Capítulo 8
Debía de estar soñando. Esa era la única explicación que se le ocurría a Annie para la situación en la que se encontraba. Hacía años que no presenciaba un partido de béisbol; no había vuelto a pisar un estadio desde la muerte de su marido y, desde luego, jamás se había sentado en un palco reservado detrás de la base del bateador.
Sin embargo, el ambiente le resultaba familiar; hacía calor, el cielo estaba increíblemente azul... Todo lo demás estaba como siempre. Los rugidos de la multitud, el olor a galletas saladas y a perritos calientes, el sol calentándole la espalda... Si cerraba los ojos, casi podía convencerse a sí misma de que los cinco últimos años no habían pasado y de que estaba disfrutando de un partido de sábado por la tarde en compañía de Mark.
Abrió los ojos. Los dos hombres que la acompañaban eran aficionados tan entusiastas como lo había sido Mark, y al igual que él, llevaban las imprescindibles gorras de béisbol de color granate y se atiborraban de perritos calientes. Mickey sorbía sonoramente una limonada aguada y Ike acompañaba la comida con una cerveza sin fuerza y casi caliente. Ambos llevaban gafas de sol, pero mientras que las de Ike eran un lujoso modelo de marca, las de Mickey eran de plástico azul con un dinosaurio dibujado en el puente.
Annie sonrió. En el fondo, nada había cambiado. Estaba disfrutando de un partido de béisbol un sábado por la tarde con el hombre al que amaba.
Le parecía increíble que apenas la noche anterior los dos se hubieran dejado arrastrar por un frenético deseo; tenía la sensación de que había transcurrido mucho más tiempo, en vez de solamente veinticuatro horas. Después de la desbordante pasión que los había unido, Ike la había llevado a su casa a las dos, pero se habían quedado en el porche hasta mucho más tarde. Ike se había tomado su tiempo para despedirse. Al día siguiente Annie se había despertado convencida de que el episodio de la noche anterior no había podido ser más que un sueño. Hacer el amor con Ike había sido algo demasiado perfecto, totalmente diferente de todo lo que había experimentado hasta entonces. Era imposible que hubiera sido algo real.
Pero a los pocos minutos había sonado el teléfono de la mesita de noche, y una voz somnolienta e inconfundiblemente cariñosa le había recordado con todo tipo de detalles los maravillosos sucesos de aquella noche. Fue entonces cuando se convenció de que no había sido un sueño; de que realmente había hecho el amor con Ike y de que se había enamorado de él.
¿Pero realmente el amor podía manifestarse tan rápidamente?, se preguntaba. ¿Sería amor lo que sentía por Ike? Quizá solamente se tratara de la reacción lógica a aquel despertar de su cuerpo, después de cinco años de inactividad, y estuviera confundiendo unas sensaciones puramente físicas con el amor. En cualquier caso, lo único que podía hacer era esperar y ver cómo se iban desarrollando los acontecimientos.
-cStrike? -gritó Ike, mirando enfadado al árbitro y sacando al mismo tiempo a Annie de su ensueño. Se levantó y Mickey lo imitó.
-¿Strike? -repitió el niño, en el mismo tono de indignación.
-¿Cómo va a ser un strike? -insistió Ike, sacudiendo el puño.
Mickey apretó su manita y la ondeó en el aire.
-Eso, ¿cómo va a ser un strike?
-Uno de estos días, este árbitro... -gruñó Ike, exasperado, y se sentó de nuevo.
-Uno de estos días... -repitió Mickey, sentándose a su vez.
Annie no pudo evitar soltar una carcajada. En cuanto entraron en el estadio, Mickey se había quedado boquiabierto por la impresión, y prácticamente no había cerrado la boca desde entonces, haciendo preguntas y observaciones sobre todo lo que veía. Había hecho comentarios sobre los hábitos higiénicos de la gente que estaba sentada más cerca de ellos, del vendedor de helados... incluso había llegado a preguntar por qué el cielo era azul y el campo verde. Y para asombro absoluto de Annie, Ike había contestado cada una de sus preguntas con la paciencia de un padre modelo.
En la séptima manga, Mickey anunció que quería ir al baño.
-Así podremos comprar más perritos calientes -comentó Ike-. ¿Qué te parece, Annie?
Annie se palmeó el estómago.
-No, gracias. Con tres ya he tenido suficiente. Pero os acompañaré para estirar las piernas.
Empezaron a caminar los tres. Mickey iba en medio de ellos y cuando la multitud amenazó con separarlos, Ike levantó al niño en brazos como si fuera el gesto más natural del mundo. Annie observó atentamente la reacción del niño. Al principio, puso las manos en los hombros de Ike y lo empujó con firmeza. Cuando Ike lo miró con curiosidad, Mickey pareció tranquilizarse y lo observó a su vez durante un buen rato. Ambos llevaban puestas las gafas de sol de modo que Annie no pudo calibrar sus reacciones con precisión, pero comprendió que la tensión del niño iba en aumento. Sabía que a Mickey no le gustaba que la gente se acercara tanto a él, sobre todo la gente a la que no conocía, pero parecía tolerar a Ike mejor que a la mayoría.
Lentamente la angustia de Mickey fue desapareciendo y, después de un momento de recelo, se relajó y dejó que Ike lo cargara sobre los hombros sin resistirse. Annie se dijo que Ike no podía apreciar el significado de aquella aparente fácil capitulación de Mickey, pero ella estaba realmente impresionada. Al parecer, no era la única que había sucumbido a la atracción de Ike Guthrie.
-Voy a adelantarme para ir haciendo cola en el puesto de los perritos -les comentó Annie, y se separaron.
Cuando vol-vieron a reunirse la joven observó que Mickey iba andando; Ike lo seguía unos pasos detrás de él, dejándole todo el espacio que necesitaba. Parecía haberse dado cuenta de que lo había puesto en una situación incómoda al llevarlo sobre sus hombros, y pretendiera remediarlo caminando tras él a una respetuosa distancia. Annie se dijo que Ike era mucho más observador de lo que había pensado en un principio. De todas formas, no debía de extrañarse tanto de que hubiera advertido las aprensiones de Mickey cuando a ella prácticamente le había leído el pensamiento desde la noche que pasaron juntos en el Cabo May.
Cuando volvieron al palco, Mickey se les adelantó para observar el juego de cerca y poder imprecar al árbitro. Ike se sentó al lado de Annie, en el asiento que anteriormente ocupaba Mickey y, para deleite de la chica, le pasó un brazo por los hombros.
-¿Te estás divirtiendo? -le preguntó.
-Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien -respondió Annie, asintiendo-. Demasiado tiempo, quizá.
-Sé lo que quieres decir. A veces estamos tan atrapados por las cosas que nos parecen importantes, que nos olvidamos de las que realmente lo son -se interrumpió durante unos segundos y añadió-: Siento lo sucedido.
-tA qué te refieres? -le preguntó Annie, sorprendida.
-Al rato que le he hecho pasar a Mickey levantándole en brazos. Lo hice sin pensar; no se me ocurrió que podría asustarlo que alguien tan grande como yo lo levantara sin previa advertencia. Me sorprende que no haya terminado montando una rabieta.
Annie apoyó la cabeza en el hombro de Ike.
-No te culpes por ello. Al final no ha pasado nada. De hecho, a Mickey le gustas mucho.
-Háblame de él.
-¿De Mickey? -le preguntó Annie, extrañada.
-Sí. Me comentaste que había sufrido malos tratos de sus padres.
-Hicieron mucho más que maltratarlo. Le pegaban de forma brutal. Mickey sólo tenía cinco años cuando se vino a vivir con nosotros, pero ya le habían roto algún hueso más de una vez.
-Creo que no quiero saber más detalles.
-No me sorprende.
-Pero sí me gustaría saber más cosas sobre él.
-¿Por qué?
-No lo sé. Simplemente porque Mickey es un niño que me gusta. Es un buen chico. Me sorprende que sea como es después de las duras experiencias que ha sufrido.
-Sí, supongo que tiene un buen carácter. Pero también lo han ayudado mucho los dos terapeutas que han trabajado con él. Además, nos ha tenido a mí y al resto de los empleados y los niños de Homestead cuidándolo de cerca.
-¿Ha necesitado un par de terapeutas?
-Hace falta mucha ayuda profesional y mucho tiempo para llegar a anular los efectos de ese tipo de malos tratos. Esa es la razón por la que siempre andamos con problemas de dinero.
Ike asintió, pero Annie no sabía si realmente la comprendía.
-Y para colmo -dijo Ike al cabo de unos segundos de silencio-, yo no he hecho otra cosa que asustar a Mickey desde el día que lo conocí.
-Pero Ike... -repuso Annie, tomándolo de la barbilla-. ¿Es que no te has dado cuenta de lo que ha pasado esta tarde, cuando lo has levantado en brazos?
-¿Aparte de heberlo asustado? No.
Annie sacudió la cabeza y sonrió.
-Al principio estaba asustado, es verdad, pero al final se ha dado cuenta de que lo habías hecho porque estabas realmente preocupado por él y no porque quisieras hacerle daño. Ha sido todo un logro para Mickey, y tú lo has ayudado a llevarlo a cabo. Has hecho algo estupendo, Ike.
-¿De verdad? -inquirió él, tomándole la mano.
-De verdad. Pero tengo que admitir que al principio yo misma me sorprendí de que no se rebelara cuando lo levantaste.
-¿Sólo al principio?
-Después me di cuenta de que Mickey tiene de ti la misma opinión que yo.
-¿Y cuál es esa opinión, Annie?
-Que eres un buen tipo, Ike. Y creo que Mickey lo sabe instintivamente.
-¿De verdad piensas eso?
-Estoy segura.
-Pero no siempre has pensado lo mismo. En el Cabo May, por ejemplo...
-En el Cabo May no te conocía.
-¿Y ahora me conoces?
Annie abrió la boca para contestar que después de lo que había pasado la noche anterior, por fuerza tenía que ser así. Pero la cerró al sentir una punzada de inseguridad. Que hubiera hecho el amor con Ike no significaba que lo conociera bien, se recordó a sí misma. En realidad, sólo lo conocía desde hacía unas cuantas semanas, y ya se había equivocado a juzgar a la gente en otras ocasiones.
-Por supuesto que te conozco -contestó, a pesar de todo.
-Me alegro de que me lo digas, porque ya estaba empezando a .preguntarme si siempre ibas a estar quejándote de mí.
Antes de que la joven pudiera contestar, la acercó hacia sí y le dio un beso.
-Cuándo podré verte otra vez? -le preguntó.
-Ya me estás viendo ahora -contestó la joven, riendo nerviosa.
-Ya sabes lo que quiero decir -apoyó la frente en la de ella-. ¿Cuándo podremos volver a hacer el amor?
-Ike, yo...
-¿Qué te parece esta noche?
Annie gimió. No había nada en el mundo que le apeteciera más, pero no estaba segura de que fuera una buena idea. Los sentimientos que Ike había despertado en ella eran tan diferentes de los que había experimentado hasta entonces, que necesitaba tiempo para acostumbrarse. Había pasado mucho tiempo sola, preocupándose únicamente de los niños, y de pronto aparecía Ike pidiéndole que abriera de par en par una parte de sí misma que había mantenido cerrada durante años. Necesitaba tiempo para pensar en todo lo ocurrido.
-No puedo -respondió no muy convencida.
-¿Por qué?
-Porque... -suspiró y decidió decirle la verdad-. Porque estoy asustada.
-¿Asustada? ¿Todavía estás asustada? ¿Pero por qué?
-Por lo que me has hecho -musitó-. Hace mucho tiempo que no me sentía así. Bueno, quiza nunca me haya sentido así. Lo siento, pero no puedo meterme en una aventura sin pensar en nada más.
-¿Es eso lo que piensas de lo nuestro? ¿Que es una aventura?
-No sé lo que es -respondió sinceramente-. Ese es el problema. No puedo precipitarme hasta que no esté segura de...
-¿De qué?
Annie se encogió de hombros. Ni siquiera ella sabía exactamente lo que quería decir.
-Lo único que quiero es que las cosas vayan lentamente, ¿de acuerdo?
Ike asintió, pero Annie era consciente de que no le había gustado su respuesta. Cuando él abrió la boca quizá para pedirle que le explicara sus temores, apareció Mickey con una pelota de béisbol autografiada.
-¡Mirad lo que me ha dado el árbitro! -les mostró triunfante.
-¡Guau! -exclamó Ike, impresionado-. Es verdaderamente maravilloso. Hay poca gente que tenga una pelota de béisbol autografiada por todo un equipo.
-Sí, me la ha dado el árbitro y después me ha dicho que fuera a enseñársela a mi padre... -frunció el ceño-. Pero como... hum... no tengo... -suspiró y se quedó mirándo a Ike. Al cabo de unos segundos, le entregó la pelota arqueando las cejas y mordiéndose el labio-. Ike, no te importará que te la enseñe a ti, ¿verdad?
-Claro que no. Es estupenda -Ike retiró el brazo de los hombros de Annie como si fuera a abrazar al niño, pero luego pareció pensárselo mejor y lo apoyó en la rodilla.
Mickey volvió la cabeza para mirar al árbitro, y después se volvió hacia Ike con expresión ansiosa.
-No creerás que me la ha dado para librarse de mí, ¿verdad?
-Qué va -le aseguró Ike inmediatamente-. ¿A quién se le ocurriría hacer una cosa así? Eres uno de los mejores conversadores que conozco.
Mickey asintió; parecía más tranquilo.
-¿Ike?
-¿Sí, Mickey?
-¿Qué es un con... un conver...? -suspiró exasperado-. ¿Qué es eso que has dicho?
Ike le quitó la gorra y despeinó cariñosamente la cabeza.
-Que eres mi amigo -le dijo al niño.
-¿Sí?
-Sí.
Ike ni siquiera se acordaba de la última vez que había estado en una juguetería, y tampoco estaba muy seguro del motivo que le había llevado hasta aquella. Lo único que sabía era que Annie y Mickey habían subido a su coche, y que al poco tiempo habían entrado en una de las mayores jugueterías de la ciudad.
En ese momento Ike estaba escondido detrás de un muñeco enorme, introduciendo un dardo de plástico en su rifle láser y esperando a que su mayor enemigo, llamado Mickey, se rindiera. Al mismo tiempo se dedicaba a analizar todas las probabilidades que tenía de asaltar la fortaleza de Mickey, una versión a escala del palacio de Cenicienta, situado al otro extremo de la sala.
-Mickey no puede estar tanto tiempo esperando al acecho -le susurró Annie a su espalda-. Es demasiado pequeño y se cansará.
-Chss -la ordenó Ike-. Funcionará. Me ha dicho que adora las aventuras de White Ranger.
-Yo me voy de aquí -repuso Annie, sacudiendo la cabeza-. Los chicos sois imposibles. Estaré en la sección de Barbies, recordando mi propia infancia. ¿Sabes que ahora tiene un Ferrari? Esa muñeca tiene de todo...
Ike apenas advirtió la marcha de Annie. Moviéndose sigilosamente en cuclillas, se dirigió hacia unas cajas cerradas en las que se exhibían numerosos animales. Se quedó sorprendido al descubrir un búho idéntico a otro que le había regalado su tía Margie el día de su quinto cumpleaños, y que su madre no le dejó abrir hasta que cumplió ocho años. Estaba tan absorto preguntándose si su madre todavía lo tendría escondido y guardado en algún sitio, que no oyó los pasos de su enemigo hasta que ya fue demasiado tarde.
-Arriba las manos -le ordenó el niño.
Enfadado consigo mismo por no haber tenido más cuidado, Ike levantó las manos lentamente, pero sin soltar su fusil.
-Vamos, Mickey. Seamos razonables.
-Levántate, Guthrie -le dijo el niño-. No tienes forma de escapar.
-¿Ah no? -rápidamente bajó el rifle y disparó el dardo, que le dio a Mickey en la rodilla.
-iAyyy! -gritó el niño con expresión agonizante, derrumbándose en el suelo.
Pero antes de que Ike tuviera oportunidad de ponerse a salvo, el niño rodó por el suelo y apretó el gatillo de su metralleta. De pronto, Ike sintió el impacto de cientos de bolitas de gomaespuma y cayó también al suelo.
-Augh -gritó-. Me has dado... Lo veo todo negro.
Mickey se levantó y fue cojeando hasta donde estaba Ike. Sin dejar de apuntarlo con su arma, le dijo:
-La cárcel es demasiado buena para ti, sucia rata. Mataste a mi hermano -luego se interrumpió, levantando la metralleta, y le preguntó con una sonrisa-: ¿Lo he hecho bien, Ike? ¿Era eso lo que tenía que decir?
-Bueno, lo de sucia rata y lo de la muerte del hermano me correspondía a mí, pero has estado magnífico -le contestó sonriente.
-¿De verdad? -inquirió Mickey esbozando una sonrisa de oreja a oreja.
Ike asintió. De pronto, apuntó al niño con el rifle y exclamó:
-¡Ríndete!
Mickey se quedó sin habla. -Pero... ¡eso no es justo!
-Ahora eres mío -repuso Ike-. Sucia rata... ¡Tú mataste a mi hermano! -y tras pronunciar esas palabras, apretó el gatillo. Desgraciadamente, ya no le quedaban municiones.
Mickey sonrió entusiasmado y le apuntó de nuevo con su metralleta.
-¡Eh, vosotros dos! Ya es suficiente.
Annie se interpuso entre ellos y los desarmó, recibiendo a cambio todo tipo de quejas por haberles hecho entregar las armas sin ningún tipo de acuerdo previo.
-¿Cómo es posible que a estas alturas se sigan fabricando estos juguetes? -exclamó mirando las armas de plástico con disgusto.
-Es mejor que los niños jueguen con pistolas de plástico y se aburran cuanto antes de esos juegos a que decidan utilizar armas de verdad cuando se conviertan en adultos -repuso Ike, mientras se sacudía las bolitas de gomaespuma de la camisa.
-¿No sería mejor no utilizar nunca las armas, tanto las de mentira como las de verdad?
Ike se encogió de hombros.
-Es la naturaleza humana, el aspecto animal de los hombres.
-En eso del aspecto animal estoy de acuerdo.
Ike se volvió hacia Mickey.
-¿Has oído eso? Nos está llamando animales.
Mickey arqueó las cejas sorprendido.
-Así que no vamos a desilusionarla, ¿de acuerdo? -Ike se levantó del suelo, se agachó y empezó a caminar imitando los movimientos y los gruñidos de un chimpancé.
Mickey soltó una carcajada y se unió inmediatamente al juego. Annie sacudió la cabeza, desesperada. Cuando pasaron delante de ella por tercera vez pidiéndole plátanos, les comentó suspirando:
-Cuando estéis dispuestos a volver a casa, venid a buscarme. Os espero en el coche.