Capítulo 4

 

ESTABA prometida!

Aquella idea fue lo único que ayudó a Leandro a ponerle freno a su imaginación. El breve acercamiento que habían tenido en la avioneta, en el que Emily había bajado la guardia y él había sentido que estaba conociendo otra faceta de la mujer que era, había quedado atrás.

Por frustrante que le resultase, Emily había vuelto a ponerse en modo profesional y él no había tenido tiempo para intentar hacer que eso cambiase, sobre todo, porque casi siempre estaban en compañía de otras personas.

Los habitantes de la isla lo trataban como si fuese una celebridad y lo adoraban por haber creado tantos puestos de trabajo. Además, pagaba muy bien.

Nada más llegar, el gerente del hotel le había dado la noticia de que un equipo de una importante cadena de televisión estadounidense iría a cubrir la inauguración del hotel y a hacer un análisis de su impacto en la economía local.

Emily tenía la sensación de haber entrado en un extraño y nuevo mundo en el que, de repente, había pasado a ser popular solo por formar parte del equipo de Leandro.

Habían cenado con lo mejor de la isla y habían salido en el periódico local. Y los compromisos sociales habían hecho que pudiese mantener en todo momento una actitud profesional.

El bañador seguía en el fondo de un cajón y aunque estuviese asistiendo a cenas y comidas vestida de manera un poco demasiado formal, al menos se sentía cómoda y se había resistido a las sugerencias de las esposas de algunos hombres de negocios locales de salir de compras y hacerse con ropa «más caribeña». Lo que imaginaba que implicaba pareos, chanclas, vestidos transparentes y vaporosos y otras prendas que habrían hecho que se sintiese todavía más vulnerable.

Esa noche, por primera vez desde que habían llegado a la isla, iban a cenar solos en el restaurante del hotel para probar la cocina. Les iban a preparar un menú degustación acompañado de vino.

—¿No quieres hacerlo solo con Antoine? —le había sugerido a Leandro la noche anterior—. Quiero decir que él es el chef. ¿No te parece más apropiado que te acompañe él?

—Estará entre bastidores —le había contestado Leandro, sugiriendo con su tono de voz que sabía que Emily quería evitarlo—. ¿Quieres que cocine y que después se cambie rápidamente de ropa y finja probar su propia comida por primera vez?

Emily se miró en el espejo y se estremeció de los nervios. Estaba alojada en una lujosa cabaña situada entre palmeras y jardines llenos de color. Le habían pedido que lo evaluase todo de la manera más objetiva posible y que hiciese cualquier sugerencia que le pareciese necesaria.

No tenía nada que sugerir. La cabaña tenía todo lujo de detalles, desde los modernos muebles de bambú, hasta el sofisticado baño. En ella también había un espejo de cuerpo entero para que las mujeres pudiesen comprobar su aspecto.

La piel de Emily había tomado un color dorado gracias al sol, y tenía la nariz salpicada de pecas. Sus ojos parecían más azules, las pestañas más espesas y el pelo más claro.

En vez de llevar el moño habitual, había decidido dejarse el pelo suelto sobre los hombros. La humedad había hecho que le saliesen unas ondas que jamás había tenido.

Sacó del armario uno de los vestidos menos formales que había llevado, de color turquesa y relativamente corto, sin mangas. No era precisamente atrevido, pero se miró al espejo y se sintió atrevida.

 

 

Leandro, que estaba tomándose una copa en el bar, se enteró de la llegada de Emily porque el grupo de hombres con los que estaba charlando se quedó en silencio de repente. Con la copa en la mano, se giró despacio y la mente se le quedó en blanco unos segundos. Le dio un sorbo a la copa de ron con agua y se obligó a sonreír y a acercarse a ella.

—El equipo de televisión llegará mañana —le dijo—. Cuanto más graben, mejor para el hotel y para la comunidad.

Emily sonrió de manera educada. Leandro no había dicho nada acerca de su aspecto, y a pesar de que no se había vestido para él, habría sido todo un detalle que le dedicase un cumplido.

—¡Estupendo!

—Y, si miras a la izquierda, verás que nos han preparado una mesa especialmente para nosotros. Es un ejemplo de cómo estarán vestidas las mesas cuando el restaurante esté lleno. Ya les he dicho que no escatimen en detalles. Puedes realizar los comentarios que estimes oportunos...

—Por supuesto.

Emily era tan consciente de la cercanía de Leandro que sintió que se desmayaba.

Iba vestido de manera informal, con unos pantalones cortos de color claro, un polo negro y unos mocasines sin calcetines. Y después de un par de días bajo el sol, estaba todavía más moreno de lo habitual.

¿Cómo podía ser tan sexy? Emily tuvo que recordarse a sí mismo que por eso se creía con derecho a tener a cualquier mujer, cosa que a ella le repugnaba.

—Aunque estoy segura de que todo estará perfecta, como la habitación que es perfecta.

—Esa es la diferencia entre un buen hotel y un hotel estupendo. Este último nunca da nada por hecho y nunca se confía.

¿Se habría confiado él con Emily? ¿Sería ese el motivo por el que se había despedido? Aunque no necesitase el trabajo, era evidente que cualquier mujer inteligente querría tener un trabajo que la mantuviese activa, salvo que...

—¿Estás embarazada? —le preguntó bruscamente, mientras se sentaban a la mesa.

A ella le sorprendió tanto la pregunta, que tardó varios segundos en asimilarla.

—¿Qué has dicho?

—No se me había ocurrido hasta ahora, pero tiene sentido. Por eso tienes que casarte tan repentinamente, y por eso has dimitido... ¿Estás embarazada? Porque, si es así, podrías recuperar tu puesto cuando te encontrases en condiciones de trabajar...

Leandro ladeó la silla para poder cruzarse de piernas mientras seguía mirándola fijamente. La vio ruborizarse...

—No estoy embarazada, no —respondió ella riendo, y dando un buen sorbo a la copa de vino que tenía delante—. No pretendo tener hijos.

Leandro pensó que nunca había sentido tanta curiosidad por una mujer. Quería saber más de ella en todos los aspectos.

—Pensé que casi todas las mujeres soñaban con tener hijos... —murmuró—. Un diamante en el dedo, pasar por el altar, tener niños...

—Yo, no —respondió ella, volviendo a beber y dándose cuenta de que había vaciado la copa.

No tardaron en rellenársela. Aquello formaba parte del excelente servicio.

—¿Y lo sabe el afortunado?

—¿Qué afortunado? —preguntó ella—. Ah, Oliver. Por supuesto.

—Eres demasiado joven para haber tomado una decisión tan importante... ¿No será tu prometido el responsable? ¿Está divorciado? ¿Tiene ya hijos? Algunos hombres de mediana edad que ya tienen hijos mayores no quieren tener más cuando se casan con alguien mucho más joven que ellos...

Emily se dio cuenta de que Leandro estaba intentando sonsacarle más información, y aunque debía haber zanjado la conversación en ese momento, el vino había empezado a embotarla. Sintió ganas de seguir hablando.

Era muy extraño, estar allí con él. En esos momentos, Leandro no era su jefe, no era el hombre al que había despreciado en silencio, ni aquel en el que jamás debía confiar. Los límites que había entre ambos habían empezado a desdibujarse y la voz de Leandro, profunda, apacible, le resultaba extrañamente tentadora.

—No pensé que estuviésemos aquí para hablar de mí —comentó con menos convicción de la habitual.

Leandro dio un sorbo a su copa y permitió que la conversación terminase mientras él leía la carta. Charlaron brevemente acerca de lo que esta ofrecía. A Emily le caía el pelo alrededor del rostro y él se quedó hipnotizado al ver cómo se lo metía detrás de la oreja y se mordía el labio, pensativa.

—A lo mejor debería haber más pescado —comentó ella, pensando en voz alta.

Al fin y al cabo, estaban en el Caribe.

—Supongo que te gusta el pescado...

—Me encanta. Sobre todo, porque no lo suelo cocinar en casa.

Leandro se preguntó cómo sería su casa. ¿Un reflejo de su complicada personalidad? ¿Diseños modernos y elegantes? ¿Con reproducciones modernas colgadas de las paredes?

—Yo cocino poco —comentó él.

Emily ladeó la cabeza y lo miró.

—¿Sabes qué? Que no me sorprende.

—¿Por qué no?

—Porque los hombres como tú no cocinan.

Leandro se quedó inmóvil y la miró fijamente.

—¿Los hombres como yo? —repitió en tono frío—. Vas a decirme otra vez que piensas que utilizo a las mujeres.

Leandro se echó hacia atrás mientras les servían los entrantes y les rellenaban las copas de vino. Cuando volvieron a dejarlos solos, Emily tenía toda la atención puesta en su plato, pero Leandro pensó que, si creía que iba a conseguir cambiar de tema de conversación hablando del servicio, estaba muy equivocada.

—Tienes mucho dinero —murmuró ella, empezando a comer la ensalada—. ¿Por qué ibas a cocinar, si puedes pagar a alguien para que lo haga por ti?

—Tal vez porque me gusta cocinar, pero no tengo tiempo para hacerlo.

—¿Es así?

—No exactamente... —admitió él, sonriendo de manera muy sensual—. He conseguido hacer alguna tortilla con éxito, pero no soy ningún experto en la cocina. Crecer rodeado de hermanas tiene ciertas ventajas...

—¿Además de maquillarte de pequeño, también te mimaron? ¿Es eso lo que quieres decir?

Emily recordó que, de niña, siempre había deseado tener una hermana... En esos momentos, más que nunca, habría estado bien tener a alguien con quien compartir todas sus preocupaciones. Su destino no habría cambiado, pero al menos no habría tenido que enfrentarse a los problemas sola.

—El único chico —comentó él, sonriendo de medio lado—. ¿Qué esperabas?

Leandro se distrajo momentáneamente mientras cambiaban los platos y consiguió mantener su curiosidad controlada mientras Emily hablaba de la comida. Él le rellenó la copa y pidió otra botella de vino. Esperó a que les hubiesen llevado el plato principal para volver al tema que tenía en mente.

—Entonces, me estabas hablando de tu prometido y del tema de la familia...

—No sé a qué te refieres.

—¿No quieres hijos porque él ya los tiene...?

—¡Por supuesto que no tiene hijos! —replicó ella, preguntándose cómo era posible que su copa estuviese siempre llena—. ¡Tiene la misma edad que yo!

—Entonces, ninguno de los dos está interesado en tener familia...

—¿Tú quieres tener hijos? ¿Casarte? ¿Sentar la cabeza?

No se lo imaginaba. No, era el típico hombre que jamás se establecería y que, si lo hacía, seguiría viviendo como si fuese soltero. Había hombres así. Guapos, encantadores, ricos, que hacían lo que querían, sin preocuparse de si le hacían daño a alguien en el proceso.

De repente, Emily sintió ganas de llorar y bajó la mirada al plato. La comida había desaparecido misteriosamente de su plato, aunque ella no recordaba habérsela comido.

—Por supuesto que sí.

Leandro apartó su plato y se puso recto. La luz era tenue en el restaurante, pero tuvo la sensación de que a Emily le había temblado la voz, y había bajado la vista...

—¿Estás...?

—Estoy bien —respondió ella—. No suelo beber tanto. Me estabas hablando de tus planes de casarte y tener hijos... Lo siento. No es asunto mío.

De repente, se sentía aturdida. En parte sabía que no debía haber hablado así, pero no había podido evitarlo.

—Tengo que decirte que la comida me ha parecido deliciosa... —añadió—. ¿Cómo conseguiste encontrar a Antoine? Es todo un hallazgo...

—Estás cambiando de tema.

—Porque estamos trabajando, Leandro. No estamos... de vacaciones. No estamos conociéndonos. Yo estoy aquí porque no he tenido elección y... y... —sintió que se mareaba—. Necesito un café.

—Por supuesto.

Leandro pidió dos cafés antes de continuar con la conversación.

—¿Por qué no íbamos a intentar conocernos mejor? Me gusta mantener el trabajo separado de mi vida personal, pero podemos charlar mientras cenamos sin que eso cambie. ¿Por qué tanto secretismo? No vas a poner en peligro tu trabajo, ya has dimitido...

Se pasó los dedos por el pelo y deseó que Emily dejase de mirarlo con aquellos ojos tan grandes, azules y soñadores. Había bebido un poco más de la cuenta y el efecto del alcohol suavizaba su expresión. Estaba inclinada hacia él, con un codo apoyado en la mesa y la barbilla apoyada en la mano. Leandro tuvo la sensación de que el vestido azul que llevaba puesto podría caerse en cualquier momento. Deseó tirar de él para desnudarla.

A su maldito prometido le habría dado un infarto si hubiese sabido lo que Leandro estaba pensando de su querida novia.

—Y para responder a tu pregunta acerca de mi intención de formar una familia algún día...

En realidad, le molestó estar hablando de un tema que había evitado siempre con el sexo opuesto.

Emily tenía toda la atención puesta en él.

—¿Sí?

Leandro sacudió la cabeza y miró durante unos segundos hacia el mar. La playa estaba iluminada en parte y la superficie oscura del mar estaba salpicada de puntos plateados. Los empleados del hotel habían seguido sus instrucciones y estaban manteniendo las distancias.

—Cuando llegue el momento y conozca a la mujer adecuada —añadió a regañadientes—, no dudaré en dar el paso.

—¿Cuando conozcas a la mujer adecuada...? —repitió Emily, riendo—. Jamás pensé que fueses un romántico...

—No, ya sé lo que piensas de mí. Me lo has dejado muy claro.

—¿Estás enfadado conmigo porque te dije lo que pensaba?

—Sorprendido. Estoy demasiado sorprendido para estar enfadado. Y creo que nunca te has parado a pensar que tal vez sea cien por cien transparente en mis relaciones con las mujeres...

—¿Qué quieres decir? —le preguntó Emily, frunciendo el ceño.

No quería seguir hablando de aquello, pero no podía resistirse. Estaba conteniendo la respiración mientras escuchaba hablar a Leandro.

—Que nunca les doy falsas esperanzas.

Clavó la mirada oscura en su rostro y deseó no apartarla de él jamás, pero supo que debía hacerlo. Además, nunca había sido de los que miraban a las mujeres fijamente.

—Nunca he hecho promesas que no iba a poder cumplir. Todas sabían a lo que se atenían desde el primer día, y las he tratado a todas como a reinas.

—Aunque ninguna fuese tu alma gemela...

—Hay que besar a muchos sapos... ¿Es eso lo que has hecho tú, Emily, antes de encontrar a tu príncipe azul?

—En realidad, no me he dedicado a buscar a mi alma gemela.

Leandro la miró con la cabeza inclinada.

—¿Quieres eso decir que te has quedado con tu prometido antes de tener la oportunidad de explorar otras posibles opciones?

—Supongo que podría decirse así, sí —murmuró Emily.

Se limpió la boca con la servilleta y apoyó la espalda en la silla, nerviosa al darse cuenta de que había estado a punto de contarle la verdad a Leandro.

—Ahora, si me disculpas, estoy un poco cansada —añadió—. Creo que voy a irme a la cama. ¿Qué planes tienes para mañana? ¿Alguna reunión? Sé que va a venir la televisión, así que supongo que querrás... preparar alguna cosa...

—¿Qué clase de cosa?

—¡No lo sé! —replicó ella—. Cosas. ¡Asegurarte de que graban desde el ángulo adecuado! ¡Yo no sé nada de cómo trabajan los medios de comunicación en un caso como este!

—No va a ser una noticia que salga en la prensa de todo el mundo. Viene solo un equipo pequeño. Y, como respuesta a tu pregunta, se encargará de todo mi relaciones públicas. Así que... ¿por qué no te tomas mañana el día libre? Podríamos dar una vuelta por la isla.

—¿Tomarme el día libre? —balbució Emily.

—Es fin de semana. No soy tan déspota como para hacerte trabajar también en fin de semana...

Después llamó a Antoine para felicitarlo por la comida y hacerle algunas preguntas. Mientras tanto, Emily intentó digerir lo que acababa de decirle. Un día libre. ¿Los dos solos? Leandro no le había dado muchas pistas.

Se puso en pie presa del pánico y se dio cuenta de que los efectos del alcohol eran mucho más pronunciados estando levantada que sentada.

Con dificultad, empezó a avanzar a pequeños pasos al lado de Leandro, y ambos salieron del restaurante para dirigirse a sus respectivas cabañas. Entre el aturdimiento y que no conocía bien el lugar, no pudo evitar tropezar con un pequeño agujero que había en el suelo.

Intentó recuperar el equilibrio, pero cayó al suelo y se dio cuenta de que se había hecho sangre en un pie al darse contra una piedra.

No supo qué era peor, si el dolor, o la humillación de que Leandro tuviese que ayudarla a ponerse en pie. Y, después, que la tomase en brazos y la llevase cual saco de patatas hasta su habitación.

—No te resistas —le advirtió él—. ¿Cómo has podido caerte? No, no me respondas. Has bebido demasiado.

Emily era alta, pero pesaba poco. Se abrazó al cuello de Leandro y este tuvo que apretar los dientes al notar su cuerpo suave apretado contra el de él.

—Puedo andar —protestó Emily.

—Te está sangrando el pie.

—Esto es una exageración.

—Te lo curaré.

—Seguro que hay alguien... que sepa hacer los primeros auxilios en el hotel.

—Todavía no ha llegado...

Leandro sabía que solo tenía que chasquear los dedos para que alguien atendiese a Emily, pero se dijo que no merecía la pena, era solo un corte en un pie. No le importaba hacerlo a él. Nunca le había asustado la sangre, de hecho, en un momento de su vida incluso se había planteado ser médico.

—Muchos trabajadores llegarán solo cuando el hotel esté en pleno funcionando. Por el momento, solo están las personas estrictamente necesarias...

Llegaron a la cabaña de Emily, que no había cerrado con llave, así que Leandro empujó la puerta. Durante unos segundos, la oscuridad de la habitación lo desorientó, pero pronto encontró el interruptor y dio la luz sin soltarla.

La cabaña consistía en una habitación grande y un cuarto de baño, y una antesala que servía de salón en la que había unos cómodos sillones, una mesa, una televisión y un escritorio de bambú en el que Emily había dejado el ordenador. También había una pequeña cocina con todo lo necesario para preparar té y café, y una nevera que se rellenaba a diario de agua y refrescos. Encima de dicha nevera había unos pequeños armarios de madera tallada a mano.

En uno de ellos había un botiquín. Leandro dejó a Emily en el sofá del salón y le ordenó que se quedase sentada, y luego fue a la cocina a por el botiquín. También llevó un cuenco con agua y una toalla de mano del cuarto de baño. Al pasar por delante del dormitorio se dio cuenta de que la almohada tenía la marca de la cabeza de Emily y que había unos zapatos tirados en el suelo y ropa en el respaldo de una silla. Al parecer, no era tan ordenada como parecía. Leandro sonrió al ver que había un sujetador colgado del tirador del armario. Era un sujetador blanco, liso, sencillo... el tipo de ropa interior que pegaba con ella.

—Muy bien...

—En serio, Leandro, esto es completamente innecesario. Puedo curármelo yo.

—Es una suerte que no te hayas torcido el tobillo. Tendré que asegurarme de que iluminen mejor los caminos que llevan a las cabañas.

—¿Para los huéspedes imprudentes que hayan bebido demasiado? —preguntó ella en tono demasiado alto.

Era normal que le hubiese cambiado la voz mientras Leandro le quitaba la sandalia y le metía el pie en el agua caliente. Estaba temblando. ¿Quién le habría dicho que unas manos tan grandes podían ser tan suaves y cuidadosas? ¿Cómo serían sus caricias en el resto del cuerpo?

Emily tuvo que contener un gemido.

¿Cómo había terminado así? Iba a casarse con un hombre por razones equivocadas, y se sentía atraída por otro que ni siquiera sabía el significado de la palabra «compromiso».

Aunque nunca diese falsas esperanzas a ninguna mujer, ni hiciese promesas que no pudiese cumplir...

Recordó las palabras de Leandro e intentó apartarlas de su mente.

—¿Alguna vez has sido... imprudente? —le preguntó él en voz baja—. ¿Has bebido demasiado? ¿Has dicho... o hecho... cosas que no deberías... de las que te hayas arrepentido al día siguiente?

La miró fijamente antes de apartar la vista y Emily se ruborizó.

—No que yo recuerde —respondió, incómoda.

Leandro se sentó sobre los talones sin soltarle el pie.

—¿De verdad? —le preguntó él, tomándose su tiempo para curarle la herida del pie.

Emily tenía los tobillos delgados y unos pies muy bonitos.

—Siempre he sido una persona muy cauta. No sé si mañana voy a poder ir a conocer la isla contigo, Leandro. A lo mejor no puedo caminar...

—¿Siempre?

—¿Qué? —preguntó ella, temporalmente confundida.

—Has dicho que siempre has sido muy cauta...

Leandro se sentó y estudió el vendaje que le había puesto con satisfacción.

Luego se incorporó y, antes de que a Emily le diese tiempo a protestar, se sentó a su lado en el sofá, demasiado cerca para su gusto.

—¿No eres muy joven para ser siempre tan cauta?

—No me gusta correr riesgos, eso es todo —replicó ella, poniéndose a la defensiva.

Leandro se preguntó si ese sería el motivo de su compromiso. ¿Habría decidido apostar por algo seguro? ¿Por alguien que no la volviese loca porque eso habría sido correr un riesgo, y no le gustaba correr riesgos? ¿Por eso no quería hablar de un acontecimiento de su vida que debía haber hecho que diese gritos de contenta?

Recordó haber notado que Emily lo miraba con interés...

Intentó ordenar toda la información que tenía en la cabeza.

Emily no quería al hombre con el que iba a casarse. Cuando hablaba de él, lo hacía con reticencia y cautela. Tal vez le gustase, pero debía verlo solo como un paquete de rescate, porque le daba miedo llegar a la treintena sin pareja y él era una apuesta segura. Probablemente, un amigo de la niñez. El pobre debía de estar enamoradísimo de ella, mientras que Emily debía de pensar que era mejor eso que nada.

La idea de que pudiese sentirse atraída por él despertó en Leandro su parte más primitiva.

—No creo que debas privarte de un día de relax por el pie —murmuró, sonriendo lentamente—. He limpiado la sangre y solo tienes un corte superficial. De hecho, no hacía falta ni venda, aunque, dado que eres tan cauta, estarás de acuerdo conmigo en que más vale prevenir que curar...

—No tiene nada de malo ser cauta —se justificó Emily—. Tú también lo eres en el trabajo...

—Pero solo en el trabajo.

—¿Sí? Yo pensé que también tenías mucho cuidado a la hora de no comprometerte con ninguna mujer —replicó ella en tono áspero.

Touché —dijo él—. Aunque no estoy seguro de que la comparación sea válida.

—¿A qué hora quieres que salgamos de excursión? —le preguntó Emily sin atreverse a mirarlo a los ojos—. Si es que me encuentro bien.

—Estarás bien —le aseguró él, poniéndose en pie y acercándose a la ventana para mirar hacia afuera antes de volverse hacia ella—. Le pediré a Antoine que nos prepare un picnic...

—¿De verdad piensas que será necesario? Podríamos volver al hotel...

—Pasaremos todo el día fuera, Emily —le respondió él en tono amable—. Y volveremos por la tarde. La isla es pequeña, pero no tenemos prisa, ¿no? Y... evita ponerte ropa incómoda. Lleva bañador, toalla, protección solar... No vas a necesitar nada más...