Capítulo 8

Una vez, en un rodeo cerca de Amarillo, a Jake le había tocado un potro al que llamaban Goldie del Infierno. Antes de salir a la arena supo por qué.

Aguantó cuatro segundos sobre el caballo cuando el mínimo eran diez. Su récord no pasaba de los seis.

Jake se esperaba batir aquel récord y no pisar a Priss antes de siete segundos.

-:,Pon la mano derecha aquí –decía Priss, agarrándole la mano derecha y poniéndola sobre su espalda, justo encima de la cintura. Jake apretó los dedos sobre la espina y respiró profundamente, inhalando su perfume y empezó a sudar.

-Ahora, toma esta mano, así -dijo Priss haciéndole una demostración. Estaba seria y endiabladamente dulce-. Ahora, cuando cuente tres, desliza el pie izquierdo hacia la izquierda. Uno, dos... así.

Separados por la distancia que un brazo, se deslizaron hacia la izquierda, luego hacia la derecha Y

Jake se deslizó, poco a poco, por una pendiente que conocía pero a la que no se atrevía a nombrar. Tropezó con sus propios pies un par de veces, pero a Priss no la pisó ni una sola vez.

Priss se preguntaba si l(i lección de baile habría sido una buena idea. Siempre le había gustado la música. Había recibido lecciones de piano durante muchos años antes de que su profesor la diera por perdida. Por lo visto, su talento musical se reducía a un buen oído de aficionada.

Pero, por una vez, la música no atrapó su imaginación. Las letras resonaban en su cabeza. Estaba sorda a la melodía, los sentidos saciados con el hombre que la sostenía.

De algún modo, la distancia entre ellos disminuyó hasta reducirse a unos centímetros. Con su sentido del tacto, Priss registraba el hombro Jake, duro como una roca, donde apoyaba la mano Y el tacto, firme de la mano que agarraba su otra mano. Su sentido de la vista absorbía cada detalle de su rostro, desde su ancha y fina boca, con el labio inferior más grueso, hasta los hoyitos debajo de los pómulos o las ligeras arrugas junto a sus ojos grises.

Se había puesto una colonia penetrante y Priss la olía, mezclado su aroma con el de la camisa limpia y una exótica esencia que no era más que el olor corporal inconfundible y delicioso de Jake. En la mejilla izquierda, aunque casi imperceptible, tenía una cicatriz, y otra en el borde de la mandíbula. Pete le había contado que cuando era más joven había sido jinete de rodeo. Tal vez no hubiera sido demasiado bueno.

Aunque el cinturón que siempre llevaba...

Lo había ganado en un concurso de captura de toros, decía Pete. ¿O fue en doma de caballos?

-Priss.

Pero la verdad era que Priss no podía imaginarlo fallando en cualquier cosa que intentara. Era demasiado duro, demasiado decidido, demasiado...

-Priss, nena.

Era demasiado...

-¿Qué? -dijo Priss y se sobresaltó al ver que Jake la apretaba contra sí con ambos brazos y que... estaba palpablemente excitado.

«Oh, Dios mío,» se dijo tragando saliva. Se atragantó, respiró profundamente, pero se ahogó.

- Jake le dio unas palmadas en la espalda, pero las palmadas se convirtieron en caricias, lo que no la ayudó en absoluto.

-Nena, la música se ha acabado -dijo-. Estás bien? ¿Quieres que le dé la vuelta a la cinta?

¿La música?,

Ah, claro, estaban bailando.

Cuidadosamente, Priss se soltó y esbozó una alegre sonrisa.

-Sí. Quiero decir, no... creo',que por ahora ya está bien. Empiezas a hacerte con ello, de todas formas, ¿no te parece? Lo único que tienes que recordar es dar un paso, deslizarte, dar un paso, deslizarte... uno, dos, tres, cuatro.

-Sí, señora. Dar un paso, deslizarse.

Los ojos de Jake, ¿había pensado que eran de plata? Jake estaba ligeramente sonrojado, como si empezara a tener fiebre.

-Jake, ¿has estado al sol sin ponerte el sombrero?

-¿Sombrero? -dijo él con voz grave.

Jake la miró de, un modo que le hizo preguntarse si tenía demasiado maquillaje. Ya no la tocaba, pero de poco servía, su propio cuerpo no olvidaba su tacto.

-El sombrero-espetó-. Oh, y a propósito, las manchas se quitan con sifón. Me acuerdo de haberlo leído en una revista, o puede que sea manzanilla.

No sé, nunca lo he probado, no sé si quita el maquillaje.

Jake seguía mirándola como si estuviera hablando en suajili.

A Priss, aquella, mirada le ponía nerviosa, y cuando estaba nerviosa, empezaba a Hablar como una cotorra, y cuando hablaba como una cotorra, no se sabía lo que podía suceder.

Entonces, Con toda claridad, Jake empezó a maldecir. Priss no sabía si era por algo que ella había hecho o dicho. Normalmente lo era. Pero cuando la agarró por los hombros y la estrechó entre sus brazos y empezó a besarla, tuvo la certeza de que no era sólo para hacerla callar, porque...

«Oh, Dios mío.» Jake la besó con los labios, los dientes, la lengua, y con los brazos y Con las manos, y Con su cuerpo.

Estrechándose Contra ella, apretándose Contra ella y notó la dura hebilla- del cinturón Contra el estómago... o era...

Eran sus manos. y sus labios. Priss echó la cabeza hacia atrás para que Jake pudiera besarle el cuello, y luego le besó el lóbulo, jugueteando Con sus pendientes, lamiéndole la oreja...

Jake buscó a tientas el sofá. Sus piernas, tan castigadas a lo largo de los años, las sentía como espagueti. Si iban a fallarle en aquel momento, necesitaba saberlo, porque, mientras, no quería otra Cosa que yacer a su lado, o sobre ella, no quería hacerlo en el suelo.

-No nos precipitemos -dijo, cuando lo único que quería era precipitarse.

La música había terminado y Jake seguía sin saber bailar, pero de alguna manera, se las arregló para Conducirla hasta el sofá, dejó que se sentara y se sentó a su lado. Sin embargo, tuvo mucho cuidado para no hacerse daño y le rodeó los hombros Con Un brazo.

Maldita sea. Estaba tan nervioso como Un colegial en su primera cita. Jake Spencer, el hombre que una Vez se jactara de haberse metido en más peleas, bebido más cerveza y acostado Con más mujeres a la edad de dieciséis años que cualquier otro muchacho de Texas.

Por supuesto, no hacía falta decir que también era uno de los más mentirosos.

Dios, era un milagro que hubiera sobrevivido a la juventud. Y tal vez no merecía haberlo hecho.

«Retrocede, muchacho. No estás tratando con una de las mujeres de Bent Street.»

Había pasado mucho tiempo desde que no trataba con una mujer como Priss que no sabía qué hacer:

Bueno; en realidad, nunca había tratado con una mujer como Priss.

Le pitaban los oídos y pensó que, finalmente, le estaba dando un ataque. Su pasado empezaba a pasarle factura.

Luego se dio cuenta de que Priss estaba tarareando una canción.

-¿Tarareando?

Retrocedió y la miró con el ceño fruncido.

-¿Estás bien? -le preguntó algo preocupado.

Priss se echó a reír.

-Estaba tratando de recordar la canción, ¿te acuerdas? «Mamá, no dejes que tu hijo se convierta en cowboy...»

Cantaba tan mal como él, pero era tan...

Sí, bueno, no estaba interesado en su corazón, se recordó Jake, y se separó algo más de ella. Menos mal que lo recordó a tiempo. Aquel asunto del baile, con la música y aquel vestido. Si un hombre no tenía cuidado, podía llegar a olvidar sus prioridades. Si había algo que Jake corría el peligro de no hacer, era mantenerse fiel a su propio código de valores.

Se aclaró la garganta.

-Te agradezco mucho la lección, nena, pero me temo que nunca llegaré a ser una amenaza para .el viejo como se llame, ese tipo que sale con un esmoquin blanco en aquellas viejas películas.

-Fred Astaire -aclaró Priss.

En realidad, Priss se alegraba de que la música hubiera terminado, porque empezaba a perder la noción de lo que estaba haciendo. Podría haberse quedado allí toda la semana, segura entre los brazos de Jake, moviéndose al ritmo de la música, sintiéndose cálida, querida y atractiva. Hasta tal punto que le parecía imposible poder estar a su lado sin echarle los brazos al cuello y entonces Jake la besó y habría sido lo más natural del mundo si las viejas dudas no la hubieran asaltado. ¿Podía su padre tener razón después de todo? ¿Lo que atraía a Jake era la famosa cuenta secreta de Barrington?

Si era así, el pobre Jake no tenía mucha suerte.

La única parte de la propiedad de su padre que había heredado era una pequeña anualidad, y ya había gastado la renta que correspondía a aquel trimestre enviando a Rosalie a Dallas con regalos para todas sus sobrinas y sobrinos, además de la provisión de medicina para et corazón que le hacía falta.

Si, por otro lado, estaba interesado en su virtud, todavía peor. Porque aunque le avergonzaba admitirlo, todavía era virgen. A la avanzada edad de veintinueve años todavía no se había acostado con ningún hombre.

-Priss. P.J., nena, ¿estás dormida?

-¿Qué? Claro que no -dijo Priss. Estaba más rígida que Un palo, con los puños apretados sobre su regazo, pero apoyó la cabeza sobre el hombro de Jake.

-Jake, lo siento. Algunas veces me olvido de que ahí alrededor hay otras personas y me pierdo en mis pensamientos.

Obligándose a relajarse, se arrellanó sobre el sillón, dejándose invadir por la reconfortante sensación del del brazo de jake sobre sus hombros. y volvió a perderse en sus pensamientos.

Pensó en la palabra virgen. No era una palabra que se oyera a menudo en la conversación corriente pero la había oído en el banco de esperma. Le había hecho todo tipo de preguntas acerca del periodo, el tipo sanguíneo, sus ingresos y su vida amorosa, cosas que no eran asunto de nadie más que de ella, y luego había rellenado un cuestionario, dándole la vuelta al terminar, esperando que lo recogieran.

Entonces oyó a la mujer de la bata blanca hablando con alguien en el despacho y la señorita Agnes apareció al cabo de un instante y las cosas fueron de mal en peor.

Se puso furiosa, pero reconoció que no podían dar esperma a la primera mujer que pasara por la calle. Al menos, parte del proceso ya había terminado. Tal vez muy pronto le dieran uno de aquellos kits de fertilidad y le dijeran cuando podía volver.

De hecho ya había leído en una revista el modo de empleo.

-Salir de aquí Con el pensamiento, ¿eh? Me parece bien -dijo Jake y sonrió.

Los dos guardaron silencio y durante los siguientes minutos lo único que se oyó en aquella habitación cuadrada y fea era el ocasional crujido de la madera, quebrándose al enfriarse después de un día de sol y el sonido de su respiración, que se había calmado poco a poco.

Cuando era niña, Priss aprendió a desvanecerse en su propio mundo cuando el mundo real se abalanzaba sobre ella demasiado deprisa. Como adulta lo seguía haciendo algunas veces. En el colegio una profesora la había llamado, una vez, chica solitaria.

Con nueve años, Priss disfrutaba dramatizando su situación. Se consideraba, a veces, una niña abandonada a la puerta de una casa equivocada: la princesa Priscilla, robada por los gitanos y rescatada por un hombre enmascarado una pequeña Elizabeth Taylor. Las fantasías no requerían ningún sentido.

En algún lugar a lo largo del camino, la niña solitaria se había convertido en una mujer solitaria, pero para entonces poco podía hacer para remediarlo:

Cuanto más se esforzaba por ser como los demás, peores resu1tado_, obtenía. Por lo menos, Faith, Rosalíe y Sue Ellen la aceptaron tal como era. Y, por supuesto, tenía a los niños del hospital.

-Un penique por tus pensamientos -dijo Jake.

Ambos tenían las piernas estiradas delante de ellos, cruzadas por los tobillos Jake llevaba unas botas caras, aunque no nuevas. Priss que tenía tres pares de la misma marca, reconocía su gran calidad.

-Bonitas botas -dijo.

-Estabas pensando en mis botas?

-Tengo unas parecidas. No tan grandes, claro, pero con un diseño casi igual.

Jake trazó' con el dedo una línea sobre la falda de Priss, por encima de su muslo.

-Nunca te había visto con vestido -dijo.

-Nos conocimos antes de ayer, ¿o el día anterior?

En el campo es fácil perder la noción del tiempo.

-Fue el jueves, pero antes de eso te había visto en la ciudad algunas veces. Y siempre llevabas vaqueros.

-Todo el mundo lleva vaqueros. No me gusta ir llamando la atención y que me miren los hombres.

Al no obtener respuesta, Priss miró a Jake y le sorprendió sonriendo.

-¿Qué? -preguntó-. Jake, ¿de qué te ríes?

De que una mujer sólo puede dejar de llamar la atención con vestidos de premamá? Qué epidemia.

No era eso lo que Jake estaba pensando, pero no dijo nada. Si tenía idea de lo atractiva que estaba con vaqueros, se sentiría incómoda, y él también. Por no decir cómo se sentirían si le decía que, aunque no le había visto la cara hasta el jueves, la habría reconocido en cualquier parte.

-Creo que debería irme a la cama. Estoy pensando en ir a mi casa mañana a primera hora. Supongo que a estas alturas ya estará lista, ¿tú qué piensas? Jake no tenía que pensar. Reaccionó instintivamente.

-Yo esperaría unos días, me aseguraría de que todo estuviera arreglado antes de trasladarme, pero eres tú la que tiene que decidir.

Priss frunció el ceño y se mordió el labio. Jake lo observó y siguió atacando.

-¿Te he hablado de las yeguas que traje el otro día? Me gustaría enseñarte una de ellas, saber qué piensas de ella. Es algo mayor, pero todavía tiene mucha clase. Pensaba que a lo mejor te apetecía que diéramos un paseo a caballo mañana por la mañana. Quiero llevarte al arroyo más bonito que has visto en tu vida y tú puedes decirme-si la yegua es buena. Estoy pensando en venderla a un rancho cerca del cañón del río Frío.

Hablaba tranquilamente, pero le brillaban los ojos, de modo que Priss pensó que era hora de decir buenas noches.

-Sí, bueno... me parece muy bonito. Hum, no soy una experta, ¿entiendes? Pero supongo que podría...Jake, ¿el ojo izquierdo te parpadea un poco?

Jake se encogió de hombros.

-Supongo que de cansancio.

-¿Estás cansado tú o tienes la vista cansada? -Las dos cosas. Últimamente he estado leyendo demasiada letra pequeña. Priss...

-Tienes que ir al oculista.

_Yo? Pero si sólo tengo treinta y cinco años. -Sí, pero...

-Priss.

No era sólo su imaginación, pensó Priss, Jake estaba más cerca. Tan cerca que podía ver en sus ojos su propio reflejo y entonces la besó. Otra vez podría haberse apartado, y probablemente lo habría hecho de saber que era lo mejor que podía hacer, pero no lo sabía. En aquellos momentos lo único que quería por encima de todas las cosas era besarlo. Sentir el calor de su cuerpo contra ella. La suavidad de su pelo en sus dedos, la textura de su piel, su sabor... aquel sabor dulce, húmedo, envenenado.

Fue ella la que se giró para tenderse sobre su regazo. Fue Jake quien encontró los botones que abrían su vestido por ambos hombros. Antes de saber lo que ocurría, Priss sintió que le agarraba los pechos, sobre la tela, y al instante se 'los besaba, atravesando valles y montañas. Luego le acarició los muslos, levantándole la falda hasta dejar al descubierto el borde de las medias.

Priss se dio cuenta de que a Jake se le cortó el aliento al ver su piel desnuda, lo cual,. si lo pensaba, era sorprendente, porque la visión de la piel desnuda era algo corriente. Muchas mujeres enseñaban por la calle más de lo que ella enseñaba en aquellos momentos.

Aunque, pensándolo bien, lo mismo le sucedía a ella. Había visto el torso desnudo de muchos hombres, pero la visión del de Jake, con sus cicatrices, su mata de vello rizado y sus pezones oscuros, le hacían temblar las rodillas.

Jake respiraba agitadamente y ella también. Priss sabía que estaba excitado, porque podía sentir la presión de su sexo bajo su cadera, apretándose contra el borde de sus medias, y quería, por encima de todo, tocado, explorado tal como él la exploraba a ella, seguir su ardiente deseo allá donde la condujera y dejar que el mañana se ocupara del mañana.

Jake había metido los dedos bajo sus braguitas y los muslos de Priss se separaron, como siguiendo una voluntad propia. ,Estaba caliente y húmeda.'

Metió la mano entre sus piernas y descendió sobre el pantalón de Jake, sintiendo cómo reaccionaba ante su caricia. Era lo más excitante que había experimentado en su vida.

Pero no era suficiente.

-Jake, ¿podemos...?

Jake le agarró la mano y la separó un poco.

_Cariño, aquí no. Soy muy viejo para un catre como éste -gruñó Jake y echó la cabeza hacia atrás.

Priss lo miró, algo dolida y también asombrada.

Lo deseaba más de lo que hubiera querido.

-Tiempo muerto-dijo Jake-. Ahí viene Pete y Pete llegó. Acababan de volver a recuperar una posición respetable cuando el viejo entró en el salón con una bandeja en la que llevaba tazas -de diverso tipo, una jarrita de leche y el azucarero.

-Estáis muy callados. ¿Queréis que ponga más música?

Pocas horas después, con los rulos puestos, una capa de crema revitalizante en la cara y aceite de castor en las manos, Priss yacía despierta haciéndose muchas preguntas. Tales como cuándo sabe una mujer que está enamorada de un hombre, cómo se sabe que un hombre está realmente interesado en algo más que el sexo, o si, en caso de que no lo estuviera, el sexo era suficiente.

Con los ojos abiertos en la oscuridad, sus pensamientos se dirigieron hacia un asunto algo más práctico y se preguntó si montar a caballo sería tan difícil. La última vez que había montado tenía cinco años. Ella quería un pony, pero su padre la subió a su propia montura, un gran caballo bayo con una alzada de casi la altura de un hombre con los ojos pequeños y los dientes muy grandes. Se sentía tan alta que suplicó que la bajaran.

Su padre se disgustó tanto con ella, que casi la tiró de la silla, diciéndole que tenía que ser mayor y luego abandonó el corral y la dejó allí con el caballo y el mozo.

El mozo, que olía a paja Y a establo, era muy amable y la sacó del corral y le dijo que fuera corriendo a casa y le pidiera un helado a Rosalie, pero el daño estaba hecho. Desde aquel día le tenía miedo a los caballos. Más que un miedo paralizante, un temor respetuoso.

Por otro lado, también había tenido respeto a los ordenadores, pero una vez que lo superó logró aprender a utilizados. También había aprendido a esquiar, y a plantar una huerta. Una vez, en un campamento de verano, aprendió a pescar lanzando la caña, aun que en New Hope no había sitio para seguir practicando.

Tenía que aprender a montar a caballo. Además, pensó, ahuecando la almohada y tendiéndose de lado, era una excusa para estar con Jake.

Pero para alguien que parecía tener capacidad de aprendizaje, era un azote cuando se trataba de aprender a proteger su corazón. Pasar de Eddie a Jake era como pasar de una avioneta a un F-16.

De modo que salió a montar. .

Jake se daba cuenta de que estaba nerviosa y trató de darle confianza. y Priss fingió que estaba perfectamente, pero Jake sabía que estaba tensa al agarrarla, del brazo para ayudarla a pasar una cerca.

Priss admitió que hacía mucho tiempo que no montaba y Jake pensó: «Sí, parece que no has montado nunca.»

Pero no dijo nada. Pensó que le debía algo por la lección de baile y fue todo lo amable que pudo.

Priss estaba más tiesa que un palo y no parecía en condiciones de poner objeciones. Sin darle importancia, para que no se sintiera ofendida, le dio unas cuantas instrucciones básicas mientras ensillaba los caballos.

-Yo iré a tu lado, por si te pones nerviosa o pasa cualquier cosa, ¿de acuerdo?

-Estoy bien. Tendrías que haber visto el primer caballo en el que monté, que también fue el último.

Era como un elefante y tenía los ojos pequeños, ojos de malo.

-¿SÍ? ¿Cuándo fue eso?

-Tenía cinco años -dijo Priss y miró a Jake para observar su reacción.

Jake sacudió la cabeza.

-Los estribos están bien?¿ Puedo subirlos un poco más.

-No estoy bien -dijo Priss con una sonrisa tensa y chispas en la mirada. A Jake le dieron ganas de besarla.

Pero no era buena idea.

-Se llama Rebecca's Baby Duckling.

-Dios mío, es un trabalenguas. ¿Puedo llamada Becky?

-O Duck. O Baby. Como tú quieras.

Priss respiró profundamente y miró a Jake. Luego dijo, con una voz sólo una octava más aguda de lo normal:

-Entonces, vamos allá, Baby.

Jake tuvo que hacer esfuerzos por no abrazarla y bajarla de la silla, para que desapareciera toda la tensión y luego depositarla sobre la bala de paja más cercana y enseñarle otra clase de lección.

Salieron a un paso tranquilo por un camino que conducía hacia el sureste, hacia el arroyo, un arroyo artificial, pero lo bastante antiguo como para ser bonito, con árboles y hierba, algunas rocas y flores silvestres. Jake pensó que a Priss le gustaría, viendo en lo mucho que se fijaba en algunos arbustos que había alrededor de la casa.

Jake se prometió que no dejaría que las cosas volvieran a Írsele de las manos. No debía olvidar que aquella mujer no era de su clase.

Por otro lado, pensaba que le debía algo por aquellas malditas salchichas. y por su mejor y único traje, y por sus camisas, por no mencionar todas aquellas noches en que volvía a casa después de haberla visto en la ciudad y permanecía horas en el porche, acompañado de su solitaria cerveza, mientras pensaba en un modo de llegar a conocerla, de seducirla, en el modo de satisfacer su deseo por ella.

Sin detenerse, Jake señaló hacia las casitas donde Rico y loe vivían con sus familias. Le enseñó a Priss el nuevo establo, la cerca de entrenamiento y el campo donde el resto de su yeguada pastaba tranquilamente.

-Ya tengo un comprador interesado -le confió modestamente-. Pero no viene mal detener un poco una venta para que crezca el interés del comprador.

Le habló del potro rebelde y le explicó someramente en qué consistía el negocio de compra venta de caballos. Priss parecía genuinamente interesada, lo que le condujo a hablar acerca de sus planes para ampliar el negocio.

-De todas formas, lo que quiero, sobre todo, es mejorar la calidad. No necesito más espacio del que tengo, pero hay un considerable trabajo que hacer antes de que pueda sentarme a descansar.

-Todos necesitamos un objetivo -dijo Priss, y] ale pensó en el objetivo a corto plazo que había satisfecho cuando la llevó a su casa.

Al menos, se suponía que lo había satisfecho. Aunque su cuerpo no parecía muy convencido.

-Jake, ¿has pensado en casarte?

Jake se atragantó.

-No, señora, no lo he pensado. Al menos, no desde que soy lo bastante mayor como para saber lo queme conviene.

Era la verdad. Y si lo hubiera pensado antes, no se habría casado con Tammi.

-Oh.

Jake la miró con curiosidad. ¿Le habría dicho algo Faith? Suponía que la mayoría de los habitantes de aquellos lugares sabían que había estado casado con Tammi, pero hacía tanto tiempo que le parecía que había sido en otra vida.

-Bueno. Me apetecía preguntártelo -dijo Priss.

Cabalgaron en silencio el resto del camino .Jake no dejaba de sudar y se preguntaba si se había dejado el cerebro en el otro sombrero.

Llegaron al arroyo y se detuvieron. Priss se detuvo cambiando el peso del cuerpo y aflojando las riendas, tal como Jake le había enseñado. No tenía un talento innato, pensó Jake, pero aprendía muy deprisa, lo que le sorprendió. Empezaban a interesarlo un montón de cosas de aquella mujer.

-Jake, es maravilloso -dijo Priss con entusiasmo. Era sólo un canal de irrigación que el viejo Holloman había excavado hacía cuarenta años. A Jake nunca le pareció un lugar maravilloso, pero sí era bonito.

Se bajó de su montura y fue a ayudar a Priss, sabiendo que todavía estaría nerviosa. Pero estaba orgulloso de ella, tan orgulloso que se le henchía el pecho.

Pero al agarrarla por la cintura empezaron los problemas, porque, más o menos, Priss cayó en sus brazos y sus brazos se negaron a soltarla.

-Tranquila -dijo Jake y ella se rió. El sonido de su risa disipó el último atisbo de sentido común que le quedaba.

-Ah, Prissy, no se lo pones nada fácil a los chicos, ¿eh?

-Se me doblan las piernas -le dijo Priss, como si él pudiera explicar lo que le pasaba -y esta noche te dolerán.

No sólo las piernas se iban a resistir aquella noche. Priss tenía que darse cuenta de lo que le estaba ocurriendo a Jake, porque no podía ocultarlo. 

Maldita sea, se dijo Jake, si ella no estaba tan excitada como él, sabía fingir muy bien, con aquella respiración agitada y sus risitas.

Pero una parte de su cerebro le susurró una señal de alerta.

Otra parte, sin embargo, le decía que si la dejaba marchar lo lamentaría el resto de su vida.

En cuanto a Priss, nunca se le había pasado por la cabeza fingir. Con Eddie no hubo ningún problema. El quería sexo, ella quería a alguien con quien salir, con quien hablar, con quien bailar. Al principio, quería a alguien de quien enamorarse, pero no tardó tIempo en averiguar que para ella sería muy difícil.

Con Jake, quería llegar hasta el final. Quería lo que todas las mujeres embarazadas de New Hope habían tenido, y lo quería con Jake. y no sólo por un tiempo, sino para siempre.