Capítulo 10

Cerrando la puerta de la habitación tras ella, Priss cerró los ojos y se apoyó contra la puerta. Durante unos momentos se permitió reflexionar sobre lo que había pasado.

Siempre se había preguntado cómo sería. ¿Qué mujer en sus circunstancias .no se lo preguntaría? Había sido tentada una o dos veces, pero nunca lo suficiente como para romper con las advertencias de sus padres.

De modo que, finalmente, había ocurrido. Y había sido...

No quería usar la palabra «destino», pero sí pensó en la palabra «inevitable». Y muy excitante, por supuesto, y también incontrolable, e incómodo, y un poco... descarado. Pero en conjunto había sido... maravilloso, decidió. Hasta que Jake dijo aquellas cosas horribles.

Recordó que la última vez que había llegado tan alto, había acabado por caerse y romperse un brazo.

Aquella vez, temía haberse roto algo peor que un brazo. Pero si había algo que se le daba bien, era ocultar sus sentimientos y comportarse como si nada sucediera.

Sacó las maletas de debajo de la cama y las puso sobre ella. Empezó a vaciar la cómoda. Era asombroso lo poco que le había costado acomodarse en aquel lugar en tan sólo unos pocos días. No era extraño que Jake pensara que estaba tratando de hacerse un sitio en su vida.

Después de dar unas cuantas vueltas se dirigió al rellano de la escalera.

-jPete! ¿Puedes llevarme a la ciudad esta tarde?

El viejo emergió desde la cocina. Seguía secando la sartén. Priss sospechaba que estaba viendo la televisión y usaba la sartén para parecer ocupado cada vez que entraba alguien.

-¿No te puede llevar Jake?

-Está ocupado, eso me ha dicho.

Le había dicho eso y mucho más.

Se le hizo un nudo en la garganta, pero; sin prestarle atención, volvió a hacer el equipaje. Pensó en llamar a los bomberos para asegurarse de que su piso estaba listo, pero decidió no hacerlo. No importaba lo que le dijeran, volvía a su casa. Si no la dejaban entrar, buscaría otro lugar donde ir, tal vez le sirviera como excusa para buscar otra casa donde vivir.

Una casita, con un jardín bastante grande y columpios.

Una casa cerca de un colegio.

Al diablo con Jake Spencer, quién lo necesitaba.

Justo cuando terminó de hacer el equipaje, oyó que llegaba Jake. y subía las escaleras.

No quería hablar con él, no en aquellos momentos. Probablemente, nunca más. Podía hacer con sus promesas a largo plazo lo que le diera la gana, porque no se casaría con él aunque se lo pidiera de rodillas.

Si es que podía ponerse de rodillas. Después de ver las cicatrices de su cuerpo, incluida una en la pierna izquierda, señal de una rotura muy .seria, se preguntó cómo era capaz de andar y montar a caballo.

Había tenido dificultades para tenderse en el suelo, al lado del arroyo... y estaba subiendo las escaleras.

Siguiendo un impulso, cruzó el pasillo y se metió en el baño, cerrando de un portazo.

Los firmes pasos de Jake se detuvieron al otro lado de la puerta.

-Priss, abre la puerta, por favor.

A Priss, el nudo de la garganta descendió hasta el pecho, donde empezó a dolerle.

-Estoy ocupada -gruñó.

-Maldita sea, mujer, tenemos que hablar.

-Pues habla -dijo Priss, y suspiró y se limpió los ojos húmedos con el dorso de la mano. No quería llorar y no pensaba hacerlo. Lo que estaba hecho estaba hecho y llorar no iba a cambiar nada.

Por una décima de segundo, Priss pensó que Jake rompería la puerta. Vio que temblaba la puerta y que el picaporte, de porcelana, viejísimo, se movía a un lado y a otro.

-Por Judas Iscariote -le oyó decir a Jake entre dientes y luego oyó que se alejaba por el pasillo.

Enterró el rostro entre las manos y se sentó en el inodoro para gritar en silencio, lo que aligeró el dolor de su pecho, pero no sirvió de gran cosa a su corazón.

Ni siquiera podía culpar a Jake. Ella tenía la culpa de casi todo. Cada vez que la besaba, ella le devolvía el beso. Jake debía saber cómo se sentía, porque no había tratado de ocultarlo, al pensar que él sentía lo mismo por ella.

Bueno, empezando a partir de aquel momento, todo iba a cambiar. Si podía querer a un hombre, también podía dejar de quererlo.

¿Que él tenía planes a largo plazo? Pues ella también, y en ellos no entraba tener relaciones con un vaquero que llamaba «nena» a toda mujer con quien se topaba y «cariño». Oh, cómo le encantó oír aquella palabra.

Pero en aquellos momentos, probablemente estaba esperando al pie de las escaleras, para hacerle firmar una renuncia, liberándole de toda responsabilidad por haberla desflorado.

Desflorar, qué palabra tan estúpida. No sabía a quién se lo había oído: A Rosalie, probablemente, estaba bastante segura de que no lo había leído en el Cosmopolitan.

De todas formas, a su edad, la virginidad era un chiste Jake no le había quitado nada ella se lo había dado por propia voluntad, pero antes se apagaría el fuego del infierno que dejar que la tocara otra vez.

Jake no estaba al pie de las escaleras cuando Priss bajó todo el equipaje, seguía sin haber señales de él.

No sabía si sentir alivio o decepción. Fue a la cocina y se asomó al despacho.

-Pete. Estoy lista. Si traes la camioneta, voy sacando las cosas.

El viejo se dirigió al vestíbulo con ella y sacó la maleta más pesada. .

-Toma ésa otra, yo sacaré el resto -dijo-. Jake me ha dado las llaves "de su camioneta así que no se mancharán las maletas, porque Con lo sucio que está mi cacharro.

Tres días después, el jueves, Rosalie regresó de Dallas, con muchas fotografías y un pastel de su familia para Priss. No perdió el tiempo preguntando a Priss por las razones de sus ojeras y su triste mirada.

-No has comido bien¡-le dijo.

Priss le aseguró que sólo eran las señales de una infección que había sufrido en el hospital, la última vez que fue a ver a los niños.

Seis días después, cuando el intendente de bomberos obligó a que quitara un arbusto que acababa de plantar en la entrada de servicio al jardín, decidió empezar a buscar una casa por un precio moderado y con amplio jardín. , Afortunadamente, le devolvieron el coche como nuevo. Fue al hospital de New Hope tres veces en aquella semana, a leer cuentos a los niños, aunque algunas veces, querían hablar, así que ella se limitaba a escucharlos.

Rosalie, seguía tan activa como siempre, más, si cabe, después de andar enredando en las vidas de sus sobrinos. Priss no dormía lo suficiente y no comía lo suficiente. Siempre estaba triste.

El viernes, desayunando, justo dos semanas después de haber conocido a Jake, Priss dijo que no tenía hambre y Rosalie le dijo que la culpa de todo la tenía su obsesión por los niños.

-La señorita Agnes me lo ha contado todo. Si tu padre viviera, metería algo de sentido común en esa cabeza. Ahora, siéntate ahí, tómate el desayuno y déjate de tonterías.

Priss se sentó y llegó a tragar algunas cucharadas de cereales, pero le recordó el lío que había armado al intentar hacerle la cena a Jake yeso le recordó otras muchas cosas, de modo que se tapó la cara con la servilleta y se levantó en cuando Rosalie se sentó a ver la televisión.

Lamentaba dos cosas. Una era haber conocido a Jake Spencer, pero la otra era, ya que lo había hecho, no haber discutido con él, de un modo tranquilo y racional, la posibilidad de que fuera el padre de un hijo que luego le dejara criar a ella. Eso habría sido mejor que nada.

De hecho, era la solución perfecta. No tenían tanto en común como para casarse, excepto por aquella atracción que sentían en momentos de debilidad.

Oh, durante algún tiempo pensó que estaban destinados a estar juntos. Pensó en lo mucho que se habrían divertido, creando un nuevo hogar en aquella horrible casa. Durante algún tiempo pensó que el corazón de Jake ocultaba una secreta soledad y había respondido a ella instintivamente.

Pero estaba equivocada. Jake no estaba solo. Era demasiado terco como para necesitar a nadie, excepto, tal vez, a Pete, e incluso en ese caso, sospechaba, era porque Pete necesitaba que lo necesitaran.

Si alguna vez se casaba, no, sería con una mujer que no sabía cocinar, ni lavarle la ropa sin echar a perder sus pantalones, que ni siquiera sabía montar a caballo sin balancearse sobre la silla como un saco de patatas.

Pero le habría gustado pedirle que tuviera un hijo con ella y lo cierto era que había una posibilidad, remota, pero real.

Bueno, el tiempo lo diría. Mientras tanto, por si acaso, concertó otra cita con el banco de esperma, asegurándose de hacerlo el día que no trabajaba la señorita Agnes.

Era uno de los meses de julio más calurosos de la historia. Priss fue a Dallas, decidida a hacer serios cambios en su vida.

Se le pasó por la cabeza la idea de cortarse el pelo y peinárselo con aquellos peinados discretos que tanto gustaban a su madre. «En New Hope, Priscilla Joan, hay chicas con el pelo largo y chicas que saben peinarse,» le dijo su madre más de una vez.

A los veintinueve, Priss se dio cuenta, por fin, de quién era.

De modo que se olvidó de cambiar de peinado y de comprar ropa clásica y se compró un collar de lapislázuli, y un chaleco de muchos colores hecho a mano en Guatemala, Y un precioso sombrero de paja rosa.

Dos semanas después volvió a ver a Jake. Habían pasado seis semanas desde el día en que hicieran el amor a orillas del río y ella hiciera el equipaje y abandonara Bar Nothing para siempre. En el fondo, siempre supo que, tarde o temprano, volvería a verlo.

En New Hope, todo el mundo acababa por verse. Pero de todos los días posibles, el destino les reservó uno especial.

Acababa de averiguar que estaba embarazada Y corrió a la tienda de Faith para comprobar COn ella las primeras etapas del embarazo, cuando apareció Jake, entrando por la puerta con aquel andar descuidado, igual que John Wayne, acompañado del sonido de la campanilla de la puerta.

A Priss le palpitó el corazón, mientras esperaba que saludara a Faith, que estaba hablando con un par de clientes. Luego observó que se acercaba a ella y trató de adoptar una actitud indiferente.

Lo saludó como si se tratara de cualquier viejo amigo, sin pensar que era el primer y único hombre con el que había hecho el amor.

El único hombre al que había querido lo suficiente como para pensar en el matrimonio, aunque tratara de olvidar aquella idea por todos los medios.

El sonido de la campanilla anunció la entrada de otro hombre Priss lo ignoró, aunque trató de no mirar a Jake. ¿Pensaba que era guapo? En realidad no lo era. Era parecido a Clint Black sólo que más alto.

Llevaba los mismos vaqueros viejos de siempre y botas camperas y tenía el mismo gesto duro con la cejas oscuras Y los ojos grises.

En aquel momento se agolpó en su mente todo lo que había tratado de olvidar. El modo en que había estado a punto de romperse el cuello tratando de agarrada cuando ella tropezó en la tienda, aquel primer día. Cómo se presentó en su casa porque había oído que se había incendiado.

Pensó en el modo en que cuidó de no herir sus sentimientos después de aquella primera cena juntos, y en lo encantador que estaba la noche que bailaron, concentrado en no pisarla... aunque pensó que no tenía tan poca experiencia como pretendía. Sí, sabía que ella le importaba, pero no lo suficiente.

Jake pasó junto a una mujer embarazada y Priss pensó en dar media vuelta y salir por la puerta trasera.

De todos modos, Faith estaba tan ocuparía, que aquel día no podría compartir con ella la buena nueva,

Pero entonces Faith vio al hombre que había entrado detrás de Jake.

-¿Mitch? Mitch McCord. Hace años que no te veo -dijo.

Al oír aquel nombre,Jake se dio la vuelta, estrechó la mano de Mitch, diciéndole que se alegraba de verlo y lo pequeño que era el mundo, y los dos se abrazaron dándose palmaditas en la espalda.

Priss' se 'quedó donde estaba, sintiéndose fuera de lugar, lo que no era una sentimiento particular mente nuevo. No conocía a aquel hombre, pero lamentaba que distrajera la atención de Jake.

Faith hizo las presentaciones.

-Priss, ven que te presente a Mitch McCord.

Mitch, ésta es Priss Barrington. Mitch tiene fama de haber robado tantos corazones en sus tiempos de instituto como Jake. Te acuerdas de Jake, ¿verdad, Priss? Te tropezaste con él aquí mismo el cuatro de julio.

-Fue el uno de julio -dijeron los dos a la vez.

Luego Jake añadió:

-Sí, lo recuerda. Mitch, me alegro de verte. Priss, ¿quieres salir a dar un paseo?

Antes de que Priss pudiera encontrar una excusa, Faith se dirigió a Mitch.

-¿Qué diablos haces en una tienda de niños? ¿No me digas que estás pensando en casarte y empezar una familia? Jake y tú sois los últimos solterones de New Hope, aunque supongo que, estrictamente hablando, ya no podemos llamar solterón a Jake.

¿No? A Priss se le hizo un nudo en el pecho y se preguntó qué podía haber cambiado en las últimas 'seis semanas.

Sin duda, no se había casado. El periódico local habría anunciado la noticia.

Luego habló Mitch.

-Mira, necesito ayuda, Faith. ¿Puedes decirme qué hace falta saber para cuidar a un niño?

-¿Qué niño? ¿Cuántos años tiene? ¿Es niño o niña? ¿Cuánto tiempo lo vas a tener? Mitch, compra de cosas a un niño no es lo mismo que comprar unos neumáticos.

Jake se mordió el labio.

-Para empezar, es mucho más caro.

Mitch McCord se mesó los cabellos.

-Lo único que sé es que alguien ha dejado un bebé, metido en una cesta, a la puerta de mi casa, con una nota que decía que cuidara de mi hijo. ¡Mi hijo! ¿Qué os parece?

Jake trató de contener una sonrisa, lo que a Priss le pareció una falta de sensibilidad, considerando que Mitch era su amigo y parecía hundido.

-¿Es tuyo? -preguntó Faith.

Mitch se encogió de hombros.

-Puede ser.

-En ese caso será mejor que empecemos por el principio. _

-Al final todo el mundo paga sus deudas –dijo Jake sonriendo abiertamente.

Mitch lo miró fríamente.

-Tú espera. Te llegará el turno uno de estos días y veremos quién se ríe entonces.

Faith, ¿y uno de esos cochecitos? ¿Tienes alguna revista para padres?

Priss le dio un libro que había estado ojeando. -Supongo que es tarde para esto.

-Nutrición prenatal. Sí, parece bastante sana.

-¿Tienes una niña? -preguntó Jake, y a Priss le sorprendió comprobar que parecía casi envidioso-. Será mejor que te lleves esto -dijo y puso un buzo sobre el mostrador.

-y esto -dijo Priss poniendo una caja de pañales.

 -¿Qué tiempo tiene? -preguntó Faith, siempre tan práctica.

-¿Cuánto tiempo? -dijo Mitch, y sus ojos se cubrieron de pánico. A Jake le parecía muy divertido, a Priss, conmovedor.

-Jake, deja de reírte -dijo Priss-. Mitch, ¿puede sentarse ella sola? ¿Habla?

-Oh, no lo sé, se pasa el día ensuciando pañales. Acabo de dejarla con Jenny, mi vecina, y me he venido corriendo a preguntar a Faith.

- Priss, que estaba seleccionando algunas prendas para la niña de Mitch, pero con su. propio hijo en mente, dijo:

-¿Jenny Stevens? La conozco. Nos vimos en la fiesta de compromiso que Faith les dio a Mike y Michelle en febrero Jenny me dijo que tenía algunas semillas de mora, pero los bomberos no me dejan plantar nada en el jardín de mi casa. Te acuerdas de Jenny, ¿verdad?

Los cristales saltaron por todas partes. Faith había dejado caer una lámpara en forma de dinosaurio y estaba de pie, quieta como un témpano.

Después de un instante de desconcierto, Mitch se agachó a recoger los trozos de la lámpara Jake tomó, del brazo a Faith y la llevó a la mecedora. Priss fue a buscar una escoba y . un recogedor al almacén y Faith se sentó, con la cara roja como un tomate.

Tardaron poco en restablecer el orden y Faith se recuperó del sobresalto, fuere cual fuere su causa.

Priss suponía que tenía algo que ver con el embarazo de su amiga.

-Eso me recuerda -dijo con sorpresa-. Que la boda de Russo es en noviembre, el mismo mes que sales de cuentas, Faith. Dos acontecimientos felices el mismo mes, ¿no es maravilloso?

Faith palideció, luego se levantó y corrió hacia la puerta trasera.

-Si me perdonáis un momento. Mitch, piensa lo que quieres llevarte y ahora vuelvo.

Jake tomó la mano de Priss.

-¿Vamos a dar un paseo? -dijo, como si se hubieran separado el día anterior y en los mejores términos.

Nada había cambiado. Su tacto seguía provocando en ella fuegos artificiales. Aún así trató de soltarse sin conseguido. .

-Creo que será mejor que me quede -murmuró-.

Puede que Faith me necesite.

Faith volvió al instante y la disuadió.

-Beth viene a la una, vete tranquila. Ya hablaremos.

-Ya has oído a la dama -dijo Jake sonriendo, pero sus ojos tenían aquella mirada acerada que Priss había aprendido a temer.

-Ya nos veremos, McCord. Buena suerte con la pequeña -dijo Jake.

En el exterior el calor era agobiante. No había rastro de nubes.

-Tal vez -dijo Priss-, a tu amiga no le habría venido nada mal un poco de apoyo.

Jake le dio' una palmada en la mano' y la soltó.

-Puede que yo no esté de humor para apoyar a nadie.

-En ese caso, ¿por qué no te vas a tu casa? No hace falta que me acompañes al coche.

-No pensaba hacerla. Ya te he dicho' que tenemos que hablar.

-Si tienes algo que decir, pondrías haberlo' dicho' antes de que me fuera.

-Estabas encerrada en el baño', ¿no te acuerdas? Priss lo miró a los ojos y aquella mirada bastó para estremecerla. Una palabra, y se veía obligada a recordarse la multitud de razones por las cuales no amaba a aquel hombre.

Una caricia y todo volvió a precipitarse en ella.

Recordó el tacto de su piel, sus cicatrices, la mata de vello de su pecho, la de su vientre, su hermoso cuerpo.

Y el modo en que le hizo sentir aquella mañana.

La camioneta de ]ake estaba bajo el sol. Ella había aparcado un poco más abajo, en la única sombra que se podía encontrar a aquella hora, junto al banco.

El director del banco siempre le 'permitía aparcar allí los viernes. Era una de las pequeñas cortesías de las que disfrutaba por ser quien era.

Se sentaron en la camioneta con el motor encendido y el aire acondicionado puesto, pero pasaron algunos minutos antes de que alguno hablara.

Priss podría haber esperado todo el día. No tenía ni idea de qué quería ]ake, pero sospechaba que se trataba de algo que a ella no le gustaría. Si tuviera algo importante que decirle, se lo habría dicho aquel día junto al arroyo.

-En esta ciudad hay más lenguas sueltas que en una jauría de perros -dijo ]ake, apoyándose en la ventanilla.

-De eso querías hablar? del último boletín de noticias de la señorita Agnes?

-Exacto. Supongo que fue la señorita Agnes la que empezó, pero ahora lo sabe toda la ciudad. La mujer de Rico fue al dentista y volvió diciendo que te has quedado embarazada gracias al banco de esperma.

Como mera recepcionista, la señorita Agnes no tenía acceso a todos los datos del banco de esperma.

A pesar de ello, Priss debería haber imaginado que ocurriría algo así. En aquella ciudad, nadie podía cambiar de marca de dentífrico sin que todos se enterasen, aunque equivocaran el nombre de las marcas.

Priss había asumido desde el principio que ]ake acabaría por enterarse, pero no esperaba que fuera tan pronto. Tan cerca en el tiempo a lo que había pasado entre ellos, y además, no era tan inmune a él como esperaba.

Aquellas cosas llevaban su tiempo.

-¿y? -dijo ]ake, secamente. Aquella palabra escueta sirvió para que Priss se diera cuenta de que estaba muy enfadado y, al mismo tiempo, conteniéndose.

Tuvo la tentación de repetir la réplica, pero no se atrevió. Habría sido como una pareja de niños paleándose a ver quién aguantaba más.

Con un sólo movimiento, ]ake se quitó el sombrero y lo dejó en el asiento de atrás. Miró a Priss a los ojos y dijo:

-Por qué diablos no dejaste que yo te diera un hijo si tanto lo deseabas?