Capítulo XIII
ERA de noche cerrada cuando Fallon detuvo su automóvil en las inmediaciones de la casa de Elyanne Meeker. Saltó a la acera y caminó pausadamente hacia el número doscientos setenta y tres.
Las luces estaban encendidas. Fallon empujó la puertecita del jardín y cruzó el sendero enarenado, hasta llegar a las cercanías de la fachada.
El edificio era más bien modesto, pero de buena construcción y una sola planta. Hacía una excelente temperatura y, a través de una de las ventanas abiertas, salía el sonido de las teclas de una máquina de escribir, golpeando con notable rapidez.
Fallon estuvo contemplando unos momentos a la mujer, cuyo rostro no podía ver por hallarse de espaldas a él, absorta en su tarea. Al cabo de medio minuto, optó por dar la vuelta a la casa y buscar la puerta posterior.
Actuó sin hacer ruido y entró en la cocina. Pasó al saloncillo anterior y procuró orientarse por el débil tableteo de la máquina de escribir.
Se acercó a una puerta y la abrió cosa de dos centímetros. A través de la rendija vio a una mujer de unos treinta y siete años, más bien rolliza, medianamente atractiva y de pelo negro, muy afanada en su tarea.
Junto a la máquina había unas grandes gafas negras. Fallon terminó de abrir la puerta y se recostó en el marco, a la vez que cruzaba los brazos.
Esperó unos momentos. De pronto, la mujer pareció darse cuenta de que no estaba sola en la habitación.
Lentamente, volvió la cabeza y le miró. Luego, reaccionando de un modo repentino, agarró las gafas y se las puso.
—¿Quién es usted? —preguntó con voz chillona—. ¿Qué es lo que busca en mi casa? ¡Váyase inmediatamente o llamaré a la policía!
Fallon permaneció todavía inmóvil unos instantes. Luego se acercó a la mesa y tomó un puñado de cuartillas mecanografiadas, simulando que iba a leerlas. Ella se las arrebató de golpe, furiosamente.
—¡Deje eso! ¡No le importa en absoluto lo que estoy escribiendo!
—¿Acaso son sus memorias, Norma Bibbs?
Aun con las gafas que ocultaban casi la mitad de su rostro, Fallon pudo ver que la cara de la mujer se ponía gris.
—¿Qué… cómo está diciendo? Soy Elyanne Meeker
—contestó ella atropelladamente—. Jamás he oído hablar de Norma Bibbs…
Fallon agarró una de las cuartillas escritas, la dobló tranquilamente y se la guardó en el bolsillo sin siquiera leerla.
—Los expertos compararán las muestras de esta máquina con la de los mensajes amenazadores que recibieron cuatro personas —dijo—. Se puede identificar a una máquina de escribir por la impresión de sus tipos, con tanta seguridad como se identifica a una persona por sus huellas dactilares. Usted es una persona inteligente, Norma, y no puede ignorar un dato semejante.
Los labios de la mujer temblaron. Fallon retrocedió un par de pasos y la contempló especulativamente de pies a cabeza.
—Sí —dijo—, su tipo y complexión son prácticamente idénticos a los de Elyanne Meeker. Incluso la ligera redondez de su cara, especialmente la mitad inferior, aunque los rasgos no sean idénticos. Pero en la penumbra y a contraluz y para una persona nerviosa, la confusión puede resultar fácilmente posible. ¿Me equivoco al suponer que usted calculó que así sucedería, señora Bibbs?
Norma se arrancó las gafas de un tirón y miró al detective con ojos llameantes.
—Bien, y aunque así sea —exclamó rabiosamente—. ¿De qué modo me va a relacionar usted con la muerte de Elyanne Meeker?
—Déjeme especular un poco —pidió el investigador—, Usted estaba celosa de Elyanne. Le gustaba Oliver Warren, pero, más que nada, le gustaba su enorme fortuna. Intentó comprometerlo con una fotografía nada edificante, ¿lo recuerda?
Norma alzó la barbilla orgullosamente.
—Era un sátiro. Intentó… bueno, quiso propasarse conmigo…
Fallon soltó una carcajada.
—¿Quién Warren? Vamos, Norma, no diga tonterías. Usted ya es una mujer madurita y aunque no carece de atractivos, no son suficientes para arrastrar a un hombre como Warren, que podía elegir perfectamente entre las hermosas y jóvenes discípulas de Meg Peyroo.
Pero independientemente de lo que he dicho, estaba Elyanne Meeker.
»Sí, así como lo oye. Un hombre puede buscar algo de diversión en los ambientes adecuados, pero a última hora, siempre quiere volver al hogar, al efecto seguro y reposado de una mujer que le quiera y le entienda. Para Warren, esa mujer era Elyanne Meeker.
Norma crispó los puños.
—Todo eso no son más que fantasías absurdas…
—Nada de fantasías —aseguró el investigador—. Realidades ciertas y comprobables. ¿Cómo logró que Elyanne acudiera a su casa el día en que murió Norma Bibbs? ¿Tal vez le propuso una entrevista para solucionar el problema pendiente entre las dos y que tenía el nombre de Oliver Warren?
»¿O la hizo venir para enseñarle esa fotografía comprometedora y destruir su posible matrimonio con Warren? Elyanne estaba en trance de conseguir el divorcio de su esposo y entonces se hubiera casado con Warren, que la amaba sinceramente. Pero eso la sublevaba a usted, ¿no es cierto?
—La odiaba —reconoció Norma.
—¿Lo ve? Ya es hora de que admita los hechos. La odiaba y, además, conocía su dolencia cardíaca. Come «chismosa» profesional, usted estaba enterada de muchos datos de la vida privada de infinidad de gentes y Elyanne no podía ser una excepción a la regla. ¿Cómo hizo para situarla ante su mesa de despacho después de que se hubo marchado Warren?
—Estaba muy excitada —dijo Norma sordamente—. Yo procuré ser amable y persuasiva con ella y la acompañé hasta mi despacho…
—Y ya sabía que Warren había colocado la bomba.
—Sí.
—¿Cómo supo que Warren intentaría matarla de ese modo? —preguntó Fallon.
—Me lo dijo una vez. Parecía hablar en broma, pero lo decía completamente en serio.
—Y usted sabía que era muy capaz de construir una bomba de relojería, porque había sido sargento de Zapadores en Corea.
—Efectivamente, así fue —admitió Norma.
—Pero corría el riesgo de que Elyanne se cansara de esperar en su despacho y usted sabía que iba a recibir la visita de otra persona, furiosa porque iba a revelarle ciertos secretos que podían comprometer su situación. Estaba segura de que esa persona venía a matarla a usted y sabía que la impresión podía matar a Elyanne o, por lo menos, causarle un síncope, que la mantendría sin conocimiento durante bastante tiempo; el tiempo justo para que se produjese la explosión de la bomba con Elyanne ocupando su puesto. ¿Me equivoco?
—No, es cierto, salvo que yo no maté a Elyanne ni puse la bomba ni cometí ningún delito de que se me pueda acusar formalmente.
—¿Está segura de lo que dice? —sonrió el investigador.
—Absolutamente —contestó Norma con gran énfasis.
—Pero no contó con que otras personas intentarían matarla aquel mismo día, hartas de su intromisión en sus vidas y sus chantajes. Me refiero a Laura Samder y a Félix O’Hara. ¿En qué se basaba para extorsionar al escritor?
—Había conseguido el manuscrito de una de sus novelas más celebradas. Era de otro escritor, no conocido todavía, y del que O’Hara se había apropiado tranquilamente, sin darle un solo centavo.
—Para O'Hara podía ser su ruina literaria, ¿no es cierto?
—Sí, claro.
—En cuanto a Meg Peyroo, no es preciso citar otros motivos. Todos lo saben.
—Era una…
—¿Era usted mejor?
Norma calló. Fallon recogió las gafas y se las entregó.
—Póngaselas —invitó—. Nos vamos.
—¿A Sealake?
—Sí, por supuesto.
Norma se encogió de hombros.
—Como quiera. No hay pruebas que puedan causarme una sentencia de ninguna clase —contestó.
—Veremos —respondió el investigador sibilinamente.
* * *
Weddon Erksdale abrió la puerta tras haber llamado y cruzó el umbral. Su sorpresa fue grande al ver en la estancia a varias personas.
—¡Ross! Me dieron tu aviso y… Pero, ¿qué hace tanta gente en tu casa? —exclamó, atónito.
—Pasa, pasa, fiscal —invitó Fallon de buen humor—. Creo que conoces a todos los presentes, ¿no?
—¿Qué tal, señor Erksdale? —saludó el capitán Loss.
Erksdale paseó su vista por los rostros de Laura, Norma y la señora Garrett. Junto a la puerta, tras él, rígidos e impasibles, los brazos cruzados, había dos agentes de uniformes.
—¡Norma! ¡Norma Bibbs! —exclamó el fiscal—. Parece imposible… ¡Está viva!
—Sí, Weddon —confirmó el investigador—. Está viva y dispuesta a facilitar muchos datos interesantes que nos aclaren el misterio de «su asesinato».
—Bueno, pero entonces, ¿quién era la mujer que murió en su casa?
—Elyanne Meeker. Tú no la conocías personalmente, Weddon, aunque ése es un detalle accesorio —contestó Fallon con acento intrascendente.
—¿Qué hace la señora Garrett aquí? —preguntó el fiscal—. ¿Cómo no me informó usted de su detención, capitán?
Loss hizo un gesto ambiguo.
—Fue un consejo del señor Fallon —contestó.
Erksdale volvió la vista hacia su amigo.
—¿Es una broma, Ross? —preguntó.
—Nada de broma, Weddon —contestó el investigador—. Aquí se debate un asunto muy serio. Nada menos que el asesinato de varias personas: Félix O’Hara, Meg Peyroo y Oliver Warren, además de la muerte de Elyanne Meeker.
—Muy bien, pues. Adelante, Ross —invitó Erksdale.
—Casi no hay mucho que decir y, sin embargo, son tantas cosas las que necesitan explicación… En primer lugar, Weddon, ¿quieres explicar por qué fuiste a casa de Norma el día de «su muerte»?
Erksdale se echó a reír.
—¿Yo? Estás bromeando, Ross —contestó.
—No, no bromeo, Weddon. Tú estuviste en casa de Norma el día en que tres personas fueron a visitarla sucesivamente después de tú y otra antes de que llegaste. La persona que visitó a Norma antes que tú fue Warren, quien abandonó la casa a la una y veintidós. Tú debiste de llegar alrededor de las dos y cuarto y te fuiste directamente a su despacho, con un revólver en la mano. Ibas a matarla, Weddon; ella te había amenazado con revelar un importante secreto tuyo… si no complacías sus peticiones económicas. ¿Me equivoco?
El fiscal estaba lívido.
—¡Qué cosas dices, Ross! —exclamó, riendo fingidamente.
—No, no miento, Weddon. Te fuiste como una bala a su despacho y entraste súbitamente. Había una mujer sentada tras la mesa. Se asustó terriblemente al verte. Creyó que la ibas a matar y sufrió un síncope que luego resultó mortal. Seguramente la increpaste duramente y acabaste por darte cuenta de que no era Norma Bibbs. Por eso diste media vuelta y te marchaste casi en el acto, ¿no es así?
Erksdale apretó los labios.
Fallon extendió la mano.
—Hable usted ahora, Norma —indicó.
—Después yo le llamé… ya se había producido la explosión, y le dije que seguía todavía viva y que mis exigencias continuaban en pie, pero que podíamos llegar a un acuerdo si hacía todo lo que yo le ordenaba —recitó Norma con voz monocorde.
—No tenías el dinero que ella te pedía y tuviste que plegarte a lo que te exigía. Norma estaba furiosa con las que oficialmente le atacaron; las cosas le habían salido mal con ellos y decidió vengarse. Te ordenó que buscaras el medio de dar muerte a O’Hara y lo hizo El Lince, quien también trató de matar a Laura, pero falló en este caso. Los demás esbirros de Caper no tenían la categoría suficiente para planear un asesinato inteligente y tuviste que encargarte tú de Meg Peyroo, con el rifle que Caper dejó en el lugar que le indicaste, y de Warren, mediante el veneno en su botella.
«Primeramente pensaste en cargar la muerte de Norma a alguno de los cuatro sospechosos. Por eso me elegiste a mí como investigador secreto, dando, al tiempo, ejemplo de eficiencia a la ciudad. Uno de los hombres de Caper fue el que lanzó la piedra con el mensaje a tu oficina, para que yo viera que había alguna maquinación por parte del asesino de Norma. Pero luego, cuando te enteraste de que Elyanne había muerto a consecuencia del susto que le diste y no por el puñal, el gas, la bala o la bomba, empezaste a pensar en quitarme de en medio.
»Los dos rufianes que intentaron apalearme fueron enviados por Caper a tu indicación. Finalmente, viendo que fallaron, ordenaste a Warren que preparase una bomba. Warren lo hizo y la dejó en la estación de autobuses.
Fallon abrió una bolsa y extrajo una peluca blanca y unos vestidos de mujer.
—El bastón de la anciana reumática que, sin embargo, conducía su coche; está en tu despacho, Weddon —dijo —; y nadie más que tú pudo entrar en mi despacho y preparar la bomba. Resultó un buen disfraz el de anciana reumática; a fin de cuentas, en tiempos fuiste actor de teatro ¿no es cierto, Weddon?
Erksdale estaba abrumado.
—¿Por qué lo hiciste, Weddon? —preguntó el investigador.
El fiscal guardó silencio. Fallon suspiró.
—Bien, en ese caso lo diré yo—manifestó—. Weddon, tus relaciones con Caper son conocidas ya ahora, aunque no lo eran entonces. Sealake podía ser una presa apetitosa para una cuadrilla de individuos listos y desprovistos de escrúpulos.
»Caper llegó aquí con esas intenciones y, a fin de cubrir las apariencias, se empleó en el Longwood Riviera como gerente. Tenía experiencia y lo hacía bien y era un lugar muy adecuado para ocultar sus verdaderos propósitos. Pero Caper no lo conseguiría mientras no contase con la complicidad de alguien situado en un puesto relevante. ¿Quién mejor que el fiscal, cuyas ambiciones de progresar eran notorias? Para progresar en política se necesita dinero y tú no lo poseías en la cantidad suficiente., Caper y sus hombres podían dártelo con el tiempo… pero Norma se enteró y ahí empezaron a torcerse las cosas para ti.
»Norma lo supo y empezó a hacerte chantajes. No tenías aún bastante dinero y ello podía poner tu carrera política en peligro. Para este problema sólo había una solución, pero tu caso se vio mezclado con los celos de Norma, hacía, Elyanne Meeker… y la solución resultó aún peor que el remedio.
El fiscal inspiró profundamente.
—Todo eso que has dicho es cierto, Ross —admitió con notoria tranquilidad—. Quise dar una solución a mi problema y lo estropeé definitivamente. No cabe duda; Norma demostró ser mil veces más inteligente que yo.
Erksdale volvió a suspirar.
—Pero cuando hay un enfrentamiento entre dos personas, siempre ríe mejor el que ríe el último… y entre Norma y yo, voy a reír el último —agregó.
—Dicho lo cual, sacó un revólver y la emprendió a tiros con Norma.
Ross gritó algo Los policías se abalanzaron sobre Erksdale, pero llegaron tarde.
Norma lanzó un aullido feroz al sentir el impacto de la primera bala. El segundo disparo la hizo callar, pero Erksdale continuó tirando hasta agotar el tambor del revólver.
Al disparar el último tiro, Erksdale dejó caer el arma. Los policías le sujetaron fuertemente por los brazos.
Laura estaba aterrada. Loss maldecía entre dientes.
Erksdale miró a Norma, que aparecía hecha un ovillo al pie del diván. Luego volvió los ojos el investigador y, sonriendo, dijo:
—Ross, cuando alguien te pregunte quién mató a Norma Bibbs, puedes responder que fui yo.
* * *
Paseaban en barca por el lago. Fallon movía la embarcación con ligeros golpes de remo. Soplaba una ligera brisa y el sol lucía esplendoroso en lo alto.
En el otro extremo de la lancha, Laura, en traje de baño, tomaba el sol. La muchacha empezaba a recuperarse después de los amargos trances pasados.
—Ross —dijo Laura de pronto.
—¿Sí, preciosa?
—La señora Garrett, ¿por qué ayudó a Norma de tal manera?
—Si te dijera la verdad, te caerías al agua —sonrió el detective.
—Luego me bañaré, así que ya puedes hablar —contestó Laura, dirigiéndole una atractiva sonrisa.
—Era su madre.
Laura se incorporó sobre un codo.
—Me dejas sin aliento, Ross —exclamó.
—Como lo oyes. Norma era terriblemente ambiciosa y dominadora. Su madre se quedó viuda y sin recursos y ella la aceptó en su casa a condición de que usara su nombre de soltera y se hiciera pasar por ama de llaves. Todo lo que hizo fue bajo la amenaza de ser echada a la calle en cualquier momento. La señora Garrett tenía un miedo terrible a la pobreza…
—Y su hija carecía de entrañas.
—Así es, Laura. Norma fue siempre una mujer ruin y rencorosa, sin una sola buena cualidad. No es agradable hablar así de una persona, pero no se puede ocultar la verdad.
—Pero hay algo que no entiendo, Ross —dijo Laura.
—¿De qué se trata?
—De la misma Norma. Aparte de desear la muerte de Elyanne Meeker, no sólo por celos, sino por la fortuna de Warren, ¿por qué dejó que todo el mundo creyera en su muerte? Habiendo muerto Elyanne, ¿no podía haber «resucitado» mucho antes?
—Indudablemente, pero ya sabes que era una mujer vengativa.
—Quiso vengarse de nosotros.
—Sí; y además, hay otra cosa. Estaba perdiendo lectores, lo que para ella significaba una catástrofe. Ahora imagínate que todo el mundo la da por muerta y que aparece de pronto, pura e inocente. Erksdale habría cargado con las muertes, cosa que es bien cierta, pero a ella no le habría pasado nada; había tenido buen cuidado de cubrirse. Hubiese dicho que había estado ausente, retirada una temporada para relajar sus nervios… y nadie hubiera podido contradecir sus declaraciones. Pero el suceso le habría conferido una notoriedad enorme y sus lectores se hubiesen multiplicado por mil.
—Sí, ahora lo entiendo, Ross —contestó Laura—. Sospecho que ella lo ideó viendo el relativo parecido con Elyanne Meeker.
—Efectivamente. Norma fue, en realidad, la asesina de Elyanne, aunque no tocase uno de sus cabellos.
Hubo una ligera pausa de silencio. Luego, Fallon dijo:
—¿Sabes, Laura? El capitán Loss me ha dicho que debiera probar fortuna en las próximas elecciones para fiscal. Él cree que yo ganaría y dice que se necesita un tipo como yo para mantener la ciudad limpia de sujetos de la calaña de Caper.
—¿Lo harás, Ross? —preguntó Laura.
—¿Te gustaría a ti?
Laura sonrió.
—No me disgustaría, a decir verdad—.contestó.
Fallon la miró y sonrió también.
—Serás la esposa del fiscal —afirmó.