Capítulo 10
Después de aquello salieron a navegar con regularidad y siempre paraban en la cabaña escondida. Los días fueron pasando y cuando Libby quiso darse cuenta era junio, y el primer cumpleaños de Gino.
—No puedo creer que ya ande y que diga alguna palabra —comentó en voz baja aquella noche, después de que Raul y ella metiesen al niño agotado en su cuna.
—Ha dicho papá muy claramente cuando hemos encendido la vela de la tarta —respondió Raul en tono orgulloso—. ¿Lo has oído?
Libby frunció el ceño de broma.
—Yo diría que ha dicho mamá. ¿Piensas que ha disfrutado de la fiesta?
Había sido una pequeña celebración a la que habían asistido los Vincenti con sus dos hijas, y algunos amigos más de Raul, a los que Libby había conocido en alguna cena, también con sus hijos.
—Un año ya —añadió, pensando en cuánto lo quería al mirar sus mejillas coloradas y sus rizos negros—. Ojalá su madre pudiese verlo.
Los ojos se le llenaron de lágrimas y Raul la abrazó.
—Estaría muy orgullosa de ti, por ser una madre tan maravillosa para él —le aseguró cariñosamente, también con el corazón encogido—. No llores, cara.
Se le encogía el corazón cuando la veía llorar.
—Ven conmigo. Quiero enseñarte algo.
Sorprendida, Libby salió con él de la habitación y subieron juntos varios tramos de escaleras.
—¿Adónde vamos, Raul?
—Aquí.
Abrió una puerta y retrocedió para que Libby entrase en la habitación. Esta se quedó boquiabierta.
—Es tu estudio de arte —le explicó él, aunque no fuese necesario porque era evidente por su contenido.
Junto a la ventana, con vistas al lago, había un caballete, y además de los lienzos en blanco, estaban los cuadros que Libby había tenido en Cornwall. Esta no puedo evitar sentir cierto orgullo al verlos. No estaban nada mal.
—Un amigo mío tiene una galería en Roma —le contó Raul mientras se ponía a su lado, delante del cuadro de una playa que Libby había pintado justo antes de ir allí—. Le he enseñado parte de tu trabajo y está dispuesto a organizar una exposición. ¿Qué te parece el estudio?
Le preocupó ver que Libby no respondía.
—Cara, ¿por qué lloras? Si no te gusta…
—Por supuesto que me gusta —balbució ella, sonriendo de oreja a oreja y lanzándose a sus brazos—. Es lo más bonito, lo más maravilloso que han hecho nunca por mí, y te…
Estuvo a punto de decirle lo que sentía, pero se contuvo.
—Te lo agradezco mucho, Raul, no sabes cuánto.
—Pues demuéstramelo —le dijo él—. Hay un motivo por el que he hecho que pongan un sofá aquí.
Unas semanas después, mientras se preparaba para ir a una cena con Raul, Libby se preguntó si sería tentar demasiado al destino admitir que nunca había sido tan feliz. La vida no podía ser más perfecta. Gino era un niño precioso, lleno de energía y que era feliz correteando por los jardines de Villa Giulietta. A Libby le encantaba estar con él, pero también agradecía que Silvana se ocupase del pequeño un par de horas al día y poder subir a su estudio a pintar.
Raul seguía trabajando desde casa, y solo iba a Roma cuando era absolutamente necesario. A Libby le encantaba poder entrar en su despacho y verlo siempre que se le ocurría una excusa, y él también la llamaba a menudo para discutir con ella planes y propuestas relacionados con la empresa.
Y si los días eran buenos, las noches eran increíbles, Libby sonrió, se miró al espejo y se dijo que no necesitaba colorete. Su miedo a que la química sexual que había entre ambos se apagase no había tenido ninguna base. No se cansaban el uno del otro y cada vez hacían el amor de manera más apasionada e intensa. A Libby le encantaba cómo le hacía el amor Raul y se le endurecieron los pezones solo con recordar lo ocurrido en el cuarto de baño la noche anterior. Habían tardado un buen rato en limpiar el suelo de agua al terminar.
—Libby, tenemos que marcharnos.
Ella se giró y contuvo la respiración al ver que Raul la estudiaba con la mirada.
—He pensado que estaría bien que me controlase con los colores por una vez —comentó ella al verlo pensativo—. ¿Te parece que el blanco es demasiado… virginal?
Cuando se había probado el vestido, que era de tirantes y de corte sencillo, hecho en seda y adornado con pequeños cristales, le había parecido que le sentaba bien, pero ya no estaba tan segura.
—Me parece que es un poco tarde para ponerte virginal, cara —respondió Raul, mirándola con picardía—. Estás preciosa.
Se acercó a ella y se sacó algo del bolsillo de la chaqueta.
—Mi madre solía ponerse esto para ir a las fiestas —le explicó.
Y Libby dio un grito ahogado al ver el collar de diamantes que brillaban bajo la luz.
—Los diamantes Carducci son una reliquia familiar.
—No puedo ponérmelo —protestó Libby asustada—. Deben de costar una fortuna. ¿Y si lo pierdo? No puedo.
Pero él se lo puso al cuello.
—De verdad, nunca llevo joyas —insistió ella.
—Lo sé —respondió él.
La única joya que llevaba era la sencilla alianza de oro que él le había puesto el día de su boda. En un reciente viaje a Roma, la había llevado a una joyería muy exclusiva y había intentado convencerla de que escogiese una pulsera y, tal vez, unos pendientes a juego, pero Libby se había negado, diciendo que no tenía sentido tener joyas caras cuando se pasaba la mayor parte del tiempo jugando con Gino.
Libby era tan distinta a su primera mujer, y a todas las mujeres que había conocido. Y pensar que la había acusado de ser una cazafortunas. Se estremeció al recordar cómo la había tratado al principio de llegar a Italia. Su divorcio de Dana había hecho que viese las relaciones sentimentales con cinismo, pero Libby había conseguido que cambiase de actitud, lo había cambiado a él, y Raul se preguntó adónde había ido a parar su idea de tener un matrimonio en el que no hubiese en juego emociones.
—Ponte el collar esta noche. Deja que presuma de esposa —le pidió.
Y, como de costumbre, Libby no pudo negarse.
—Zia Carmina está deseando verte —le dijo Raul a Libby cuando estaban a punto de llegar a casa de su tía, que vivía en un elegante barrio de Roma.
Libby lo dudaba mucho. Las dos anteriores veces que habían ido a verla, Carmina había sido educada con ella delante de Raul, pero fría y antipática a solas. Pero se recordó que Raul quería a la hermana de su madre y, por ese motivo, ella iba a intentar llevarse bien con Carmina.
La tía de Raul lo saludó con dos besos, pero se puso tensa nada más ver a Libby.
—Veo que llevas los diamantes Carducci —comentó con severidad.
—Sí… —respondió ella con cautela—. Raul me ha pedido que me los ponga.
Carmina la miró extrañada.
—¿De verdad?
El tono de voz de la tía de Raul hizo que Libby se estremeciese.
La cena resultó ser todo un acontecimiento. Carmina era mecenas de muchas causas benéficas y una figura muy conocida entre la élite social romana, así que Libby estaba segura de que había invitado a personas académicamente brillantes, o a modelos muy guapas, para enfatizar su falta de formación y de don de gentes. Ella se sentía completamente fuera de lugar. Hizo un gran esfuerzo por participar en las conversaciones de la mesa y sintió que la carcomían los celos cada vez que la bella presentadora de televisión que estaba sentada al lado de Raul se inclinaba hacia él y le decía algo que le hacía reír.
Para su alivio, sirvieron el café en el salón. Ella no quiso tomarlo porque en los últimos tiempos solo el olor le causaba náuseas. En vez de quedarse viendo cómo Raul seguía charlando con la reportera, fue hacia la sala de estar que había en la puerta de al lado, aunque se quedó inmóvil nada más ver que Carmina estaba allí, sentada en el sofá.
—Lo siento… yo…
—No te escabullas —le dijo la tía de Raul, sonriendo con frialdad, con la mirada clavada en su garganta—. Yo no le daría mucha importancia al hecho de que Raul te haya dado los diamantes.
Hizo una pausa.
—Siempre tuve la esperanza de que algún día los llevaría yo —admitió en tono tenso—. Cuando Eleanora falleció, pensé que Pietro se apoyaría en mí. No de manera inmediata, por supuesto, pero sí con el tiempo. Yo fui la primera en enamorarme de él, incluso antes de que mi hermana lo conociera, pero cuando Pietro conoció a Eleanora, la escogió a ella.
—Lo siento —repitió Libby, sin saber qué más podía decir.
—Pietro podría haberse quedado conmigo, pero prefirió a una mujerzuela como tú —continuó la mujer amargamente.
—Eso no es cierto.
Era evidente que Raul no le había contado a su tía que ella no era la madre de Gino, y que tampoco había sido la amante de su padre. Libby no tenía por qué darle ninguna explicación a Carmina, pero estaba cansada de sus acusaciones. Separó los labios para continuar, pero la otra mujer no se lo permitió.
—Y ahora eres una Carducci. Supongo que decidiste que perder el control de las acciones de tu hijo era un pequeño precio a pagar por convertirte en la esposa de un multimillonario.
—¿Disculpe? —preguntó Libby, frunciendo el ceño, confundida—. No sé a qué se refiere.
La expresión de Carmina era triunfante.
—Supongo que leíste bien el testamento de Pietro, que establece que si la madre de Gino se casaba antes de que el niño cumpliese los dieciocho años, Raul asumiría el control de las acciones del pequeño. Se me había olvidado esa cláusula, pero hace un par de días encontré el testamento por casualidad, mientras recogía mi escritorio, y entonces lo entendí. Raul se casó contigo para tener el control completo de la empresa.
Libby se sintió aturdida y se le doblaron las piernas. Se dejó caer en un sillón.
—Leí el testamento —dijo con voz temblorosa.
Pero pensó que no lo había leído todo. Sintió náuseas al recordar que había tenido a Gino en brazos cuando Raul le había dado el documento. Ella había leído rápidamente la primera página y la parte en la que decía que Gino y su madre podrían vivir en Villa Giulietta, pero entonces el niño había empezado a retorcerse entre sus brazos y ella le había devuelto los papeles a Raul para que Gino no los rompiese. Después de aquello, todo había sido tan rápido que no había vuelto a pensar en el testamento.
—Si quieres volver a leerlo, tengo una copia aquí mismo porque yo también era beneficiaria —comentó la otra mujer, acercándose al escritorio y sacando unos papeles de un cajón para después ir a dejarlos sobre el regazo de Libby—. La cláusula que está al final de la segunda página es la que te interesa.
Después de aquello, Libby no supo cómo había sido capaz de guardar las formas durante el resto de la velada. Raul la encontró en la terraza, se dio cuenta de que estaba muy pálida y le preguntó qué le ocurría. Ella balbució que le dolía la cabeza y lo odió por fingir ser un marido atento y preocupado. Al principio de la noche habría pensado que era compasión lo que había en su mirada oscura, pero en esos momentos sabía que era todo mentira. Solo se había casado con ella para conseguir el control de Carducci Cosmetics.
—¿Por qué no me has dicho antes que te encontrabas mal?
—Porque no quería interrumpirte. Te lo estabas pasando muy bien con la reina de las tertulias —replicó ella.
—El hijo de Gianna Mancini cumplió un año la semana pasada y estábamos hablando de nuestros respectivos hijos —respondió Raul—. Su marido está de viaje de negocios.
Hizo una pausa y después añadió en voz baja:
—Deberías saber que solo tengo ojos para ti, piccola.
Ella deseó poder creer que la ternura de su voz era real, pero pensó que aquella actuación merecía un Oscar. No se atrevió a mirarlo a los ojos y, para su alivio, mientras ella iba a recoger su chal Raul fue a despedirse de su tía, y luego fueron ambos al coche.
De camino a casa, Libby cerró los ojos para convencer a Raul de que le dolía tanto la cabeza que no podía ni hablar.
—Voy a ver a Gino —murmuró una vez en casa, subiendo las escaleras a toda prisa.
El niño dormía tranquilamente y ella se recordó que se había casado con Raul para poder darle a Gino un padre. Aunque no fuese del todo cierto. Para ella había sido amor a primera vista. Se había enamorado de Raul nada más conocerlo.
Con lágrimas en los ojos, reconoció que Gino también lo quería. Por su parte, Raul había fingido interesarse por el niño solo para conseguir el control de la empresa.
Completamente abatida, salió de la habitación de Gino y en vez de ir a la habitación principal, fue hacia la torre donde tenía su estudio. No había llorado así desde la muerte de su madre. Y no podía volver a ver a Raul esa noche. Si este se daba cuenta de cuánto le había dolido su traición, también se daría cuenta de que lo amaba.
Aunque Raul sospecharía cuando viese que no iba a la cama. La habitación no podía cerrarse con llave, pero tal vez podía mover un armario para bloquear la puerta.
—Aquí estás. ¿No vas a venir a acostarte?
Ella giró la vista hacia la puerta y el corazón le dio un vuelco al verlo tan guapo.
Sintió dolor al pensar que todo lo que había hecho Raul, lo había hecho por interés.
—¿Te has tomado algo para el dolor de cabeza? —le preguntó, y frunció el ceño al darse cuenta de que estaba llorando—. ¿Cara…?
—¡No! —gritó Libby—. No me llames cara. No finjas preocupación cuando no te importo nada.
Presa de la ira, agarró un tubo de pintura naranja y lo sacudió con fuerza, manchando a Raul en el pecho y las piernas y salpicando toda la habitación.
Él la miró sorprendido.
—¡Madre di Dio! ¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto loca?
—Todo lo contrario, por fin he entrado en razón y me he dado cuenta de que eres un traidor y un conspirador —espetó—. Tu tía me ha enseñado la cláusula del testamento que yo no había tenido tiempo de leer en Pennmar porque tú me forzaste a venir a Italia.
—Yo no te forcé a nada —respondió Raul, empezando a atar cabos—. ¿Por qué te ha enseñado Carmina el testamento?
—Porque me odia —admitió Libby—. Estaba enamorada de Pietro y sigue creyendo que yo fui su amante. Así que ha debido de darse cuenta de que yo no sabía que las acciones de Gino pasarían a tus manos si me casaba.
Lo miró fijamente y el corazón se le volvió a romper al ver que Raul parecía incómodo.
—¿Vas a negarme que el motivo por el que me pediste que me casase contigo era que querías tener el control de todas las acciones de Carducci Cosmetics?
—No puedo negar que ese fue uno de los motivos —respondió él en voz baja—. ¿Qué pensabas, Libby? ¿Qué me había enamorado de ti?
—¡No! Por supuesto que no —negó ella al instante, ruborizándose—, pero sí pensé que querías a Gino. Me dijiste que querías adoptarlo.
—Y era cierto.
—¿No me digas? —dijo ella, riendo con amargura—. Tal vez solo fingiste interesarte por él porque sabías cuánto quería yo que Gino tuviese una familia y un padre.
Estaba cada vez más enfadada.
—Sé que no debí fingir que era la madre de Gino, y entiendo que te enfadases cuando te enteraste de la verdad, pero tú fuiste mucho peor, planificaste fríamente el cruel engaño. Utilizaste mi amor por Gino para robarle sus acciones.
—No le he robado sus acciones —replicó Raul—. Admito que quería controlar la empresa hasta que Gino tuviese dieciocho años, pero solo para poder hacerla crecer y para asegurarme de que va a haber una empresa cuando vaya a heredarla en un futuro.
Suspiró.
—No quiero ser desleal con mi padre, pero había permitido que la empresa se estancase. Pensé que necesitaba controlarla completamente para poder implementar mis planes de expansión.
Al ver que Libby no respondía, él continuó.
—Dio, Libby, no me puedes culpar de querer proteger los intereses de mi empresa. Imagina la sorpresa que me llevé al enterarme de que tenía que compartir mis responsabilidades con una mujer que, por aquel entonces, pensaba que era una stripper con la que se había acostado mi padre. Tú estabas dispuesta a hacer cualquier cosa por Gino, incluso hacerme creer que eras su madre. Entiende que yo aprovechase la oportunidad para recuperar el control de Carducci Cosmetics.
Hizo una pausa y se sintió como si le estuviesen arrancando el corazón del pecho al ver lágrimas en los ojos de Libby.
—Ya te he dicho que tener el control de la empresa no fue el único motivo por el que me casé contigo. Gino también fue un factor importante. Lo quiero como si fuese mi hijo, y mi mayor deseo es adoptarlo.
—Eso dices —murmuró Libby—. ¿Cómo voy a creerte ahora?
Raul dio un paso hacia ella, que retrocedió.
—Quédate donde estás. No soporto tenerte cerca.
Él apretó la mandíbula.
—Ambos sabemos que eso no es cierto. Nos hemos sentido atraídos el uno por el otro desde el principio. Ese fue otro de los motivos por el que me casé contigo.
Se había casado con ella por el sexo, pero Libby se recordó que aquello no era nuevo. No obstante, le dolió oírlo. Lo miró en silencio mientras Raul se quitaba la chaqueta y empezaba a desabrocharse la camisa.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó con voz temblorosa—. Nuestro matrimonio se ha terminado y no pienso volver a acostarme contigo, ni hoy ni nunca.
Los pantalones de Raul cayeron al suelo y ella no pudo evitar clavar los ojos en su pecho desnudo.
—Me sería muy fácil hacer que te tragases tus propias palabras —replicó él, dándose media vuelta.
—¿Adónde… adónde vas?
—A darme una ducha. No puedo ir por la casa cubierto de pintura naranja. Continuaremos con esta conversación dentro de diez minutos, abajo. No hagas que tenga que subir a buscarte, Libby —le advirtió enfadado.
Libby no entendía que se pusiese así cuando era él quien la había engañado, pensó mientras bajaba hacia la habitación unos minutos más tarde.
—No voy a dormir aquí esta noche —le dijo al verlo salir del cuarto de baño envuelto en su albornoz negro.
Él la tomó en brazos y la llevó a la cama a pesar de sus protestas.
—Escúchame —le dijo—. Necesito que leas algo y después, si sigues pensando lo mismo… Si sigues pensando lo mismo no sé qué voy a hacer, cara mia.
Libby miró sin ver el documento que Raul le había dejado en el regazo.
—Necesito que lo leas, que lo veas con tus propios ojos —insistió él, alejándose después de la cama para ir a mirar por la ventana.
Ella se obligó a concentrarse en los papeles que tenía delante.
—No lo entiendo —balbució después de haberlos leído—. Aquí dice que, aunque esté casada contigo, me vas a devolver el control de las acciones de Gino hasta que este tenga dieciocho años. No tiene sentido.
—¿No? ¿No se te ocurre por qué he podido revocar esa maldita cláusula del testamento de mi padre? Mira la fecha del documento.
Libby no entendía nada.
—Es de dos semanas después de que nos casáramos —murmuró—. ¿Por qué lo hiciste, Raul?
—Porque descubrí que tenía algo infinitamente más valioso que el control de la empresa —le respondió, girándose hacia ella—. Descubrí que quería que me amases… como yo te amo a ti.
Se hizo un silencio lleno de tensión. Y entonces Libby negó con la cabeza.
—No es cierto. Te casaste conmigo por la empresa, y tal vez porque te importaba Gino.
—Te prometo que quiero a Gino, y que lo querré y lo protegeré como si fuese su padre, pero tú me robaste el corazón desde el principio, Libby —le dijo, muy emocionado—. Llenas mi mundo de color, de risas y felicidad. Mi vida sería un lugar gris y solitario si me dejas.
Libby no sabía si creerlo, tenía el corazón a punto de salírsele del pecho.
—Quería contarte lo de la cláusula del testamento, pero tenía miedo a que te dieses cuenta de que estaba enamorado de ti, y a que no me correspondieses.
—¿Miedo? ¿Tú? —respondió ella sorprendida.
—Sí, cara. Estaba muerto de miedo. Porque sabía que tú solo te habías casado conmigo para darle un padre a Gino.
—Ese no fue el único motivo —admitió Libby, con los ojos llenos de lágrimas otra vez—. Yo también te amo, Raul. Y nunca pensé que podría ser tan feliz.
—Tesoro, no llores. Ti amo. Y quiero que estés siempre conmigo, pero me debes un traje.
—Lo siento —balbució ella—. No sé por qué he hecho eso.
—Me encanta que seas impredecible y que tengas tanto carácter y, al mismo tiempo, un corazón tan generoso. Gino y tú sois mi mundo y solo quiero que los tres seamos una familia.
Ella sonrió.
—Es posible que pronto seamos cuatro —admitió—. Todavía no estoy segura, pero llevo dos semanas de retraso.
—Cara…
Raul se quedó sin habla, por un momento, no pudo decirle a Libby lo mucho que significaba para él, pero entonces la besó y se dio cuenta de que no hacían falta palabras…