Treinta
—Penny Lane, no irás a llevar puesto eso, ¿verdad? —me preguntó mamá cuando bajé a la cocina la mañana de Acción de Gracias.
Miré hacia abajo y contemplé mi conjunto: un bonito par de vaqueros y una camiseta de manga larga.
—Pues… sí. Es la ropa de fiesta habitual de los Bloom.
Mamá estaba ocupada limpiando la encimera de la cocina y se la veía más nerviosa que de costumbre.
—Ya lo sé, pero este año tenemos invitados.
—Ay, perdón, no me había dado cuenta de que la reina de Inglaterra iba a pasar a vernos.
—¡Penny Lane! —me regañó mamá. Se me había olvidado lo mucho que le estresaba invitar a gente a casa. Rita y yo habíamos hecho todo lo posible por echar una mano pelando patatas y picando verduras; los cortes en mi mano lo demostraban.
Papá entró con un periódico enrollado en la mano.
—Penny Lane, por favor, haz caso a tu madre y cámbiate, ¿quieres? Está un poco disgustada porque Lucy no viene a casa este fin de semana.
Era la primera vez que no nos reuníamos todos en esas fechas. Lucy iba a pasar Acción de Gracias con la familia de su prometido, en Boston.
Mamá se secó el sudor de la frente.
—Ya sé que estará con nosotros una semana entera, en Navidad; pero la vamos a dedicar a los preparativos de la boda…
Rita entró en la cocina vestida con vaqueros y camiseta.
—Chicas, ¡a cambiarse ahora mismo!
Mientras nos encaminábamos al piso de arriba, Rita preguntó:
—¿Me he perdido algo?
Negué con la cabeza. «Feliz día de Acción de Gracias, para mí». Rita se percató de que yo estaba hecha un manojo de nervios.
—Penny, todo saldrá bien —aseguró—. Tienes que ponerte al mando. No le consientas que se imponga sobre ti.
Los Taylor iban a llegar en menos de una hora, y aún no tenía ni idea de qué le iba a decir a Nate. Para ser sincera, ni siquiera sabía cómo me iba a sentir al verlo. ¿Furiosa? ¿Triste? Una cosa eran los correos electrónicos y los mensajes por móvil; pero ¿qué sentiría al mirarlo a los ojos? Aquello dejaría mucho al descubierto. Sólo esperaba ser capaz de mantenerme fuerte. Nate no iba a poder conmigo. Yo había pasado página.
Fui a mi habitación y encontré el top blanco atado al cuello que Diane me había prestado después de la fiesta de antiguos alumnos, cuando me dijo que tenía que resaltar lo que «la naturaleza me había dado». De modo que me lo puse con unos pantalones negros de raya diplomática y tacones negros. Me encaminé escaleras abajo pensando que mi aspecto había mejorado mucho…, tal vez demasiado para el gusto de mi padre.
—Oye, Penny Lane, ¿ese top es nuevo? —preguntó papá mientras examinaba mi conjunto con no poca inquietud.
—Tranquilo, Dave —replicó mamá—. Se ha desarrollado y está muy guapa.
Sonó el timbre, y respiré hondo varias veces. Rita me agarró de la mano y susurró:
—No le permitas ganar.
¿Ganar? ¿Qué había que ganar?
Al abrirse la puerta se produjo una explosión de actividad: mis padres abrazaron al señor y la señora Taylor y hubo un intercambio de saludos cordiales.
La señora Taylor se volvió hacia mí:
—Vaya, Penny, ¡mírate! —me estrechó entre sus brazos—. Cariño, estás preciosa —me soltó y, entonces, me giré.
Allí estaba. Con una expresión que no supe si era de timidez o de suficiencia.
—Hola, Penny.
Abrí la boca y traté de decir algo, lo que fuera. Pero era difícil. Pensé en lo que Diane me había dicho acerca de que Ryan había formado parte de su vida durante mucho tiempo. Ahí estaba Nate, delante de mí; Nate, a quien conocía de toda la vida. Pensé que, tal vez, mi último recuerdo de él apagaría los demás; pero no había sido así. Vernos el uno al otro siempre había sido una cuestión de rutina, y aunque invariablemente nos saludáramos con «Hola, Penny» y «Hola, Nate» como si no fuera gran cosa, por lo general lo decíamos como si compartiéramos un secreto. Y es que, en efecto, compartíamos un secreto. Ahora, mayor que nunca.
Odiaba tenerlo frente a mí. Odiaba que hubiera venido a mi casa. Porque odiaba lo que yo misma sentía. Por mucho que quisiera chillar y salir corriendo, apenas podía respirar. Al verlo, sentí la misma emoción de siempre.
Iba a ser más difícil de lo que había imaginado.
—Toma —Rita me plantó en los brazos los abrigos de los Taylor—. Penny los colgará.
Lancé a mi hermana una mirada agradecida mientras salía disparada hacia el armario. Pasé más tiempo del necesario colgando los abrigos. Durante todo el rato noté los ojos de Nate en la espalda. Y me gustaba.
—Bueno, ¿qué te apetece beber? —pregunté en el instante mismo en que hube colgado la última prenda en su percha.
—Ya me encargo yo, tesoro —papá empezó a preguntar qué quería beber cada cual.
—No, papá —protestó Rita—. Déjanos ayudar a Penny y a mí.
Me di la vuelta para dirigirme a la cocina cuando noté que me tiraban del brazo.
—Penny —dijo Nate mientras me abrazaba—. Te he echado mucho de menos.
—¡Qué tierno! —exclamó la madre de Nate—. No ha hecho otra cosa que hablar de las ganas que tenía de verte.
Me quedé parada, entre sus brazos.
—Vamos, Penny —Rita se acercó y Nate me soltó de inmediato—. Tenemos que ir a la cocina —se giró hacia Nate—. ¿Sabes? Ese sitio lleno de cuchillos afilados.
Mientras Nate daba un paso atrás, lo examiné por primera vez desde que me había destrozado el corazón. Y resultó extraño, porque no era igual que el recuerdo que guardaba de él. ¿Me había fijado antes en lo plana que tenía la cara? ¿Y en esos pequeños ojos pálidos, inexpresivos?
Empecé a respirar un poco mejor.
Me quedé en la cocina con Rita y con mamá, ayudando con los preparativos, mientras la señora Taylor nos freía a preguntas sobre el instituto. Por suerte, los varones estaban en el piso de abajo, viendo un partido de fútbol americano. Fue la primera vez que semejante costumbre machista no me molestó.
Entré en el comedor para llenar los vasos de agua y me di cuenta de que mamá me había colocado justo al lado de Nate, de modo que la conversación con él resultaría inevitable.
No había tiempo suficiente para cambiar las posiciones en la mesa, pues todo el mundo entraba ya para comer. Mientras cogía un plato, pensé que aquel año mamá se había pasado más que nunca con la comida. Apenas pude encajar todo en el plato en la primera vuelta, aunque me salté la salsa de arándanos, ya que temía mancharme el top. Y también prescindí del «pavo vegetariano», elaborado con soja y trigo. Mis padres no estaban dispuestos a permitir que la tradición se interpusiera en el camino de sus creencias, de modo que me había acostumbrado a darme un atracón a base de ensalada, puré de patata, arroz integral y boniatos.
Nate me seguía en la fila que formábamos junto a la encimera. Alargó el brazo para coger un bollo de pan, colocó su otra mano en la parte de mi espalda que quedaba al aire y frotó el pulgar arriba y abajo. Me quedé paralizada, incapaz de moverme.
—Te he echado de menos —musitó.
Por un momento, estuve a punto de decirle, también con un susurro: «Yo también te he echado de menos». Estaba acostumbrada a semejantes comentarios entre nosotros. En esta ocasión, me esforcé por rechazarlo. Me había pasado meses bloqueando el recuerdo de su tacto, de sus palabras. Sabía dónde acababa conduciendo aquello, invariablemente.
No fui capaz de mirarlo. Me limité a regresar a la mesa.
Después, mientras tomábamos asiento, Nate lanzó una prolongada mirada a mi pecho.
Y yo pensé: «Hasta aquí hemos llegado».
El señor Taylor se giró hacia mí.
—Bueno, Penny, ¿qué me dices de ese club del que tanto he oído hablar?
Estuve a punto de atragantarme con el puré de patata. ¿Cómo se había enterado?
La señora Taylor intervino a continuación.
—Sí, tu madre nos envió un link al artículo del periódico del instituto —si mamá pensaba que la iba a ayudar con los platos, estaba muy equivocada—. Parece muy divertido. Ojalá yo hubiera tenido algo así a tu edad.
Eso significaba que Nate estaba al tanto del club. No me sentí con fuerzas para mirar cómo reaccionaba. En cambio, esbocé una sonrisa y, con tono alegre, respondí:
—Sí, ¡es divertidísimo!
Noté que la mano me empezaba a temblar. Miré a Rita, que me dedicaba una sonrisa de aliento.
—Es fantástico, en serio —Rita lanzó a Nate una mirada asesina—. Sobre todo porque no os podéis imaginar los cretinos redomados que han querido salir con Penny. Así le va mucho mejor.
El señor Taylor sonrió a la vez que asentía.
—Vaya, Penny, es fantástico.
La conversación derivó hacia la política. No pude resistirme a mirar a Nate. Se metía comida en la boca sin parar. Una pizca de pavo vegetariano se le quedó colgando de la barbilla.
¿Y ése era el chico con el que había soñado verano tras verano? ¿Ése era el chico que me había destrozado el corazón? ¿Él?
Una vez terminada la comida y limpia la vajilla, subí a mi habitación para llamar a Tracy. Antes de que pudiera marcar, Nate llamó a la puerta y pidió permiso para entrar.
La idea de estar a solas con él me revolvía el estómago, si bien me figuré que no podía seguir ignorándolo por más tiempo.
Se sentó en una esquina de la cama.
—Ven aquí —me dijo dando palmadas a su lado, en el colchón.
—No, gracias —permanecí junto al escritorio.
Nate se levantó.
—Venga ya, Penny. Te hablaba en serio en mis e-mails. No puedes seguir furiosa conmigo, imposible —se acercó y me puso las manos en los hombros.
Tiempo atrás, todo lo que yo deseaba era notar su tacto. Tiempo atrás, habría dado mi vida por momentos así: los dos juntos, a solas; los dos compartiendo un secreto. Tiempo atrás, mi lista no escrita de novios tenía un único nombre. Tiempo atrás, mi amor por él le hacía hermoso, sin importar cómo actuara, sin importar lo que hiciera.
—Dime qué quieres que haga para mejorar las cosas —susurró, mientras se inclinaba y me frotaba los hombros.
—Para empezar —respondí—, puedes quitarme las manos de encima.
Siguió sin inmutarse.
—Pues antes te gustaba.
Me puse de pie y lo aparté de un empujón.
—Sí, antes me gustaban un montón de chorradas.
Se mostró genuinamente dolido.
—Penny, no hables así. Sé que las cosas entre nosotros no acabaron bien; pero tampoco fue para tanto.
—Tienes que estar de broma, ¡seguro! —no me molesté en controlar el tono de voz.
Escuché sonoros pasos en las escaleras, y a los pocos segundos Rita había entrado en la habitación.
—Hazme un favor, capullo. Apártate de mi hermana.
Me giré hacia Rita.
—Rita, cierra la puerta —puso la mano en el picaporte—. No, en serio, vete —Rita cerró la puerta tras ella.
Nate puso una expresión de triunfo.
—Bueno, esto me gusta más —atravesó la habitación, pero yo alargué la mano.
—Alto.
—¿Por qué te pasas la vida provocando? —me guiñó un ojo.
Noté que la cara se me encendía. Me esforcé todo lo posible por no propinarle un puñetazo.
—¿Cómo puedes quedarte ahí parado y pensar que después de todo lo que me hiciste te iba a perdonar así, por las buenas? Unos cuantos e-mails y esos mensajes chistosos por el móvil no van a variar las cosas.
Entonces, algo cambió en su actitud. Se sumió en una tranquilidad extraña, como si la respuesta fuera la más obvia del mundo, al menos para él.
—Pensé que me perdonarías porque te quiero —respondió.
¡Y se lo creía! Era un farsante, un tramposo, un embustero, un ser despreciable. Pero en ese momento, no había farsa alguna, ni trampas, ni embustes, ni nada despreciable. Nate se lo creía de verdad, aunque tan sólo fuera por un segundo; necesitaba de veras que fuera verdad.
—Nate —le dije—, no te permito que hagas eso. No te permito que digas eso. Me mentiste.
Noté el sabor de la bilis en la garganta.
—Nate, me mentiste.
—Sólo te dije lo que querías oír —replicó, recuperando su actitud defensiva.
—¿Y no se te ocurrió que, a lo mejor, quería oír la verdad?
Me di cuenta perfectamente de lo que estaba ocurriendo. En el minuto mismo en que le desafié, el «te quiero» desapareció.
—Ya lo sabes, Pen. No, no se me ocurrió; porque tú no querías oír la verdad. Desde que éramos niños te has montado un absurdo cuento de hadas sobre nosotros. De modo que sí, hice lo que pensé que tú querías.
—Me utilizaste.
Nate alzó las manos al aire.
—¡Pues no llegué muy lejos, la verdad!
El cuerpo me empezó a temblar.
—Llegaste lo bastante lejos.
—Lo que tú digas. Pero, al menos, hay algo que tienes que agradecerme.
—¿Qué? —tenía que haber oído mal, estaba convencida.
Una sonrisa le cruzó el semblante.
—El Club de los Corazones Solitarios. Es evidente que lo fundaste por mi causa.
La boca se me abrió hasta tal punto que, prácticamente, chocó contra el suelo. Nate pensaba que tenía que darle las gracias, ¡nada menos!
—Ah, venga ya. Tenías que sobreponerte a mí, así que fundaste el club. Para ser sincero, me halaga bastante, muñeca.
Me quedé mirándolo en estado de shock.
Traté de recordar lo que Rita había dicho acerca de actuar como una persona adulta. Podía decirle tranquilamente que estaba equivocado, o bien montarle un espectáculo. Podía ser más madura que él, o bien portarme como una chica corriente de dieciséis años.
Como si hubiera elección.
—Para empezar, vuelve a llamarme «muñeca» y no habrá equipo médico en la faz de la tierra que sea capaz de averiguar que una vez fuiste chico.
Al fin y al cabo, sólo era una chica de dieciséis años.
La sonrisa se le borró de la cara de un plumazo.
—Hablo en serio —continué—. No entiendo qué pude ver en ti. Eres un egoísta de primera. Encima, no eres ni la mitad de guapo de lo que te piensas, y a la hora de una conversación aportas tanto como un saco de patatas. Soy de las que piensan que la gente aprende de sus errores, y déjame que te diga una cosa: tú, Nate, fuiste un error garrafal.
»No sólo estoy decidida a no volver a cometer un error así en toda mi vida, sino que nunca más tendré que soportar tu presencia. No vas a volver a pasar ningún otro verano con mi familia, ¿entendido?
—No puedes obligarme a nada —se cruzó de brazos.
—¿Ah, no? Vale, perfecto —lo agarré del brazo—. Vayamos abajo a contarle a mi madre, punto por punto, todo lo que ocurrió el verano pasado; insisto, todo.
Nate se detuvo en seco.
—Venga ya, Nate. Según tú, no has hecho nada malo. Entonces, ¿dónde está el problema? Creo que a mi madre le encantará escuchar lo que me hiciste, sobre todo porque estabas haciendo muchas más cosas con muchas otras chicas, a la vez. Dios mío, me encantaría estar presente cuando mi madre se lo cuente a la tuya. Es verdad, mamá se va a llevar un chasco por lo mal que elijo a los chicos, y por que su hija haya cedido ante un cerdo como tú; pero, por alguna razón, creo que te dedicará unas cuantas…, en fin, palabras.
Nate se separó de un tirón.
—Penny, basta ya.
—¿Basta ya? No tendrás miedo de mi madre, ¿verdad?
No daba crédito a haber sido capaz de decir todo aquello sin echarme a reír.
—¿Sabes qué? —proseguí—. Este verano saqué algo en claro. Me merezco a alguien mucho mejor que tú. Siempre ha sido así. De modo que, en efecto, debería darte las gracias por ser un completo idiota, ya que me has hecho abrir los ojos y ver lo que me merezco. Al final, las personas que más me importan son mis amigas, y no la gente como tú. No significas absolutamente nada para mí. Y tienes razón: en cierta manera, tu forma de actuar provocó la creación del club, que es lo mejor que me ha pasado en la vida. Pero no te debo nada, que lo sepas.
Me di la vuelta para abandonar la habitación, aunque me lo pensé mejor.
—Y para colmo, Nate, besas como un perro baboso, te huele el aliento y no serías capaz de hacer sentir a una chica como es debido por mucho que tuvieras un manual de instrucciones. Feliz día de Acción de Gracias, capullo.
«De acuerdo, a partir de este momento voy a ser una persona más madura».