Capítulo 9
-No, no podemos hacer eso. Aquí no.
Ike miró a su socio deseando que el pánico que amenazaba con quebrarle la voz no fuera tan evidente. Desgraciadamente, Chase Buchanan lo miraba como si acabaran de salirle dos cabezas, de modo que se imaginaba que había advertido su temor.
-¿Qué significa eso de que no podemos hacerlo? -preguntó Chase. Señaló con el dedo una zona del mapa de Filadelfia que habían coloreado de amarillo-. Este barrio está listo para ser arrasado. Es una zona infestada de bichos y debería haber sido incendiada hace una década. Pronto habrá un parque público rodeado de casas a precios asequibles para los residentes que tengan que ser desplazados. Hemos conseguido todos los documentos oficiales que necesitábamos. Ya no hay nada que nos impida seguir adelante con el proyecto.
Nada, excepto el hecho de que iban a tener que desahuciar a toda la gente del barrio, pensó Ike, aunque al cabo de un tiempo pudieran hacerse con casas más modernas. Por supuesto, ya había ocurrido lo mismo cerca de media docena de veces, se recordó Ike, gracias a él y al contrato para embellecer la ciudad que había conseguido Chase. Pero antes nunca le había importado el hecho de que la gente tuviera que marcharse a la fuerza de sus viviendas.
Hasta entonces siempre había considerado que el precio que se les había pagado por sus casas a los vecinos desahuciados era más que suficiente; además, en el peor de los casos, siempre habían podido trasladarse a un barrio tan deprimente como el que habían habitado hasta ese momento. La mayor parte de los vecinos, sin embargo, terminaban consiguiendo una residencia mucho mejor que la que habían abandonado.
Pero Ike no se había preocupado nunca de aquellas personas porque entonces no conocía a Annie Malone ni a sus niños.
La zona que Chase había coloreado de amarillo en el mapa era precisamente su barrio, y en ese momento tenía apoyado el dedo justo en la calle en la que se encontraba Homestead House. Si dejaba que las cosas siguieran su curso, al final del verano la casa de Annie terminaría convertida en un montón de escombros. Y Annie y los niños estarían... ¿Dónde?, se preguntó Ike.
El problema se complicaba todavía más porque Ike y Chase eran famosos por la velocidad con la que llevaban a cabo sus trabajos. En cuestión de meses, convertían un viejo barrio en un centro comercial o en viviendas públicas. Y con todo el papeleo y la burocracia que implicaba la labor de Annie, la joven iba a necesitar mucho más tiempo para resucitar Homestead House. Eso si tenía alguna posibilidad de resucitarla.
Lo más probable era que Annie se quedara sin casa, sin niños y sin ningún medio de recuperarlos.
-No podemos hacer eso -repitió.
-¿Por qué no?
-Simplemente porque no podemos. Si decidimos utilizar esa zona, habrá que echar a la gente de sus casas.
-Ike,1o que dices no tiene ningún sentido. Cada vez que hemos renovado una zona, la gente ha tenido que marcharse de sus casas. Y la mayor parte de las veces se han alegrado de poder hacerlo. Casi siempre nos reciben con los brazos abiertos.
-La mayoría, pero también nos hemos encontrado con gente que se resistía.
-Pero aun así todos han conseguido viviendas mejores -le recordó Chase-. ¿Hemos recibido alguna vez una carta de queja porque alguien ha llegado a encontrarse en una situación peor de la que estaba?
-No.
-¿Hay algún punto del contrato que implique que alguien pueda salir perjudicado?
-No.
-¿Podemos entonces seguir haciendo este trabajo?
-No. Por lo menos en este barrio en particular. En ese barrio hay niños, Chase, muchos de los cuales no tienen hogar.
-Te refieres a Homestead House.
-¿La conoces?
-Sí, pero no importa. El ayuntamiento la va a cerrar de todas maneras.
Era la primera vez que Ike oía aquella información. Estaba seguro de que Annie no lo sabía, pues en caso contrario se lo habría dicho.
-¿Pero por qué?
-Porque la casa no está en muy buenas condiciones y el barrio no es el mismo que hace diez años, cuando se abrió la casa. El ayuntamiento lleva algún tiempo pensando en cerrarla, pero no lo ha hecho porque hay asuntos que tenían preferencia. Este proyecto sólo va a precipitar las cosas. Esos niños habrían tenido que cambiarse de casa de todas formas, y probablemente terminen en un lugar mejor.
-No cuentes con eso.
-¿Qué?
-Nada.
Magnífico. Annie estaba a punto de perder todo aquello por lo que había luchado durante diez años e Ike iba a contribuir a acelerar ese proceso. Y esa misma noche ella había estado en sus brazos, mirándolo como si él fuera la respuesta a todas sus súplicas.
-¿Con quién puedo hablar para paralizar ese proceso durante algún tiempo? -le preguntó a Chase.
-Con nadie. Ya te he dicho que el proyecto va a seguir adelante. La zona ha sido declarada en estado de ruina, y el ayuntamiento ya ha remitido las cartas a todos los residentes. Mañana las recibirán.
Ike apretó los puños con fuerza.
-¿Y por qué yo no he sido informado?
-Claro que has sido informado. Hace un mes estuviste totalmente de acuerdo con la memoria que habíamos hecho sobre el proyecto, y tú también firmaste la carta que le enviamos al ayuntamiento.
-¿De verdad?
-Claro que sí. Y de pronto, decidiste tomarte más de una semana de vacaciones y no llamaste a la oficina ni una sola vez.
-¿No?
-No -Chase lo miró pensativo-. Francamente,
estaba empezando a preocuparme. Últimamente te has estado comportando de una forma muy extraña -sonrió-. Ahora que lo pienso, empecé a encontrarte raro cuando volviste del Cabo May. ¿Sabes? Sylvie siempre dice que cuando la mujer adecuada entra en la vida de un hombre, siempre pierde la razón durante algún tiempo. ¿Es eso lo que te ha pasado, y ahora por fin has vuelto a recuperar el sentido común?
Ike apoyó la cabeza en las manos y suspiró pesadamente. No había nada en el mundo que pudiera estropearle todavía más el día.
-Sí, creo que ya he recuperado el sentido común. Y ahora mismo me está diciendo que tengo un enorme problema. De hecho...
En ese momento sonó el intercomunicador.
-Señor Guthrie, señor Buchanan, creo que deberían venir ahora mismo.
Chase e Ike intercambiaron una mirada de sorpresa y se dirigieron hacia la puerta. Al otro lado, los empleados miraron nerviosos a sus jefes y después hacia los ascensores, una zona que Ike todavía no podía ver desde el lugar en el que se encontraba. El rumor de la conversación cesó en el círculo de empleados. Había un montón de periodistas, cegándolos con los focos de sus cámaras y los flashes de sus cámaras fotográficas.
Ike empezaba a tener la sensación de estar soñando. Consciente de que no le iba a gustar lo que iba a ver, se dirigió hacia la oficina de recepción seguido inmediatamente por Chase. Cuando al fin vio lo que vio, cerró los ojos con fuerza y comprendió que aquello era lo único que podía estropearle todavía más el día: Annie Malone se había encadenado a la puerta principal de su oficina después de haber convocado a los medios de comunicación.
En ese momento estaba relatando el historial de Homestead House a los periodistas, de forma bastante vehemente. Ike estaba seguro de que a aquella narración le seguiría una condena todavía más apasionada de Buchanan-Guthrie Diseños, la gran corporación que iba a dejar sin hogar a los niños de aquel barrio de Filadelfia.
Al verla, Ike pensó que era muy buena; una auténtica profesional. Parecía una joven dulce, inocente, virginal... a punto de convertirse en víctima de hombres de negocios y políticos sin escrúpulos. Tenía el rostro y la voz de un ángel. El mismo Ike iba a parecer un verdadero demonio cuando se enfrentara a ella.
-¿Qué diablos...? -empezó a decir Chase.
-Será mejor que dejes esto en mis manos -le dijo Ike. Posó una mano en el hombro de su secretaria y la hizo volverse hacia el escritorio-. Llama a mantenimiento y entérate de si alguien tiene unas tenazas.
En el momento en que se acercaba hacia el centro de la escena, los periodistas se volvieron hacia él. Había un representante de todas las emisoras locales y por lo menos una cadena de televisión. Annie debía de haberlos llamado aquella misma mañana, en cuanto hubo recibido la carta del ayuntamiento.
«No pierdas la calma», se dijo Ike cuando los periodistas empezaron a bombardearlo a preguntas. «Ignóralos, no te muestres como un energúmeno. Eso es precisamente lo que quieren». En cuanto a Annie, Ike se negaba a elevarla a la categoría de mártir, especialmente cuando él iba a ser considerado uno de los responsables de su crucifixión. De modo que procuraría parecer lo menos inofensivo posible.
-Annie -le dijo cuando llegó a su lado-. ¿Qué crees que estás...? .
Pero cuando Annie lo miró, se quedó sin habla; jamás lo había mirado con tanta frialdad.
-Canalla -le insultó sin alzar la voz, para que sólo él pudiera oírla-. Mentiroso, manipulador, cerdo...
Justo en ese momento, los periodistas interpusieron los micrófonos entre ellos.
-Señor Guthrie, ¿no es usted uno de los responsables del deshaucio de miles de residentes de Filadelfia?
-Señora Malone, ¿le preocupa que digan que es una militante subversiva?
-Señor Guthrie, ¿es cierto que odia a los niños?
-Señora Malone, ¿es usted la misma mujer cuyo marido murió hace cinco años intentando salvar la vida de uno de sus niños?
Tanto Annie como Ike fulminaron a los periodistas con sus respectivas miradas.
-¿Es que no tienen nada más importante que hacer? -les preguntó Ike-. Dios mío, ¿es que no están sucediendo suficientes acontecimientos verdaderamente preocupantes? Seguro que ha estallado en algún lugar una guerra que es mucho más importante que el pequeño drama que la señora Malone está interpretando para ustedes...
-¿Pequeño drama? -siseó Annie, indignada-. Bueno, supongo que es un comentario muy propio de la mentalidad empresarial norteamericana, ¿verdad?
Ike se volvió de nuevo hacia Annie.
-¿Y qué es lo que entiendes tú por mentalidad empresarial norteamericana?
-Ganar dinero rápidamente y sin escrúpulos.
-Ya veo.
-Lo único que eres capaz de ver es el símbolo del dólar.
-Lo que yo veo es la posibilidad de convertir un barrio peligroso en una zona con muchas más posibilidades.
-Más posibilidades para hacer negocios, querrás decir.
-Más posibilidades para todos los habitantes de Filadelfia.
-No pensarás que soy tan ingenua como para creerme que...
-Lo que yo pienso -la interrumpió Ike, que estaba ya al límite de su paciencia-, es que lo mejor que puedes hacer es dejar de comportarte como una niña y empezar a actuar como una mujer -aquello ya había durado suficiente, y él sabía exactamente cómo acabar con la situación-. Y sé que puedes hacerlo, porque ayer por la noche te comportaste conmigo como una verdadera mujer.
Ike no estaba en absoluto preparado para la sonora bofetada que Annie le propinó de repente. Los periodistas enmudecieron, pero no tardaron en reaccionar.
-¿Ayer por la noche? -corearon todos a una.
-Señora Malone -preguntó uno de los periodistas, acercándole el micrófono-. ¿Mantiene con el señor Guthrie algún tipo de relación sentimental?
-Yo no diría que es una relación sentimental -dijo con voz sorprendentemente tranquila-. Tanto él como su empresa tendrán suerte si no los denuncio.
-¿Qué? -gritó Ike-. ¿De qué demonios estás hablando?
En ese momento sintió que alguien le ponía la mano en el hombro y al volverse se encontró con Chase, que lo miraba fijamente.
-Creo que será mejor que dejes esto en mis manos -le sugirió su socio.
Ike asintió, pero antes de alejarse dijo en voz alta y clara:
-A propósito, Chase, ésta es Annie Malone, la mujer que me compró en la subasta benéfica, con quien pasé un fin de semana en el Cabo May, y que me ha hecho perder el sentido. Annie, este es Chase, mi socio. Creo que os vais a llevar muy bien; los dos pensáis que soy un auténtico zopenco -empezó a caminar, pero antes de alejarse se volvió para decirle a Chase-: Encárgate de decirles a los de seguridad que quiero verla antes de que se la lleven a la comisaría de policía.
-¿A la comisaría de policía? -preguntó Annie, asustada.
-Sí, cariño -contestó Ike mirándola a los ojos. Has allanado mi oficina, me has calumniado, me has amenazado y, por último, me has abofeteado. No sé que tipo de educación has recibido, pero por lo que yo sé, nada de lo que has hecho puede ser considerado correcto. Incluso podríamos decir que es ilegal.
Y sin más, se alejó de ella para dirigirse a su despacho. Con un poco de suerte, se dijo, al cabo de diez minutos ya se le habría ocurrido lo que tenía que hacer.
Annie no podía recordar ningún momento de su vida en el que hubiera estado más furiosa. Le parecía increíble que sólo hubieran pasado unas horas desde que se despertó en una casa llena de sol y de niños, sintiéndose como si su vida fuera un lecho de rosas. Después de estar bromeando con sus voluntarios, Nancy y Jamal, había hecho la habitual lista de compras y había salido a recoger la correspondencia.
Lo primero que le llamó la atención fue el sobre del ayuntamiento; al abrirlo, se le hizo trizas el corazón. Si ya había sido suficientemente malo descubrir que estaba a punto de perder Homestead House, la revelación de que Ike era uno de los responsables de que tuvieran que marcharse de allí había sido devastadora.
En ese momento Annie se encontraba en el despacho de Ike, agarrada con fuerza de los brazos por dos guardias de seguridad. Ike se hallaba sentado detrás de su enorme escritorio, en mangas de camisa, los codos apoyados sobre la mesa y la cabeza entre las manos. No podía verle la cara, pero por su postura, Annie suponía que estaba cansado. Algo de lo cual se alegraba.
Como si acabara de leerle el pensamiento, Ike levantó la cabeza y frunció el ceño al ver a los guardias de seguridad sujetando a Annie.
-Soltadla -los ordenó-. No es una asesina, por el amor de Dios.
Los dos hombres se miraron por encima de la cabeza de Annie y después miraron a Ike, como si dudaran de la conveniencia de su orden.
Soltadla -repitió, levantándose-. Ahora mismo.
Los dos hombres liberaron a la vez a Annie.
-Y ahora marchaos.
-Pero señor Guthrie... -protestó uno de los guardias.
-Fuera.
Los dos hombres volvieron a mirarse y sacudieron la cabeza como pensando que su jefe se había vuelto loco. Ike los observó atentamente hasta que salieron cerrando la puerta tras de sí; luego musitó algo acerca de que tendría que cambiar la compañía de seguridad de la empresa y por último miró a Annie.
-Lo siento, Annie -dijo suavemente. Se metió las manos en los bolsillos y caminó lentamente hacia ella-. ¿Te han hecho daño?
-¿Esos dos estúpidos? -exclamó Annie, frunciendo el ceño-. No, ellos no me han hecho daño. ¿Quieres saber algo más antes de que llames a los Camisas Negras para que vengan a detenerme, pedazo de traidor?
Ike suspiró. Annie se dijo que nunca lo había visto tan cansado.
-Sí, un par de cosas.
-Dispara entonces.
-En primer lugar, quiero que sepas algo. No tenía ni idea de que tu barrio era uno de los que iba a ser...
-¿Arrasado?
-Renovado -la corrigió él.
-No me mientas más, Ike. Creo que ya me has dicho suficientes mentiras.
-Jamás te he mentido, Annie.
Annie lo miró con gesto burlón.
-Todo tú eres una mentira.
-Annie...
-De pronto todo ha cobrado sentido. Ahora entiendo las razones por las que me decías constantemente que me llevara a los niños a otra casa, o por qué me dabas la lata de continuo, diciéndome que la casa era peligrosa para los críos. Por eso apareciste de pronto y empezaste a...
-tA ayudarte a reparar la casa? -terminó Ike por ella-. Sí, claro que tiene sentido, ¿verdad? Estuve sudando como un burro, reconstruyendo prácticamente tu casa, con la idea de derribarla después.
Annie lo miró con el ceño fruncido.
-Piensa en ello, Annie.
-¿No te das cuenta de que ya lo he hecho? Durante toda la mañana he estado intentando imaginarme cómo has podido hacerme algo así -Annie dio unos pasos hacia delante y se derrumbó en un sofá. Alzó los ojos al cielo y suspiró-. Habría apostado mi vida a que estabas sinceramente preocupado por nosotros... por todos nosotros.
-Me importas mucho, Annie, yo...
-Y luego está Mickey -continuó ella, ignorando sus palabras-. De acuerdo, aunque me duela admitirlo, puedo entender que me hayas traicionado a mí; al fin y al cabo soy una adulta y tengo la madurez y la capacidad suficiente para enfrentarme a tu traición...
-Yo no he traicionado a nadie. Nunca...
-... Pero Mickey sólo es un niño -lo miró a los ojos-. Él te quiere, Ike, me lo ha dicho. ¿Te das cuenta de la importancia que eso tiene? ¿Eres capaz de comprender lo que significa que un niño que ha sufrido tanto como él, se abra hasta el punto de ser capaz de admitir que hay alguien que realmente se preocupa por su bienestar?
-No te atrevas a acusarme de haber traicionado a nadie. No te he traicionado a ti... -se apartó del escritorio y empezó a caminar por su despacho como un animal enjaulado-... ni a Mickey -se volvió de pronto y clavó sus ojos en ella-. Y jamás haría nada que pudiera hacerte daño.
-Ya lo has hecho -repuso Annie suavemente-, has hecho daño a todos los que vivimos en Homestead. A la larga, yo sé que lo superaré, pero los niños no. Eres de lo peor con lo que se han encontrado en sus vidas. Eres la confirmación de que no pueden volver a confiar en nadie. Pero algo me dice que no vas a perder el sueño por ello.
Ike se volvió hacia la ventana y permaneció con la mirada perdida en el cielo de Filadelfia.
-Voy a perder algo más que el sueño. Voy a perder mucho más.
Annie se obligó a no dar ninguna importancia al hecho de que Ike pareciera verdaderamente destrozado. Pensó que era un buen actor. De hecho, había sido capaz de convencerla de que significaba algo para él. Annie se lo había creído hasta el punto de que había llegado a fantasear con la idea de que los tres, Ike, Mickey y ella, vivieran juntos algún día como si fueran una verdadera familia. Desde que conoció a Mickey había pensado en adoptarlo, pero siempre se había dicho que una mujer soltera como ella no tendría ninguna oportunidad de sacarlo adelante. Con Ike a su lado, había empezado a pensar seriamente en esa posibilidad. Sin embargo, todo había sido un engaño.
-¿Vas a arrestarme o algo parecido? -le preguntó al cabo de un rato. Quería salir de la oficina de Ike, quería salir cuanto antes de su vida.
-No, no voy a arrestarte -dijo Ike sin volverse-. ¿Tú vas a denunciarme?
Annie se quedó pensando durante unos segundos.
-Todavía no lo he decidido -respondió al fin.
-Cuando lo decidas, me gustaría que me lo dijeras.
-Sí, claro. Me pondré en contacto contigo.
-No lo he dudado ni por un segundo.
Annie se dirigió silenciosamente hacia la puerta, agarró el picaporte y empezó a abrirla.
-¿Annie?
Annie giró sobre sus talones, y vio que Ike seguía al lado de la ventana.
-¿Sí?
-¿Es cierto que Mickey te ha dicho que me quiere?
Annie vaciló un instante antes de contestar:
-Sí. Me lo dijo el sábado por la noche, cuando lo estaba acostando. No dejaba de abrazar a ese búho que le compraste en la juguetería, como si fuera el objeto más preciado del mundo. Justo cuando iba a apagar la luz de su cuarto, me dijo que te quería -se secó las lágrimas que le inundaban los ojos y continuó-: Nunca había dicho nada parecido de nadie. Ni siquiera de mí.
Ike asintió casi de manera imperceptible, pero no dijo nada más.
Annie abrió la puerta y salió de la oficina intentando olvidar la manera en que su corazón parecía haber dejado de latir. En vez de pensar en ello, concentró todas sus fuerzas y energías en encontrar una solución para que Homestead House continuara viva.