Capítulo 6
A qué te refieres? —le preguntó Libby estremeciéndose de frío al no tener el calor de los brazos de Raul—. ¿Qué proposición?
Él la vio temblar y frunció el ceño.
—Tienes frío. Toma, ponte esto —le ofreció, quitándose la chaqueta y poniéndosela sobre los hombros antes de tomar su mano para ir hacia la casa—. Continuaremos con esta conversación dentro.
Libby habría preferido no tener la oportunidad de analizar el modo en que había respondido a él, pero Raul le agarraba la mano con fuerza y no podía hacer otra cosa que no fuese seguirlo. Se tapó bien con la chaqueta, que todavía estaba caliente del cuerpo de Raul y olía a su colonia. Se le había olvidado recoger los zapatos, pero al llegar al camino y empezar a andar con cuidado por la grava, él la tomo en brazos para llevarla hasta la casa.
Entraron y Raul fue directo a su despacho, donde la dejó en el suelo antes de atravesar la habitación para servirse una copa.
—¿Te apetece un whisky? Te ayudará a entrar en calor.
Libby negó con la cabeza y él se sirvió una copa y se bebió el líquido ambarino de un trago. Libby se dio cuenta de que estaba tenso y eso la confundió.
—¿Qué proposición? —volvió a preguntar.
Raul se giró hacia ella, su mirada oscura era inescrutable. Desde que se le había ocurrido la idea de que casarse con Libby era la manera de conseguir el control completo de Carducci Cosmetics, no había podido pensar en casi nada más. Los argumentos a favor y en contra de una decisión tan importante le habían impedido dormir por la noche y lo habían atormentado durante el día, así que casi no había podido concentrarse en la reunión de la junta directiva.
No quería volver a casarse. Pensó en el duro divorcio de su mujer y se dijo que una vez había sido suficiente. Valoraba su libertad y no quería sacrificarla, pero Carducci Cosmetics estaba por encima de todo, y casarse con Libby tendría sus compensaciones, pensó mientras la recorría con la mirada. Era encantadora. Se excitaba solo de mirarla y se dio cuenta de que ya no le importaba que hubiese sido la amante de Pietro, la química que había entre ambos era demasiado fuerte como para intentar combatirla.
Y había otro motivo importante para casarse con ella. Gino necesitaba un padre. Libby le había dicho que no le haría crecer con una sucesión de «tíos», pero lo normal era que tuviese alguna relación antes de que el niño creciese, y Raul odiaba la idea de quedarse al margen mientras el niño llamaba papá a otro hombre.
Los enormes ojos azules verdosos de Libby estaban clavados en él. Estaba esperando a que le respondiese.
—Creo que deberíamos casarnos —anunció de repente.
—¿Qué?
Tenía que haber oído mal, pensó Libby aturdida. O eso, o era una broma. Tal vez se tratase de una ilusión. ¿Por qué se le había acelerado el corazón por un instante al pensar que Raul quería realmente casarse con ella? No estaba enamorada de él, ni siquiera estaba segura de que le cayese bien, y no sabía por qué sentía aquella atracción.
—No lo entiendo —balbució.
—Quiero criar a Gino como si fuese mi hijo —añadió Raul muy serio.
Ella dio un grito ahogado.
—Permite que me explique —le pidió él—. Cuando Pietro y Eleanora Carducci me adoptaron, me dieron una vida que jamás habría tenido en un orfanato, no fue solo el dinero y la educación, sino también el amor y la estabilidad de tener un padre y una madre. Gino jamás conocerá a su padre, pero si nos casamos y lo adopto, podrá crecer con un padre y una madre y, con suerte, con hermanos.
Libby se estremeció con la sensual mirada de Raul al decir aquello último.
—No te equivoques —continuó este—, lo que te propongo es un matrimonio de verdad. Yo querré a Gino como si fuese mi hijo, como Pietro me quiso a mí, pero no tengo familia, que yo sepa, y me gustaría también tener mis propios hijos.
—En ese caso, ¿no sería mejor que esperases a estar enamorado, y que te casases con una mujer a la que amases, para tener hijos? —argumentó ella—. Incluso muchas parejas que se casan por amor acaban divorciadas. ¿Cómo iba a funcionar nuestro matrimonio si ni siquiera nos gustamos?
Raul la miró, pensativo.
—Pensé que habíamos acordado ser amigos por el bien de Gino. Y me parece que esta noche lo hemos hecho bastante bien. Precisamente, el hecho de que no estemos enamorados el uno del otro, y de que no tengamos expectativas acerca de nuestra relación, es lo que me hace pensar que nuestro matrimonio podría funcionar.
Después, rio con amargura.
—Yo ya intenté un matrimonio convencional y pagué bien mi error. Hace tres años, confundí la atracción sexual que sentía por mi secretaria con amor. Dana me aseguró que ella también quería formar una familia, así que tuvimos una gran boda, pero una vez casados no hacía más que poner excusas para que no intentásemos tener un hijo. Ella prefería vivir en Manhattan y salir de fiesta todas las noches, y se quejaba de que odiaba esta casa y de que se aburría aquí.
Raul apretó la mandíbula al recordar el fracaso de su matrimonio.
—Lo único que la hacía realmente feliz era gastar dinero, aunque no le gustaba que yo tuviese que trabajar tantas horas para ganarlo. Al principio, me pareció bien que saliese de compras, pero luego me di cuenta de que lo hacía de manera compulsiva, y sí le sugerí que tenía que intentar controlarse, pero eso la ponía histérica y me acusaba de ser un tirano que quería que estuviese en casa y embarazada. Aunque esto último era imposible. Después de un año de interminables peleas, era evidente que el matrimonio era un desastre, y en una de las peleas Dana admitió que en realidad no quería tener hijos y que solo se había casado conmigo por el dinero. Así que acordamos divorciarnos y que yo le daría una buena compensación, y el apartamento de Manhattan. Ella intentó sacarme todo lo posible, e incluso quiso hacerse con Villa Giulietta.
—¿Pero no has dicho que odiaba vivir aquí? —preguntó Libby sorprendida con todo el relato.
—Dana sabía que yo le pagaría lo que me pidiese si renunciaba a sus derechos sobre la casa. Así que aprendí una lección muy cara y no volveré a caer en la trampa del amor. No obstante, quiero que Gino tenga un padre y una madre. Tú has comentado que, de niña, siempre quisiste tener una familia de verdad —le recordó.
—Dije que quería creer en el cuento de hadas de la familia feliz, pero no estoy segura de que exista en realidad.
—Podemos hacerlo realidad si es lo que los dos queremos.
Mientras hablaba, Raul empezó a darse cuenta de que no solo quería convencer a Libby de que se casase con él para tener el control de la empresa. Todo lo que le había dicho era cierto, quería compensar a Pietro adoptando a su hijo, y también quería tener hijos propios para poder tener un vínculo de sangre con otro ser humano. Conseguir el control de Carducci Cosmetics hasta que Gino tuviese dieciocho años era importante, pero en vez de divorciarse de Libby, como había pensado en un principio, pensó que podían hacer funcionar su matrimonio y satisfacer así su mutuo deseo de tener una familia, además de satisfacer el deseo físico que sentían el uno por el otro.
Libby negó con la cabeza mientras intentaba ignorar a la voz de su conciencia, que le susurraba que la sugerencia de Raul tenía sentido aunque pareciese una locura. Le estaba ofreciendo ser un padre para Gino, y solo por eso merecía que lo pensase seriamente, ya que ella había crecido deseando poder tener un padre.
Si se casaba con Raul no tendría que vivir con el miedo de que este descubriese que no era la madre de Gino y la echase de la casa, pero este había dicho que sería un matrimonio de verdad. Clavó la vista en su fuerte cuerpo y se estremeció al recordar sus caricias. ¿Se daría cuenta Raul de que nunca antes había hecho el amor? No si ella fingía tener experiencia, le dijo una vocecilla en su cabeza, pero eso sería otra mentira más. ¿No sería mejor decir toda la verdad en ese momento?
Se mordió el labio, dividida entre la culpabilidad y el miedo a perder a Gino. No había cambiado nada. Si revelaba que Gino era su hermanastro a lo mejor tenía que luchar por su custodia, y si Raul la ganaba tal vez quisiese adoptar a Gino y mandarla a ella de vuelta a Inglaterra.
—Jamás funcionaría —espetó—. Somos demasiado diferentes. Cuando la química, o la atracción, o lo que haya entre nosotros, se apague, no tendremos nada en común.
—Yo no estoy tan seguro de que seamos tan diferentes —objetó él—. Nuestra niñez nos ha hecho valorar la vida en familia. Ambos pensamos que lo mejor para Gino sería que creciese con un padre y una madre. Y ninguno de los dos tiene pensado casarse con otra persona, pero a ambos nos gustaría tener hijos.
La voz de Raul era tan persuasiva que Libby no encontró ni un solo argumento para rebatir su razonamiento, en su lugar, se imaginó con un recién nacido en brazos y a Gino, un niño mayor, acercándose a ver a su hermano o hermana por primera vez. No podía negar que quería tener su propio hijo algún día, un compañero para Gino, pero no podía casarse con Raul. Tenía que estar loca para contemplar esa opción.
Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se dio cuenta de que Raul se había acercado a ella hasta que le pasó un dedo por la clavícula y bajó hacia sus pechos.
—No creo que debamos preocuparnos porque la química se apague, cara —murmuró en tono sensual—. Te deseo tanto que me siento seriamente tentado a tumbarte en el sofá y hacerte mía aquí mismo, si tú me lo permites, Libby. No me digas que no.
Apoyó un dedo en sus labios.
—¿Acaso piensas que no me doy cuenta de cómo se te acelera el pulso cuando estoy cerca de ti? —continuó—. ¿De cómo se te oscurece la mirada de deseo y cómo separas los labios cuando te voy a besar?
Tenía sus labios tan cerca que Libby ya podía saborearlos. ¿Cómo iba a rechazarlo, si estaba temblando de deseo? Raul pasó la lengua por sus labios antes de besarla y Libby se inclinó hacia él y cerró los ojos.
Pero entonces el llanto de Gino la hizo volver a la realidad. Abrió los ojos, dio un grito ahogado y se giró hacia la puerta pensando que allí estaría Silvana con el niño en brazos.
Pero no había nadie. Miró a Raul con los ojos muy abiertos, asustada.
—He oído llorar a Gino.
—Es el intercomunicador —le explicó él, mirando un aparato que había detrás de su escritorio—. Lo he hecho instalar en todas las habitaciones de la casa para estar seguro de que lo oímos si llora.
«Incluso en su despacho», pensó Libby sorprendida. Lo que debía de significar que a Raul no le importaba que el niño lo molestase mientras trabajaba.
—Ah. Es todo un detalle por tu parte —admitió.
Gino empezó a llorar con fuerza, y a toser, y Libby oyó a Silvana hablándole de manera cariñosa, pero su instinto maternal la llevó hacia la puerta.
—Tengo que ir a verlo —dijo, dudando.
—Seré un buen padre para él —afirmó Raul—. Te prometo que lo cuidaré y lo protegeré, y que lo querré como Pietro me quiso a mí.
—Sí, sé que lo harás —susurró Libby con los ojos llenos de lágrimas por la emoción.
De niña había soñado con que su padre la encontraría algún día, y que sería un hombre fuerte y valiente que lucharía contra los monstruos que vivían debajo de su cama. ¿Necesitaba Gino un padre que luchase contra sus monstruos?
Pero no era necesario que ella se casase con Raul. La seguridad económica de Gino estaba asegurada gracias al testamento de Pietro, pero ¿y su seguridad emocional? Ella entendía mejor que nadie lo importante que era un padre para un niño. Y Gino iba a necesitar un buen modelo cuando creciese y heredase parte de la fortuna Carducci.
—Cásate conmigo y deja que cuide de los dos, cara.
La voz de Raul era muy seductora, y eso que no tenía ni idea de cuánto le atraía a Libby la idea de que la cuidasen, después de toda una vida cuidándose sola. Siempre había adorado a su madre, pero Liz había sido demasiado joven para responsabilizarse de su maternidad, lo que significaba que Libby había tenido que aprender a ser independiente desde muy pequeña. En esos momentos era responsable de Gino. ¿No sería mucho más fácil compartir aquella responsabilidad con otra persona?
—No sé qué hacer —admitió, aterrada por la importancia de aquella decisión.
—Por supuesto que lo sabes —insistió Raul—. Tienes que hacer lo que es mejor para Gino, y en el fondo sabes que me necesitas.
Raul era tan fuerte, tan seguro de sí mismo, y ella se sentía tan cansada después de meses preocupándose por la salud de Gino e intentando superar la pérdida de su madre.
—Tal vez tengas razón —balbució.
—La tengo —afirmó Raul, empezando a sentirse triunfante.
Libby no tenía por qué saber que su primer motivo para pedirle que se casarse con él era conseguir el control de Carducci Cosmetics. Y no le había mentido al decirle que quería ser el padre de Gino y tener más hijos con ella. En cuanto estuviesen casados la dejaría embarazada, y Libby estaría demasiado ocupada para darse cuenta de que ya no estaba controlando las acciones de Gino.
Raul vio indecisión en su mirada. Él tenía fama de ser un estratega brillante en los negocios y, al sentir que la victoria estaba cerca, suavizó la voz:
—Está en tu mano darle a tu hijo la familia estable que siempre quisiste tener de niña. Di que sí por el bien de Gino, cara.
No podía hacerlo. No podía casarse con un hombre que no la amaba. ¿O sí? Abrió los ojos después de varias horas dando vueltas en la cama y aceptó que no iba a dormirse mientras la propuesta de Raul seguía retumbando en su cabeza.
La noche anterior había salido huyendo de su despacho después de haberle dicho que necesitaba tiempo para pensar, pero estaba amaneciendo y seguía hecha un mar de dudas. Apartó las sábanas y salió de la cama para acercarse a la ventana que daba al lago. El agua se veía de color perla con la primera luz de la mañana y reflejaba aquí y allá las nubes rosas del cielo.
—Tienes que hacer lo que es mejor para Gino, y en el fondo sabes que me necesitas —le había dicho Raul.
Y tenía razón. Gino necesitaba un padre. Y creía a Raul cuando este decía que lo cuidaría y lo querría como Pietro había hecho con él. ¿Tenía derecho a negarle a Gino lo que ella tanto había deseado de niña: un padre y la seguridad de formar parte de una familia de verdad?
Cuando había vivido en la comuna con Liz no se había sentido segura. Y cuando habían vuelto a Inglaterra los otros niños la habían envidiado por haber tenido una niñez diferente, pero la realidad era que ella había sentido que no tenía raíces. Los adultos de la comuna habían vivido cada uno su vida, los niños habían carecido de disciplina y normas y los mayores se habían aprovechado de los pequeños. Libby había aprendido a ser fuerte para sobrevivir, pero no quería lo mismo para Gino. Los niños necesitaban normas y límites además de amor para sentirse seguros, y el hecho de que Gino fuese a heredar una gran fortuna algún día implicaba que estuviese rodeado de personas en las que pudiese confiar.
Ella no tenía por qué casarse con Raul para que este fuese una figura paterna para Gino, pero él le había dicho que también quería tener hijos propios. En esos momentos, todavía estaba resentido con su divorcio, pero si ella lo rechazaba era probable que terminase casándose con otra y llevándose a Gino a su nueva familia. La idea de que Gino tuviese una madrastra la hizo palidecer. ¿Y si Raul y su esposa querían llevarse a Gino de vacaciones? ¿Y qué ocurriría en Navidad? ¿La pasaría sola mientras que Gino estaba con Raul y su familia?
Se abrazó e intentó poner en orden sus ideas. ¿No sería mejor casarse con Raul aunque no lo amase y darle a Gino la familia estable que se merecía? Cuando su madre había fallecido, Libby había prometido hacer siempre lo que fuese mejor para el niño y, en ese momento, más tranquila, aceptó que el mejor regalo que podía hacerle a su hermano huérfano era casarse con Raul y permitir que este fuese el padre de Gino.
La fuerte luz del sol le dio en el rostro y la despertó. Libby se sentó, desorientada, y miró el reloj. Eran las diez de la mañana. Recordó que había tomado la decisión de aceptar la propuesta de Raul y que después se había vuelto a meter en la cama con la esperanza de poder dormir una hora hasta que Gino se despertase, pero había dormido mucho más. Tenía que haberle dado el antibiótico a Gino a las siete, además de un biberón y…
Salió de la cama con el corazón acelerado y fue al salón que había al lado de su dormitorio, pero se quedó de piedra al ver a Raul tumbado en el suelo, construyendo torres con ladrillos de madera que Gino tiraba con gran satisfacción.
Ambos la miraron, uno con alegría y el otro con deseo.
—No puedo creer que me haya despertado tan tarde —dijo ella, apartando la vista de la sensual boca de Raul y posándola en Gino, que sonrió de oreja a oreja y gateó hacia ella—. Hola, cariño.
Lo tomó en brazos y apoyó la mejilla en sus suaves rizos negros.
—¿Ha estado bien contigo?
Raul arqueó las cejas.
—Lo digo porque está acostumbrado a estar solo conmigo. Tenía que haberse tomado el antibiótico…
—Silvana se lo ha dado con el desayuno —la interrumpió Raul—. La doncella ha dicho que estabas profundamente dormida, así que lo he sentado en su sillita y le he dado un paseo junto al lago.
—Ah —dijo Libby, desconcertada—. Espero que no hiciese frío. Es importante abrigarlo bien mientras siga teniendo tos.
—El termómetro del patio marcaba dieciocho grados a las ocho de la mañana —le informó Raul—. Y con respecto a los problemas respiratorios de Gino, he pedido cita para que lo vea un especialista en Roma la semana que viene.
Libby se sintió aliviada.
—Gracias. He estado muy preocupada por él —admitió.
Se mordió el labio y se preguntó si debía abordar en ese momento el tema de la propuesta de matrimonio, pero antes de que le diese tiempo a decir nada, llamaron suavemente a la puerta y apareció Silvana.
—He pensado que Gino podría necesitar una siesta —dijo con una sonrisa.
Y el pequeño bostezó.
—Seguro que sí —dijo Libby, sintiendo que se le aceleraba el corazón cuando la niñera se llevó a Gino y la dejó a solas con Raul.
Este se acercó a ella y Libby se puso tensa.
—¿Has dormido bien, cara?
Ella negó con la cabeza.
—No.
Libby no le contó el motivo, pero sus ojeras y el modo en que se mordía el labio inferior fueron suficiente explicación. Raul sintió ternura. Era tan joven, y tan protectora con su hijo, tan vulnerable. Él había esperado que aceptase rápidamente la propuesta de casarse con un hombre multimillonario, pero lo cierto era que Libby se había pasado la noche en vela, preguntándose qué sería lo mejor para Gino.
—¿Dudas que vaya a querer a Gino como si fuese mi propio hijo? —le preguntó en voz baja.
—No, de eso no tengo la menor duda —susurró ella, incapaz de apartar la vista de sus labios.
Se obligó a concentrarse para poder expresar sus dudas.
—El problema es que no nos conocemos. Somos prácticamente dos extraños.
Raul se dio cuenta de que Libby tenía miedo y tuvo la curiosa sensación de que se le encogía de nuevo el corazón.
—Eso es algo que pretendo remediar durante las próximas semanas. Me he organizado para poder trabajar desde casa, y solo iré a Roma cuando sea absolutamente necesario. Así podré pasar más tiempo con Gino y contigo.
—Entiendo.
Libby se humedeció los labios y notó que se le aceleraba el corazón.
—Me parece… bien.
El ambiente estaba cargado de electricidad y Raul no pudo seguir resistiéndose a sus labios.
—Deja que te demuestre lo bien que podemos estar juntos —le pidió con voz ronca—. No solo quiero que nos casemos por el bien de Gino. Hay algo muy fuerte entre nosotros: atracción, química, no importa cómo lo llames, y ha estado ahí desde que nos vimos por primera vez. Dime que tú no lo sientes.
—No puedo —admitió Libby temblorosa, en un susurro que se perdió bajo los labios de Raul.
Ella no intentó resistirse. Aquello era lo que quería y lo aceptó mientras ponía los brazos alrededor del cuello de Raul y acercaba su cuerpo al de él. Cerró los ojos y todos sus sentidos se centraron en aquella sensación.
Cuando Raul levantó la cabeza por fin, Libby lo miró aturdida, y sorprendida no por su pasión, sino por la ternura que había visto en sus ojos por un instante.
—¿Serás mi esposa, Libby, y me permitirás que sea el padre de Gino?
Aquello la emocionó tanto que, por un momento, no pudo responder. Se dijo que tal vez todas las mujeres se sentían así cuando les pedían en matrimonio. Aunque en el fondo no amaba a Raul, ni él a ella. El único motivo por el que iba a acceder era su hermano. Tragó saliva y respondió:
—Sí.
La sonrisa de Raul le cortó el aliento, pero, para su decepción, no volvió a besarla, ni se la llevó a la cama para hacerle el amor.
—Tengo que hacer unas llamadas, así que dejaré que te vistas, cara. Te veré en la terraza a la hora de comer y hablaremos de la boda.
Dos horas más tarde, Libby fue a buscar a Gino a su habitación y descubrió que Raul no había perdido el tiempo a la hora de anunciar su compromiso.
Silvana sonrió de oreja a oreja al verla.
—Enhorabuena, Libby. El señor Carducci me ha contado que vais a casaros, y que va a adoptar al bambino. Desde luego, se preocupa mucho por Gino. Espero que seáis muy felices.
—Gracias.
Libby se colocó a Gino en la cadera y fue hacia la parte principal de la casa. Estaba bajando la escalera centrar cuando vio a tía Carmina saliendo del comedor y dirigiéndose hacia los pies de la escalera. Parecía estar de muy mal humor.
—Debes de pensar que eres muy lista —la atacó en cuanto Libby llegó al final—. Primero, Pietro, y ahora Raul. Has seducido a ambos con tu cuerpo joven y, sin duda, con tu experiencia bajo las sábanas. Pensé que Raul tendría más sentido común y que no se dejaría embaucar por la zorra de su padre, pero creo que se ha vuelto loco para querer casarse contigo.
Libby intentó no mostrar su disgusto, pero, instintivamente, sujetó a Gino con fuerza.
—No he seducido a nadie, señora —se defendió enfadada—. Raul estaba en su sano juicio cuando me ha pedido que me casase con él, y no sé por qué no iba a hacerlo. Usted no sabe nada de mí y no tiene derecho a hacer esas horribles insinuaciones.
—Eres una mujerzuela barata. Perseguiste a mi cuñado porque sabías que era rico, y tuviste la suerte de quedarte embarazada —continuó la otra mujer—. Pietro y yo… teníamos que haber estado juntos, y lo habríamos estado si él no hubiese perdido la cabeza por ti.
Libby frunció el ceño.
—Pensé que la esposa de Pietro, su hermana, había fallecido diez años antes. Si Pietro hubiese sentido algo por usted, se lo habría dicho en todo ese tiempo.
Sintió pena por la tía de Raul que, evidentemente, había estado enamorada de Pietro.
—Lo siento —murmuró.
Y pronto se dio cuenta de que su disculpa no había hecho más que avivar la ira de la otra mujer.
—No deberíais estar aquí, ni tu hijo ilegítimo ni tú. Villa Giulietta ha estado en la familia Carducci durante generaciones, y el día en que una zorra se convierta en su dueña será un día trágico.
Libby dio un grito ahogado ante semejante grosería.
—Mire, entiendo que esté disgustada, pero no tiene derecho a hablarme así —le advirtió con voz temblorosa—. Raul…
—Raul piensa con la bragueta y lo único que le interesa es llevarte a la cama. Tiene cientos de mujeres, pero ninguna le dura mucho tiempo —continuó Carmina—. No te pongas demasiado cómoda aquí, porque pronto se aburrirá de ti y te sustituirá por otra.
Carmina se dio la media vuelta y atravesó el vestíbulo, dejando a Libby con ganas de vomitar.
—Es una vieja venenosa —le dijo a Gino, que sonrió feliz y ajeno a la desagradable escena que acababa de tener lugar.
Ella le devolvió la sonrisa, pero no pudo olvidar los comentarios de la tía de Raul, sobre todo, el de que este se aburriría de ella. En esos momentos había una fuerte atracción sexual entre ambos, pero ¿cuánto duraría? ¿Y qué ocurriría cuando se apagase? ¿Se buscaría Raul una amante? Tal vez tendría un discreto romance en su apartamento de Roma y después volvería a Villa Giulietta a jugar a las familias felices cuando le apeteciese.
La terraza tenía vistas al lago por una parte y a una larga piscina rectangular que estaba situada en medio del jardín por la otra. Y por las altas columnas de mármol trepaban hiedra, jazmín y rosas, que creaban un perfumado cenador.
Raul estaba sentado a la mesa, leyendo el periódico. Bajo la luz del sol, el pelo le brillaba como la seda salvaje, y a pesar de que llevaba gafas de sol no había nada que pudiese quitarle valor a la belleza de aquellos rasgos esculpidos. Libby sintió calor entre los muslos al acercarse a él. Era ridículo sentirse posesiva con un hombre al que conocía desde hacía pocos días, pero no podía soportar la idea de que este hiciese el amor con otra mujer.
¿Era posible que la atracción física fuese responsable de que se le acelerase el corazón cada vez que Raul le sonreía? ¿Qué otra cosa podía ser? Casarse con él era una locura, pero solo lo haría para que Gino tuviese un padre. Jamás sería tan tonta como para enamorarse de él.
Gino sonrió al ver a Raul y tendió los regordetes brazos hacia él. Luego rio cuando Raul lo hizo girar en el aire. Era evidente que ya había un vínculo entre ambos. Libby sintió vergüenza de repente y no fue capaz de mirar a Raul a los ojos.
—Que sitio tan bonito —murmuró, mirando a su alrededor.
Él asintió.
—He pensado que te gustaría pasar la luna de miel aquí, en Villa Giulietta, para poder conocer la casa y los terrenos mejor, pero si prefieres que nos vayamos a otra parte, no tienes más que decirlo.
Libby lo miró sorprendida.
—No hay ninguna prisa en organizar la luna de miel, ¿no?
—Por supuesto que sí. Nos vamos a casar dentro de dos semanas, ya están preparando todos los papeles.
—¡Dos semanas! —repitió sorprendida en voz alta—. Es demasiado pronto.
Raul había colocado a Gino en su trona y el niño se había puesto a mordisquear una galleta.
—¿Por qué íbamos a esperar más? —murmuró, acercándose a ella.
El cuerpo de Libby reaccionó al instante, notó que le pesaban los pechos y se le endurecían los pezones. Se sintió avergonzada, pero no pudo evitar clavar la vista en sus labios y recordar el beso que Raul le había dado un rato antes y desear que se repitiese.
—Ambos estamos de acuerdo en que lo más importante son las necesidades de Gino. Y en que nos necesita a los dos —insistió este—. Cuanto antes nos casemos, antes podré empezar con los trámites de la adopción. ¿Quién sabe? Tal vez su primera palabra sea papá.
Aquello emocionó a Libby. La palabra «papá» iba a ser muy importante en el vocabulario de Gino. Y ella sabía que casarse con Raul era lo correcto, pero no podía olvidar las palabras de la tía de este. Sintió celos solo de pensar en que pudiese tener amantes.
—Si queremos que funcione, tendremos que poner determinadas normas —dijo de repente.
Y se ruborizó al ver que Raul la miraba divertido.
—¿Qué clase de normas?
—Para empezar, fidelidad. Pienso que debemos sernos fieles en el matrimonio. Los niños lo perciben todo y no quiero que Gino crezca pensando que está bien que su padre tenga aventuras con otras mujeres. Tú vas a ser su principal modelo masculino y tienes que darle un buen ejemplo… Tu tía dice que has tenido cientos de amantes, pero que ninguna te ha durado mucho y que pronto te aburrirás de mí.
Raul frunció el ceño.
—¿Cuándo has hablado con Carmina?
—Nos hemos encontrado cuando venía hacia aquí —le respondió ella, haciendo una mueca—. No le caigo bien y me ha dejado claro que no aprueba que te cases conmigo.
A Raul, que también había tenido que escuchar las opiniones de su tía al respecto, no le extrañó que a Libby le temblase la voz. Lo que le extrañaba era estar tan enfadado con Carmina y sentir aquella necesidad de proteger a Libby.
—Siento que mi tía te haya disgustado. No volverá a hacerlo —le prometió muy serio—. Haré que vuelva a su casa de Roma inmediatamente. De todos modos, tenía que haberse marchado hace mucho tiempo.
Luego miró a Libby pensativo y añadió:
—Con respecto a mis anteriores relaciones, tengo treinta y seis años y soy un hombre con sangre en las venas, así que no he vivido como un monje, pero tampoco he tenido cientos de amantes.
Libby tenía la mirada clavada en el suelo de mármol y él le levantó la barbilla para que lo mirase.
—Estoy de acuerdo con que debemos sernos fieles. Tal vez no vayamos a casarnos por los motivos habituales, pero estoy dispuesto a comprometerme contigo y con Gino.
Ella se dijo que era ridículo sentirse tan aliviada, y todavía más ridículo haberse sentido mal al oírle decir a Raul que se casaban por conveniencia y no por amor. Era demasiado mayor para creer en cuentos de hadas, y Raul no era su príncipe azul.
Este seguía sujetándole la barbilla para que lo mirase. Enterró la otra mano en sus rizos sedosos y la expresión de su mirada hizo que a Libby le diese un vuelco el corazón.
—No creo que me aburra de ti, cara. Eres fogosa e interesante, y ninguna otra mujer me ha excitado como me excitas tú.
La miró de arriba abajo y sintió calor.
—Me alegro de que hayas decidido ponerte la ropa nueva —murmuró.
Llevaba un vestido azul claro sencillo que se ceñía a sus pechos y a sus caderas. Estaba elegante y sexy al mismo tiempo, y Raul nunca se había tenido por un santo.
Después de su desastroso matrimonio con Dana, había prometido no volver a casarse jamás, y su deseo de controlar Carducci Cosmetics era el principal motivo por el que había decidido casarse con Libby, pero no era el único. La besó mientras pensaba que tenerla de esposa tendría otras compensaciones. Le acarició un pecho por encima del vestido y se controló para no levantarle la falda y hacerla suya sobre la mesa porque Gino estaba delante.
—A ambos se nos van a hacer muy largas estas dos semanas, cara —susurró—. Después de comer te llevaré a Roma para que puedas elegir el vestido de novia.