Capítulo XII
—¿NO… no era Norma Bibbs? —balbuceó Laura, tremendamente desconcertada.
—¿La conocía usted personalmente?
—No, aunque la había visto alguna vez.
—En una visita a su casa, anterior a la muerte, por lo menos.
Laura asintió en silencio.
—Por lo tanto, la segunda vez que fue, cuando trataba de intimidarla, tuvo que reconocerla —continuó Fallon.
Laura se puso ambas manos en las sienes, como si tratase de forzar su memoria.
—El despacho, aun siendo de día, estaba casi a oscuras— respondió con voz insegura—. La poca luz que entraba venía de la ventana y aun así, estaba la persiana bajada. Yo la vi a contraluz…
—Pero le pareció que se reía de usted.
—Sí, es cierto. Noté entonces algo raro en su cara, pero yo no podía pensar en aquellos momentos que no fuese Norma Bibbs. Estaba en su despacho… y su figura era muy parecida…
—En la penumbra y con nervios, cualquiera puede engañarse, ¿no?
—Sí. Reconozco que estaba tremendamente excitada. Hablando claro, era una vulgar y repugnante chantajista.
—Que le quería sacar dinero a usted.
—Sí.
—¿Por qué?
Laura se levantó impulsivamente, fue a una consola, abrió un cajón y sacó una fotografía, que tendió al detective.
Fallon estudió la fotografía. Laura estaba en un parque público, arrodillada junto a un niño de un par de años.
—Ésta es la causa —dijo.
—¿Suyo? —preguntó Fallon.
—No, es de mi hermana. Pero Norma consiguió una copia. Me dijo que quién iba a creer que no era mi hijo, máxime teniéndolo en una institución benéfica.
—¿Por qué no está el niño con su madre?
—Murió al nacer él —contestó Laura tristemente—. Tuve que dejarlo en esa institución; yo no podía atenderlo o no habría podido ganarme la vida. Pero sé que es un sitio estupendo donde, salvo el calor de las madres, los niños no echan nada de menos. Cuando sea un poco mayor, se vendrá a vivir conmigo.
—De modo que Norma le amenazó con publicar la fotografía.
—Eso no es todo —dijo Laura—. Cuando yo le rogué que no lo hiciera, Norma me pidió dinero. Le dije que no poseía la cantidad que me exigía y ella contestó que el director de Teleview me daría el dinero con mucho gusto, imagínese usted a cambio de qué.
Fallon movió la cabeza.
—Sí, me lo imagino —contestó.
—Norma y el director de Teleview eran tal para cual. Ya no trabajo para esa revista—declaró Laura.
—Y usted fue a verla…
—Para meterle el miedo en el cuerpo. Norma era una mujer cobarde en el fondo; ya sabe usted lo que le sucedió con la dueña del Longwood Riviera.
Fallon se echó a reír.
—¿Cómo? ¿Conoce el incidente?
—Estaba presente la noche en que Matthia estampó una tarta en la cara de Norma y luego la echó a puntapiés. Matthia es una mujer de mucho genio y la lección fue suficiente para Norma. Ya no volvió a molestar a Matthia.
—Entonces, usted pensó que podía hacer algo por el estilo.
—Sí, justamente, Ross.
Fallon se echó hacia atrás en el diván.
—La plegadera se le cayó de la mano cuando vio muerta a Norma —dijo como si hablara consigo mismo—. Cuando se produjo la explosión, la metralla causó algunos cortes en el pecho de Norma, uno de los cuales podía ser confundido con la herida causada por un puñal. Incluso la plegadera tenía alguna mancha de sangre, porque la sangre no se había coagulado aún por completo…
Laura escuchaba en silencio. Después de unos instantes de pausa, Fallon prosiguió:
—O’Hara arrojó gas al rostro de Norma. No estuvo allí demasiado tiempo; sólo lo justo para hacer «puf, puf, puf» y largarse. Como, además, iba bien protegido contra las emanaciones del cianhídrico, resulta comprensivo que no se fijase demasiado en que Norma ya estaba muerta y, además, le debió de pasar lo mismo que a usted.
—Había mucha penumbra, casi oscuridad —insistió Laura.
—Sí, y luego Meg Peyroo fue por detrás, levantó la persiana y le pegó un tiro. La bala causó una sacudida en el cuerpo de Norma y la arrojó sobre la mesa. Así la sorprendió el estallido de la bomba.
* * *
Fallon repitió análogas deducciones en el despacho del fiscal. Erksdale le escuchó con gran atención y se mostró acorde por completo con los razonamientos de su amigo.
—Entonces nos queda la duda de si fue o no Norma Bibbs quien murió aquel día —dijo el fiscal.
Fallon hizo un gesto.
—No puedo asegurar nada —contestó—. Parece como si viera una lucecita a lo lejos, en un túnel, pero todavía a gran distancia para captar los detalles con absoluta claridad. Weddon, ¿qué sabes del veneno que mató a Warren? —preguntó de repente.
—¿Eh? Ah, sí, bueno, ácido prúsico…
—Eso ya lo sé —contestó Fallon—. Lo que ignoro todavía es cómo fue puesto en la botella.
—La biblioteca de Warren da a un jardín. Tú estuviste allí. Cualquiera pudo haberse introducido en su casa y poner el veneno en el licor.
—¿Y cómo no advirtió Warren el sabor del ácido prúsico?
—¿No dices tú que se bebió la copa de un trago?
—Sí —convino el investigador—. Dijo que tenía sed…
—Norma Bibbs ha cumplido su venganza, aun después de muerta —expresó el fiscal con fúnebre acento.
—Weddon, ¿de veras crees tú que ha sido Norma la autora de todas esas muertes?
—Por supuesto que no —respondió el fiscal vivamente—. Era sólo una frase. Alguien estaba enemistado con esas tres personas muertas y aprovechó la ocasión para… bueno, despistar a la policía, ¿no crees?
—El asesino es un psicópata que busca notoriedad. Tenía motivos de resentimiento contra los muertos y el asesinato de Norma le vino al pelo para llevar a cabo su venganza.
Fallon se puso en pie.
—¿Te vas? —preguntó el fiscal.
—Sí, tengo que hacer todavía una visita.
De pronto, Fallon reparó en un objeto que le pareció extraño.
—Weddon, ¿desde cuándo usas bastón?— preguntó.
Erksdale, se echó a reír, a la vez que miraba al bastón que estaba apoyado en un rincón de la estancia.
—Lo tengo ahí desde el año pasado, cuando me torcí el tobillo. Sin duda lo recuerdas, Ross.
—Es cierto —contestó Fallon, sonriendo—. Bien, seguiré teniéndote al corriente de mis investigaciones.
Fallon abandonó la casa donde vivía el fiscal, en cuyo despacho había tenido lugar la entrevista. Subió a su automóvil y, sin pensárselo dos veces, se encaminó a otra casa, donde semanas antes una mujer había sido muerta por varias personas.
Pero sólo una de aquellas personas era el asesino.
* * *
La expresión de la señora Garrett no tenía nada de amistosa cuando vio al detective parado ante la puerta de la residencia.
—¿Qué es lo que quiere ahora? —preguntó.
—Hablar con usted, señora Garrett —expresó Fallon cortésmente.
—No tenemos nada de qué hablar usted y yo —dijo la mujer con marcado acento de hostilidad—. Váyase inmediatamente.
—No tan deprisa, señora—dijo Fallon—. Si me marcho, volveré con el fiscal y el capitán Loss.
—Llamaré a mi abogado…
—Es su derecho, pero contestará a mis preguntas.
La mujer apretó los labios.
—Está bien, pase, pero perderá el tiempo.
—Veremos —dijo Fallon.
Entró en la casa. El ama de llaves se detuvo a los pocos pasos, con las manos en el halda, rígida, impasible.
—Hable —invitó secamente.
—Se trata de Norma Bibbs —dijo Fallon.
—Murió. ¿Acaso lo ha olvidado? —contestó la señora Garrett con amarga ironía.
—¿Murió? ¿Está usted segura de ello?
—Vamos, no me diga que…
—Señora Garrett, ¿por qué sigue usted cuidando de la residencia?
—¿Hay motivos para dejarla abandonada?
—Alguien le pagará su sueldo, ¿no?
—Los bienes de la señora Bibbs están bajo administración judicial, hasta que aparezcan sus herederos. Tenía dinero en el Banco y de ahí percibo yo mis honorarios.
—Muy bien, una explicación lógica. Ahora, por favor, dígame quién fue la mujer que vino a visitar a Norma Bibbs el día de su muerte y poco antes de la explosión. Una hora u hora y media, aproximadamente.
—Nadie, no vino nadie —contestó el ama de llaves.
—Señora Garrett, no me haga usted reír —dijo Fallon de mal talante—. Antes que la señorita Samder, vino otra mujer y usted lo sabe. Pero eso no es todo. ¿Dónde estaba usted cuando llegó la señorita Samder?
—Era mi día libre —respondió la mujer.
—¿Sí? ¿Seguro? ¿Cuántos días libres tiene usted a la semana?
El ama de llaves vaciló.
—Le había pedido a la señora Bibbs que me dejase salir aquel día, cambiándolo por el de costumbre. Tenía cosas que hacer y ella no encontró obstáculos —contestó.
—¿A qué hora se fue de la casa?
—A la una en punto.
—Un poco pronto para una salida de día libre, ¿no?
La señora Garrett alzó los hombros indiferentemente.
—Ya le he dicho que tenía cosas que hacer…
—Yo juraría que hizo algo muy distinto, señora Garrett: estar aquí, en la casa, probablemente en otra habitación, acompañando a una visitante de la señora Bibbs, mientras ella hablaba con Oliver Warren.
La cara del ama de llaves se puso gris.
Fallon sonrió. Su disparo había hecho diana.
—Tendrá que acompañarme —dijo.
Hubo un momento de silencio. De repente, el ama de llaves metió la mano en el bolsillo derecho de su bata.
Fallon adivinó sus intenciones y saltó hacia ella, apoderándose de su mano derecha. La señora Garrett chillaba como una poseída, esforzándose por soltarse del detective. Al fin, Fallon adoptó el procedimiento más expeditivo y disparó su puño derecho.
La señora Garrett dejó de moverse. Fallon la cogió en brazos y la depositó sobre un diván próximo.
Luego se acercó al teléfono y marcó el número que le pondría en contacto con el capitán Loss. A continuación llamó al doctor Cruyshank.
Momentos más tarde, oía la voz del cardiólogo.
—¿Doctor Cruyshank? —dijo Fallon—. Estuve hace unos días a visitarle para pedirle informes acerca de una receta médica… Soy Ross Fallon, investigador… Gracias por recordarme, doctor. En aquel momento olvidé un detalle. Sí, se trata de la dirección de Elyanne Meeker. Confío en que usted la tenga en su agenda…
—Por supuesto—contestó el médico—. Aguarde un momento, se la daré enseguida… La señora Meeker vive en Glendale, en el número doscientos setenta y tres del Sierra Boulevard…
—Muchas gracias, doctor. Es cuanto quería saber. Perdone la molestia y… Adiós, doctor Cruyshank.