Veintiuno
A la mañana siguiente continuaba en estado de shock. Me senté, aturdida, mientras esperaba a que Tracy viniera a buscarme. Tras la espantosa noticia de la noche anterior, necesitaba más que nunca a mi mejor amiga.
El coche giró por Ashland y prácticamente me planté corriendo en mitad de la calle. No había llegado a detenerse del todo cuando abrí la puerta y me subí al asiento del acompañante.
—Madre mía, sé de una que se muere por llegar al instituto —bromeó Tracy.
—¡No te vas a creer lo que pasó anoche! —la voz me temblaba, y me encontraba al borde de una crisis nerviosa en toda regla.
—¡Caramba, Pen! ¿Qué demonios te pasa? Con lo que ha ocurrido en las dos últimas semanas, no puede ser tan malo.
—¡Ay! ¡En serio, en serio, en serio…! Vas a tener que pararte para escuchar esto.
Tracy detuvo el coche y le conté la noticia. Las palabras salían de mis labios como si me hubieran estado infectando por dentro desde hacía semanas, en vez de horas.
—¡¡¡¿CÓMO?!!! ¿Por qué no me llamaste?
—Te dejé unos catorce mensajes.
Tracy metió la mano en el bolso y empezó a soltar tacos mientras encendía el móvil. Continué:
—Es…, es… tan horrible. No quiero volver a verlo. ¿Qué se supone que voy a hacer? —las lágrimas se me agolpaban bajo los párpados.
—¿Aparte de asesinarlo, quieres decir? ¿Qué te dijeron tus padres exactamente? Y otra cosa, ¿les explicaste que ese capullo no puede ser bien recibido en vuestra casa?
Negué con la cabeza.
—Pues claro que no. Sabes que mis padres no tienen ni idea de lo que pasó con Nate este verano. A veces, juraría que no se enteran de nada.
—De acuerdo, hazme un resumen. Y luego voy a convocar una reunión de emergencia del Club de los Corazones Solitarios a la hora del almuerzo, para que podamos juntarnos y echarte una mano.
No sólo estaba pasando la mañana más terrible de mi vida, sino que también me fue de pena en las clases.
Por suerte, me tocó Tyson de compañero de laboratorio para la disección de un feto de cerdo y, aparentemente, sabía de biología tanto como de punk rock. Yo debía de tener una pinta espantosa, porque hasta él se percató de mi estado de ánimo.
—¿Va todo bien? —preguntó, a la vez que levantaba la mirada del programa de la asignatura.
Asentí con gesto débil.
—Bueno, ¿cómo te parece que lo llamemos?
No me imaginaba de qué estaba hablando.
—¿Cómo?
Una sonrisa le cruzó el semblante. Me sorprendí al descubrir que tenía unos dientes perfectos.
—Ya sabes, ¿cómo lo llamamos? —señaló al feto de cerdo, colocado en la bandeja de disección.
—Ah, ya.
—Bueno —Tyson se inclinó hacia delante y empezó a examinar al animal—. Estaba pensando en llamarlo Babe, o acaso Wilbur.
Me quedé mirándolo, sorprendida.
—¿Qué pasa? ¿Crees que lo llamaría algo así como Masacre, o Asesino?
No tuve más remedio que echarme a reír. Eso era exactamente lo que había pensado.
—Me gusta Wilbur —miré al pobre cerdo.
—Pues Wilbur, no se hable más —Tyson cogió un rotulador y escribió el nombre en la bandeja.
Cuando terminó la clase, reuní mis libros a toda prisa y prácticamente salí corriendo del laboratorio, atropellando a la mitad de mis compañeros. La visión de los alumnos charlando y las taquillas cerrándose de un golpe se volvió borrosa ante mis ojos a medida que me precipitaba hacia la cafetería.
Al llegar, vi que Jen y Tracy estaban juntando mesas en el rincón más apartado.
—Me parece que hoy vamos a tener mucho público —comentó Tracy, mientras acercaba unas cuantas sillas. La gente que se sentaba a nuestra mesa ya había superado en número al conjunto de deportistas y animadoras.
Las socias empezaron a llegar a toda velocidad. Me sonreían o me abrazaban antes de tomar asiento.
Pasados unos minutos, se hizo el silencio alrededor de la mesa, y caí en la cuenta de que todo el mundo me miraba con una sonrisa alentadora.
—Bueno, supongo que debería empezar —aparté mi sándwich y me incliné hacia delante para que me oyeran bien—. En primer lugar, muchas gracias por estar aquí por mí. La verdad es que necesito toda la ayuda posible —paseé la mirada por los rostros de mis amigas, las de toda la vida y las nuevas. Respiré hondo, dispuesta a explicar mi dilema—. Mmm, ¿alguna de vosotras se acuerda de Nate…?
Por lo visto, se acordaban, ya que escuché un coro de gruñidos y capté las palabras «imbécil», «cerdo» y «capullo».
—Bueno, pues anoche mis padres soltaron la bomba: Nate y su familia van a pasar Acción de Gracias con nosotros.
Hilary levantó la mano.
—¿Sí, Hilary?
—¿Por qué no les cuentas a tus padres lo que pasó? Lo más seguro es que lo entiendan perfectamente y cancelen la invitación a ese cretino y su familia.
—Lo había pensado, pero el señor Taylor es uno de los mejores amigos de mi padre. No quiero que se entere de que el hijo de su amigo es un auténtico cerdo.
Jackie Memmott fue la siguiente en levantar la mano.
—Chicas, no estamos en clase —indiqué—. No tenéis que levantar la mano.
Jackie bajó la suya al instante, a todas luces avergonzada.
—Perdona, Jackie. ¿Querías decir algo?
—Penny, si te apetece, puedes pasar el día de Acción de Gracias con mi familia.
Un grito sonó al unísono: «¡Y con la mía!». Era la prueba que me faltaba para saber que, pasara lo que pasase, lo superaría.
—Muchas gracias a todas. Puede que haya reaccionado de una manera un tanto exagerada. Posiblemente, volver a verlo me vendrá bien. En realidad, nunca acabamos de aclarar la ruptura. Me limitaba a huir cuando me lo encontraba por casa.
—Oye, Pen —intervino Tracy—. Me encantaría ayudarte en lo de aclarar la ruptura. Es decir, si con «ruptura» te refieres a «darle una patada en el culo».
Empecé a relajarme. Además, quizá Tracy no fuera descaminada. No es que pensara ejercer la violencia contra Nate, pero no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad de aclarar las cosas con él.
—De acuerdo, basta ya de hablar de mí. ¿Alguien más tiene algún asunto, relacionado con los chicos o con lo que sea?
Jen se levantó como un resorte de su silla.
—¡Pues sí, ahora que lo dices! —señaló con un gesto a Jessica y Diane—. Como muchas de vosotras sabéis, el equipo femenino de baloncesto necesita uniformes nuevos urgentemente. Y ya que, por lo que parece, todos los fondos destinados al deporte se dedican a los equipos masculinos, tenemos que organizar algún tipo de colecta. Este año queríamos hacer algo diferente, en lugar de lavar coches o de la típica venta de golosinas. ¿Qué os parece una noche de karaoke para recaudar fondos?
Erin Fitzgerald gritó:
—¡Jen, me encanta la idea! ¡Excelente!
Nadie se sorprendió por la reacción de Erin, ya que el instituto entero sabía que tenía la mejor voz del McKinley y que la oportunidad de demostrarlo la emocionaba.
—Gracias, pero ¿en serio creéis que la gente se apuntaría? —preguntó Jen—. ¿Pagarían un dólar por canción para actuar en público? —Erin levantó la mano—. Aparte de Erin, quiero decir.
—¿Podríamos salir en grupo? —se interesó Amy.
—No veo por qué no —las presentes se pusieron a hablar unas con otras, y cuando empezaron a comentar sobre las canciones casi todo fueron señales de asentimiento y demostraciones de entusiasmo.
Jen se mostraba optimista.
—De acuerdo, lo haremos. Pero, chicas, prometedme que ayudaréis a animar el ambiente si el personal se acobarda.
Erin se puso de pie.
—Te prometo que seré la primera persona en subir al escenario. ¡Me muero de ganas!
—Bueno, Diane, ¿cómo van los entrenamientos? —preguntó Amy.
Diane sonrió.
—La verdad es que los últimos días la gente me ha estado mirando de una manera distinta porque… —suspiró mientras se levantaba y colocaba un pie sobre la mesa.
Tracy ahogó un grito.
—¡Diane! ¿Tú, con deportivas?
—¡Sí! La versión oficial es que tengo molestias y no puedo llevar tacones. Me muero de risa de que no os hayáis dado cuenta, chicas. Total, ¡sólo mido unos diez centímetros menos!
—¡Sabía que había algo diferente! —vociferó Tracy.
—Ah, y eso no es todo —Diane puso una expresión traviesa mientras abría su bolsa del almuerzo y sacaba un pedazo de pan de grandes proporciones—. ¡Ahora como hidratos de carbono complejos!
—¡Madre mía! —Tracy tenía los ojos como platos—. Pareces otra persona, completamente.
Diane lanzó una servilleta a Tracy.
—No, lo que pasa es que con las sesiones de entrenamiento me entra hambre. Chicas, es alucinante. Estoy entusiasmada.
—Os aseguro que va a conseguir plaza en el equipo —declaró Jen—. Meg, tienes que redactar un artículo sobre nuestra jugadora más reciente.
Meg Ross sonrió.
—Por cierto, hay algo que quería comentar con vosotras el próximo sábado; pero tengo fechas límite, así que no hay momento mejor que el presente. Como algunas sabéis, soy la redactora de la sección de Sociedad del McKinley Monitor, y, en fin, me gustaría escribir un artículo sobre el Club de los Corazones Solitarios.
«Ay, Dios santo, no».
No me sentía capaz de enfrentarme a ningún otro acontecimiento extraordinario en mi vida. ¡El periódico del instituto!
Meg prosiguió:
—La noticia empieza a correr por todas partes y hay mucha gente que no acaba de entender del todo de qué va el club. Me parece importante que demos a conocer nuestra versión de la historia. ¿Qué os parece, chicas?
Meg me miró directamente al formular la pregunta, y entendí que sólo cabía una respuesta.
El Club de los Corazones Solitarios estaba a punto de darse a conocer a lo grande.
—Entonces, ¿a tus padres les parece bien lo del concierto? —me preguntó Ryan al final de las clases.
—Bueno, digamos que todo lo bien que les puede parecer.
Ryan me sonrió y noté que el corazón me daba un vuelco. Realmente, tenía que superar lo que me ponía tan nerviosa en relación con nuestra salida, fuera lo que fuese.
—Hola, chicos. Ryan, ¿listo para una carrera? —Diane se acercó a nosotros con su ropa de entrenamiento.
—Sí, sólo tengo que entregar a Braddock unas cosas de la asesoría sobre el alumnado —repuso Ryan.
—Oye, en serio, ¿de qué va eso?
Ryan se encogió de hombros.
—En cuanto acabe de enterarme, te lo cuento. Ahora hemos pasado del tema del fútbol americano a la próxima temporada de baloncesto. Empieza a molestarme perder tiempo de estudio una vez a la semana.
Diane elevó los ojos al cielo.
—¡Ay, pobrecito!
Ryan le hizo una mueca y luego se encaminó al despacho del director.
Parecían llevarse estupendamente…, aunque yo sabía mejor que nadie que sólo eran amigos, nada más.
—Por fin estamos solas —Diane me sonrió—. Bueno, se ha descubierto el pastel.
Me detuve en seco.
—¿Se puede saber de qué estás hablando?
—Dime, ¿cuándo, exactamente, pensabas contarme que Ryan y tú vais a ir a un concierto?
El corazón me dejó de latir.
—Ay, Diane, lo siento. Con todo el lío de Nate, bueno, se me ha pasado. Iba a contártelo, y también a las del club; pero no quería que pensarais que se trata de una cita ni nada por el estilo. Verás, pensaba decirle que no; pero Ryan más o menos dio a entender que había sido idea tuya, de modo que decidí que no te importaría…
Diane se echó a reír.
—¡Eh, Pen! Tranquila, ¿vale? No estoy enfadada. Sólo estaba esperando a que dijeras algo. ¿En serio te preocupa lo que puedan opinar las del club?
—¿Sinceramente? Pues no lo he pensado mucho, la verdad. Me llamó anoche y luego, antes de que pudiera darme cuenta, mis padres me soltaron la bomba de lo de Nate. Así que… —la situación me resultaba violenta—. ¿Qué te contó Ryan exactamente?
La sonrisa de Diane se amplió.
—No gran cosa. Me preguntó si, en mi opinión, te gustaría acompañarlo al concierto. Temía ofenderte.
—¿Por qué?
Diane se enrolló un largo mechón rubio alrededor de un dedo.
—Pensaba que serías una fan empedernida de los Beatles y que no te apetecería escuchar a una de esas bandas horteras que interpretan versiones. Conozco la opinión de tus padres.
—Sí, no entienden que se hagan versiones de nada, ni siquiera de películas. Son muy conservadores, aunque el término «conservador» es probablemente el último que la gente emplearía para describir a mis padres.
Diane me sonrió.
—Bueno, estoy segura de que lo pasaréis en grande.
—Diane, ¿de verdad te parece bien que vaya al concierto?
Diane asintió.
—Pues claro. Los dos sois las personas más importantes de mi vida. ¿Por qué iba a molestarme?
Guardé silencio unos segundos.
—De acuerdo.
—Me marcho a calentar. ¿Le dices a Ryan que lo espero en la pista?
—Claro.
De pronto, la idea de tener que encontrarme a solas con Ryan me resultó incómoda.
Transcurridos unos minutos, regresó.
—Diane ha dicho que se reunirá contigo en la pista.
—De acuerdo, gracias.
Me dirigí a la taquilla de Tracy.
—Oye, Penny —dijo Ryan elevando la voz.
—¿Sí?
Me giré y vi que me sonreía.
—Me alegro mucho de que quieras acompañarme al concierto. Será genial pasar juntos un rato, fuera del instituto.
Me quedé mirándolo.
—Hasta mañana —concluyó. Al pasar corriendo a mi lado, alargó la mano y me dio un suave apretón en el brazo.
Aquello no podía terminar bien, de ninguna manera.