STRIGOI

Había estado tan absorto con la historia de Keller, que apenas me di cuenta de que ya había anochecido y una numerosa manada de lobos se congregaba en la verja exterior. Ahora, por fin, entendía el verdadero motivo.

No podía creer lo que aquel anciano me acababa de revelar. Ni siquiera podía tomarlo por cuerdo. Por primera vez, pensé que tal vez un pueblo entero no podía estar equivocado y que Keller no era más que un jodido chiflado. No obstante…

—Solo hay un modo de comprobarlo —dijo él, volviendo a leer en mi confusa mente.

—Usted también es capaz de adivinar lo que pienso, ¿verdad?

—Digamos que puedo intuir ciertas cosas. Tras convivir con esa bestia durante casi cincuenta años, créeme algo se aprehende.

—Por eso nunca salía de casa... —susurré para mis adentros.

—¿Acaso creías que plantar cruces por toda mi parcela fue un mero acto de fe?

De pronto, y como si miles de piezas de un puzle encajaran en mi cabeza, lo vi todo claro.

—...Porque lo que no quería era que escapara —volví a musitar.

—En efecto. Ni tampoco que sus legiones lo tuvieran tan fácil para rescatarlo cuando vengan.

—¿Legiones... a qué se refiere?

En el momento de lanzar aquella pregunta al aire, acudió a mi pensamiento el extraño con la cara de porcelana y el sombrero de piel, pidiendo permiso para entrar.

—Hay que estar preparado —respondió Keller.

Pensé en contarle lo de la autocaravana, pero decidí no hacerlo. Así pues, volví a la historia:

—¿Le contó alguna vez al señor Kaladze que lo había atrapado?

—Unos días después de la captura, le envié una carta. Solo habían transcurrido un par de años desde la última vez que lo vi, y aunque él ya era muy mayor, esperaba que aún estuviera vivo. En la carta puse mi nombre, la dirección y una sola línea en un papel.

¿Qué decía?

—«Mi corazón late más fuerte que nunca. Ya es nuestro».

Se hizo un silencio, únicamente alterado por los gruñidos de los lobos salvajes. Keller prosiguió:

—Casi un mes después, cuando comenzaba a temerme lo peor, su hija Marie me respondió confirmando mis augurios. Su padre había fallecido meses antes debido a una complicación pulmonar causada por el tabaco. Fue una pena, aunque estoy convencido de que muchas tardes, cuando me siento aquí aguardando a que el sol se marche, él se sienta conmigo a esperar a que la fiera despierte.

—Es una lástima que no llegara a saberlo —dije.

—Con el tiempo fui adaptando la casa a ese animal. Revisaba la compuerta todas las mañanas mientras él dormía. Planté en el terreno todo tipo de cruces, lo que acrecentaría mi fama de trastornado, pero mantendría alejada a la mayoría. Cerqué la parcela yo mismo con la verja, pues los lobos continuaban acercándose cada noche hasta el porche, por mucho que intentara mantenerles a distancia con la escopeta. Y así fue sonando el tictac de mi vida hasta el día de hoy. Ahora, hijo, quiero que te levantes y me acompañes. Queda poco para que se despierte.

No puedo negar que aquella última frase me puso el vello de punta. Lo único que deseaba en ese instante era marcharme de allí a toda prisa. Sentirme todavía a tiempo para fingir que todo aquello tan solo formaba parte de la locura de Keller. Pero por alguna desconocida razón ajena a la simple curiosidad, hice lo que me pidió. Y por primera vez, entré en la Casa de las Cruces.

El hall era relativamente pequeño y austero. Aparte de un espejo con forma de cuadro y un perchero, el resto eran desnudas paredes de madera. El salón, en cambio, ocupaba prácticamente toda la planta baja e incluía la cocina, separada por una alargada barra de madera cargada de jarras típicas alemanas, como las que todavía tienen en algunos establecimientos de Leavenworth.

Al fondo del mismo, contiguo a la chimenea de mármol, yacía un gigantesco piano de cola junto a una enorme librería que, pese a su tamaño, se hallaba tan repleta de libros que los sobrantes se apilaban en el suelo unos encima de otros.

Justo cuando llegamos a la escalera, Keller se detuvo al percatarse de que el piano había captado toda mi atención:

—Antes de subir a dormir, le obsequio a esa criatura infernal las mismas notas. El Claro de luna de Beethoven. Es mi manera de decirle que no olvido. Justo después, desciendo por estos escalones, me acerco hasta la compuerta y le susurro las mismas palabras cada noche... mi manera de decirle que no olvidaré.

Asentí, impresionado por el arrojo de aquel anciano y por todo el rencor que había apolillado su corazón. Bajamos las escaleras. Los peldaños crujían con nuestros pasos y la humedad no tardó en atravesar mis zapatos para someter a mis inquietos dedos.

Cuando llegamos, por fin Keller prendió la luz y contemplé la compuerta con la rueda giratoria. Era más grande de lo que había imaginado. Había una silla de mimbre a su lado y supuse que, desde allí, Keller se deleitaría en su venganza, fumando de su pipa mientras él se despertaba.

Súbitamente escuché cómo los lobos comenzaban a aullar en el exterior. Conforme nos fuimos acercando hasta la compuerta, de su interior comenzó a aflorar un extraño y perverso sonido. Era una mezcla de gruñido y gemido, que se desplegaba en diferentes tonos vocales cual espantosa polifonía de horror y sufrimiento.

Pero lo peor de todo no eran aquellas criaturas aullando. Ni siquiera aquel quejido tras la escotilla.

Lo peor era que Keller decía la verdad.

—Se está despertando —dijo—. Cada vez que lo hace, se produce ese sonido que escuchas. Es algo característico en el despertar de un nosferatu. De los «no muertos» como él. Lo que escuchas hijo, es el lamento de todas aquellas personas a las que arrebató la vida. Y gusto de sentarme aquí justo cuando despierta, pues es cuando más cerca me siento de mi padre.

No supe qué decir. Ni tampoco hubiera sido capaz de pronunciar palabra alguna de haberlo sabido. Me sentía como en una especie de pesadilla en la que, en algún momento, la voz de Ben me despertaría con un «buenos días, señor Carson».

O quién sabe, a lo mejor un «venga, Robbie que vas a llegar tarde al cole».

Eso hubiera estado mejor.

—Los vampiros albergan muchos poderes —continuó el anciano—, aunque él es el Príncipe de todos ellos y sin duda el más poderoso. Muchas veces me ha llamado en mitad de la noche, rebasando todas y cada una de las capas de mis sueños para pedirme que lo liberase. Sin embargo, has de saber que no es real. Lo único real es ese lamento que queda en su memoria, como impregnación de lo vivido. Pero una vez que esté despierto… no debes escucharlo.

—¿Jamás ha hablado con él? —pregunté desconcertado.

—Existe una antigua tradición en Transilvania que dice que hablar con un strigoi comporta infortunio y desdicha. Si bien debo reconocer que nunca me ha importado la suerte. Eso es una simple palabra para justificar aquello que no hemos sido capaces de controlar. Créeme, si no lo he hecho no ha sido por superstición, sino porque no lo merece.

—¿Nunca ha sentido el impulso de...?

—Todos y cada uno de los días de mi vida. He sentido la necesidad de preguntarle por lo que hizo. De preguntarle por qué, de preguntarle qué hizo con Emma, de preguntarle si todo aquello le había valido la pena… sin embargo lo que debo de decirle lo hago cada anochecer antes de acostarme, mientras yo duermo y él se muere por vivir.

Los lamentos resonaron cada vez más fuertes entre la humedad de aquel sótano. Con cada uno de ellos, mi cuerpo se estremecía y una sacudida lo recorría de arriba abajo.

—Hijo, necesito que tomes una decisión —dijo Keller mirándome fijamente a los ojos.

Tragué saliva y de nuevo me quedé sin habla.

—Sé que esto te supera —continuó él—, a ti y cualquier ser humano sobre la faz de esta tierra. Pero pretendo que escuches con atención esos quejidos… al principio cuesta identificarlos, pero créeme, con los años uno aprende a hacerlo. ¿Lo oyes?

Asentí, tembloroso, ante la evidente y atroz realidad.

—Por desgracia, en ellos podrás distinguir los lamentos de Rebecca, de Diane, de Edward, de Andrew… y también el de tu padre, Robert.

†††

Los gemidos se fueron debilitando al tiempo que en el exterior los lobos aullaban con más ímpetu, como si se hallaran sincronizados con el sufrimiento de su amo.

Entre tanto, y pese a que realicé un esfuerzo titánico para que mis rodillas no se doblegaran ante lo que acababa de revelarme, finalmente Keller tuvo que sujetarme, acompañando a mi cuerpo hasta la silla de mimbre.

Tanta tensión y sorpresas en tan poco espacio de tiempo, definitivamente habían logrado derrumbar el alto muro de escepticismo que me protegía de un mundo demasiado inmundo.

—Escucha con atención —dijo entonces él acuclillándose frente a mí—, hay un poder que el Príncipe posee, más allá de los poderes propios de cualquier vampiro, y que por algún motivo desconocido ha logrado desarrollar a lo largo de los siglos. Ese es el poder de dominar a su antojo la mente de los débiles, y además, algo mucho peor... Es capaz de implantar una idea en sus cerebros. Un pensamiento que en algún momento determinado de sus vidas explotará, cual bomba de relojería programada en el tiempo que de súbito estalla, empujándoles a llevarla a cabo. Sea la que sea. En el caso de tus amigos, para cuando los eché de aquí, aquella noche ya era demasiado tarde y nada se podía hacer por ellos. Desde el mismo momento en que acampasteis frente a esta casa, ante el rechazo y miedo de estos por liberarlo cuando él los llamó, esa alimaña vengativa implantó en sus mentes la insidiosa idea del suicidio. Y para mayor crueldad, consiguió que detonara en el mismo momento para todos ellos.

Johnny tenía razón… y ellos jamás llegaron a pasar la noche entera, por eso tampoco hablaron nunca del tema… Johnny tenía razón… Joder, ¡Johnny tenía razón!

No podía articular palabra, como si mi mandíbula se hallara apuntalada los huesos de un muerto. A mi clarividencia acudían innumerables imágenes. Incluso volví a ver a mi padre en su Plymouth del sesenta y siete repitiendo una y otra vez: Ahí dentro solo hay un monstruo de colmillos largos…

—Tu padre era un gran hombre Robert, como tú. Al poco tiempo de atrapar a la bestia, una tarde, a punto de anochecer, y mientras colocaba todavía la verja en la parte trasera, vino a visitarme. Por aquel entonces yo aún era joven e inexperto, y cometí varios errores. No solo no había advertido su presencia, sino que tampoco cerré la puerta de la verja. Así pues, tras llamarme varias veces y no obtener respuesta, decidió entrar para ver si me había sucedido algo. Más aún, sabiendo que mi furgoneta se hallaba aparcada donde solía.

En aquellos días todavía no había comenzado a adquirir la fama de excéntrico, ya que las cruces las instalé después, por lo que cuando acabó su jornada laboral, vino con una botella de whisky para darme la bienvenida y agradecerme, en nombre de la serrería, mi colaboración en aquella época de sofocante recesión económica.

Yo no lo vi entrar y ya era de noche cuando me apercibí de que había un coche aparcado frente al vallado. Incluso algunos lobos habían logrado colarse. Por fortuna, por aquel entonces solía portar siempre mi arma encima, y tras disuadirlos mediante varios disparos, corrí adentro. De inmediato, bajé al sótano donde descubrí a tu padre, pálido y con sus manos sobre esta misma rueda. A apenas un instante de que la abriera. Llegué a tiempo de salvar la vida de mucha gente, incluida la mía… pero no la suya.

Nunca supe el tiempo que estuvo aquí abajo con este animal, pero sí sé que fue el suficiente para que inoculara en su mente la misma idea que infectó a tus amigos. Cuando lo encontré, se hallaba en un estado catatónico y me vi en la obligación de zarandearlo para que volviera en sí.

Después, ambos subimos arriba y con la botella de whisky como testigo, le revelé la misma historia que te he contado a ti. Pues se lo debía. Antes de marcharse y de jurarme que aquello se lo llevaría a la tumba consigo, me hizo prometerle a cambio que si el azar se empeñaba en traerte hasta aquí algún día, como al final ha sucedido, te mantendría alejado.

Tu padre no sufrió un accidente en la serrería. Fue él mismo quien se lanzó a la máquina trituradora voluntariamente. Lo siento, hijo. Tu padre también se suicidó.

—¿Có… cómo lo sabe? —logré preguntar por fin, sorprendido por mis propias lágrimas, que caían a borbotones.

El anciano hizo una pausa. Señaló la compuerta con su mirada y respondió:

—Porque esa condenada bestia me lo dijo. Lo mismo que lo de tus amigos y todas aquellas personas a las que arrancó la vida. De hecho, en las pocas ocasiones en las que todavía se logra deslizar en mis sueños, se complace repasando sus nombres. Y aunque apenas dejo resquicio alguno para él, mi subconsciente no puede evitar su mortuoria e infinita lista. El Príncipe pudo acabar con todos ellos... pero no pudo contigo. Ni tampoco con tu otro amigo, el jefe de policía. Y ello no es debido a que os marcharais a tiempo, sino simplemente a que vuestro inconsciente es mucho más fuerte y pudo sobrevivirlo.

Puede que pienses que he quebrado la promesa que le hice a tu padre, pero si lo he hecho fue porque sabía que de alguna manera u otra, el destino te acabaría trayendo hasta aquí para que pudieras vengarle. Igual que hizo conmigo. De algún modo tu subconsciente, al igual que el de tu amigo, necesitaba resarcirse y por eso estás aquí.

—Fue él… —es lo único que acerté a decir apenas en un susurro, sin desviar en ningún momento mi irascible mirada de la compuerta.

De pronto, sentí una inmensa impotencia. Mis calados ojos se me inyectaron en furia y en cuestión de segundos, la tristeza y la incredulidad habían dado paso al odio que me hizo lanzarme de golpe contra la escotilla.

—¡Acabaré contigo, hijo de perra!

Keller me agarró. Con una fuerza que yo no tenía, me levantó del suelo. En ese instante, una voz emergió desde el subsuelo. Era la voz del Príncipe, que en un idioma extraño y con tono burlón, pronunció aquella palabra.

Daba igual que ya la conociera, porque de todas formas me puso los pelos de punta.

—Josaaaaiiiiiciiiiiii…

Casi se podría decir que con un solo brazo, Keller me llevó en volandas hasta las escaleras y después hasta el salón. Resultaba obvio que no quería que mis sentimientos se antepusieran a mi cordura, ya que corría el riesgo de morir. Una vez arriba, con sus ajadas manos posadas sobre mis hombros y la orquesta de lobos en la noche ofreciendo su más abominable sinfonía, dijo:

—Por muy fuerte que uno sea, nunca está a salvo de esa alimaña. No olvides que él es la «semilla» de todos y cada uno de los vampiros. El Origen. Si muestras debilidad, créeme, la aprovechará. Y si no consigue que le abras la compuerta, hará que acabes arrancándote las venas tarde o temprano. Como hizo con los demás.

Todavía con lacrimosos ojos, el resuello acelerado y unas incontrolables ganas de bajar de nuevo al sótano y descargar toda mi rabia sobre aquella criatura fuera como fuera, traté de reprimirme.

—Esa palabra… Josaici… es la misma que le repitieron a Johnny en sueños nuestros amigos. Y todavía lo hacen. ¿Qué... qué significa, señor Keller?

—En su idioma son dos palabras, «Jos» y «Aici», que en conjunción significan aquí abajo. Él os llamó aquella noche al igual que llamó a tu padre… y créeme, lo seguirá haciendo.

†††

Todavía en el salón, mi mundo parecía había terminado de completar el giro desde que, aquella tarde, pusiera un pie en casa de Keller y este me desvelara el secreto de la Casa de las Cruces.

—¿Por qué no ha acabado con él? —pregunté.

—No ha habido un solo amanecer en todo este tiempo que no lo haya pensado. Pero mi venganza no era matarlo, sino hacerle sufrir todos y cada uno de los días de mi vida. Al igual que le sucedió al señor Kaladze, la providencia te envió y para cuando apareciste, supe que todo lo que tuviera que suceder con esa bestia ya no dependería de mí. Mi venganza se ha completado. Tanto, como para que mi corazón se haya podrido por dentro y ya sea el momento de echar tierra encima de mi agujero.

¡Acabe con él, señor Keller! —exclamé entonces, consciente de que había empezado a temblar.

—Verás, hijo, en un principio pensaba terminar la reforma junto a ti. Hacer de esta casa un hogar mucho más agradable, donde pudieras sentirte cómodo. Después me aseguraría de que comprendieras la responsabilidad que albergabas bajo tus pies, pero ya ves que todo se ha precipitado. Que sus súbditos lo encontrarán, como te han encontrado a ti, que tu hermana te ha debilitado y que el poco tiempo que me queda deseo pasarlo en otro lugar.

—Es esa autocaravana… —dije sin ni siquiera sorprenderme de que Keller ya conociera de su existencia, a pesar de vivir recluido y esclavo de su venganza—, con el hombre del sombrero de piel… Hay más como ellos, ¿verdad?

—Sin su Príncipe, los súbditos están dispersos y expuestos a los caza-vampiros. De algún modo han logrado rastrear la furgoneta pero todavía no lo han encontrado. Sin embargo, y pese a que su poder de convocatoria es más limitado sin su líder, no tardarán en hacerlo.

—Lo siento, señor Keller, yo no puedo… con esa bestia ahí abajo, susurrándome cada noche, no… no soy capaz.

—No te pido que convivas con ella, sino que tomes la decisión que mereces. Ahora, hijo, se trata de tu venganza.

—¿Y qué pasará con sus súbditos si lo atravieso con una estaca?

El mero hecho de pronunciar aquellas palabras me hacía creer que estaba en una especie de pesadilla, tan irreal como las anteriores, pero en la que no había teléfono que me hiciera despertar.

Keller hizo una pausa, como si meditara aquella respuesta.

—Hay dos posibilidades tras su muerte. Que aquellos a los que él mismo mordió, recuperen de golpe la vida y también los años no envejecidos que a Dios deben… o prosigan su condena como hasta ahora, sin salvación alguna salvo la propia muerte.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Según algunos textos y anotaciones que realizó el señor Kaladze, cuando el Príncipe muera, sus descendientes reales, es decir, aquellos a los que convirtió personalmente, quedarán liberados de dicha condena recuperando no solo su vida, sino también los días transcurridos desde su conversión. Lo cual obviamente en el caso de sus más viejos sirvientes, significará la descomposición inmediata en ceniza.

Sin embargo… existen otros escritos contradictorios que encontré en otros libros. Estos indican que, en el caso de que se le diera muerte al Príncipe, sus sucesores seguirán en la misma situación de vampiros, abandonados a su propia suerte a vagar entre las sombras sin nadie que los guíe. Esa es una de las grandes incógnitas.

—¿Y qué me sucedería si ese animal consiguiera morderme?

—Si lograra escapar de ahí abajo y te mordiera, a buen seguro que se bebería la totalidad de tu sangre. Lleva casi medio siglo sin alimentarse, si bien en tal fatal situación, sería lo mejor que te podría pasar, pues de ese modo descansarías en paz para siempre. Si no lo hiciera... me refiero a si te dejara con la sangre justa dentro del cuerpo para que te permitiera sobrevivir, se produciría una septicemia vampírica que te mataría... hasta el día siguiente.

—Y dado el caso volvería de la muerte convertido en uno de ellos —rematé.

—Según la tradición, al albergar una sola gota de sangre contaminada en el cuerpo, así sería.

Deseaba con todas mis fuerzas que Johnny conociese la verdad, a pesar de su reacción. Seguramente se vería mucho más afectado que yo, como ya demostró en el sanatorio. Pero una vez más, Keller debió de rastrear en mis pensamientos y añadió:

—Si yo pudiera vivir eternamente créeme que el Príncipe sufriría de hambre cada noche hasta el final de los días. Sin embargo en nuestra condición de mortales, llegará un día en que requieras revelar el secreto a otra persona, pues no podrás mantenerte con vida y a salvo en esta casa todo el tiempo. Además… ellos ya están cerca y llegarán tarde o temprano para liberarlo.

—¿Qué pasaría si lograse salir? —pregunté.

—Que el mundo entero sufriría su furia, a un nivel mucho más feroz y violento incluso que cuando condenó a su propio imperio. Aunque antes tendría que alimentarse, claro, pues se halla muy debilitado. No olvides que lleva mucho tiempo sufriendo el peor tormento que puede sufrir un humano, vivo o muerto…

—El hambre —volví a concluir.

Pero esta vez, Keller negó con la cabeza.

—La soledad, hijo. Incluso las bestias más sanguinarias como esa precisan la compañía.

Asentí, recordando al instante las palabras del Doctor Stern.

—Después —continuó Keller—, supongo que me buscaría para arreglar cuentas pendientes. Y tampoco esperaría menos, pues la venganza no es más que un círculo destructivo que siempre acaba cerrándose donde comenzó, y una vez que lo hace ya es imposible deshacerlo. Por eso debes ser quién tome la decisión... ya que mañana mismo me marcharé. No podía dar crédito a lo que Keller acababa de decirme. Que se marchara así por las buenas y me dejara solo ante aquella responsabilidad. A no ser, claro, que se tratara de una especie de prueba.

Esta vez reaccioné:

—No puede dejarme aquí, señor Keller.

—Puedo ver en tus ojos el miedo y las dudas, y sobre todo las promesas que no quieres romper. Pero también sé que sabrás tomar la decisión correcta, pues no solo te regalo esta casa, sino a su vez la elección que a mí nadie me regaló. Porque como hombre de honor te lo debo. Y si bien es cierto que le prometí que te dejaría fuera de esto, a tu padre también se lo debo. Os lo debo a todos.

Dicho aquello, el anciano se dirigió hacia el enorme piano. Se sentó en la banqueta y sus dedos comenzaron a acariciar las primeras notas del Claro de luna. La congregación de lobos se unió cual noctámbulo coro con sus aullidos.

Abajo, el Príncipe de la Noche, Draculae el Strigoi, la bestia que se había llevado la vida de mis amigos, de mi padre y que acababa de llevarse la mía, ya había despertado.

Yo me senté en el porche, escuchando la melodía y observando el bastón sobre la mesa. No lo toqué. Encendí uno de mis cigarrillos sin dejar de temblar. Necesitaba un pitillo. Más bien, un paquete entero de aquel veneno. Ante mi presencia, los lobos golpeaban la verja metiendo entre los barrotes sus negruzcos hocicos y sus espumosas bocas repletas de aguzados colmillos.

Instantes después, la música cesó y Keller apareció en el rellano con un rifle en una mano. Se acercó hasta la valla mientras los animales se excitaban aún más, y tal era su furia, que si aquella verja cedía, despedazarían su quemado cuerpo en apenas cuestión de segundos. Él lo sabía, y acaso por ello no los temía. Al fin y al cabo, habían sido su única visita durante casi medio siglo.

Apuntó hacia el cielo y realizó un disparo, al que los lobos respondieron dispersándose de forma débil y desordenada. Acto seguido disparó de nuevo, y esta vez sí, los hizo regresar al bosque.

—Márchate antes de que vuelvan y piensa en todo esto. Nos veremos mañana por la mañana.

 

 

†††

Durante el trayecto de vuelta intenté encajar los pedazos de un mundo que, en apenas una tarde, había estallado por los aires. Me aferraba a la ya descuartizada esperanza de que despertaría en cualquier momento de aquella pesadilla. Tal vez en el Hickson. Puede que en la habitación de otro motel con alguna fulana psicótica al lado... Y lo prefería. Pero bien sabía que no.

La rabia y el miedo recorrían equidistantes mi corazón y lo hacían palpitar de un modo tan violento que su ruido no me volvería a permitir dormir. Al menos, hasta que consiguiera su objetivo.

Acaso, delatarme.

Aferré con fuerza el volante y entonces grité. Grité cuanto pude, esperando descomponer aquella jaula de emociones que me apresaba en mi propio pedazo de carne. Pero por mucho que desgañité mis cuerdas vocales, por mucho que aullé, los barrotes no cedieron.

La venganza es un círculo destructivo…

Pero al fin y al cabo, él ha sido el responsable de segar a tu padre en trocitos y de tachar esos nombres en el árbol.

Encendí la radio para despejarme y la voz de Ozzy resonó por toda la furgoneta, como un cuchillo rasgando la lápida de mi alma.

What am I supposed to do with a childhood tragedy? If I close my eyes forever, would it all remain the same? And when we sleep would you shelter me in your warm and darkened grave? 11

11 ¿Qué se supone que debo hacer con una tragedia de la infancia? Si cierro los ojos para siempre, ¿se quedará todo igual?... y cuando estemos dormidos, ¿me cobijarás en tu cálida y oscura tumba?

Pensé en pasar de largo y acabar la noche en el Taps. Necesitaba calmarme y ampliar las perspectivas. Desde el plano positivo, albergaba la oportunidad de heredar una magnífica casa a la que le quedaba algo de trabajo. Desde el otro lado, el negativo, para poder disfrutarla tendría que acabar yo mismo con aquella bestia; y pese a mi valor, no sería una tarea fácil. Además... suponía incumplir una promesa.

De repente me invadió un cansancio al que mis tripas respondieron implorando algo de comida. En cuanto llegué a la altura del motel me decidí y entré, aparcando en el lugar acostumbrado.

Ojalá hubiera pasado de largo.

La misteriosa roulotte seguía sin aparecer. De hecho, llevaba dos días sin hacerlo. Cuando llegué, pude verlo reflejado en el gozoso rostro de Ben, que fumaba en el exterior.

Antes siquiera de que pudiera cerrar la puerta de la furgoneta, se acercó a mí con una nota en la mano y me la entregó. En ella figuraba un número de teléfono y un nombre. Entonces comprendí el porqué de su sonrisa. Acaso, el otro motivo.

—La mujer con la que salió anoche ha venido preguntando por usted, señor Carson.

—Vaya —dije con una mezcla de alegría y decepción por no haber estado presente.

—Le dije que no tardaría en volver, pero menos mal que no le esperó. Dijo que debía marcharse. ¿Sabe?, está muy…

Mi penetrante mirada frenó en seco lo que fuera que hubiera al final de aquella frase.

—Es muy guapa —terminó el chico.

—¿Hay sándwiches en la máquina? —pregunté casi sin fuerzas para hablar.

—Sí. Creo que queda alguno de atún.

†††

Sentado en el muro exterior junto al chico y sometido a la voluntad de la noche, devoré dos emparedados en apenas un abrir y cerrar de ojos, junto a una cola light.

Entre tanto, Ben, más animado que de costumbre, se esmeraba en contarme que él también tenía cierto éxito entre las chicas (cosa que para mis adentros puse en duda).

Mientras el chico continuaba relatando sus «tácticas de conquista» generacionales, mi pensamiento encontró a Carol. Le había prometido que no tendría nada que ver con aquella casa, pero ahora las cosas eran distintas, y si algo me dejó claro Keller es que algunas promesas deben romperse por el bien de los demás. Además, a diferencia de entonces, ahora ya sabía la verdad. Una verdad que ella desconocía.

Después de ver con mis propios ojos el búnker y de escuchar aquellos gemidos, pensé que ya era demasiado tarde como para tomar decisiones. De algún modo debía hallar la manera de convencerla sin tener que revelarle nada. Al menos de momento. A pesar de que los miedos más profundos no atienden a la razón, ya tendría tiempo de pensar en ello más adelante. Actitud que, por otra parte, nunca me había dado resultado.

Una vez hubiera acabado con el mal que habitaba la casa, podría quitar las cruces, terminar la reforma y hacer una enorme barbacoa junto al arroyo en la que mi familia y amigos acudirían felices por mí. Puede que incluso invitara al pueblo entero para hacerles ver que allí no había nada malo.

Ya no.

Y no olvides a tu padre, seguro que él también vendría si todavía le queda gasolina al viejo Plymouth…

Prométeme que no comprarás esa casa…

Te lo prometo, Carol.

De pronto, Ben me agarró del brazo y me hizo regresar al presente. Cuando vi su rostro, este había dejado de ser el del chico hablador para ser nuevamente el de aquel joven tan pálido como un vivo enterrado entre cadáveres. En cuanto adiviné la imagen que le había provocado aquella súbita metamorfosis, de algún modo, yo también la experimenté.

Benjamin comenzó a temblar en tanto que aquella infernal roulotte sin parabrisas entraba en el parking. Sus faros iluminaron poco a poco nuestros zapatos, aunque estos no adoptaron la amarillenta coloración propia de los halógenos, sino que expelían un agónico matiz rojizo.

—Vamos —dije—, vayamos dentro.

Pero el chico pareció no reaccionar y casi tuve que levantarlo en peso. No se marcharían tan fácilmente hasta que consiguieran llegar a donde querían. Y él lo intuía.

Una vez dentro, Ben cerró la puerta y se sentó tras el mostrador sin decir nada, con gesto visiblemente nervioso. Casi enfermizo. Después clavó su mirada en mí, implorando con ella que no lo dejara solo.

—Tranquilo. Me quedaré aquí. Prepara el teléfono por si hay que llamar a la policía.

Desde donde yo estaba pude apreciar cómo la roulotte aparcaba junto a la furgoneta, aunque en todo el tiempo que estuve allí no vi bajar a nadie. Fue él quien rompió el incómodo silencio que se había adueñado de aquella recepción sin apenas darnos cuenta.

—Se lo dije, señor Carson…

Miré al chico y asentí. Aunque en el fondo nunca creí que se marcharían definitivamente.

—… han vuelto —musitó.

Debió de pasar casi una hora en la que Benjamin y yo apenas cruzamos palabra, aguardando ansiosos en la recepción a que aquel extraño ser con el sombrero de piel y la cara deshidratada apareciera. Pero no lo hizo.

Por un momento sentí la necesidad de salir, de abrir la puerta de la autocaravana y demostrarle al chico que no tenía nada que temer. Que era una familia normal y corriente que tan solo quería ahorrarse el camping de verano. Pero bien sabía que allí adentro no encontraría nada de todo eso, porque apenas un rato antes mis oídos habían escuchado una historia que nadie creería. Y mis ojos la habían corroborado.

El cansancio mental y la poca sangre de mi cerebro, que ahora regaba mi estómago, me vencieron al fin y decidí subir a acostarme. Ben temía aquel momento, pero de cualquier forma no podría aguantar mucho más. Habían sido demasiadas emociones y aún albergaba la nimia esperanza de que al día siguiente, cuando amaneciera, nada de lo vivido aquella noche hubiera sucedido.

—Lo siento, chico, pero no puedo más. Me subo a descan-sar —dije.

Él no respondió. Se limitó a observar la puerta con la misma cara de pánico. En el mismo momento en que puse un pie sobre el primer peldaño, el teléfono sonó.

La aparente calma del lugar se hizo añicos. Me di la vuelta y el chico y yo cruzamos la mirada.

Es él.

—Cógelo y mantenlo —dije—, seguro que llama desde la cabina. Subiré a mi habitación y desde allí podré ver quién es.

—¡Espere, señor Carson! —gritó Ben mientras el teléfono seguía sonando—, la llamada no es de fuera… Por favor, no suba ahí arriba.

—¿Qué... qué quieres decir, chico?

Benjamin había palidecido hasta el punto de que si un doctor lo hubiera examinado, habría datado su fallecimiento hacía una semana.

Su respuesta fue apenas un hilo de voz a punto de cortarse.

—La llamada se está haciendo desde su habitación.

Una legión de escalofríos revolvió mi cansado cuerpo. Aunque al menos mi mente había decidido permanecer lúcida.

—Tranquilo. Subiré, igualmente.

O tal vez no tanto.

De los «no muertos» únicamente conocía lo que me había enseñado la televisión, pero mientras subía las escaleras —desoyendo las advertencias del chico—, concluí que aquel súbdito no había podido pasar. Al menos, no sin que yo le invitase a hacerlo.

Recorrí el angosto pasillo de moqueta roja con aquel pensamiento evaporándose a medida que llegaba a la puerta número 212. De súbito, las tenues luces que lo iluminaban comenzaron a fluctuar en intensidad.

Más que un mero capricho eléctrico, era su manera de darme la bienvenida.

Una vez al final del corredor, frente a la puerta de mi habitación, la certeza inicial ya se había precipitado al vacío cual ebrio trapecista en la cuerda floja. Respiré hondo y me sorprendí escuchando a mi propio corazón, golpeando de nuevo henchido de rabia. Quizás fuera aquella circunstancia lo que me procuraba tal valentía. Igual que le sucedió a Keller.

Introduje la llave sostenida por el madero y abrí la puerta.

Instintivamente mi mano buscó en la penumbra el interruptor. Pero la luz de la luna, filtrada a través de las cortinas, dibujaba sobre las sábanas de mi cama la sombra de una figura en el exterior. Para no perder de vista aquello que me aguardaba tras la ventana, decidí no encenderla.

Conforme me fui acercando, pude distinguir con más claridad la forma de un ser alado. Ningún ser humano podría estar allí detrás porque no había alféizar donde apoyarse. Menos aún suspendido en el aire, desafiando las leyes de la gravedad.

Percibí que el teléfono de la mesita yacía descolgado sobre mi cama deshecha, con la pequeña luz encarnada parpadeante.

Entonces me detuve.

Ya sabía lo que tenía que hacer. Al menos, lo que quien quiera que estuviera allí detrás flotando, quería que hiciera. Me acerqué hasta la cama sin despegar los ojos de las blancuzcas cortinas en ningún momento. Medí todos y cada uno de mis pasos. Fueron siete.

Como nuestro grupo.

Casi a cámara lenta, recogí el auricular.

—¿Ben? —pregunté, sabedor de que no sería la asustada voz del recepcionista la que escucharía. Ni tampoco la de ningún otro chico de su edad. Ni siquiera la de ningún ser humano.

La voz al otro lado sonó rasgada. Como la de alguien al que las crudezas seculares hubiesen desgastado sus cuerdas vocales.

—Hola, Robert.

—¿Quién eres?

—Ya sabes quién soy, y lo que es más importante... dónde estoy.

La criatura oscilaba levemente en el vacío, proyectando con su movimiento abstractas sombras por todo el cuarto.

Recordé las palabras de Ben acerca de que había utilizado su propia mano a modo de teléfono. Aun así, decidí dejar descolgado el auricular y acercarme hasta la ventana, frente a aquella sombra imposible. Despacio, estiré mi temblorosa mano hacia la cortina hasta que noté su áspero tacto entre mis dedos.

Antes de que el miedo tomase la decisión por mí, la descorrí.

Pegado al cristal apareció un hombre que nada tenía que ver con la figura que imaginé. No tenía alas —pese a que había visto claramente su contorno tras aquel ominoso telón—, y aparecía ante mí tal como Ben lo describió. Aunque esta vez no tenía los pies apoyados en suelo alguno.

Llevaba su sombrero de piel, que parecía estar cosido con jirones de lo que un día fueron personas, y poseía la misma tez blanca que muchos difuntos conservan cuando los maquillan en exceso. Los amarillentos colmillos asomaban sutilmente entre sus violáceos labios, tan afilados que podrían cortar el aire.

Aún no sé por qué (quizás fue para evadirme durante un soplo), desvié la mirada hacia la cabina de teléfono. El auricular pendía. Por supuesto, allí abajo no había nadie. Y nunca se trató de una broma.

Se lo dije, señor Carson...

Aquel ser, que todavía mantenía los dedos pulgar y meñique apoyados en el lado derecho de su espeluznante rostro, los regresó a su posición natural. Entonces movió la boca. A pesar del cristal que separaba nuestros mundos, su voz sonó igual que por teléfono. Igual de desgarrada. Igual de aterradora.

—Déjame pasar y hablaremos, Robert.

—No... no tengo nada que hablar contigo —farfullé al tiempo que retrocedía.

—Yo diría que sí —respondió—. Esa furgoneta tuya me lo ha dicho.

En mi repliegue golpeé la cama, lo que me sobresaltó. Mis nervios se hallaban a flor de piel. Más que eso.

—Nunca entrarás aquí —dije.

—Si nos llevas hasta Él esta misma noche, te colmaremos de gloria. Pasarás de ser un simple mortal a consagrar tu alma por los siglos de los siglos entre los Elegidos. Solo necesito que me dejes pasar, Robert.

Ingerí mi propia saliva. Entonces, la rabia que enardecía mi corazón tomó el control y secuestró mi voz.

—Si de mí dependiera haría que el sol saliera ahora mismo y quemara tus podridas entrañas.

El monstruo gruñó de un modo terrorífico, mostrando esta vez todos sus colmillos desordenados en su negra boca.

—No podrías imaginar cuántas lunas como esta hemos tenido que recorrer para encontrarlo, así que tu alma de mortal tampoco puede concebir aquello de lo que somos capaces ahora que nos hallamos tan cerca. ¿Acaso crees que eres la única persona que duerme aquí esta noche y que podría dejarme pasar?

Aquella última frase cayó sobre mi razón cual jarro de agua fría, helándome hasta el aliento. Al instante, la criatura se transformó en un animal de pelo negro, tan repugnante como escalofriante.

El mortecino sombrero voló por los aires cuando sus extremidades se fundieron en dos gigantescas alas plagadas de innumerables ramificaciones cartilaginosas. Sus ojos se tornaron rojizos y de su boca comenzó a emerger una especie de amarillenta espuma, como si con su podrida lengua batiese una yema de supuración en su interior.

Antes de desaparecer veloz, con la voz de una fiera herida, profirió un gritó tan sobrecogedor que logró resquebrajar el cristal.

—¡El chico me dejará entrar!

Espantado ante lo que mis ojos acababan de contemplar, ni siquiera me había dado cuenta de que me hallaba recostado sobre la cama. Mis músculos se habían atenazado, pero en cuanto pensé en Ben parecieron recobrar su funcionamiento. Colgué el teléfono y volví a descolgar, pulsando el botón de la recepción.

Un tono, luego dos, después tres, cuatro… pero nadie contestó.

El auricular tembló tanto en mis manos, que resbaló de mis dedos y cayó golpeando contra el cajón de la mesita de noche. Ben no le dejaría entrar, bajo ninguna circunstancia. Pero los «no muertos» pueden ser muy persuasivos, y viendo la celeridad con la que aquel vampiro se había evaporado, también muy rápidos.

Podía esperar allí sentado al amanecer con mi puerta cerrada. Podía llamar a Johnny o podía salir de la habitación sin más arma que mi corazón, convertido en una bomba de relojería a punto de estallar en cualquier momento. Una vez más, fue mi furia la que decidió.

Las luces del pasillo estaban apagadas cuando salí, incluida la de emergencia. Respiré profundamente y salí a la carrera, si bien aquella distancia se me hizo eterna.

Cuando por fin llegué la recepción, en mis labios debió de dibujarse lo más parecido a una sonrisa. La puerta de entrada permanecía cerrada, con las llaves puestas y la misma grieta en el cristal que en mi ventana. Aunque allí no había nadie.

A menos que esté escondido.

Llamé a Ben. Primero en voz baja y después cada vez más fuerte. Pero el hecho de no obtener respuesta acrecentó mis dudas.

Llegué hasta el pequeño comedor donde se hallaban las máquinas de restauración y que por desgracia tan bien conocía. Máquinas para solteros, las llamaba un antiguo compañero de trabajo que tuve en Denver. La sala estaba desierta y el único sonido era un constante zumbido proveniente del motor que las mantenía con vida. Encendí la luz, que parpadeó infinidad de veces antes de permanecer fija definitivamente.

Centré mi atención en un enorme cubo de basura negro de goma, retirado en uno de los laterales, y del cual sobresalía una especie de humo. Pensé que quizás algo ardía en su interior pero conforme me fui aproximando, percibí otro murmullo muy diferente a la ignición.

Era el de la música amortiguada por los auriculares.

Cuando le palmeé el hombro, el chico dio un respingo de Record Guinness de Respingos. Con toda seguridad, el susto que se llevó habría hecho trizas a cualquier corazón enfermo.

Se había ocultado tras el cubo, tenía los auriculares del mini disc puestos y no dejaba de fumar compulsivamente a la vista de las numerosas colillas entre sus rodillas encogidas.

En sus mejillas, reconocí el rastro de las lágrimas ya evaporadas. Fugitivas de la misma grieta de locura que aquel ser había perpetrado. Por desgracia, Ben había tenido que contemplar el mismo horror que yo.

En cuanto se hubo calmado, apagó con la suela el cigarrillo, se quitó los cascos y sin dejar de temblar me abrazó como haría un niño tras despertar de una pesadilla.

Permanecimos allí el resto de la noche, ya que al menos no había ventana alguna por la que poder contemplar a aquel infernal vampiro. No obstante, una frase me venía a la mente cada vez que algún ruido me sobresaltaba. Entonces sentía unas irrefrenables ganas de preguntarle al chico cuántas personas, a parte de nosotros, dormían en el motel aquella noche.

Pero no lo hice, porque no pretendía asustarlo más. Y sobre todo, porque la ignorancia es el mejor atajo hacia la felicidad.

¿Acaso crees que eres la única persona que duerme aquí esta noche y que podría dejarme pasar?

†††

Lunes

Fue una suerte que llevara monedas suficientes en los bolsillos para el criminal café de la máquina. Él tuvo su pequeña parte de culpa de que mis ojos no se cerrasen en ningún momento durante el resto de la noche. El súbdito del Príncipe, tenía el resto.

Ben me anunció que aquel sería su último turno en el motel, que aunque le pagaban bien ya le había comunicado al encargado su decisión de marcharse y que se las apañaría en un taller de motos con su primo en Leaven.

Me alegré por él.

Una vez que el sol comenzó a despuntar, subí a mi cuarto. El teléfono seguía descolgado junto a la mesita y el cristal permanecía astillado, amenazando con quebrarse definitivamente de un momento a otro.

Benjamin certificaría después que los desperfectos tanto de la ventana de la habitación, como de la puerta de entrada del motel, habían sido causados por una bandada de pájaros desorientados (esas fueron sus palabras), lo que me eximiría de toda responsabilidad y me haría recuperar la fianza. En cierto modo, concluí que aquella razón no distaba mucho de la realidad.

Me di la última ducha, recogí mis cosas y dije adiós a aquel cuarto que durante una semana había supuesto mi pequeño refugio. Es curioso cómo algunas personas —entre las que me cuento—, se acaban encariñando con las cosas o incluso con los lugares que los han acogido. Incluso la mayoría de cuchitriles que testificaron en mis días más bajos. Toda despedida conlleva la incertidumbre de no saber si volveremos o acaso la certeza de que aquella última mirada será la última.

Compré un par de paquetes de cigarrillos en la vieja máquina y me despedí de Ben. Le apunté el número de teléfono de Carol, por si necesitaba cualquier cosa, y después nos abrazamos por última vez. Quedamos en volver a vernos, aunque en otras circunstancias. Tal vez para un café, una cerveza o lo que fuera que acompañara a un pitillo. Era un buen chico que había estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Y aunque seguramente nunca olvidaría aquellas últimas noches en las que trabajó como recepcionista en el Hickson, ya se encargaría el tiempo de echarle la suficiente tierra encima, como suele hacer con esas cosas. Al fin y al cabo ¿qué son nuestros recuerdos más que cadáveres en un ataúd de hueso?

Afuera lucía un día espléndido, el sol comenzaba a brillar en la cumbre celestial, corría la ligera brisa nacida en las montañas y la autocaravana ya no estaba. Cavilé que tal vez debió de marcharse poco antes del amanecer, mientras Ben y yo estuvimos en el comedor. Y con toda probabilidad, permanecería oculta en algún lugar del bosque, aguardando a la noche para continuar el rastro.

Sin embargo, con mi furgoneta definitivamente fuera del motel, ese animal tendría que empezar de nuevo. Y para cuando volvieran siquiera a intentar localizarla… su Príncipe ya no sería más que cenizas.

Cuando llegué a la Casa de las Cruces, Keller esperaba como siempre. Sentado en la mecedora y fumando de la pipa de espuma de mar que su tío le obsequió. Aunque ya no vestía con el mono de trabajo, ni tampoco con su camisa de cuadros y su sombrero de esparto. En su lugar, llevaba puesto un traje de lino de color blanco perlado, con camisa gris sin corbata y un sombrero panamá a juego con su atuendo. Un aspecto que jamás imaginé que pudiera tener.

Justo a su lado, apoyaba su inseparable bastón y lo que parecía ser una antigua maleta de cuero negra. La verja se hallaba abierta y en cuanto me hube apeado de la furgoneta, Keller se alzó para recibirme entretanto la silla tras él reducía paulatinamente su ritmo hasta detenerse por completo.

Mientras sorteaba las cruces del jardín sentí mi corazón acelerarse de nuevo. Volvía a percibir la misma extraña sacudida que en el sótano o en el motel la noche anterior. No fue difícil adivinar que aquel nuevo sentimiento de inquina me sobrevenía cada vez que me hallaba cerca de un «no muerto». Si bien, aún no sabía explicar por qué.

Una vez llegué su lado, extendí mi mano con mayor fuerza de la habitual, gesto que él compensó estrechándomela con la misma firmeza de siempre:

—Solo hay un modo de que ese odio concluya, hijo.

Yo asentí.

—Todo es muy precipitado, señor Keller. Yo… tengo una tremenda confusión en la cabeza ahora mismo.

—Lo sé, pero tus sentimientos se han alterado. Y lo has advertido nada más cruzar ese túnel.

—Sí. Sin embargo, por un lado le prometí a Carol que no volvería aquí…

—Tranquilo. Esta casa te pertenece, sobre todo lo que hay en ella. Acompáñame y te mostraré el resto.

La planta superior solo constaba de tres habitaciones, una de ellas el dormitorio principal, un cuarto de baño situado entre los otros dos dormitorios, y un inmenso despacho sin ventana habilitado como biblioteca. En él, una mesa de mármol con una silla de cuero en el centro, preservaba unos imponentes estantes de madera tallada que comprendían las tres paredes colmadas de libros.

Por un momento me pregunté cuántos volúmenes debía de albergar aquella casa, si añadía además todos los que Keller acumulaba en el salón. Y aunque me fue imposible hacerme una idea, ultimé que al menos los suficientes como para abastecer la biblioteca pública de cualquier pueblo del condado.

—Tendrás que comprar un televisor.

Tratándose de Keller, no me sorprendió en absoluto aquella afirmación.

—¿Nunca ha tenido ninguno?

Tampoco fue preciso que respondiera. Su sola mirada desubicada con el mundo que pisaba, lo hizo por él.

—Ni tampoco teléfono. Con la casa te obsequio todos estos libros, hijo —dijo al tiempo que se acercaba a ellos, como si, al igual que hiciera el señor Kaladze, se estuviera despidiendo—. Espero que goces de suficientes días por delante.

Acto seguido nos detuvimos en el dormitorio principal, que ofrecía vistas de la parte frontal de la casa. Keller me descubrió el inmenso armario donde guardaba tanto la escasa ropa de almacenaje como la suya propia, igual de exigua.

Aunque en algunos detalles todavía atesoraba el esplendor de una lujosa casa colonial, en cuanto a la decoración se refería, irradiaba el espíritu austero de su propietario evidenciando que, pese a sus fatuos intentos de ocuparla con ciertos lujos que impresionaran a su prisionero en la primera toma de contacto, incluso el tiempo había pasado de largo por allí.

—Hasta en las ventanas colocó usted una cruz —dije al tiempo que deslizaba mi dedo por la desgastada cinta aislante.

—Todo es débil para el más fuerte.

Mientras recorríamos de forma breve las demás estancias, no dejé de pensar en ningún momento que, dos pisos más abajo, descansaba un sádico ser que no podía morir de hambre ni de sed. Un ser que, si hallaba la manera de salir, subiría esas escaleras y vendría a buscarme a mi cama. Mi sangre se escarchó con solo imaginarlo.

Una vez abajo, cuando mis ojos tropezaron de nuevo con el precioso y brillante piano de cola, volví a sobrecogerme al recordar a Keller tocando aquella sonata la noche anterior. La melodía regresó y pude apreciarla hasta que salimos al porche.

Entonces, bajo aquel apolillado soportal, no pude evitar mostrarle mi estremecimiento y con toda franqueza le abrí de par en par las puertas de mi espíritu:

—Le admiro, señor Keller. Por cómo ha sabido convivir con este sentimiento durante casi toda su vida, luchando contra él. Supongo que ha hecho su propia justicia... pero no creo que yo pueda asumir la responsabilidad.

Él me miró fijamente y yo aguanté, estoico. Como por arte de magia, sus negros ojos descolocados, parecieron alinearse.

—Hacer justicia, dices... Yo me he llevado tan solo un pequeño pedacito de su larga vida y él en cambio, se ha llevado la mía entera. Así que no creo que haya sido justo. Ya es tarde para cambiar mi decisión, y es por ello por lo que quiero que seas quién haga justicia.

No dije nada, aunque tampoco hizo falta. Keller podía hablar con cualquiera sin que fuera necesario separar los labios.

—Mira hijo, de la misma manera que mi padre temía al tiempo, digamos que yo acabé heredando ese terror. Y lo que me asusta de él es que siempre acaba engañándonos, porque es un tramposo al que no puedes vencer. A veces, para que te confíes, te hace creer que no corre, pero sin embargo nunca se detiene en su destrucción. Destruye la piel, la carne, el corazón, arrasa a generaciones enteras, amigos, amores… pero no olvides que no todos son hijos suyos. Algunos, como la bestia de ahí abajo, son hijos de la noche. Y no hay nada más ajeno al tiempo ni más eterno que la oscuridad. Llegué a creer que vencerlo sería una manera de vencer al reloj, pero no es así. Y lo peor de todo es que, si pudiera retroceder en el tiempo hasta el momento de cerrar la tapa de ese búnker frente a Harry Truman... volvería a hacerlo para no abrirla hasta que tú llegaras.

Tragué saliva y asentí, perplejo.

—Sé que todo esto es muy precipitado, Robert —prosiguió—. Mucho más de lo que hubiera imaginado, no creas que lo ignoro. Pero también sé que lo dejo en las manos que debo y entenderás que no puedo decidir por ti, pues yo ya decidí en su día y mi venganza acaba aquí. Esta casa es tuya. Él es tuyo. Y también la mitad de mi fortuna. La otra quedará como donación anónima a los familiares de tus amigos muertos. No necesitarás trabajar y podrás dedicarte a aquello que desees en la vida, que espero que no sea custodiar tu alma vengativa.

—Gracias, señor Keller —dije tan pleno de gratitud como de temor.

—Si me quedase aquí contigo y acabáramos juntos con él, te estaría privando de una decisión que, desde el momento en que ese ser mató a tu padre condicionando tu vida, solo te pertenece a ti.

Afirmé agitando verticalmente la cabeza, si bien la inseguridad mitigó el movimiento de mi cuello.

—Me llevo el libro de vuelta a París, pero esto te lo dejo —añadió, ofreciéndome el bastón entre sus ulceradas palmas.

—Pero es… su… su bastón.

—Ya no, hijo. Ahora es tuyo, y tomes la decisión que tomes, solo te pediré un favor: hazlo con esto.

Entonces lo recibí entre mis manos por primera vez. Sentí sus imperfectos surcos milenarios y un extraño helor trepó por mis brazos para extenderse después al resto de mi cuerpo. Como si aquel trozo de madera ancestral tuviese la capacidad de transmitirme su malignidad impregnada, sentí renovado el impulso de bajar al sótano en aquel mismo instante y atravesar con él a aquella bestia infernal.

—Así lo haré.

—Te he dejado un sobre ahí encima explicándotelo todo

—indicó señalando con su cabeza a la mesa del porche—, así como los papeles relativos a mi última voluntad rubricados por un notario. Y puedes estar tranquilo, esta vez la firma es de verdad

—añadió con su mueca sonriente—. En la parte trasera de la alacena que hay en la cocina, encontrarás mi rifle y mi pistola, si bien tan solo te serán útiles para espantar a los lobos cuando lo precises.

—Espere, señor Keller. Déjeme llevarle.

De inmediato me dedicó una amenazante mirada que logró incluso que reculara, al tiempo que gritaba:

—¡Jamás debe quedar esta casa sola! ¡Ni siquiera cuando el sol brille en el cielo! Nunca sabes quién puede aparecer por esa puerta a curiosear… y créeme, sea quien sea, él lo llamará. Josaici. Recuérdalo. Si optas por tomar el otro camino, el que yo escogí, tarde o temprano deberás encontrar a alguien con quien conllevar tu pesada carga.

Acto seguido tomó su maleta y bajó los escalones. Permaneció un instante con la mirada fija en su mustio jardín de cruces, y sin girarse en ningún momento, dijo:

—Flaubert escribió que los recuerdos no pueblan nuestra soledad, al contrario… la hacen más profunda. No lo olvides nunca, hijo.

Con aquellas palabras flotando todavía en el aire y el gélido bastón entre mis trepidas manos, mi mirada persiguió su partida, hasta que minutos después se detuvo a la altura del roble centenario con nuestros nombres grabados. Una vez allí, pude apreciar cómo se revolvía por última vez con la vista puesta hacia donde yo estaba. Nunca supe realmente si se estaba despidiendo de mí o de la que fuera la cárcel de su alma durante casi cincuenta años. Lo único que sé con certeza, es que nunca más regresaría a la Casa de las Cruces.

†††

Todo había sucedido muy rápido. Demasiado. Me senté en su mecedora, encendí un cigarrillo e intenté asumir la nueva situación. Apenas había albergado tiempo de tomar una decisión, pues él ya lo había hecho por mí, y tenía demasiadas cosas en las que pensar.

Agarré el enorme sobre que descansaba encima de la mesa y lo abrí. En su interior, además de una carta escrita de su puño y letra, encontré un acta notarial de herencia firmada por el propio Keller, mediante la cual me legaba en vida la casa junto a una exorbitante cantidad de dinero, mucho mayor de lo que jamás habría podido imaginar, además de unos papeles traducidos al alemán en donde figuraba mi nombre y en los que tan solo faltaba la rúbrica de mi firma.

En cuanto vi la fecha, mi sangre volvió a congelarse.

Databa del mismo día que regresé a Salmo.

Con la dificultad propia de la convulsión entre mis dedos, volví a guardar en el sobre los papeles que de la noche a la mañana me convertían en un hombre rico y leí con detenimiento la carta que escribió para mí.

Querido Robert, existen ciertas reglas básicas que debes conocer acerca de cómo actuar en caso de que decidas no alterar la situación actual. En primer lugar sé que eres fuerte, pero no todas las personas lo son y cualquiera que invites a esta (tu) casa cuando el sol se ponga, correrá el riesgo de perecer como hicieron todos aquellos a los que amabas, o amaste alguna vez. Así pues, te ruego que mientras esa alimaña continúe amaneciendo al anochecer, mantengas alejado a todo el mundo.

Como ya sabes, la compuerta no se halla insonorizada, por lo que permanecerás expuesto a lo que él te diga. Durante la noche tratará de captar tu atención, le escucharás susurrarte e incluso logrará penetrar en tus sueños. Sin embargo no temas, el cerebro humano es asombroso y con el tiempo aprenderá la manera de cerrar esas puertas. De cualquier forma, siempre que decidas aguardar, mantente apartado del sótano. No hables con él, no olvides que no hay mejor embaucador y recuerda la tradición rumana acerca de departir con los muertos. Pero sobre todo, bajo ninguna circunstancia abras la compuerta cuando esté atardeciendo. Por nada del mundo. Lo que tengas que hacer… que sea con el sol.

Tanto en la biblioteca del salón como en el despacho de la planta superior, hallarás numerosos ejemplares acerca del mundo de los vampiros que te dirán todo cuanto has de saber acerca de ellos.

Ignoro si aprendiste a tocar el piano, pero si ese no es el caso, en la cadena estéreo hay un cassette con la sonata para piano número catorce en do sostenido menor de Beethoven. Cuando la bestia la escuche, sabrá perfectamente cuáles son tus deseos con respecto a él.

Si por el contrario decidieras acabar con todo de una vez, en ese caso solo caben tres maneras. La más efectiva sería clavarle en el corazón una estaca de madera. La otra sería cortarle la cabeza. Y la menos recomendable, dadas las circunstancias, sería el fuego.

Tanto en un caso como en el otro solo me queda aconsejarte que cumplas las normas y que sea tu mente quien decida, porque cuando lo hace el corazón siempre hay alguien que acaba sufriendo. Como ya sabes, cada noche le he repetido a mi prisionero que esa será su tumba… aunque ya entonces sabía que en realidad esa frase me la estaba diciendo a mí mismo. Espero que ello te sirva como lección.

Él se ha llevado mi vida y una parte importante de la tuya, aunque no pudo contigo. Suceda lo que suceda, ahora albergas una gran responsabilidad bajo tus pies.

K.

Para cuando hube terminado, me invadió una profunda sensación de soledad.

¿Por qué no bajas ahí abajo a echar un vistazo? Verás lo solo que estás, chico

Pese a mi valentía, era consciente de que conforme la noche avanzara, el espanto se iría incrustando en mis huesos como el húmedo frío de invierno. Y por muchas noches que allí pasara, ese pavor jamás se iría. El miedo nunca se marcha mientras tenga sustento. Otra cosa muy distinta es que llegara a acostumbrarme a vivir con sus mordiscos, pero en cualquier caso prefería no tener que descubrirlo.

Debía evitar convertirme en Keller, como él mismo me avisaba en la carta que todavía sostenía mi temblorosa mano. Más aún si tenía en cuenta que tarde o temprano sus súbditos me encontrarían. Acabando con la bestia también lo haría con ellos, vengaría a mi padre, a los chicos, recuperaría a mi hermana, a mis amistades y entonces dispondría de todo el tiempo (y el dinero) del mundo para formar una familia. Las supersticiones, incluidas las de Carol, desaparecerían. No podía volver a evadir una responsabilidad.

Lo haría cuanto antes, pero sin precipitarme. Seguiría las reglas básicas que Keller me indicaba en la carta y de ese modo todo sería más llevadero. Atravesaría su corazón.

Con toda seguridad sería un momento traumático, un pasaje de mi vida que me llevaría conmigo al otro lado de la alambrada. Pero el futuro, mi futuro y el de mis seres queridos, pasaba por ello.

Convenía examinar todos y cada uno de mis pasos, con todas y cada una de sus posibles variables. No podía equivocarme. Como muy pronto, sería al día siguiente, lo cual me llevaba irremediablemente a tener que pasar una noche en la casa, con aquel «no muerto» ahí abajo.

El miedo volvió, esta vez para darle un bocado aún más grande a mi alma.

En el mueble bar encontré una botella de Jack Daniel’s medio llena que me dispuse a acabar. De ella deduje por primera vez que Keller era más terrenal de lo que parecía.

Ya solo te queda por encontrar las revistas porno.

Tras mucho debatirlo, había resuelto que solo emborrachándome lo justo podría soportar pasar la noche allí.

Como en los viejos tiempos, ¿verdad, chico? Me alegro de volver a verte…

Yo más, tío Jack, yo más…

Pensé incluso en arriesgarme a salir para irme al Taps Bar a beberme la otra mitad de la botella, hasta que el sol comenzara a ocultarse. Pero por un lado corría el riesgo de cruzarme con la autocaravana, y por otro...

¡Jamás debe quedar esta casa sola!

Pensé entonces en Grace y en cómo me hubiera gustado que estuviera allí conmigo, sentada en el porche junto a Johnny y Carol, bebiendo lo suficiente como para poder desvelarles el secreto de aquello que una vez se escondió bajo el suelo de la Casa de las Cruces, y del que ahora tan solo quedaban las cenizas. Tal vez Carol aceptaría así que rompiese mi promesa, y con la fortuna que acababa de heredar le compraría un reloj de diamantes que funcionara hacia atrás. Porque al fin y al cabo creo que ese es el mejor regalo que alguien te puede hacer.

No obstante, debía comenzar a asumir que ese secreto moriría conmigo. Y por supuesto, con el Príncipe. Ya lo tenía planeado: en cuanto el sol asomara, me tomaría un café que evaporase mi resaca, dejaría la compuerta abierta y bajaría por las escaleras para acabar con El Responsable De Todos Mis Errores. Después subiría de nuevo, cerraría la compuerta y abriría la primera página del resto de mi vida.

No.

Demasiado fácil...

Con la sensación de quemazón en la garganta a medida que surcaba por ella el dulce licor, me pareció haber pasado una eternidad desde mi regreso al pueblo. Recordé que en Salmo el tiempo no corre, sino que camina, y cavilé acerca de lo que esa medida significaría para el Príncipe. Para quien había sobrevivido a todo y continuaba haciéndolo, aunque preso del búnker y de su condición.

Según su captor, tenía la fuerza de mil hombres, pero también llevaba casi medio siglo sin alimentarse. Y si bien no podía determinar hasta qué punto podía estar débil, si por alguna razón despertaba de su sueño diurno, esperaba que aquella circunstancia jugase en mi favor. En cualquier caso, toda opción pasaba por ser preciso y conseguir controlar los nervios.

El bastón, tallado por aquel vampiro a lo largo de los siglos y símbolo del dolor de ambos, seguía teniendo bien afilada la punta. Supuse que durante años Keller fue aguzándola para que no perdiera ni un ápice su poder destructivo. El mismo que atravesó las entrañas de su padre.

Hacía calor, aunque en el soportal, a parte de la sombra, se podía disfrutar de una agradable brisa que iba y venía de un lado a otro. Volví a dar otro trago y dejé el resto del whisky para el atardecer, cuando más lo necesitaría.

—A su salud, señor Keller —susurré para mis adentros.

†††

Afuera diluviaba, y a aquellas altas horas de la madrugada la calle estaba tan desierta como de costumbre. Me encontraba en la lavandería de Billings.

La reconocía perfectamente porque había trabajado allí durante medio año, y ante todo porque aquel trabajo coincidió con una de las peores épocas de mi vida. Ni siquiera sabía cómo había acabado en el estado de Montana, así que mucho menos podía comprender cómo me habían dado aquel empleo en el que lo único que debía hacer era vigilar y controlar aquellas máquinas, disponibles para el público las veinticuatro horas del día.

Mi turno, como no podía ser de otra manera, era el que nadie quería.

La «Tienda de Stan», como era conocida en el barrio, además de lavandería también ofrecía todo tipo de comestibles, bebidas, revistas, música y hasta películas eróticas. Constaba de una pequeña recepción con un mostrador, y veinte lavadoras situadas en la pared opuesta al escaparate, donde se podía leer, en letras de neón rojas:

LAVANDERÍA DE STAN

En la pared adyacente, se apilaban a su vez otras tantas máquinas de secado rápido.

Aquella noche me entretenía ojeando la Penthouse y todavía no había comenzado mi tercera cerveza. El jefe, un reconocido alcohólico, irónicamente no permitía que ningún empleado bebiera, pero el turno podía ser tan solitario que ni siquiera la mierda de sueldo que pagaba era suficiente como para resistirse.

La puerta se abrió y apareció un hombre enfundado en un chubasquero naranja, manchado de lo que parecía barro con una enorme bolsa de viaje de color negro en su mano diestra.

Llevaba puesta la capucha, pero aun así pude apreciar que tenía la cara excesivamente pálida. Demasiado incluso para aquella región. Supe al instante que el hombre no era de por allí. A pesar del poco tiempo que llevaba trabajando, ya conocía a la mayoría de clientes del barrio, y sobre todo sus horarios.

Es curioso lo predecible que resulta la gente si se presta la suficiente atención a los detalles. En una lavandería no solo se puede conocer gran parte de su vida por sus horas, sino también a través de sus prendas. Si bien aquella noche yo no tenía ganas de conocer nada y tan solo pronuncié un mecánico y rutinario:

—Buenas noches. La máquina acepta billetes, si necesita ayuda hágamelo saber.

No me respondió. Ni tan siquiera me miró. No era raro que de vez en cuando aparecieran clientes en aquellas horas para comprar chucherías de cinco centavos, alguna película, o lavar la ropa que durante el resto del día no tenían tiempo de hacer. Si la lavandería de Stan permanecía abierta toda la noche, era porque Stan podía lavar su ropa en cualquier momento. O al menos eso recitaba el cutre eslogan de vinilo pegado en la parte inferior del ventanal.

El hombre se acercó hasta la máquina más alejada y me olvidé de él. Conocía el funcionamiento y eso siempre era un alivio. Unos minutos después, cuando hubo terminado, volvió hasta el mostrador y me extendió un billete de cincuenta al tiempo que dijo:

—¿Me podrías vigilar la ropa?

Yo asentí y agarré el billete con perplejidad. Era la primera vez que alguien me daba propina en la lavandería. ¡Y aquella valía por cincuenta!

—Por supuesto —dije sorprendido—. Será un placer.

A continuación desapareció en la fría y lluviosa noche. Desde el mostrador, observé la bolsa que permanecía en el suelo, justo bajo la máquina que ya había comenzado a retumbar con ese molesto ruido que tanto detestaba. Aunque aquella noche lo hizo de un modo… diferente.

Entonces pensé de nuevo en mamá. Y en Carol. Me pregunté qué demonios hacía allí metido cuando podía estar en mi dormitorio, durmiendo con la luz encendida no fuera a ser que el monstruo del armario (que solo actuaba amparado en la tiniebla), aprovechara la oportunidad. Al fin y al cabo, no me hallaba tan lejos de casa.

De repente, la lavadora comenzó a emitir un ruido más estridente que me pareció todavía menos usual. Volví a colocar la revista en la estantería y me acerqué hasta la máquina, que no dejaba de traquetear con ese inquietante sonido.

Cuando llegué hasta la bolsa la encontré cerrada. Aunque mi primera reacción fue gritar.

Acto seguido reculé, asustado. Desde ella emergía un fino reguero de sangre que finalizaba su recorrido en la mismísima boca de la lavadora.

Tragué saliva y arrimé mi cabeza hasta la puerta de carga, para observar el interior. El tambor se movía y se detenía a intervalos de tiempo indeterminados.

De pronto, algo golpeó el cristal. No pude verlo, pero tampoco hizo falta. Volvió a hacerlo y, esta vez sí, la vi.

Entre la espuma, apareció una cabeza humana. Tenía los ojos abiertos y su piel parecía desprenderse por momentos allí adentro, como si el proceso de descomposición ya hubiera dado comienzo y la propia lavadora lo acelerase.

Volví a gritar, aterrado.

Por acto reflejo retrocedí, tropezando con la bolsa que me hizo caer de espalda. Tras varios intentos por levantarme, resbalando torpemente, al fin logré apoyarme en la bolsa para tener un punto de apoyo. Entonces… entonces sentí aquello.

Allí adentro también había algo.

Y no había que ser muy inteligente, ni haberse graduado cum laude en la Universidad de los Horrores, para intuir que si en la lavadora se hallaba la cabeza dando vueltas, en la mochila estaría el resto. Acaso, aquello que pudiera caber en trocitos.

Una vez conseguí alzarme, con el pulso latiendo desenfrenado, abrí la cremallera de la bolsa. A medida que esta se separaba, unos dedos inertes y agarrotados me dieron la bienvenida.

No pude evitarlo. Dejé la cremallera a medio abrir, corrí hacia un rincón apartado de todo aquello y vomité cuanto había en mi estómago, mientras la cabeza continuaba dando golpes en el espumoso y ensangrentado tambor.

Tac, Tac, Tac

Sin más fuerzas que me sostuvieran, me dejé caer al suelo justo al lado del charco de vómito. La lavandería entera no cesaba de girar y girar, como la maldita lavadora, en tanto que yo caminaba como un trapecista por el abismo del desmayo sin caer en él.

Escuché cómo la puerta volvía abrirse y el hombre del chubasquero naranja manchado entró.

A paso lento se acercó hasta su ropa sin dejar de observarme en ningún momento desde aquel rostro tan pálido como siniestro. En cuanto llegó a la lavadora, el centrifugado se detuvo. El ruido se evaporó y todo pareció enfocarse de nuevo.

Abrió la compuerta, metió la mano en el tambor y extrajo su prenda más preciada —o al menos lo que quedaba de ella—, sosteniéndola por el cabello mojado.

Fue entonces cuando pude reconocerla y, esta vez sí, me desmayé.

Era mi propia cabeza.

Tal vez el Hombre del Chubasquero Naranja fuera mi destino. Mi interpretación onírica de la muerte o simplemente el modo de decirme a mí mismo que debía aclarar mi mente. Jamás lo he sabido, ni tampoco se lo he confesado a ningún psiquiatra, pues dudo mucho que nadie en el mundo de los vivos pudiera resolverlo. Lo único certero es que no tardé en descubrir —para mi desgracia—, que más que una pesadilla se trataba de una seria advertencia. Y cada noche que regresaba para visitarme, alguna desgracia sucedía al día siguiente.

Sin excepción.

La primera vez fue antes de abandonar Denver. Aquella mañana amanecí con un cuchillo de cocina clavado en mi espalda, cortesía de una prostituta hasta el culo de éxtasis que por escasos milímetros no trepanó el pulmón. Por fortuna para mí, en su onírica realidad creyó que con aquella puñalada —justo en mi lunar de mayor tamaño— ya había logrado matar al demonio de su padrastro. Aquel que muchas madrugadas, cuando era niña y su madre aún dormía la borrachera, la sacaba de la cama para llevarla al granero a jugar.

La segunda fue en Tulsa. Al día siguiente de recibir al Hombre del Chubasquero Naranja, durante uno de sus granizos típicos de primavera, el taxista que me trasladaba a las afueras perdió el control y se llevó por delante la vida de una niña pequeña que aguardaba en una parada de autobús, junto a su hermano mayor. Su cabeza se estampó contra el parabrisas como si de un mosquito se tratara, y sus inocentes ojos cristalizados, despojados de vida, todavía siguen apareciendo en el tétrico cristal de mi memoria, donde de vez en cuando se estrellan mis peores recuerdos. Y en ocasiones, aún confundo su cándido rostro con el de Carol.

La tercera, fue la noche antes de que mi madre cruzase al Otro Lado.

†††

Un ruido me despertó, aunque ya no era el de ninguna cabeza golpeando en el tambor. El Hombre del Chubasquero Naranja había vuelto a esconderse en su cripta de pesadillas y yo lamentaba profundamente que hubiera regresado a mi vida. Siempre lo hacía, más tarde o más temprano.

Aún podía ver a la niña del cráneo abierto, y sus pedacitos de seso cayendo al salpicadero junto a los restos de cristales y bolitas de rojizo hielo. A aquella colgada aullando con las esposas puestas, mientras cerraban las puertas de la ambulancia. Pero sobre todo, me reflejaba a mí mismo sosteniendo aquel teléfono desgastado, acaso por espantosas palabras como aquella:

Embolia.

Me hallaba empapado en sudor y no recordaba cómo había llegado a esa cama, si bien sí pude apreciar —por los huecos que resignaba la cinta aislante en forma de cruz sobre la ventana—, que ya había anochecido. Me había dormido vestido y lo que es peor, abrazado al bastón, como si de mi viejo osito de peluche se tratara.

Ahora voy a cerrar los ojos, Mr. Sewing. Si ese armario se abre, despiértame rápido...

Necesitas una mujer, chico.

Por suerte mi cabeza continuaba sujeta a mis hombros, lejos de cualquier lavadora, si bien no dejaba de darme vueltas. Me sobrevinieron unas terribles náuseas, una sensación que tristemente había aprendido a dominar tras padecerla durante excesivas resacas.

Me puse en pie y me asomé a uno de los huecos que permanecían visibles en la ventana. Abajo, la manada de lobos se reunía fiel a su cita con el Príncipe. Acaso conmigo, pese a que ya sabrían que su viejo enemigo acababa de abandonarme a mi suerte. En cualquier caso, avizoraban hacia donde yo estaba, mostrándome sus dientes cual cálida bienvenida.

Sabemos dónde estás… Sabemos dónde duermes.

Aunque algo me decía que lo que me había despertado no habían sido ellos. Ni tampoco aquella pesadilla. A paso lento llegué hasta el baño para vaciar mi resentida vejiga, pero una vez hube acabado, sentí de nuevo un fuerte impulso de vomitar e introduje la cabeza bajo el grifo de la bañera. El agua fría me despejó, y lo prefería, pues de todos modos no podría volver a conciliar el sueño en lo que quedaba de noche.

De súbito, pese al potente rumor del chorro, percibí con claridad lo que parecía el susurro de una mujer.

Cerré el grifo, que permaneció goteando levemente sobre mi pelo. Agarré la toalla y tan solo la restregué un instante. Necesitaba sentir las gotas resbalando por mi cuello. Sentirme vivo. Entonces, allí de pie en mitad del cuarto de baño, volví a escuchar la voz que, esta vez sí, logró flaquear mis piernas.

Sentí frío. La temperatura del baño debió de reducirse unos cuantos grados. O acaso fue la de mi propio cuerpo.

Por supuesto, la había reconocido. Probé a serenarme repitiéndome el clásico «solo es tu imaginación», pero de inmediato la voz volvió a llamarme como solía hacer cuando la cena estaba lista:

—¡Roooobbbbiiiieeee!

Recordé lo que Keller mencionó, que entre las habilidades de los «no muertos» se hallaba el arte del engaño. Más aun tratándose del Príncipe.

A mi mareada mente acudió otra voz que me resultaba familiar, pero que no acerté a distinguir:

¡No bajes Robert! ¡Ni se te ocurra hablar con él!

Repentinamente, una atronadora música comenzó a retumbar por toda la casa como si la expectorasen cientos de altavoces.

No podía ser cierto.

Conocía la canción. El Enter Sandman, de Metallica. Y lo peor de todo es que la odiaba con toda mi alma.

Cuando la guitarra eléctrica invadió el ambiente, caí en la cuenta de que había comenzado a temblar. De todas las cosas improbables en el mundo, que Keller tuviera esa canción podía llevarse el Gran Premio a la Ironía. No obstante cabía otra posibilidad.

Siempre la hay.

Exacto, chico. He encendido la radio para ti. Y desde aquí abajo subo el volumen, porque sé que te gusta, porque sé que Jana la tenía puesta a toda pastilla cuando llegaste a casa antes de tiempo y la pillaste con aquellos dos drogatas mientras se corría de gusto…

Say your prayers little one, don´t forget my son to include everyone… till the Sandman he comes12

12 Di tus oraciones pequeño, no olvides incluirlos a todos… hasta que venga el hombre del saco.

La música continuó acrecentando su volumen cada vez más, aturdiendo hasta los vestigios enterrados bajo aquel oscuro terreno. Subió tanto que ya no me permitía pensar y únicamente la voz de mamá parecía imponerse a aquel estrépito.

—Estoy aquí abajo, cariño.

Traté de ocultar mi cabeza con la toalla, como si aquello pudiera protegerme de alguna manera. Fue en vano. La dulce voz de mi madre regresó a por mí entre aquella confusión de batería y guitarra eléctrica.

—Baja, Robbie. Baja con nosotros…

Ajeno por completo a mi voluntad, como un niño obediente arrojé la empapada toalla a la bañera y descendí las escaleras hacia el sótano, a pesar de que aquella otra voz que no lograba evocar luchaba contra ello. Pretendía decirme algo, probablemente me gritara que por nada del mundo bajara, pero ya no podía oírla porque la música lo impedía.

Exit light, enter night, take my hand off to Never-never land13

13 Sal luz, entra noche, toma mi mano hacia la tierra de Nunca-nunca Jamás.

Cuando llegué al salón, por alguna razón que desconozco, tuve un fugaz instante de lucidez y entonces, por fin, pude reconocer a su propietario. Mi clarividencia había conseguido zafarse de aquella fuerza por un segundo.

Hallé la cadena estéreo, la apagué y cuando todo permaneció en calma, la voz de mi amigo Andy volvió a la carga con su habitual sensatez.

Sal al porche, y hablemos.

Pero no lo hice.

El equipo se encendió de nuevo y la música reapareció, aún más amplificada. Me tapé las orejas con las manos pero no servía de nada.

Dreams of wars, dreams of liars, dreams of dragon´s fire and things that will bite…14

14 Sueños de guerras, sueños de mentirosos, sueños del fuego del dragón y cosas que morderán…

Mis piernas tomaron por propia voluntad el camino contrario, y me dirigieron al sótano. Conforme descendía los peldaños, la canción pareció desvanecerse poco a poco y por fin comprendí horrorizado que, desde el principio, tan solo había estado sonando en mi húmeda cabeza.

Una vez abajo, pude percibir una pesada humedad en el ambiente. Ni siquiera me hizo falta encender la luz. Algo me guiaba. Una mano invisible incrustada en lo más profundo de mis entrañas, cual espectral ventrílocuo. Y fue precisamente aquel brazo el que me depuso en la silla de mimbre. Frente a la compuerta de titanio.

—¿Mamá? —pregunté, aunque no parecía mi voz, sino la del mismo niño que todavía temía a la oscuridad.

—Abre la compuerta, hijo. Ábrela y déjame salir, cariño.

Otra voz diferente vociferó en mi cabeza. Pero esta vez sí, la reconocí al instante.

¡Rayos, Robert! ¡No hables con él! ¡Eso de ahí abajo no es tu madre! Las únicas dentaduras con colmillos son de caramelo y están asquerosas... ¡Vamos! ¡Sube!

Me estremecí.

—No puedo hacerlo.

—Claro que puedes, Robbie. Si lo haces, mamá estará muy orgullosa de ti. ¿No es eso lo que quieres?

Joder Eddie, es ella…

¡No! No lo es. Ella ya está muerta.

—Sí, quiero que estés orgullosa —dije en apenas un susurro mientras las lágrimas amenazaban con emborronar mi visión.

—Entonces abre la compuerta y seamos felices de nuevo. Tú, Carol, papá y yo.

Tragué saliva y pugné todo cuanto pude para que El Niño que Teme al Armario Rojo no derramara lágrima alguna. Al fin y al cabo, bastante debilidad había mostrado ya.

En ese momento, Andy regresó.

Es la única manera que ese animal tiene, amigo. Está muy débil ahí abajo y solo quiere tu sangre. Por lo que más quieras… ¡Vuelve arriba y sal afuera!

—Él mató a papá —dije.

—No, cariño —replicó mamá—. Papá no está muerto. Está aquí, conmigo. ¿Es que no lo entiendes? ¡Abre los ojos, Robbie! Keller nos ha mantenido presos todo este tiempo.

—¡No! —grité esta vez—. Yo… yo vi el ataúd.

—Eso no es cierto, hijo. Solo viste un ataúd cerrado.

—Si estaba cerrado es porque la máquina lo había... Keller me lo dijo.

Antes siquiera de que acabara la frase, la voz de mi padre emergió de ahí abajo, como si mis padres se hallaran realmente presos en aquel búnker.

—Déjanos salir, hijo.

Sabes que siempre fui el que aportaba cierto sentido común al grupo y puedes confiar en mí. Eres fuerte, Robert, más de lo que fuimos nosotros. Pero por muy débil que él esté, podrá contigo si le escuchas. Todavía no te has acostumbrado. Márchate y vuelve cuando estés preparado para acabar con todo. Pero no escuches, por lo que más quieras, amigo...

¡Yo acudí a vuestro entierro! —exclamé con rabia.

Mi padre volvió a tomar la palabra.

—Aquello fue una pantomima. Un engaño, hijo. Puedes oírnos, ¿verdad?

—¡Tú me dijiste que ahí abajo solo había un monstruo de colmillos largos!

—Eso fue un sueño, igual que todo lo que has vivido hasta ahora. La realidad está aquí abajo, en esta misma noche. ¿Es que no la sientes? Por favor, ¡libéranos de este tormento a tu madre y a mí! ¡Abre la compuerta, hijo!

Dudé.

Fue apenas un soplo, aunque lo suficiente como para volver a sentir aquel frío. Allí abajo solo había una bestia deseosa de beberse hasta la última gota de mi sangre. Lo sabía. Y gracias a mis amigos, tal vez a Dios o incluso al odio de mi alma, mi cabeza pareció redimir el pecado.

Mamá pareció darse cuenta y, esta vez, fue ella quien habló elevando aún más el tono de voz:

—¡Ábrenos! ¡No te lo voy a repetir!

—¡Basta! —grité yo al tiempo que me levanté—. ¡Tú no eres mi madre!

En ese momento la fina y dulce voz de Diane llegó hasta allí abajo.

¡Bien hecho, ahora es el momento! ¡Corre! ¡Sube los peldaños!

Mientras que los chicos me empujaban hacia la escalera recuperando el control de mi propia voluntad, la voz de mi madre adquirió una perversa inflexión.

Ahora, ya no había duda de que no era ella quien se hallaba bajo aquel suelo de hormigón. Ni tampoco papá.

—¡Malnacido! ¡Tú me encerraste aquí abajo! ¡Tú dejaste que me pudriera, cuando te fuiste con esa ninfómana drogadicta! ¡Maldito bastardo!

Me dispuse a subir las escaleras en tanto que innumerables susurros sobrevolaban mis hostigados tímpanos. Entonces detuve mi paso.

Como un rayo de luz que atravesara mi mente resplandeciendo aquella húmeda penumbra, pensé que quizás, después de todo, no había bajado por mi madre. Ni tampoco porque ese animal hubiera podido dominarme en algún momento. Sino porque en lo más profundo de mí, sentí la necesidad de conocer al Príncipe antes de acabar con él. Y él lo sabía, aprovechándose de ello.

Permanecí con un pie en el primer escalón, cuando la voz del vampiro de acento balcánico del que Keller me había hablado, dijo:

—Ahora que ese moribundo se ha ido tú serás mi nuevo guardián, ¿verdad?

Mi corazón volvió a revolucionarse, impulsado por la acelerada repulsión hacia aquel ser.

—No. Sabes de sobra que en cuanto amanezca acabaré contigo.

Al fin y al cabo, de nada servía engañarle.

—Bien, Robert… Sabes qué ocurrirá cuando abras la compuerta, ¿verdad?

—Puedo imaginarlo.

—No. Tú puedes imaginar un paisaje. Puedes imaginar la cara que pondrá un ser querido cuando le lleves un regalo. Puedes imaginar una noche a la luz de la luna… tal vez con una bonita pediatra. Lo que no puedes imaginar es lo que te haré cuando tú y yo nos encontremos despiertos, como ahora.

—Eso jamás sucederá. Jamás.

El Príncipe emitió entonces un sonido parecido a una risa carcomida por la malignidad.

—Nosotros, los que bordeamos el sendero entre la vida y la muerte, con el tiempo hemos desarrollado nuestro propio lenguaje. Es muy avanzado y por ello solo entran en él palabras que podamos aplicar en nuestra realidad. Las demás, las tomamos prestadas de vuestra lengua. Y ¿sabes, Robert?, si hay una palabra que no aparece en nuestro idioma, el de los «no muertos», esa es precisamente la palabra «jamás».

Permanecí allí de pie en la oscuridad, atendiendo a todo cuanto tenía que decirme. El Príncipe continuó hablando:

—Más allá de que tú y yo caminemos por travesías diferentes, en el fondo eres un alma atormentada, como yo. Si me liberas esta noche, prometo redimirte a ti de este mundo cruel. Como hice con tus amigos. Como hice con tu padre.

En mi corazón se volvió a desatar esa incontrolable inquina que me invitaba a abrir la compuerta para arrancarle los ojos a aquella bestia.

Eso es lo que quiere...

Ya lo sé, Becca. Tranquila, no lo haré.

—Fallaste —dije—, y qué vueltas da la vida que ahora yo soy el dueño de tu destino. Fallaste con Johnny, y en cierto modo también con Tricia. Desde mi punto de vista, has fracasado. Y aun así seré yo quien te libere de tu sufrimiento. Deberías estarme agradecido.

Esperaba que el vampiro golpeara la compuerta con toda su furia. Que hubiera logrado irritarlo de algún modo. Pero no fue así. Con la misma serenidad y su característico acento foráneo, añadió:

—Pase lo que pase, siempre habitarás condicionado a tu tiempo como materia. Tus amigos se adelantaron y están aquí abajo, jos aici… conmigo. Al igual que tu querido padre. Fueron lo suficientemente humanos para plegarse a mi voluntad y ahora no son sino una muesca más.

—Sé lo que pretendes, y aunque reconozco que antes has podido sorprenderme con tu truquito de magia, sufrirás mi venganza en su debido momento.

—Nunca antes has matado a nadie, ¿verdad, Robert? ¿No sabes lo que se siente al arrebatarle la vida a un ser humano? ¿No fue eso lo que le hiciste a tu madre?

—Conozco tu historia —repliqué—, Keller me la contó mientras dormías. Y por cierto, me dio algo que te perteneció. Algo que tú mismo fabricaste con tus propias garras. Solo te diré cuanto necesitas saber esta noche... con esa mierda de bastón atravesaré tu viejo y podrido corazón.

Tras mis palabras, la bestia emitió una especie de gruñido que poco a poco fue incrementándose hasta convertirse en un bramido de furia. Más que eso. Era la pura expresión del mal. Con él, no solo se agitaron los muros de aquel sótano, sino también los de mi propia cordura.

 

†††

Era consciente de que no volvería a conciliar el sueño y por si fuera poco mi mente no dejaba de repetir aquella jodida canción, como un amargo bucle.

Hush little baby, don´t say a word and never mind that noise you heard, it´s just the best under your bed… sleep with one eye open gripping your pillow tight15

15 Calla pequeño, no digas nada y no te preocupes por ese ruido que escuchaste, es solo la bestia bajo tu cama… duerme con un ojo abierto abrazando estrechamente tu almohada.

No me quedaba whisky, pero sí unas latas de Stiegl que Keller guardaba en la cocina y que tanto me habían gustado la primera vez. Cogí el pack de la encimera y cuando me disponía a salir afuera para tomar el aire, me detuve.

Desde donde estaba podía ver la puerta y la mosquitera abiertas, y a los lobos en la valla mostrando sus caninos (que al fin y al cabo, no eran más que una prolongación de los colmillos del Príncipe). Pero, esta vez, no apuntaban hacia donde yo estaba.

Entonces escuché sus voces.

Otra vez.

Esta vez sonaron superpuestas al son de otra melodía. Era el Boys of summer de Don Henley, que se percibía débil proveniente de una cinta grabada de la radio, junto a lo que parecía una ventisca arreciando aquella eléctrica guitarra por momentos.

A paso lento, me fui acercando hasta la puerta. Desde el rellano vi a los chicos sentados alrededor de la mesa y el enfangado Chupapilas sobre el suelo. No tardarían en agotarse.

Tenían la misma cara de críos que cuando me marché, y daba la sensación de que todavía estuvieran acampados bajo el árbol y hubieran hecho una pausa para venir a verme. Allí estaban Andy, Eddie, Diane, Becca y también Tricia. Todos, menos John.

Sabía que no estaba soñando, pero también que no eran reales. Aunque al menos, bajo la biliosa luz del soportal lo parecían. Acaso, el mismo matiz que alumbró mis recuerdos desde que regresé.

—Ya era hora —dijo Andy—. Nos tienes secos.

Yo lo miré con la misma cara de pasmo sin saber a qué se refería, y a punto estuve de dejar caer las latas que se escurrieron entre mis sudorosos dedos.

—Las cervezas, capullo —dijo Patricia—. ¿Qué te pasa? Esa bestia te ha atontado.

Tras tanta tensión, esta vez no pude reprimir las lágrimas cuando vi que también habían traído una baraja de cartas. La misma con la que pasábamos horas jugando en el Tatanka y que aún resistía.

De golpe sentí una felicidad como nunca antes. Como nunca después. Únicamente comparable a recuperar a alguien que sabías muerto, pero aún así desenterrabas en tu cabeza para interponerlo entre la soledad y tú.

Posé las latas sobre la mesa y tomé asiento junto a Eddie, pasándole mi brazo por detrás, como haría un buen colega. Ni siquiera me dio tiempo a temer por el hecho de no poder sentir contacto alguno, cuando mi antebrazo halló el frío sustentáculo de su cuello. A veces, percibir el espectral tacto basta para reconfortar un alma repleta de fosas.

Inmediatamente después cogí un cigarrillo y dejé la cajetilla encima de la mesa, por si alguien quería servirse. Algo que en el grupo no solo era tradicional sino obligatorio, pese a que siempre generó más de una discusión.

Antes siquiera de que buscara mi encendedor, Diane me lo prendió con el suyo, que imitaba un surtidor de gasolina. ¡Joder, ya no se hacen mecheros así!

Como era habitual en las noches de verano del pueblo, había refrescado pero todavía se podía estar afuera en mangas de camisa si se era lo suficientemente hombre.

—Casi la cagas ahí abajo —dijo Andy mientras repartía la baraja.

Di una calada digna del mismísimo Benjamin Marley, y cuando hube expulsado la humareda, musité con la voz embargada por la emoción:

—Gracias por rescatarme, chicos.

Había tantas cosas que no podía creer, que el hecho de que estuviera de nuevo con los que fueron mis mejores amigos, con quienes llevaban años bajo tierra, no me pareció fuera de lugar. Ni siquiera de tiempo. Era consciente de que en un momento u otro se irían borrando, como en la foto de Marty McFly, y regresarían a ese sótano que los retenía presos. Pero hasta que eso sucediera pensaba disfrutar aquel momento, por muy ilusorio y fugaz que fuera. Al fin y al cabo, si había fantasmas con los que valía la pena correrse una juerga, era con ellos.

—¿Ninguno de vosotros lo va a decir? —dijo esta vez Eddie—. ¿Nadie? Bueno, pues seré yo. Chicos... ¡Johnny es la máxima autoridad! ¡Controla este maldito condado! La gente cree que es Robocop, pero nosotros sabemos que está más cerca de Johnny 5... Esto no puede salir bien, Eddie.

—Tú sí que eres nuestro Cortocircuito —replicó Andy.

—Mira el lado bueno —apuntó Rebecca—, así no te denunciará por grabar a las chicas en los vestuarios.

—Ehhh... ¡Son parte de mi película! ¡Eso es arte, maldición! Si lo hacen en «Porky´s» todo son risas y nadie dice nada. Pero a mí «La Manning» y las fuerzas del orden me confiscan mi Super 8. Este mundo no está hecho para ti, Eddie.

—Eres un guarro —dijo Tricia molesta—. Y deja de repetir tu nombre cada vez.

—¿Tú qué dices, Robert? —preguntó Diane girando su cabeza hacia mí.

En realidad no tenía nada que decir. Lo único que me apetecía era permanecer allí sentado, en silencio, con mi brazo rodeando a un viejo amigo y escuchando las conversaciones entre los chicos. Y habría estado así hasta que el mundo se fuera a la mierda.

—Creo que Eddie será el mejor director de cine que ha conocido la jodida galaxia —respondí—. Pero aquel día su verdadera cámara la tenía en la polla.

Todos rieron, y yo con ellos. Edward me apartó el brazo aunque al advertir su sonrisa se descosieron los puntos de todas y cada una de mis cicatrices.

—Lo echo de menos —dijo Rebecca.

—Gracias Becca, yo también pienso en ti todas las mañanas —añadió Eddie sin dejar de sonreír—. Por tu culpa me tengo que duchar tumbado.

—A ti no, enfermo. A mi sheriff.

Todos la miramos. Sus ojos resplandecían del mismo modo que cuando estaba junto a él. Y de alguna forma, seguía anudada a John a través de sus sueños.

—No buscabais lo mismo, cariño —añadió Tricia. La auténtica e irrepetible.

—Buscábamos lo mismo, pero nunca lo buscamos juntos. Siempre a destiempo.

Con su habitual agudeza, Andy pretendió mudar el cariz de la conversación. Y solo entonces caí en la cuenta de que, a apenas unos cuantos metros, seguía congregada la manada de lobos, gruñendo y aullando hacia nosotros.

Ellos también los veían.

—Sabes que debes terminar con él, ¿verdad? —dijo mirándome fijamente.

—Lo sé. Descuida.

—Mientras no lo hagas, seguiremos ahí abajo —prosiguió Andy—. Algunas noches, como esta, podremos escaparnos y echar una partida, si es que para entonces... queda algo de nosotros dentro de ti.

—Lo haré. Os lo prometo, chicos —dije mientras una furtiva lágrima se escabullía sin mirar atrás—. Siempre os llevo conmigo.

Nadie dijo nada. En sus vidriosos ojos pude distinguir el destello de los momentos de felicidad que pasamos juntos. Nuestros días esquiando en Steven Pass, las tardes en el Tatanka bebiendo cerveza, jugando a las cartas o incluso echando unos dardos. Las reuniones en La Cueva, las escapadas del colegio para seguir las abandonadas vías del tren en busca del cementerio indio que nunca encontramos, las fiestas clandestinas en casa de los King... Mi más preciada juventud.

—Bueno, que comience la partida. Esta vez os dejaré ganar —dijo Diane.

—Vale, pero a ver si hoy me explicáis de una vez las reglas —añadió Eddie ante la carcajada de todos.

†††

Estuvimos allí jugando, riendo y bebiendo hasta que amaneció, si bien esta vez el sol no acudió a su cita con la cúpula celeste. En su lugar, lo hicieron unos negros nubarrones amenazantes en el horizonte. El ominoso preludio de cuanto estaba por venir.

Tac, tac, tac…

Los chicos se fueron y por una vez las pilas duraron toda la noche. Pero no se evaporaron poco a poco, como pensaba que sucedería. Uno a uno, me fueron abrazando y después entraron en casa para bajar los peldaños.

Con mal cuerpo yo también volví al interior y subí a la habitación principal para tratar de dormir un rato. Al fin y al cabo, disponía de todo el día por delante para ejecutar mi plan. Y para que resultara según lo previsto, debía ahuyentar el cansancio y emplear mis cinco sentidos.

Al igual que Keller en el día en que lo atrapó, no podía fallar. Al menos no en aquello que todavía podía controlar. Lo haría por ellos, por mi padre, por Keller... por mí.

Lloré de nuevo tendido sobre el colchón, más firme que el del Hickson, y lo último que recuerdo antes de caer dormido fue un estruendo en el cielo anunciando tormenta.

La tormenta está al caer y tú no puedes afrontarla… además El Hombre del Chubasquero Naranja te ha visitado, no lo olvides...