Capítulo VIII
EL capitán Loss dijo:
—Se llamaba Jink Tudd y era más conocido por El Lince. Se tenían sospechas de que era un asesino profesional, pero nadie había podido probarlo hasta ahora. Hemos encontrado esto en sus bolsillos.
«Esto» era una tira de fósforos de propaganda del Longwood Riviera, firmado por la dueña', Matthia Count.
«Tendré que hablar con Tom Caper», pensó Fallon.
—Tudd había alquilado ayer el piso contiguo —siguió Loss—. Era obvio que lo había hecho expresamente para asesinar a la señorita Samder.
Fallon miró a la muchacha, cuyo rostro no había recobrado del todo los colores.
—Me gustaría saber qué motivos tuvo el asesino para intentar matarla —dijo.
Loss se encogió de hombros.
—Los mismos que para asesinar a O’Hara. Tudd fue el que disparó contra él; hemos encontrado en su coche muestras de la arena que hay en la parte trasera de la casa del escritor.
—Al menos, dos personas respirarán aliviadas—dijo Fallon—. Por cierto, todavía no he hablado con Warren.
—Creo que por mi parte ya está hecho todo —manifestó el jefe de la Brigada de Homicidios—. Dejo un hombre para vigilar a la señorita Samder.
—Gracias, capitán.
Fallon y Laura quedaron solos. El investigador consultó su reloj.
—Se me hace tarde ya —sonrió—. Laura, no sabe cuánto me alegro del impulso que me hizo venir a visitarla.
—Fue una suerte para mí, en efecto.
Fallon tomó sus manos. Estaban frías, notó.
—Adiós —se despidió—. Llámeme cuando tenga algo importante que decirme… y usted sabe a qué me refiero.
—De acuerdo, Ross.
El investigador llegó a la calle cuando el capitán Loss hablaba con algunos de sus hombres, disponiéndose ya a subir a su coche.
—Capitán —llamó.
Loss se volvió.
—Ah, hola, Fallon. ¿Qué le ocurre ahora?
—Olvidé antes hacerle una petición. ¿Querrá averiguar si El Lince se puso en relación días antes con Tom Caper?
—¿Quién es Tom Caper, Fallon?
—El gerente del Longwood Riviera, capitán. Me interesaría conocer ese dato.
—Lo investigaremos —prometió el policía.
Mientras regresaba a su casa, Fallon se preguntó quién tenía interés en matar a cuatro personas que habían intentado asesinar a una mujer y que ninguna de ellas hubiera conseguido sus propósitos.
El caso, decidió finalmente, se ponía más oscuro a cada momento y minuto que transcurría.
* * *
La mujer guardaba una expresión de reserva más bien hostil, cosa que no agradó demasiado al investigador. El ama de llaves de la difunta Norma Bibbs era una mujer de mediana edad, alta, seca y angulosa. Su rostro no inspiraba simpatía, ciertamente.
—No, señor —contestó el ama de llaves—; la señora Bibbs no padecía del corazón.
—¿Está segura de ello, señora Garrett?
Una sonrisa despectiva se dibujó en los delgados labios de la mujer.
—Llevaba doce años con ella. Conocía hasta el menor de sus padecimientos físicos, que no tuvo nunca sino los propios de toda mujer. Pero jamás padeció del corazón ni visitó a ningún médico al respecto.
—Es decir, que jamás estuvo enferma, exceptuando alguna indisposición pasajera, alguna jaqueca o cosa por el estilo.
—Exactamente.
—¿No cabe la posibilidad de que le hubiese ocultado su dolencia, señora Garrett?
—¿A mí? Por favor, señor Fallon.
El tono de la mujer era de claro desdén hacia el investigador. Fallon se sintió de repente incómodo.
—Gracias, señora Garrett —se despidió.
Fallon abandonó la casa, cruzó el jardín y subió a su automóvil. Al cabo de unos momentos, se apeó y regresó de nuevo.
Dio la vuelta al edificio y se asomó por la ventana del despacho donde Norma había muerto.
La habitación estaba en orden, aunque, naturalmente, faltaba la mesa, destrozada por la explosión. Sin hacer el menor ruido, Fallon levantó el bastidor y entró en el despacho.
Cruzó la estancia y se asomó al vestíbulo. La señora Garrett no estaba a la vista.
Silenciosamente, Fallon subió al primer piso y buscó el dormitorio de Norma. Entró en él y se dirigió directamente al tocador.
Empezó a buscar en los cajones del mueble. No tardó en encontrar una receta médica.
El doctor Cruyshank había prescrito un estimulante cardíaco. Allí estaba la prueba.
Fallon guardó la receta en el bolsillo. Sin ser visto, abandonó la casa siguiendo el mismo camino que a la ida.
* * *
El doctor Cruyshank se puso las gafas y leyó la receta.
—Sí, la he firmado yo —admitió.
—Su paciente estaba enferma del corazón.
—Efectivamente. Padecía insuficiencia cardíaca. Los estados de arritmia eran frecuentes en ella.
—Lo cual significa que en cualquier momento podía morir, ¿no es cierto, doctor?
—Siguiendo el tratamiento y observando una vida normal y apacible, habría durado muchos años. Pero…
—¿Si, doctor?
—Yo le recomendé evitar las emociones fuertes a todo trance. Si luego no me hizo caso, yo me considero libre de toda responsabilidad en su fallecimiento.
—Por supuesto, doctor; usted obró correctamente. De modo que opina que la mató una emoción muy fuerte, un shock psíquico de gran violencia.
—Así tuvo que ser; de otro modo, no se concibe el paro de su víscera, señor Fallon.
—Gracias, doctor —sonrió el investigador—. Sus declaraciones pueden resultar muy interesantes para el definitivo esclarecimiento de la muerte de Norma Bibbs.
Cruyshank arqueó las cejas.
—¿Cómo ha dicho usted, señor Fallon? —exclamó.
—Norma Bibbs, doctor.
—¡Pero esa receta no corresponde a ninguna mujer llamada Norma Bibbs! —dijo el cardiólogo.
Fallon se quedó de piedra al escuchar aquellas palabras.
—¿Está seguro, doctor?
—Señor Fallon, yo jamás he tenido entre mis pacientes una mujer que se llame como usted ha dicho.
El investigador sintió que la cabeza le daba vueltas,
—Al menos… podrá usted decirme el nombre de la persona para quien expidió usted la receta —solicitó.
—Por supuesto. Déjeme la receta, por favor.
El doctor Cruyshank, hojeó un libro rápidamente.
De pronto, se detuvo y señaló un renglón escrito con al índice.
—Aquí está —dijo—. El nombre de la paciente era Elyanne Meeker.
* * *
—No comprendo —dijo Erksdale, mordiéndose los labios—. ¿Qué relación hay entre Elyanne Meeker y Norma?
—He vuelto a hablar con la señora Garrett. Dice que no ha oído hablar nunca de la Meeker —manifestó el detective.
—Es raro. ¿Crees que tenían algo que ver la una con la otra?
Fallon se encogió de hombros.
—Lo único que sé es que la receta apareció en el tocador de Norma —contestó—. Pero se me ocurre una posibilidad.
—Habla, Ross —invitó el fiscal.
—Norma era también sensible a la publicidad y si se hubiera conocido su estado cardíaco, es muy posible que lo hubiese perdido todo. Escribía para una agencia que repartía sus comentarios a numerosos periódicos y revistas. A la agencia no le habría hecho gracia saber que en cualquier momento podía quedarse sin una importante fuente de ingresos.
—Es verdad, Ross. ¿Y…?
—Sencillamente, Norma fue a visitar al doctor Cruyshank bajo el nombre de Elyanne Meeker
—Es lo más probable —concordó Erksdale —.Ya pesar de todo, Norma murió de un ataque al corazón.
—Alguien le pegó un susto de muerte —sonrió Fallon—. Bien, fiscal; dispénseme, pero tengo algo que hacer.
—¿Puedo saber de qué se trata, Ross?
—Puedes, Weddon. Voy a hablar con el cuarto asesino, que luego resultó no serlo.
—El que puso la bomba.
—Exactamente.
* * *
Fallon recordaba muy bien el corrosivo comentario que Norma había hecho acerca de la famosa fiesta en la escuela de modelos de Meg Peyroo, a la cual había asistido un prominente hombre de negocios de Sealake. No era difícil adivinar que la fiesta había degenerado en bacanal.
Ciertamente, Warren era un hombre importante. Fallon tuvo que vencer la resistencia de una recepcionista, una segunda secretaria y una secretaria personal, antes de llegar al adjunto Warren. Finalmente, el último obstáculo quedó vencido y Fallon pudo entrar en el sancta santorum que era el despacho del comerciante.
La estancia era un poco más pequeña que un campo de fútbol. Sobre la mesa se habría podido edificar una vivienda modesta con un pedazo de jardín. Los muebles parecían construidos para gigantes y Warren, que no lo era, precisamente, parecía un enano en aquel ambiente.
En cambio, su voz semejaba brotar de las entrañas de la tierra. Fallon se dijo que el destino solía ser irónico a veces con las personas. Tanta voz y tanto dinero para un hombre que no alzaba un metro sesenta del suelo, se dijo.
Pero Warren no habría llegado al sitio que ocupaba de no ser un águila en los negocios. Su mirada era fría, desapasionada, calculadora.
—Usted viene a verme por el caso de la muerte de Norma Bibbs —le espetó a su visitante apenas le tuvo a tiro.
—Sí, señor Warren.
—No hay más que hablar. Yo coloqué la bomba bajo su mesa de despacho. Y la fabriqué personalmente, todo hay que decirlo.
—Con gran tranquilidad, observo.
—Con la misma tranquilidad que hubiese pegado dos tiros a un perro rabioso —contestó Warren.
—¿Pensaba así de Norma Bibbs?
—Pensaba muchísimo peor todavía.
—¿Por qué, señor Warren?
—A ella no tenía por qué importarle si yo me divertía o no. Pero había otros motivos.
—Expréselos, se lo ruego.
—Chantaje, chantaje vil y vulgar —declaró Warren.
—¿Acerca de…?
Warren meneó la cabeza.
—Eso se queda para mí y para la respetable dama que pudiera verse comprometida en el asunto —contestó.
—Asunto de faldas, ¿eh?
—Sí, y de despecho también.
—¿Cómo?
—Ah, pero, ¿no lo sabe? Norma intentó conquistarme.
—Interesante, señor Warren. Siga, se lo ruego.
—Poseo una gran fortuna. ¿Qué más quiere que le diga?
—De modo que Norma quiso conquistarle.
—Sí; y de tal forma, que tomó unas fotografías de ambos en cierta ocasión en que fui a visitarla a su casa. Naturalmente, sin que yo lo supiera. Me recibió muy ligerita de ropa; claro, ya lo tenía todo planeado…
Warren metió la mano en el cajón y sacó una fotografía que tiró al investigador.
—Vea —dijo—. Parece que yo trate de abrazarla, pero, en realidad sucede todo lo contrario. La escena, sin embargo, se presta a confusiones.
Fallon contempló la fotografía durante unos instantes.
—Sí —dijo al cabo—, todo depende de la interpretación que se le pueda dar. ¿Cuál era el precio del silencio de Norma?
—Ella misma. No pedía dinero, pero quería que yo abandonase a… bien, no voy a mencionar su nombre. Ese es asunto estrictamente mío.
—¿Tal vez Meg Peyroo?
Warren sonrió desdeñosamente.
—No diga tonterías, señor Fallon —contestó.
—Sin embargo, se le acusa de poseer una importante participación en el negocio de la señora Peyroo. Es extraño; usted trata de encubrir la respetabilidad de una dama, pero usted mismo no se comporta de una forma estrictamente respetable.
El negociante enrojeció.
—Repito que son asuntos míos. La explicación de por qué puse la bomba en la mesa de despacho de Norma ya está dada.
—Sí, aunque no me ha dicho cómo la construyó.
—Llegué a sargento de Zapadores en la guerra de Corea— respondió Warren—. Adquirí mucha práctica en montar y desmontar minas y toda clase de trampas explosivas.
—¿Cómo lo hizo?
—Una vez la preparé, reforzada por la parte inferior para que los efectos principales de la explosión se produjeran hacia arriba, aproveché un instante en que Norma tuvo que salir, para colocar la bomba, sujeta bajo el cajón, con tiras de cinta adhesiva.
—Es decir, que cuando usted habló con ella, estaba viva.
—Sí, positivamente.
—¿A qué hora fue a verla?
—A la una y diez y me despedí exactamente veintidós minutos más tarde.
—La bomba explotó a las dos y cincuenta minutos. ¿Por qué tanto tiempo, señor Warren?
—Hombre, para que no se me relacionase con el crimen.
—Sin embargo, se averiguó esa relación.
Warren se encogió de hombros.
—No me importa en absoluto, y aunque Norma hubiese estado viva cuando explotó la bomba, habría sido muy difícil que probasen mi culpabilidad.
—No lo dudo —convino Fallon cortésmente—. La última pregunta, por favor. ¿Ha recibido un escrito amenazador, firmado por Norma Bibbs?
—Sí, pero lo tiré a la papelera inmediatamente. ¿Quién diablos puede creer en las amenazas de una muerta?