Capítulo XVII

Finalmente no había aprovechado más que de un modo imperfecto la oportunidad de hablar con mademoiselle Henri, tan audazmente obtenida. Mi intención era preguntarle por qué tenía dos nombres ingleses, Frances y Evans, además del apellido francés, y también de dónde había sacado un acento tan bueno. Había olvidado ambas preguntas o, más bien, nuestro coloquio había sido tan breve que no me había dado tiempo a formularlas. Además, aún no había puesto a prueba su auténtica capacidad para hablar inglés; lo único que había conseguido en esa lengua eran las palabras «sí» y «gracias, señor». «No importa —pensé—. Otro día resolveremos lo que ha quedado pendiente». No dejé tampoco sin cumplir la promesa que yo mismo me hice. Era difícil intercambiar siquiera unas palabras en privado con una alumna entre tantas, pero como dice el viejo proverbio, «querer es poder», y una y otra vez me las ingenié para poder intercambiar unas palabras con mademoiselle Henri, a pesar de que la Envidia nos vigilaba y la Difamación murmuraba cada vez que me acercaba a ella.

—Déme su cuaderno un instante. —Así solía iniciar aquellos breves diálogos, siempre justo después de la clase; y, haciéndole señas para que se levantara, me instalaba yo en su sitio, permitiéndole quedarse de pie a mi lado con actitud deferente, porque en su caso me parecía sensato y oportuno reforzar estrictamente todas las formalidades de uso corriente entre maestro y alumna; sobre todo porque percibía que su actitud se volvía tanto más segura y desenvuelta cuanto más austera y autoritaria era la mía. Qué duda cabe que eso contradecía de una manera extraña el efecto que solía obtenerse en tales casos, pero así era.

—Un lápiz —decía yo, extendiendo la mano sin mirarla. (Ahora voy a trazar un breve esbozo de la primera de esas conversaciones.) Me dio un lápiz, y mientras subrayaba algunos errores de un ejercicio gramatical, le pregunté:

—¿No es usted natural de Bélgica?

—No.

—¿Ni de Francia?

—No.

—¿Dónde nació entonces?

—En Ginebra.

—Supongo que no me dirá que Frances y Evans son nombres suizos.

—No, señor, son ingleses.

—Exacto. ¿Y tienen costumbre en Ginebra de poner nombres ingleses a sus hijos?

—Non, monsieur, mais…

—En inglés, por favor.

—Mais…

—En inglés.

—Pero… (lentamente y con gran turbación) mis padres no eran ambos dos de Ginebra.

—Diga sólo «ambos» en lugar de «ambos dos», mademoiselle.

—No eran ambos suizos. Mi madre era inglesa.

—¡Ah! ¿Y de origen inglés?

—Sí… sus antepasados eran todos ingleses.

—¿Y su padre?

—Era suizo.

—¿Qué más? ¿Qué profesión ejercía?

—Clérigo, pastor, tenía una parroquia.

—Dado que su madre es inglesa, ¿por qué no habla usted inglés con mayor fluidez?

—Maman est morte… il y a dix ans[77].

—¿Y honra usted su memoria olvidando su idioma? Tenga la amabilidad de apartar el francés de sus pensamientos mientras hable conmigo. Aténgase al inglés.

—C’est si difficile, monsieur, quand on n’en a plus l’habitude[78].

—Supongo que antes sí tenía la costumbre de hablarlo. Ahora respóndame en su lengua materna.

—Sí, señor… Hablaba en inglés más que en francés cuando era pequeña.

—¿Por qué no lo habla ahora?

—Porque no tengo amigos ingleses.

—Vive usted con su padre, supongo.

—Mi padre murió.

—¿Tiene hermanos?

—No.

—¿Vive sola?

—No, tengo una tía… ma tante Julienne.

—¿Hermana de su padre?

—Justement, monsieur.

—¿Es eso inglés?

—No, pero me había olvidado…

—Motivo, mademoiselle, por el que sin duda le impondría un castigo leve si fuera usted una niña. A su edad… tendrá usted unos veintidós o veintitrés años, ¿no?

—Pas encore, monsieur. En un moi j’aurai dix-neuf ans[79].

—Bien, diecinueve años es una edad adulta y, habiéndola alcanzado, debería estar tan interesada en mejorar que un maestro no necesitaría recordarle dos veces la conveniencia de hablar inglés siempre que sea factible.

A este razonable discurso no recibí respuesta, y cuando alcé la vista, mi alumna sonreía para sí con una sonrisa muy significativa, pero no demasiado alegre, que parecía decir: «No sabe de lo que habla». Esto era tan evidente que decidí recabar información sobre el punto en el cual mi ignorancia parecía tácitamente confirmada.

—¿Está interesada en mejorar?

—Bastante.

—¿Cómo me lo demuestra, mademoiselle?

Era una pregunta extraña y formulada sin rodeos; dio lugar a una segunda sonrisa.

—Bueno, monsieur, no estoy distraída, ¿verdad que no? Aprendo bien las lecciones…

—¡Oh, hasta una niña puede hacer eso! ¿Qué más hace usted?

—¿Qué más puedo hacer?

—Oh, desde luego no mucho. Pero ¿no es también maestra además de alumna?

—Sí.

—¿Enseña a zurcir encajes?

—Sí.

—Una actividad aburrida y estúpida. ¿Le gusta?

—No, es tediosa.

—¿Por qué sigue con ella? ¿Por qué no enseña historia, geografía, gramática, o incluso aritmética?

—¿Está seguro monsieur de que poseo tales conocimientos?

—No lo sé. Con la edad que tiene, debería poseerlos.

—Pero no he ido nunca al colegio, monsieur.

—¡Vaya! ¿En qué estaban pensando entonces sus amigos, su tía? Es mucho lo que cabe reprocharles.

—No, monsieur, no. Mi tía es buena, no hay nada que reprocharle. Hace lo que puede, me aloja y me alimenta. (Cito las frases de mademoiselle Henri literalmente, y era así como traducía lo que pensaba en francés.) No es rica, sólo tiene una renta de mil doscientos francos y le sería imposible mandarme a un colegio.

«Desde luego», pensé al oír esto, pero proseguí en el tono dogmático que había adoptado:

—Sin embargo, es una lástima que haya crecido usted ignorando las materias más comunes de la educación. De haber sabido algo de historia y gramática podría haber abandonado poco a poco el ingrato trabajo de zurcir encajes para mejorar su situación.

—Eso es lo que pretendo.

—¿Cómo? ¿Sabiendo únicamente inglés? Eso no bastará; ninguna familia respetable aceptará a una institutriz cuyos conocimientos consistan exclusivamente en un idioma extranjero.

—Monsieur, sé otras cosas.

—Sí, sí, sabe trabajar con hilos de Berlín y bordar pañuelos y cuellos. Eso no le servirá de gran cosa…

Mademoiselle Henri tenía los labios entreabiertos para contestar, pero se contuvo, como si pensara que había discutido ya suficiente, y guardó silencio.

—Hable —pedí, impaciente—. Nunca me ha gustado que se aparente conformidad cuando la realidad es otra, y usted estaba a punto de contradecirme.

—Monsieur, he recibido muchas clases de gramática, historia, geografía y aritmética. He hecho un curso de cada materia.

—¡Bravo! Pero ¿cómo se las ha apañado, si su tía no puede permitirse el gasto?

—Remendando encajes, eso que monsieur tanto desprecia.

—¡Vaya! Y ahora, mademoiselle, sería un buen ejercicio práctico para usted que me explicara en inglés cómo obtuvo tal resultado por ese medio.

—Monsieur… rogué a mi tía que me llevara a aprender a zurcir encajes poco después de llegar con ella a Bruselas, porque sabía que era un métier… un oficio que se aprendía fácilmente y con el que no tardaría mucho en ganar algún dinero. Aprendí en unos cuantos días y enseguida conseguí trabajo, porque todas las señoras de Bruselas tienen encajes antiguos, muy valiosos, que han de zurcirse cada vez que se lavan. Gané un poco de dinero, y con ese dinero me pagué las clases que he mencionado. Otra parte la gasté en comprar libros, sobre todo libros ingleses. Pronto intentaré encontrar empleo como institutriz o profesora, cuando sepa hablar y escribir bien en inglés. Pero será difícil, porque los que sepan que me he dedicado a zurcir encajes me despreciarán, igual que me desprecian aquí las alumnas. Pourtant, j’ai mon projet[80] —añadió, bajando la voz.

—¿Cuáles son?

—Me iré a vivir a Inglaterra. Enseñaré francés allí.

Pronunció estas palabras recalcándolas. Dijo «Inglaterra» como uno imagina que un israelita de la época de Moisés habría dicho «Canaán».

—¿Desea ver Inglaterra?

—Sí, ésa es mi intención.

En aquel momento, una voz —la voz de la directora— nos interrumpió:

—Mademoiselle Henri, je crois qu’il va pleuvoir; vous feriez bien, ma bonne amie, de retourner chez vous tout de suite[81].

En silencio, sin una sola expresión de agradecimiento por aquel aviso innecesario, mademoiselle Henri recogió sus libros, me saludó con una respetuosa inclinación de cabeza, se esforzó por saludar a su superiora, aunque el esfuerzo casi se malogró, porque su cabeza no parecía querer inclinarse, y partió.

Cuando hay un grano de perseverancia o de fuerza de voluntad en la composición, unos obstáculos insignificantes sirven siempre de estímulo, que no de desaliento. Mademoiselle Reuter podría haberse ahorrado la molestia de informar sobre el tiempo (por cierto, la realidad desmintió su predicción; aquella noche no llovió). Al final de la clase siguiente, me acerqué de nuevo al pupitre de mademoiselle Henri y la abordé de la siguiente manera:

—¿Qué idea tiene de Inglaterra, mademoiselle? ¿Por qué desea ir allí?

Acostumbrada ya a la calculada brusquedad de mis modales, ya no la azoraban ni la sorprendían, y respondió tan sólo con una mínima vacilación, inevitable por la dificultad que experimentaba al improvisar la traducción de sus pensamientos del francés al inglés.

—Inglaterra es algo único, por lo que he leído y oído; mi idea de ella es vaga y quiero conocerla para hacerme una idea clara y precisa.

—¡Mmm! ¿Cuánto cree que podría ver de Inglaterra si fuera allí a trabajar como profesora? ¡Extraños pensamientos deben de ser los suyos sobre lo que es hacerse una idea clara y precisa de un país! Lo único que vería de Gran Bretaña sería el interior de un colegio o, como mucho, un par de residencias privadas.

—Sería un colegio inglés; serían residencias inglesas.

—Eso es incuestionable, pero ¿y qué? ¿Qué valor tendrían unas observaciones hechas a una escala tan limitada?

—Monsieur, ¿no se podría aprender algo por analogía? Un… échantillon… una, una muestra sirve a menudo para dar una idea del conjunto; además, «amplio» y «limitado» son palabras relativas, ¿no? A usted toda mi vida quizá le parecería limitada, como la vida de un… de ese animal subterráneo, une taupe… comment dit-on?

—Topo.

—Sí, un topo, que vive bajo tierra, me parecería limitado incluso a mí.

—Bien, mademoiselle, ¿y qué? Siga.

—Mais, monsieur, vous me comprenez[82]

—En absoluto; tenga la amabilidad de explicarse.

—Pues, monsieur, es justamente eso. En Suiza hice poco, aprendí poco y vi poco. Allí mi vida era un círculo que recorría día tras día, sin poder salir de él. De haberme permanecido… quedado allí hasta mi muerte, jamás lo habría ensanchado, porque soy pobre y carezco de aptitudes, no tengo grandes conocimientos. Cuando me harté de ese círculo, rogué a mi tía que viniéramos a Bruselas. Mi existencia no es más amplia aquí porque no soy más rica ni tengo una posición más elevada, mis límites son igualmente pequeños, pero el escenario ha cambiado, y volvería a cambiar si fuera a Inglaterra. Conocía en parte a los burgueses de Ginebra, ahora conozco a parte de los burgueses de Bruselas, y si fuera a Londres conocería a parte de los burgueses de Londres. ¿Comprende algo de lo que digo, monsieur, o le resulta confuso?

—Comprendo, comprendo. Pasemos a otro tema. Se propone usted dedicar su vida a la enseñanza, cuando es usted una maestra desastrosa que no puede mantener el orden entre sus alumnas.

Un rubor de dolorosa turbación fue el resultado de este cruel comentario. Agachó la cabeza, pero pronto la alzó y dijo:

—Monsieur, no soy buena maestra, es cierto, pero con la práctica se mejora; además, trabajo en circunstancias difíciles. Aquí sólo enseño a coser, no puedo demostrar poder alguno, ni superioridad; es un arte menor. Tampoco tengo amigos en el centro, estoy aislada y soy una hereje, lo que me priva de influencia.

—Y en Inglaterra sería extranjera. También eso le privaría de influencia y la separaría de hecho de cuantos la rodearan. En Inglaterra tendría tan pocas relaciones, tan escasa importancia, como aquí.

—Pero estaría aprendiendo algo. En cuanto a lo demás, seguramente alguien como yo tendrá dificultades en todas partes, pero si debo luchar, y quizá ser vencida, prefiero someterme al orgullo inglés que a la grosería flamenca. Además, monsieur… —Se interrumpió, y era obvio que el motivo no era la falta de palabras con que expresarse, sino la Discreción, que parecía decirle: «Ya has dicho bastante».

—Termine la frase —le insté.

—Además, monsieur, tengo ganas de vivir una vez más entre protestantes. Son más decentes que los católicos. Una escuela católica es un edificio con paredes porosas, suelo hueco y techo falso. Todas las habitaciones de esta casa, monsieur, tienen ojos y orejas, y como la casa, sus habitantes son muy traicioneros. Todos creen que es legítimo mentir, todos dicen que es cortesía manifestar amistad cuando sienten odio.

—¿Todos? —dije yo—. ¿Se refiere a las alumnas, las niñas, criaturas inexpertas y atolondradas que no han aprendido a distinguir entre el bien y el mal?

—Al contrario, monsieur, las niñas son las más sinceras; aún no han tenido tiempo de practicar la duplicidad. Mienten, pero lo hacen abiertamente, y una se da cuenta de que mienten. Pero los adultos son muy hipócritas; engañan a los extranjeros, se engañan entre ellos… —En aquel momento entró una sirvienta.

—Mademoiselle Henri, mademoiselle Reuter vous prie de vouloir bien conduire la petite de Dorlodot chez elle, elle vous attend dans le cabinet de Rosalie, la portière. C’est que sa bonne n’est pas venue la chercher, voyez-vous.

Eh bien! Est-ce que je suis sa bonne, moi?[83] —dijo mademoiselle Henri. Luego esbozó la misma sonrisa amarga y desdeñosa que había visto en sus labios en otra ocasión, se levantó apresuradamente y se fue.