VIII
Mister Baer miró otra vez a su socio y amigo.
Aplastó la mano sobre el tablero de la mesa y se quedó mirando obstinado la cabeza de Doug inclinada sobre el pecho.
—Doug... —empezó—, yo creo...
Doug alzó la mano y le impuso silencio con un rudo ademán.
—Ya me ha dicho usted todo lo que piensa, Baer —contó—. Lamento que 1o que yo pienso, no coincida con lo qué piensa usted.
—No tiene usted nada que hacer aquí —rezongó Baer malhumorado—, Ha perdido usted casi toda la flota. Tenía invertido en ella mucho de mi capital y no estoy dispuesto a perder el resto. Míster Laug es enemigo peligroso, Doug. Se lo advertí desde un principio —hizo una pausa y con sequedad añadió al rato—: Usted nunca fue un hombre ducho en ¡os negocios. Confió demasiado en los que tenía en torno suyo, y como pudo obeservar por sí mismo, todos dieron mal resultado. Las acciones le fueron casi arrebatadas. Usted no pudo hacer frente porque carecía de reservas para los ferrocarriles. Cuando míster Laug retiró sus fondos, se quedó usted, como quien dice, en la boca del lobo. A un lobo le es fácil tragar, y se lo ha tragado a usted sin rubor alguno.
—Cállese de una maldita vez, Baer. ¿Quién pide su parecer?
El californiano no se arredró. Le iba mucho en todo aquello y no era tan obtuso como Doug. Sabía a lo que se exponía y no estaba dispuesto a arriesgar lo poco que le quedaba, por la terquedad de su socio y amigo.
—Usted —insistió, ahora despiadado— no fue jamás un elemento ponderable en la oficina. Fue, por el contrario, como una figura decorativa, y el resultado es harto elocuente. Le quedan a usted dos negocios de petróleo. No creo que míster Laug pueda meter ahí las narices, pero si se queda usted aquí, terminará por meterlas, y cuando usted quiera darse cuenta no le quedará ni para encender un candil.
—¿Quiere callarse de una maldita vez?
—Por supuesto. Pero sepa esto, y es lo último que pienso decirle. Retiro mis acciones.
Doug quedó envarado tras la mesa, medio incorporado sobre ésta, hundido, desplazado.
—¿Qué dice usted? Si retira sus acciones me deja usted en la ruina.
—De acuerdo. Pues escúcheme. Déjese de rencillas personales y véngase conmigo a California. No creo que míster Laug nos persiga hasta allí.
—Eso es rendirse como un cobarde.
Baer sonrió desdeñoso. No consideraba a Doug un valiente, por supuesto. La prueba la tenía en todo lo ocurrido en aquel año y pico.
—No estamos ahora para medir fuerzas, Doug —insistió con aspereza—, sino para salvar lo poco que queda. El último buque de su flota lo tiene usted hipotecado y sé de buena tinta que la hipoteca la adquirió míster Laug por medio de su Banco. Se levantará con él un día cualquiera. Si no desaparece usted de Nueva York, tenga por seguro que se lo comerá vivo.
—No pienso retirarme antes de quemar mi último cartucho —dijo resueltamente, poniéndose en pie.
Baer se le puso delante.
—¿Qué piensa hacer?
—Visitaré a Cliff y le haré amarga su victoria.
—Con lo que atizará el fuego de su propia destrucción.
—No quemo nada suyo —gritó exasperado, atravesando el despacho—. Sus acciones de petróleo están intactas. Váyase a California y olvídese de mi.
—Lo estimo.
—¿Sí? —rió odioso—. Pues yo no le estimo a usted. Buenas tardes.
* * *
Cliff consultó el reloj. Las seis en punto. Pin de semana. Iría a la finca a reunirse con sus liijos y Lyn. ¡Una semana entera esperando aquel instante! Era un gran sacrificio el que Lyn le impuso. Pensó en Helen y en sí mismo, en sus propios sentimientos. No creía mancillar su recuerdo amando a Lyn. Le parecía que era como si una Helen más joven resucitara de repente. Claro, que, bien razonado, era una insensatez pretenderlo así. Helen había sido Helen, y Lyn era Lyn. Dos mujeres muy distintas.
Encendió un cigarrillo y cerró la cartera de piel. Todo estaba en orden. En la oficina no quedaba nadie, excepto él. Pensó en la conversación sostenida con Lyn el pasado sábar do, cuando ella se marchó a la finca con los dos niños y la nurse.
—Prométeme una cosa. Cliff.
—¿De qué se trata?
Creyó que iba a pedirle que no fuera por la finca en toda la primavera. No, Lyn no era tan exigente. Además no era tan valiente como para imponerse a si misma el gran sacrificio. Lo miró fijamente y dijo:
—Durante todo este año no vuelvas a hablar ni de ti ni de mi.
La miró largamente.
—¿Crees posible que yo pueda sostener esa promesa?
—Será como el último tributo que ofreces a la madre de tus hijos. Como un sacrificio ardiente, Cliff, al que ambos tenemos el deber de someternos.
Lo había prometido.
Se puso en pie, dejando de pensar. Alisó el cabello con ademán maquinal y asió la cartera de piel. Fue en aquel instante cuando llamaron a la puerta.
—Adelante —dijo con acento impersonal.
Doug entró. Parecía un ser desvalido, pero en sus ojos se advertía una ira indescriptible.
—¿Sabes a lo que vengo?
—Ni lo sé —replicó Cliff— ni me interesa.
No respondió en seguida. Acercóse más a él y tras de mirarlo fija y sardónicamente, exclamó:
—Vengo a contarte mis relaciones con Lyn Hart. Supongo que te agradará escucharme.
Por toda respuesta, Cliff dejó la cartera sobre la mesa, asió el brazo de Doug y lo empujó hacia la puerta.
—Largo de aquí —gritó descompuesto— y no trates de inmiscuirte en este asunto una vez más, porque entonces ya no trataría de demostrar tan sólo lo inútil que eres para los negocios, sino qué te apresaría en mis manos hasta destruirte.
Doug se sacudió y quedó jadeante, apoyado en el mareo de la puerta.
—¿De qué presumes tú? —gritó excitado—. ¿De respetar el recuerdo de tu mujer? No me hagas reír, Cliff. Estás pisoteando su cadáver. Amas a otra mujer y aún está caliente tu esposa. ¿Es así como vosotros, los entendidos, los poderosos, respetáis el recuerdo de vuestros muertos? Jurabas amarla. ¿La amaste alguna vez? Era una mujer, como una mujer es Lyn. ¿No es eso?
Cliff levantó la mano y la dejó caer pesadamente sobre la mejilla de Doug. Hubo como una tensión indescriptible. Se miraron. Doug llevó la mano a la cara y la mantuvo inmóvil durante unos segundos. De súbito cerró el puño y lo descargó en la mandíbula de su adversario. Pero éste debió de adivinar su propósito porque le asió la muñeca por el aire, se la retorció, lo lanzó de un empellón al pasillo y después sacudió la mano, se dirigió a la mesa asió la cartera, cerró la puerta y pasó sobre el cuerpo tendido de Doug, sin mirarlo.
Subió a su coche cuando Doug salió del edificio tambaleante. Quedó de pie en el umbral, con la mirada turbia, los cabellos en desorden, y el traje manchado de polvo.
—Vamos —dijo Baer, acudiendo a su lado—. Creo que ya sabe usted lo suficiente para no negarse una vez más a seguirme a California.
Doug sintió un odio mortal, pero comprendió que negarse hubiera sido tanto como disponerse a perder lo poco que le quedaba.
Bajó la cabeza, y como un cobarde gusano infecto, siguió a su socio hacia el auto. Al subir a él, cerró el puño y lo balanceó en el aire con ademán amenazador: pero Baer súpo que de nada le serviría su odio con un hombre tan digno, tan duro y tan poderoso como Cliff Laug.
* * *
Tenía que hacer un viaje a Londres al día siguiente domingo. Pasó por su casa y trató de meter un poco de ropa en la maleta. Le temblaban un poco las manos. El era sereno por naturaleza. Pocas veces había perdido la cabeza. Cuando le dijeron que Helen estaba en peligro de muerte, cuando más tarde murió... Fueron éstos los dos puntos de su vida más destacados y más amargos. No era un sádico, por supuesto. Se sentó en el borde de la cama y miró con vaguedad la maleta recién hecha. No. No era un sádico. No estaba pisoteando el cuerpo aún caliente de su mujer. Alzó los ojos y miró ante sí.
—Helen —dijo, como si ésta le oyera—, Helen..., tú comprendes, ¿verdad? Soy amante del hogar. Tengo dos hijos tuyos, estoy solo... ¿Es ilógico e inhumano que trate de rehacer mi vida? No se ama sólo una vez, Helen. Tú lo sabes, ¿verdad? Se ama muchas veces, y siempre con la misma intensidad. Tú estás muerta y yo me quedo vivo y Lyn..., Lyn está viva también. ¿Es un pecado imperdonable por mi parte amarla a ella?
Se puso en pie nerviosamente. Si Helen pudiera contestar... Pero era nerviosamente, infantil, cuanto pensaba y esperaba de sus propios interrogantes.
Con brusquedad se inclinó hacia el suelo, asió la maleta y con ella en la mano se dirigió al auto. Iría a pasar la noche a la finca, y a la mañana siguiente, bien temprano, tomaría el avión para Londres. ¡Quince días lejos de Nueva York, de sus negocios, de Lyn, de sus hijos, de aquellos recuerdos que lo torturaban!
A las ocho llegó a la finca. Sus hijos jugaban aún en el jardín. Hal les hacía un hoyo en la tierra donde Dick trataba de plantar un rosal.
Al ver el auto de su padre, los tres fueron hacia él.
—¡Papá, papá! —gritaron los niños.
Los tomó a los dos en sus brazos y los apretó con intensidad. ¡Sus hijos! Nunca sintió el placer de ser padre hasta entonces. A la sazón, cada vez que pensaba en ellos, el corazón parecía desgarrársele de felicidad. ¡Eran sus hijos, y Lyn los amaba como si los hubiese traído al mundo! ¡Lyn!
Por encima dé las cabezas de los dos niños, la vio al pie de la terraza. Bella en verdad, más que bella, hermosa, cautivadora, con aquella sonrisa tímida en sus ojos melados, aquel mirar profundo, doblegado como si reprimiera su temperamento emocional.
Helen no tenía eso. Tenia que ser humano y reconocerlo así. Helen carecía de temperamento emocional. Era lo que era, Lyn, no. Lyn ocultaba en su ser un apasionamiento indescriptible. Sería ¡a amante, la esposa, la amiga inteli gente, la compañera amena y culta...
Depositó ¡os niños en. el suelo y mientras éstos volvían con Hal, al hoyo, él caminó hacia la terraza, Lyn seguía sonriendo. Vestía pantalones negros y una chaqueta dé panto color ceniza, abotonada hasta el principio del seno. Lle vaba el cabello recogido en lo alto de la cabeza. Tenía un cigarrillo entre los dedos.
Subió despacio las escaleras sin dejar de miraría. Expe rimentó la sensación de que vivía de nuevo, de qué llegaba al hogar, de que aquel hogar se le metía en la sangre y en el alma.
—Lyn —susurró, deteniéndose ante ella.
—Hola —dijo Lyn, bajísimo.
Les dos parecían un tanto suspensos, uno frente a otro, mirándose, buceando en sus miradas como hambrientos.
—He venido —susurró él a lo simple.
—Ya te veo.
—No... no he podido aguantar más.
—Sí, Cliff.
—No sé lo que me pasa, Lyn. Estoy lejos de vosotros y siento frío; una soledad que me abruma y me desquicia.
—No seas desorbitado.
—¿Lo crees así?
Ella sonrió tan sólo. Era tibia en la sonrisa. Era braja en el mirar. Tenía como un halo diferente.
Impulsivo, sin dejar de miraría, buscó las manos femeninas con las suyas y se las oprimió intensamente.
—Deja.
No la dejó. Despacio fue levantando aquellas manos has ta su boca. Las volvió y las besó largamente en las palmas. Tenía los labios abiertos y el fuego de su aliento quemó las finas manos femeninas. Quiso rescatarlas.
—Deja...
—Lyn...
—Deja...
—Tántos días...
Ella tiraba despacio de las manos prisioneras. Los niños llegaban en aquel momento corriendo, gritando, enseñando el tronco del rosal.
El embrujo quedaba roto. Soltó las manos femeninas con nostalgia. Se dedicó a los niños, pero sabía que estaba allí, que lo miraba, que sentía en su ser la turbación que él sentía.
* * *
Para ella no era el marido de Helen, ni el padre de los niños. Ni su cuñado. Tal vez siempre vio en éí algo distinto. Para ella era un hombre. Eso simplemente. Un hombre distinto a todos. Con una personalidad anuladora, una mirada firme, unos sentimientos decisivos.
—No saltes por la cama, Dick. Duerme.
—¿No nos cuentas el cuento, tía Lyn?
—Tu padre me espera abajo.
—Quiero que me cuentes el cuento —pidió Mary, mimosa.
La apretó contra sí. Ellos sí, ellos eran los hijos de Helen, de su hermana. Pero cada día los sentía más suyos, como si hubieran salido de sus entrañas. No sentía remordimiento por acaparar así cariños que eran de Helen. La pobre Helen estaba muerta y ella era en aquel hogar, como una continuación de la sombra de Helen. Para los niños, sí. Para Cliff, no. Para Cliff quería y debía ser, de poderlo ser, una mujer tan sólo. Sin continuación de nadie. Sin pasado, casi sin futuro, porque le tenía miedo.
—Duerme, Mary. Sé buenecita. Tu padre me espera abajo.
La arropó con cuidado. La besó una y otra vez. Mary terminó por conformarse.
Bajó despacio. Cliff, en el salón, permanecía de pie, con ¡as piernas un poco abiertas, fija la mirada a través del oscuro ventanal. Sintió sus pasos y se volvió. Ya no vestía ¡os pantalones negros y la chaqueta parda. Enfundaba su esbelto y juvenil cuerpo en un modelo de tarde, de fina lana color azul marino. Calzaba altos zapatos y había peinado su cabello hacia arriba, enseñando la nuca blanca y joven.
Se la quedó mirando embobado.
—Cómo me miras, Cliff —susurró ella aturdida.
—Ven —la asió por la mano—. Siéntate aquí.
La empujó hacia el diván. Se sentó a su lado. Ladeó un poco el cuerpo para verla mejor.
—Estás más guapa —dijo bajísimo, inclinándose peligrosamente hacia ella.
—Son figuraciones tuyas.
—No soy imaginativo. Estás más guapa, más que nunca. Quizá sea el color sano de tu rostro. O el mirar alegre de tus ojos. ¿Sabes, Lyn? Nunca vi unos ojos como los tuyos. Parecen trozos de miel.
—Qué cosas tienes.
—¿No te gusta que te lo diga?
—No sé.
—¿No sabes?
—Deja..., deja de mirarme así, Cliff. Ya sabes lo que nos pasa. Ya sabes el pacto que hicimos. Hablemos de tus negocios, de Nueva York, de los niños, si quieres. De nosotros...
—De nosotros... no —dijo sin preguntar.
Ella afirmó con la cabeza.
—Eso es —susurró al rato—. De nosotros no.
—Y de nosotros es de quien en realidad hemos de hablar, porque lo necesitamos.
Lyn no contestó. Recostó la cabeza en el respaldo y con un suspiro cerró los ojos. Cliff fascinado, se inclinó más hacia ella. La rozó con su aliento de fuego.
—Lyn...
—No —pidió ella bajísimo—. No, Cliff.
—No podemos estar asi toda la vida. Tú lo sabes, Lyn. Somos un hombre y una mujer y los sentimientos de los dos nos aprisionan. No somos héroes. Somos vulgares seres humanos.
Al hablar trató de prenderla por la cintura. Lyn se estremeció en sus brazos. Lo apartó con súbita energía.
—¡ Lyn!
—No —dijo ahogadamente—. No. No somos héroes, en afecto, pero podemos llegar a serlo. ¿No te das cuenta? ¿Qué sacrificio es el nuestro si no podemos dominamos? ¿Qué miseria existe en nosotros, Cliff?
Bruscamente, él se puso en pie. Empezó a pasear el salón de parte a parte, con las manos tras la espalda. No decía nada. De vez en cuando se detenía y la miraba. Lyn sonrió tibiamente. Había en el fondo de su sonrisa como una tristeza contenida, una melancolía indoblegable.
—Cliff, toma asiento. No hablemos de nosotros. Pensemos que no existimos.
—¿Ló crees posible?
—Debo creerlo.
—Pero no es así, Lyn, y tú lo sabes.
—Por favor.
—Me siento mezquino. Si quieres —dijo de súbito, deteniéndose ante ella e inclinando el busto hacia adelante—. Me siento pequeñísimo, pero te amo. Te amo de modo distinto, Lyn.
—No cometas la vileza de decir que me amas como jamás amaste a tu mujer.
—¿Es que por ser sincero me consideras vil?
—Cliff.
—Di, ¿lo crees así? Te amo. No como amé a Helen. De modo diferente. Y déjame ser cruel con la madre de mis hijos. No puedo ser de otro modo a menos que mienta. Te amo a ti de otro modo. Rotundamente. A Helen la quise mucho. O debí de quererla mucho, pero siempre eché de menos en ella virtudes que ahora hallo recopiladas en ti. Pero, ¿soy cruel por eso? ¿Por decir la verdad? ¿Desleal por sentir asi?
—Cliff, querido, un poco de calma.
—¿La tienes tú? —preguntó exasperado—. La finges. ¿Pero, la tienes en realidad?
Fue a tocarla. Lyn se puso en pie. Temblaba como él. Hubo un momento en que ambos se miraron como si se poseyeran en aquel instante. El lanzó una sorda exclamación. Fue hacia ella... El cuerpo de la joven se le escapó. Se escurrió hacia un lado. Notó en ella una gran palidez.
—Lyn...
—Si me tocas ahora —dijo la joven desfallecida, apoyándose en le brazo del sofá— nos encenderemos mutuamente y seria..., sería tanto como pisotear algo que aún tenemos incólume, Cliff, escucha, comprende...
A medida que hablaba se dirigía a una puerta. El la seguía paso a paso, en silencio, pálido, tan estremecido como ella.
—Me prometiste que no rozarías este tema. Me lo prometiste Cliff. Yo no puedo ser desleal a mi deber. Tú..., tú...
—Lyn, detente un momento. Mañana voy a Londres. Me voy al amanecer. No te veré en quince o veinte días.
—No puedo quedar a tu lado un momento más, Cliff, tú lo sabes.
La asió por un brazo.
—Lyn —suplicó—. Me has calmado. Tú tienes la virtud de calmarme y encenderme. Hablemos serenamente los dos; Pensemos en nuestro futuro. No tienes más remedio que divorciarte.
—No me casaré contigo aunque lo haga, Cliff.
—¿Es que vas a condenarme a vivir esta agonía?
—¿Y cuál es la mía? —preguntó en un ardiente arrebato—. ¿Crees que soy de hierro? Soy de carne, Cliff, y siento. Dios mío, siento como tú.
—¡Lyn!
—Pero no me toques. No quiero ser otra vez víctima de mi debilidad. Ahora no soy una niña inocente. Conozco de la vida la peor parte. Debo mantenerme firme y no puedes ser tú, 3a persona que tanto admiro, la que me obligue a sentirme otra vez una mujer desvalida y débil. Buenas noches, Cliff. Me voy a la cama. Por favor, no me retengas.
Quedó allí, con Sos brazos extendidos. Miró ante sí. Tenía razón ella. Apretó los labios y quedó ensimismado, mirando al frente sin ver nada.
* * *
Oyó ruido. No sabía que Elia se levantaba tan temprano. Miró de nuevo el reloj antes de asir el maletín.
Las cinco de la madrugada. El avión tenía la salida a las siete y él aún debía llegar a Nueva York y atravesar ésta en dirección al aeropuerto.
Bajó despacio las escaleras. La vio allí, en la puerta de la cocina, ya vestida, con los pantalones negros y la chaqueta color ceniza.
—Te... has levantado.
Ella sonrió tibiamente.
—No... puedes marchar sin tomar algo. Ven. Lo tienes preparado. Es un poco de café.
La siguió en silencio. Sin pintura en el rostro, pálida, linda en verdad, causó en él más impresión que la noche anterior.
—Lyn...
—Toma el café.
—Me voy quince o veinte días.
—Sí, Cliff.
—Un beso... ¿No puedo darte un beso?
Se hallaba sentado ante la mesa de la cocina. Ella a su lado de pie. Se inclinó hacía él espontánea y lo besó en la mejilla...
—Lyn...
—Vete..., vete ya, por favor.
Trató de alcanzarla, pero Lyn se pegó a la pared y lo miró suplicante.
—¡Oh, Lyn, muchacha...!
—Vete.
Asió el maletín y se dirigió a la puerta. Aún se detuvo en el umbral. Ella seguía allí, con el seno oscilante conteniendo sin duda la emoción.
—Lyn..., si un día puedo llegar a demostrarte lo mucho que supones para mí...
—Vete, Cliff.
—Cristo, ¿no te das cuenta?
—¡Vete!
El se marchó. Paso a paso hasta el auto. AHÍ aún se detuvo y se volvió. La miró largamente. Llevaba en su retina y en su corazón aquella figura de mujer como algo imponderable en su vida.
Subió al auto y con rabia lo puso en marcha.