Capítulo 5

 

DANIIL miró el teléfono. Había tomado una decisión por fin… casi. Estaba decantándose por acudir a la fiesta de sus padres, que se celebraba el fin de semana siguiente, pero la insistente presión de Lindsey Tennent no había tenido nada que ver con el cambio de opinión. Ese día había llamado dos veces a recepción con nombres distintos y una de las llamadas había llegado hasta Cindy, pero lo había descubierto enseguida.

Volvió a leer la invitación: Para Daniel Thomas. Recuperar su propio nombre había sido la gota que había colmado el vaso para que sus padres lo desheredaran. Se lo habían tomado como una afrenta personal y le habían dicho que no solo los había abochornado, sino que además había sido como una bofetada en la cara a todo lo que habían hecho por él. Se habían negado a escuchar sus razonamientos, pero había sido un alivio que le dijeran que no querían saber nada más de él.

En realidad, le había parecido bien.

Las visitas que les hacía en Navidad y los cumpleaños eran fastidiosas para todos, en el mejor de los casos. Podía notar la tensión desde que llegaba y todo el mundo dejaba escapar un suspiro de alivio cuando la visita de compromiso terminaba, hasta la siguiente vez.

No, no había cambiado de opinión por una deuda moral. Tenía que hacer una pregunta a sus padres y quería una respuesta sincera. Quizá no se la diesen, pero, si se la hacía a la cara, podría saber si estaban mintiendo. Quería saber si habían mandado las cartas que le había escrito a Roman. Estaba seguro de que no las habían mandado, pero no se dio cuenta hasta mucho después de haberlas escrito. Al principio, había creído a sus padres cuando le decían que el correo era muy lento. También, cuando seguía sin recibir cartas, habían dado a entender que su hermano podía seguir enfadado, y señalaban la cicatriz de la mejilla. Eso no tenía sentido porque él ya estaba seguro de que Roman había peleado para intentar obligarle a que dejara el orfanato. Entonces, cuando se marchó de casa para ir a la universidad, pensó que sus padres podrían haberle mentido y no haber mandado las cartas. Naturalmente, Roman ya había dejado el orfanato hacía mucho tiempo, aunque nadie había sabido decirle a dónde había ido. Él sintió como si le faltara una parte de sí mismo, una parte vital; su identidad.

Había vuelto varias veces a Rusia, pero siempre en balde. Iba a ir otra vez, después del aniversario, para intentar descubrir lo que había pasado con su gemelo. Le echaba mucho de menos y a Roman tenía que pasarle lo mismo. Sabía que lo buscaría durante el resto de su vida.

Efectivamente, había decidido que iría a la fiesta y que pronunciaría un discurso, solo para tener la ocasión de saber la verdad, pero el interfono sonó cuando iba a tomar el teléfono y oyó la voz resignada de la recepcionista.

–Una tal señorita Tennent está en recepción y pide verlo. Se le ha explicado que no tiene cita, pero insiste en que le pidamos diez minutos de su tiempo.

Daniil soltó un ligero improperio. Libby estaba allí. Lindsey estaba mandando la artillería pesada otra vez. Aunque no podía decirse que Libby fuese artillería pesada.

–Le concedo cinco minutos.

–Ah…

Evidentemente, Cindy había esperado que se negara, como siempre, pero llevaba una semana esperando a que Libby se pusiera en contacto con él para preguntarle si había reconsiderado su asistencia a la fiesta. Él creía que siempre había algún motivo oculto y, hasta el momento, nunca se había equivocado.

–Cindy, puedes irte a almorzar cuando esté aquí. Dile a Libby que puede entrar directamente.

Se dejó caer sobre el respaldo y esperó. Era casi un alivio que se desenmascarara porque no había podido quitársela de la cabeza. El plan de negocio había sido algo impulsivo y esa misma tarde ya se había arrepentido. Había llegado a casa del trabajo y sentía la espalda como si le hubiese pasado un autobús por encima, como ella le había anunciado. La sintió igual durante dos días más, pero al tercero… Efectivamente, la recordó con cariño. Con mucho cariño, en realidad, porque había disfrutado de su primer fin de semana desde hacía mucho tiempo.

–¡Caray! –exclamó Libby mientras entraba como un torbellino de color–. Casi llamo a la puerta.

Daniil la observó. Llevaba un vestido muy rojo anudado a la espalda que parecía más bien una camiseta ajustada, pintalabios rojo y una sonrisa de oreja a oreja. También llevaba un enorme bolso de cuero colgado del hombro.

–¿Sabes dónde he estado? –le preguntó Libby.

–Ni idea.

Ella rebuscó en el bolso, abrió la cartera, sacó una tarjeta de visita rosa, rodeó la mesa y se la entregó.

Escuela de danza Libby Tennent

Debajo había una foto de la parte inferior de dos piernas en el mismo rosa y la bailarina estaba en puntas.

–¿Te gusta? –preguntó ella–. Tardé horas, no, días, en decidirme.

Él no había visto a nadie tan entusiasmado con una tarjeta de visita y podía llenar esa habitación con todas las tarjetas que le habían dado a lo largo de los años.

–Puedes quedártela si quieres –añadió ella cuando él fue a devolvérsela–. Tengo cientos.

Él, como siempre, la tiraría a la papelera en cuanto ella se hubiese marchado, pero la aceptó con cortesía. Sin embargo, el examen de la tarjeta no había terminado porque ella estaba mirándola por encima de él.

–Es fantástica, ¿verdad? –preguntó ella con un suspiro.

Entonces, él la miró con un poco más de detenimiento y, efectivamente, era fantástica porque…

–Eres tú.

Le inquietó un poco que pudiera reconocerla de rodillas para abajo.

–¡Sí! Bueno, soy yo hace dos años. ¿Vas a adivinar dónde he estado?

–No –contestó él, porque no le gustaban las adivinanzas.

–Entonces, te lo diré. Acabo de recoger las llaves del local –ella volvió a sonreír de oreja a oreja–. Los espejos llegan esta tarde y he impreso un cartel para la velada informativa… Estoy tan contenta y emocionada que quería darte las gracias por tu ayuda.

Daniil volvió a mirarla mientras rebuscaba otra vez en el bolso.

–Toma.

Sacó un regalo muy bien envuelto con una cinta de seda rosa y una tarjeta con su nombre.

–¿Qué es?

–Lo sabrás si lo abres.

A Daniil no le gustaban los regalos. En el orfanato, los cumpleaños se celebraban con una pieza de fruta más y capones de sus compañeros. Jamás había recibido un regalo envuelto, elegido expresamente para él, hasta que llegó a vivir a Inglaterra y enseguida descubrió que siempre, siempre, iban acompañados de remordimiento y condiciones. Recordaba haber recibido una raqueta de tenis, cuando no le gustaba ese deporte, y más tarde descubrió que su hijo fallecido, Daniel, había sido un jugador de tenis muy bueno. A los dieciocho años, le dieron un llavero y lo acompañaron al camino de entrada a la casa, donde había un coche de lujo azul marino envuelto con un lazo. Les hizo llorar cuando se negó a conducirlo para que lo grabaran en vídeo. No había sido un regalo de verdad. Él había sabido que tendría un precio. Le habían dicho mil veces lo agradecido que debería estar. ¿Acaso no entendía lo afortunado que era? Últimamente, los regalos habían sido más serios y de empresas, pero también habían tenido un motivo más o menos discreto. Miró a Libby, quien estaba esperando con emoción a que lo abriera.

–¡Vamos! –lo apremió mientras deshacía el lazo.

–Demasiado rosa –comentó él.

–El rosa nunca es demasiado –replicó ella mientras él quitaba el papel–. No es gran cosa –le avisó mientras abría la caja–. Bueno, lo es para mí, pero yo solo…

Ella se quedó en silencio cuando apareció el regalo. Era una porcelana. Era como un oso de un color gris plateado con trozos de lana resplandeciente y una cara y unos ojos sonrientes. Él lo sacó y vio que tenía unas piernas muy largas con zapatillas de ballet rosas. Intentó ponerlo de pie en la mesa, pero Libby se rio.

–Es para sentarlo en la repisa –le explicó ella poniéndolo en el borde de la mesa para que le colgaran las piernas y mirando alrededor–. Daniil, te faltan fruslerías.

A él no le gustaban las fruslerías, nunca había tenido algo por el simple hecho de tenerlo y esa era la cosa más disparatada que había tenido en su mesa.

–He encargado un montón –siguió ella–. Podría darlos como premio.

–Entiendo –comentó él, aunque no lo entendía.

–Bueno, tengo que marcharme. Tengo que volver para esperar a los espejos…

–¿Qué más querías?

–Nada –Libby sonrió–. Solo quería darte las gracias. Ahora sé que no habría podido conseguirlo sin ti. Lo intenté por mi cuenta en el banco y él ya estaba a punto de echarme entre carcajadas cuando saqué tu plan de negocio. En ese instante, me ofreció un café y me comí dos galletas de chocolate.

Daniil la miró y sonrió. En ese momento, ella, como esa cosa, estaba sentada en su mesa y estaba charlando encantada de la vida.

–¿Qué tal está tu espalda? –le preguntó Libby.

–Bueno, casi no pude ponerme la camisa durante dos días y si te pitaban los oídos era por todo lo que decía de ti cada vez que me movía…

–¿Pero después?

–Fue increíble –contestó Daniil–. Si tu escuela de danza fracasa…

–¡Ni se te ocurra decirlo! –le interrumpió ella–. Estoy aterrada.

–No tienes por qué. No firmaría un plan de negocio si no creyera que podía salir bien.

–¿De verdad? –ella frunció el ceño–. ¿No estabas siendo amable?

–No miento sobre negocios –contestó él–. Solo estaba siendo amable contigo…

–No creía que te hicieses el amable.

Él la levantó y la sentó en sus piernas de cara a él.

–Lo hago de vez en cuando.

La colocó de tal forma que estaba medio arrodillada en el asiento con las manos en sus hombros.

–Me encantaría besarte… –ella suspiró– pero tengo demasiado pintalabios.

–Es una excusa muy mala.

–Es una excusa muy válida. He venido solo para darte el regalo. Si no me hubiesen dejado entrar, se lo habría dejado a los carceleros de la recepción. No has abierto la tarjeta.

–La abriré –en ese momento, tenía las manos sobre sus caderas–. Estaba a punto de llamar a tu padre justo cuando llegaste.

–¿A mi padre? –Libby parpadeó–. ¿Para decirle lo mala que es su hija?

–No –Daniil sonrió–. Para decirle que acudiré a la fiesta el fin de semana que viene.

Él esperó que ella sonriera, que sus ojos dejaran escapar un destello triunfal por haberse salido con la suya, pero se quedó un poco desconcertado cuando ella frunció el ceño.

–Dijiste que no querías ir.

–Ya lo sé, pero lo he pensado un poco y…

No pensaba hablarle de las cartas, era algo muy personal, y se encogió de hombros con ambigüedad.

–Es posible que sea lo que tengo que hacer –añadió él.

–No si… –ella estaba claramente incómoda con su decisión–. Daniil, desde el momento en que acepté prestarme a ello, supe que no estaba bien intentar persuadirte…

–No me persuadiste. He decidido ir por mí mismo.

–¿Estás seguro?

Él asintió con la cabeza. No había conocido a nadie como ella. Sabía que estaba incómoda con su participación en todo eso. Hasta ese momento, había creído que podría estar representando una farsa y que lo había visitado para intentar que cambiara de opinión. La movió sobre su regazo para estrecharla más contra él.

–Alguien podría entrar.

–Nadie entra jamás sin el visto bueno de Cindy.

–Aun así…

Él se acordó de que le había dicho a Cindy que se fuese a almorzar y sacó un diminuto mando a distancia del cajón. Se oyó un chasquido que indicó que había cerrado la puerta con un pestillo.

Ella lo deseaba, pero no había esperado eso. No había pasado nada durante una semana, ni una llamada ni flores ni nada, y, de repente, estaba sentada en su regazo de cara a él. Nunca diría que aquella noche había sido un error, pero, a pesar de su bravuconería, la había alterado… mucho. Le había costado, mejor dicho, le había resultado imposible creer que se había acabado y aunque hubiese dejado el regalo en la recepción, había esperado que pudiese servir para recordarle lo que ella no podía olvidar… la noche juntos.

–No puedo besarte –insistió Libby a pesar de lo que sentía al tener sus poderosas piernas entre los muslos–. No voy a salir de aquí con la cara como la de un payaso.

Él estuvo a punto de decirle que, entonces, la próxima vez no fuera con los labios pintados de rojo, pero cambió de opinión.

–No me beses entonces, pero yo sí puedo besarte a ti.

Ella cerró los ojos de felicidad cuando sintió sus labios en el cuello. Sus labios le rozaron la sensible piel hasta que notó la calidez de su lengua. Le deshizo el nudo del vestido y le bajó la camisola para liberar un pecho. Le pasó la lengua por el pezón y se lo mordisqueó ligeramente.

–Oh…

Libby se arqueó de placer y se agarró a sus hombros. Iba a desmayarse y estaba increíblemente excitada, sobre todo, cuando él se bajó un poco en el asiento y la colocó sobre su erección.

–Esto podría llegar demasiado lejos… –murmuró ella mientras él metía los dedos por debajo de las bragas.

–Perfecto.

Llegó demasiado lejos porque él tomó un abrecartas y rasgó el encaje de su prenda interior hasta que estuvo completamente a merced de la mano que la acariciaba.

–Daniil… –le susurró ella al oído–. No tomo la píldora…

–Entonces, tómala.

Ella parpadeó y quiso ir a buscar el extintor para sofocar la repentina esperanza que le había brotado en el corazón. La esperanza de que hubiese más, de que él y ella…

–¿Qué? –preguntó él al notar que se había quedado inmóvil.

–Esta mañana fui al médico. No esperaba que me llamases ni nada por el estilo… –ella vaciló y decidió ser sincera–. Bueno, claro que lo esperaba, pero estaba un poco preocupada por mi falta de principios de la otra noche. No suelo meterme en la cama…

–No te metiste –la interrumpió él–. No te habría dejado.

Le lamía el pezón mientras hablaba y ella recordó cuando le hizo lo mismo en el clítoris con las piernas en sus hombros.

–La otra noche fue…

Libby quería explicarle que había sido una excepción, pero le costaba construir una frase cuando sus dedos se movían dentro de ella y su boca le succionaba el pecho.

–Preciosa y singular –Daniil terminó la frase de la manera más bonita.

–Lo fue. Tomaré la píldora en cuanto pueda…

–Llega… –susurró Daniil acariciándola con destreza–. Luego ya veremos lo que puedes hacer con esa boca roja.

Le soltó el cinturón para sentirlo y, entonces, él dejó de darle ese delicioso placer, pero su gruñido de frustración se convirtió en un gemido de gozo cuando lo liberó. Era duro y grande y tenía una gota en la punta que hizo que anhelara bajar la cabeza, pero en vez de eso se levantó un poco, no por su mano, que ya estaba otra vez donde tenía que estar y llevándola al límite, se levantó para tenerlo más cerca de ese punto ardiente. Él retiró otra vez la mano y la colocó de tal forma que la acariciaba con la punta del miembro.

–Un preservativo… –murmuró ella, que tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para no bajar.

–No tengo ninguno aquí.

–Por favor… –replicó Libby con una risita de incredulidad.

–¿Por qué iba a tener preservativos en el trabajo?

La sorprendió, siempre la sorprendía.

Él la bajó hasta introducirle la punta.

–Quiero sentir que tienes el clímax conmigo dentro.

–Pero podrías…

–Tengo mucho dominio de mí mismo…

Era arriesgado, pero ya no podían leer la letra pequeña del manual de seguridad. Habían llegado a un punto que era absurdo en el mejor de los casos, pero la idea de tenerlo dentro sin nada por medio hacía que se relamiera. Nunca lo había hecho sin un preservativo y se lo dijo.

–Yo no tengo dominio de mí misma.

–Entonces, solo será un momento.

La bajó, aunque no del todo, y ella dejó escapar un gemido de felicidad y deseo. Volvió a levantarla y bajarla mirando toda la extensión de su miembro y sintiendo la calidez húmeda y gozosa de ella. Entonces, la bajó con fuerza y vio el gesto de disgusto de ella.

–Vamos, cariño –dijo él acometiendo dentro de ella–. No voy a aguantar mucho.

–Habla sobre la presión de…

Sin embargo, la presión de verdad estaba aumentando dentro de ella. La movía a su voluntad. Estaba inerte y entregada, hasta que, de repente, sintió la espalda rígida, empezó a agitarse y tuvo un orgasmo tan intenso que gritó.

Para Daniil era fascinante sentir el placer de ella, su contracción alrededor de él. Efectivamente, tenía dominio de sí mismo, pero hasta ella sintió su tensión antes de que la levantara. Se apoyó en sus hombros y los dos miraron mientras explotaba por encima de ella. El deseo se reavivó mientras él se acariciaba para vaciarse y le tomó la mano con los dedos entrelazados. Nunca había visto algo tan erótico ni nunca se había sentido tan adorada.

Él no hizo caso de la regla que los había llevado a ese punto y la besó. A ella le pareció que tenía la lengua fría y se quedaron con las frentes apoyadas una en la otra.

–Quiero hacerme un ovillo y quedarme dormida… –reconoció Libby.

Sin embargo, lo que no reconoció fue que quería hacerlo allí, en su regazo. Quería que la puerta se quedara cerrada, que el resto del mundo desapareciera y que los dejaran tranquilos. Nunca había sentido algo tan intenso por nadie, ningún hombre la había conmovido como él, pero ya estaba quitándosela de encima. Se puso de pie con las piernas temblorosas y miró las bragas destrozadas que estaban en el suelo.

–Vamos –dijo él.

Al principio, ella creyó que iba a acompañarla a la puerta, pero la llevó al cuarto de baño contiguo. Mojó un paño y le limpió los restos de pintalabios de la cara. Luego, la desvistió y se ducharon besándose una y otra vez, lavándose el uno al otro. Entonces, él cerró los grifos y llegó el momento de vestirse otra vez.

Había llegado el momento de que él fingiera que solo había sido sexo. ¡Ojalá! No soportaba que alguien se metiera en su cabeza, le daba miedo que otra persona se apegara tanto a él.

Ella podía notar que la tensión aumentaba y esa vez no había un café con espuma, tenía que marcharse.

–Estoy esperando a un cliente…

–Por favor, no te inventes excusas –ella intentó ponerse el vestido, algo que no era tan fácil con el cuerpo mojado–. Ya me marcho.

Esa vez sí había arrepentimiento.

Ella se sentía abochornada por, prácticamente, haberse entregado a él y, además, sabía que lo que habían hecho tenía riesgos. Él se sentía inquieto por que pudiera quererla. Querer a alguien era doloroso y lo evitaba por todos los medios.

Ella rebuscó en el bolso, donde, gracias a Dios, llevaba ropa interior limpia, y se la puso mientras Daniil se cambiaba de camisa y traje.

Se recogió el pelo en un moño y, aunque notaba la impaciencia de él, se pintó los labios sin prisa para que, al menos, pareciera como si no hubiese pasado nada. Fue hasta la puerta, volvió a despedirse con la mano y recibió una sonrisa sombría de él a cambio. Salió de su despacho con la misma sensación de estar saliendo de la sala de un cine. La mesa de Cindy se hallaba vacía, seguramente estaría almorzando, y no había ni rastro del cliente que él estaba esperando.

Lo peor de verlo era separarse, nunca sabía si era para siempre.