Capítulo 7
Los siguientes días pasaron muy deprisa. La boda iba a ser una ceremonia civil bastante íntima y, como Raul se había ocupado de los preparativos, Libby se sentía extrañamente desconectada de todo aquello, al mismo tiempo que tenía la sensación de que se cernía sobre su horizonte cual enorme nube oscura.
—¿Te gustaría invitar a algún amigo o familiar de Inglaterra? —le preguntó Raul una noche, mientras cenaban.
Desde que su tía se había marchado de la casa habían empezado a comer en la terraza, en vez de en el comedor. Cenar bajo la luz de las velas con el lago de fondo era muy romántico, y Raul ya no se comportaba con ella de manera fría y arrogante, sino que era atento y encantador.
Para alivio de Libby, no había vuelto a hacer referencia a su supuesta aventura con Pietro, de hecho, parecía querer evitar el tema y, sin embargo, la alentaba a hablarle de su niñez en Ibiza.
Libby, que había estado mirando hacia la puesta de sol, giró la cabeza hacia él.
—Perdí el contacto con casi todos mis amigos cuando me mudé de Londres a Cornwall —le explicó—. Mi mejor amiga, Alice, habría venido, pero en estos momentos está metida en un importante caso y no puede escaparse.
A Raul le sorprendió que no mencionase a su madre, pero no le preguntó por ella. Sabía que Libby había tenido una niñez poco convencional y, en su opinión, su madre había sido una irresponsable. Se preguntó si Libby habría perdido el contacto también con ella, pero decidió que no era asunto suyo.
Sus sospechas se confirmaron cuando Libby comentó alegremente:
—Así que por mi parte solo vamos a estar Gino y yo. Espero que tú no tengas mucha familia, porque si no voy a sentirme en desventaja.
A pesar del tono alegre, Raul se dio cuenta de que Libby se sentía sola. Intentaba mostrarse como una mujer fuerte y dura, pero en el fondo era muy vulnerable. Tal vez hubiese intentado tener una relación con Pietro, que había sido mucho mayor que ella, con la esperanza de que este le diese una seguridad que nunca había tenido. En todo caso, a Raul le sorprendió tener una actitud tan protectora con ella.
Se había dado cuenta de que, lejos de ser la cazafortunas que él había pensado que sería, a Libby no le interesaba el dinero. De hecho, su insistencia en que se comprase un vestido de novia había terminado en discusión. Una discusión en la que Libby había argumentado que sería tirar el dinero, y que se pondría uno de los vestidos que había comprado nada más llegar a Italia. Al final, después de mucha presión, Raul había conseguido que accediese a comprarse un vestido nuevo. Este le había resultado muy barato, en comparación con los cuarenta mil dólares que se había gastado su primera mujer en su vestido de novia.
—Si no tienes ningún familiar cercano, ¿a quién nombraste tutor de Gino en caso de que a ti te ocurriese algo? —le preguntó Raul.
Libby lo miró sorprendida.
—A nadie. Tengo veintidós años y estoy muy sana…
—Lo sé, pero nadie está completamente seguro. ¿No habías pensado en eso?
Ella se sintió culpable, sobre todo, teniendo en cuenta que el motivo por el que ella le había mentido a Raul era que su madre tampoco la había nombrado a ella tutora de Gino. Raul tenía razón, en la vida no había nada garantizado. ¿Y si ella hubiese sufrido un accidente?, se preguntó, sintiendo náuseas. Gino se habría quedado solo en el mundo, al cuidado de los servicios sociales. No quiso ni pensarlo, le pareció horrible. Por suerte, iba a casarse con Raul, que iba a adoptar a Gino, así que ocurriese lo que ocurriese en el futuro, el niño estaría bien.
Libby se aferró a aquello varios días después, cuando se ponía el vestido con el que se iba a casar. No era un vestido de novia, porque la falda de seda larga era de colores, pero había pretendido comprarse un vestido en tono pastel y al ver aquel se había enamorado.
De todos modos, su matrimonio no era convencional y ella no tenía por qué llevar el típico vestido de novia. Raul se iba a casar con ella por el mismo motivo que ella con él: por Gino. Así que lo más probable era que no le importase lo más mínimo lo que llevase puesto.
No obstante, Libby salió de su dormitorio, probablemente por última vez, con el corazón acelerado. Ya habían llevado su ropa a la habitación principal, que compartiría con Raul, y habían trasformado otra habitación que había en el mismo pasillo en cuarto infantil para Gino.
Aunque no se casasen por los motivos convencionales, Raul le había dicho que sería un matrimonio de verdad, lo que significaba que esa noche tendría que compartir su cama y que… su imaginación se detuvo de golpe. Solo sabía la teoría de lo que iba a ocurrir después, y eso la agobiaba.
Giró la esquina y se detuvo en lo alto de las escaleras que daban al vestíbulo. Raul estaba allí, impresionante con un traje oscuro y camisa de seda blanca. No la había visto todavía, y Libby se fijó en cómo le brillaba el pelo negro, en que se movía con gracia a pesar de ser un hombre grande, poderoso. Tenía a Gino en brazos, que también estaba muy guapo de azul y blanco. El niño se retorció y Raul lo dejó en el suelo, pero sin soltarle las manos.
Aunque todavía no andaba solo, le encantaba hacerlo con ayuda y Raul lo guio con paciencia mientras el niño se movía, contento y confiado.
A Libby se le hizo un nudo en la garganta. Durante las últimas dos semanas se había convencido de que Raul sería un padre fantástico. Había ido todos los días a jugar con Gino y el hecho de que fuese a gatas por el suelo con el niño, o tuviese paciencia para ayudarlo a construir torres, había dejado a Libby impresionada. Cuando hablaba con el niño lo hacía con cariño de verdad, y era evidente que Gino también adoraba a Raul.
Se dispuso a bajar las escaleras justo en el momento en que Raul tomaba a Gino en brazos riendo y diciendo:
—Ven aquí, piccolo, antes de que se te cansen las piernas.
Miró hacia arriba y se quedó en silencio mientras Libby bajaba las escaleras, su expresión era indescifrable.
«Odia el vestido», pensó ella, sintiéndose fatal y preguntándose por qué no había escogido el de color crema.
—Sé que no es lo que tenías en mente —espetó nada más llegar abajo y ver que Raul seguía en silencio.
—No —admitió él, preguntándose qué tenía aquella mujer que hacía que le ardiese la sangre en las venas, por no mencionar otras zonas de su cuerpo—, pero nunca dejas de sorprenderme, cara.
—Me había probado un vestido color crema, pero no era para mí —le aseguró—. Me encantan los colores vivos.
—Ya me había dado cuenta. Estás preciosa. Y no serías tú sin los colores del arco iris. Además, tengo que admitir que me están empezando a gustar el naranja y el verde.
A ella le sorprendió oír aquello y sintió algo extraño por dentro al notar que Raul la miraba con cariño.
—Cometí el error de pensar que llevarías un vestido convencional, así que encargué un ramo de flores a juego —comentó Raul sonriendo y tomando un ramo de rosas blancas del aparador que había a su espalda—. Espero que te gusten.
Era un ramo sencillo, pero exquisito al mismo tiempo, y a Libby se le llenaron los ojos de lágrimas y no se atrevió a mirar a Raul. No había esperado que le regalase flores el día de su boda.
—Son perfectas —murmuró—. Gracias.
Él sonrió todavía más.
—Ven —le dijo, tendiéndole la mano—. Tengo entendido que tenemos una boda, señorita Maynard.
El teléfono móvil de Raul sonó mientras salían de la casa y se sintió tentado a no responder, pero siguió sonando y al mirar la pantalla se dio cuenta de que se trataba de su abogado, Bernardo Orsini.
—Lo siento, pero tengo que responder —se disculpó mientras llegaban al coche donde su conductor, Tito, los estaba esperando para llevarlos al salón de bodas del pueblo más cercano.
—¿Bernardo?
—Solo quería confirmarte que está todo dispuesto para que te confirmen como único presidente de Carducci Cosmetics en cuanto Elizabeth Maynard esté casada.
El abogado rio suavemente.
—Porque imagino que ese es el único motivo por el que vuelves a casarte. Te felicito, Raul, qué rápido has sido. Supongo que dejarás que pase algo de tiempo antes de pedir el divorcio y espero que el matrimonio no se te haga demasiado pesado.
Raul vio cómo Libby se inclinaba a abrochar el cinturón de Gino, que ya estaba en su sillita en la parte trasera del coche, y se excitó al clavar la vista en su trasero.
—Estoy seguro de que sobreviviré —le aseguró al abogado en tono seco.
Pero al subir al coche al lado de Libby y aspirar su delicada fragancia a flores, le sorprendió darse cuenta de que el deseo de controlar Carducci Cosmetics no era lo que ocupaba su mente en los últimos días. En lo que no podía dejar de pensar era en el deseo que sentía por Libby.
El día pasó en una bruma, dejando a Libby con un caleidoscopio de imágenes que supo que la acompañarían para siempre. Primero, el ornamentado salón de bodas del bonito palazzo con vistas al lago Bracciano, donde había intercambiado los votos con Raul. Los testigos habían sido Tito y Silvana, que había conseguido convencer a Gino para que estuviese tranquilo, sentado en su regazo, y Romano y Flaviana Vincenti, amigos íntimos de Raul. Libby los había conocido, junto a sus dos hijas, unos días antes de la boda y con la convicción de que Raul les habría contado que se casaba con ella para poder ser el padre de Gino, pero, para su sorpresa, la pareja pensaba que estaban enamorados de verdad.
—Nunca pensamos que Raul se volvería a casar, después de lo ocurrido con Dana —había admitido Flaviana al final de la ceremonia, al acercarse a darles un beso y la enhorabuena—. Debes de ser muy especial para haberle robado el corazón.
—Ah… pero…
Libby no pudo continuar, Raul inclinó la cabeza y le dio un beso que la dejó aturdida y con las mejillas coloradas. Cuando por fin la soltó, Libby se dio cuenta de que un fotógrafo había estado captando el momento.
—El motivo de nuestro matrimonio es privado, solo lo sabemos nosotros —había murmurado él mientras salían del salón—. Flaviana es una romántica incurable, y no quiero quitarle la ilusión.
Aquel debía de haber sido el motivo por el que Raul se había mostrado tan atento con ella durante la cena en un elegante restaurante, a la que siguió un paseo en barco por el lago durante el que los adultos habían bebido champán y las hijas de los Vincenti habían corrido de un lado a otro, lo que había entretenido mucho a Gino.
Sin esperarlo, había resultado ser un día muy bonito, se dijo Libby al salir de la habitación de Gino aquella noche. Se quedó en la puerta y escuchó el sonido acompasado de su respiración unos segundos, aliviada al ver que ya no tenía aquel ruido tan horrible en el pecho. Junto con Raul, habían llevado al niño a un especialista muy bueno que, después de muchas pruebas, les había asegurado que la neumonía no le había causado ningún daño permanente en los pulmones.
—Su hijo está bien, y estoy seguro de que va a crecer sano y fuerte —les había dicho el médico sonriendo
En cuanto el proceso de adopción terminase, Gino tendría un padre y crecería con el amor y la seguridad de tener un padre y una madre, pensó Libby de camino a la habitación principal. Era lo que ella quería, el motivo por el que se había casado con Raul, pero la noche de bodas estaba a punto de empezar y estaba muy nerviosa ante la idea de que Raul le hiciese el amor.
La química entre ambos era casi tangible. Siempre que estaban juntos en una habitación, Libby era consciente de la tensión sexual que hacía que a Raul se le oscureciese la mirada y que ella se pusiese muy nerviosa. No tenía miedo a perder la virginidad, lo que la asustaba era tener que engañar a Raul para que pensase que no era su primera vez.
¿Y si le contaba la verdad? Redujo el paso y se mordió el labio inferior. Acababa de casarse con Raul y tal vez debiese empezar aquella etapa con sinceridad. Él la entendería si le explicaba que había tenido miedo a que le quitasen a Gino.
Pero ¿y si no la entendía? ¿Y si se enfadaba tanto que anulaba el matrimonio, pedía la custodia de Gino y la echaba de Villa Giulietta? El riesgo era demasiado elevado y Libby no estaba preparada para asumirlo, así que debía seguir guardando el secreto. Esa noche se haría pasar por una seductora y convencería a Raul de que tenía experiencia.
Empujó la puerta del dormitorio. Las lamparitas que había junto a la cama estaba encendidas y las sábanas blancas apartadas, pero la habitación estaba vacía. Aliviada, salió al balcón y respiró profundamente el aire fresco de la noche. El cielo oscuro estaba salpicado de estrellas y el reflejo de la luna brillaba sobre el lago.
—Para mí, esta es la vista más bella de la tierra —dijo Raul, rompiendo el silencio.
Libby se puso tensa y él se acercó y la agarró por la cintura para apoyarla contra su pecho.
—El… el lago es especialmente bonito bajo la luz de la luna —admitió con el corazón acelerado.
—No me refería al lago, cara.
El deseo lo invadió mientras apartaba los rizos rojizos de Libby y le daba un beso en el cuello. Le había gustado nada más verla, ni siquiera la noticia de que había sido la amante de Pietro había hecho menguar el deseo. Y prefería no intentar imaginárselos juntos. En esos momentos era su esposa, y se prometió en silencio que iba a hacerla olvidar a sus anteriores amantes. Bajó la cremallera que el vestido tenía en la espalda y notó cómo Libby se estremecía.
A Libby los latidos del corazón le retumbaron con fuerza en los oídos al notar que Raul le bajaba el vestido hasta dejar sus pechos al desnudo. Tragó saliva cuando la acarició y no pudo contener un grito ahogado mientras Raul le masajeaba los pezones hasta conseguir que se endureciesen.
—Por favor…
El placer era indescriptible. Libby notó calor entre los muslos, estaba tan excitada que solo podía pensar en que Raul acariciase todo su cuerpo.
—Eres tan sensible, cara, me excita tanto verte así —admitió Raul con voz ronca, haciéndola darse la vuelta e inclinando la cabeza para besarla apasionadamente—. Voy a complacerte, estoy seguro. Nunca había deseado a otra mujer tanto como a ti. La química que hay entre nosotros es tan fuerte que no podemos ignorarla más.
La tomó en brazos y en un par de zancadas la llevó hasta la cama. Con la mirada encendida de deseo, la tumbó en ella y le quitó rápidamente el vestido y los zapatos. Apoyó la mano en su vientre y Libby contuvo la respiración mientras bajaba con ella hasta la cinturilla de las braguitas. Era la primera vez que un hombre la veía desnuda y, de repente, se sintió muy vulnerable y nerviosa al volver a pensar que iba a entregar su virginidad a un hombre que pensaba que ya era una mujer experimentada. Se había convencido a sí misma de que podía ocultar su inocencia, pero cuando Raul le bajó la ropa interior no pudo evitar taparse con las manos y notar que el corazón se le salía del pecho.
Raul rio suavemente.
—Veo que eres pelirroja natural —murmuró—. No te escondas de mí. Abre las piernas, cara. Quiero verte mientras te acaricio. ¿Te gusta el sexo oral?
La vio ruborizarse y le sorprendió que hubiese confusión en su mirada. Respondía a sus besos con tanto ímpetu que había pensado que estaría impaciente por tener sexo con él, pero, en su lugar, se estaba mostrando tímida e insegura, y ni siquiera había intentado tocarlo.
—No… no lo sé —balbució con miedo.
—¿De verdad? ¿Nunca…?
Raul no pudo ocultar su sorpresa, aunque le alegró saber que iba a proporcionarle una experiencia de la que nunca había disfrutado con sus anteriores amantes.
—Oh, cara mia, tenemos que hacer algo al respecto.
Libby dio un respingo cuando Raul metió la mano entre sus muslos y este frunció el ceño. Para que no se diese cuenta de que todo aquello era nuevo para ella, se obligó a relajarse. Con el corazón desbocado, separó un poco las piernas y se mordió el labio cuando Raul se las separó todavía más y pasó un dedo con suavidad por el exterior de su vagina, caricia que la hizo estremecerse de placer. Libby empezó a sentir calor, notó que se excitaba. No había estado preparada para el placer que Raul iba a darle al introducir un dedo en su sexo, y gimió cuando, además, empezó a acariciarle el clítoris.
Era… increíble. Las piernas empezaron a pesarle y no opuso resistencia cuando Raul volvió a separárselas un poco más. Se hundió en el colchón y cerró los ojos para poder concentrarse solo en las sensaciones que Raul le estaba creando.
La respiración se le entrecortó cuando este bajó la cabeza y la enterró entre sus piernas para acariciarla con la lengua.
—¡No! —protestó, avergonzada por un gesto tan íntimo.
Tiró de su pelo para intentar apartarlo, pero la sensación que causaba su lengua era tan maravillosa que dejó de resistirse y arqueó las caderas hacia arriba para ofrecerse a él.
Tenía en la pelvis una sensación casi insoportable que sabía que solo Raul podía calmar. No quería que este parase, sino todo lo contrario, estaba desesperada porque continuase con aquellas caricias tan eróticas y protestó cuando Raul se apartó.
—Lo sé —dijo él—. Estoy tan desesperado como tú.
Se levantó y empezó a quitarse la ropa.
Le habría gustado que Libby lo desnudase, pero estaba tan excitado que no sabía si habría aguantado que lo tocase. Dejó caer el pantalón al suelo, junto a la camisa, y se dio cuenta de que Libby miraba fijamente su calzoncillo abultado. No entendía que siguiese fingiendo aquella ingenuidad, después de cómo había respondido a los preámbulos. Lo más probable era que hubiese tenido una docena de amantes, pero él tampoco era un santo, y no quería acostarse con una muchacha tímida y virgen.
Decidió que había llegado el momento de mostrar a Libby lo que quería, y le divirtió ver cómo abría los ojos al verlo desnudarse por completo. A él no le sorprendía estar tan excitado, por fin iba a hacer realidad su fantasía de acostarse con ella, aunque se sentía tan frustrado que sabía que aquella primera vez no iba a ser una sesión pausada de sexo. El deseo lo consumió mientras se colocaba entre sus piernas.
Libby había observado boquiabierta cómo se desnudaba Raul, pero la admiración se había convertido en asombro al ver el increíble tamaño de su erección. Asustada, había pensado que no era posible que aquello le cupiese dentro.
El corazón se le aceleró todavía más cuando lo vio colocarse encima de ella y sintió tanto miedo que no pudo evitar ponerse tensa. Presa del pánico, apoyó las manos en su pecho para apartarlo, pero Raul rio suavemente y la agarró de las muñecas para ponérselas encima de la cabeza.
—Siento que la postura del misionario te parezca aburrida, cara —murmuró con voz ronca—, pero te deseo tanto que me da miedo no poder aguantar. Y tenemos toda la noche para experimentar.
A Libby aquellas palabras le sonaron más a amenaza que a promesa, pero mientras se retorcía debajo de él, Raul tomó su pecho con la boca y volvió a hacer que sintiese calor entre las piernas.
—Me encanta tu impaciencia —le dijo él, confundiendo el nerviosismo con una invitación.
Libby contuvo la respiración mientras Raul bajaba una mano hacia su sexo. Sus caricias aplacaron los miedos e hicieron que sintiese que la llevaba a un lugar mágico en el que todavía no había estado nunca, y cuando Raul sustituyó la mano por la punta del pene, en vez de miedo sintió todavía más excitación.
Entró en ella despacio y Libby suspiró aliviada. La sensación no era desagradable, así que se relajó y se dijo a sí misma que Raul jamás sabría que era su primera vez. Él levantó los labios de su pecho y la miró a los ojos.
—Tiene que ser ahora —le dijo con voz ronca, agarrándola de las caderas para sujetarla y poder penetrarla más.
Su gemido de placer se interrumpió al ver que Libby gritaba de dolor.
Raul se quedó inmóvil. Era imposible. Tenía que habérselo imaginado. Con el corazón acelerado, retrocedió un poco, sorprendido, sin comprender por qué Libby se había llevado los nudillos a la boca y tenía los ojos dilatados, pero no podía ser virgen. La idea era inconcebible.
Intentó apartarse de ella, pero sus músculos vaginales lo sujetaron en un abrazo de terciopelo. Y su deseo era tan primitivo que no pudo contenerlo, así que volvió a hundirse en su interior y gimió de manera salvaje al descargar en ella un orgasmo espectacular que sacudió todo su cuerpo.