Capítulo 8

 

LIBBY sabía que la vista desde el helicóptero sería impresionante, pero tuvo que contener el aliento mientras se elevaba en el cielo. Era vertiginoso y muy inquietante. Los edificios se hacían más pequeños, pero, por un instante, le pareció que el suelo ascendía hacia ellos. Entonces, el helicóptero giró un poco, su estómago fue detrás y se dio cuenta de que, probablemente, no estaba preparada para montar en un helicóptero. Tragó la saliva que le quedaba, tomó aire y cerró los ojos aterrada de que pudiese vomitar, pero Daniil puso una mano encima de la de ella y, cuando volvió a abrirlos, comprobó que el suelo estaba otra vez donde tenía que estar. Las casas eran diminutas y el paisaje empezaba a ser de un verde precioso mientras se dirigían hacia Oxford. Miró a Daniil y él le dijo con los labios que no le pasaría nada. Ella asintió con la cabeza, pero ¿no le pasaría nada? Intentaba asimilar todo lo que le había contado Daniil. Intentó imaginarse lo que habría sido llegar allí sin saber nada de ese país y sin saber el idioma. Intentó entender lo que habría sentido cuando lo mandaron como una especie de sustituto de un hijo fallecido. Por muchos defectos que hubiese tenido la familia de ella, por muchos problemas que hubiesen tenido, nunca se había puesto en duda el amor que sentían los unos por los otros.

Libby oyó por los auriculares que el piloto anunciaba la inminente llegada y vio que Daniil miraba por la ventanilla la extensión de terreno que rodeaba su casa. Tenía una expresión indescifrable y hacía mucho tiempo que había olvidado su mano. Bajó un poco la mirada y vio que tenía los puños apretados. Estaba tan encerrado en sí mismo que era como si ella no estuviese allí.

Daniil no podía asimilar de verdad que ella estuviese con él. Hasta ese momento, siempre había hecho ese viaje solo. Bueno, sus padres habían estado con él en el coche cuando vio su casa por primera vez, pero entonces eran unos desconocidos… y seguían siéndolo. Nunca se había planteado llevar una acompañante a las celebraciones familiares, ni a las bodas de sus primos. Durante la adolescencia y durante los años de universidad, jamás se le ocurrió llevar a alguien a la casa familiar. La sensación de vértigo que tenía no se debía a que el helicóptero estuviese planeando antes de aterrizar. Miró la mansión de ladrillo rojo y el césped impecable que podrían ser suyos. No, gracias. Nunca, ni una sola vez, había querido estar allí. Estuvo casi tentado de pedirle al piloto que los devolviera a Londres, lo pensó muy en serio, pero, justo en ese momento, notó que Libby le tomaba la mano, que ella también había percibido su nerviosismo y quería tranquilizarlo. Miró sus sonrientes ojos azules que le indicaban que ella estaba allí y que todo habría terminado al cabo de unas horas, que habría cumplido con su deber. Esa vez, fue él quien asintió con la cabeza para darle las gracias.

Bajaron del helicóptero y la hierba era tan mullida que ella deseó haberlo previsto y haberse puesto unos zapatos planos porque se le clavaban los tacones con cada paso que daban, hasta que tiró la toalla y se quitó los zapatos.

–La próxima vez…

–No habrá una próxima vez –la interrumpió Daniil inmediatamente.

Ella intentó decirse que se refería a que nunca volverían a la casa de sus padres, pero, aun así, el comentario le hacía daño. Daniil podía decir las cosas de una manera tan brusca que ella nunca acababa de saber cómo se aplicaban a ella, o si siquiera lo hacían.

No le tomó la mano mientras subían las escaleras de piedra, y sabía que ella se lo había tomado como una ofensa, pero estaba tan tenso que, si se la hubiese tomado, podría haberle roto los dedos. Todo lo que había allí lo alteraba, desde los leones de piedra de la entrada hasta la fuente.

Vio una cara conocida que le sonreía levemente. Marcus, el anciano mayordomo que había estado con la familia desde antes de que sus padres se casaran, abrió la puerta.

–Me alegro de verlo por aquí, señor.

–Yo…

Él no podía decir que se alegrara de estar allí, pero decidió mantener su parte del trato.

–Yo también me alegro de volver a verte, Marcus.

–Llevaré su equipaje a su habitación –añadió Marcus.

–Preferiría… –empezó a decir Daniil con un nudo en el estómago.

–Naturalmente, dejaré que usted y su acompañante lo deshagan.

Daniil le dio las gracias con la cabeza y agradeció que hubiese una persona que, después de tantos años, hiciese caso a sus insistentes peticiones de que no tocasen sus cosas.

El vestíbulo era tan hostil como lo había sido la primera vez que lo pisó. A los doce años estaba acostumbrado a estar rodeado de muchas personas y muy pocos muebles. Nunca olvidaría la primera vez que vio ese espacio imponente con las paredes cubiertas de tapices y retratos y con la deprimente escalera jacobina. Lo más desconcertante de todo fue que hubiese tan pocas personas.

–¡Daniel!

Libby se dio la vuelta cuando oyó el nombre equivocado y vio que se acercaba una mujer baja, con el pelo encrespado, unos fríos ojos azules y aspecto de estar muy atareada. Llevaba un vestido rojo que no entonaba con la piel congestionada.

–¡Por fin!

Libby la observó mientras la mujer esbozaba una sonrisa forzada y entonces apareció un hombre alto, con barba y con un vaso en la mano.

–Os presento a Libby –dijo Daniil–. Libby, te presento a mi madre, Katherine, y a mi padre, Richard.

–Encantada de conocerlos.

Libby sonrió de oreja a oreja y nadie, ni siquiera Daniil, podría haber adivinado lo bien que estaba actuando porque, a juzgar por todo lo que él le había contado de ellos, no tenía ningún motivo para sonreír. Katherine la miró de arriba abajo y de abajo arriba y ella se sintió como si estuviese comprobando si tenía piojos.

–¿Libby…? –Katherine frunció el ceño–. ¿El diminutivo de…?

–Elizabeth.

Ella volvió a sonreír e intentó darles conversación cuando se limitaron a mirarla fijamente.

–El viaje en helicóptero ha sido maravilloso. Su casa es preciosa desde el cielo.

Daniil observó que su madre hacía un esfuerzo para no recular por la calidez de Libby mientras seguía con sus comentarios. Ella sonreía cuando él era incapaz y llenaba ese tenso silencio que se producía cuando sus padres y él estaban juntos.

–Aunque, claro, debería haberme puesto unos zapatos planos. Podría encontrar el camino en la oscuridad siguiendo los agujeros del césped…

–Sí, bueno, los invitados están llegando –la interrumpió Katherine–. Daniel, ¿por qué no acompañas a Elizabeth a que se arregle? Pero no tardéis. Ya nos has hecho esperar bastante –se oyó una campanilla y Katherine miró alrededor–. ¿Puede saberse dónde está Marcus?

–Está subiendo nuestro equipaje –contestó Daniil.

–Pues ya lleva una semana –Katherine resopló al darse cuenta de que tendría que recibir a los invitados–. No entiendo por qué le ofrecí que se quedara después de la edad de jubilación. Venga, vosotros arreglaos un poco.

Antes de llegar a la escalera, Libby pensó que era una mujer atroz, que su padre solo la llamaba Elizabeth cuando estaba riñéndola. Ya estaban subiendo la imponente escalera, mientras Marcus la bajaba cojeando, y ella se quedó rígida cuando giraron y vio una foto enorme. Allí, con la familia, estaba Daniil de joven y se le partió el corazón al mirarla. Llevaba el uniforme de un colegio privado, tenía una mirada hostil y parecía como si el esfuerzo que estaba haciendo para sonreír a la cámara fuese a matarlo. Daniil ni siquiera la miró.

–Daniel… –los dos se dieron la vuelta y allí estaba Katherine, que a Libby le recordó a un fox terrier con ese pelo encrespado y ese cuerpo macizo–. Charlotte acaba de llegar.

–¿Y…?

–Nada, solo te lo comunico.

Él no dijo nada y siguió andando, pero Katherine no se dio por satisfecha.

–Vas a pronunciar un discurso.

–Efectivamente.

–Sería preferible que lo revisara…

–No hace falta –replicó él.

Su madre los siguió por las escaleras y Libby pensó que también tenía la tenacidad de un fox terrier.

–Claro que hace falta –insistió Katherine–. Daniel, los invitados de esta noche… bueno, son muy importantes y…

–Entonces, será mejor que vuelvas con ellos –la interrumpió Daniil antes de agarrar a Libby de un brazo y llevarla por un pasillo.

Katherine se dio por vencida por fin y volvió a bajar las escaleras.

Tupa shmara –murmuró Daniil mientras se cerraba la puerta del dormitorio.

–Doy por supuesto que acabas de decir algo muy malsonante –comentó ella.

–Nada más que la verdad –respondió él mientras miraba alrededor.

El equipaje seguía cerrado y Daniil se lo agradeció a Marcus. Para la mayoría, sería un espacio acogedor. El cuarto era espacioso, las paredes, con revestimientos de madera de color crema, contrastaban con el suelo y la puerta oscuros. Las ventanas tenían unas vistas magníficas de la finca y los muebles, aunque antiguos, tenían detalles modernos. Él recordaba haber estado tumbado en la amplia cama viendo la televisión sin entender casi nada de lo que decían.

–Es preciosa –comentó Libby mirando las molduras del techo.

–Si te gustan los museos –replicó Daniil encogiéndose de hombros.

Ella miró las fotos que había en la repisa de la chimenea. Una era de Daniil con una raqueta de tenis y la otra de él, con el ceño fruncido, montado en un caballo.

–Yo era una mala imitación de Daniel.

–Él habría sido una mala imitación tuya. Estoy segura de que, si esta noche me metiera en la cocina del restaurante de mi hermana, los comensales se sentirían defraudados. Sería como pedirle que fuese mi suplente, ¡inimaginable! Y eso que tenemos los mismos genes.

Se acercó y le rodeó el cuello con los brazos mientras él seguía mirando el cuarto que tanto odiaba.

–¿Has traído a muchas chicas? –le preguntó ella.

–Nunca traje a nadie aquí.

–Hasta ahora.

Vio que él cerraba los ojos, pero se resistió a que la dejara al margen y se estiró para alcanzar su boca, pero él se apartó.

–Libby…

Ella casi podía ver las señales de «prohibido el paso» que él había sacado, pero pasaría por su cuenta y riesgo porque allí estaba su corazón. Tenía las mandíbulas como el mármol, los labios como el hielo y levantó una mano para quitarle el brazo del cuello, pero ella no le hizo caso y besó esos labios que anhelaba. Estaba tenso y remiso. Aun así, ella no se inmutó y entonces, justo en ese momento, fue como si hubiese forzado una caja fuerte porque notó que él cedía a su boca, que la estrechaba contra sí y que dejaba que profundizara el beso. Efectivamente, no tenía su número de teléfono, pero ya conocía su boca, cómo dirigía él el beso y la sensación de que ni nada ni nadie podía afectarlos. Sus manos eran como el capullo de un gusano de seda que los envolvía.

–Aquí, no –dijo él.

Sin embargo, estaba levantándole el dobladillo del vestido y estrechándola contra él.

–Aquí, sí…

Ella le soltó el cuello, bajó la mano y le acarició la turgente protuberancia. Allí, sí, pensó Daniil.

Estarían en el dormitorio de esa casa, pero esa vez se sentía distinto y, además, ya la besaba apasionadamente y la llevaba a la cama. Entonces, de repente, llamaron a la puerta y se abrió sin que esperaran una respuesta. Ella entendió por qué él no soportaba que llamaran a la puerta. No significaba nada porque su padre había entrado sin que nadie lo hubiese invitado. Abochornada, se apartó de un salto y agradeció que Daniil le tomara una mano mientras se alisaba el vestido con la otra.

Se’ bis –dijo Daniil.

Se’ bis –repitió su padre.

Ella, aunque ruborizada, frunció el ceño por la leve sonrisa jactanciosa de Daniil ante la reacción de su padre.

–Acabo de hablar con tu madre sobre tu discurso –añadió Richard.

Daniil la soltó y se quedó sin aliento, abochornada y muy, muy enfadada por la intromisión, pero intentó no demostrarlo mientras Richard seguía hablando.

–He pensado que podía echarle una ojeada.

–No hace ninguna falta.

–Solo quiero comprobar que has tocado todos los puntos básicos –insistió su padre.

–Los he tocado.

–Tu madre está preocupada, Daniel. Está sometida a mucha tensión por esta noche y no se siente bien.

Richard se llevó una mano al pecho y ella pensó que solo era un gesto para provocar una reacción.

–Si siente opresión en el pecho, llamad a una ambulancia –la reacción de Daniil fue serena y comedida, al contrario que la de Richard, que cerró los puños–. Además, no puedes ver nada, tengo el discurso aquí –Daniil se llevó un dedo a la cabeza–. Ahora, si no te importa, a Libby y a mí nos gustaría arreglarnos. Bajaremos enseguida.

–Muy bien –Richard se dirigió hacia la puerta, pero se dio la vuelta y Libby pensó que, evidentemente, tenía que decir la última palabra–. Sin embargo, Daniel, cuando bajes, ¿te importaría dejar a un lado el acento?

No volvieron a besarse. Ella se maquilló un poco mientras intentaba darle sentido a lo que acababa de oír. No era solo el acento. La voz de Daniil era una de las muchas cosas hermosas que tenía y la idea de que se la censuraran hacía que le diesen ganas de llorar, algo muy inoportuno cuando estaba intentando pintarse la raya del ojo. Se quedó sin saber qué decir… de momento.

Tupa shmara –murmuró Libby.

–No está mal –comentó él con una sonrisa–, pero con el género equivocado.

–Bueno, si vas a enseñarme ruso, ¿qué significa se’ bis? –preguntó ella al acordarse de la sonrisa de Daniil cuando saludó a su padre.

Él se rio al darse cuenta de que era mucho más perspicaz que la mayoría.

–Significa «lárgate» –contestó Daniil–. Ellos siempre dieron por supuesto que lo decía como un saludo cuando entraban en mi cuarto y enseguida empezaron a decírmelo a mí. Obtenía las victorias de donde podía.

–Ya… Puedes llevarte al chico de Rusia…

Aunque sonrieron, lo hicieron con tristeza porque, como se dio cuenta ella, eso era exactamente lo que habían hecho sus padres. No solo se lo habían llevado de su casa, también habían intentado borrarle el pasado.

–Tus viajes en ambulancia… –añadió Libby.

–Sí. Sentía una opresión en el pecho, se desmayaba o le pasaba cualquier cosa siempre que no se salía con la suya. Naturalmente, siempre era culpa mía, pero cuando tenía catorce años recibí clases de primeros auxilios y urgencias y la siguiente vez que se desmayó llamé a una ambulancia…

–¿Y…?

–Lo hice siempre que se daba esa situación, una y otra vez…

Libby miró esos gélidos ojos grises y pudo imaginárselo imperturbable en medio del caos, pero eso no la inquietó. Conocía, o creía conocer, el cariño que se ocultaba detrás de esa mirada.

–No se me puede manipular, Libby. Las lágrimas no me conmueven, y el teatro tampoco.

–¿Qué te conmueve entonces?

–Nada.

Había una advertencia implícita, pero esa vez no iba a hacerle caso porque no lo creía.

–Acabemos con esto –añadió él dirigiéndose hacia las escaleras.

Era un festejo muy difícil de sobrellevar. Aunque no para todo el mundo. Al fin y al cabo, Lindsey se había ocupado de que todo fuese como la seda. El suntuoso salón resplandecía por las lámparas de techo y por las enormes velas rojas que había alrededor de la habitación. El ambiente olía a las rosas rojas que había en cada mesa y que, como le explicaba Katherine a quien quisiera escucharla, había cultivado su jardinero para la ocasión. El servicio de catering era fantástico, la banda de música era impresionante… todo era espléndido.

–Tu padre lo ha hecho muy bien –comentó Daniil mientras rechazaba una bebida.

Efectivamente, todo era perfecto, hasta Daniel Thomas, el hijo díscolo, se comportaba ejemplarmente y charlaba con la familia y los amigos con una voz muy bien modulada. Libby pensó que se perdían mucha conversación cuando tenía que pensar lo que iba a decir solo para apaciguarlos, pero, claro, a ellos solo les importaban las apariencias y no querían conocer a Daniil, él solo era un sustituto del hijo muerto de los Thomas.

–Daniel…

Libby dio un respingo cuando una morena resplandeciente se acercó. Le resplandecía desde el pelo hasta las mejillas ruborizadas.

–Cuánto tiempo sin verte.

–Libby… –Daniil esbozó una sonrisa tensa– te presento a Charlotte Stephenson. Íbamos juntos al colegio. Su padre era el director.

–Sigue siéndolo –le explicó Charlotte señalando al fondo del salón–. Está allí, deberías saludarlo.

–¿Desde cuándo hago lo que debería?

Libby observó a Charlotte, que se dio media vuelta y se alejó, y esperó a que Daniil le explicara qué lugar ocupaba en su pasado, pero él se sentía más cómodo sin decir nada y dejando que su imaginación calenturienta atara cabos. Naturalmente, habían sido amantes.

Entonces, todo el mundo dejó de hacer lo que estaba haciendo para atender a los maravillosos discursos. Libby sintió un nudo en la garganta cuando Daniil salió a la palestra. No rebuscó el discurso en el bolsillo ni iba a esconderse detrás de unas notas. Aparentemente, iba a improvisar, pero ella estaba segura de que le había dedicado muchas horas a ensayar para poder pronunciar el discurso de una forma que pareciera espontánea. Miró a Katherine, quien estaba de pie con los ojos casi fuera de las órbitas y un brillo de sudor en el labio superior. Richard también estaba tenso y dio un sorbo de su bebida antes de ponerse rígido, como si se preparara para una mala noticia. Miró a Daniil y se preguntó si estaría a punto de vengarse por casi dos décadas de menosprecios. Él lo había pensado…

Por primera vez en su vida, tenía el protagonismo pleno de la familia. Miró a sus padres y captó la tensa advertencia de sus ojos. Miró a su primo George, quien sonreía levemente con curiosidad y cierta ilusión. No en vano, si daba rienda suelta a su rencor, a él le vendría muy bien. Sin embargo, pensó que no había necesidad de decir la verdad, que allí no había nadie a quien quisiera lo bastante como para explicársela. Entonces, se encontró con la mirada de Libby y pensó que pronto tendría que corregir lo que acababa de pensar. Por el momento, aceptó su sonrisa tensa y la mirada que le indicaba que le parecería bien cualquier cosa que dijera. Era un alivio sentir que alguien lo aceptaba hiciera lo que hiciese.

De entrada, y en un inglés impecable, dio las gracias a todos los invitados por haber asistido, sobre todo, a los que habían viajado desde lejos. Luego, se dirigió a sus padres.

–Naturalmente, a quien más agradecido estoy es a las personas que nos han convocado esta noche.

Libby pudo oír que todo el mundo soltaba el aire y vio que Katherine y Richard se relajaban visiblemente. Una breve ovación interrumpió el discurso de Daniil y ella se sintió avergonzada, furiosa por haber participado en que él pasase por ese infierno.

Él habló del matrimonio de sus padres, de todos sus logros, que habían sido muchos, y de las obras de beneficencia que respaldaban. Entonces, ella vio que los hombros de Katherine se ponían rígidos cuando Daniil sacó a relucir el asunto más espinoso.

–Como todos sabréis, hace veinte años mis padres sufrieron la devastadora pérdida de su único hijo. Quedaron desolados durante dos años, pero entonces, al ser lo generosos que son, se dieron cuenta de que todavía podían ofrecer mucho amor.

Ella quiso levantarse y dar unas palmadas para reclamar la atención de todo el mundo y decirles que no era verdad, que no querían sobrellevar la pérdida de su hijo y que se limitaron a hacer todo lo posible para conseguir otro. Sin embargo, se quedó escuchando lo que decía él.

–Como la mayoría de vosotros sabréis, dos años después de esa pérdida insufrible mis padres me trajeron a su familia. Yo tenía doce años y… –Daniil esbozó una sonrisa sombría– y era muy complicado. Aun así, ellos me abrieron su hogar y me brindaron unas oportunidades con las que jamás habría podido soñar.

Habló del colegio al que lo mandaron, donde Richard estaba en el consejo de administración.

–Veo que el doctor Stephenson está aquí esta noche –Daniil hizo un gesto con la cabeza al que había sido director de su colegio–. Usted tenía razón. Yo no tenía ni idea de lo afortunado que era.

Daniil tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que el resentimiento no se reflejara en sus ojos mientras miraba al hombre que había ejercido su poder sin la más mínima compasión para encauzarlo por el camino que él quería.

Libby notó la tensión que le atenazaba todo el cuerpo. Seguramente, era la única persona que estaba leyendo entre líneas, porque el doctor Stephenson estaba sonriendo como si se lo estuviese agradeciendo de verdad.

–Sé que nunca habría podido llegar a donde estoy ahora sin el apoyo y el estímulo incondicional de mis padres.

Los allí presentes sabían que, económicamente, Daniil estaba muy por encima de todos ellos y, cuando él les concedió el mérito a sus padres, aplaudieron entre exclamaciones de admiración, hasta que Katherine, con una sonrisa angelical, levantó una mano como si quisiera indicar que no se merecía el aplauso. Y no se lo merecía, pensó Libby con rabia. Daniil, sin embargo, lo pasó por alto y tomó prestado el argumento que había empleado ella el día que se conocieron, y que había cuestionado en su momento. Comentó que cuarenta años de matrimonio era todo un logro, les deseó lo mejor para el futuro y dijo que su matrimonio era un ejemplo que él solo podía aspirar a emular.

Todo el mundo levantó sus copas, pero ella se retrasó unos segundos. El carísimo champán francés le dejó un regusto amargo cuando Richard, por primera vez en su vida, hizo un gesto de aprobación a su hijo.

Daniil, al final, había pasado por el aro y, mientras volvía con Libby, pensó que había vendido su alma, pero lo había hecho por un motivo.