Capítulo 1

 

EMILY Edison miró fijamente al frente mientras el ascensor subía hasta el vigésimo piso e iba dejando a otros empleados por el camino. Era hora punta en Piccadilly Circus y en el edificio de cristal en el que trabajaba, situado en el corazón de Londres. Ella no solía llegar a esa hora, no solía llegar nunca después de las ocho, pero esa mañana...

Agarró con sus dedos delgados el bolso de piel. En él llevaba una carta de dimisión, pero tenía la sensación de llevar una bomba que explotaría en cuanto la sacase de su frágil envoltorio. Sintió náuseas al intentar imaginar cómo iba a reaccionar su jefe.

Leandro Pérez no iba a ponerse nada contento. Cuando ella había empezado a trabajar para él, año y medio antes, ya habían pasado por allí muchas secretarias, y ninguna había durado más de quince días seguidos.

Emily había aceptado el trabajo y se había sentido como pez en el agua. En teoría, con veintisiete años, todavía era lo suficientemente joven para dejarse impresionar por un hombre que hacía que todas las mujeres girasen la cabeza al verlo pasar, pero con ella no había sido así.

A Emily no le impresionaba su belleza. Su sensual acento argentino no la volvía loca. Cuando se acercaba y se ponía detrás de ella para mirar la pantalla del ordenador, su sistema nervioso seguía funcionando con normalidad.

Pero en esos momentos, después de quedarse sola en el ascensor, empezó a ponerse nerviosa. Aunque, en realidad, ¿qué iba a hacerle su jefe? ¿Condenarla al exilio? ¿Tirarla por la ventana? ¿Amenazarla con encerrarla en alguna parte y arrojar la llave?

No. Lo máximo que podría hacer sería enfadarse mucho. Estaba segura de que se iba a enfadar, sobre todo, porque quince días antes había alabado su trabajo y le había subido el sueldo, gesto que ella había agradecido mucho.

Emily respiró hondo mientras las puertas del ascensor se abrían y ella salía a la lujosa planta en la que estaban los despachos de los directores de la empresa de electrónica de su jefe.

Era solo una de sus múltiples empresas. Poseía desde editoriales a empresas de telecomunicaciones y recientemente había comenzado con un programa de inversión en hoteles de lujo. Era un hombre inmensamente rico.

Emily miró a su alrededor y pensó que iba a echar de menos aquello. Varias secretarias la saludaron y se dijo que echaría de menos comer con ellas, y también estar en un edificio que, en sí mismo, era una atracción turística. Echaría de menos la adrenalina del trabajo y todas sus responsabilidades, que habían ido aumentando desde que había llegado.

¿También echaría de menos a Leandro?

Se detuvo unos instantes y frunció el ceño, con la mirada clavada en el pasillo enmoquetado que llevaba a su despacho.

El corazón se le aceleró. Tal vez nunca se le hubiese caído la baba por él, como les ocurría a otras, pero no era del todo inmune a sus encantos. Habría tenido que estar ciega para no darse cuenta de lo atractivo que era. Aunque representase todo lo que ella despreciaba, lo cierto era que Leandro era un hombre impresionante.

Y, sí, se confesó a sí misma que echaría de menos trabajar con él. Era un jefe exigente, pero también el más brillante y dinámico que había tenido.

Antes de dejarse llevar por aquellos derroteros, volvió a centrarse, apretó los labios y se alisó la falda con manos temblorosas. Como de costumbre, iba vestida de manera muy profesional, con una falda lápiz gris, medias color carne, zapatos negros, blusa blanca y chaqueta gris a juego con la falda. Todo ello a pesar de que era junio y cada día hacía más calor. Además, llevaba el pelo rubio recogido en un moño.

Avanzó con paso firme hacia el despacho de Leandro, deteniéndose antes de llegar a dejar el bolso y el maletín encima de su escritorio, que estaba en el despacho que había justo delante del de su jefe. Luego llamó a la puerta.

Leandro levantó la vista de la pantalla del ordenador y se apartó del escritorio. Aquello sí que era novedad. Su secretaria llegaba tarde y él estaba desconcertado porque había desperdiciado demasiado tiempo preguntándose el motivo. Aunque, en realidad, todavía faltaban diez minutos para las nueve y su jornada de trabajo empezaba a esa hora.

—Llegas tarde —fue lo primero que le dijo en cuanto entró en su despacho.

Después la recorrió de arriba abajo con la mirada. Siempre iba impecable, nunca se alteraba y lo miraba sin ningún interés. De hecho, en ocasiones, Leandro tenía la sensación de que ni siquiera le caía bien.

Gustaba a las mujeres y lo admitía sin rastro alguno de vanidad. Suponía que se debía a su aspecto y a su cuenta bancaria, una mezcla casi irresistible para el sexo contrario.

—En teoría, se supone que no entro a trabajar hasta dentro de ocho minutos —le respondió ella con toda tranquilidad.

Miró a su jefe y lo vio de manera distinta, sabiendo que pronto dejaría de trabajar para él. Le daría la carta de dimisión antes de marcharse a casa esa tarde, para evitar tenerlo enfadado durante todo el día.

Pensó que era muy guapo. Llevaba el pelo moreno apartado del rostro perfecto. Y tenía unas pestañas que cualquier mujer habría envidiado. Su mirada era oscura y profunda y, en alguna ocasión, lo había sorprendido mirándola con una mezcla de curiosidad y de apreciación masculina.

Era muy alto y, a pesar de que iba vestido con traje, no hacía falta mucha imaginación para saber que debajo se escondía un cuerpo atlético.

Sí, lo tenía todo y volvía locas a las mujeres. Emily lo sabía porque tenía pleno acceso a su vida privada. Escogía los regalos para las mujeres con las que salía, cinco en el último año y medio. Filtraba las llamadas de teléfono y, en una memorable ocasión, hasta había tenido que encargarse de una de ellas que se había presentado en la empresa.

Leandro salía siempre con mujeres muy sensuales, bellezas morenas y curvilíneas, con los pechos generosos y miradas seductoras. El tipo de mujeres que siempre llamaba la atención de los hombres mucho más que cualquier modelo delgada.

El hecho de estar implicada en su vida personal era algo que no iba a echar de menos y eso le recordó el motivo por el que, a pesar de su físico y de su inteligencia, no le gustaba aquel hombre.

Leandro frunció el ceño, pero decidió dejarlo pasar a pesar de no haberle gustado la respuesta de Emily.

—¿Y debo esperar que esto se convierta en un hábito? —preguntó, arqueando las cejas, echándose hacia atrás en su sillón y apoyando ambas manos en su nuca—. Si es así, te agradecería que me avisases de antemano. Aunque... teniendo en cuenta lo que cobras, no pienses que voy a tolerar que mires tanto el reloj.

—No voy a mirar el reloj. Nunca lo he hecho. ¿Quieres que te traiga más café? Y, si me dices qué hay que hacer acerca del procedimiento del acuerdo Reynolds, me pondré con ello inmediatamente...

 

 

No obstante, Emily se pasó el día mirando el reloj, cosa que no había hecho nunca en el pasado, y según fueron pasando los minutos, se fue poniendo más nerviosa.

¿Estaba haciendo lo correcto? Era un paso importante. Iba a renunciar a un sueldo muy generoso, pero ¿acaso tenía elección?

Poco antes de las cinco y media, consideró sus opciones. Porque las tenía. ¿Quién no? Pero todas menos una la llevaban al mismo callejón sin salida.

Recogió su escritorio con la sensación de que iba a ser la última vez que estuviese allí. Leandro le pediría que se marchase inmediatamente. Tal vez le pediría que firmase alguna declaración de confidencialidad.

Lo vio levantar la vista cuando entró en su despacho y supo que se había dado cuenta de que estaba lista para marcharse.

—Son las cinco y veinticinco... —anunció Emily sin rastro de sarcasmo en la voz— y me temo que... tengo cosas que hacer esta tarde...

Solía trabajar hasta después de las seis, en ocasiones, hasta mucho más tarde.

—He terminado los correos electrónicos que hay que enviar a los abogados de Hong Kong y te los he mandado para que los revises —le contó antes de meter la mano en el bolso y sacar la carta de dimisión—. Y hay otra cosa...

Leandro se dio cuenta de que le había temblado la voz y se puso tenso. La miró fijamente y señaló la silla que había al otro lado de su escritorio.

—Siéntate.

—No, gracias. Como he dicho, tengo un poco de prisa...

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

Llevaba año y medio trabajando estrechamente con aquella mujer, pasando con ella mucho más tiempo del que había pasado con cualquiera de sus amantes, así que estaba seguro de que ocurría algo.

Leandro estaba intrigado, pero lo que más lo sorprendió fue darse cuenta de que Emily llevaba mucho tiempo intrigándolo. Le intrigaba que fuese tan distante, que tuviese un deseo casi patológico de privacidad. Le intrigaba porque era prácticamente la única mujer que no había reaccionado ante su presencia.

Hacía su trabajo con la mayor eficiencia e, incluso cuando se habían quedado a trabajar hasta tarde y habían pedido comida para cenar allí mismo, Emily se había negado de manera educada a hablar de nada que fuese personal y había preferido mantener con él una relación estrictamente profesional.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir, Emily, que llevas todo el día actuando de manera extraña...

—¿De verdad? He hecho todo lo que me has pedido.

Emily se sentó porque Leandro seguía mirándola y se sentía incómoda de pie. Había planeado darle la carta y marcharse incluso antes de que la abriese, pero, al parecer, no iba a ser posible.

En esos momentos, en los que sabía que no volvería a verlo nunca, fue consciente de su potente masculinidad. Era casi como si se hubiese dado permiso a sí misma a mirarlo de verdad.

Notó que se le erizaba el pelo de la nuca. Los ojos de Leandro eran tan oscuros e intensos...

Ella bajó la vista rápidamente, enfadada consigo misma, preguntándose de dónde había salido aquel repentino interés. Sacó el sobre de su bolso y se humedeció los labios.

—No eres una foca amaestrada, tu trabajo consiste en mucho más que en hacer lo que te pido —comentó Leandro sin dejar de mirarla—. Es cierto que no eres precisamente un libro abierto, pero es evidente que hoy te pasa algo y quiero saber qué es. No se puede trabajar si el ambiente no es bueno en el trabajo.

Leandro tomó un caro bolígrafo que le había regalado su madre y lo hizo girar entre los dedos, que Emily observó fascinada.

—Tal vez esto pueda explicar mi comportamiento, aunque yo pienso que he realizado mi trabajo con tanta eficiencia como cualquier otro día.

¿Una foca amaestrada? ¿La vería así su jefe? ¿Como alguien que llegaba, hacía lo que tenía que hacer, pero carecía de personalidad? ¿Aburrida? ¿Un autómata? Había mantenido las distancias y no había compartido sus opiniones con nadie, pero ¿desde cuándo era eso un crimen? Apretó los labios y se tragó las ganas de decirle lo que pensaba de él.

Leandro miró el sobre blanco que tenía en la mano y después volvió a mirarla a ella.

—¿Y esto...?

—Léelo. Ya hablaremos de ello mañana.

Hizo ademán de levantarse y él le dijo que se sentase.

—Si vamos a tener que hablar de ello, prefiero que lo hagamos ahora mismo.

Tomó el sobre, lo abrió y leyó la carta varias veces.

Emily intentó poner gesto distante y educado, pero tenía el corazón acelerado.

—¿Qué demonios es esto?

Leandro tiró la carta encima de la mesa, hacia donde estaba ella, que la agarró para que no se cayese al suelo y la dejó en su regazo. Era una breve carta de dimisión en la que decía que le había gustado mucho trabajar con él, pero que había llegado el momento de tomar otro camino. No podría haber sido más seca y fría.

—Ya sabes lo que es. Una carta de dimisión.

—Así que te ha gustado mucho trabajar conmigo, pero ahora quieres hacer otra cosa, ¿no?

—Eso es.

—No me lo creo.

Leandro estaba muy sorprendido. No lo había visto venir y estaba furioso. Normalmente era él quien decidía cuándo uno de sus empleados debía marcharse.

—Si recuerdo bien, te subí sustancialmente el sueldo hace poco tiempo y tú me dijiste que estabas muy satisfecha con las condiciones que tenías aquí.

—Sí. Entonces... todavía no había tomado la decisión de dimitir.

—¿Y la has tomado en menos de un mes? ¿Has tenido una repentina revelación? Tengo curiosidad. ¿O es que llevabas un tiempo buscando otro trabajo y lo has encontrado?

A Leandro no le apetecía tener que volver a trabajar con otra sarta de cabezas de chorlito. Emily Edison había sido la secretaria perfecta. Inteligente, imperturbable, siempre dispuesta a ir más allá de sus responsabilidades. Se había acostumbrado a ella. Y la idea de tener que trabajar sin ella le resultaba inconcebible.

¿Se habría aprovechado demasiado de ella, de su eficiencia y de su deseo de esforzarse lo máximo posible? Leandro se negó a barajar aquella opción. Le estaba pagando por ello y estaba seguro de que no encontraría otro trabajo de secretaria en el centro de Londres donde le pagasen tanto como allí.

—¿Entonces? —le preguntó—. ¿Te han hecho una oferta que no has podido rechazar? Porque, si es eso, la doblaré.

—¿Harías eso?

Emily se quedó boquiabierta. Era evidente que su jefe la valoraba y le gustó oírlo.

—Trabajamos bien juntos —le dijo Leandro—. Y yo sé que no es precisamente fácil trabajar conmigo...

Esperó a que ella lo contradijese, y se sintió desconcertado al ver que no lo hacía.

—¿Es eso? —añadió entonces, frunciendo el ceño—. ¿Estás molesta conmigo...?

No pudo evitar hacerle la pregunta con incredulidad y Emily se dijo que era evidente que Leandro Pérez pensaba que era imposible que una mujer no estuviese completamente feliz en su presencia.

—No, no estoy molesta contigo —le respondió.

Estaba nerviosa porque sabía que era el momento de decir lo que pensaba. Al día siguiente por la tarde habría recogido su escritorio y se marcharía de allí para siempre.

Leandro inclinó la cabeza y la miró fijamente. Emily tenía el rostro sonrojado. ¿Se estaba ruborizando? No la había creído capaz, era una mujer tan serena... y no obstante...

Bajó la vista a sus labios, carnosos y suaves, y tuvo la sensación de que era la primera vez que los veía. La fachada de Emily era fría, pero en esos momentos se estaba rompiendo y él quería ver qué había debajo.

Emily se dio cuenta de que, de repente, su jefe la estaba mirando de manera diferente, con interés. Y se estremeció.

—¿No? —dijo él—. Pues tu expresión dice todo lo contrario.

Emily se puso tensa.

—En realidad, nunca me ha gustado tener que hacerte todo el trabajo sucio.

—¿Qué has dicho?

Ella se ruborizó, incapaz de creer que hubiese dicho aquello.

Lo miró de manera desafiante y respiró hondo.

—Me refiero a tener que comprar regalos para mujeres de las que ya te habías cansado, regalos de despedida que ni te molestabas en elegir personalmente; comprar entradas para la ópera y el teatro... o reservar mesa en restaurantes carísimos, para mujeres a las que poco después tendría que comprarles el regalo de despedida... Eso jamás debió formar parte de mi trabajo...

—No puedo creer que me estés diciendo esto.

—Eso es porque no estás acostumbrado a que nadie te diga nada que no quieras oír.

Leandro espiró y estudió el rostro de Emily, que parecía sinceramente emocionada.

Se preguntó cómo sería su cuerpo debajo de aquel traje y cómo sería hacerle el amor a su fría secretaria, que en esos momentos le estaba demostrando ser una mujer apasionada. ¿Cómo estaría con el pelo suelto? ¡Ni siquiera sabía cómo de largo lo tenía! La curiosidad superó al enfado causado por sus palabras. Y era cierto que no estaba acostumbrado a que lo criticasen.

—¿No te ha gustado verte implicada en mi vida personal? —murmuró.

—Tal vez la anterior secretaria estuviese acostumbrada a ello, pero yo creo que podrías haberme preguntado si me importaba...

—Si tanto te molestaba, tú también podrías habérmelo dicho antes...

Emily se ruborizó porque Leandro tenía toda la razón. ¿Por qué no le había dicho nada? Porque había necesitado el dinero y no había querido arriesgarse a quedarse sin trabajo.

—Me parece fatal que hayas estado haciéndolo y que sea ahora, con la carta de dimisión en la mano, cuando me digas lo que piensas al respecto... Lo que hace que vuelva a pensar en el motivo...

—Bueno, como ya te he dicho, pienso que ha llegado el momento de tomar otro camino... Supongo que querrás que me marche inmediatamente, así que podría recoger mis cosas y marcharme mañana mismo...

—¿Marcharte inmediatamente? ¿Qué te hace pensar eso?

—¿Qué quieres decir? —le preguntó ella consternada—. Por supuesto que quieres que me marche lo antes posible, recuerdo habértelo oído decir de otros empleados, que no querías que siguiesen teniendo información confidencial...

Aunque en realidad solo había visto marcharse de allí a dos personas, una porque estaba embarazada y la otra porque se iba a vivir a otro país. La mayoría de los empleados de la empresa intentaban mantener sus puestos porque las condiciones eran muy buenas.

—Mi anterior secretaria se quedó aquí hasta que te encontramos a ti...

—Sí, pero... Yo he tenido más responsabilidades de las que tuvo ella —balbució Emily, que no quería ni pensar en tener que seguir trabajando para Leandro después de cómo le había hablado.

—Eso es cierto —admitió él, preguntándose por qué quería Emily marcharse inmediatamente—, pero, de acuerdo con tu contrato, tienes que dar un mes de preaviso, así que no voy a permitir que me dejes solo con un montón de candidatas inadecuadas.

Dicho aquello, esperó a que Emily siguiese poniendo excusas que no tenían ningún sentido.

Y esta pensó que le esperaban cuatro semanas muy duras.

—Aunque tienes razón al decir que has asumido más responsabilidades que Marjorie —comentó él—. A ella le costaban mucho las nuevas tecnologías, pero sabía que no iba a reemplazarla porque llevaba mucho tiempo en la empresa. Ya trabajaba para mi padre en Argentina. ¿Lo sabías?

—Algo me contó.

—Fue a Argentina un verano, a aprender español y a buscar algún empleo temporal y a mi padre le gustó como secretaria. Y ella se enamoró allí, se casó y siguió trabajando para mi padre, hasta que se mudaron aquí para estar más cerca de la familia. Dos de sus hijas se han casado con ingleses y también viven aquí. Marjorie siempre hizo muy bien su trabajo, pero tú...

Apoyó la espalda en el sillón y puso las manos detrás de su cabeza.

—Eres rápida, profesional, nunca hace falta decirte las cosas dos veces...

Emily aceptó los halagos intentando no cambiar de expresión y se recordó a sí misma que venía con el paquete de tener que quedarse allí un mes más. No obstante, se ruborizó.

—Por eso no puedo perderte inmediatamente, y por eso han recaído en ti tantas responsabilidades... y tanta información confidencial de clientes... Tal vez vayas a ir a trabajar con la competencia. ¿Quién sabe? Eres como un libro cerrado, Emily...

—¿Lo dices en serio, Leandro?

Había conseguido evitar llamarlo por su nombre casi desde que había empezado a trabajar para él y le resultó extraño hacerlo. Volvió a tener la misma extraña sensación de un rato antes, cuando había empezado a sentir un inexplicable interés por él.

—Siempre hablo en serio cuando se trata de trabajo —le respondió él—. A estas alturas ya deberías saber que no soy un hombre que se arriesga en lo relativo a los negocios...

—Eso lo sé, pero... ¡yo jamás divulgaría información confidencial!

—Es mejor prevenir que curar, ¿no crees?

Leandro se preguntó si Emily lo echaría de menos, y se enfadó consigo mismo solo de pensarlo.

—Llamaré a la agencia de empleo mañana a primera hora.

Emily pensó que era fácil perderse en aquellos ojos oscuros, que estaban mirándola pensativos, y luego se dijo que era una tontería pensar aquello. Además, era completamente inapropiado.

—No hace falta todavía... Estamos a punto de terminar un hotel en una pequeña isla del Caribe, la inauguración será dentro de seis semanas. Y yo tengo que ir allí para supervisar los últimos detalles personalmente.

No era del todo cierto, pero en esos momentos le venía bien. No iba a permitir que Emily se marchase sin mirar atrás. Además, lo intrigaba... y con aquella carta de dimisión, todavía más.

—No pasa nada, puedo cubrirte aquí durante tu ausencia y estar en comunicación contigo por correo electrónico. Puedo incluso empezar a buscar a otra secretaria, para que cuando tú vuelvas solo tengas que entrevistar a las que yo haya preseleccionado...

—No era eso lo que tenía en mente, sino más bien que me acompañases y que nos aseguremos juntos de que todo está perfecto para la inauguración... También quiero evitar que tengas la tentación de compartir información sensible con la competencia. Así que ve buscando el pasaporte y haciendo la maleta, y compra dos billetes de avión mañana a primera hora. Va a ser mucho más divertido que preseleccionar a una secretaria, ¿no crees?

Emily palideció.

—¿De qué periodo de tiempo estamos hablando concretamente? —preguntó en voz baja.

—Tienes que darme un mes de preaviso... así que supongo que con que estemos quince días supervisando el hotel...

—¿Dos semanas?

—Pareces sorprendida. ¿Cuál es el problema? Sé que tienes el pasaporte en regla.

—Lo siento, pero no va a ser posible.

—¿Por qué?

—Porque tengo ciertos compromisos.

—¿Y esos compromisos tienen algo que ver con esta carta de dimisión?

—Sí.

Emily respiró hondo y apartó la vista. Se dio cuenta de que Leandro sentía curiosidad. Era un hombre inteligente, así que no iba a dejarla marchar sin profundizar en los motivos de su dimisión.

—Soy todo oídos, porque sigo pagándote un sueldo y no te estoy pidiendo nada que exceda tus obligaciones aquí.

—De eso soy consciente. Es solo que...

—¿Qué?

—Me voy a marchar de Londres. Voy a casarme...