Capítulo 3
EMILY llegó al aeropuerto con tiempo de sobra. No había pegado ojo en toda la noche, imaginando lo que la esperaba.
Buscó a Leandro con la mirada. Habían quedado en el mostrador de facturación, que, al ser de primera clase, estaba vacío y tranquilo en comparación con el de la clase turista.
Su maleta era pequeña y en ella había ropa lo más neutra posible para pasar dos semanas bajo el sol. Nada de vestidos de flores ni prendas demasiado femeninas que pudiesen sugerir que iba hacer algo que no fuese trabajar. No tenía ninguna intención de pasearse por ahí en biquini.
La voz de Leandro hizo que se sobresaltase, se giró y vio que lo tenía justo detrás, demasiado cerca para su gusto, así que retrocedió un paso.
—Espero que no lleves mucho tiempo esperándome —le dijo en tono divertido.
Emily llevaba el pelo recogido en un moño, como de costumbre, y había cambiado el traje gris por uno en color crema, combinado con una camisa azul marino y zapatos planos. Su aspecto era profesional y, si Leandro no hubiese tenido la oportunidad de ver que había en ella mucho más, habría podido pensar que era una mujer sin ninguna personalidad.
Pero no lo era. Nunca lo había sido. Por mucho que se hubiese esforzado en parecerlo.
—No soporto esperar en un aeropuerto...
Leandro tendió la mano para tomar su pasaporte y ella retrocedió y lo dejó hacer las gestiones. Emily se preguntó si su jefe se habría dado cuenta de que la azafata de tierra que lo estaba atendiendo se había puesto colorada al verlo.
Emily apretó los labios y esperó.
—Por eso intento llegar lo más tarde posible —añadió Leandro cuando por fin tuvo los billetes—. ¿Qué tal pasaste el día ayer? ¿Qué hiciste?
—Cosas... que tenía pendientes.
Leandro la miró y pensó que, para no llevar tacones, seguía siendo muy alta, cosa que no solía ocurrir con las mujeres con las que salía normalmente.
—Supongo que habrás traído el ordenador —comentó.
Emily suspiró aliviada al ver que su jefe no seguía intentando hablar con ella de temas personales.
—Por supuesto —le respondió, empezando a mencionar algunos temas de trabajo—. ¿Surgió algo urgente ayer?
—¿De verdad quieres saberlo?
Dejaron de andar y Emily vio cómo la gente pasaba por su lado.
Sabía que su imagen era tensa, y que el traje que llevaba puesto no era lo adecuado para un viaje largo. El aspecto de Leandro era desenfadado, pero caro y sofisticado. Llevaba unos vaqueros negros y un polo. Y calzaba mocasines. Su maleta de mano era de cuero negro.
A Emily se le secó la boca mientras él seguía mirándola con aquellos ojos oscuros, unos ojos que nunca la habían afectado, hasta entonces.
—Por supuesto que sí. Llevo trabajando en algunos proyectos semanas... incluso meses...
Leandro dejó de mirarla y echó a andar de nuevo hacia la zona de control de seguridad, donde volvieron a tratarlos con gran respeto y adulación.
Emily se habría sentido tentada a pensar que todo era una cuestión de dinero si no hubiese sabido que Leandro habría llamado también la atención aunque hubiese estado arruinado. Tenía algo que hacía que todo el mundo lo obedeciese automáticamente.
—Y, no obstante, no vas a estar para ver cómo terminan. ¿Por qué molestarte en fingir interés?
—Porque... que vaya a marcharme no quiere decir que no esté cien por cien comprometida con mi trabajo —respondió ella, sentándose en un cómodo sofá.
Un camarero se acercó a preguntar si querían tomar algo.
—En ese caso, abre el archivo de Edimburgo en tu ordenador y le echaremos un vistazo —le dijo Leandro en tono educado.
Y ella se esforzó en responderle con una sonrisa.
Estaba aburrido. Y era evidente que pensaba que, mentalmente, Emily ya había desertado. Era normal. El único motivo por el que le había pedido que lo acompañase era para vigilarla de cerca y asegurarse de que no vendía los secretos de la empresa a la competencia. ¿Tan poco la conocía después de haber trabajado casi dos años con ella?
No. No la conocía. No sabía nada de ella. Y si lo había sorprendido diciéndole que iba a casarse, Leandro debía de pensar que también podía sorprenderlo de otras maneras.
Emily abrió el archivo y notó cómo Leandro se le acercaba para poder repasar la información con ella.
Estaba nerviosa, pero después de toda una vida controlando sus emociones, no le tembló la voz, nada la traicionó. Se dio cuenta de que Leandro la miraba y deseó gritarle que se concentrase en la pantalla del ordenador.
—¿Eres consciente del calor que va a hacer cuando aterricemos? —le preguntó después de un rato.
Emily hizo una mueca.
—No pensé que fuésemos a hablar del tiempo —respondió.
—¿Toda la ropa que has metido en la maleta es del mismo estilo?
Emily se apartó de él y cerró el ordenador para guardarlo.
¿Por qué se sentía como una tonta?
De repente, le agobió pensar en que era una mujer joven reservada y precavida, que siempre estaba alerta. Casi no se recordaba de otro modo. El último novio que había tenido, con el que había salido seis meses, cuatro años antes, había sido un desastre. Su inexperiencia y el hecho de que sospechase de todo por naturaleza habían minado la relación, sofocándola, hasta que habían decidido seguir cada uno su camino, pero mantener el contacto y ser amigos, cosa que no había ocurrido.
Entonces pensó en las mujeres con las que salía Leandro: sexys, completas, relajadas.
¿Qué debía pensar su jefe de ella?
Se dijo a sí misma que daba igual, aunque no fuese del todo cierto.
Apartó la inquietante imagen que tenía de sí misma en su cabeza y se aclaró la garganta.
—Es evidente que... quiero ir vestida de manera adecuada... y...
—¿Recatada para un viaje de ocho horas al Caribe?
—No me habría sentido cómoda con unos vaqueros y una camiseta de tirantes —respondió ella.
Notó que se ruborizaba y tuvo que hacer un esfuerzo para no decir nada más al ver que Leandro seguía mirándola.
—¿Y con esa ropa sí que estás cómoda?
—Es práctica.
—Si tú lo dices.
Leandro sacó su tableta de última generación y la encendió.
Emily interpretó aquello como una señal de que su conversación había terminado. Tenía en el bolso la novela de suspense que estaba leyendo, pero se temió que Leandro le hiciese algún comentario sarcástico al verla y decidió sacar en su lugar unos documentos que había imprimido el día anterior en el trabajo acerca del complejo turístico al que iban a ir.
Leandro respondió a varios correos de su familia que tenía pendientes y después miró a Emily, que parecía estar muy tensa.
Se preguntó por qué estaba tensa y, sobre todo, por qué, de repente, despertaba en él tanta curiosidad. En realidad, no se la llevaba al Caribe para evitar que compartiese información con la competencia, sabía que era incapaz de hacer algo así. No, se la llevaba porque... quería pasar tiempo con ella. E intentar satisfacer su repentina curiosidad. O tal vez porque le había fastidiado que fuese a dejarlo. Era la primera mujer que lo dejaba, aunque su relación fuese solo profesional...
Lo que estaba claro era que el viaje se le iba a hacer muy largo si ambos seguían con aquella actitud.
Subieron al avión, Leandro se instaló en su asiento y observó divertido que, a pesar de que se habían apagado las luces, Emily seguía muy recta, leyendo un libro que había sacado del bolso.
Él inclinó su asiento, apagó la luz que había encima y se preguntó si debía intentar hacer que Emily se relajase un poco hablándole de trabajo, pero decidió no hacerlo.
¿Cómo era posible que Leandro se quedase dormido en un avión?, pensó Emily enfadada.
Era demasiado largo para aquel asiento, aunque lo hubiese inclinado y se hubiese convertido en una cama. Lo miró de reojo. Dormido, había en él cierta vulnerabilidad. Las líneas de su rostro estaban relajadas y transmitía serenidad.
Emily volvió a clavar la vista en su libro, pero volvió a mirar a su jefe en varias ocasiones, recorriendo su cuerpo fuerte con la vista.
Tragó saliva y se le aceleró el corazón, y Emily se preguntó qué le estaba pasando.
Si hubiese estado prometida y a punto de casarse con el hombre de sus sueños, no habría mirado a su jefe así, pero lo cierto era que, en realidad, su compromiso no era de verdad, ¿o sí?
Entonces pensó en Oliver... El hombre por el que su jefe pensaba que estaba loca... el hombre que tendría que haberse puesto celoso al saber que iba de viaje con su jefe. Era cierto que iba a casarse con él, pero solo porque necesitaba dinero.
Debía de haberse quedado dormida, porque cuando, de repente, despertó, se sintió desorientada, dejó escapar un grito y se inclinó hacia delante. Tardó varios segundos en darse cuenta de dónde estaba, no en su cama, sino sentada en el avión. Con el corazón acelerado, se dio cuenta de que Leandro tenía una mano apoyada en su hombro y la estaba sacudiendo.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó, fulminándolo con la mirada.
—¿Qué estabas soñando?
—¿Qué?
El rostro de Leandro estaba tan cerca del suyo que Emily notó su aliento caliente en el cuello. Estaba despeinado y muy sexy.
—Soñando —repitió él, acariciándole el cuello y la línea de la mandíbula—. Estabas soñando, Emily.
—Te he despertado, lo siento —le respondió ella.
Casi no podía respirar. Sabía que Leandro no era consciente de que le estaba tocando la cara, pero ella era muy consciente y, no obstante, no era capaz de apartarse.
—No te preocupes por mí —le dijo él.
Estudió su rostro enrojecido y después bajó la vista a sus labios, que estaban separados. De repente, notó que se excitaba. Emily tenía las mejillas rosadas, estaba despeinada y su mirada azul parecía confundida. Parecía una chica joven, era una chica joven, por mucho que intentase ocultarlo siempre.
Y estaba muy sexy. A Leandro le entraron ganas de besarla.
—¿Qué estabas soñando?
—Nada —contestó ella retrocediendo.
Él apartó la mano y Emily la echó de menos al instante.
Había estado soñando, sí. Con Oliver. Con su boda y con lo que eso conllevaría. Había sido un sueño oscuro, lleno de miedos, en el que también había aparecido Leandro, aunque Emily no recordaba en esos momentos cuál había sido su papel en él.
—Pues nadie lo diría.
—¿He dicho... algo?
Leandro la miró a los ojos azules y se preguntó por qué parecía asustada.
—No —admitió—, pero has gritado como si estuvieses asustada.
—Siempre he dormido regular —comentó ella.
—¿Sí?
Emily dudó un instante y después añadió:
—Durante una época, cuando era más joven, fui sonámbula. Desde entonces, nunca he dormido bien.
Leandro se la imaginó de adolescente e, inmediatamente, quiso saber más cosas de ella.
—Supongo que eso desconcertaría a tus hermanos —aventuró.
—No tengo hermanos. Soy hija única.
—Entonces, tu boda debe de ser un acontecimiento muy importante para tus padres.
—Yo...
Él siguió mirándola fijamente con sus ojos oscuros, para animarla a continuar hablando.
—Somos solo mi madre y yo —dijo ella, apretando los labios, dispuesta a terminar su conversación allí.
Leandro esperó y, al ver que ella seguía en silencio, añadió:
—Qué paz...
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que yo tengo cuatro hermanas, así que en mi casa había poca paz y tranquilidad.
—¿Cuatro hermanas? —repitió Emily sonriendo, mirándolo.
Leandro arqueó una ceja y sonrió, y a ella se le aceleró el pulso.
—Cuatro hermanas... y todas querían probar en mí sus maquillajes...
Emily se echó a reír y Leandro pensó que no reía lo suficiente. Se preguntó si su prometido sería capaz de sacar aquella parte de ella...
—¡No te creo!
—Es la verdad. Por aquel entonces solo tenía cuatro o cinco años, pero todavía me acuerdo.
—¿Y después, de adulto, no has querido nunca volver a maquillarte?
Leandro se echó a reír.
—Ahora intento evitar la zona de cosméticos de los grandes almacenes...
Sus miradas se cruzaron y ambos compartieron un momento de relajación. Emily notó que se le secaba la boca y un zumbido extraño en los oídos.
—¿Sabes si...? ¿Si...?
—¿Si qué?
—Si hay alguna cosa de última hora que haya que hacer en el hotel nada más llegar...
Casi sin aliento, Emily intentó cambiar de tema de conversación.
Y Leandro se preguntó si iba a sacar el ordenador y esconderse detrás de él.
—He contratado a buenos profesionales para que se encarguen del trabajo de construcción. Todo debería estar en orden cuando lleguemos, preparado para recibir a los primeros turistas...
—Unos turistas muy ricos...
—¿No te parece bien que la gente que tiene dinero se lo gaste en unas vacaciones?
—Yo no he dicho eso.
Pero no había podido evitar hablar con cierta amargura. De niña, había habido una época en la que ella también había disfrutado de aquel tipo de vacaciones. Casi no las recordaba, pero sabía que había estado en hoteles muy caros con sus padres.
—Y no lo pienso —añadió, más tranquila—. Al fin y al cabo, si el hotel está lleno, habrá trabajo para los habitantes de la isla, y sé que va a ser un complejo muy ecológico. La comida será local... y todo se ha hecho para alterar lo menos posible el espacio natural...
—Pareces un guía turístico —comentó Leandro.
Luego pensó que echaría eso de menos en ella, su capacidad para tener una visión amplia de cualquier proyecto en el que trabajasen, de pensar en mucho más que en el dinero.
Seguía sin entender que hubiese dimitido...
Se pasó las manos por el pelo, frustrado, y cambió de postura en el asiento. Por mucho dinero que pagase, el espacio en un avión siempre era limitado, y en esos momentos necesitaba moverse, hacer algo para aplacar aquel repentino nerviosismo que lo había invadido al pensar que Emily iba a dejarlo.
No, no iba a dejarlo. Se iba a marchar a pastos más verdes.
La idea no hizo que se sintiese mejor. Iba a marcharse a pastos más verdes con un tipo del que no quería decirle ni el nombre.
—Tal vez ese sea mi próximo trabajo —comentó ella sin pensarlo.
—Entonces, ¿volverás a trabajar después de que se te lleve ese tipo?
Leandro se dio cuenta de que el tiempo había pasado muy rápidamente. Aterrizarían en menos de una hora, y él habría podido seguir hablando con Emily ocho horas más.
—Es posible —murmuró ella—. Vaya, cómo ha pasado el tiempo. Voy a ir al baño... a refrescarme...
Leandro frunció el ceño y vio cómo se levantaba de su asiento. Siguió el movimiento de sus manos al alisarse la falda y ajustarse la chaqueta. Era una mujer muy esbelta, y Leandro se preguntó si haría deporte.
Luego miró hacia la ventana. Le estaba costando sacarse a aquella mujer de la cabeza. Normalmente, aprovechaba los vuelos largos para trabajar. Miró el ordenador y se dio cuenta de que no había hecho casi nada.
Estaba apagándolo cuando levantó la vista y la vio volver del cuarto de baño.
Durante unos segundos, no fue capaz de pensar con coherencia. Emily se había peinado, pero no llevaba el moño habitual, sino una cola de caballo que descansaba sobre uno de sus hombros como una cuerda de oro y seda. Tenía el pelo largo, mucho más largo de lo que Leandro había imaginado. También se había quitado la chaqueta y se había quedado con una camisa sin mangas que seguía siendo recatada, pero que se revelaba la suave curva de sus pequeños pechos.
Emily se sintió incómoda al darse cuenta de que Leandro la estaba mirando.
—Si quieres salir al baño, es ahora o nunca —le dijo antes de sentarse.
Él intentó responder, pero por primera vez en su vida se había quedado sin palabras. Balbució algo antes de levantarse.
El avión aterrizó y los pasajeros bajaron, era por la tarde y el tiempo era húmedo y caluroso.
—Tenemos que tomar otro vuelo para llegar a la isla —le explicó Leandro—. Tengo una avioneta esperándonos.
Tuvo que controlarse para no intentar deshacerle la coleta a Emily y ver cómo era su pelo suelto. Y también tuvo que luchar contra otros pensamientos inapropiados, teniendo en cuenta que aquella mujer iba a casarse con otro.
Recuperaron el equipaje y fueron hacia donde los esperaba la avioneta. Leandro se dijo que solo sentía curiosidad por ella, al fin y al cabo, era una mujer atractiva y él, un hombre con sangre en las venas.
Emily se movía con calma y gracia, pero sin intentar llamar la atención, y eso era algo en lo que Leandro no se había fijado en el trabajo.
La oyó hacer varias preguntas acerca del vuelo y bromear acerca de la fiabilidad de un aparato tan pequeño, pero él no pudo evitar pensar en otras cosas. ¿Cómo sería Emily sin aquella ropa? ¿Con la cascada de pelo rubio sobre la almohada y una sonrisa en los labios? Su piel debía de ser suave y clara, sus pechos pequeños y redondeados, con los pezones rosados... Se preguntó a qué sabrían. La idea de meterse uno en la boca hizo que volviese bruscamente a la realidad mientras subían a la avioneta.
—Es la primera vez que viajo así.
Leandro la miró. El cielo se había oscurecido. El aparato empezó a avanzar por la pequeña pista y él pensó que podrían haber estado en cualquier lugar del mundo. En cualquier lugar cálido. El rostro de Emily estaba brillante de sudor.
—¿En un objeto del tamaño de una lavadora y con la potencia de un cortacésped malo?
—Por favor, no digas eso.
Leandro se echó a reír.
—No te preocupes. Este aparato no va a caerse del cielo conmigo a bordo.
Emily se relajó al oírlo bromear.
—No sabía que tuvieses semejante poder sobre los objetos inanimados —respondió, también en tono de broma.
—Es tranquilizador, ¿verdad? Conozco al piloto personalmente y es excelente.
—¿Ya has viajado antes en un avión tan pequeño?
—He hecho algo todavía mejor. Pilotar uno parecido...
—¡No! —dijo Emily, completamente ensimismada, como si Leandro la tuviese hipnotizada.
—Tenía dieciséis años.
—No te creo.
Leandro se echó a reír.
—Sobrevolé el rancho de mi padre en un ultraligero que él creía tener guardado a buen recaudo.
—¿Robaste el avión de tu padre? —preguntó ella, imaginándoselo de adolescente y viviendo en un rancho.
En segundo plano quedaron todos sus miedos a volar en un aparato tan pequeño, a tener que pasar quince días con él, a lo que la esperaba después...
—Lo secuestré durante hora y media...
—Tus padres se morirían del susto. ¡Qué peligroso!
—De peligroso, nada, era solo un reto —murmuró él—. Si hay algo que sé de mí mismo, es que siempre acepto un reto...
Emily tuvo la sensación de que aquel comentario iba más allá de su aventura con el avión y no pudo evitar estremecerse. Deseó, y no era la primera vez, que su compromiso con Oliver fuese algo más que un medio para alcanzar un fin muy necesario. Deseó poder utilizarlo como barrera contra el efecto que Leandro tenía en ella.
—Aunque ya hubieses montado en él antes, debiste de tener miedo... —comentó con el corazón acelerado.
—Por supuesto que no —respondió Leandro encogiéndose de hombros y sonriendo de medio lado—. Era un adolescente. ¿Desde cuándo tienen miedo los adolescentes? Y, además, uno de los trabajadores del rancho me había dado un par de clases de vuelo. Solo sentí miedo cuando aterricé y vi que mis padres me estaban esperando.
Echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una carcajada.
Se sintió aturdido al ver a Emily tan concentrada en él. Se sintió como el adolescente que ya no era. Estaba bastante acostumbrado a que las mujeres lo escuchasen con interés, pero aquella mujer...
—¿Qué te dijeron?
—Que no saldría de mi habitación en lo que me quedaba de vida —le contó Leandro sonriendo. Aunque, por supuesto, no pudieron mantener el castigo. Estuve castigado tres días y después me dejaron recibir clases de vuelo, por si volvía a subirme al avión, que lo hiciese siendo capaz de pilotarlo bien... Vamos a aterrizar en unos minutos.
Emily no se había dado cuenta de que el avión había empezado a descender, pero dejó de mirar a Leandro y miró hacia abajo, hacia la oscuridad. Solo vio algunas luces. No se habían desabrochado el cinturón de seguridad y se agarró a su asiento con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos. Cualquiera habría dicho que era la primera vez que volaba, y no era cierto, pero sí era la primera vez que lo hacía en un aparato tan pequeño como aquel.
El avión se detuvo y bajaron de él, hacía calor y a su alrededor se escuchaba el sonido de los insectos tropicales. Se sintió desorientada. La isla era pequeña y en la pista no había el caos habitual de un aeropuerto normal.
Cuando Leandro la agarró del codo para guiarla hacia la pequeña terminal, en la que solo había un par de empleados, no se resistió. Les llevaron el equipaje y Emily oyó hablar en un idioma que no entendía.
Tal vez aquel fuese un horrible viaje de trabajo con un hombre cuya mera presencia le afectaba, pero tenía que admitir que la idea de salir de Londres le gustaba.
Sin mirarlo, se quitó la goma que llevaba en el pelo y se lo dejó suelto un instante, antes de volver a hacer una cola de caballo alta.
En contraste con la oscuridad que los rodeaba y el color de la piel de los trabajadores locales, la palidez de Emily era llamativa. Leandro pensó que era incluso erótica.
Y, de repente, se dio cuenta de que aquello no era un mero reto... Aquello era un peligro.