Capítulo 2
LEANDRO se preguntó si había oído bien. ¿Emily iba a casarse? Era absurdo. Jamás se le había pasado por la cabeza que su secretaria pudiese tener una vida social.
Además, ¿dónde estaba el anillo de compromiso?
—No me lo creo —le dijo.
—¿Perdona?
—Ya me has oído, Emily, que no me lo creo.
—¿Cómo te atreves? —le preguntó, furiosa.
¿Cómo se atrevía su jefe a insinuar que estaba mintiendo? Se sintió insultada. Así que su jefe pensaba que era demasiado aburrida como para que alguien quisiese casarse con ella.
¡Cómo podía ser tan arrogante! Aunque, en realidad, no le sorprendía. Lo había visto tratar a otras mujeres como si fuesen juguetes que tomaba y tiraba cuando dejaban de interesarle.
—¿Cómo me atrevo a qué?
—¿Cómo te atreves a sugerir que no es cierto? —replicó ella—. ¡Que no haya hablado nunca de mi vida privada no significa que no la tenga!
—Siento curiosidad por saber dónde estaba tu prometido mientras trabajábamos juntos hasta altas horas de la noche. No imagino a ningún hombre dispuesto a compartir a su novia desde primera hora de la mañana y hasta tan tarde algunas noches...
Leandro se quedó pensativo y sacudió la cabeza lentamente sin dejar de mirarla. Necesitaba saber más.
—No —añadió—. Nunca has tenido problema en trabajar muchas horas, cosa que habría ocurrido si hubieses tenido novio. ¿Desde cuándo estás con él?
—Eso no es asunto tuyo —respondió Emily en tono frío.
—Sí que lo es, dado que parece que está influyendo en tu trabajo.
—No está influyendo en nada...
—Me acabas de decir que no puedes acompañarme al Caribe para supervisar el cierre de este proyecto. Así que yo diría que sí que está influyendo en tu trabajo... Mira, Emily... —añadió, suspirando y pasándose las manos por el pelo moreno—. Llevamos trabajando juntos casi dos años. Hemos tenido una relación profesional excelente, a excepción, por supuesto, del hecho de haberte involucrado en mi vida amorosa...
Leandro se preguntó por qué le había molestado tanto aquello a Emily, ¿le habrían roto el corazón en el pasado?
—¿Tan extraño te resulta que me interese por un acontecimiento tan importante como tu compromiso? Eso sin tener en cuenta que vas a dejarme tirado...
—No pretendo dejarte tirado. Me aseguraré de encontrar a alguien adecuado para sustituirme.
Leandro se dio cuenta de que Emily había intentado evadir su pregunta. Era fascinante.
—¿Cuánto tiempo llevas saliendo con ese hombre? ¿Y cómo se llama, por cierto?
—¿Todas esas preguntas van en la línea de que no te crees que vaya a casarme?
—Me sorprende que no lleves anillo de compromiso —comentó Leandro—. A lo mejor te lo has quitado esta mañana para lavar los platos, pero estoy seguro de que me habría fijado en él si lo hubieses llevado algún día...
—No soy de anillos de compromiso —respondió Emily, incómoda.
—Y, no obstante, debes de estar muy enamorada, si la idea de viajar conmigo al Caribe por motivos de trabajo te resulta incómoda...
Leandro nunca la había visto así. El rubor hacía que su rostro resultase cautivador. Parecía una mujer distinta. Siempre había sido bella, pero en esos momentos estaba desprovista de aquella máscara diseñada para mantener las distancias con todo el mundo.
A él nunca le habían gustado las rubias, pero aquella estaba empezando a interesarle. Se preguntó si era porque el límite entre su relación profesional y personal se estaba empezando a difuminar. En cualquier caso, aquella era una reacción completamente inapropiada. Emily acababa de anunciarle que iba a casarse.
—Se llama Oliver —admitió ella a regañadientes.
Leandro se dio cuenta de que el rostro de su secretaria se ensombrecía un instante. ¿Sería su prometido una especie de último recurso? ¿Tendría miedo Emily a quedarse sola en la vida? ¿O le habían hecho daño antes y tenía miedo a enamorarse?
Sintió curiosidad y no se molestó en contenerla.
Pensó que pasar quince días con ella en el Caribe le permitiría supervisar el proyecto y, además, vivir una experiencia que prometía ser muy interesante.
—Oliver... ¿Oliver qué?
—No lo conoces.
—Me lo estás poniendo muy difícil...
—Camp. Se llama Oliver Camp —añadió ella entre dientes.
—¿Y Oliver Camp va a oponerse a que me acompañes en un viaje de negocios?
—Está bien, iré.
Podía retrasar las gestiones un par de semanas, eso no sería un problema a largo plazo. Ambos estaban dispuestos a dar el paso y a terminar con todo, pero, en ocasiones, el destino trastocaba los planes y en aquel caso lo había hecho a través de un hombre alto, musculoso y muy dinámico que la tenía atada de pies y manos.
Emily supo que discutir con él sería contraproducente.
—¡Qué buena noticia! Me alegra que hayas cambiado de opinión.
Leandro se miró el reloj y se puso en pie, y Emily lo observó, y luego se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo mirándolo y se levantó también.
—¿Harás las gestiones necesarias mañana a primera hora? —le dijo él, acercándose a la puerta y poniéndose la chaqueta.
—¿Te marchas ya? —preguntó ella.
—Eso parece.
Leandro nunca se marchaba del trabajo antes de las siete, ni siquiera cuando no tenía reuniones ni llamadas pendientes, como era el caso aquel día.
—¿Y eso? —le preguntó sin darse cuenta.
Después se preguntó a sí misma qué le pasaba. ¿Cómo era posible que le estuviese hablando así? Tendría que estar en aquella empresa un mes más. ¿Tendría que hacerlo controlando todas las tonterías que su boca quisiese dejar escapar?
—¿Qué has dicho? —dijo él, clavando la mirada en su rostro sonrojado y arqueando las cejas.
—Lo siento. No es asunto mío. Es solo que... sueles aprovechar para trabajar a estas horas, en las que el teléfono no suena tanto...
Leandro se giró completamente hacia ella y se apoyó en la pared.
—Te has puesto colorada.
¿Lo había dicho para que se ruborizase todavía más? En cualquier caso, funcionó. Emily notó calor en las mejillas.
—No es cierto —mintió—. Solo estoy... Estoy...
—¿Demostrando una curiosidad natural y humana por la alteración de mi rutina habitual?
—No es...
—Asunto tuyo —terminó Leandro en su lugar—. No obstante, como parece que tú tienes mucha prisa por marcharte a hacer lo que tengas que hacer... He decidido terminar yo también mi jornada. De hecho, tengo que hacer algunas gestiones, si voy a estar un par de semanas fuera del país...
Emily bajó la mirada. En esos momentos, Leandro no salía con nadie. Ella misma había despachado al último miembro de su harén varias semanas antes. La pobre no le había durado mucho, pero se había llevado con ella varias joyas muy caras e incluso una motocicleta roja, a juego con sus uñas y esencial para poder moverse por Londres.
¿Habría una siguiente en la lista? La idea la asqueó a pesar de no ser asunto suyo. Cada uno vivía su vida como quería, y ella debía mostrarse indiferente y no criticarlo, pero...
Leandro continuó mirándola. Era como si estuviese viéndola en tres dimensiones por primera vez. Aunque se dio cuenta de que siempre que le había pedido que comprase un regalo para alguna de sus amantes había bajado la mirada como estaba haciendo en esos momentos...
Era evidente que había desaprobación en su rostro. Debía de estar pensando que se marchaba temprano porque había quedado con una mujer. Leandro decidió dejar que imaginase lo que quisiese.
—Bien. Hasta mañana, Emily. Y... No se te ocurra desaparecer, porque, si lo haces, te lo haré pagar por incumplir tu contrato. He sido un jefe ejemplar y espero lo mismo de ti, aunque solo vayas a estar aquí un mes más. ¿Entendido?
—Jamás se me ocurriría desaparecer —dijo ella, aunque tendría que atar ciertos cabos sueltos antes de irse al Caribe con él.
De camino a casa, pensó acerca de dichos cabos sueltos y se sintió frustrada al darse cuenta de que su mente no estaba completamente puesta en aquello.
De hecho, no podía evitar pensar en la conversación que había tenido con Leandro, que no había salido tal y como ella había planeado, y no podía sacarse a su jefe de la cabeza.
Abrió la puerta de su minúsculo apartamento, situado en el sur de la ciudad, y se recordó a sí misma que en cuanto solucionase sus problemas y se casase, ya no tendría que vivir en semejante agujero.
Se preguntó qué pensaría Leandro si pasase accidentalmente por aquella parte del mundo.
Se quedaría horrorizado. Con lo que cobraba, Emily tendría que haber podido permitirse vivir de manera medio decente en un buen barrio de Londres, pero después de pagar lo que tenía que pagar, le quedaba poco para caprichos tales como vivir en un lugar más agradable...
Llamó por teléfono a Oliver antes de quedarse sin energías y le dijo que tendrían que retrasar sus planes un par de semanas.
Lo imaginó en su cabeza. Tenía más o menos su misma altura, el pelo claro, los ojos azules, y seguía pareciéndose mucho al chico con el que había salido con quince años durante un breve periodo de tres meses, antes de que la familia de Oliver vendiese su mansión y se marchase a vivir a América. Habían mantenido el contacto hasta que los padres de este habían fallecido en un accidente de tráfico diez años antes.
Le explicó con voz tranquila que iba a tener que estar dos semanas fuera e intentó que no se le notase la desesperación en la voz.
Y después pasó el resto de la tarde en un estado de dulce pánico. Iba a estar dos semanas fuera con Leandro. Dos semanas al sol. El sol era sinónimo de vacaciones, relajación y, no obstante, ella estaría tensa todo el tiempo, protegiéndose de...
¿De qué?
Muy a su pesar, la imagen de Leandro invadió su cabeza, y Emily pensó en cómo la había mirado, en todo lo que le había dicho esa mañana.
No habían hablado de la ropa que tendría que llevar para el viaje. Solo sabía que el complejo turístico estaba formado por cabañas individuales situadas en la playa, cabañas que parecían antiguas, pero estaban equipadas con todo tipo de comodidades.
Las cabañas formaban una especie de racimo frente al edificio principal del hotel, que era pequeño y también de diseño orgánico. Había una piscina que se asemejaba a una cascada e iba a parar a un lago, aunque cada una de las cabañas también tenía su propia piscina.
Lo cierto era que no iba a poder llevarse su uniforme habitual.
Iba a necesitar trajes de baño, pantalones cortos y vestidos de tirantes. El tipo de ropa que no poseía. Y no tenía tiempo ni ganas de salir de compras.
A la mañana siguiente, Emily no tenía ningunas ganas de ver a su jefe, así que volvió a llegar al trabajo poco antes de las nueve. Si este interpretaba que era una especie de rebelión contenida, que así fuera.
Pero al llegar encontró encima de su escritorio una nota en la que Leandro le informaba de que estaría fuera todo el día. A juzgar por la lista de instrucciones que le había dejado preparada, debía de haber llegado al trabajo todavía antes de lo habitual.
La primera instrucción era comprar los billetes de avión. ¡Cómo si se le pudiese olvidar!
Cuando se hicieron las cinco de la tarde, estaba agotada. Iba a marcharse cuando sonó el teléfono y Emily se estremeció al oír la profunda voz de Leandro.
¿Cómo era posible que no le hubiese afectado hasta entonces?
Tuvo que sentarse y hacer un esfuerzo por calmar su respiración mientras él le pedía que le contase si había conseguido realizar todas las tareas que le había encargado.
Leandro se relajó en la parte trasera del coche. Había estado todo el día de buen humor. Había conseguido adquirir una empresa nueva después de unas duras negociaciones y al día siguiente...
A pesar de que la dimisión de Emily le había sorprendido y molestado, y que el motivo que le había dado había hecho que se sintiese traicionado, la idea de que viajase con él al Caribe lo llenaba de satisfacción.
Había pasado gran parte del día pensando en ella. Había estado repasando mentalmente su conversación, los cambios de expresión de su rostro. Emily había respondido a sus preguntas de manera breve, sin satisfacer completamente su curiosidad.
Y la idea de tener que descubrir a una mujer impredecible por primera vez lo ponía a cien.
¿Estaría empezando a cansarse? Aquella era una pregunta que nunca se había hecho. Tenía treinta y dos años y disfrutaba de una satisfactoria vida amorosa. O eso había pensado hasta entonces. Se preguntó si de verdad era tan satisfactoria, si descubrir la parte desconocida de su secretaria le resultaba tan apasionante.
La última mujer con la que había salido había salido de su vida tres semanas antes, y él estaba empezando a obsesionarse con una nueva imagen de Emily Edison, una Emily Edison que, de repente, era mucho más que la suma de todas sus partes.
¡Hasta había estado fantaseando con ella! ¡Qué extraño!
¿Habría llegado a un punto en el que la novedad era tan importante? No tenía nada en contra del matrimonio en sí. Daba por hecho que se casaría algún día, con alguien adecuado. Alguien rico, como él. Unos años antes había salido con una mujer que había estado a punto de convencerlo de que era perfecta, de que no le interesaba su dinero... Hasta que, un día, Leandro la había oído hablar por teléfono con su madre...
Así que, sí, se casaría cuando llegase el momento, con alguien que no quisiese solo su dinero. Sus hermanas se habían casado ya, y sus padres habían tenido un matrimonio largo y satisfactorio. Él se preguntó entonces si de verdad estaba contento con su vida de soltero.
Frunció el ceño y pensó en las mujeres que habían pasado por su vida a lo largo de los años: bellas, sexys, complacientes, siempre dispuestas a hacer lo que él quisiera. En teoría, sonaba bien, pero la realidad era algo diferente. Cada vez se aburría más con ellas. La emoción de la caza había desaparecido hacía mucho tiempo.
—El primer vuelo que he podido conseguir es para pasado mañana —le contó Emily en tono profesional.
Se preguntó dónde estaría su jefe en esos momentos. ¿En casa? ¿En un restaurante, esperando a alguna mujer? En realidad, no quería perder el tiempo haciéndose esas preguntas.
—¿A qué hora?
Emily le dio los detalles del vuelo.
—Quiero que mañana te tomes el día libre —añadió Leandro—, supongo que tendrás cosas que hacer antes de que nos marchemos.
—No hace falta —respondió ella—. Seguro que hay cosas que terminar aquí antes de...
—Emily —la interrumpió él—. Yo iré mañana antes de las siete y me aseguraré de que no queda nada pendiente.
—¿No quieres que hable con Ruth y le encargue que se ocupe de la correspondencia?
—No nos vamos a la selva —le informó Leandro—. Tendremos Internet, así que podremos leer el correo desde allí. Considéralo un cambio de escenario.
—Ah, bueno.
—Lo que no significa que tengas que meter en la maleta los trajes y los zapatos de tacón.
—Soy consciente de que no sería adecuado —replicó ella.
—La piscina estará disponible...
Emily fingió no haber oído aquello.
—¿Quedamos en el aeropuerto?
—No, te mandaré a mi conductor. O puedo pasar yo por tu casa, de camino al aeropuerto...
—¡No será necesario!
Emily no quería que Leandro Pérez viese dónde vivía. Si ya sentía curiosidad por ella, la bombardearía a preguntas si veía su casa.
—Y tampoco hace falta que me mandes al conductor, Leandro. Si no quieres que vaya en transporte público, bastará con que tome un taxi y pase la factura a la empresa.
—De acuerdo —respondió él, intentando contener la irritación.
Iban a pasar quince días en el Caribe... Tendrían que trabajar, pero también habría sol, el mar, la arena.
Emily no quería que fuesen a recogerla, pero...
Leandro volvió a pensar en su misterioso prometido, del que no sabía nada.
—¿Y qué le ha parecido a... se me ha olvidado el nombre... que tengas que viajar con tu jefe? —le preguntó—. ¿Le ha parecido bien que tengas que pasar tanto tiempo conmigo?
—¿Por qué no iba a parecerle bien?
Emily ni siquiera pudo imaginar la situación que Leandro estaba sugiriendo... Su jefe pensaba que tenía un novio posesivo y celoso, que la llamaría constantemente para comprobar que no estaba pasando nada fuera de lo normal...
¿Qué habían hecho para que la conversación hubiese pasado a ser, repentinamente, tan personal? Notó que se ruborizaba a pesar de estar sola en el despacho.
De repente, sintió que le pesaban los pechos y que se le endurecían los pezones, y sintió vergüenza.
—Estoy pensando que si estás seguro de que no vas a necesitarme mañana en el trabajo... —le dijo a Leandro.
Este apretó los dientes al darse cuenta de que Emily volvía a cambiar de conversación.
—Estoy seguro, tómate el día y haz algo de terapia de compras.
—No me gusta ir de compras —respondió ella al instante.
—A todas las mujeres les gusta.
—A todas las mujeres de tu entorno. En cualquier caso, aprovecharé para hacer la maleta... y...
—¿Y...?
—Tengo que hacer un par de cosas antes de marcharme... Voy a estar mucho tiempo fuera...
—¿Dos semanas te parece mucho tiempo?
Emily suspiró. Leandro Pérez era un hombre persistente. Cuando quería algo, lo conseguía, por muchos obstáculos que encontrase en el camino. Él era así. En una ocasión le había dicho que era algo que había heredado de su padre.
—Él me enseñó que, si quieres algo, tienes que intentar conseguirlo, que las cosas raramente vienen a ti, como fruta caída de un árbol... —le había contado en tono seco.
Por lo que Emily imaginaba que Leandro nunca había querido realmente a ninguna de las mujeres con las que había estado, porque todas habían llegado a él como fruta madura que cae del árbol.
Ella le había respondido que, en ocasiones, era mejor tirar la toalla, y Leandro había intentado que argumentase aquello mejor.
—El año pasado te tomaste dos semanas seguidas de vacaciones —le recordó él.
—Cierto, pero no salí del país.
—¿Adónde fuiste? —le preguntó él con curiosidad—. Te tomaste quince días en octubre, una época del año que no es precisamente agradable en este país...
—El octubre pasado hizo un tiempo precioso.
Emily se puso tensa. No iba a hablar de aquel tema. Tal vez Leandro hubiese conseguido sonsacarle el nombre de Oliver, pero no iba a contarle nada más.
—¿Sí?
—Sí. Supongo que estarás deseando colgar el teléfono, Leandro. ¿Estás en casa?
—Todavía no.
Emily se imaginó dónde estaba y dio por hecho lo obvio.
—No te molestaré más por hoy.
—¿Por qué dices eso?
—Porque supongo que estarás con una de tus novias —respondió ella, arrepintiéndose al instante—. Y no quiero interrumpir. Sé que no te gusta que te molesten cuando estás con una de tus...
—¿Cómo las describirías?
—Nunca he dicho nada de las mujeres con las que sales —murmuró Emily—. Solo te he dicho que no me gusta ocuparme de cosas relacionadas con ellas en tu nombre. Solo he conocido a un par y me han parecido muy... agradables.
—Menudo cumplido.
—¡Esto es ridículo! —dijo Emily enfadada—. No quiero tener esta conversación contigo. Si estás con alguien, me aseguraré de no molestaros. Si, por el motivo que sea, necesitas hablar conmigo mañana, tienes mi número de teléfono. Lo miraré de vez en cuando, por si acaso.
Leandro, que no tenía tiempo para histrionismos, se relajó y cerró los ojos. Nunca había oído a Emily tan enfadada. De hecho, en las últimas veinticuatro horas la había visto convertirse en una persona tridimensional, y él estaba disfrutando mucho con la conversación.
—¿Vas a estar en Londres? Por si te necesito por algún motivo...
—No —respondió ella—. Es probable que no esté en Londres si me das el día libre. ¿Quieres que vaya a trabajar?
—No...
Leandro se preguntó si Emily aprovecharía el día libre para pasárselo en la cama con su prometido.
—Me las arreglaré. Tómate el día y haz... lo que tengas que hacer. Salvo salir de compras, por supuesto. Nos veremos en el aeropuerto. No olvides el ordenador, Emily. Ni olvides llevar... ropa de verano...