Capítulo V
ABANDONÓ el local, recorrió el pasillo, subió una escalera y alcanzó otro segundo pasillo, dirigiéndose a la puerta del fondo. La abrió un poco y dijo:
—Mucho tardas hoy en atender a tu negocio, Matthia.
Una voz alegre sonó en el acto.
—¡Ross! ¿Eres tú o tu fantasma?
—Aún vivo y coleo —dijo el investigador alegremente—. ¿Puedo pasar?
—Espera un instante… Anda, entra ya…
Fallon cruzó el umbral. Desde el otro lado del biombo, una hermosa mujer de unos treinta años le miró cariñosamente.
—Eres un granuja —le apostrofó—. Me tienes completamente abandonada…
—El trabajo, nena, el trabajo —suspiró Fallon, a la vez que avanzaba hacia el biombo—. Además, soy muy poquita cosa para ti…
—No digas eso, que me sabe muy mal —protestó la dueña del local.
Fallon pegó el cuerpo al biombo y alargó el cuello. Matthia Count le besó cálidamente.
—Espera un momento a que me ponga una bata —pidió.
—Claro, nena.
Mientras ella se vestía, Fallon encendió un cigarrillo.
Matthia, luchando con sus ropajes, preguntó:
—¿Qué haces ahora, Ross?
—investigo la muerte de Norma Bibbs, preciosa.
—Ah, aquella pájara. No creo que nadie la eche de menos, Ross.
—Eso dicen por ahí, Matthia.
—Era un mal bicho, una serpiente, Ross, créeme. Una vez se metió con mi local, ¿sabes?
—¿Y bien…?
—Bueno, vino a la noche siguiente muy oronda y satisfecha, dominadora, segura de sí misma… «Aquí estoy yo», parecía decir; y seguro que vino a cenar de gorra, para que yo me humillase y esperar un comentario mejor en su próxima crónica. ¿No te ha contado nadie lo que pasó, Ross?
—No, nadie, querida. Dímelo tú, por favor.
Matthia salió del biombo, anudándose el cinturón de la bata.
—Para esa clase de personas no hay más que un tratamiento —dijo, sentándose ante el espejo del tocador—. Sí, le sirvieron la cena y luego yo la invité con una tarta. Me acerqué a su mesa como para pedirle su opinión y le estampé la tarta en la cara. No te puedes imaginar la que se armó, porque, a renglón seguido, la agarré por los hombros y la eché a puntapiés.
Fallon se echó a reír. Matthia, dentro de su hermosura, era corpulenta y tenía bastante fuerza física. Había tenido que dominar fácilmente a la «chismosa».
—Como lo oyes, muchacho… —siguió Matthia—. Y no paró ahí la cosa; porque al otro día fui a verla y le puse la cara morada a bofetadas. Es la mejor forma de tratar a esa gentuza, ¿sabes? Oye, por poco la mato. Se desmayó, se quedó sin aire… Me asusté muchísimo y me arrepentí luego, pero se recuperó relativamente pronto y retiré lo de mi arrepentimiento. En resumen, que ya no volvió a molestarme más… ¿Por qué diablos te encargas tú de investigar ese crimen, si eres un detective privado?
—Hago un favor a un amigo, el fiscal. Soy investigador especial a sus órdenes —explicó Fallon—. Pero no lo repitas a nadie.
Matthia se volvió en el taburete y le miró de hito en hito.
—¿El fiscal? ¿Ese declamador de malos versos, que parece que se esté mirando al espejo cada vez que hace declaraciones a los periodistas?
—Bueno, no sé qué tienen que ver los versos con su cargo…
—¡Pues claro que sí, hombre! ¡Fue actor de teatro hace años y todavía no se ha quitado de encima esa costra de afectación y pomposería! Si supieras la forma en que intentó conquistarme… Es para morirse de risa, vamos.
A Fallon le mareaba la incesante charla de la mujer.
—Matthia —dijo—, estoy muy enfadado contigo.
Ella se volvió de nuevo.
—Esa sí que es buena. De modo que me abandonas y encima…
—Déjame hablar, Matthia —pidió él—. No me agrada que tengas hampones en tu personal.
—¿Cómo? —estalló la mujer—. ¿Hampones en mi local? ¿Te has vuelto loco, Ross?
—Dos tipos fueron anoche a zurrarme —contestó Fallon, impasible. Lanzó sobre la mesa la carterita usada de fósforos—. Ahí tienes la prueba, Matthia.
Ella contempló el objeto con perplejidad.
—Está firmado por mí, en efecto —admitió.
—Y tú no firmas todas las tiras de fósforos que se entregan en la sala. Por tanto…
Matthia entrecerró los ojos.
—Eso sólo puede ser cosa de una persona, Ross —dijo.
—¿Quién?
—Tom Caper, mi gerente. Está conmigo desde hace un año y aún le queda otro de contrato. Temo haberme equivocado con ese tipo, Ross.
—¿Por qué lo dices, Matthia?
Ella guardó silencio un momento.
—Mo me gusta —dijo al cabo—. No sabría decírtelo, pero la simpatía que sentí por él al principio, simpatía profesional, todo hay que decirlo, se ha volatilizado ya. Además, en un par de ocasiones, le he visto hablar con algunos tipos que no me han gustado nada. Tom ha dicho siempre que eran amigos suyos… pero si esos sujetos no son pistoleros profesionales, yo me corto el cuello, Ross.
—Cuidado, que ahí tengo yo que besar mucho —rió él—. Escucha, nena; cuando puedas, entérate del estado de salud de dos tipos llamados Beach y Cook, ¿quieres?
—¿Qué les ha pasado, Ross?
—Tropezaron con unas cuantas puertas —contestó Fallon bien humoradamente—. No lo olvides, Beach y Cook.
—¿Amigos de Caper?
—Muy probable, Matthia.
—Lo tendré en cuenta, Ross… ¿Eh, te vas ya?
—Sí, nena; tengo que hacer…
Matthia se levantó, corrió hacia el investigador y se colgó de su cuello.
—Quédate, cariñito —pidió tentadoramente.
Fallon la besó en la punta de la nariz.
—Tengo que hacer —dijo—. No lo olvides; soy investigador especial.
Matthia le dio un buen tirón de orejas.
—Avísame cuando encuentres al asesino de Norma
—pidió—. Iré a darle un premio.
—Podría ser una mala mujer, pero era una persona
—alegó Fallon muy serio—. Gracias por todo, hermosa. Le costó mucho sustraerse al fuerte atractivo que emanaba del opulento cuerpo de Matthia, pero lo consiguió al fin.
Volvió al local y buscó con la vista la mesa de Laura. La joven se disponía a abandonar el Longwood Riviera en aquellos momentos.
Laura se marchaba sola. Por lo visto, el hombre a quien esperaba le había dado plantón.
Fallon la alcanzó cuando ya descendía las escaleras que conducían a la explanada.
—Su amigo no ha sido muy cortés —dijo.
Laura se volvió y le miró de hito en hito. En el lugar donde estaban, los sones de la orquesta llegaban muy amortiguados.
—Sí, se ha portado mal —convino con voz neutra.
—Si le parece, yo podría llevarla a su casa. ¿Tiene coche o vino en taxi?
—Vine en taxi —respondió Laura.
—En ese caso, permítame…
Laura accedió con naturalidad. Desde la explanada se divisaban numerosas luces de las casas que había en la ladera de la montaña.
Llegaban ya al coche cuando, de pronto, percibieron un distante sonido, de características bien definidas.
El ruido de un arma de fuego al ser disparada.
Sonaba bastante lejos, pero fácilmente perceptible. Fallon y Laura volvieron la cabeza simultáneamente.
El disparo había sonado a unos mil metros, a la izquierda del lugar en que se hallaban, a media ladera. En aquel punto, se veían un par de lámparas encendidas.
—¡Ha sido en casa de Félix O’Hara! —exclamó Laura.
Fallon respingó.
—¿El escritor? ¿Lo conoce?
—Sí —contestó ella.
Fallon no perdió más tiempo. Agarró a la muchacha por un brazo y la hizo entrar en el automóvil. Luego ocupó su puesto tras el volante, dio el contacto y el vehículo arrancó como alma que lleva el diablo.
* * *
Cuando llegaron frente a la casa del escritor, ya había un coche de patrulla de la policía, avisado sin duda por algún vecino servicial. Los faros del automóvil policial destellaban intermitentemente en la noche.
Fallon y Laura se apearon en el acto. Otro coche de la policía llegaba en aquel momento.
El sargento encargado de la ronda saltó del vehículo.
Fue hacia la pareja con ánimo de interrogarles, pero no tardó en reconocer al investigador.
—Ah, es usted, señor Fallon —saludó—. ¿Le avisaron del homicidio?
—Estábamos allá abajo, en si Longwood Riviera, y oímos el disparo —explicó Fallon—. Esta es la señorita Samder, sargento; me acompañaba y consideré prudente traerla conmigo.
—Muy bien, señor; como usted disponga.
Un policía uniformado salió de la casa en aquel momento.
—Muerto, sargento, a la espera de lo que informe el forense —dijo—. De todas formas, los tiros en la nuca no son nunca beneficiosos.
—En la nuca, ¿eh? —rezongó el sargento.
—Sí, señor.
—¿Tiene inconveniente en que entre a echar un vistazo, sargento? —solicitó Fallon.
—Por supuesto que no —accedió el interpelado.
Fallon se volvió hacia la joven.
—Espere aquí, Laura —dijo—. Lo que hay ahí adentro no es muy agradable de contemplar.
Laura, pálida, asintió en silencio. Fallon y el sargento caminaron rápidamente hacia la casa, en la que el otro policía de la primera patrulla interrogaba ya a la criada india.
—¿Dónde está el cuerpo, Wess? —preguntó el sargento.
—Ahí, en el otro cuarto —respondió el agente.
Fallon y sus acompañantes se asomaron a la puerta.
O’Hara yacía de bruces en el suelo, cerca de la ventana. La sangre había formado un charco bajo su cabeza y el orificio era fácilmente visible.
El policía que interrogaba a la india llegó en aquel momento.
—La criada dice que no sabe nada, que ya estaba en la cama cuando oyó el disparo. Se levantó a ver qué pasaba y se encontró a su amo muerto —informó.
Fallon se acercó al cadáver y se arrodilló para examinarlo más de cerca. De pronto, vio un triángulo blanco que asomaba por uno de los bolsillos de su traje.
—Busquen un par de pinzas, por favor —pidió.
Uno de los policías fue al cuarto de baño y volvió a los pocos momentos. Fallon tomó las pinzas, con ayuda de las cuales extrajo el papel, que sostuvo en alto, ante el sargento y los dos policías.
—Hay un mensaje escrito, señor Fallon —exclamó el sargento.
—Así es —confirmó Fallon—. Y muy interesante, según parece.
El mensaje decía:
Tú fuiste a mi casa a matarme. Ahora yo te devuelvo la visita, como haré con los otros tres asesinos. Norma Bibbs.
El sargento se puso a temblar.
—No… no es posible que una muerta salga de su sepultura para vengarse —dijo con voz insegura.
* * *
Laura estaba terriblemente afectada por el crimen.
—Era a O’Hara a quien usted esperaba en el Longwood Riviera —dijo el detective mientras iniciaban el regreso a la ciudad.
Ella hizo un signo de asentimiento.
—¿Ha recibido un anónimo semejante? —preguntó Fallon.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hoy, a mediodía.
—¿Sabía que O’Hara había recibido también la amenaza?
—No, él no me dijo nada cuando…
—¿Cuando…?
—Me llamó por teléfono poco después de las cuatro de la tarde, para citarme en el Longwood Riviera. En un principio, pensé negarme, pero luego accedí y quedamos en reunimos en esa sala a las diez de la noche.
—Algo tarde, ¿no?
—Él dijo que tenía un invitado a cenar y que no podía desatenderlo.
—Comprendo. Fallon reflexionó un poco y luego dijo—: Un invitado a cenar se compagina muy bien con el hecho de que la criada india se hubiese ido a dormir, ¿no le parece?