POSTFACIO

Hay un punto más allá del cual los sentidos no pueden llevarnos. El éxtasis equivale a ser extraídos de nuestra persona corriente, pero implica también sentir una conmoción interior. El misticismo trasciende el aquí y ahora en beneficio de verdades más altas que no entran en la camisa de fuerza del lenguaje; pero esa trascendencia también es registrada por los sentidos: como una corriente de fuego en las venas, un estremecimiento en el pecho, una entrega en los huesos. El propósito de las experiencias de «salida del cuerpo» es despojarse de los sentidos, pero son un imposible. Se puede llegar a ver desde una nueva perspectiva, pero sigue siendo una experiencia de la visión. Los ordenadores ayudan a interpretar algunos de los procesos de la vida que antes debíamos registrar con nuestros sentidos. Los astrónomos miran los monitores de sus telescopios, ya no directamente las estrellas. Sin embargo seguimos utilizando nuestros sentidos para interpretar el mundo de los ordenadores, para ver los monitores, para juzgar y analizar, y para planear nuevos sueños de inteligencia artificial. Nunca abandonaremos el palacio de nuestras percepciones.

Si estamos en una mazmorra, es una mazmorra palaciega y exquisita. Y aun así, como prisioneros en una celda, golpeamos contra nuestras costillas desde dentro, las sacudimos y pedimos que nos liberen. En la Biblia, Dios le ordena a Moisés que queme incienso, cuyo aroma le agrada. ¿Entonces Dios tiene nariz? ¿Cómo puede un dios preferir un olor de esta tierra a otro? Los rudimentos de la putrefacción completan un ciclo necesario para el crecimiento y la muerte. La carroña huele mal para nosotros, pero deliciosamente para los animales que se alimentan de ella. Lo que ellos excreten hará rico el suelo y abundantes las cosechas. No hay necesidad de una elección divina. La percepción es en sí misma una forma de gracia. En 1829, escribiendo su teoría del color, Goethe dijo: «Es inútil buscar más allá del fenómeno; él es en sí mismo la revelación».

Hay tanta variación física entre la gente (algunos tienen el corazón fuerte, otros la vejiga débil, unos las manos más firmes que otros, algunos tienen mala vista), que es lógico que los sentidos varíen también. Pero nuestros sentidos coinciden en buena medida, tanta, que los científicos pueden definir una «onda roja» diciendo que la produce una vibración de seiscientos sesenta milimicrones, lo que estimula a la retina a ver rojo. Las notas pueden definirse con precisión equivalente, lo mismo que las temperaturas en que empezamos a sentir frío o calor. Nuestros sentidos nos unen en un campo común de gloria provisional, pero también pueden marginarnos. A veces brevemente, o, como en el caso del artista, durante toda una vida.

Este invierno, me desperté una mañana tras una gran nevada y vi los arbustos que tengo enfrente de casa agobiados bajo una carga de nieve y hielo. Si no los socorría, se romperían por el peso, así que cogí una pala y empecé a limpiarlos. De pronto, una de las ramas más cargadas saltó como una catapulta y la nieve me quemó la cara como un rayo de sol; me quedé paralizada, mojada y helada, el rostro vuelto hacia la explosión, inmóvil, con todos los sentidos alerta. Pero ¡qué intriga para el hijo de los vecinos, distraído de su juego por el ¡whump! grave, ver a una loca soportando su nevada privada! Por el rabillo del ojo, le vi arrugar la cara en una risa contenida, después alzar su trineo y marcharse. Para mí, fue como si el tiempo caminara de puntillas; me pareció como si transcurrieran largos minutos, y pensé en los mamuts, en las marchas a través de las montañas, en las astucias de la Edad de Hielo, en el largo gruñido blanco de un glaciar que avanzaba, en avalanchas de nieve durante una tormenta polar. Para el niño, el mismo instante había transcurrido como un parpadeo.

Por conveniencia, y quizá con un encogimiento de hombros mental ante las demandas excesivas de la vida, decimos que hay cinco sentidos. Pero sabemos que hay más, y querríamos explorarlos y canonizarlos. La gente que sabe hallar una veta subterránea de agua probablemente responde a un sentido electromagnético que todos tenemos en menor o mayor medida. Otros animales, como mariposas y ballenas, viajan guiándose en parte por la lectura de los campos magnéticos de la tierra. No me sorprendería enterarme de que nosotros también tenemos esa conciencia magnética, y que también fuimos nómadas durante gran parte de nuestra historia. Somos tan fototrópicos como las plantas; la luz solar nos revive, y eso debería considerarse un sentido distinto del de la visión, con la que tiene poco que ver. Nuestra experiencia del dolor es por completo distinta de los otros ámbitos del tacto. Muchos animales tienen percepciones complejas, como la infrarroja, la calorífica, la electromagnética y otras. La mantis religiosa se comunica a través de un ultrasonido. Tanto el cocodrilo como el elefante lo emplean también. El ornitorrinco mueve su pico de pato hacia arriba y hacia abajo cuando está bajo el agua, y lo utiliza como antena para captar señales eléctricas emitidas por músculos de los crustáceos, sapos y peces pequeños de los que se alimenta. El sentido vibratorio, tan desarrollado en arañas, peces, abejas y otros animales, debería ser más estudiado en los humanos. Tenemos un sentido muscular que nos guía cuando levantamos objetos: al instante sabemos si son pesados, livianos, sólidos, duros o blandos, y podemos calcular la presión o resistencia que serán necesarias. Somos conscientes continuamente del sentido de la gravedad, que nos dice dónde están arriba y abajo y cómo reacomodar nuestro cuerpo si caemos o trepamos o nadamos o nos doblamos en algún ángulo no habitual. El sentido propioceptivo nos dice en qué posición está cada componente de nuestro cuerpo en todo momento. Si el cerebro no supiera siempre dónde están las rodillas o los pulmones, sería imposible caminar o respirar. Parece haber un complejo sentido del espacio que, en la medida en que avancemos en una era de estaciones y ciudades orbitales y viajes prolongados por el espacio exterior, será preciso comprender en detalle. La estancia prolongada fuera de la Tierra altera nuestra fisiología y la evidencia de nuestros sentidos, en parte por los rigores de la falta de gravedad,[47] en parte por la zambullida misma en el profundo espacio, en el que hay pocas barandillas o indicadores sensoriales, y por dondequiera que se mire no hay escena sino puro espacio.

Las especies desarrollan sentidos sintonizados con diferentes programas de supervivencia, y es imposible introducirnos en el campo sensorial de cualquier otra especie. Hemos desarrollado nuestros peculiares modos humanos de percibir el mundo para responder a las demandas de nuestro entorno. La física pone el límite, pero la biología y la selección natural determinan dentro de qué posibilidades sensoriales se inscribirá un animal. Cuando los científicos, filósofos y ciertos comentaristas hablan del mundo real, están hablando de un mito, de una ficción conveniente. El mundo es una construcción del cerebro basada en la información sensorial recibida, y esa información es apenas una pequeña parte de toda la que está disponible. Podemos modificar nuestros sentidos mediante detectores, prismáticos, telescopios y microscopios, ampliando así nuestro horizonte sensorial, y hay instrumentos que nos permiten transformarnos en una clase de predador sensorial que la selección natural nunca se propuso que fuéramos. Los físicos explican que las moléculas se mueven sin cesar: este libro, en realidad, está retorciéndose bajo los dedos del lector. Pero no vemos ese movimiento a nivel molecular, porque desde el punto de vista de la evolución no es importante que lo veamos. Nos es dada sólo la información sensorial que necesitamos para sobrevivir.

La evolución no nos ha sobrecargado con habilidades innecesarias. Por ejemplo: podemos utilizar números hasta millones y trillones, pero básicamente estas grandes cantidades no tienen sentido para nosotros. Son muchas las cosas de las que no disponemos porque no forman parte de nuestro fondo evolutivo primordial. Curiosamente, los animales unicelulares pueden tener un sentido más realista del mundo que los animales superiores, porque responden a todo estímulo con el que tropiezan. Nosotros, en cambio, seleccionamos sólo unos pocos. El cuerpo corrige y recorta la experiencia antes de enviarla al cerebro para la contemplación o la acción. No toda ráfaga de viento hace que se erice el vello del antebrazo. No todo resplandor de la luz solar se registra en la retina. No todo lo que sentimos lo sentimos con el vigor necesario como para enviar un mensaje al cerebro; el resto de las sensaciones se disuelven sin decirnos nada. Mucho se pierde en la traducción, o es censurado, y en todo caso nuestros nervios no se disparan todos al mismo tiempo. Algunos se mantienen en silencio mientras otros responden. Esto, dada la complejidad del mundo, hace que nuestra visión del mismo sea un tanto simplista. La finalidad del cuerpo no es la verdad, sino la supervivencia.

Nuestros sentidos también están ávidos de novedades. El menor cambio los pone alerta, y envían una señal al cerebro. Si no hay cambio, si no hay novedad, dormitan, y registran poco o nada. El placer más dulce pierde su encanto si dura demasiado. Un estado constante, así sea de excitación, con el tiempo se vuelve tedioso y difuso, porque nuestros sentidos han evolucionado para informar sobre cambios, y es lo nuevo y lo sorprendente lo que debe ser evaluado: un bocado que probar, un peligro repentino. El cuerpo considera el mundo como un estratega prudente estudia un campo de batalla complejo, siempre en busca de tácticas convenientes. De modo que no sólo es posible sino inevitable que una persona se acostumbre a los ruidos y la conmoción visual de las ciudades y deje de registrar de modo constante esos estímulos. En cambio, la novedad siempre llamará la atención. Siempre existirá ese momento especialísimo en que uno se enfrenta a algo nuevo y comienza el asombro. Sea lo que fuere, lo vemos enorme, brillante, nítido, lleno de detalles, bajo una luz cenital; el mero hecho de contemplarlo ya es una revelación, una nueva letanía sensorial. Pero la segunda vez que lo vemos, la mente dice: «Oh, se trata de aquello, otro alunizaje». Y pronto, cuando se ha vuelto un lugar común, el cerebro empieza a difuminar los detalles, al reconocerlo demasiado pronto, sólo por algunos de sus rasgos; ya no necesita molestarse haciendo un escrutinio completo. Entonces el asombro cesa, ya no es un caso extraordinario sino un elemento más del paisaje. En todos los dominios nos esforzamos por lograr la maestría, pero, una vez la tenemos, empezamos a perder esa precaria superconciencia del aficionado. «Es viejo», decimos, como si por serlo no pudiera decirnos nada. «Noticias viejas», decimos aun cuando la frase sea un oximoron. Las noticias son lo nuevo, y deberían hacer sonar una alarma en nuestro interior. Cuando se vuelven viejas, ¿qué pasa con la verdad que contienen? «Es historia pasada», decimos de alguien porque ya no es nuevo para nosotros, ya no es refrescante y estimulante, y entonces lo relegamos al mundo de los fósiles y las ruinas. Una gran parte de nuestra vida transcurre en una cómoda visión borrosa. Vivir con los sentidos alerta exige un mecanismo personal fácil de poner en movimiento, un poco de energía extra, y la mayoría de las personas se muestra perezosa con la vida. La vida es algo que les sucede mientras esperan la muerte. ¿Evolucionaremos, dentro de milenios, de manera que podamos percibir el mundo de otro modo, emplear nuestros sentidos de otro modo, y quizá conocer el mundo de una manera más íntima? ¿O acaso esas almas futuras, tal vez más apartadas de todo sentido físico del mundo, nos envidiarán, a nosotros, los apasionados gustadores del mundo, que nos hartábamos de vida, sentido a sentido, sueño a sueño?

Deje que la mirada se detenga un poco más de lo habitual en las cosas, que los ojos ardan y una sonrisa suba a labios, y un pequeño tobogán se forme en el pecho para que el corazón se precipite. La novedad juega un papel importante en la excitación sexual, como sugiere e. e. Cummings, maestro de la sensualidad, en su poema «96»:

Amo mi cuerpo cuando está con tu

cuerpo. Es tan nuevo.

Mejoran los músculos y los nervios más.

Amo tu cuerpo. Me gusta lo que hace,

y la manera como lo hace. Me gusta sentir la médula

de tu cuerpo y sus huesos, y la firmeza

temblorosa, el firme vacilante

que todavía, todavía, todavía beso,

me gusta besar esa parte de ti y esa otra,

me gusta acariciar despacio la pelusa

de tu piel eléctrica, y lo que surge

de la carne entreabierta… Y ojos, grandes migajas, de amor,

y es posible que me guste la emoción

de ti tan nueva debajo de mí.

Cuando cummings escribió este hermoso soneto de amor, ciertamente no sabía (ni necesitaba saber) que tiempo después estudios experimentales demostrarían cómo los niveles de testosterona en los hombres suben abruptamente cuando una mujer desconocida entra en la habitación donde están. El simple hecho de su novedad es físicamente excitante. Pero lo mismo puede decirse de las mujeres y sus hormonas cuando un hombre nuevo entra en la habitación. Por motivos sociales, morales, estéticos, familiares, religiosos o incluso místicos, podemos decidir vivir con un solo acompañante toda la vida, pero nuestro instinto nos lo reprocha. No hay nada como el estremecimiento de ser nuevo para alguien. Y aun cuando es probable que todo lo relacionado con el amor (el flirt, el cortejo, el enamoramiento) haya evolucionado con vistas a que dos personas con buenas posibilidades de producir y criar una prole saludable se encuentren y apareen con una fuerte finalidad biológica, no siempre nos sentimos obligados a jugar según las reglas de la naturaleza. El desafío (y el placer) del amor está en encontrar modos de hacer de él cada día una aventura nueva con el compañero de siempre.

La vida nos enseña a ser prudentes. Empleamos la palabra vulnerable cuando queremos decir que bajamos un puente levadizo sobre el foso de nuestra autoprotección y dejamos entrar a otro en la fortaleza de nuestras vidas. Los amantes combinan sus sentidos, mezclan sus impulsos eléctricos, se ayudan a sentir uno al otro. Cuando se tocan, sus cuerpos crecen. Se meten bajo la piel del otro, literal y emocionalmente. Durante el coito, un hombre esconde parte de sí mismo en una mujer, un trozo de su cuerpo se pierde de vista, mientras que una mujer pone en funcionamiento los mecanismos internos de su cuerpo y le agrega a éste un órgano nuevo, como si se propusiera adoptarlo para siempre. En un mundo almidonado, rígido y peligroso, éstos son riesgos graves.

Pero supongamos que pudiéramos sentir cualquier mundo que quisiéramos. En el Centro de Investigación Ames de la NASA, en Mountain View, California, los investigadores han perfeccionado el equipo «Realidad Virtual», una máscara y guantes que extienden los sentidos, y que, en aspecto y poder, recuerdan los instrumentos mágicos que recibían a veces los héroes en las sagas épicas. Con los guantes provistos de sensores, uno puede meterse en un paisaje informatizado y mover las cosas que hay en él. Con la máscara, se puede ver un mundo invisible o imaginario como si fuera perfectamente real, lleno de profundidad y color: podrían ser las dunas de arena en Marte, o la llegada al aeropuerto O’Hare entre la niebla, o quizá un generador de estación espacial que hay que reparar. ¿Para qué mirar una película policíaca desde el otro lado de la pantalla si podemos ponernos la máscara y los guantes, entrar en la acción y encontrar las huellas nosotros mismos? ¿Cómo es posible semejante ardid de mano, mente, máscara y sentidos?

Una de las paradojas más profundas del ser humano es que el cerebro no percibe directamente el enorme festín de sensaciones con que nos regalamos. El cerebro es mudo, el cerebro es oscuro, el cerebro no gusta nada, no oye nada. Lo único que recibe son impulsos eléctricos: no el gusto suntuoso del chocolate fundiéndose en la boca, no el solo de oboe como el vuelo de un pájaro, no la caricia deslumbrante, no los colores melocotón y lavanda de la puesta de sol sobre el arrecife coralino, sólo impulsos. El cerebro es ciego, sordo, mudo, insensible. El cuerpo es un transductor (del latín transducere, llevar de un lado a otro, transferir), un dispositivo que transforma la calidad y naturaleza de la energía, y ahí reside su genio. Nuestro cuerpo toma la energía mecánica y la convierte en energía eléctrica. Toco el pétalo suave de una rosa roja llamada «Mr. Lincoln», y mis receptores traducen ese contacto mecánico en impulsos eléctricos que el cerebro lee como suave, flexible, delgado, rizado, húmedo, aterciopelado: es decir, como un pétalo de rosa. Cuando Walt Whitman dijo: «Canto el cuerpo eléctrico», no sabía con cuánta exactitud se estaba anticipando. El cuerpo en realidad canta con electricidad, que la mente analiza y considera hábilmente. Es así como, en cierta medida, la realidad es una ficción en la que nos hemos puesto de acuerdo. ¡Qué tonto, entonces, que los filósofos discutan sobre la apariencia y la realidad! El universo será cognoscible para otras criaturas de otros modos.

El delfín dispone de un cerebro tan complejo como el nuestro; tiene lenguaje, cultura y emociones. Tiene su propia sociedad, con códigos de conducta, grupos familiares, y una civilización, pero vive en «nuestro» planeta, como nos gusta decir con jactancia chauvinista, y su mundo es inimaginablemente distinto del nuestro. Podemos tener mucho que aprender de él. En el fondo, sabemos que nuestra devoción a la realidad es sólo un matrimonio de conveniencia, y dejamos que los videntes, los chamanes, los ascetas, los maestros de religión, los artistas, lleguen a un estado más alto de conciencia, desde el que trasciendan nuestros sentidos rigurosos pero rutinarios y se acerquen más a la experiencia desnuda de la naturaleza que fluye al inconsciente, el mundo de los sueños, la fuente de los mitos. «¿Acaso sabes si el pájaro que surca el camino del aire no es un inmenso mundo de deleites cerrado a nuestros cinco sentido?», escribió William Blake. Tenemos mucho que aprender de los sentidos de los animales, y también sobre ellos. De otro modo, ¿cómo podríamos pretender ser buenos cuidadores del planeta, si ésa resulta ser nuestra función? ¿Cómo apreciaremos nuestra pequeña porción en la red de vida de la Tierra? ¿Cómo comprenderemos la mente de los extraterrestres, si establecemos contacto con ellos? ¿Cómo podremos comprendernos unos a otros a fondo, con amor y gratificación, si no sabemos mejor cómo funcionan la mente y los sentidos? Nuestros diversos sentidos, que nos parecen tan personales que a veces nos apartan de los demás, van en realidad mucho más allá de nosotros. Son una extensión de la cadena genética que nos conecta con todo lo que en un momento u otro ha tenido vida; nos vinculan con otras personas y animales, por encima del tiempo y las circunstancias. Son un puente entre lo personal y lo impersonal, entre el alma privada y sus muchos parientes, entre el individuo y el universo, entre todo lo que tiene vida en la Tierra. En el sueño profundo, el espectro de nuestras ondas cerebrales va de ocho a trece hertzios, frecuencia a la que una luz parpadeante puede desencadenar ataques epilépticos. La trémula Tierra late suavemente a alrededor de diez hertzios. De modo que, en nuestro sueño más profundo, entramos en sincronía con el temblor del planeta. Soñando, nos convertimos en sueño de la Tierra.

Comenzó en el misterio y terminará en el misterio. Por mucho que podamos explorar los grandes y pequeños principios de la vida, sus detalles cautivadores, y desentrañarlos y aprenderlos de memoria, siempre habrá vastos campos ignotos que nos atraerán. Si la ignorancia es la esencia de la aventura, siempre habrá ignorancia suficiente para hacer zumbar la vida y renovar nuestro asombro. Hay gente a la que irrita que por mucho y muy apasionadamente que lo estudien, el universo siga siendo inescrutable. «Por mi parte», escribió una vez Robert Louis Stevenson, «viajo no para ir a alguna parte, sino para ir. Viajo por el viaje mismo. La gran cuestión es moverse». La gran cuestión, la gran cuestión con la vida, es vivir de modo tan variado como sea posible, cultivar nuestra curiosidad como un pura sangre nervioso, montarlo y galopar por las colinas inundadas de sol todos los días. Donde no hay riesgo, el terreno es llano y estéril, y a pesar de sus dimensiones, sus valles, montañas y atajos, la vida carecerá de su magnífica geografía, no será más que una distancia. Empezó en el misterio y terminará en el misterio, pero ¡qué salvaje y hermoso país hay entre ambos extremos!