Fue una cena frugal, que ingirieron en silencio.
Al terminar, Ruth preparó unos cazos de café, que bebieron con deleite a pequeños sorbos.
Frankie dejó el cazo cerca de la hoguera que él mismo había encendido. Dijo con romántica naturalidad, con acento de duda y pregunta:
—¿Por qué me he enamorado de ti, Ruth?
Ella, sorprendida, le sonrió dulcemente.
—Son muchos los motivos que pueden influir en los sentimientos de una persona, Frankie. Soy yo quién se ha enamorado de ti, corriendo el riesgo de seguirte para deshacer el hielo de tu corazón. Lo he conseguido y me siento feliz. No ya por el egoísmo de tenerte, sino por la inmensa satisfacción de haber dado vida a lo que estaba muerto dentro de ti. Quizá antes de conocerme habrás amado a otras sin tú mismo saberlo... O sin querer saberlo.
—No, no creo que otra mujer me haya impresionado como tú.
De repente, Ruth Melfort preguntó con extraño acento:
—¿Adónde vamos, Frankie?
—A Boulder City, en territorio de Nevada.
—Esperas encontrar allí a Richard Stone, ¿No?
—Sé que está asociado con un tal Donald Fraley...
Al pronunciar Cooper éste nombre pareció sobresaltarse
Ruth. Incluso, su cuerpo viose sacudido por una convulsión.
Y osciló, trémula su barbilla.
—¿Qué te ocurre, pequeña?
Trató ella de sonreír.
—¡Oh, nada! De veras no me sucede nada. Es... el frío.. Tengo frío y noto que tiembla mi cuerpo.
—¿Frío? —se extrañó el hombre.
—Ráfagas de viento helado. Me acercaré más al fuego. ¿Qué decías, Frankie?
—Qué Stone reside en Boulder City. Por lo visto, según mis informes, ha conseguido engañar a un hombre honrado que se llama Donald Fraley. Son socios y directores de la Continental C.° Express. Un servicio de diligencias modernas que cubre el trayecto de Boulder a Carson City, y de ésta a Sacramento y San Francisco. Me imagino que Fraley es el socio capitalista y que Stone lo estará empleando en sus manejos oscuros de siempre. Acabará por arruinarlo y..., ¡pero antes llegaré yo para impedirlo!
—Luego, Frankie, cuando acabes con Richard Stone, ¿dónde buscarás a «El Misterioso»?
—Trataré de conseguir que Stone hable y me revele su identidad. No veo otra forma de dar con él.
—¿Crees que Stone hable?
Frankie Cooper se mantuvo en silencio. Y ella también retorciéndose los dedos de la mano, en la otra, nerviosamente.
—Yo conozco al tercer personaje de la historia —dijo Ruth de repente.
Cooper soltó un respingo, adelantando el torso, hacia la mujer. Preguntó con ojos brillantes:
—¿«El Misterioso»?
Pareció que Ruth se arrepentía de aquella espontánea declaración nacida de un arrebato de sinceridad.
—No es que haya visto su rostro —agregó lentamente—. Pero una vez oí a hablar a los pistoleros de Murdock sobre un individuo poderoso que se atrevía a darle órdenes al jefe.
Un hombre que llevaba un anillo en la mano izquierda. Un sello, con una «M» grabada en él.
—¿Y cómo sabes que se trata de «El Misterioso»?
—Lo dijeron ellos.
Frankie Cooper guardó silencio. Algo le decía en su interior que Ruth no era sincera, que trataba de ocultarle algo.
¿Por qué?
Renunció a interrogarla. Permaneció por espacio de varios minutos con los ojos clavados en los troncos que chisporroteaban al ser devorados por las llamas.
Como si quisiera desviar el curso de la conversación, vino a sus labios aquella pregunta que dejó a Ruth en suspense:
—¿De veras no tienes a nadie?
La muchacha, experimentó otra vez aquella sensación de extraño desasosiego que la había invadido al escuchar el nombre de Donald Fraley.
Y de nuevo tembló su cuerpo.
—¿Por qué... me preguntas eso? —inquirió a su vez, como si tratara de ganar tiempo para pensar una respuesta.
—No lo sé. Se me ha ocurrido preguntártelo.
—Existe un hombre... —murmuró con voz tenue—. David Melfort. Mi hermano. Tiene doce años más que yo... y apenas consigo recordar su fisonomía.
—No te entiendo, Ruth.
—Mi padre quiso que David fuera algo superior a él, a los demás hombres. Lo mandó al Este a estudiar cuando yo contaba escasamente seis años. Por las cartas que muy de tarde en tarde enviaba, supimos que progresaba mucho en sus estudios. Cuando terminó su carrera obtuvo un puesto en el Gobierno. A partir de entonces, no volvimos a saber de él. Papá dijo que David se avergonzaba de haber nacido en una cuna humilde, que hacía lo posible por olvidar que sus padres eran unos insignificantes colonos que habían pasado la vida de caravana en caravana, buscando unas tierras que cultivar y en las que construir una choza mísera, único patrimonio de su esfuerzo, trabajo y honradez. Jamás he vuelto a
tener noticias de él, pese a que traté de localizarlo cuando murieron nuestros padres.
—¿Le comunicaste la noticia?
—Dirigí varias cartas a su domicilio de Boston, como constaba en el remite de la última que él nos había enviado. No obtuve respuesta.
—Lo siento.
—No tengo a nadie, Frankie..., excepto a ti. Y ahora que te he encontrado, me horroriza la idea de perderte.
Cooper no hizo comentario a las últimas palabras de ella. Se incorporó bruscamente, diciendo:
—Nos vamos.
—¿De noche?
—Hay que buscar otro lugar para pasar la noche. Después de lo ocurrido cuando te bañabas, no dormiría tranquilo por estos parajes.
Prepararon las monturas, y tras cargar en el mulo las provisiones restantes, emprendieron la marcha.
Hasta detenerse cuestión de tres millas más adelante.
—Este, me parece un buen sitio.
Y con estas palabras, saltó Frankie de su caballo, ayudando a Ruth en igual tarea.
Cuando se hubieron ocupado de sus cabalgaduras, se adentraron en el claro de un pequeño bosque, disponiéndose a pasar allí el resto de la noche.
Frankie, cargado con las sillas de montar, llegó al lugar, después que Ruth. La mujer, arropada con dos mantas, se hallaba tendida al pie de un arbusto.
Cooper tiró del «Winchester», que hasta entonces pendiera de la silla de montar, y con él en brazos, se enrolló en una manta ligera.
—Buenas noches, Ruth —dijo, echándose a pocos pasos de ella.
—Que descanses, Frankie.
* * *
Con los albores del nuevo día reanudaron la marcha.
Frankie Cooper, extendiendo su índice al norte, anunció:
—En aquellos montes se inicia el Grand Canyon.
—¿Lo cruzaremos?
—No. Vamos a desviarnos hacia el Lake Mead. Salvaremos el río Colorado a una milla y media por debajo del lago, justamente en línea recta hacia Boulder City. En el punto exacto de la divisoria entre Arizona y Nevada.
—Conoces muy bien el territorio, Frankie.
—Por desgracia, sí. He pasado mucho tiempo huyendo. De Utah a Nevada, de Nevada a California, de California a Oregon y de Oregon a Idaho. Mi vida ha sido una continua peregrinación, escapando a la justicia que me perseguía por un crimen que me obligaron a cometer y tratando de seguir el rastro de los causantes de mi infortunio. Sí, Ruth, conozco bien estos territorios. Ellos me han dado cobijo y amparo en momentos difíciles. He aprendido a querer la tierra de un modo muy distinto a como mi padre deseaba.
Cabalgaron a buen paso, bajo los rayos calcinadores del sol, que, luego de nacer tímidamente, enviaba su fuego abrasador sobre la llanura en el avance a su senectud.
Fue una cabalgata dura y extenuadora que tuvo su primer alto al llegar el mediodía.
Apenas se detuvieron una hora para acallar sus vacíos estómagos, reanudando de inmediato la marcha.
—Quiero cruzar la divisoria antes de que nos sorprenda la noche.
Así fue. Tal como Frankie había dicho, alcanzaron las márgenes del río Colorado cuando la tarde iniciaba sus grises matices.
El vado era ancho y arenoso, viéndose impresas en él las huellas de otros jinetes que les habían precedido.
Cruzaron el Colorado con el agua al vientre de sus animales. Un mes antes les hubiera sido imposible hacerlo. La corriente ahora había decrecido y era tranquila, mermado el caudal y marcada en las márgenes la línea que en su descenso señalaran las aguas.
En la orilla opuesta, cuando cesó el chapoteo de los cascos sobre la húmeda hierba y hubieron remontado el declive, anunció Frankie:
—Estamos en Nevada.
—¿Cuándo llegaremos a Boulder City? —inquirió Ruth, oteando el horizonte.
—Entrada la noche.
—¿Hoy?
—Sí. Después de que el sol muera.
Los caballos, entretanto, aprovechando aquel reposo, mordisqueaban los brotes a su albedrío.
Se oyó el canto de algunos animales ocultos entre el esplendor del verde arbolado, dando fe de su vida rumorosa, burbujeante, al conjunto de la incomparable madre de la creación.
La Naturaleza.
Frankie Cooper hundió sus espuelas suavemente en los ijares del animal y éste, alzando la cabeza con alegría, como si presintiera el alivio de un inminente descanso, avivó el paso con renovados bríos.
Ruth, hizo lo propio para situarse a la altura del hombre.
Y entonces, como si también ella presintiera algo muy hermoso, quizá muy trágico, dejó oír su voz cadenciosa y suave...
«Cuando muere el sol, brilla la hierba con su húmedo matiz y el cow-boy que por ella está muriendo...»
No. No era igual a como la cantara Rosty.
Ahora, moría el sol. Moría el cow-boy. Pero la hierba seguía siendo húmeda.
Como la sangre, que un hombre desaba vengar.
Boulder City. ¿Principio?, ¿fin...?
Allá, en lo alto de las crestas ocres, sonaba ya esa hora en que el sol muere cada día.
—¿Te gusta la canción, Frankie?
—Me habla de algo que no sabría definir.
—¿Amor?
—Muerte, Ruth. Quizá sea muerte de lo que me habla la canción.
Sí, una muerte que podía aguardar silenciosa en las calles de Boulder City.
Llegaba la noche, y con ella, se acercaba...