Un momento se va, y no vuelve a pasar

El Norte de Castilla

29 de diciembre de 2010

Un exinspector de policía se suicida tras cometer presuntamente cuatro asesinatos en Valladolid

JBM, considerado el principal sospechoso de los asesinatos de tres mujeres y un hombre, se quitó la vida de un disparo en la cabeza en su domicilio particular el pasado 24 de diciembre.

Los últimos crímenes violentos acontecidos en Valladolid tenían, según fuentes de la investigación, un único autor. Se trataría de un exinspector del Grupo de Homicidios de Valladolid con las iniciales JBM, prejubilado en 2006 y con veinticinco años de servicio en el cuerpo de Policía. El estrechamiento del cerco policial sobre el que se consideraba el principal sospechoso, Gabriel García Mateo, cuyo cadáver fue encontrado horas antes y del que se cree que actuaba como cómplice del asesino, empujó a JBM a poner fin a su carrera criminal de un disparo en la cabeza.

Coincidencia en el modus operandi y primer sospechoso

La serie de crímenes que ha asolado a la capital castellano-leonesa se inició el 12 de septiembre con el asesinato de María Fernanda Sánchez, la joven que apareció muerta y mutilada en el parque Ribera de Castilla y que estremeció a toda la ciudad. Sin embargo, la dilatada experiencia del presunto homicida en los procedimientos de investigación criminal hizo que fuera muy complicado el avance de las pesquisas policiales que, en un principio, apuntaron erróneamente a un crimen pasional.

El 31 de octubre apareció la segunda víctima, Mercedes Mateo Ramírez, de cincuenta y dos años, muerta por asfixia y también mutilada en su domicilio del barrio de Arturo Eyries. Fue entonces cuando la policía empezó a barajar la posibilidad de que ambos crímenes estuvieran conectados por el mismo modus operandi: muerte por asfixia y mutilación post mórtem. A pesar de ello, y como en el anterior homicidio, fueron muy pocas las pruebas recogidas en el escenario del crimen, por lo que los esfuerzos se dirigieron a investigar el entorno cercano de la víctima. La policía investigaba la pista de Gabriel García Mateo, hijo natural de Mercedes Mateo Ramírez, a la que se le retiró la custodia y patria potestad de su único hijo por malos tratos en 1984. Todo parecía que pudiera tratarse de un ajuste de cuentas familiar, teoría que venía apoyada por el testimonio de varios vecinos que colocaban al por entonces principal sospechoso en los alrededores de la vivienda materna dos días antes de que se cometiera el crimen. La policía cursó entonces una orden de búsqueda y captura como autor de ambos crímenes, pero sin obtener resultado alguno.

La firma del asesino volvió a aparecer el pasado 20 de noviembre en el trágico asesinato de la doctora Martina Corvo, cometido en su domicilio de la zona centro y cuya autoría se atribuyó de inmediato a la misma mano. Este medio de comunicación tuvo conocimiento del hecho, pero decidió no publicarlo en aquel momento con el objeto de no entorpecer la investigación del Grupo de Homicidios. Según nos han confirmado fuentes oficiales, la doctora venía colaborando en la investigación como especialista psicolingüística, y ese podría haber sido el motivo por el que se habría convertido en un nuevo objetivo del primer asesino en serie en la historia de Valladolid.

Desenlace inesperado

Finalmente, este lunes se produjo un giro radical en la investigación al encontrarse el cadáver de Gabriel García Mateo, con múltiples fracturas en el cráneo, en un descampado situado en el término municipal de La Cistérniga. A las pocas horas, la policía halló el cuerpo sin vida del presunto autor de los crímenes, el exinspector de policía JBM, tras suicidarse de un disparo en la cabeza en su domicilio, situado a escasos metros del lugar en el que se encontró el cadáver de su presunta última víctima.

Un hombre atormentado y con serios problemas con el alcohol

Según fuentes consultadas por este medio, JBM era un hombre atormentado tras su forzada prejubilación por motivos que la propia policía no ha querido explicar, pero que, según parece, podrían estar ligados con el abuso de alcohol. JBM, de cincuenta y cinco años, era natural de Cistierna (León), pero había desarrollado toda su carrera en Valladolid, llegando a ocupar el cargo de jefe del Grupo de Homicidios entre los años 1984 y 2006. Al parecer, sus problemas con el alcohol se habían incrementado en los últimos cuatro años, y ese podría haber sido el detonante que le habría llevado a cometer esta serie de atroces asesinatos.

Es todavía pronto para esclarecer los hechos, pero todo parece indicar que JBM, utilizando como cebo a Gabriel García Mateo, un drogodependiente con graves carencias afectivas, emprendió una carrera criminal con el macabro fin de demostrar su valía a aquellos que unos años antes habían provocado su salida del cuerpo.

Las muertes van mucho más allá de las estadísticas, pero sería muy extraño que en Valladolid, una ciudad cuya media anual de muertes por homicidio se mantiene entre tres y cuatro, se produjeran cuatro asesinatos en tan solo cuatro meses y que no estuvieran conectados entre sí. Confiemos en que la normalidad vuelva a nuestras calles lo antes posible, aunque lo que es seguro es que las familias y allegados de las víctimas tardarán mucho más en recuperarse.

Rosario Tejedor

Redactora jefe de Local

El Norte de Castilla

Nuevo Hospital Pío del Río Hortega

Barrio de las Delicias

Las bajas temperaturas y una perpetua niebla se habían adueñado de las calles desde primera hora de la mañana con la firme intención de aguantar unas cuantas horas más dominando la ciudad castellana. Era uno de esos días en Valladolid en los que sus habitantes se acordaban con añoranza de esas jornadas estivales en las que el calor dificultaba la respiración.

Hacía apenas una semana que el inspector Sancho había visitado a Mejía, y había podido comprobar que el hombre que había debajo de la máscara de oxígeno era solo una calcomanía dolorosa de lo que antes era el comisario. Había perdido peso y tenía la tez de color ceniza, lo cual resultaba una alegoría del motivo que le había llevado a vivir sus últimas horas postrado en esa cama. Antes de dejarles solos, Matilde le agarró por el brazo y le llevó con discreción hacia la puerta.

—Se nos puede ir en cualquier momento. Casi no puede respirar, y ya ni come —le informó la mujer atenazada por el miedo.

—Lo siento mucho —consiguió articular con voz resquebrajada y titubeante—. Lo único que podemos hacer es estar con él.

—No sabes cómo te lo agradezco. Todavía no me hago a la idea. No sé qué voy a hacer.

—Sal a respirar un poco. Yo estaré aquí hasta la hora de comer.

Aquel «gracias» condecorado de lágrimas con el que se despidió Matilde se prolongó en un suspiro que pareció no tener fin. Sancho trató de recomponerse antes de coger una silla y sentarse cerca de Mejía.

—¿Qué te ha dicho esa bruja? —susurró el comisario con dificultad.

—Te va a echar de menos, está sufriendo mucho.

—Lo sé. Siento hacerle pasar por el mal trago, espero que esto no dure mucho.

Sancho reprimió las ganas de cogerle la mano y la aflicción se adueñó de su rostro.

—Vamos a tratar de no ponernos muy melancólicos. Me cuesta mucho hablar, pero todavía escucho bien. Matesanz me ha puesto al día de los últimos acontecimientos, pero quiero saber tu versión.

Mejía sucumbió al esfuerzo cuando terminó las tres frases y se colocó de nuevo la mascarilla. Sancho cedió a su petición y le agarró con firmeza la mano durante la media hora larga en la que estuvo exponiéndole las conclusiones a las que había llegado y su decisión irrevocable de continuar adelante con la investigación.

—Estás peor que yo, inspector.

—Es posible, pero no puedo hacer otra cosa.

—Sí que puedes.

Al terminar cada frase, el comisario tenía que recurrir al oxígeno de la mascarilla.

—Seguramente tengas razón, pero no quiero mirar hacia otro lado.

—Eso es otra cosa, asume las consecuencias.

—Soy un tipo consecuente, ya me conoces.

—Precisamente eso, un tipo inconsciente, ya te conozco —bromeó intentando hacer una mueca de complicidad.

Cuando se aseguró de que se había dormido profundamente, dejó caer algunas lágrimas que eran fruto del desconsuelo y de la impotencia.

Por la tarde, le comunicaron oficialmente en comisaría que el peso de las pruebas encontradas era tan abrumador que no existía forma posible de no cerrar el caso. Sancho llamó a la juez Miralles directamente para no recibir información intoxicada y, tras más de una hora de conversación, el inspector dio por concluida la jornada. En cierto modo, se sentía aliviado. Tener un objetivo tan marcado simplificaba mucho las cosas.

Residencia de Augusto Ledesma

Barrio de Covaresa

Augusto no recordaba la última vez que había salido una Nochevieja, y ni siquiera estaba seguro de que esa no fuera la primera. Últimamente le pasaba con frecuencia: cuando echaba la vista atrás en busca de recuerdos y los encontraba, tenía la sensación de haberlos vivido en tercera persona. Sabía que había estado allí, pero no tenía la impresión de haber vivido ese momento. Era tan inquietante como reconfortante.

El taxi tardó en llegar a la puerta de casa, pero ni siquiera se irritó y se enorgulleció por ello. Había cenado solo, nada especial; después, se preparó una copa y se sentó a ver Blade Runner. Tenía cuidadosamente guardada la edición de coleccionista que había comprado en las Navidades de 2007, a la que ni siquiera le había quitado el plástico del maletín, similar al que llevaba el protagonista interpretado por Harrison Ford, Rick Deckard. Había visto esa película decenas de veces en sus años oscuros, pero esperaba el momento propicio para deleitarse con aquella joya remasterizada del celuloide. Había llegado el día. La escena en la que el replicante, Roy Batty —interpretado por Rutger Hauer—, pronunciaba una de las frases míticas en la antología del cine permanecía muy fresca en el congelador de su memoria: «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais, atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir».

La última noche del año se despedía siendo indulgente con la temperatura y, como hacía habitualmente, mandó parar al taxista en la plaza de Poniente para caminar el resto del camino hasta el bar. Todo parecía encajar a la perfección. La policía ya tenía a su culpable, y él, la fórmula que le permitiría sobrepasar la frontera de la supervivencia y disfrutar de su propia existencia gracias a la de otros. Había quedado con Violeta en el Zero y el hecho de que no le hubiera importado en absoluto que fuera acompañada con unos compañeros de la Escuela de Arte Dramático fue el detonante para comprender que, definitivamente, algo en él estaba cambiando. Se preguntaba si, por fin, habría vencido su inseguridad y sus temores.

Cuando llegó al Zero se podía ver poca gente, y Paco Devotion estaba tratando de calentar el ambiente con un tema de Methods of Mayhem, Metamorphosis. Hacía tiempo que Augusto no escuchaba esa canción y exteriorizó la coincidencia cantando antes de llamar la atención de Luis.

I’m a father to my son, yeah,

I’m a son to my father.

You cannot dismiss

I’m living proof of metamorphosis.

—¡Feliz año!

—¡Ese Augusto bueno! No podías fallarnos esta noche. ¡¡Feliz año!! —gritó Luis alargando el brazo para estrecharle la mano.

—Todavía se puede fumar en este garito, ¿verdad? —le preguntó con el purito ya encendido.

—En teoría no se puede, pero no creo que vengan a tocarnos las pelotas esta noche.

—Tal y como están las cosas, que vengan con prohibiciones para rematar a la hostelería. ¡Qué sinvergüenzas!

—Ya te digo, pero bueno… Ni te pregunto lo que vas a tomar.

—Procede.

—Por cierto, ¿qué te parece lo del poli ese?

Augusto se había mentalizado para poder charlar del tema sin inmutarse. En la ciudad no se hablaba de otra cosa y sabía que era cuestión de tiempo que el asunto, como tantos y tantos otros, acabara enterrado por las arenas del olvido.

—Una pasada. Perdona, voy a saludar a Paco.

Y se evadió en el estribillo.

I’m a father to my son, yeah,

I’m a son to my father.

You cannot dismiss

I’m living proof of metamorphosis.

Antes de que terminara de prepararle el gin-tonic, apareció Violeta de improviso y sin compañía para agarrarle la cara con ambas manos, ponerse de puntillas y plantarle un beso en la boca que le recorrió la columna como una mecha encendida para detonar en la nuca. Su cerebro interpretó aquella reacción como algo físico placentero y quiso repetirlo. De forma inconsciente, acudió a ese lugar en el que se refuerzan los vínculos afectivos en busca de algo que llevara la marca de Violeta.

Nada.

Augusto se alegró por ello.

Residencia de la familia de Sancho

Castrillo de la Guareña (Zamora)

El inspector cerró la puerta de la habitación de su madre con mucho cuidado de no hacer ningún ruido que la despertara a pesar de que, en esa casa, cada paso era un crujido. El fallecimiento de su padre había generado tanto espacio vacío que su madre solo recorría la ruta entre la cocina, el baño y su cama arrastrando las zapatillas como si remolcara el peso del firmamento. No hubo llantos ni lamentos durante la cena. Lo cierto es que no hubo más que un menú tradicional castellano, bastantes sobras y mucho silencio. Sancho asistió al crecimiento de nuevas arrugas en el rostro de su madre que, como algas en un acuario, ganaban milímetro a milímetro un territorio que hasta hacía pocas semanas se les había negado.

Cuando bajó al salón, tiró con desdén cuatro troncos en la chimenea para avivar un fuego que estaba recitando ya sus últimos crepitares y abrió la alacena en busca de algún licor que le hiciera compañía antes de irse a dormir. Detrás de muchas botellas de distinta alcurnia, pero todas de linajes distintos al whisky, se asomaba el estandarte inconfundible de Dyc. Esbozó algo parecido a una sonrisa cuando se acordó de los años en los que, entre él y sus amigos del colegio, consumían un porcentaje nada desdeñable de la producción segoviana. La última vez que estuvo con uno de ellos, Pipín seguía pidiendo su «dicola» en vaso de tubo y no hacía tanto tiempo de aquello, o quizá sí. Su amigo rechazaba cualquier otro recipiente que no fuera ese alegando que solo en el vaso de tubo se daban las condiciones de espacio requeridas para mezclar en su justa medida los líquidos, quedando la mayor parte de la cola en reserva; solo para recurrir a ella si era estrictamente necesario. Lo cierto es que él nunca le vio rellenarlo. También echaba mucho de menos oír protestar a Fonfo, el Abuelo, arremetiendo contra todo lo socialmente establecido, o las conversaciones con Esteban sobre temas trascendentales. Incluso, añoraba poder ver el clásico de fútbol con Dionisio, fanático de la religión culé que sostenía que Dios había nacido en la Masía y que a veces se encarnaba en Guardiola y otras en Puyol, Xavi o Iniesta, pero que siempre se manifestaba a través de Messi.

Allí estaba la botella, como la supuesta creatividad de un escritor, a la espera de ser destapada. Se sentó cerca del fuego, en el mismo sofá en el que su padre pasaba las horas muertas dando de comer a las llamas. Ensimismado en los latigazos amarillos, rojos y anaranjados, le dio el primer sorbo al dicola pensando en que sería buena idea llamar un día de estos a sus colegas.

Un día de estos.

Zero Café

Zona centro

El Zero estaba bastante animado a las seis de la mañana, pero todavía podían verse espacios libres. Augusto ni siquiera había tenido que recurrir a la bolsita de coca que dormía en el interior de su cazadora. No le hacía falta, se había pasado la última hora bailando en un espacio que había hecho suyo cerca de la entrada, parando solo para avituallarse de Violeta y de alcohol, no necesariamente en ese orden ni en la misma proporción. Paco había entrado en un bloque de canciones melosas, de esas que incitan a arrimarse a alguien. Tras Undisclosed Desires, de Muse, empezaron a sonar los primeros acordes eléctricos de la guitarra de Toro, de El Columpio Asesino. Buscó a Violeta con la mirada. Le fascinaba ese riff de guitarra que moría en fa sostenido menor y que era la base de aquella canción; parecía sacado de la banda sonora de cualquier película de Tarantino.

Vamos, niña, ven conmigo,

vamos hoy a divertirnos.

Yo te pintaré un bigote,

necesito un buen azote.

Violeta aceptó la invitación y se acercó sincronizando cada paso que daba con el ritmo de la música. Forzando una mirada naturalmente lujuriosa, se situó frente a Augusto cantando su parte:

Maraca loca, piano ardiente,

nunca fuimos delincuentes,

gafas negras en la noche,

vamos, niño, sube al coche.

Bailaban juntos, pero cada uno se movía de forma independiente. Augusto tenía los ojos cerrados y se movía despacio, con los hombros ligeramente caídos. Giraba sobre sí mismo de forma sorprendentemente coordinada, habida cuenta de los gramos de alcohol que ya navegaban por su torrente sanguíneo. Violeta era todo sensualidad, lo cual no pasó desapercibido para el público masculino del Zero, que observaba la escena embelesado.

Con amigos y extraños

coincidimos en los baños,

siempre te gustaron largas,

amarga baja, amarga baja.

Ni valiente ni inconsciente

es la marca en nuestra frente,

amantes en un precipicio,

no me vengas con que es vicio,

no me vengas con que es vicio,

no me vengas con que es vicio.

Subimos hasta el cielo,

caímos hasta el fondo,

lo apostamos siempre todo

bailando, danzando entre los muertos

al son de los cascabeles.

Mataderos de uralita rodean la ciudad,

no caímos en la trampa,

hemos visto la cocina y vuestros hornos,

no nos gusta cómo huelen.

Alternando las estrofas según correspondieran a la voz masculina o femenina, Augusto y Violeta coincidieron en señalarse con el dedo cuando llegó la última parte de la canción.

Te voy a hacer bailar toda la noche,

nos vamos a Berlín, no quiero reproches,

carretera y speed toda la noche.

Te voy a hacer bailar toda la noche,

nos vamos a Berlín, no quiero reproches,

carretera y speed toda la noche, toda la noche.

Ya en el epílogo instrumental, juntaron sus cuerpos y se dejaron llevar.

Los primeros rayos de luz del nuevo año entraron con inusitada fuerza a través de la ventana de la casa de Violeta. Todavía no se habían dormido, aunque llevaban disfrutando de la cama más de una hora. Ella cerró los ojos sin sueño y Augusto aprovechó para mirarla durante unos minutos mientras volvía a rebuscar en su interior, escudriñando de forma pormenorizada cada rincón, cada recoveco y cada escondrijo. Solo consiguió encontrarse a sí mismo, ni rastro de Violeta ni de nadie más que no fuese él.

Nada.

Nadie.

Augusto se alegró por ello justo antes de caer traspuesto.

Violeta abrió los ojos.