Capítulo 3
Ike no necesitaba haberse preocupado de que Annie se tomara en serio su anterior comentario acerca de su forma de vestir. Cuando llamó a su puerta varias horas más tarde, ella le abrió ataviada con un vestido largo hasta los pies, con un fila de botones que le llegaba hasta el cuello, de color burdeos y estampado con flores amarillas. Como únicos adornos lucía unos aros de oro y una cinta de terciopelo granate alrededor del cuello, y se había recogido el pelo en una larguísima trenza que le caía por la espalda.
Ike pensó que todavía seguía pareciendo una hippie; pero había algo en su indumentaria que le resultaba mucho más que atrayente. «El pachuli», pensó en seguida. Ese era el perfume de Annie Malone. Pero sólo era una leve, delicada fragancia; limpia, fresca y suavemente exótica, como la propia mujer. Por alguna razón, Ike sintió ganas de inclinarse y enterrar la cabeza en la curva de su cuello para embeberse de su perfume. Y sólo con un gran esfuerzo consiguió refrenarse.
-Estás encantadora. -le dijo, para sorpresa de la joven y de él mismo.
-Gracias -repuso ella. Se fijó en su traje gris, su camisa de color lavanda pálido y su corbata de seda de tonos pastel, y luego sonrió maliciosa-. Tú tienes una apariencia esplendorosa.
-Lo dices de una forma que parece cualquier cosa menos un cumplido -la miró entrecerrando los ojos.
-Oh, precisamente esa era mi intención -replicó con tono juguetón, ampliando su sonrisa.
-Ya veo -sonrió Ike-. Sin duda alguna, prefieres un hombre en camiseta, vaqueros y botas de montaña, ¿verdad?
Annie extendió una mano hacia su corbata, tan colorida que parecía una pintura abstracta, le dio la vuelta y observó su etiqueta. Luego, volviendo a colocársela, explicó:
-Hey, la corbata Jerry García la llevas tú, Ike, yo no...
Era la primera vez que Annie lo llamaba por su nombre. Seguía mirándolo a los ojos, delineando con un dedo el extraño diseño de su corbata, en apariencia inconsciente de las reacciones físicas que le estaba provocando con aquel gesto. Antes de dejarse llevar por los pensamientos que le sugería el movimiento de su mano, Ike se la tomó para llevársela a los labios.
-Tienes razón -dijo después de besar la cálida piel de su palma.
Hubiera querido decir más, algo acerca de que la época de los sesenta seguía perviviendo en aquellos días, por mucho que pretendieran exorcizarla. Pero el sabor y el tacto de su piel parecían haberle entumecido los labios. Annie Malone era tierna y cálida. No sabía cómo podía estar tan seguro conociéndola de tan poco tiempo, pero sabía que era así, por mucho que intentara aparentar lo contrario. Y cuando Ike se dio cuenta de que inconscientemente pretendía volver a besarle la mano para hacer una más íntima exploración, se apresuró a soltársela.
-Será mejor que nos vayamos -dijo, esperando que su voz sonara más firme de lo que sentía-. Nuestra reserva es para las siete.
Annie asintió en silencio y lo precedió por el pasillo. Ike la seguía de cerca, observando interesado la forma en que se balanceaba la falda de su vestido al ritmo marcado por sus caderas. Suspiró. Se había pasado toda la tarde en el Cabo May mirando a Annie de esa forma, preguntándose cómo era posible que le hubieran molestado tanto en un principio sus holgados vaqueros, cuando se adaptaban a sus caderas de una forma tan deliciosa. Decidió que aquella mujer tenía una manera muy especial de andar. Y él no podía evitar sentirse como hipnotizado por su forma de moverse.
Annie podía sentir su mirada fija sobre ella mientras bajaban las escaleras, de la misma forma que la había sentido durante toda la tarde. «Por el amor de Dios, ¿qué diablos estará mirando tanto?», se preguntó. Ya le había expresado su opinión sobre su manera de vestir, y también sabía que no le satisfacía su peinado. Evidentemente ella no le gustaba, e incluso se lo había dicho a la cara. Aunque estaba orgullosa de su vestido, sabía que estaba pasado de moda y que no revelaba nada interesante. «Entonces, qué es lo que está mirando con tanto interés? ¿Y qué pasa con el beso que me ha dado en la mano hace un momento?», se preguntó Annie. Cerró los ojos por un instante al recordar la dureza de su torso que había podido sentir bajo sus dedos cuando le alisó la corbata. Siempre había pensado que los ejecutivos eran gruesos y fofos. Pero Ike debía de hacer ejercicio físico con regularidad, porque tenía un cuerpo duro como una roca...
«Para», se ordenó cuando sus pensamientos empezaban a volverse demasiado gráficos. Al llegar al pie de la escalera, se obligó a detenerse para dejar que Ike la alcanzara, diciéndose que no tenía sentido empezar a huir de él sólo porque le hubiera besado la mano, o porque su ardiente beso le hubiera estremecido el corazón... De nuevo cerró los ojos por un instante, recordándose que no le gustaba Ike Guthrie. Desgraciadamente, esa animosidad que desde un principio había sentido contra él parecía haberse evaporado.
Intentó relajarse cuando él se colocó a su lado y la tómo del brazo para llevarla hacia el comedor. La Hanson House era tan renombrada por su comida como por su hospitalidad, y Annie comprendió el motivo casi de inmediato. Envuelto en penumbra, el comedor tenía una apariencia íntima, acogedora, con candiles de cristal en cada mesa.
-Este sitio es precioso -comentó Annie una vez que el jefe de camareros los llevó a su mesa. Intentó no fijarse demasiado en la forma en que la luz de la vela arrancaba reflejos dorados al cabello de Ike, en la manera en que la penumbra sombreaba sus rasgos... pero fracasó miserablemente.
-Sí, en efecto -repuso Ike mientras tomaba su menú-. Y supongo que por completo diferente de los lugares en que habitualmente cenas.
Annie ya había tomado su menú dispuesta a examinarlo cuando lo cerró de repente y lo lanzó sobre la mesa al escuchar ese comentario.
-¿Qué se supone que has querido decir con eso? -exigió saber.
Ike la miró sorprendido, sin comprender por qué se había puesto tan furiosa.
-¿Por qué no dejas de hablarme como si fuera una palurda mísera e ignorante?
-Yo no...
-Sí, tú sí. Casi todo lo que me has dicho desde que fuiste a buscarme esta mañana ha sido insultante. Y quiero saber por qué.
-Eso no es verdad -Ike parecía genuinamente sorprendido por sus palabras.
-Has insultado mi casa -Annie comenzó a contar con los dedos-. Has insultado a mi barrio; mi manera de vestir; mis ideas y mi forma de vida. Me has insultado, y continuamente. Y ahora te digo que dejes de hacerlo. Ya.
Ike abrió la boca para replicar algo, pero al parecer se lo pensó mejor y dijo simplemente:
-De acuerdo, lo siento. No era mi intención. Y no volverá a suceder.
-Gracias -repuso Annie, tomando su menú.
Siguió un incómodo silencio mientras cada uno parecía fascinado por la lectura de su menú. Cuando apareció el camarero de los vinos, Ike le pidió algo y el hombre volvió al poco rato con una botella de aspecto añejo. Annie observó cómo Ike sonreía y asentía con expresión aprobadora; luego el camarero abrió la botella y le sirvió una copa. Ike la saboreó, murmuró algo en tono satisfecho y asintió de nuevo. Entones el camarero sirvió a Annie y volvió a llenar la copa de su acompañante.
El episodio habría durado escasamente un minuto, pero a Annie le pareció una eternidad. El corazón le había dado un vuelco al observar cómo Ike saboreaba el vino. La respiración se le había acelerado y sentía una extraña debilidad; estaba ruborizada y le sudaban las manos. ¿Cómo era posible que se sintiera como si acabara de hacer el amor con ese hombre, cuando no había hecho nada más que observarlo mientras saboreaba una copa de vino?
«Es su boca», decidió. Ike tenía una boca muy sensual, de labios llenos y apariencia suave. Y casi sin darse cuenta, de repente Annie empezó a imaginarse cómo sería el contacto de aquellos labios sobre la delicada piel de la parte interior de sus muslos.
-Oh, caray -murmuró, cerrando los ojos en un esfuerzo por disipar aquella imagen que, sin embargo, seguía firmemente grabada en su cerebro.
-¿Qué?
Annie oyó la pregunta de Ike, pero mantuvo los ojos cerrados durante un instante más, todavía incapaz de expulsar aquella imagen de su mente. Cuando al fin los abrió de nuevo, vio que él la estaba mirando de una manera muy extraña. Como si quisiera tumbarla sobre la mesa y hacerle el amor allí mismo, delante de todo el mundo. Ese descubrimiento, obviamente, sólo consiguió excitarla aún más.
-Yo... bueno... -sabía que estaba tremendamente ruborizada, y de nuevo levantó la carta para disimularlo-. He dicho: «caray». Caray, mira qué variedad de platos hay en el menú. ¿Cómo voy a poder elegir?
-No es eso en lo que estabas pensando -repuso Ike, sonriendo y mirándola diverido-. Yo sé exactamente lo que estabas pensando hace un momento -añadió suavemente, haciendo a un lado la carta-. A menudo he visto esa mirada en el rostro de una mujer. Estabas pensando en comer algo, pero no precisamente en la cena.
-Oye, ¿sabías que tienes un ego brutal? De hecho, estaba pensando precisamente en la comida. Estaba pensando que la pechuga de pollo en salsa de Ike... quiero decir, en salsa de vino -se apresuró a rectificar- debe de estar deliciosa. Para cenar.
-Ya veo -repuso Ike, riendo entre dientes y cruzando los brazos sobre el pecho-. Puedo imaginarme perfectamente lo que estás pensando para el postre.
-Tarta de queso -dijo Annie después de echar otro vistazo al menú.
-Qué gracia, yo había pensado en lo mismo.
Esa vez, cuando Annie lo miró, toda diversión había desapercido de su rostro para ser sustituida por un deseo inequívoco.
-Bueno, pues tendrás que pedirte una -le aseguró, esperando que su voz no reflejara el temblor que sentía por dentro-. Porque no pienso compartir la mía contigo.
Ike no dijo nada: simplemente continuó mirándola fijamente. Afortunadamente el camarero apareció para tomarles la orden y la tensión sexual del ambiente se disolvió. Pero no completamente. Mientras se llevaba su copa a los labios, Annie pensó que todo lo que tenía que hacer era salir con bien de aquella velada. Al día siguiente, después de la comida, volverían a Filadelfia. A la luz del día, sabía que podría ver a Isaac Guthrie tal como era y comportarse de manera consecuente con ello. Pero la oscuridad de la noche la traicionaba. Por la mañana, las cosas volverían a resultar claras una vez más.
Para su desgracia, pensó mientras volvía a dar otro sorbo a su vino, todavía quedaban doce horas hasta entonces. Y muchas cosas podrían suceder en ese tiempo.
«Sólo quedan diez horas», se dijo Annie al tiempo que consultaba su reloj, mientras Ike procedía a pagar la cena firmando un cheque. Los dos se las habían arreglado para terminar de cenar sin hacer ninguna otra referencia con doble sentido a la comida, así que el resto tendría que ser tan fácil de tragar como una tarta de queso. Reprobándose por el símil utilizado, la joven se dispuso a retirar la silla para levantarse de la mesa. Pero antes de que pudiera hacerlo, se le adelantó Ike, galante.
-Gracias -dijo maldiciéndolo en silencio por su estatura, que la obligaba a levantar tanto la cabeza para mirarlo.
-De nada -repuso él, mirándola fijamente y colocándole la larga trenza sobre un hombro.
Al hacerlo le rozó un seno y, aunque Annie intentó concederle el beneficio de la duda, sabía que lo había hecho deliberadamente. Debería haberse sentido ofendida pero, por alguna extraña razón, se sentía animada, incluso exultante.
-Demos un paseo -le sugirió Ike mientras salían del comedor-. Por la playa -le murmuró al oído-. A la luz de la luna.
Sabía que ése era el último lugar de la tierra al que debería ir con Ike Guthrie. Pero a pesar de ello, se descubrió a sí misma asintiendo mientras abandonaban la pensión.
La temperatura de la costa era perfecta. La noche era levemente fresca, y no había nadie en la playa excepto ellos dos. Annie se sentía relajada y satisfecha mientras se quitaba los zapatos para pisar descalza la arena. Y cuando Ike se quitó la chaqueta y se la echó sobre sus hombros con naturalidad, a la joven le pareció la cosa más natural del mundo arrebujarse en ella para saborear su calor y su perfume.
Mientras guardaba sus zapatos en los bolsillos de la chaqueta y se abrigaba más con la prenda, Ike seguía andando a su lado, sin prisa, con el rostro perfilado contra las débiles luces de los restaurantes y hoteles del otro lado de la calle. Una media luna colgaba en el cielo, cubriendo de plata las olas.
Durante un buen rato continuaron paseando sin hablar. Luego, Ike le tomó la mano y entrelazó los dedos con los suyos.
-¿Cómo falleció tu marido?
La pregunta cortó el silencio y la oscuridad como un cuchillo, clavándose en el corazón de Annie.
-¿Por qué me preguntas eso?
-Lo siento -repuso Ike después de vacilar por un momento y continuar andando-. Simple curiosidad, supongo. Ya sé que no es asunto mío. Pero eres tan joven para haber sufrido una pérdida semejante... ¿Qué edad tenías cuando murió? ¿Veintisiete? -cuando ella asintió, añadió-: Es un dolor muy grande cuando se es tan joven.
-Es un dolor muy grande a cualquier edad -lo corrigió ella.
-Entonces, ¿cómo sucedió?
-Intentó intervenir en una disputa doméstica y le dispararon.
-¿Qué era él? ¿Un policía? -le preguntó Ike, deteniéndose para mirarla directamente.
-No, era un trabajador social, como yo. Nosotros fundamos la Homestead House y la administramos juntos.
-¿Entonces cómo es que le dispararon?
Annie suspiró y siguió andando, incapaz de quedarse quieta cuando los recuerdos de aquella noche se le acumulaban en la cabeza. Ike la soltó y caminó detrás de ella, como si sintiera su necesidad de espacio.
-Una de nuestras niñas había sido colocada en una familia de acogida -empezó a decir-, pero no muy buena, me temo. Una noche nos llamó cuando sus padres adoptivos estaban discutiendo. El marido le estaba pegando a la mujer, y Lori estaba tan aterrada que no sabía qué hacer, así que nos llamó a nosotros. Nosotros llamamos a la policía, pero como el apartamento estaba muy cerca, Mark salió y llegó allí antes que los agentes. Cuando intentó detener al tipo, éste se volvió y le disparó tres tiros. Una bala le atravesó la aorta, y Mark murió instantáneamente.
Annie pensó en lo sorprendente que era que pudiese hablar con ese tono práctico de un suceso que tanta trascendencia había tenido en su vida. Todos los tópicos acerca del paso del tiempo habían demostrado ser más o menos ciertos y, teniendo en cuenta lo sucedido, ella había salido adelante bastante bien. La recuperación había sido gradual, a base de pequeñas victorias. Primero, había encontrado la fuerza necesaria para levantarse de la cama por las mañanas. Luego, había empezado a comer otra vez. Después, se había sorprendido a sí misma conversando y compartiendo su dolor con los demás. Y por último, se las había arreglado para empezar a sonreír ocasionalmente.
Los niños habían tenido un papel fundamental, ya que dependían de ella. Y en último término, habían sido los únicos responsables de que saliera del negro abismo al que descendió después de la muerte de su marido. Esa era una de las cosas que la ataban a ellos con tanta fuerza. Los niños habían entrado y salido de Homestead House desde entonces, pero la relación de Annie con ellos nunca había cambiado. Los necesitaba y ellos la necesitaban a ella; era así de simple.
-Lo lamento, Annie -la voz de Ike sonaba tensa y vacilante.
-Eso sucedió hace mucho tiempo -repuso ella encogiéndose de hombros y contemplando el mar oscuro-. Casi toda una vida.
Más que verlo, Annie lo sintió moverse hasta que se colocó a su lado.
-Lo lamento de todas formas. Eso no debería haberle sucedido a alguien como tú.
-Gracias -repuso ella extendiendo una mano, que él estrechó de inmediato.
-Me encantan las noches como ésta -comentó Ike mirando el cielo, mientras echaban a andar de nuevo-. Es una pena que la primavera no dure todo el año.
Annie se sintió agradecida por el cambio de conversación, y comprendió que Ike lo había hecho para librarla de aquellos negros pensamientos. Quizá no fuera tan mal tipo después de todo. Y quizá, sólo quizá, aquel fin de semana no fuera una completa pérdida de tiempo.
-Sí -aspiró profundamente el aire fresco-, tienes razón. Bueno, ¿y qué hay acerca de ti?
-¿Acerca de mí? -Ike parecía sorprendido por su pregunta.
-¿Te has casado alguna vez?
-Nunca.
-¿Has estado a punto de hacerlo?
-Ni una sola vez.
-¿Cómo es posible?
-¿Es que no es obvio? -inquirió Ike con la misma expresión de asombro.
-Lo que es obvio es que eres un hombre inteligente, sensato, relativamente atractivo...
-¿Relativamente atractivo?
-... y, en cierta forma, de agradable conversación -terminó ella con una risita.
-¿En cierta forma?
-Bueno, no hay que exagerar.
-No me importaría -rió Ike- que exageraras...
-De acuerdo, eres un hombre estupendo, rico, un buen partido, Ike. Entonces, ¿cómo es que no te ha acorralado ninguna mujer?
-¿Estupendo? ¿Crees que soy un hombre estupendo? -inquirió Ike después de mirarla pensativo.
-No me digas que estás sorprendido.
-Te juro que sí. No de que yo sea estupendo, sino de que tú lo reconozcas.
-Ike...
De nuevo se detuvo, la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí. Antes de que Annie supiera lo que estaba sucediendo, Ike inclinó la cabeza y la besó una sola vez, fugazmente, en el pulso que latía en su cuello. Luego se irguió y la miró a los ojos.
-Me gusta la forma que tienes de pronunciar mi nombre. Dilo otra vez.
Annie apenas estaba en condiciones de recordar el suyo propio.
-¿De qué estás hablando? -le preguntó en un murmullo-. ¿De cuántas maneras se puede pronunciar? Sólo tiene tres letras y una sola sílaba. Ike. tCómopuedes...?
El la interrumpió para besarla de nuevo, pero en esa ocasión con mayor intensidad y urgencia, tomándose su tiempo para saborear su boca. Annie no pudo hacer otra cosa más que devolverle el beso. Sin pensar, deslizó las palmas de las manos por su pecho sintiendo que la chaqueta se le caía de los hombros al hacerlo. Al sentir el suave tacto de la fina tela de su camisa bajo los dedos, la asaltó un deseo semejante al de él. Su boca era cálida, húmeda e insistente, y Annie lo abrazó cada vez con más fuerza hasta casi fundirse con su cuerpo. Nunca la habían besado así antes. Jamás. Mark había sido mucho menos...
El rostro de su marido muerto asaltó entonces su cerebro; se apartó de Ike y retrocedió dando tumbos, cubriéndose la boca con una mano y los ojos con la otra. Luego giró en redondo, dejó caer ambas manos a los lados... y corrió lo más rápido que pudo.