Treinta y ocho

El aire invernal me atacó por sorpresa cuando salimos de casa de Amy. Empecé a tiritar mientras nos dirigíamos al coche, y Ryan me rodeó con sus brazos.

De pronto, ya no tuve frío.

Abrió la puerta para que entrara. Me senté y me abroché el cinturón de seguridad mientras Ryan se montaba por el otro lado. Encendió el motor y el equipo de música empezó a tronar. Ryan se sonrojó.

—Bonito CD —observé.

—Gracias, me encanta.

—A mí también —dije, y ya no me refería a la música.

Me eché hacia atrás en el asiento y apoyé la nuca en el reposacabezas. Habíamos tardado un tiempo pero, por fin, ahí estábamos.

Alargué el brazo, subí el volumen y me puse a cantar la última canción del CD que le había regalado.

Y es que, aunque estábamos en mitad de la noche, aún podía cantar Here Comes the Sun («aquí llega el sol»), y sentir como propia cada palabra, cada emoción.

Sobre todo, la parte de it’s all right, «todo está bien».

Todo estaba más que bien.

Todo era perfecto.