Epílogo
BELLA estaba en la casa en la que una vez había vivido con su madre y que desde ese momento era suya. Luka la había puesto a su nombre para reparar el daño que había hecho su padre.
Estaba exactamente igual que cuando se marchó, como la casa de Paulo y otras propiedades, que nadie había tocado desde la muerte de Malvolio.
—El vestido es maravillo —dijo Sophie—. Aunque te van a odiar todos los diseñadores de calzado.
Con un discreto escote en pico, estaba hecho con el más delicado encaje siciliano y se ajustaba a su esbelta figura. Dado lo intrincado de la tela, Bella había decidido que no le hacía falta nada más.
Ni maquillaje, ni perfume, ni zapatos, solo el vestido de encaje de Sicilia, flores del jardín de su madre y la sonrisa de Sophie.
Por la tarde fueron al cementerio para visitar la tumba de su madre, que ya contaba con la lápida que le había prometido.
Muchos vecinos dejaban flores y ella sonreía al recordar que la mitad de los hombres del pueblo habían sido sus amantes.
Rosas entre las espinas.
—Estoy feliz, mamá —murmuró—. Matteo es un hombre maravilloso y pronto empezaremos una nueva vida en Londres.
Y en Roma. O tal vez en Dubái.
Su negocio empezaba a crecer, en Europa y fuera de ella, y con las impresionantes inversiones de Matteo, dónde vivieran no era importante.
—La prensa ya no me da miedo —dijo Bella, haciéndose la valiente.
Una revista había publicado un artículo sobre el pasado menesteroso de Bella Gatti, que era hija de madre soltera. Se le había encogido el estómago al leerlo, pero estaba orgullosa de su madre y eso era lo único importante.
Dejó sobre la lápida unas cuantas flores del ramo de novia y luego volvió al coche que las llevó al mirador. A partir de ahí fueron a pie por un camino que solo conocía la gente del pueblo. Podía sentir el musgo bajo los pies descalzos y sonrió al ver los árboles adornados con lucecitas para señalar el camino. Y entonces, como si de un oasis se tratase, llegaron a su destino: los antiguos baños árabes que tanto amaba.
Los árboles y las columnas también estaban adornados con lucecitas y todo el pueblo esperaba la llegada de la novia. Los antiguos baños estaban llenos de vida otra vez.
Luka, el padrino, estaba al lado de Matteo, más apuesto que nunca con un traje oscuro y una corbata del mismo verde musgo que sus ojos. No había padrino para ella, pero no le hacía falta porque corrió, más que dispuesta, a su lado.
—Pareces como salida de un sueño —murmuró Matteo.
Siempre estaba en los suyos.
Mientras hacían las promesas de matrimonio, antes de poner la alianza en su dedo, Matteo levantó su mano para besarla tiernamente y ella hizo lo mismo.
Solo ellos sabían lo que significaba.
Perdonaban el pasado mientras abrazaban el futuro. Habían tenido tanto en contra y, sin embargo, el amor había ganado.
Fue una fiesta maravillosa en el sitio más bonito del mundo, y mientras bailaba con Matteo a la luz de la luna, sabiendo que por fin estaban juntos, Bella se sentía la persona más afortunada del mundo y así se lo dijo.
—La segunda más afortunada —respondió él.
Cuando llegó el momento de las despedidas, Bella abrazó a su amiga.
—Es hora de ser feliz —susurró Sophie.
—Para ti también.
En unos días estarían de nuevo sentadas en su playa secreta y se lo contarían todo, como habían hecho desde pequeñas.
Pero esa noche era solo para Matteo y para ella.
Nadie entendía por qué con helicópteros y aviones a su disposición, Matteo había insistido en pasar la noche de bodas en el hotel Brezza Oceana. Y, desde luego, los empleados no entendían por qué Matteo Santini no había pedido la mejor suite y, además, había encargado una botella de vino barato en lugar de una botella de champán francés.
En esa ocasión, Bella entró en la habitación riendo, feliz. Matteo abrió las ventanas antes de poner música y bailaron como lo habían hecho cinco años antes.
—Tengo un regalo para ti —Bella tomó el bolso y sacó una prueba de embarazo—. Se me olvidó una cosa cuando fui a tu habitación la última vez.
Matteo miró la barrita durante largo rato y luego la miró a ella.
—Y yo me alegro mucho de que así fuera.
—¿Sorprendido?
—No, feliz. Jamás pensé que tendría una familia… —empezó a decir. Y, de repente, tenía una esposa y la noticia de que iba a ser padre—. Descalza y embarazada —bromeó, mirando sus pies desnudos—. Necesitas un baño.
—Es verdad.
—Voy a llenar la bañera mientras tú abres tu regalo.
Había un sobre encima de la cama y, mientras Matteo preparaba el baño, Bella lo abrió y leyó la nota que había en el interior.
Se quedó sentada en la cama durante lo que le parecieron horas, mirando por la ventana y preguntándose cómo podía ser tan afortunada y feliz, tan profundamente enamorada y, sobre todo, amada.
Cuando Matteo la llamó entró en el baño y lo miró con cara de sorpresa.
—¿Has comprado este hotel?
—Hemos comprado este hotel, tú y yo —la corrigió él—. No es parte del negocio que tengo con Luka.
—¿Pero por qué?
—Los momentos más felices de mi vida los pasé aquí, contigo. Con una reforma y una gerencia mejor podríamos convertir este hotel en una joya. La gente se alegrará porque así habrá menos turistas, pero más ricos y… la gente de Bordo del Cielo cuidará de ti, estoy seguro.
Que fuese tan considerado la emocionó.
—Nuestro hijo nacerá aquí.
—Y crecerá aquí. Aunque con tu trabajo y el mío tendremos que viajar mucho, he pensado que estaría bien tener nuestra casa en Bordo del Cielo.
Era más que bonito, pensó Bella. La había llevado de vuelta a casa.
En aquella ocasión era Matteo quien estaba en el baño mientras ella se desnudaba. Se deshizo del vestido, el sujetador y las bragas mientras Matteo la miraba. Sin zapatos, ni medias, ni liguero, se quedó desnuda ante él solo con una sonrisa.
—Todos los novios del mundo van a agradecer tus diseños.
—Le diré a las novias que tienen que pensar en quitarse el vestido, no solo en ponérselo.
Estaba temblando cuando se reunió con él en la bañera. Estar allí con Matteo, como su mujer, era la perfecta noche de bodas para Bella.
Los recuerdos los envolvían tanto como el vapor del baño; recuerdos sensuales de cinco años atrás y del tiempo que estaba por llegar.
Bella enredó las piernas en su cintura y Matteo la sujetó mientras, mirándola a los ojos, la tomaba por primera vez ya como su esposa.
Fue un encuentro dulce, profundo y mucho más intenso que nunca.
Bella recordaba el anhelo que habían sentido en Roma, tumbados en la hierba, a cierta distancia el uno del otro mientras se hacían el amor con los ojos.
Matteo sonrió al recordar cuando le tiró el cubo de agua fría en el hotel Fiscella.
Le dolían los hombros, pero Bella no quería moverse para no dejar de mirarlo a los ojos.
—Te querré para siempre —susurró Matteo.
Y ella se inclinó hacia delante para apoyar la cabeza en su hombro mientras empezaba a sentir el cosquilleo del orgasmo.
El agua de la bañera apenas se movió cuando bajo el agua tenía lugar una tormenta de profundo placer.
Matteo echó la cabeza hacia atrás para mirarla.
—Ven a la cama conmigo esta noche y sé mi amante durante el resto de nuestras vidas.
Como había hecho cinco años antes, la llevó en brazos a la cama. En aquella ocasión las ventanas estaban abiertas y el sonido del mar parecía anunciar su amor.
Sí, era una vista para morir o para matar por ella.