo que siente un balón de rugby en mitad de un partido. Habría acabado sabiendo lo que siente una empanada de bonito, de no ser porque Jane apareció y lo rescató. La joven había saltado desde un árbol al lomo de un elefante y ahora estaba montada sobre él. No lo dirigía, pero por lo menos era más seguro que estar a la altura de un humano normal. Cuando pasó junto a Tartán, le gritó para que subiera, cosa que el hombre hizo con una destreza nacida del deseo de vivir mucho y contar esta historia a los nietos en las frías noches invernales. Al ver que la diversión se había acabado y que Tartán se marchaba, Chitón también subió al paquidermo, colgándose de su trompa y balanceándose alegremente mientras recogía de pasada provisiones de revólveres para jugar más tarde. Ventajas de tener cuatro manos.

El elefante siguió su trote alocado y salió a campo abierto. Mientras el Templo Mangante y la selva a su alrededor se convertían en un punto en la lejanía, Jane musitó:

— Espero que, por lo menos, este bicho pase cerca de esos Pigmentos.

Stern, por su parte, contempló el caos en que se habían convertido las inmediaciones del Templo. Al menos tenía la estatua. Eso era lo principal.

Un picor le llegó de repente de su brazo izquierdo. Instintivamente, se dio un manotazo. Pero Zmbzzbzz ya no estaba allí, claro.


Amaneció en la aldea Pigmento y Yuyu despertó. Lentamente, comenzó a realizar el Ritual de Purificación Matutina. Dicho ritual constaba de los siguientes pasos:

1) Limpiarse con el dorso de la mano el reguero de babas que caía de su boca abierta.

2) Abrir y cerrar la boca varias veces, provocando un sonido de pastosos fluidos salivares entremezclándose.

3) Ponerse de pie.

4) Mientras sus ojos se acostumbraban a la luz, coger detenidamente las legañas y comérselas.

5) Explorar a fondo todos los orificios de su cara con el mismo dedo.

6) Rascarse concienzudamente la cabeza, la entrepierna y el final de la espalda.

7) Expulsar de una manera musical los gases acumulados, ya fuera por arriba o por abajo.

8) Darse un par de palmaditas en la cara para despertarse del todo.

Con todo esto, queda claro por qué había explicado Yuyu a los Pigmentos que trae muy mala suerte interrumpir a un chamán en sus ritos matinales y que éstos debían mantenerse en secreto o los espíritus se enfurecerían.

Al tiempo que ritualizaba con dedicación su nariz, se dio cuenta de que Gayumbo no estaba con él. No era raro que se hubiera levantado antes que Yuyu, pero sí lo era que no hubiera despertado a su maestro. ¿Seguiría enfadado?

No podía ser. Habían pasado días desde lo de la prueba y Gayumbo no había dado señales de guardarle rencor. De hecho, se había comportado con una total (y en cierto modo aterradora) normalidad.

Yuyu salió de su tienda y se encontró con Canguingo, que sonreía alegremente.

— ¡Buenos días, Yuyu! ¡Tienes un aprendiz estupendo!

La parte de su mente que ya estaba despierta dijo "¿hmm?" y puso cara de extrañeza.

— Lo digo en serio —continuó Canguingo—. ¡Ha curado mi dolor de cabeza! ¡Llevaba una semana con él y Gayumbo me lo ha curado en una hora!

La boca de Yuyu se abrió hasta parecerse al marco de una puerta.

— ¡Y eso que tú probaste de todo y no te funcionó! Todos esos rituales, todas esas medicinas,... Todo fracasado. Y viene Gayumbo y...

El chamán recuperó el autocontrol.

— ¡Sí, sí, sí, capto la idea! ¡Haznos un favor a ti y a mí y cállate! 

Canguingo obedeció. Con el tiempo, se había acostumbrado a hacerlo.

Yuyu empezó a buscar a su aprendiz para pedirle explicaciones, cuando una joven Pigmento se acercó a él y le dio unas palmaditas en el hombro.

— Estás haciendo un buen trabajo con Gayumbo. Figúrate que ha curado mi diarrea.

Ahora en la boca de Yuyu podía hacerse una clase práctica de espeleología (y de odontología, todo sea dicho; las caries saludaban al espectador). El chamán siguió caminando erráticamente y oyendo comentarios como estos:

— Nos enseñó a cocinar unos huevos de avestruz muy sabrosos.

— Juega muy bien al Awalé.

— Vino y me explicó el sentido de la vida. ¡Y lo vi todo claro!

— Parece que las nuevas generaciones están superando a las viejas.

— Es ley de vida.

Estos últimos comentarios hicieron poca gracia a Yuyu. Pero lo cierto era que en su boca ahora hubiera podido aterrizar un Concorde.

— ¿Hay alguna palabra de dos sílabas que rime con Gayumbo? —esta frase la había dicho Bombo, naturalmente.

— Rumbo —contestó Yuyu, de manera automática. El chamán empezaba a pensar que o seguía soñando o le habían cambiado la aldea mientras dormía. Se giró bruscamente hacia Bombo y le preguntó— ¿Dónde está mi aprendiz?

— ¿Te refieres al —comenzó a declamar— "heroico aprendiz Gayumbo / que a nuestra aldea ha dado un nuevo rumbo. / Con sus artes misteriosas / arregló todas las cosas / y sin..."?

— Me refiero a Gayumbo —interrumpió con muy poca educación Yuyu—. Ya sabes, de mi estatura, con símbolos arcanos en su piel... La última vez que lo vi, era mi aprendiz. ¡Aprendiz! Porque, por si no lo recuerda nadie —comenzó a gritar—, ¡YO SOY EL CHAMÁN DE ESTA ALDEA! ¿Ha quedado claro?

— Eeeeh... S... Sí. Claro. Clarísimo. Está en el campo de nabos. Dice que ha encontrado un modo de hacer que crezcan más rápido y más sanos.

La barbilla de Yuyu llegó al suelo.

El chamán recuperó la compostura suficiente para ir al campo de nabos y comprobar, estupefacto, que Gayumbo estaba bailando y entonando un ritual que Yuyu no conocía. Su aprendiz no sólo estaba haciendo de chamán, sino que lo hacía mejor que Yuyu. Gayumbo lo miró y le saludó, sin dejar de saltar.

Doscientas veintiocho palabras y quince emociones acudieron, cual turba enfurecida, al cerebro de Yuyu y provocaron un golpe de Estado. Todas intentaron controlar a la vez el habla del chamán, cosa que se exteriorizó en el siguiente discurso:

— Eb... Tú... Da... Pf... Pe... O... Me... Yo...

Yuyu agitó violentamente la cabeza (expulsando a los invasores cerebrales y restituyendo al legítimo heredero al trono de las sinapsis) y logró articular la frase:

— ¿Qué se supone que haces?

— ¡Un momento, ya termino el ritual! 

Para su sorpresa, Yuyu vio que esperaba.

— Ya está —terminó Gayumbo—. ¿Qué decías? 

El maestro cerró la boca y repitió:

— ¡Que qué se supone que haces!

— Trabajo de chamán. Perdona que no te haya despertado, pero pensé que necesitabas reponer energías porque tus biorritmos...

— Un momento, un momento, un momento... ¿Has dicho "trabajo de chamán"? Oye, el chamán soy yo y si no te ha quedado claro que no pasaste la prueba, entonces puedes...

— ¡Oh, sí me quedó claro! —sonrió, angelicalmente, Gayumbo—. Ya sé que tú eres el chamán. No lo discuto. Pero lo que dijiste me dio que pensar. Ya sabes, aquello sobre responsabilidades con la tribu y todo eso. Tenías razón. Debo ocupar mi lugar en vez de criticar todo lo que haces. Así que de ahora en adelante voy a aplicar todo lo que me has enseñado con todas mis fuerzas, hasta que llegue el momento en el que creas que soy apto para convertirme en chamán. Intentaré ser tan bueno como tú.

Yuyu no sabía muy bien si Gayumbo hablaba en serio o si era un repentino ataque de cinismo. De todos modos, pensaba averiguarlo. Abrió la boca para decir algo, pero unos gritos en la aldea le hicieron volverse.

Vio que se estaba acercando un elefante. Un elefante que tenía un chimpancé colgado de la trompa, una mujer blanca en el cuello y a Tartán (que había descubierto que llamar a los elefantes no significa saber montarse en uno) agarrado cabeza abajo al trasero de la bestia.

Jane, que había aprendido sobre la marcha la técnica necesaria para conducir elefantes, hizo que el animal se parara cuando los Pigmentos empezaron a arremolinarse en torno a él.

La reportera contempló a la tribu, todos bajitos y pintarrajeados, y no pudo evitar sentirse en los saldos de una tienda de muñecas. Yuyu y Gayumbo llegaron entonces y Tartán cayó de cabeza al suelo. Bombo se acercó a él.

— ¡Saludos, hombre mono! Los Pigmentos te dan la bienvenida. Jane bajó del paquidermo. Tartán se frotó la cabeza y dijo:

— Hola. Yo Tartán. Ella Jane. Ella blanca, su tribu atacada por Copitos. Ella necesitar volver. Vosotros llevar. Ya está.

Bombo sólo supo decir:

— ¿Qué?

— Creo que quiere que llevemos a esta mujer con los suyos —dijo Yuyu—. ¿Por qué tendríamos que hacerlo? ¡Que cada uno se ocupe de sus problemas! —Yuyu, por ejemplo, ya tenía bastantes para su gusto.

Jane dedujo que entre los Pigmentos mandaba Yuyu, así que se dirigió a él.

— Mirad, comprendo que os resulte molesto ayudarme, pero sólo necesito que me digáis en qué dirección puedo encontrar hombres blancos. Ahora que tengo un elefante, me apañaré mejor.

— Además, Tartán traer noticias.

Bombo lanzó un gritito se alegría. En un lugar tan monótono como la aldea Pigmento, cualquier noticia que trajera un viajero era como el estreno de una superproducción cinematográfica. Y a Bombo le encantaba convertir las noticias en poemas.

— ¡Habla! —gimió, en éxtasis— ¡Cuenta las noticias! 

Yuyu levantó las cejas.

— ¡Vas a comprometernos a ayudar a esta chica sólo por unas historias contadas en infinitivo?

— ¡Nada más tendremos que decirle por dónde ir a su casa! Cuenta, Tartán.

El chamán había llegado a creer que pocas cosas podían sorprenderlo a su edad, pero aquel día alguien estaba empeñado en desmoronar tal convicción.

— Vale —empezó el hombre mono—. Yo contar. Tiempo ser bueno en selva. Haber más leones y menos gacelas. Copitos atacar tribu Jane. Jane venir con Tartán y hacerse amiga Chitón. Tartán encontrar muchos huevos —meditó durante un momento, buscando otras noticias y se le iluminó la cara al acordarse de una—. ¡Ah, Tartán tener tres ideas!

— Lo cual es todo un progreso, creedme —dijo Jane. Algunos Pigmentos murmuraron "lo sabemos".

Tartán concluyó su relato diciendo:

— Y Tartán ganar Chitón comiendo plátanos. 

Hubo un poco de silencio.

— ¿Eso es todo? —preguntó Yuyu—. Quiero decir, ¿eso es todo? ¿Eso es lo que consideras "noticias"? He oído grillos que me han dicho cosas más interesantes. Y más largas también. En mis tiempos, cuando un forastero traía noticias se tiraba toda la noche hablando. ¿Y tú te conformas con cuatro frases?

— No —dijo Jane—. Se olvida de algo —miró a Tartán y le susurró—. ¡Te olvidas de lo del Templo!

— ¡Ah, sí! —recordó, con su perenne sonrisa— ¡Yo olvidar cosas poco importantes! Hombres blancos entrar en Templo Mangante y robar ídolo sagrado.

Yuyu palideció. El resto de la tribu quedó con la misma cara que habrían puesto si les hubieran dicho que el mesapio es una lengua procedente del indoeuropeo.

El chamán cogió a Tartán por el brazo y se lo llevó aparte. Jane y Gayumbo los siguieron.

— ¿Qué has querido decir con eso del ídolo?

— Hmmm —Tartán puso otra vez su cara de pensar—... Yo querer decir: "Hombres blancos entrar en Templo Mangante y robar ídolo sagrado" —cuando terminó de recitar, sonrió otra vez y preguntó—. ¿Tartán contestar bien?

— ¿Qué pasa, maestro? —inquirió Gayumbo— ¿Qué es el Templo Mangante? ¿De qué ídolo sagrado habla Tartán?

— ¿No lo sabes? —dijo Jane—. Vaya, pensaba que era importante para vosotros y todo eso. Había unos tipos raros entrando en un templo que Tartán dice que os pertenece. Cogieron una estatuilla. ¿De verdad no sabes nada? Oye, Tartán, como me hayas hecho arriesgarme en el Templo para nada, yo...

— ¡Silencio! —espetó Yuyu y todos obedecieron—. Esto es muy grave.

— Pero, ¿qué es lo que es muy grave, maestro?

— Bueno, hay cosas que no te he contado. Para ser sincero, hay cosas que no he contado a nadie de la tribu. Mi maestro me dijo que no lo hiciera. Y no lo he hecho. No os he hablado del Templo Mangante. Ni del Ídolo Mangante.

Fijándose en la cara del chamán, Gayumbo pudo deducir que tenía que haberle hablado de esos temas antes.

— Pues es un buen momento para empezar —dijo, al tiempo que lo pensaba.

— Está bien. El Templo Mangante es un lugar sagrado para los Pigmentos. Está ahí desde hace mucho tiempo. Fue construido para guardar el Ídolo Mangante, que es una estatua que nunca, nunca debe salir del Templo.

— ¿Por qué? ¿Os costó esculpirla o algo así? ¿Se deshace con la lluvia? —aventuró Jane.

— ¡No! Porque pueden pasar cosas malas si sale de las paredes protectoras del Templo.

— ¿Cosas malas? —esta vez fue Gayumbo.

— Muy malas.

— Vamos a ver. Estás diciendo que el templo es un lugar sagrado para nosotros, ¿no, Yuyu?

— Sí.

— Entonces, ¿por qué no nos has hablado de él? ¿Por qué no me has hablado de él por lo menos a mí? —se desesperó Gayumbo, que volvía a ver como su mentor hacía de las suyas.

— Porque la existencia del Templo Mangante debe mantenerse en secreto.

— ¡Sí, pero en secreto para los demás! ¡O sea, la gracia de tener secretos de una tribu es que sólo lo sepan los de la tribu, no que ni siquiera ellos lo sepan!

— Así es más secreto —respondió, parco, el maestro.

— ¡Sí, pero así no es un lugar sagrado Pigmento! ¡Más bien parecerá un lugar sagrado para Yuyu, el chamán! O sea, o sea, imagina que te mueres o algo y yo no me entero nunca de que el Templo existe. Entonces, ¿qué?

— Entonces —respondió Yuyu con sorna— ya no podría ser un lugar más secreto, ¿no te parece?

Gayumbo soltó un bufido al ver que ni toda la lógica de todos los filósofos del mundo iba a poder con la cabezonería de su maestro. Sin embargo, hay que decir —en honor a la verdad— que Yuyu no era el único que conocía la existencia del Templo y del Ídolo. De hecho, todos los nativos de África, menos los Pigmentos, sabían que existía. El origen de esto se encontraba en una estúpida apuesta entre Yuyu y el chamán de los Tihuanini.

— Bueno, pues ahora que lo sé, ¿qué se supone que debemos hacer?

— Verificar que lo que dice Tartán sea cierto. Y si lo es, recuperar el Ídolo antes de que sea demasiado tarde —se giró a Jane—. Usaremos el elefante para ir más rápidos.

— ¡Eh! —protestó la joven— ¡Lo necesito para volver a mi casa!

Yuyu, aparentemente, pasó por alto la queja de Jane y preguntó a Tartán:

— ¿Sabes en qué dirección iban esos hombres blancos?

— Yo creer que norte.

— Bien. Es un principio, aunque sé dónde encontrar más información —volvió a mirar a Jane—. Usaremos tu elefante. Esto es demasiado importante para hacerlo lento. Tú vendrás con nosotros, si quieres. Después, si como me temo el Mangante ha sido robado y los ladrones no están en el Templo, usaremos el elefante para seguirlos y recuperarlo. Y como vamos hacia el norte y hacia el norte es a donde debes ir para encontrar hombres blancos, mataremos dos pájaros de un tiro.

A Jane le pareció buena idea. Además, así no iría sola. No era que aquel vejete minúsculo le infundiera una gran sensación de seguridad, pero por lo menos tendría alguien con quien hablar.

— Mientras tanto —concluyó Gayumbo—, yo me quedo de chamán. Puedes confiar en mí.

— De eso nada —cortó, rápidamente, Yuyu—. Tú vendrás con nosotros. Tienes mucho que aprender y puedes aprovechar el viaje para hacerlo —el chamán no pensaba dejar a Gayumbo solo en la aldea ni un minuto. Ya había destrozado bastante su reputación.


Tras explicar brevemente a los Pigmentos lo que pasaba, el grupo volvió al Templo Mangante. Cuando llegaron, el único indicio de que algo maligno había ocurrido allí eran ciertas manchas (muy planas) en el suelo y unos excrementos desproporcionados. No había rastro de Stern ni de sus hombres. Bajaron del elefante, que se negó a acercarse a menos de cinco metros del Templo. Yuyu se asomó al interior y dijo:

— ¡Las trampas han saltado!

— Bueno, por lo menos eso significa que podemos entrar a mirar sin peligro —comentó Jane.

Tenía razón, así que hicieron antorchas y se metieron sin pensar en uno de los lugares más peligrosos de África.

Yuyu conocía bien el camino. Incluso aunque las trampas hubieran estado activadas, habría llegado a la cámara principal sin problemas. Ahora que no tenía que preocuparse por dónde pisaba, los habría podido guiar con los ojos cerrados.

Era verdad. El Mangante no estaba.

— Es terrible —fue su único comentario.

Se dio la vuelta y lo siguieron. Yuyu estaba concentrado, pensando en lo que debía hacer. Tenía algunas ideas al respecto. Implicaban un viaje hacia el norte y un trato con algunos personajes con los que prefería no tratar. Odiaba pensar eso, pero necesitaría a Gayumbo. Por lo menos tenían un elefante, lo que sería muy útil. Eso suponía que la mujer blanca se les pegaría como una lapa, pero ya se librarían de ella tan pronto como vieran hombres blancos...

La cámara principal se quedó vacía. Cuando las antorchas de los visitantes se fueron alejando, otro brillo se encendió, débilmente. Era una luz azulada que parecía provenir del suelo. El resplandor se elevó despacio, como una neblina fosforescente, y pareció arremolinarse en torno al altar. Aquello no era lo más raro de la luz.

La luz estaba susurrando palabras.


— ...así que hemos de irnos de la aldea, para recuperar el Ídolo —terminó Yuyu. Todos los Pigmentos se miraron. Aquélla era la primera vez que el chamán de la tribu los dejaba y la idea los hacía sentirse a merced de los Grandes Espíritus.

— ¿Te marchas? —dijo Bombo, aunque por su cara parecía querer decir: "¿Vas a dejarme solo con todas las responsabilidades?".

— Sí, eso he dicho.

— Por lo menos Gayumbo se queda, ¿no? —tuvo que preguntar Canguingo. Al momento se oyó un coro de voces murmurando cosas como "es verdad, se queda Gayumbo" y "podemos estar tranquilos". Yuyu se puso rojo y gritó, pataleando:

— ¡NO! ¡NO SE QUEDA! ¡VIENE CONMIGO Y PUNTO!

El chamán resopló mientras recuperaba el aliento y su respiración pudo oírse perfectamente. Todos los Pigmentos se habían callado, preguntándose qué le pasaba a su chamán. Tartán fue el primero en hablar:

— Tartán y Chitón volver a casa —anunció.

— Pero, ¿cómo? —se sorprendió Gayumbo— ¿No vienes con nosotros?

— No. Deber de Tartán ser proteger casa Tartán. Además —añadió confidencialmente a la oreja del Pigmento—, si yo alejar más de casa, yo no saber volver.

Jane lo miró.

— Si te he de ser sincera —dijo—, yo también daba por sentado que vendrías con nosotros.

Sin variar la expresión de su cara, Tartán le sonrió.

— Está bien, lo admito, te echaré de menos —confesó Jane—. Me había empezado a acostumbrar a tu modo de ver las cosas.

— Tú no preocupar. Tú ahora bien. Tartán volver a casa y todos bien ahora. ¡Adiós!

— Cuídate.

El héroe y su mascota se alejaron corriendo y Tartán sólo tropezó un par de veces antes de difuminarse en el horizonte. También pudo oírse uno o dos tiros al aire procedentes del lugar que ocupaba Chitón.

Canguingo dijo:

— Tartán es un buen tipo. Podríamos haberle dicho que se quedara, ahora que Gayumbo nos deja...

Yuyu se acercó, le dio una colleja y se puso a gritar.

— ¡Gayumbo se viene conmigo! ¡Es la última vez que lo digo! ¡Vamos, no hay tiempo que perder! ¡Jane, Gayumbo, subid al elefante! ¡Nos vamos!

Antes de que nadie pudiera reaccionar, el animal ya estaba trotando hacia el misterioso norte, fuera de los territorios Pigmento.

— Es la edad —comentó, Canguingo, distraídamente mientras los perdían de vista—. Los años no pasan en balde.